Naruto y personajes propiedad de Masashi Kishimoto

Sólo la trama de esta historia pertenece a mi autoría.

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Number 13–


VI


Sorrow

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Esta vez, la niebla en su cabeza no se difuminó, tampoco el entumecimiento de sus huesos. Era como si una fuerza imaginaria pero poderosa, la obligara a permanecer inerte. Iba y venía en la inconsciencia. A lo lejos presentía pasos, escuchaba movimientos y oía voces, pero no le interesaba. Nada hacía que esa sensación de quietud se apartara de su cuerpo. Nada hacía que le importara de cualquier manera.

Había sabido que estaba sola, que nadie se preocupaba por ella, nadie la extrañaba, a nadie le hacía falta…excepto por él.

En su espacio reducido, su mundo de dos, Itachi fue el Sol que reemplazó al de su ventana cerrada. Se volvió su padre, su madre...sus hermanos, su doctor y su maestro…su amigo y su amante. Su ángel. Todo estaba mal, sin embargo, a su lado, eso no importaba.

El dolor se aliviaba…

La soledad se desvanecía…

El miedo se olvidaba…

El frío se convertía en calor…

La esperanza era transportada a través de su sonrisa.

La alegría y la felicidad, ambas emociones tan desconocidas para ella, pudieron ser comprendidas en su presencia.

Nunca consideró la lejana posibilidad de perder lo único que poseía. No le pasó por la enturbiada cabeza que aquello acabaría. Para ella jamás transcurría el tiempo, cuando él atravesaba su puerta para sentarse a su lado y leerle, para desarrollar sus conversaciones unilaterales, para darle dulces o cortarle el cabello, los minutos no existían. Un día era exactamente igual de perfecto que el otro, hasta que terminaba. Las noches eran un calvario, enfrascándose en una batalla interminable de recuerdos destrozados, memorias perdidas y sensaciones incomprensibles. Luego amanecía de nuevo, y él volvía…y entonces valía la pena.

Pero un día él no regresó. Fue cuando los minutos empezaron a contar, incluso los segundos acontecían con parsimonia, palpitando en sus sienes. Las noches quebrantaron las normas, mezclándose con los atardeceres, después con las mañanas…no había descanso posible. Su deteriorada mente, incapaz de sobrevivir sin Itachi, prefería desconectarse, justo como ahora.

En instantes de lucidez, lo odió. A pesar de ser su todo, y precisamente por eso. No comprendía, pero lo intentaba. No lloraba, sus cuencas estaban más secas, incluso que su cerebro. Simplemente se sentaba, esperando a que la puerta se abriera, anhelando que entrara, que leyera, que hablara, que riera, que la tocara…

Después de incontables decepciones, empezó a resignarse. Ya no miró a la puerta, ya no le interesó, él también la abandonaba, como el resto del mundo.

¿De eso hacía ya un año?...y no volvería a verlo.

Hubiese preferido mil veces que Itachi no regresara porque no le importara, porque ya lo había cansado, porque no valía la pena el esfuerzo. Porque vivía su vida fuera de ese infierno, libre de esas paredes asfixiantes construidas con hielo, disfrutando de la luz y el calor del exterior, alejándose de las tinieblas que a ella la envolvían.

No inalcanzable.

No inalterable y eterno.

No muerto.

Quería estar con él, ¿era egoísta intentar alcanzarlo?. No dejaba nada, no extrañaría nada, no perdería nada, porque su vida no valía nada.

Itachi

Ahora, su mente no estaba plagada de intentos tormentosos de recuerdos, sino de hermosos momentos junto a él. De bellas y etéreas vivencias. Sólo un rastro de lo que fue y ya no sería.

La puerta se abrió, un enfermero entró. De la mesa del fondo, recogió la anterior bandeja del desayuno. Intacta. Depositó una nueva con la comida. Se acercó hasta ella y registró su pulso. No la miró a los ojos, ellos estaban cansados de tener esperanza, ella también. Se fue tan pronto como llegó.

La comida era tan anodina, que ni siquiera tenía olor. Tampoco esa ocasión la comería, iría hacia Itachi, sin él, sin su motivo para mantenerse, no tenía caso seguir.

Morir de inanición llevaría tiempo. Cuando su condición se agravara intervendrían en sus planes, nutriéndola a costa de su voluntad. Inyectando sustancias extrañas en su cuerpo, sólo que esta vez, ella no se quedaría quieta mansamente, con la vía atorada en su brazo. No necesitaba ser reanimada, únicamente lo necesitaba a él.

Hoy es Navidad. No…no pienses en eso, sé que es la segunda que compartimos en este lugar, pero no te entristezcas, mejor, abre el regalo que te traje… ¿te gusta?, es mi piedra favorita, lucirá hermosa en tu cabello.

Aquel latigazo de dolor conjuró un milagro. Su cuerpo antes laxo, se avivó, en menos de un segundo, estaba de pie al lado de la ventana. Con una velocidad inusitada, abrió el cajón de la mesita del costado de la cama, al fondo, envuelto en una servilleta blanca, encontró su broche.

¿Puedo ponértelo?...combina perfecto con tus ojos. Qué casualidad que me gusten las esmeraldas, ¿verdad?, jaja. ¿Sabes desde cuando adoro también ese color?

Apretó con fuerza el hermoso pasador, no había perdido brillo. Cuando intuyó que él no regresaría, había querido deshacerse de el. Eliminar sus promesas, borrar sus caricias, tirar su regalo…casi lo logró, hasta que se arrepintió segundos después y sacó el broche de la basura. No volvió a usarlo, al igual que sus sentimientos por Itachi, lo desterró a un rincón oscuro donde pensó no tendría que toparse con el jamás.

–…desde que te conocí.

Acercó la esmeralda a su pecho, cubriendo su cicatriz, acercándole a su corazón. En el nuevo hogar de Itachi. Cuando muriese, le gustaría que la enterraran con su único tesoro, con el regalo de Itachi luciendo en su cabello, así no estaría sola en la helada cripta.

Con los párpados fuertemente cerrados, los pies apenas plantados en el suelo, el puño presionado contra ella, y las fuerzas escapándosele de nuevo, fue como él la encontró.

El hermano de Itachi.

Percibió sorpresivamente su presencia en la habitación. Tan ensimismada había estado, que no escuchó la puerta abrirse, mucho menos cerrarse. Él se quedó inmóvil, no hizo algún sonido, no se atrevió a respirar.

Abrió despacio los párpados. La oscuridad a la que estaba tan acostumbrada, le permitió observarlo con detenimiento. Ahora sí pudo ver lo que no vio antes. Tenía casi la misma altura que Itachi, le faltaban algunos centímetros para alcanzarle, su cuerpo era más delgado, su postura defensiva, y sus rasgos mucho más severos.

¿Qué hacía allí?, ¿para que había vuelto?

Fuera lo que fuese, no pensaba prestarle atención. Sin embargo, él se decidió a encararla. Caminó unos pasos que lo acercaron al otro lado de la cama, exactamente frente a ella. Con cuidado, como temiendo una reacción por su parte, colocó una pequeña maleta sobre el colchón.

–Me alegra encontrarte de pie, creí que… –guardó silencio, pensándose la manera de continuar–. Lo que te dije ayer, no estuvo bien. ¿Puedo…? –preguntó aproximándose al interruptor.

Ella no le dijo nada, tampoco reflejó algún signo de prestarle atención. Quería que se fuera, que la dejara continuar con sus planes. Si permanecía más tiempo frente a ella, le haría más difícil la tarea de mantener los recuerdos de Itachi a raya. ¿Por qué tenían que ser tan parecidos?, ¿Por qué no podía su Itachi ser el que estuviese allí, delante de ella?

–Ni siquiera parpadeas –lo oyó suspirar después de encender la luz.

¿Cómo esperaba que lo hiciera?, a ella ya ninguna luz podía alcanzarla.

– ¿Por qué no te sientas? –le sugirió con tono ameno. Muy distinto al timbre de voz que había usado cuando lo conoció–. O bueno, sigue de pie –completó, ya que ella no hizo amago de obedecerlo.

Al verlo sacar un libro de la maleta, apretó el puño que tenía todavía recargado en su pecho. ¿Cómo se atrevía?, ¿quería torturarla?. Comprimió los labios volviéndolos una línea fina. El broche de esmeraldas amenazó con rasgar su palma.

–No tienes por qué ponerte así, sólo voy a leerte un poco –él registró perfectamente su reacción, era un hombre muy observador e inteligente. Rememoró a Itachi catalogándolo de esa manera–. Yo me sentaré en esa silla, puedes hacer lo mismo si quieres disfrutar de la lectura –se encaminó despacio hacia el lugar señalado.

Él comenzó a recitar con precisión las palabras del libro, no pudo evitar encogerse al reconocer el capítulo final del Quijote de la Mancha. Parecía que había transcurrido toda una vida desde que Itachi se lo leyera.

Intentó cerrar sus oídos, pero la voz del hermano de Itachi era fuerte y clara, taladrando su cabeza, impidiéndole alguna escapatoria. Su respiración se tornó pesada, él no se detenía, continuaba leyendo, sin importarle la reacción adversa que le estaba generando. Aguantó no supo cuantos minutos, hasta que él finalizó abruptamente.

–Uff –exhaló de repente–. Ya recordé porque no me gusta este libro. Me gustan más las tramas de suspenso, incluso las novelas policíacas, que predecible, ¿no?. ¿A ti te gustan esas tramas? –le preguntó con interés.

Se percató que no la llamó por su conocido apodo. También de que intentaba entablar una charla como las que Itachi solía establecer.

–¿O prefieres el romance?. No soy muy bueno para leer las desventuras de dos enamorados tercos, que por lo general se meten en problemas por intrigas bastante inverosímiles o falta de comunicación en su relación. Pero si me lo pides, haré el esfuerzo –ofreció sin perder la cordialidad.

¿Qué era todo aquello?, ¿Qué intentaba?, ¿Qué le respondiera?. Si era así, estaba perdiendo su tiempo.

– ¿No?, eso pensé. Entonces asumiré que eres de las mías. ¿Qué otras cosas tendremos en común?. ¿Te gusta el dulce? –lanzó la pregunta al aire.

Su boca salivó, presa del descarado recordatorio. Los dulces que Itachi le regalaba, le encantaban. ¿Sabría él acerca de los hermosos detalles que su hermano le dedicaba?

–Tal vez prefieres el chocolate –continuó ligero–. A mí no me gusta mucho lo empalagoso –le confió–. Aunque, tengo unos pocos en la maleta, pensé que te gustaría un postre después de tu comida. Pero, veo que no has comido, así que no podré dártelos.

Así que se trataba de eso. Pretendía premiarla con pequeños regalos si ella hacía lo que debía. Si se comportaba como todo el mundo esperaba y demandaba de ella. ¿Cuántas veces no había tratado de hacer eso la elegante y seria doctora de cabello negro?, o los otros doctores, los enfermeros, infinidad de personas. Cada uno pidiéndole una respuesta, presionándola, exigiéndole dar más de lo que tenía.

¿Por qué comer sin hambre?

¿Por qué regresarles la mirada, si ellos solamente la observaban como a un bicho raro, y no como a una persona?

¿Por qué responder sus preguntas, si no había genuino interés en conocerla?

Al principio le hablaron con cariño y paciencia, prometiéndole recompensas si ella daba las respuestas acertadas, igual que un perrito en entrenamiento. Después llegaron las amenazas, la promesa de que permanecería recluida para siempre si no ponía de su parte. Mucho después, al no obtener tampoco resultado por esos medios. Aparecieron las súplicas, ahora ellos dejaban todo en sus manos, estaba en ella si reaccionaba y mejoraba, o continuaba sumida en su propio mundo. Por último, se instaló la indiferencia. Daba igual lo que ocurriera con ella, simplemente se encargaban de mantenerla respirando. Si vivía o no, eso era otra cosa.

Dejó de ser el principal objeto de estudio de cada uno, para convertirse en el máximo fracaso de todos.

Menos Itachi por supuesto.

Él la complacía y la comprendía. Jamás imponía nada. Sus deseos estaban completamente subyugados a los suyos. Nada de reglas, nada de reprimendas, nada de peticiones, nunca ninguna crítica.

Si perdía peso, eres hermosa.

Si su cabello era un desastre, eres hermosa.

Si estaba pálida y ojerosa, eres hermosa.

Con la voz de Itachi, cada vez más lejana en su cabeza, se acomodó en su cama. Ojalá soñara con él, pensó al cerrar sus ojos y hacerse un ovillo. Antes de quedarse dormida, sintió una pesada mano en su cabeza. Abrió los párpados sobresaltada.

–Como veo que estas cansada, te dejo dormir. Pero mañana vendré de nuevo –su expresión era tranquila y comprensiva–. Así es, no dejaré de venir, así que, acostúmbrate a la idea. Por cierto, me llamo Sasuke, apréndetelo –pareció sugerirle–. Descansa –al perder el contacto de su palma, se sintió momentáneamente decepcionada.

Apretó con cariño el broche que seguía escondido en su puño. Volvió a lo suyo, a lo que conocía, a su realidad cubierta de niebla y sombras, a su lúgubre silencio de inconsciencia.

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Había varios periodos de inactividad, mezclados con algunos de sorpresivo movimiento. El hermano de Itachi. Sasuke, como el mismo le dijo llamarse. Resultó ser igual de perseverante y obstinado que su anterior salvador. La visitaba diariamente. Leía, conversaba, y la mayoría del tiempo se enfadaba. Pero no se rendía.

Contradictoriamente también, ellos no podrían ser más diferentes. Itachi contaba con una paciencia infinita, Sasuke no conocía esa palabra. Itachi era el hombre más prudente sobre la faz de la Tierra, Sasuke no dejaba de asombrarla –interiormente–, cada vez que sacaba su frustración a flote y discutía con ella cuando por fin perdía la calma, que era a diario. La sonrisa de Itachi era rápida y sincera, la sonrisa de Sasuke no existía.

Aun así, con tantas desventajas evidentes, él volvía. Se esforzaba y regresaba a pesar del rechazo a sus esfuerzos.

Ella no le concedía esperanza alguna de darle su confianza. Lo cierto es que no necesitaba a alguien más a quien aferrarse. El dolor de su única pérdida seguía tan latente y fresco, que eso anulaba cualquier oportunidad de acercarse a él.

En su interior, le agradecía. Sasuke era un buen hombre. Ningún otro haría lo que él hacía. ¿Por qué pasar sus ratos libres con una deteriorada y trastornada chica que jamás le respondía?, cuando podría estar haciendo cosas mucho más interesantes y entretenidas. Él poseía un buen corazón, y si ella aun tuviera algo dentro de su cascarón vacío, seguro se lo retribuiría.

Pero no era así.

Y él por fin, seguro estaba dándose cuenta de ello. Pensó con la mirada ausente, al escucharlo maldecir.

Sólo que el exabrupto la tomó completamente fuera de guardia. Sintió sus manos fuertes apretándole los hombros, sus ojos negros turbiamente enfadados, cortaron cualquier ruta de escape al centrarse en sus pupilas.

– ¡No puedo traerlo de vuelta! –espetó derrotado, casi podía palpar su sufrimiento, él lucía tan destrozado–…y sé que jamás estaré a su altura… –expresó con una vulnerabilidad desconcertante– pero…puedo ocupar su lugar si tú me dejas –propuso seriamente –. Ni para ti ni para mí, habrá otro como él. Déjame honrarlo, déjame terminar lo que él no pudo…se lo debo, y tú también –susurró desesperado y dolido.

Itachi luchó tanto por ella, y ella ¿qué hacía?. Desperdiciar su legado, olvidar sus enseñanzas, encerrándose en una celda de recuerdos. Repitiendo en su mente lo que había perdido, renegando una vez más contra la fatalidad de su existencia. ¿Qué habría hecho Itachi en su lugar?. Sasuke llevaba la razón, no habría nunca nadie como él. Ella no tenía su temple, su fuerza, su vitalidad, su inteligencia ni su sensibilidad. Pero no por eso debía de darse por vencida, él no lo hubiera querido.

–Por él… –la súplica de Sasuke no era tal. Era una exigencia directa.

Era su deber siquiera tratar. Asintió, un movimiento tan imperceptiblemente leve e insustancial, pero que conllevaba un poder tan inimaginable, que nadie había obtenido hasta entonces. Ella, acababa de entregarle la poca voluntad que le quedaba.

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–De nuevo la bandeja vacía –señaló Sasuke al atravesar la puerta por ¿vigésima vez?

Recargada sobre la cabecera de su cama, lo recibió con aceptación. Todavía no lograba conversar con él, pero su actitud era completamente distinta. Le siguió con la mirada mientras él se encaminaba a encender la luz, no vestía sobriamente, seguro era su día libre. Le había contado a que se dedicaba, aunque ella ya lo sabía, lo conocía un poco gracias a las pláticas de su hermano.

–Con este sabor, no me extraña que prefieras quedarte sin comer –escupió a la basura la cucharada de arroz que se llevó a la boca–. Hmp, que porquería –murmuró alejándole la mesa con la bandeja–. Espero que esto sea más de tu agrado –sacó de la ya conocida maleta una bolsa de papel.

Lo vio desenvolver un paquete algo amorfo y enorme. Mismo que le ofreció inmediatamente después.

–Pruébala, es lo que suelo comer cuando estoy trabajando, no hay tiempo para más –se alzó de hombros restándole importancia–. Anda, no me hagas apretarte la nariz y engullírtela en la boca, sabes que lo haré –advirtió mirándola a los ojos.

Lo vio tan determinado, que se entregó al impulso de obedecerlo. Él afirmó satisfecho, no se jactaba, su alegría se debía al alivio. Comprobó cuando lo oyó suspirar.

– ¿Te gusta a que sabe la hamburguesa?, ¿habías probado una antes? –continuó alimentándola.

El sabor era extrañamente familiar. Masticó despacio, tragando después con cuidado. Su estómago lanzó un gruñido, avivado y expectante por un nuevo bocado.

– ¿Puedes sostenerla? –le pidió entregándosela–. Bien –se apresuró a buscar algo más en la maleta–. Bebe –le tendió una cajita de jugo con una pajilla.

Sorbió sin problema, dándole otro mordisco a su comida. Sus ojos verdes no lo perdieron de vista hasta que se acomodó a su lado, en la silla mas cercana. Él espero a que acabara de comer, así lo hizo, dándose cuenta apenas de que se terminó todo sin problemas.

–Ahora, a leer un poco –suspiró, metió la mano en el bolso de su chaqueta, extrayendo un libro de bolsillo–. Contigo regreso a la era de la prehistoria, ¿Quién no usa libros digitales en estas fechas? –renegó, buscando la página en la que se habían quedado.

–Un…libro- –tartamudeó despacio. Sasuke soltó de golpe el librito mirándola asombrado– verda-dero, es aquel… –habló con dificultad, seguía sin gustarle su voz, pero aquella pregunta había necesitado una respuesta.

–…que huele a libro –completó saliendo de su sorpresa Sasuke–. Palabras sabias de Itachi –reconoció revelando una ligera ondulación en sus labios, un ensayo de sonrisa–. Deberías de ver su colección, me sorprende que tuviera espacio para él en su departamento después de comprar tantos libros –se puso de pie y caminó hacia ella–. ¿Te gustaría visitarlo? –preguntó de pronto.

Abrió los párpados impactada. ¿Se estaría refiriendo a…llevarla a la tumba de Itachi?. El inesperado anhelo de verlo, de despedirse como él merecía, llevándole flores y orando por su descanso, hizo que su cuerpo comenzara a temblar. Aunque…para eso, debía salir de allí, ¿no?. ¿Cómo podría luchar con lo que había en el exterior?. ¿Por qué esa posibilidad, le congelaba la sangre?

¿Qué le impedía ver más allá de las persianas?

¿Qué era ese miedo que le oprimía el pecho?... ¿contra qué no podía enfrentarse?

¿Qué fuerza maligna la hacía querer resguardarse en ese cuarto oscuro para siempre?

–Tranquila –él tomó sus manos entre las suyas, calentándoselas en cuestión de segundos–. Tienes miedo, lo veo en tus ojos –reconoció con el ceño fruncido.

Cabeceó afirmativamente varias veces. Sí, lo tenía, aunque no entendía por qué.

–No hay nada que temer. Yo estaré contigo en todo momento –prometió con firmeza.

–I…Itachi…di-dijo…eso –algo tibio atravesó su mejilla. No pudo comprender que era aquello–. Él…él mintió –su visión se tornó borrosa–. No…él no me abandonó…lo obligaron a de-dejarme… –asimiló con certeza.

Sintió que era desgarrada por la mitad. Que algo dentro de ella se desbordaba sin poder detenerlo. El dolor más puro y crudo la envolvió. ¿Estaba…llorando?. ¿Cómo era eso posible?. Un sollozo estrangulado brotó de su boca seca, sus labios partidos se agrietaron más cuando dio voz a su lamento.

Por una décima de segundos, su despedazada mente se solidificó en una pieza perfecta y completa. Cada cosa cayó en su lugar. Cada emoción adquirió un significado. Su situación por fin le quedó clara.

Ella no era una loca más del pabellón…una estatua viviente con capacidad únicamente para respirar…ella era una víctima.

Como en cámara lenta, cogió la manga derecha de su sudadera y la recorrió hacia arriba, removió con rapidez la venda blanca que nunca desaparecía de su muñeca.

Ella fue la trece. La perfecta cicatriz, era profunda y legible. La prueba de que la pesadilla era real.

Perdió a Itachi, y al momento que Sasuke le hizo el mismo juramento, supo que lo perdería a él también.

Porque ese miedo paralizante…ese horror inimaginable, que ahora comprendía, era causado por alguien.

Alguien que le había arrebatado todo…

…y que sólo esperaba el momento, para quitárselo otra vez.

– ¡Itachi murió por mi culpa…él me lo robó! –exclamó con una vehemencia sorprendente. Sasuke la miró consternado, creyendo ser el causante de su arrebato.

Se cubrió el rostro sofocando su ataque de llanto. Sus manos amortiguaron sus palabras, aun así, Sasuke fue capaz de escucharlas claramente:

–Él fue…el asesino de Sakura Haruno…el hombre que me mató…es el asesino de Itachi… –susurró en trance, cayendo desmayada en los brazos del impactado hombre frente a ella.

"Hay veces, en que la vida no es otra cosa que dolor…y para escapar de ese dolor, la mente debe dejar atrás esa realidad, refugiándose en la locura"

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¡Oh que shock!

Hahaha. ¿Cómo se encuentran?, regresé no rápido pero tampoco tan lento. Me alegra traerles un nuevo capítulo de esta historia, que cada vez se irá volviendo más cardíaca y también más clara.

¿Qué les pareció la actualización?, espero que buena. Me encantaría leer sus opiniones al respecto, sus comentarios son los que me hacen darme cuenta que tan bien o mal voy. Por cierto, gracias por el apoyo, debido a ustedes tengo ánimos de seguir por aquí.

En fin, no tengo grandes cosas que exponer, así que me voy despidiendo deseándoles que estén de lo mejor, que les vaya muy bien en lo que sea que se propongan. Les mando un cordial saludo y un sincero abrazo, ¡cuídense mucho siempre!

¡Nos leemos espero que pronto!

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¡Y para mí, SasuSaku CANON!