Quiero Verte Sin Máscaras
Siento como si hubiesen pasado años desde que comenzó el invierno. La capa de nieve ahí afuera es profunda, y el frío, insoportable, según me dicen. La estación más fría desde que se tiene registro. La única diferencia es que ya no hay tormentas, y la nieve dejó de caer. Aun no entiendo muy bien por qué, siempre que 'estallan' mis emociones, van acompañadas por una explosión de mi poder, hasta ahora.
No he descansado bien desde hace varios días, no sólo por escabullirme a altas horas de la noche para practicar con Hans, también me desvelo, pensando en lo que habrá sido de Anna, y en lo que será de los que quedamos en Arendelle. Pese a que nunca hablábamos, a que la ignoré durante trece años, y la abandoné antes de que desapareciera, la extraño tanto, como si parte del espíritu del palacio se hubiese ido con ella. Sé que no tiene sentido, pero, en el fondo aún tengo la esperanza de que esté bien, o al menos que esté viva. Supongo que la esperanza es lo único que queda en tiempos como estos.
Y luego están las pesadillas. No recuerdo la última vez que tuve tantas seguidas. Todas ellas diferentes, sobre mi pasado, algunas mezcladas con escenas que no reconozco muy bien, pero parecen fragmentos de una historia. Al despertar sólo puedo acordarme de algunos, imágenes sueltas, de un oscuro bosque, y de personas que nunca conocí, o de haberlas conocido, no sé quiénes serían. No es que importe mucho, lo único que quiero es olvidarlas tan pronto como despierto.
La falta de sueño se nota en mi desempeño como gobernante, cada vez es más difícil concentrarme en lo que hago, en las sesiones que debo presenciar, en los documentos que debo leer y firmar, y en que recibo constantes llamados de atención por parte de los Consejeros, nada extremo, claro, no se atreverían a desafiarme por simple cobardía. Y mi propia gente es cada vez más distante, intento enmendar un poco el daño que causé, mas cada vez que doy un discurso, o dicto un decreto, las quejas llegan casi inmediatamente. Temo no poder responder a sus demandas, lo que podría llevar a un levantamiento, o un golpe de Estado, en el peor de los casos. Esto también tiene preocupados a los nobles de alto mando, y al Parlamento, hemos estado buscando como contentar al pueblo, aunque sea con medidas populistas para ganar tiempo, hasta que podamos solucionar el problema. He pensado en contratar a un experto en economía, para que nos ilumine acerca de qué hacer con el reino. Pero esa medida podría no ser aceptada por el resto de los mandatarios, por lo que no la he mencionado más que como sugerencia.
Crecí haciéndome la idea de lo duro que sería gobernar, aun si no tuviese mi condición, sin saber que en la práctica sería mucho peor. Mi padre siempre se esmeró en que lo viese como una labor de servicio, como la responsabilidad heredada de guiar y proteger a Arendelle, y yo pensaba en que algún día podría hacer que se sintiera orgulloso de su hija mayor, que mandaría con la misma sabiduría y mesura que él demostró durante su gobierno. Nunca me detuve a pensar en todo lo que hay detrás de la corona, en la carga de tener que tomar decisiones que sí o sí afectarán a la gente, y que por más que uno se esfuerce, alguien saldrá perjudicado. Ahora que caí en cuenta de ello, siento en el pecho la presión de esta tarea, como una enorme roca comprimiendo. No sé por cuánto más aguantaré sin quebrarme.
He vuelto al viejo hábito de encerrarme en mi cuarto, o en la biblioteca, por unas pocas horas al día. Sé que no es necesario, pero siento que no tengo mucho que hacer afuera, y conozco muy pocas personas como para tener motivos para dejar mi claustro autoinducido. De todas formas, la soledad ha sido siempre mi refugio.
Lo único que me relaja en estos días en tomar el violín y tocar alguna pieza, cualquiera, con tal de distraerme. Hace mucho que no lo usaba, lo encontré cubierto de polvo y ligeramente desafinado. Ahora que está en mejores condiciones, lo toco bastante seguido, nada muy complicado, puesto nunca me empeñé en aprender a interpretar sinfonías complejas, era sólo un pasatiempo. Me gusta la sensación de las cuerdas tensadas bajo mis dedos, de las cerdas del arco deslizándose suavemente, las melodías intensas que se pueden lograr con él, es simplemente hermoso.
Las noches son otro tema, cuando me reúno con el príncipe todo es diferente. Es curioso, su compañía es también una de las cosas que alegran mis días, o mejor dicho, madrugadas. No estoy segura de cómo pasó, pero ahora anhelo estar con él. Tal vez sea el hecho de que es una de las únicas, por no decir la única, personas que me quedan, no me juzga, y confía en mí. No sabría decir si es un amigo, pues nunca he tenido a alguien así, no desde que Anna y yo éramos niñas, y aun así es diferente. Estando juntos, el entrenamiento es lo de menos, de a poco me acostumbro a su forma de ser, que todavía no figuro bien, es difícil saber quién es, en el sentido de que habla muy poco acerca de sí mismo, y su personalidad es, en ocasiones, desconcertante, varía de un momento a otro, un momento es la viva imagen de un perfecto caballero, y al siguiente, tiene un pequeño arranque, nada tan considerable, excepto la vez que congelé su brazo, aunque, claro, recupera la compostura casi de inmediato.
En fin, las horas parecen interminables esperando la oscuridad de la noche. Y la privacidad, agradezco tanto no tener espectadores, se siente bien dejar de fingir ser la 'reina de hielo', que no le afecta nada, siempre estoica, siempre una dama, siempre perfecta.
Son cerca de las once, y no se me ocurre qué más hacer mientras espero. En este rato, me he cepillado el cabello las veces suficientes como para que no quedase un solo nudo, después lo trenzo, aplico óleos perfumados en la piel, arreglo mi camisa de dormir al menos unas cuatro o cinco veces, y otras tareas simples. Podría dormir un poco, pero sé que si cierro los ojos ahora, no despertaré hasta mañana.
Es entonces cuando una idea absurda se cruza por mi mente. Absurda y tentadora, podría entretenerme un poco usando mi poder. Es riesgoso, aunque creo poder manejarlo mejor ahora. Quiero aprender unos cuantos trucos, nada que requiera una gran cantidad de energía, o que sea potencialmente nocivo. De los postes del dosel, comienzan a crecer unos hilillos de hielo, con pequeños cristales colgando de éstos. Los cuelgo por todas partes, quedando la cama rodeada por ellos. Luego los junto entre sí, formando algo parecido a una tela de araña, con miles de resplandecientes fragmentos de hielo. Al terminar el diseño que quiero, tomo los extremos y los ato a la cabecera. Me agrada como se ve, le dan un toque diferente a mi cuarto, que usualmente se ve sombrío, e incluso impersonal.
Ahora que he terminado, creo que es buena hora para ir con Hans. Me dirijo a la sala donde nos hemos reunido durante las últimas dos semanas, mas cuando llego, me percato de que aún es temprano.
Mientras espero, arreglo un poco el desastre que hay sobre el mesón, los frascos con pigmentos abiertos, carboncillos y tizas trizados, y los pinceles desparramados por doquier. En esto, encuentro un par de libretillas con dibujos dentro. Las hojas están sueltas y amarillentas, deben tener muchos años. Los dibujos tienen en el costado derecho una firma, Bernadotte, así que asumo que perteneció a algún familiar por parte de mi padre. Luego de hojearlos, reviso uno más reciente, cuyas hojas son más claras, y no está lleno de polvo. Tiene unos cuantos bocetos en carboncillo, el primero es el torso de un caballo, cuya musculatura y técnica usada en la crin le hacen destacar mucho más que los otros. Hay objetos simples, bodegones, botellas, artefactos metálicos, y un sinfín de otras figuras… hasta que algo llama mi atención. Es un retrato, una mujer, no tiene muchos detalles, pero me resulta familiar, de cierto modo. Extraño, siendo que no la conozco. Puede que me recuerde a alguien, no sabría decir a quién.
—Encontraste mis dibujos—me quedo paralizada un segundo, hasta que veo que es Hans.
— ¿En verdad los hiciste tú? —digo sin pensarlo, pues la curiosidad me carcome. Y él asiente en respuesta—. Guau
—Son sólo unos esbozos.
—Son muy buenos, no pensé que fueras un artista—y él se sonroja ligeramente con mi halago. Casi nunca le veo así.
—No, no soy artista. Me gusta el arte, sí, pero es sólo un pasatiempo—responde rápidamente.
Observo sus dibujos una vez más antes de entregarle el cuadernillo. Hay algo más que me inquieta, quiero saber quién es la chica que dibujó. No es que me importe, sólo quiero satisfacer mi curiosidad.
— ¿Quién es? —y me queda viendo sin comprender qué rayos le estoy preguntando— La muchacha, la del retrato.
Frunce el ceño, se queda callado. ¿Toqué algún punto sensible? Sólo quería saber, no esperaba que se turbara…
—Honestamente, no tengo la más mínima idea. Es una especie de personaje que invente hace años, la he dibujado muchas veces—responde.
¿Realmente lo es? No sé por qué me interesa, es asunto suyo lo que haga, o con quién lo haga, en su tiempo libre.
—Al menos creo haberla inventado, tengo su imagen en la mente, y simplemente la 'traduzco' a algo material. Aunque, claro, nunca sale exactamente como la imagino.
—Es hermoso aun así—es la verdad, la chica es atractiva, exótica, piel morena, ojos y cabello claro. Y el príncipe parece tener un don especial para la expresión de sus ojos, que son lo más realista del retrato.
—De todas formas, no estamos aquí para discutir mis trabajos—y ahora intenta cambiar de tema.
Cada vez que estoy cerca de averiguar algo que él no quiere que sepa, la máscara de indiferencia vuelve. Decido pasarlo por alto, de nuevo.
— ¿Qué tienes en mente?
—Un experimento, parecido a los primeros.
Primeros… primeros… recuerdo que cuando comenzamos, le interesaba ver como manejo las ventiscas y las corrientes de aire frío. Probamos mucho con eso, es más sencillo de controlar para mí, no hay desafío, por lo que no veo la utilidad de esto.
— ¿Por qué? Ya lo intentamos antes.
—Lo sé, pero quiero que veas algo—a lo que respondo arqueando una ceja.
—Veremos.
—Quiero una ráfaga de viento, con cristales.
Hago lo que me pide, y un segundo después de que lo haga, toma mi mano y descarga chispas en ella, que ascienden junto a los cristales de hielo, y forman un remolino brillante. La luz se refracta en los cristales, como cientos de linternas doradas y anaranjadas, no se derriten ni se apagan, y giran continuamente. ¡Es maravilloso! Como nuestros propios fuegos artificiales, son preciosos. El cuarto, antes oscuro, está lleno de las pequeñas luces.
Dejo de observarlas por un segundo, para ver la expresión de Hans, también lleno de asombro, aunque más calmado que yo, que seguramente estaba boquiabierta mirando.
Así que esto es lo que quería probar. Me encanta, no pensé que algo así podría salir de nosotros. Recuerdo cuando creé el castillo de hielo, tampoco creía que sería capaz de algo semejante, hasta que lo hice. Y viendo esto, creo que aún queda una infinitesimal fracción de esperanza, de que no todo esté perdido. De que puedo hacer más que sólo destruir. Hay ocasiones en las que me convenzo de que soy como el rey Midas, el que convertía todo lo que tocaba en oro, una maldición que lo aislaba de todo lo que quería. Pero, como toda maldición, hay una forma de deshacerla, y espero poder hacer lo mismo. En verdad quiero revertir este hechizo, quiero descongelar mi reino. Haría y daría lo que fuera con tal de lograrlo.
Unos minutos más tarde, ambos dejamos que la espiral se disuelva, y el príncipe suelta mi mano.
— ¿Te gustó? —pregunta como si no supiera lo que es evidente.
—Es muy bello.
—Pensé muchas veces en hacer algo así contigo, quiero averiguar qué más podemos hacer juntos.
— ¿Significa que lo haremos de nuevo?
—Significa que haremos mucho más que esto, en el buen sentido.
Tardo unos segundos en asimilar lo que dice, antes de golpearlo por atrevido. Últimamente toma muchas más libertades de las que debería tener al estar con una reina.
—No es manera de hablarle a una reina, o a una dama.
—Una dama, y mucho menos una reina, no debería estar aquí conmigo, a altas horas de la noche.
—Y un caballero no habría hecho la invitación, en primer lugar.
—Y aun así aceptaste.
Abro la boca para responderle, pero no se me ocurre qué decir. Detesto que lo haga, y detesto todavía más el haberme sonrojado por su culpa, otra vez.
—Relájate, sólo bromeo contigo. Tienes que aprender a aceptarlo—dice, carcajeándose a la vez que acaricia mi mejilla—. No tienes sentido del humor.
—No es verdad.
—No aceptas mis bromas.
—El problema es que tú me aburres—y bostezo teatralmente para molestarlo.
— ¿Y qué tengo que hacer para cambiar eso? —pregunta inocentemente, batiendo sus largas pestañas rojizas.
—No decir sandeces cada cinco minutos.
— ¿Sandeces? Hablas como una anciana, y me dices aburrido a mí.
—Tener cultura no me hace vieja—me defiendo, intentando golpearlo por segunda vez, mas él me detiene, tomando mi puño y usando mi propia fuerza en contra mía. Casi colapso, de no ser porque me sujeta la muñeca.
—Pero sí aburrida, y con un pésimo sentido del equilibrio.
— ¡Hey! una cosa no lleva a la otra.
—No quita el que no tengas equilibrio ni humor.
— ¡Déjame ya! —le grito, quitándome sus manos de encima, tambaleándome un poco, lo que sólo sirve para divertirle más. Genial, justo lo que faltaba.
—Como quieras…
Acto seguido, hace ademanes de darse la vuelta. En cuanto bajo la guardia, me ataca con un viento relativamente tibio que desciende por mi espalda, erizándome la piel ante el contacto inesperado. Bien, ahora sí estoy furiosa. Pero sé que puedo devolverle la jugada, así que envío una brisa heladísima por su cuello y espalda baja, logrando que se retuerza.
—No es agradable ¿o sí?
— ¿Quieres jugar? Bien, juguemos.
Antes de que haga lo que sea que se le ocurra, formo una bola de nieve, de tamaño mediano, para arrojársela a la cara. Su sonrisa socarrona desaparece, y un destello ardiente aparece en sus ojos. De acuerdo, ahora sí estoy en problemas.
Corro a colocarme detrás del piano, para al menos poner un poco de distancia entre nosotros. Y Hans lo cierra, pasando por sobre el instrumento. Corro de nuevo, hasta que me acorrala en una esquina de la sala. Intento pasar por debajo de sus brazos, que me rodean, pero él me sujeta de la cintura. Estoy atrapada. No es tan incómodo como se podría pensar, de hecho estoy muy a gusto. Más de lo que debería, más de lo que es seguro. Mi corazón late aceleradamente, y no es precisamente por el ejercicio realizado.
El príncipe desliza las yemas de sus dedos por mi vientre, causándome cosquillas. No puedo evitar reír desenfrenadamente. Agh, mi propio cuerpo me traiciona en el peor momento posible. Intento zafarme de su agarre, empujarlo, lo que sólo ayuda a que me sujete con más fuerza.
—Hans… no, ¡basta! —intento decirle, pero hace caso omiso.
Alguien nos va a escuchar, y vendrá acá, y nos encontrará en una pose bastante comprometedora. Tengo que quitármelo de encima. Trato de congelar sus manos, o sus brazos, pero se mueve más rápido que yo. Lo intento de todos modos, y consigo que quede cubierto de parches de hielo. Se sorprende lo suficiente como para permitir que salga de su 'abraso'.
—No vuelvas a hacer eso—le digo en el tono más amenazante que tengo, aunque con los jadeos no tiene el mismo efecto que esperaba.
—Elsa, ¿te das de lo que acabas de hacer?
— ¿A qué te refieres?
—Usaste tus poderes para defenderte, y sin lastimarme o perder el control.
Es cierto, aunque desearía haberle congelado la lengua al menos. Gracias a él, lo último que quedaba de mi orgullo se hizo añicos. Me reacomodo la camisa de dormir y la bata, tratando de distraerme de la tentadora idea de sellar su boca con hielo. Y las manos, de paso.
—Sólo, agh…. No vuelvas a intentarlo, ¿me oíste bien?
—Tranquila, ya, no lo hare… por hoy.
—Ni hoy, ni nunca.
—No es para tanto, era un juego nada más. Ya no te voy a molestar.
—Eso espero.
Aunque ahora extraño su cuerpo presionando el mío. Si mi rostro pudiera colorarse más, seguro que lo haría por ese último pensamiento. Tengo que dejar de pensar en él de esa forma. Es el ex-prometido de mi hermana, ¡Por todos los cielos! No debo verlo de esa manera, no es correcto en muchas formas.
—Hay que volver a entrenar—dice en esa voz fría que usa cuando quiere ser tomado en serio.
Y la máscara se desliza sobre su rostro nuevamente. Cada vez que es auténtico conmigo, al darse cuenta, vuelve a ser la misma persona fingida que antes. Aunque pasamos mucho tiempos juntos, siento que apenas lo conozco. Y en ocasiones me cuesta seguir su ritmo, y su personaje. Es un buen actor, excelente diría, pero hay puntos débiles en su representación, pequeñas fisuras que dejan ver entre medio de esa máscara. Detalles que no cuadran con la imagen del príncipe ideal, o frases que contradicen sus acciones, y la jugarreta que hizo recién… no puedo dejarlo pasar. Es misterioso, y con los misterios vienen secretos. Y detesto estar a ciegas, sin saber si confiar o no en su persona, en su verdadera persona. Esto termina ahora.
—No lo hagas.
— ¿Quieres terminar por hoy?
—No es a eso a lo que me refiero. Hablo de esos cambios, un minuto eres alguien osado, traveseas conmigo, y te diviertes de verdad, espero. Y al siguiente, eres frío y distante, o vuelves a lo del 'príncipe encantador'. No puedo seguirte el paso, ya no quiero que finjas.
— ¿De qué hablas? —Como si lo que dije no tuviese sentido. ¿No es en serio? ¿Cuánto más seguirá con esta farsa?
—No trates de engañarme, sé que estás actuando, y quiero que eso termine.
—Sigo sin entenderte.
—Sabes perfectamente de qué estoy hablando. Lo he visto, admito que no pasa muy seguido, pero me doy cuenta de cuando cambias de papel, e interpretas a otro. Eres distinto con todos, y conmigo. Ya ni siquiera sé quién eres.
Esta vez sí que lo he pillado volando bajo. No lo esperaba, en absoluto. Y él, desde luego, tampoco. ¿Debería forzarle a confesar? ¿O dejarlo de una vez? Sé que ambas opciones son imposibles, le necesito, pero ya no sé qué hacer. Quiero que se quede, que sea él mismo, y no quien dice ser.
— ¿Hace cuánto que lo sabes? —No esperaba que cediera tan rápido.
—Eso no es relevante.
—Para mí lo es, ¿desde cuándo?
—No hace mucho, ¿por?
—No se supone que te dieras cuenta.
¿Debería ofenderme por eso? Desde que lo conocí, todo de él me confunde. No sé qué creer. Sólo quiero que esto termine.
— ¿Cómo lo supiste? —pregunta, pellizcándose el puente de la nariz, visiblemente cabreado. No quiero presionarlo más de lo necesario.
—No es obvio, si a eso te refieres. Estamos juntos mucho tiempo, tarde o temprano iba a darme cuenta—asiente, como asimilando lo que digo.
— ¿Entonces?
—Sólo quiero conocerte, de verdad, sin máscaras, sin fingir ser alguien más. Es todo lo que te pido.
La atmósfera es densa, asfixiante. Debería haberme callado, pero de no decirle, no podría estar tranquila, sabiendo que no es quien dice ser.
—Mira, debería estar sumamente molesta contigo, pero no lo estoy… y aun no sé bien por qué. Lo único que te estoy pidiendo es que dejes de actuar por un segundo, al menos cuando estamos solos.
—No sabes lo que estás pidiendo—me cuesta resistir las ganas de bufar y ponerle los ojos en blanco.
—Claro que lo sé-
—No, no lo sabes. Sería peligroso para ti.
—Correré el riesgo.
—Hay mucho que no sabes de mí, de mi familia y de mi pasado, mucho que te conviene ignorar.
—Hans, estamos en un reino desértico, enterrado bajo el hielo por quién sabe cuánto tiempo más, estás con una… ¿hechicera? Que podría matarte fácilmente, ¿crees que podría ser más peligroso?
—No tienes idea.
—Ilumíname entonces—digo con una leve nota de sarcasmo.
—No es seguro para ti.
—Puedo manejarlo. Te recibí en mi reino, en mi palacio, te doy más libertades de las que debería, quiero que, a cambio, me digas al menos quién diablos eres—me queda viendo estupefacto, jamás le había hablado así—. Además, creo necesitas a alguien con quien hablar, tienes que quitarte ese peso.
—Ahora no es el momento.
— ¿Y cuándo lo será?
—No estoy listo, ni tú. Dame al menos un día, para ordenar mis ideas.
— ¿Es todo?
— ¿Qué? Si quieres que te diga una fecha y hora, y algún lugar extravagante para contarte alguna historia fabulosa acerca de 'la vida del decimotercer descendiente de la familia Westergård', pues, lo lamento, pero no será así.
—No tienes por qué tratarme así. Serás un príncipe, pero yo soy la reina, me debes respeto.
—Ya, me disculpo, pero creo que terminamos por hoy—dice antes de irse, dejándome sola con los miles de pensamientos que me atormentan.
¿Y ahora qué? Siento que lo he echado todo a perder. Tenía que decirle, mas no pensé que reaccionaría así. Simplemente no pensé. No quiero que se vaya, no quiero volver a estar sola. No lo soportaría. Debí callarme cuando aún estaba a tiempo.
Con un pesar profundo en mi corazón, decido volver a mi cuarto. Quito los cristales del dosel, no quiero verlos ahora. No quiero nada con nadie ahora. Esperaré hasta mañana para saberlo.
Al día siguiente, no le veo por ninguna parte. Es como si hubiese desaparecido. Espero que no, me devastaría saber que se ha ido. Es egoísta querer retenerlo aquí, es libre de hacer lo que se le antoje, pero lo extrañaría muchísimo.
Intento seguir la rutina mecánica de todos los días, con la esperanza de olvidarle al menos un mísero momento. No tiene caso, sigo pensando en él, y torturándome una y otra y otra vez con sus palabras. Repitiendo la escena múltiples veces.
Lo único que me queda es esperar a que llegue la medianoche, para saber si decide quedarse en Arendelle.
A/N: ¿Cómo están todos? Al fin he vuelto del Hades con un capítulo, y ahora que tengo un 1% más de tiempo libre, voy a adelantar algunos para no atrasarme tanto :p
Muchas pero muchas gracias a quienes comentan, son tan lindas :3
El siguiente será desde el punto de vista de Hans, o podríamos volver a lo que pasó con Anna, ¿qué preferirían? No olviden dejar un review con la respuesta y/o con su opinión acerca de este capítulo.
Eh... sin más que dicr, que tengan una linda semana, o lo que queda de la semana ^^
