Maestros Tormenta
Fandomme
Disclaimer: ALLA es propiedad de VIACOM, Nickelodeon, Mike, Bryan y Night. No sacó beneficios de esta historia.
Notas: Este capítulo es un respiro entre los sucesos del Templo del Aire del Oeste y la búsqueda del arma. Me la pasé muy bien escribiendo este capítulo, y habla casi enteramente de la cultura de la Nación del Fuego. Van a pasar más cosas la próxima vez, lo juro. Mientras tanto, disfruten el té y la pareja.
Agradecimientos: Sin las capturas de pantalla de la gente de Avatar Wiki, no hubiera tenido mucha noción del diseño de la capital. ¡Gracias! También, Malena-sama me proveyó con arte nuevo, y pueden verlo haciendo clic en mi perfil. Y por último pero no menos importante, OrePookPook dibujo el traje nuevo de Katara, y pueden verlo haciendo clic en mi perfil.
Son las palabras más tranquilas las que provocan tormenta. Pensamientos que vienen en las patas de las palomas son los que guían el mundo -- Friedrich Nietzsche
Caminaron en silencio por unas cuantas horas. Zuko tendía a adelantarse un poco; sus piernas eran más largas y parecía estar buscando algo. Pero encontraron solamente sapos-mapache croando y gorjeando en la noche. Katara supuso que era temporada de apareamiento --los sapos macho parecían muy insistentes en cuanto a la calidad de sus hojas de nenúfar. Ninguno de ellos tenía mucho para decir, excepto que por primera vez Katara vio manchitas de luz verdosa danzarinas parpadeando en su vista y haciendo detener su andar solo para mirarlas.
-Son luciérnagas de fuego (1) –Explicó Zuko-. Solo salen en verano.
-¿Pican?
-No, no pican, solo brillan –frunció el ceño-. ¿Nunca las habías visto?
-En el Polo Sur no hay muchos bichos realmente.
Él asintió. Pareció considerar algo por un momento, luego levantó la palma. Una pequeña llama apareció allí. Las luciérnagas se reunieron, revoloteando alrededor del fuego como una multitud de estrellas circundando un sol, como los gráficos de la biblioteca de Wan Shi Tong decían que hacían.
-Ven a ver.
Con cautela -- ¿Por qué me preocupan unos espantosos bichos? -- Katara se acercó al grupito de luciérnagas que zumbaba alrededor de la mano de Zuko. Sus cuerpos brillantes se daban unos contra otros. Katara soltó una risita. Se encontró agachándose, con las cejas peligrosamente cercas de la llama. Los bichitos zumbantes y brillantes le recordaron algo:
-¡La cueva de los Dos Enamorados!
El fuego de Zuko se extinguió.
-¿Qué?
Ahora estaban en la oscuridad, la única luz venía de las estrellas y las luciérnagas.
-Nos perdimos en un túnel camino a Omashu –explayó-. Unos músicos viajantes nos contaron sobre esta cueva especial hecha por Oma y Shu para poder estar juntos y nos dijeron que todo lo que teníamos que hacer era confiar en el amor y…
-¿Qué tiene que ver con las luciérnagas?
-¡Ya llegaba a eso! Nuestra linterna se apagó y de repente unos cristales comenzaron a brillar en la oscuridad.
-… ¿Cómo Ba Sing Se?
Katara asintió lentamente.
-Sí, supongo –arrugó el entrecejo. Una brisa fresca se levantó por encima del estanque a su derecha. Juncos cola de lémur hicieron un ruido parecido al frufrú-. Parece hace tanto tiempo. Fue antes de conocerla a Toph siquiera.
Zuko cabeceó. Una sombra de dolor cruzó su rostro por solo un instante. Después su ceja sana se contrajo.
-¿Aceptaron direcciones de un grupo de músicos que les dijo que confiaran en el amor?
Katara levantó las manos en el aire y pasó a su lado, empujándolo.
-¡Solamente porque tanques de la Nación del Fuego nos estaban persiguiendo!
Un momento después, él la siguió.
Cerca del amanecer, su constante marcha al noroeste mostró las chimeneas del puerto. Desde ahí fue fácil: Zuko parecía saber a dónde iba y apuró el paso hasta que el puerto estuvo debajo de ellos y el pasto a sus pies parecía ser el último pedazo de follaje en millas. Las piedras blancas de la plaza todavía cargaban con unas cuantas cicatrices de la batalla del Día del Sol Negro: torrecillas rotas, huecos en las piedras. Katara intentó contar los botes en el puerto pero aún estaba demasiado oscuro.
-Se ve tan diferente con toda la gente –comentó Katara. Se sentó y se abrazó las rodillas. Sus pies se lo agradecieron-. Supongo que debimos haber sabido que algo andaba mal cuando no había ningún barco atracado aquí.
Zuko no dijo nada, se limitó a mirar fijamente el puerto. Suspiró.
-He estado pensando –abrió y cerró las manos, pasando su peso de un pie al otro-. Ozai me dijo que mi madre estaba viva. O que podía estarlo. Si te pregunta, dile que la estoy buscando. Dile que necesitaba dinero para comprar un pasaje en un buque y que lo único que sabía hacer era té.
-Pero tú no sabes como hacer té –replicó Katara-. Y si tu papá me está interrogando, creo que tendré cosas más grandes de las que preocuparme.
-Pero la historia del Tío Iroh no tiene sentido –insistió Zuko-. Si Aang me había d… Si Aang quería que yo me fuera, yo hubiera ido a buscarla. La única razón por la que me quedaría en la Nación del Fuego sería para hacer dinero suficiente para viajar.
-Haciendo té –ella arqueó una ceja-. ¿Y qué hago yo en este plan?
-¿Qué plan?
-¿El falso? ¿Dónde vas a buscar a tu mamá?
Zuko parpadeó.
-Tú estás… no sé. ¿Qué estás haciendo?
-Yo estoy… -pensó Katara. Si no estaría con Aang y los demás, ¿dónde estaría? ¿Qué haría?-. Estoy tratando de volver a casa –respondió-. Es un largo camino hasta el Polo Sur sin un bisonte volador, así que supongo que necesitaría trabajar para llegar ahí, también.
-Así que ambos estamos trabajando. Juntos.
Katara hizo una mueca.
-De acuerdo, de acuerdo, no es la mejor mentira, pero no ser bueno para mentir no es exactamente algo malo –se sacó los zapatos de una patada, juntó algo de agua y envolvió sus pies con ella. Una fría energía curadora los cubrió. Suspiró-. Gracias a Dios…
Zuko se balanceó de nuevo.
-Deberíamos seguir.
-Lo sé, lo sé, es solo que me duelen los pies.
-Nos dejaran dormir una vez que lleguemos.
-¿Quién dice?
-Digo yo. Vamos.
Poniendo los ojos en blanco, Katara encorchó el agua en su cantimplora doble y se puso de pie cansinamente. Zuko reanudó su posición al frente. Detrás de él, ella puso los ojos bizcos y sacó la lengua. Cuando el se giró, le sonrió brillantemente y exclamó:
-¡Adelante, te sigo!
El sol sin cesar empezó a escalar más y más mientras ellos pasaban entre fábricas y barrios fabriles. Zuko los mantenía apartados de las calles principales donde hombres y mujeres iban hacia su trabajo; tomaba callejones y más de una vez sospechó que estaba perdido. Pero a medida que avanzaban el olor del puerto se hacía más fuerte y el viento que venía del agua más fresco; oyó a los tucanes. Llegaron ante un arco rojo con un único cartel que caracterizaba una ostra abierta para mostrar su perla. Era casi como tierna, como una boca abierta riendo. La señal chirrió con la brisa. Zuko se paró debajo de ella e hizo una mueca.
-Llegamos.
La condujo por lo que parecía un barrio doméstico y corriente --si no pobre. Katara descubrió un montón de tienditas con sus perfectamente corrientes verandas y lámparas, y lo que parecía ser apartamentos encima. Futones colgados en las barandillas. Observó a las mujeres colgando la ropa en los tendederos entre los edificios. Le recordó a la Tercera Parte de Ba Sing Se --nada grandioso, pero sí funcional.
-Creí que habías dicho que era un barrio rico.
-Yo…
-¡Ey! –un hombre apareció en el medio de la calle. Estaba un poquito relleno y parecía tener problemas para caminar. Sus pies se movían en una dirección, pero él se movía en otra. Levantó un dedo tembloroso hacia Zuko-. ¿No eres tú…?
-No –cortó Zuko, y siguió caminando. Un instante después, Katara se acordó de seguirlo.
-¿Ese tipo estaba… borracho? –preguntó en un susurro.
-Es muy probable.
-Pero… es de mañana.
-Sí. Bueno –Zuko se apretó el puente de la nariz-. Bienvenida al Distrito de la Ostra.
Encontrar el Perico-Gorrión Azul no les tomó mucho. Era un edificio de tres pisos de estuco que se asentaba frente a otro edificio mucho más grande llamado "La Chimenea" que asemejaba estar cerrada. (Ciertamente, mayormente todo parecía estar cerrado. Katara vio un verdulero armando su toldo, pero aparte de él el distrito entero parecía estar durmiendo). Zuko le informó que ese era el sauna de los Dai Li, mencionando algo sobre ser exclusivamente para hombres (la había pasado mal creyéndose eso) y luego se volvió para la casa de té. El Perico-Gorrión Azul tenía una señal con el epónimo pájaro grabado en la superficie con una linterna roja apagada debajo de ella, y una veranda cruzada de madera oscura. Como los demás escaparates parecía estar cerrado.
-¿Qué pasa con esta ciudad? –clamó Katara. Fue hasta la ventana y echó un vistazo dentro. Estaba quieto y oscuro. Alguien había colocado las sillas dada vueltas sobre las mesas de modo que las patas quedaban en el aire. Motas de polvo se deslizaron por una angulosa línea de luz solar matutina. Atravesó los dedos por los huecos del mosquitero de la ventana-. No hay nada abierto. ¡Pensé que los maestros fuego se levantaban con el sol! ¿Es que ésta gente es simplemente haragana?
-El distrito no, eh, empieza realmente a moverse hasta el anochecer –explicó Zuko-. Cuando el silbato de la fábrica suena.
-¿Por q…?
-¡Ey! ¡Ustedes! ¡Estamos cerrados!
Se volvieron para ver a un anciano pequeñito subiendo a toda prisa por la calle, con dos grandes sacos en cada brazo. Estaba completamente calvo a excepción de un mechón muy corto de pelo blanco saliéndole de detrás de las orejas lo que le hizo acordar a Momo. Aceleró el paso y se apuró debajo de la veranda.
-¿No me oyeron? Estamos ce… -se detuvo cuando Zuko se giró a él. Sus cejas blancas se alzaron alto en su arrugada frente con manchas de sol-. ¡Oh! Tú eres…
-Lee –interrumpió Zuko-. Lee y Kuma.
Katara resistió el impulso de patearlo. Ella era perfectamente capaz de elegir su propio nombre falso, muchas gracias, y sucedía que le gustaba Zafiro Fuego. ¿De dónde sacó que podía elegir todas las cosas de espionaje y furtividad sin ella?
-Claro –consintió el anciano-. Lee y Kuma. Bueno, Lee y Kuma, por favor entren –sacó una gran llave de su bolsillo y la usó para abrir la puerta-. Sí, sí, entren, deben estar muy cansados, entren… -lo siguieron al interior. El anciano cerró la puerta tras de si, echó un vistazo por la ventana, dejó caer las bolsas y se inclinó gravemente ante Zuko.
Zuko retrocedió un paso.
-No tienes que hacer eso.
Sonriendo, el anciano se irguió lentamente y dijo:
-Bueno, no todos los días tengo un miembro de la familia real en mi casa de té. Al menos, no desde la última vez que tu Tío estuvo aquí –juntó sus palmas y se giró a Katara-. ¡Y tú! ¡Mis hermanos me hablaron de ti!
-¿Tus hermanos?
-¡Xu, Dock y Bushi! ¡Me contaron todo sobre ti!
Ella frunció el ceño. ¿Dónde había oído esos nombres antes? El anciano hizo la mímica de sacarse un sombrero. La palma de Katara dio contra su frente.
-Genial…
-¡Hiciste un muy buen trabajo como la Dama Pintada! ¡Estoy muy feliz de tenerlos aquí! –Hizo una pequeña reverencia-. Mi nombre es Rari. Déjenme mostrarles sus habitaciones. ¡Y deben de tener hambre! Tendré que... –Rari se escurrió hacia unas escaleras y las subió velozmente. Tenía el mismo dinamismo que la trinidad de sus hermanos. Siguieron sus piernas torcidas hasta el tercer piso del edificio. Rari le entregó a Zuko una llave-. Lamento que solo haya una para ambos, pero la que queda es la mía –argumentó-. ¡No se encierren!
Zuko se pasó una mano por el cabello y suspiró.
-¿Podemos solo descansar, ahora?
-¡Ah, por supuesto! Deberían de encontrar todo lo que necesitan dentro. El lavabo está al final del pasillo, por allá –señaló Rari-. ¡Los despertaré para trabajar si el silbato de la tarde no lo hace!
-¿No necesitamos alguna especie de entrenamiento? –preguntó Katara.
-¡Todo a su tiempo! –Rari empezó a bajar las escaleras-. ¡Primero, algo de té! ¡Y quizás algo de fruta! ¡Y ah, unas ricas bolas de masa guisada!
Katara y Zuko se inclinaron sobre la baranda y lo observaron descender las escaleras de vuelta al negocio. Rari rápidamente salió de su vista y se dirigió hacia lo que debía ser la zona de cocina
-Tengo un mal presentimiento sobre esto –admitió Zuko.
Katara había vivido en un montón de lugares diferente desde que se había ido con Aang. Había dormido en el lomo de un bisonte volador, estado en un barco prisión, mantenido toda una casa de la Parte Alta en Ba Sing Se casi enteramente para sí, y sin ayuda organizó un Templo Aire cabeza abajo. Un departamento decadente en el distrito más haragán de la Capital de la Nación del Fuego no debería molestarla. Pero lo hacía.
-¿Por qué hay una sola habitación? –inquirió ella, señalando el cuarto. Alguien había dejado la puerta un poquito abierta y tirado por ahí un mosquitero cerca de un futón ancho. Un pequeño florero de orquídeas estaba sobre una mesita baja al lado.
-Porque mi Tío tiene un estúpido sentido del humor –Zuko sacudió la cabeza y abrió la puerta de la ropa de cama. Empezó a sacar un futón y mantas-. No importa. Dormiré aquí –arrojó el futón al suelo y tendió la manta encima.
-Oh. Gracias –Katara se ocupó en abrir las dos persianas de las enormes ventanas de la sala. Una daba a la calle; la otra encaraba un patio que Rari había dedicado a cultivar frutas y vegetales. Desde allí, podía ver los patios traseros y ventas de otros tres edificios. Nada se movía. Cerró las persianas y sumió a toda la habitación en la penumbra. Cuando se giró, Zuko la estaba mirando como si esperara que dijese algo.
-Entonces… lo hicimos.
-Cierto.
-Y ahora somos compañeros de habitación –decir las palabras falló en lograr el efecto deseado. Había esperado que al nombrar la fuente de su disconformidad, simplemente se evaporaría, pero todavía sentía un gran abismo de incomodidad entre ellos. ¿Por qué demonios accediste a esto? ¡Éste es el plan más estúpido en la historia de planes estúpidos! ¿Compartir un departamento con el tipo que te ató a un árbol? ¿Dejarse capturar por los Dai Li y lamerles las botas a la Loca y sus horripilantes amigas? ¿Robar la bóveda personal del Señor del Fuego? ¿Te has vuelto loca? Señaló la habitación y puso su mejor sonrisa-. ¿Estás seguro que no lo quieres? Podemos hacer Piedra, Pa...
-Puedes quedártelo.
-Oh. Bueno. Gracias de nuevo –miró dentro de la habitación. Quería dormir, pero había algo que quería hacer primero.
-Eh, estaré… -levantó un pulgar hacia el pasillo y se odió por sonrojarse-. Si me disculpas.
Zuko no dijo nada. Cuando terminó en el baño --donde incluso el agua del grifo con boca de pez olía vagamente volcánica y sulfurosa -- él ya estaba en su futón, sin las botas, y acostado sobre un lado. Parecía completa y totalmente dormido. Esto era un consuelo, porque significaba que cuando ella cerró la puerta y gateó hasta su extraña cama en la extraña parte de un país aún más extraño, él no la escuchó empezar a llorar.
Despertó con el sonido de un trueno. Por un momento, Katara olvidó donde estaba -- el mosquitero era más que un poquito espeluznante. Pero entonces olió las orquídeas, el agua de mar y el humo del carbón y se acordó. Apartando la red, se deslizó fuera del futón y abrió las persianas de su única ventana. Supuso que ya sería de tarde, pero la tormenta lo hacía difícil de decir -- el cielo se había puesto de un extraño y vivo púrpura. Había poca gente desperdigada en las calles apresurándose de un lado a otro con paraguas de caña y papel cubriéndose las caras. El viento sopló y la lluvia le golpeó en el rostro. Se inclinó y se alejó de la ventana, cerrando las persianas. Abrió la puerta, y se encontró con una sala vacía.
Frunció el ceño. Abriendo el armario de la ropa de cama, encontró el futón de Zuko prolijamente enrollado con la manta doblada encima. Cruzó hacia la puerta delantera, tiró de ella y la encontró trabada. Nada.
-¿Hola? –su voz sonaba mucho más finita de lo que quería-. ¿Hola? –no hubo respuesta. Ni siquiera Rari parecía estar presente. El local de té permanecía a oscuras. Cuando buscó una luz debajo de la puerta del lavabo, no vio ninguna. Estaba sola.
Cuando en duda, explora. Se paró un poquito más derecha y se abrió paso por las escaleras. El segundo piso tenía una puerta muy parecida al departamento de ambos --oh, esa era una frase extraña para que su cabeza repasara, el departamento de ambos -- y cuando golpeó no salió ninguna respuesta. Suspirando, se volvió y siguió hasta el salón de té. Pasó rápidamente entre las mesitas y hacia la cocina. Aparte de la extraña fila de relojes de arena empotrados a la pared, la cocina parecía perfectamente normal. Rari amablemente había etiquetado todo -- las grandes latas de varios tes, harina, arroz, porotos rojos, y azúcar. Katara abrió cada uno de los cajones de la cocina: mano y mortero, vajilla, rodillos pasteleros, cuchillos, platos extras. Parecía que a Rari también le gustaba cocinar – Katara descubrió una canasta de huevos moteados frescos cerca de una impresionante fila de teteras gigantes de hierro. Levantó un huevo…
... y casi lo dejó caer cuando alguien golpeó a la puerta.
-¡Abran la puerta!
Tragando saliva, Katara colocó el huevo en su lugar y fue hasta la puerta. Por la ventana, vio a un hombre y una mujer vestidos como la milicia de la Nación del Fuego. ¡Es una trampa! ¡Por eso te abandonaron! Inmediatamente se tiró al suelo. ¿Cual era la salida más próxima? ¿Cómo saldría de la ciudad? ¿Por qué había sido tan estúpida como para aceptar el plan en primer lugar? Volvieron a golpear.
-¡Solo queremos un lugar donde secarnos!
-Lo siento –respondió desde el suelo-. Estamos cerrados.
-¡Vamos, solo danos algo de té!
-¡No!
-Te dije que estaba cerrado –dijo la oficial. Sonaba como una conversación habitual entre ellos-. Las lámparas no están encendidas.
-Pero está friíto...
-¿Por qué no te quejas de algo más y ves lo que pasa?
Katara escuchó sus pisadas alejarse crujiendo sobre la veranda. Asomó la cabeza y observó como se marchaban los oficiales. Contó tres respiraciones completas antes de levantarse. Exhalando, corrió hasta las escaleras. Desde el departamento, podía inspeccionar ambos lados del edificio sin mayores problemas. Una vez dentro, cerró la puerta, abrió las persianas y se movió de un lado a otro buscando a los oficiales o cualquier otra señal de peligro. Gradualmente, el numero de transeúntes aumentaba. La lluvia seguía chorreando; se preguntó a donde iría si tuviera que irse. ¿Era realmente una trampa? ¿Por qué otra razón sino la habrían dejado atrás así? ¿Debería escaparse ahora? No. Espera hasta que las calles estén más atestadas, entonces tú podrás simplemente desaparecer.
Las nubes se engrosaban y la habitación se oscurecía. El verano hacía los días largos pero la tormenta lo sumergía en un crepúsculo temprano. Buscó por piedras chisperas para encender las lámparas, encontrando ninguna. Pronto los relámpagos fueron la única luz real, y el trueno el único sonido aparte de la constante danza de la lluvia y su propia respiración. Y apenas cubría el ruido de pasos sobre la escalera, así que casi no supo cuando descorchar sus cantimploras hasta que la puerta se abrió con un chirrido y una oscura siluetas llenó el umbral. Apuntó su látigo de agua derecho a su cabeza y lo observó agacharse antes de quitarse su caperuza.
Zuko.
-¡Soy yo! ¡Soy yo!
Ella se paró.
-¿Dónde estabas? ¿A dónde fuiste?
-Bueno, ¿Por qué estaba la puerta sin llave? ¡Cualquiera pudo haber entrado! ¿Y por qué estas sentada sola en la oscuridad?
-¡No hay ninguna piedra chispera! ¡No todos nosotros somos maestros fuego, sabes!
Escuchó un gruñido bastante molesto y vio una ráfaga de chispas volar a su alrededor para encender la luz. El brillo repentino expuso a Zuko, empapado de lluvia, cargando su mochila. El agua chorreaba de él y salpicaba en el piso. Todavía tenía su llave en una mano. Katara tragó saliva.
-Estás salpicando todo –le quitó el agua de encima y la dejó en una maceta-. Mejor.
Él cerró la puerta. Ella lo vio poner un pestillo, luego otro un poco más arriba que el anterior.
-No trabaste la puerta.
-Lo sé. Se me olvidó. Estaba un poquito distraída, con todos abandonándome aquí –se cruzó de brazos-. Y, para que sepas, tuve que lidiar con la milicia, muchas gracias.
-¿Qué querían?
Desvió la mirada.
-Té.
Zuko bufó. Se sacó las botas y entró en la habitación. Katara retrocedió. Zuko la miró raro y colgó su capa en un gancho. Katara abrazó sus brazos.
-¿A dónde fuiste?
Zuko levantó el saco.
-Por comida –metió la mano dentro y sacó dos paquetes humeantes de algo que olía picante. Venían envueltos en anchas hojas verdes atadas con un cáñamo. Le extendió uno-. Estabas dormida…
Su vergüenza no conocía límites. Tomó el paquete. Todavía estaba caliente.
-Gracias –se mordió el labio-. No tenías que comprarme la cena, en serio…
Zuko se tensó. Miró por la ventana.
-No te estaba comprando la cena. Nos la estaba comprando…
-Claro. A los dos.
-Y no voy a abandonarte así como así –se volvió hacia ella-. Sé que piensas que no soy nada bueno, pero para que esto funcione tienes que confiar en mí.
-Lo sé. Lo siento –intentó una sonrisa-. Ahí lo tienes. Casi nunca lo digo. ¿Feliz?
Zuko abrió la boca para decir algo cuando una explosión lo interrumpió. Su ojo sano se abrió como plato y sacudió una mano; de inmediato las lámparas se apagaron.
-¡Agáchate! –Ambos se tiraron de panza al piso-. No te muevas –ordenó. Katara lo observó arrastrarse con los codos hacia la ventana. Se parecía un poquito a esos sigilosos pumas pigmeos de Ba Sing Se. Muy lentamente, se levantó y miró por la ventana justo cuando sonaba otra explosión. Para su asombro, suspiró y se puso de pie-. No es nada de que preocuparse.
-Oh, solo un par de bombas explotando –asintió ella, poniendo los ojos en blanco-. ¿Qué sucede?
-Una boda –se giró y re encendió las lámparas. Frunciendo el ceño, Katara se paró y se sacudió la ropa. Fue hasta la ventana. Afuera en la calle, vio pasar una lenta procesión de gente empapada y vestida con colores brillantes cubriéndose debajo de paraguas. Uno de ellos, un hombre, iba sentado en un palanquín. Se balanceaba peligrosamente de un lado a otro mientras los que lo llevaban sudaban la gota gorda esforzándose para pasar por el barro. Sus dedos se enroscaron en la rejilla y trató de tener una vista mejor. Uno de los de la procesión disparó fuego a unos cartuchos de fuegos artificiales -- se consumieron miserablemente en la lluvia. Los otros a su alrededor intentaron compensar la ausencia de ruido haciendo chocar timbales y golpeando sus tambores.
-¿Por qué es un desfile?
Zuko se movió hasta quedar a su lado. Estaba pelando un yuzu (2) con su cuchillo.
-Es una tradición –respondió-. El novio va hasta la casa de la novia y la lleva hasta la de él.
-¿Así que ese de ahí es el novio? –señaló.
Zuko asintió con la cabeza.
-Ese es él –dejó la piel del yuzu en el alféizar de la ventana. Se le hizo agua la boca ante el olor limpio y ácido. Zuko señaló con su cuchillo a la procesión que apuntaba hacia "La Chimenea"-. Debe de estar casándose con la hija del dueño del sauna.
Katara sonrió de oreja a oreja.
-Apuesto que se conocían desde que eran chiquititos y fueron novios y todo.
Zuko se rascó la nuca. Parecía claramente incómodo
-Supongo que es posible...
-Aunque, que triste que esté lloviendo –observó Katara-. Se le arruinará el vestido.
-La lluvia es de buen agüero para las bodas –indicó Zuko-. Significa un buen número de… cultivos.
Katara arrugó el entrecejo.
-¿Estás seguro que no quieres decir bebés?
Él se coloreó.
-Quizás…
-Una vez ayudé a dar a luz a un bebé. Sokka entró, vio todo y se desmayó –sonrió. ¿Cómo era posible que ya extrañará a Sokka?-. Que maricón –el novio estaba saliendo del palanquín. Saltó, intentando ver mejor.
-Aquí –llamó Zuko. Tiró un cordel y la rejilla se abrió; se estiró y la sostuvo hacia arriba-. Solo no te inclines mucho.
-Lo sé, lo sé –Katara cruzó los brazos y se hizo para adelante. Descubrió otra gente del vecindario haciendo lo mismo. Mientras miraba, el novio se abría paso bajo varios paraguas hacia la puerta delantera de "La Chimenea". Alguien le abrió. En la lluvia, solo capturó fragmentos de conversación. El novio parecía estar haciendo preguntas, pero siendo rechazado-. ¿Qué está pasando?
-Está pidiendo por la novia, y su familia está diciendo que no –Zuko arrojó una tajada de yuzu a su boca.
Katara se volvió.
-¿No va a haber boda?
Tragó.
-No. Es solo una tradición. Todavía tiene que darles algo de dinero extra. Entonces la dejarán ir.
Sus cejas se alzaron.
-¿Él paga por la novia?
Zuko se encogió de hombros.
-Bueno, por aquí… -se enderezó cuando la mirada de ella no flaqueó-. No es dinero de verdad. Es uno especial de boda. Cada moneda es un favor diferente que el novio promete hacerle a la familia de la novia.
-Oh –Katara cabeceó-. Eso no suena tan mal –se paró de puntillas y observó la conversación desarrollarse. Ahí abajo, la partida que iba con el novio esperaba debajo de sus brillantes paraguas. Algo en la entrada se movió, y Katara vio a una mujer con una túnica roja y dorada salir. Llevaba un largo velo con dos dragones entrelazados, uno rojo, uno azul-. ¿Esa es la novia?
-Esa es ella.
La partida del novio hizo sonar sus timbales. Más fuegos artificiales fueron encendidos; esta vez uno de ellos realmente salió y envió una llovizna de chispas rosas que se deslizó rápidamente por toda la calle. Los otros curiosos en sus departamentos vitorearon. Algo brillante caía desde las ventas; los otros en la partida de la boda se separaban para recogerlo.
-¿Qué es lo que están arrojando?
-Dinero –respondió Zuko-. Es de buena suerte.
-¡Oh, deberíamos arrojar un poco!
-¿Qué? ¿Es en serio?
-¡Tenemos que hacerlo! ¡Seríamos malos vecinos sino lo hiciéramos!
-¡Pero ni siquiera vivimos aquí!
-¡No seas mezquino! ¡Si no haces esto ahora, tu propia boda saldrá horriblemente mal! –la mano de Katara hurgó en el bolsillo de la túnica de él. Buscaba algunas monedas en su bolsillo y las encontró.
-¡Ey! ¡Detente! ¡Eso es mío! –Recalcó-. Ella se está yendo.
Distraída, Katara se reclinó fuera de la ventana otra vez. La novia miraba fijamente la lluvia con una mueca. Sonriendo ampliamente, Katara levantó una rodilla en el alféizar y se inclinó aún más. Colocó sus brazos en una posición de combate; la lluvia se abrió cual cortina y los del grupo de la boda cerraron lentamente sus paraguas. Extendieron sus manos y no sintieron lluvia. La novia se iluminó. El novio se adelantó y la levantó en sus brazos; la llevó a través del pasillo sin lluvia de Katara bajo una granizada de dinero, vítores, y fuegos artificiales hacia el palanquín. Katara intentó que su agua control siguiera al palanquín que reanudó su viaje por la calle. Se estiró, se sintió tambalear, advirtió que su rodilla se resbalaba…
… y sintió los brazos de Zuko rodeándola desde atrás.
-Te dije que no te inclinaras tanto.
La respiración de él en su cuello le dio una cosquilla al final de su columna; le recordó un momento similar: el árbol, el collar, su voz. Se estremeció.
-No tomo órdenes de ti.
-¿Aceptarías esto? –dejó caer algo en su palma. Piezas de cobre-. Es todo lo que podemos desperdiciar. Apresúrate a arrojarlo antes de que se vayan todos.
Katara asintió, se asomó hacia fuera -- sus brazos parecieron endurecerse y lo escuchó dejar de respirar -- y arrojó el dinero con toda su fuerza. Las monedas de inmediato golpearon a uno de los miembros del grupo nupcial directamente en el cráneo; él miró hacia la ventana con una mirada asesina. Katara levantó las manos.
-¡Lo siento!
Zuko la tiró hacia atrás.
-De acuerdo, ya has hecho daño suficiente.
-¡Solo quería ser amable!
-Lo sé. Comamos –la sentó en el piso. Sintió frío sin él detrás de ella. Ella fue hasta el saco y empezó a sacar los paquetes envueltos en hojas.
-¿Qué compraste?
-Un poco de todo –respondió. Se sentó-. Hay, eh, sopa de masa guisada y rollos de arroz con coco y ensalada corazón de dragón…
-Guau –Katara volvió a sentarse-. Compraste un montón. Buen trabajo –señaló un paquete sin devolver-. ¿Qué ese grandote?
Zuko le dedicó una sonrisa extraña y cortó el paquete con su daga. Las hojas se desdoblaron para revelar todo un pescado frito.
-Ahh... –Katara se frotó las manos-. ¡Luce tan rico!
-¿Es suficiente?
-Por supuesto que es suficiente; no seas tonto. Déjame buscar los tazones –corrió hasta la habitación y trajo un equipo completo. Le entregó un tazón y palillos. El cabeceó en dirección a su mochila.
-Tengo mis propios…
-Sí, pero yo no sabía eso cuando estaba empacando, ¿o sí? –Katara se armó con los palillos-. ¿Cuál como primero…?
-El pescado –aconsejó Zuko, y lo buscó. Atacaron el pescado juntos. Sus palillos hacían poco trabajo con la piel crujiente y la carne blanca. Katara lo tuvo en su boca y su garganta antes de que el picante tomara control y una acidez ardiente serpenteara desde su esófago hasta su lengua.
-¡Caliente! ¡Caliente! –sacudió la mano enfrente de su boca. El ardor solo crecía. Intentó inhalando y exhalando rápidamente con los ojos llenándosele de agua-. Me duelen los labios…
-¡Come algo de arroz!
Ella agarró un poco. El coco pegajoso le dio un agradable respiro del pescado picante; el calor se calmó y se retiró a medida que masticaba. Sus labios todavía le escocían. Katara examinó su bola de arroz con forma de cuña. Había diferentes tipos de arroz ahí; vio granos violetas y rojos junto con blancos. Alguien había enrollado todo el montón en semillas blancas y negras de sésamo. ¿Esto es todo lo que voy a ser capaz de comer mientras esté aquí? Cuidadosamente, escogió otra cuña de pescado. Esta vez separó la carne de la piel, donde parecía estar todo el picante. Era firme, escamosa y deliciosa --como debía ser el pescado.
-Sabes –empezó Katara, tragando-, me gusta mucho más la cena cuando no la hago.
-A mi también –asintió Zuko.
Quedó boquiabierta.
-¿No te gusta como cocino?
-¡Yo no dije eso! Es solo que me gusta más la comida de la Nación del Fuego…
-¡Bueno, discúlpame por no aprender nada sobre la cocina de la Nación del Fuego en el Polo Sur! –Hizo grandes ademanes con sus palillos-. Y para que conste, tu té es terrible, así que no tienes derecho a quejarte.
-¡Es solo jugo de hojas caliente!
-¡Sí, cuando tú lo haces! –levantó una bola de masa guisada y la mordió con rabia. Sopa caliente, y con olor ácido no tardó en chorrear por su barbilla. Descendió por su cuello hasta dentro de su vestido. Una carcajada atravesó los labios de Zuko; él la señaló. Solo lo había oído reír de verdad una vez, antes, y esta vez todavía tenía ese raro timbre de triunfo.
Estaba en el suelo, ahora. Con todo el cuerpo sacudiéndosele.
-Tu cara…
Katara tragó.
-Dijiste sopa de bola de masa guisada, no bola de masa guisada llena de sopa.
-Una bola de camarón no se llama bola llena de camarón guisada.
Katara adquirió un tic en la ceja.
-Pensé que hablabas de una bola que se acompañaba con sopa.
Zuko hizo un ademán.
-¿Ves sopa, aquí? –Sacó una servilleta-. Toma, límpiate. Te chorreaste entera.
Katara se frotó la cara.
-Es todo tu culpa.
-¡Yo no la hice explotar! –marcó-. Está en, eh, tu cabello.
Puso los ojos en blanco e intentó retirar el agua de sus mechones con agua control. No salió muy bien. Todavía podía oler esa mugre salada y acida en su piel.
-Genial, ahora tendré que lavarme el cabello… -se puso de pie y cruzó hasta la ventana. Espiando por una canaleta, rápidamente desvió el agua de lluvia de allí dentro de una pelotita que manipuló alrededor de su cabeza. La enrolló alrededor de su pelo, tiró todo el desastre y lo retorció con agua control, y dejó el agua caer en la calle. Ahora estaba refrescantemente húmeda y limpia. Y Zuko la miraba fijamente-. ¿Pasa algo?
-No –parpadeó-. ¿Quieres tu corazón de dragón?
-¿Mi qué?
-Tu ensalada –levantó la mitad de una pequeña fruta roja. Había sido cavada y empaquetada con verduras verdes y trozos de carne roja.
-Bueno, quiero probarla por lo menos –Katara se le acercó y tomó la extraña ensalada. La olió y uso sus palillos para agarrar uno de los pedacitos de fruta-. ¿Va a ser picante?
-Es fruta.
Con sumo cuidado, Katara la mordió. El jugo cubrió su boca y sus ojos se cerraron haciendo ojitos. Tenía un sabor como a primavera líquida -- fresca, fuerte y dulce. Finalmente, comida de la Nación del Fuego que podía disfrutar de veras
- Al fin…
Un golpe se escuchó en la puerta. Zuko se paró y echó un vistazo por la ventanita en la puerta con su ojo sano. Cabeceando, dejó pasar a Rari. El anciano golpeó las manos.
-Bien, parece que ya están acomodados. Acabo de venir del sauna enfrente, de ayudar a la familia de la novia con algo de té -- la pobrecilla estaba terriblemente nerviosa, y su madre… -sus manos hicieron un movimiento desdeñoso-. Cuando estén listos, por favor bajen para que pueda presentarlos a la cocina.
-De acuerdo –convino Katara-. Bajaremos en un instante...
-Oh, no se preocupen, por favor, tómense su tiempo –y desapareció.
Zuko lo observó irse.
-Es nuestro primer día de trabajo; quizás deberíamos bajar ahora.
-Probablemente –acordó Katara-. Pero realmente, realmente me gustan los corazones de dragón.
El trabajo de Katara sonaba fácil. Escuchar las órdenes. Anotar las órdenes. Dárselas a Zuko. Repartir las órdenes. Dejarle el dinero a Rari -- no sabía nada sobre el dinero de la Nación del Fuego.
-¿Estás seguro que el debería encargarse del té? –Averiguó Katara-. Él es, eh, un poco…
-Oh, no temas –porfió Iroh-. Su Tío me advirtió. Y he armado una contramedida bastante elegante, como me gusta llamarlo –señaló por encima de las teteras a la serie de relojes de arena de variados tamaños-. El té puede ser dejado en hervor hasta lo que tarde en vaciarse su correspondiente reloj de arena. Mientras no mezcle los tarros, todo deberá de salir bien –se giró hacia Zuko-. ¿Crees que puedes manejarlo?
Zuko torció la boca.
-Haré lo que pueda.
El aire se llenó con un estridente silbato. Zumbó en los oídos de Katara y se los cubrió con las manos.
-¡El turno del día ha terminado! –Exclamó Rari-. ¡Hora de abrir! –Sacó unas prendas dobladas y se las entregó a Katara-. Tu uniforme, mi querida.
Katara frunció el ceño.
-¿Uniforme?
-Sí. Zuko no necesita uno ya que estará seguro escondido ahí atrás, pero creo que tú deberías tener uno. Mi última camarera tenía y me gusta conservar algo de tradición –Rari señaló su propia bata malva-. ¿Ves? ¡Yo tengo el mío!
-De acuerdo… -Katara miró la tela-. Estaré arriba…
Arriba, Katara encontró el uniforme del Perico Gorrión Azul más que un poquito intimidante. Consistía en un par de pantalones muy cortos que terminaban por encima de la rodilla y no dejaban nada a la imaginación y un pollerín --era más como un velo, en realidad -- que se ataba a un costado. Un top en la misma tonalidad y tela venía a juego. Se ataba en la nuca. Cuando terminó, se miró fijamente al espejo -- su otro vestido definitivamente exponía menos estómago, menos piernas, y menos, bueno, menos todo. Si su papá tenía problemas con que practicara en ropa interior, apostaba que tendría serios problemas con ella saliendo en público luciendo así. Pero entonces, su papá había usado un uniforme de la Armada de Fuego como parte de un esfuerzo de guerra -- ¿no era acaso lo mismo?
Enfurruñada, se acomodó el pelo y dejó el apartamento, comenzando a descender las escaleras. Zuko estaba al pie de las mismas, de brazos cruzados mirando a nada en particular. Entonces sus pisadas crujieron en un escalón melindroso y él se volvió y algo en sus ojos cambió, algo en su boca se suavizó. La miró como la primera vez que ella lo había volteado de rodillas en el Templo Aire del Oeste.
-¿Ese es tu uniforme? –preguntó.
-Sí… -tiró de él-. Aunque creo que sería mejor para la playa que para el trabajo.
La expresión de Zuko se endureció, luego le obsequió con una sonrisa extraña.
-¿Me disculparías, por favor?
-Eh… claro…
Se giró y Katara lo vio abrirse paso hasta la cocina. Desapareció tras unos paneles de tela que se deslizaban en la brisa. Le dedicó un ceño fruncido. Un instante después, escuchó un claro golpe sordo contra la pared y el ruido de los platos chocando. Luego silencio. Finalmente, Zuko salió llevando algo que se veía sospechosamente blanco y como una carpa.
-Mira lo que encontré –dijo-. Es un delantal.
-Sé lo que es –replicó. Se lo colgó por encima de la cabeza y empezó a atárselo detrás de la espalda.
-¿Necesitas ayuda?
Resopló entre los dientes apretados.
-Por favor. No –se giró-. ¿Ves? Mis nudos están bien.
-Sí. Si lo están. Son muy... –Katara hizo un medio giro y esperó a que terminara su oración-. Apretados –completó. Hizo la mímica de tensar dos cuerdas-. Son nudos muy apretados.
Rari se aclaró la garganta. Katara bajó de un salto las escaleras y lo siguió hasta la galería.
-Ahora que estás suficientemente envuelta –sentenció el anciano-, comencemos nuestra noche –y con eso disparó fuego a la lámpara roja que colgaba debajo del letrero, y el Perico Gorrión Azul quedó abierto.
Atender las mesas no era tan fácil como había sonado. La tercera vez que una mujer emperifollada insistió en leche de almendra, no leche de soja, Katara empezó a fantasear con la idea de ahogar lentamente al General Iroh. Sería un castigo justo por haberla puesto en el Distrito de la Ostra. ¿Por qué no podían haber irrumpido en el palacio como ladrones normales? ¿Y qué si los atrapaban? Prisión tenía que ser mejor que chuparle las medias a mujeres que usaban demasiado maquillaje y hombres con carbón debajo de las uñas que le preguntaban continuamente si quería ir a buscar perlas. (3)
-Eh, tengo que trabajar ahora mismo –respondió, por cuarta vez.
-Pero piensa todo el dinero que podrás hacer vendiendo perlas –porfió el cliente. Le dio un codazo a su cita-. Vamos, dile.
Las cejas depiladas en exceso de la mujer se alzaron.
-Bueno, eso depende –observó con un ronroneo-. ¿Por cuánto tiempo puede contener el aliento?
-Eh, ya regreso –repuso Katara, y retrocedió. Estar en la Nación del Fuego se sentía como un viejo ritual de esquivar el hielo -- tenías que seguir moviéndote, de otra forma, algo podía salir y rasgarte. Juntó los platos y tazas vacías de una mesa cercana y los llevó al fregadero en el cuarto de atrás. Estaban acumulándose; tendría un montón de agua control que hacer después. Zuko estaba parado observando los relojes de arena como un gato-búho pensativo, con los brazos cruzados y los ojos entornados.
-¿Cómo te va? –sus ojos se rehusaron a moverse cuando habló.
-Bien, gracias.
-¿Has visto a algún Dai Li?
Ella sacudió la cabeza.
-No, solo grupo de gente que me preguntaba si quería ir a buscar perlas.
La mirada de Zuko se desvió de los relojes. Una de las teteras comenzó a silbar.
-¿Quién? ¿Dónde?
Katara se encogió de hombros.
-Solo unos clientes –resumió-. ¿Buscar perlas es tan popular aquí? ¿Es por eso que lo llaman el Distrito de la Ostra? –una segunda tetera chilló por atención. Traqueteaban en sus pequeñas trébedes. El agua burbujeaba alrededor de sus tapas. Las señaló-. ¿No deberías atender eso?
Él parpadeó.
-Eh, sí. Cierto. Debería –no se movió.
-Bueno, me voy… -de nuevo, tuvo el impulso de retroceder lentamente. Se agachó debajo de los paneles de tela que separaban la cocina del salón justo a tiempo para escuchar el chillido insistente de las teteras y las palabrotas apagadas de Zuko. Suprimiendo una risita, Katara se introdujo más en el salón de té. Dos nuevos clientes estaban esperando. Eran muchachos de casi la edad de Zuko, y juntos llenaban el marco de la puerta. El más robusto usaba el cabello hacia atrás y sus ojos se encendieron cuando ella se adelantó. Su amigo, un poco más delgado que él pero con mucho más cabello, simplemente sopló su flequillo con el aliento.
-Quisiéramos algo de té –anunció el chico con la coleta.
-Entonces están de suerte –contestó Katara. Apuntó a una mesa-. Por favor, tomen asiento.
Los dos chicos se tomaron el tiempo para pasearse tranquilamente y hacer un gran espectáculo para acomodarse en las sillas como si acabaran de terminar un duro día de trabajo (Lo que claramente no habían tenido; Katara conocía las manos inútiles en cuanto las veía).
-¿Cuáles son los especiales? –preguntó el de la coleta.
Katara recitó.
-Hoy tenemos un té blanco muy delicado con flores de durazno de luna y un picante té negro con semillas secas y leche dulce de almendra.
La miraron parpadeando. ¿Había dicho algo mal? Les miró con el ceño fruncido. Ellos le fruncieron el ceño. Ella hizo un ademán hacia un largo pergamino colgando en una pared.
-Agregados a lo que ofrecemos usualmente, por supuesto.
El que tenía cara de aburrido y pelo enmarañado dijo:
-Solo jengibre –con un tono desapasionado-. Mi estómago me está matando.
Katara asintió.
-Excelente elección –se volvió hacia el otro-. ¿Y para ti?
Él sonrió con suficiencia.
-¿Por qué no me ayudas a decidir en tu próximo descanso?
Su ceja se movió nerviosamente.
-¿Disculpa?
-Me escuchaste. Quiero que vengas y te sientes conmigo.
Katara clavó sus uñas en la bandeja que llevaba.
-Lo siento, pero fraternizar con los clientes no está permitido. Te daré…
-¿Por qué no está permitido?
Arrugó los ojos.
-Porque yo lo digo, por eso.
Su cliente bufó.
-Mira, escupe-fuego, no sé quién te crees que eres, pero nosotros somos Chan y Ruon-Jian. Somos algunos de los más importantes…
-¿Hay algún problema, caballeros?
Zuko había aparecido con pisadas insonoras; Katara se estremeció y miró de soslayo hacia atrás. Él retorcía una toalla entre sus manos. La enrolló con ambas palmas, y la tensó. Los muchachos se congelaron. El de la coleta parecía como si fuese a llorar.
-T… Tú eres…
-Creo que me voy a enfermar –intervino su amigo.
-Entonces supongo que será mejor que se vayan –sugirió Zuko. Asintiendo con énfasis, los chicos se pusieron de pie. Sus sillas chirriaron sobre las tablas del suelo y cayeron hacia atrás al tiempo que se empujaban hacia la puerta, momentáneamente trabándose en ella antes de poder zafarse. A través de la ventana, Katara los vio entrar precipitadamente en el sauna al otro lado de la calle.
-¿Te conocen o algo? –inquirió.
-Sí.
Katara sonrió.
-Tienes un extraño y especial talento para hacer enojar a la gente, ¿no?
-No estaban enojados –se tiró la toalla al hombro-. Estaban aterrorizados.
Finalmente – y no tenía ni idea cómo había pasado – la noche había terminado. Los clientes parecieron darse cuenta del color del cielo y empezaron a dispersarse lentamente. Poco a poco, la multitud se diluyó a los jóvenes y borrachos, animándose para la vuelta a casa con una última taza de té. Katara tuvo que caminar de puntillas alrededor de un borracho persistente que roncaba para juntar las tazas de té antes de que Rari por fin lo echara. Luego Rari atenuó la lámpara roja y cerró oficialmente el lugar.
-Yo barreré aquí –indicó el anciano-. Ustedes ocúpense de esos platos.
Cabeceando cansinamente, Katara suspiró y se dirigió a la cocina. Zuko estaba pasándole un trapo húmedo a las encimeras. Ella miró fijamente la montaña de platos por un momento, desesperándose por un instante, y luego suspiró. Apuesto que están todos dormidos en el Templo Aire del Oeste, ahora mismo. Apuesto que nadie ha lavado los platos. ¿Qué habrán comido? Sokka probablemente habrá insistido en carne, y ni siquiera habrá pensado en lo que Aang necesitaba. Dejando caer su cabeza, re-examinó los platos y abrió las canillas. El agua hizo un ruido sordo dentro del fregadero.
-¿Puedes calentar esto por mí?
-¿Qué?
-El agua para lavar. Necesita estar caliente, o las hojas de té se quedaran pegadas.
-Oh. Claro –Zuko se movió sobre el fregadero, hizo una mueca y metió la mano en el agua. Pronto estaba humeando-. ¿Está bien así?
Katara la probó con su codo.
-Está bien, gracias –arrojó una barra de jabón a la pileta, y movió el agua alrededor. Entornando los ojos, esculpió una mano de agua alrededor del jabón y enjabonó. Luego movió el agua jabonosa alrededor y dentro de las tazas. Zuko se recostó contra la pared, mirando-. Podrías ayudarme, sabes –observó-. Más pronto terminemos aquí, más pronto podremos ir a la cama.
-Eh...
-¿Sabes? ¿Dormir? ¿Mantas? ¿Te suena? –se giró-. ¿Te sientes bien? Te ves todo colorado.
-Es él, eh, vapor.
-Bueno, no te está permitido enfermarte, así que ni siquiera lo pienses. Te necesitó encendido y listo para andar.
Soltó un suspiro sufrido.
-Eso no será problema.
-Ustedes dos parecen estar haciéndolo bien –señaló Rari. Se agachó debajo del panel de tela que separaban la cocina y el salón de té. Traía una bandeja con dos platos.
-Estaba guardando esto para ustedes. Fue una larga primera noche, pero aún así lo hicieron muy bien.
Katara se paró y se secó las manos en su delantal.
-Gracias, pero no he terminado con estos todavía…
-Oh, no, ya está bien. Secar esta particular variedad de porcelana requiere un toque ligero, de otra forma, el vidrio se agrieta –les extendió la bandeja-. Por favor, vayan afuera. El aire está mucho más fresco ahí.
-Bien –asintió Zuko, y agarró la bandeja-. Muchas gracias.
Katara puso los ojos en blanco, se desató el delantal, lo colgó en un gancho y salió por la puerta trasera. Zuko estaba sentado en la veranda, ya sin los zapatos, y la bandeja abandonada. Estaba hundiendo los dedos del pie en el pasto cuando ella se sentó a su lado con la bandeja entre ellos. Se abrazó las rodillas. Le dolían los pies; incluso la idea de subir dificultosamente la bandeja era dolorosa. Arrugando los ojos, localizó un bichito que brillaba y lo señaló.
-¡Luciérnagas de brillo!
-Luciérnagas de fuego.
-Estoy cansada del fuego –respondió Katara-. Todo en la Nación del Fuego es fuego esto o fuego aquello. Lirios fuego, copos de fuego, festivales del fuego. Ustedes realmente necesitan ponerse más creativos.
-Tenemos una antigua y hermosa cultura. Somos adelantados.
-Propagar la guerra no es ser adelantados. Está mal y es un desperdicio. Tu…
-Basta –se volvió de forma que ella pudiera ver ambos lados de su cara-. Estamos afuera. Alguien podría oírte.
-¿Y hacer qué, denunciarme?
-Sí –bajó la voz-. Y ya estamos en suficientes problemas porque esos chicos me reconocieron. Podríamos ser atrapados más temprano que tarde –levantó uno de los platos-. Cómete tu nata.
Su frustración falló en desaparecer, pero se calmó ligeramente, reemplazada por un temor que no quería expresar.
-¿Hay nata ahí? –Se la quitó de las manos y abrió la tapa-. ¿Por qué no lo dijiste antes? –colocó la tapa sobre la bandeja y buscó una cuchara. La metió, y con la cuchara a medio camino de su boca cuando notó a Zuko mirándola fijamente con molesta repulsión-. ¿Qué?
-No está terminada, todavía –explicó-. No puedes comértela tan sencilla.
-¿Sencilla?
Zuko levantó su plato y le quitó la tapa. Inhalando, procedió a exhalar fuego sobre la nata cremosa hasta que desarrolló una corteza dorada. Katara olió la azúcar quemada y las especias.
-Así –mostró. Inclinó el plato para mostrárselo, luego levantó su cuchara-. Luego lo golpeas, así –le dio un golpecito a la corteza hasta que se destrozó. Sacó un poco de la corteza con la cuchara y se la llevó de lleno a la boca con un poco de la nata también-. Se supone que agarres ambas partes.
-Oh, ¡es tan cremosa y crujiente! –Katara frunció el ceño-. Eso no es muy justo para los que no son maestros fuego.
-Consiguen a alguien que lo haga para ellos –repuso Zuko, y con destreza le sacó el plato de los dedos. Respiró sobre el mismo con cuidado. El olor del azúcar quemado llenó el aire entre ellos. Lo sostuvo para mostrarle la corteza ámbar-. ¿Es lo suficientemente oscuro?
Katara hizo una demostración de que pensaba.
-Mmm… no estoy segura… nunca lo hice antes… -levantó un dedo-. ¿Puedes oscurecer más un lado que el otro?
-Mitad y mitad –asintió Zuko. Se agachó y sopló en el costado izquierdo del tazón, rotando ligeramente su muñeca. Cuando terminó, el lado izquierdo de la nata era de un marrón brillante-. Ahí tienes.
-Gracias –ladeó la cabeza. Sonriendo de oreja a oreja, usó la cuchara para levantar un poco de la nata más oscura y deslizarse dentro de la mitad más clara. Se la mostró a Zuko-. Adivina que es.
Zuko parpadeó y frunció el ceño. Luego su expresión se relajó y toda su postura se aflojó.
-El pez koi –dijo por fin.
-Buen trabajo –reconoció Katara. Levantó con la cuchara un poco de la nata y la apuntó a su boca-. Quizás haya esperanza para que tú-mmm.
Su ojo sano se agrandó.
-¿Te quemaste la lengua?
Tragando, ella sacudió la cabeza. Cerró los ojos. Canela y almendra y una dulzura rica y resbaladiza cubrió su lengua. Pequeños pedacitos de azúcar pegajosa y caliente se pegaron en sus dientes.
-Mmm…
-¿Está... buena?
-Mmm-mjm –chupó el último pedacito de azúcar de la cuchara, después cargó otra cuchara llena. La segunda vez todavía era buena-. Guau…
-¿No lo habías probado antes?
-No así.
Zuko se acostó en la veranda.
-La Nación del Fuego sí tiene algunas cosas que valen la pena salvar.
-Quizás el Señor del Fuego Sozin debió haber dejado caer nata, no bombas –replicó Katara.
-No, eso es lo que tu hermano hubiera hecho.
La carcajada salió disparada de sus labios antes de que pudiera detenerla. Se imaginó a Sokka parado en un globo de guerra de la Nación del Fuego con un gran tarro de azúcar y huevos, arrojando tazones humeantes llenos de comida dulce por un costado. En su cabeza, gritaba ¡Fuera nata! Y Teo estaba con él, y Aang volaba junto a ellos, eludiendo bombas pegajosas y dulces y dirigiendo a Appa para que los atrapara en su boca abierta. Y un aparte de ella quería seguir riendo, y la otra parte quería saber porque un futuro tan tonto no podía se suyo, porque no podía simplemente ser el concurso del pastel más grande del mundo y no la pelea de sus vidas, no una lucha para salvar la casa de Gran-Gran y su glaciares natales y su propia civilización.
-Ey –llamó Zuko-. No tienes que llorar. No fue tan gracioso.
Ella se secó los ojos.
-Tienes razón, no lo fue –tomó otra cuchara llena-. Pero todavía sabe realmente bien –sus labios se cerraron sobre la cuchara. Se quedó mirando el jardín y las luciérnagas. Escuchó el ruido de los platos en las otras casas, observó las lámparas y faroles lentamente quedarse a oscuras mientras el resto del distrito se iba a dormir. En un momento, Iroh despertaría a Aang para entrenar. Y mientras practicaban, su papá y Sokka harían planes e indudablemente mientras Toph volvía loca a Suki sobre una cosa u otra, ella y Zuko estarían durmiendo. Así de mucho habían cambiado sus vidas en tan poquito. Escarbó en su nata. Y sonrió un poquito cuando, en silencio, Zuko colocó su plato junto a ella para que lo terminara.
Nota: Muchos de ustedes adivinaron que el Distrito de la Ostra es aproximadamente equivalente a la "zona roja" de la Ciudad Capital. Adivinaron bien. En el Distrito de la Ostra, cuando un hombre le pregunta a una mujer si está interesada en buscar perlas, ninguna de las partes está interesada ni en ostras ni en joyería.
N/T: Terminé el capítulo. Re que se dieron cuenta. Sorry por demorarme tanto :( ¿Me perdonan? ¿¡A qué si!? ¿No es cierto? Jaja, bueno gracias, me hacen feliz, me voy a estudiar ahora. ¿Verdad que el cáp fue un amor? Pero ahora, una duda que me surgió, xP Cuando Katara se queda sola, no les parece raro que haya encontrado todo perfectamente doblado y guardado y que de haberla dejado como suponía que la había dejado no se habría tomado la molestia de hacerlo… xP Hay que estar con la desconfianza a flor de piel… jaja, Espero que les haya gustado, ¡a mí me encantó! Hay pistas Zutara no por doquier, pero si para el que quiere ver. :)
Gracias: kchilina, Lolipop91, mire-can, Azrasel (muy cursi!? Jaja, puff, entonces te debe haber gustado mucho más este…Gracias por leer!), Murtilla (Gracias por leer! :) Pregunta: ¿qué es kius? Beso,), Rashel Shiru, :) Kuchiki mabel y Mizuhi-Chan.¡Gracias! ¡Gracias, gracias, gracias, gracias!
(1)Fireflies: luciérnagas de fuego, medio literal, medio, no, suena mejor en inglés, no?
(2)Yuzu: es un cítrico que crece en Japón. Tiene apariencia de una pequeña toronja, y es de color amarillo o verde. El sabor es parecido al de la toronja, pero se confunde con el de la mandarina; sin embargo es raro que se coma la fruta. Es usado comúnmente como infusión, del mismo modo como es usado el limón. La cáscara es usada como aderezo en las salsas. El yuzu es usado también para hacer mermeladas y dulces. Yuzukosho, literalmente yuzu y pimienta, es una salsa picante hecha con cáscara de yuzu verde y pimienta verde. Bañarse con yuzu en el Toji (solsticio de invierno) es una costumbre popular.
Aguante Wiki!
Creo que nos les había dejado nunca el link de Fandomme, así que se los dejó aquí, en su perfil van a poder ver todos los dibujos de los que habla :) Que estáaan más que geniales! www. fanfiction. net /u/108772/Fandomme
