Capítulo cuatro (I)
Despertó de repente.
Sentía la respiración profunda de Remus acomodado en su pecho. Él aun dormía, así que no se movió demasiado para no despertarlo. Sus respiraciones se habían acompasado y calor del cuerpo de Remus sobre el suyo le revigorizaba el espíritu. Había despertado así mas mañanas de las que podía recordar, pero en aquella había algo especial, algo nuevo. El beso de la noche anterior había sellado un pacto entre aquellos dos hombres que simbolizaba la recuperación de su amor del pasado. Y aunque Remus se mostrará reacio por miedo a que nada fuera lo mismo, su cuerpo había actuado de una forma muy distinta. Sus besos, sus manos, el movimiento de sus caderas, cada roce, cada fricción, cada gemido, todo aquello significada algo muy distinto de lo que Remus pensaba sobre dejar el pasado atrás. Esa noche se habían entregado en cuerpo y alma a sus pasiones más oscuras. Sus animales interiores habían salido a la superficie y los habían conducido hacia la desesperada necesidad que sentían el uno por el otro. Doce años, doce largos años hambrientos, engañados, llenos de oscuridad y dolor que los había mantenido separados. Pero ahora habían vuelto a ser ellos mismos, porque solo cuando se tenían el uno al otro podían llegar ser quien debían ser, los que deberían haber sido si las vicisitudes del destino lo hubiesen permitido. Su cruel historia se había cobrado la felicidad de dos personas que no se merecían todo lo que les había pasado, sometidos bajo el yugo de la más absoluta desesperanza.
Y cuando Sirius fue consciente de que Remus estaba entre sus brazos, dormido, lánguido, sudoroso, desnudo, viejo y herido, se entristeció al pensar que su vida podría haber sido así. Que podría haber despertado con Remus en sus brazos cada día, que podría haber visto envejecer su piel, y que sin embargo, había estado encerrado en una celda de piedra negra y fría, culpado por un asesinato que no cometió perdiéndose una vida junto a Remus.
Apretó más su cuerpo contra su pecho y enseguida notó como Remus se desperezaba, alzaba la vista y se encontraba con los ojos de Sirius que lo miraban algo soñoliento.
—Buenos días.
—Hola —dijo Remus con una sonrisa relajada, los ojos aun le pesaban—. ¿Cómo has dormido?
—Hacía mucho tiempo que no dormía tan bien —Sirius le devolvió la sonrisa.
— ¿Qué hora debe ser?
—No lo sé, pero no me importa —Sirius se movió con cuidado y besó a Remus, sus bocas aun estaban calientes—. Quiero quedarme en la cama todo el día.
—¿No quieres salir a dar un paseo? —Bromeó Remus con una lánguida sonrisa.
—¡Ja! Que gracioso te has despertado, Lupin —Sirius volvió a besarlo y acto seguido Remus se incorporó con pereza para tener a Sirius encerrado entre sus brazos bajo su cuerpo, todo estaba caliente—. Tu tampoco tienes muchas ganas de salir de la cama… ¿Me equivoco, Lunático?
—No muchas, la verdad.
—Así me gusta.
Sus dos cuerpos formaban un todo perfecto.
Se morían por abrazarse, estar juntos, besarse, morderse y descargar toda la rabia e impotencia que tenían dentro. Sirius sentía las manos de Remus por todo el cuerpo, las sábanas se habían caído a un lado y sus cuerpos componían una imagen de desnudez, piel y carne maltrecha y vieja igualmente hermosa.
—Has perfeccionado tu técnica, Lunático —dijo Sirius ahogando un gemido contra su boca—. No se que habrás estado haciendo todo este tiempo, pero… ¡Joder, Remus!
Pasaron un par de horas hasta que volvieron a despertarse. Entre orgasmo y orgasmo se quedaban dormidos con los cuerpos entrelazados, nudos de brazos y piernas entre sábanas húmedas de sudor y semen.
Sirius dejó a Remus en la cama y se levantó a por su cajetilla de tabaco. Sacó un cigarrillo, se lo llevó a los labios y lo encendió con agilidad. Se quedó de pie junto a la cama mirando el cuerpo dormido y desnudo de Remus. Le dio otra calada. Remus estaba en su cama, en SU cama de Grimmauld Place. Aquello hubiera sido imposible veinte años atrás, su madre nunca permitió que ningún amigo viniera a casa —ningún amigo de Gryffindor, por supuesto—. Y ahora, sin embargo, con Remus allí tumbado, desnudo y expuesto, sentía más libertad que en toda su vida. Estaba en su casa, donde se le había prohibido ser quien era, y ahora estaba siendo él mismo de todas las formas posibles.
Dio otra calada al cigarrillo.
Remus se dio la vuelta, aun dormía. Sirius, desde su posición, podía observar en su totalidad la desnudez de Remus, podía disfrutar de la visión de todo su cuerpo, allí tendido sobre su cama. Examinó con precisión cada centímetro de su piel mientras dejaba ir el humo por la boca. Las cicatrices siempre le habían vuelto loco, hubo un tiempo en que se dedicó a lamerlas una a una, preguntándose cual bailaría más bajo el tacto de su lengua y cual haría gemir más a Remus. Se ruborizó solo de recordarlo. La cicatriz en cuestión era aquella que bajaba desde su estómago hasta la línea que une el abdomen y la pierna derecha. Allí, justo en ese punto de unión había una cicatriz que se estremecía más que cualquier otra. Justo allí Sirius había puesto la boca más veces de las que podía recordar. Muchas de las noches más oscuras en Azkaban soñaba que con aquel lugar del cuerpo de Remus, con aquella curva entre su bajo vientre y la pierna derecha, donde estaba aquella cicatriz rosada que bailaba y se estremecía con cada uno de sus lametones.
El cigarrillo se consumió y se encendió otro.
Tenía un gran mordisco en el costado izquierdo, justo debajo del pecho. Sirius lo examinó mientras exhalaba el humo y recordó la noche en la que el perro tubo que mantener a raya al lobo. Una noche en sexto curso cuando el lobo quiso acercarse demasiado al pueblo y Sirius tubo que morderle para provocarle y que así cambiará de dirección. Remus estuvo en la enfermería una semana más de lo habitual por culpa de aquel mordisco que, por lo visto, nunca sanó del todo.
—¿Ya estás fumando?
Remus estaba despierto.
—Demasiadas emociones fuertes… Necesito recuperar la serenidad.
—¿Tu y serenidad en la misma frase? Hay algo que no me cuadra…
—Déjame intentarlo, Lunático —Sirius sonrió—. No me das tregua.
—Ya me conoces, soy un lobo que no se sacia con facilidad.
—Estás de muy buen humor, por lo que veo —Sirius volvió a meterse en la cama—. ¿Tienes hambre? Puedo llamar a Kreacher y que nos prepare algo.
—¿Hay peligro de que nos envenene? —se mofó Remus.
—Puede… ¿Pero que es la vida sin un poco de riesgo?
Se besaron largo y tendido —no tenían ninguna prisa—, hasta que Sirius se incorporó de un salto y se encaminó a la cocina canturreando. Poco rato después, Sirius apareció de nuevo en la habitación con una bandeja y comida para los dos. Estuvieron allí tumbados, desnudos entre sábanas húmedas, cigarrillos, humo y besos la mayor parte del día. No querían salir de allí, no querían romper aquella hermosa armonía que se había creado. Una mezcla entre presente y pasado, un equilibrio casi perfecto que los mantenía en un limbo temporal del que no querían salir.
—¿Te acuerdas de nuestro primer beso?
—Sí —contestó Remus—. Claro que sí.
—¿Y del último? —la voz de Sirius pareció romperse por un momento, pero no lo hizo.
—También.
—Yo no —dijo Sirius—. He estado intentando recordarlo durante años, pero no ha habido manera. No consigo acordarme.
—Fue tres semanas antes de la muerte de… Lily y James —dijo Remus arrastrando las palabras—. Antes de que empezarás a sospechar que yo era el espía. Antes de que te marcharás Merlín sabe donde.
—Remus… —Sirius bajó la vista—. Ya te dije que lo sentía. Fui un estúpido y lo lamento tanto. No hay día que no me arrepienta.
—Fue muy duro, yo… Por eso luego tubo tanto sentido que tu fueras el traidor, porque pensé que me habías culpado a mí para distraer a los demás.
—¿Llegaste a dudarlo? —preguntó Sirius.
—¿El que?
—¿Llegaste a dudar por un momento que todo lo que había pasado pudo ser una artimaña, una mentira y que yo fuese inocente?
—Lo pensé durante años, simplemente no podía creerlo —hizo una pausa—. Hasta que me resigne y lo acepte.
—Una de las cosas que más me han atormentado todos estos años es que tu me consideraras culpable. Eras lo único que me quedaba fuera de Azkaban… Tú y Harry, claro.
—No quiero pensar en eso.
—Está bien, pero lo siento —repitió Sirius—. Muchísimo.
Remus le sonrió y lo besó con fuerza, cogiendo su rostro entre las dos manos y acercándolo más a su boca.
¿Porque iban a perder tiempo discutiendo, cuando podían gastarlo en otras cosas? Se pasaron dos días sin salir de aquella habitación. Se olvidaron de todo lo que había fuera, se dedicaban exclusivamente el uno al otro deseosos y hambrientos. Demasiado tiempo malgastado, años y años de dolorosa condena sin poderse tener. Ya no. aquellos dos días fueron testigos de sus mas oscuros deseos, de sus más ocultos anhelos, habían estado reprimiendo esas ganas desde el día en el que se vieron en la Casa de los Gritos y tuvieron que abrazarse como hermanos, sin poder mostrar lo que realmente sentían.
Dos largos días en aquella habitación, dos largos días que fueron demasiado cortos. Dos días en la habitación de Sirius, tumbados en las mismas sábanas, entre las mismas paredes decoradas con guirnaldas doradas y grana, rodeados de trastos por el suelo y desorden, libros tirados, el baúl de Remus sin abrir y muchas bandejas de comida vacías. No dejaban entrar a Kreacher y tampoco recogían lo que ensuciaban. Lo preferían así, como dos adolescentes demasiado preocupados en desnudarse como para perder el tiempo recogiendo su desorden. Hablaban en susurros, aunque no hubiera nadie cerca, no salían de la cama, no se vestían y no se preocupaban por la suciedad. Estaban disfrutando de lo que fuera que habían estado reprimiendo todos esos años. Volvían a tenerse el uno al otro, nada más les importaba. Perdieron la cuenta de los besos, perdieron la cuenta de los gemidos. Solo estaban ellos y el resto del mundo desaparecía, no había nada más allá de aquella habitación sucia y desordenada, el mundo estaba desdibujado, no había formas, ni personas, ni guerra, ni peligros, nada.
—Está empezando a oler mal… —dijo Remus mientras ahogaba una pequeña risa contra el hombro de Sirius—. ¿Has visto cómo está el suelo? No hemos recogido las bandejas de comida desde ayer…
—Luego vendrá Kreacher a limpiarlo —dijo Sirius—. Pero tendremos que vestirnos y no quiero…
—Mañana viene Nymphadora a cenar… Tengo que hacer guardia. ¿Recuerdas?
—Se me había olvidado.
—Tendremos que recoger todo esto…
—Podemos hacerlo por la mañana.
—Podemos hacerlo por la mañana —reafirmó Remus.
—¿Cuándo es la próxima luna llena?
—En una semana —la sonrisa de Remus menguó—. Pero con la poción matalobos no tengo porque preocuparme. Puedo transformarme aquí dentro y mantener al lobo controlado.
—¿Ya no hay excursiones por el Bosque Prohibido?
—Ya no me salto las reglas, Canuto —sonrió Remus—. O al menos lo intento.
—Haciendo lo que haces con la lengua te saltas todas las reglas que se han escrito alguna vez en la historia de las reglas.
—Eres un caso perdido.
Solo ellos dos en aquella habitación. Risas, besos, gemidos. Nada más. No necesitaban nada más. Se mantenían en un perfecto equilibrio entre el pasado y el presente, un equilibrio en el que ellos dos eran felices, todo lo felices que podían ser después de una vida de amargo sufrimiento. Y aunque nada volviera a ser lo mismo, aunque nunca pudieran recuperar todo el tiempo que perdieron, podían robarle al destino algo de ese tiempo, o al menos, intentarlo. Revivir lo que estaba muerte era imposible, pero ellos dos no lo estaban y sus vidas aun tenían una oportunidad y debían aprovecharla. Por ahora.
