Skip Beat! no me pertenece.
Esta historia es una adaptación de una novela de Patricia Kay
Pensamientos
— Diálogo
Narración
Disfruten el capítulo.
Capítulo 6
El lunes por la tarde resultó ser el día más ocupado de Ren en el Centro de Distribución Hizuri Company desde que se había incorporado al trabajo. Apenas tuvo tiempo de respirar, y mucho menos para hacer un descanso; su almuerzo consistió en un sándwich engullido en diez minutos. Estaba preparando un enorme pedido para una tienda de material de oficina de Okinawa cuando su teléfono móvil vibró.
—Maldición —murmuró. Al mirar la pantalla, vio que se trataba de Yashiro. En el último momento decidió que debía de ser importante porque su amigo no solía llamarlo sin algún motivo, de modo que presionó el botón verde para aceptar la llamada.
—Espera —se apartó del ruido de la carretilla elevadora y dijo—: Debe de haber algún problema si me llamas al trabajo.
—Tu trabajo lo tienes a ciento treinta kilómetros al norte. Lo que tú estás haciendo es… ¿qué estás haciendo, por cierto?
Ren se rió.
—Preparando pedidos.
—Vale, mira, hay un problema. Necesito hablar contigo. Estoy en el área de expansión.
—¿Estás en Kioto?
—Sí, acabo de llegar. ¿En qué almacén estás?
Ren bajó la voz.
—No vengas aquí. Si alguien te reconoce, pueden reconocerme a mí. Salgo a las cuatro. Nos vemos en mi casa a las cuatro y media.
—¿Y dónde está tu casa?
Ren le dio la dirección.
—No te sorprendas cuando la veas, no es a lo que estás acostumbrado —le dijo para avisarlo.
A las cuatro y media en punto, sonó la puerta de Ren. La abrió y sonrió a J.T. Los hermanos no estaban muy unidos, pero entre ellos había un vínculo que no podían negar.
—Hola —dijo Yashiro al entrar.
—Hola.
Yashiro miró a su alrededor.
—Cuando me dijiste que habías aceptado un trabajo en el almacén como preparador, no mencionaste que te hubieras mudado a vivir con el proletariado, pero supongo que es propio de ti.
Ren se rió.
—En Roma…
—Ok, … y ¿El mobiliario ya venía incluido?
Ren negó con la cabeza.
—Lo compré en una tienda de saldos. Si alguien del trabajo viene, no quiero que sospechen nada.
—¿Ha habido suerte? ¿Ya has conocido a la mujer adecuada?
Ren se encogió de hombros.
—Sólo llevo en el trabajo tres semanas —dijo con evasivas. No estaba preparado para hablar sobre Kyoko.
—¿Pero ya tienes alguna posible candidata?
—Es demasiado pronto para decirlo. No tengo nada para servirte una copa —añadió, sin molestarse en ser sutil con el cambio de tema. No estaba preparado para hablar de Kyoko con nadie —. Te puedo ofrecer una bebida. ¿Te apetece?
Yashiro sonrió.
—Deja que adivine, la has comprado de oferta.
Ren sonrió tímidamente.
—Hay algunas cosas en las que aún derrocho el dinero. Tengo Coñac y Brandy.
—Sorpréndeme.
—Bueno —dijo Ren mientras abría la puerta de la licorera —, ¿por qué querías verme?
—Necesito decirte algo.
Ren se dio la vuelta con una copa de coñac en cada mano y alzó una ceja.
— ¿De qué? —no podía recordar la última vez que vio tan serio a su amigo.
—Al parecer tus padres están más ansiosos por tener un nieto.
— ¿A qué te refieres?
—Ren acaso no te enteras de nada. Tus padres planean hacer una fiesta de gala dentro de un mes. Es la gran noticia en las páginas de sociales de todas las revistas y periódicos.
—Siempre sus fiestas son una gran noticia —le informó Ren —.No es de extrañar que estén en todos los medios de comunicación — ¿Qué es lo que realmente me quieres decir?
—La versión corta es que esa fiesta tiene un motivo oculto.
—¿Y la versión larga?
Yukihito le dio un trago a su copa. Ren se preguntó si querría ganar tiempo antes de responder, porque notó en él cierta expresión de cautela.
—Es por esto de la búsqueda de una esposa —dijo finalmente—. He escuchado a tus padres hablar sobre entrevistas matrimoniales y que en aquella fiesta te conseguirán una esposa si tú no tienes aun alguna candidata. Ha sido casualidad el escuchar su conversación, o eso quiero pensar.
Ren rodeó la barra de la cocina, se sentó en una butaca y le hizo un gesto a Yashiro para qué él también tomara asiento.
—¿Qué quieres decir con que "Ha sido casualidad, o eso quieres pensar."?
—Tu padre me llamó para llevarles unos documentos que decía que son muy urgentes, como estaba hablando con tu madre, pensé en retirarme, pero el mayordomo me informo que esperara en la puerta del despacho donde estaban tus padres, hasta el momento de ser llamado.
—Mi padre ha sido bastante obvio, solo quiere presionarme y por eso te está utilizando como informante, está bastante claro, Yukihito.
Yashiro enarcó las cejas. Se quedó pensativo un momento.
— Supongo que tienes razón.
—Claro, no te preocupes—bebió cerveza —. ¿Tienes hambre?
—Un poco.
—Yo estoy hambriento. ¿Te parece si pedimos algo para los dos?
—¿Qué tenías pensado?
—Paella —dijo yendo hacia el teléfono—¿Te apetece?
Ok —respondió Yashiro
Así comieron tranquilamente, hasta que Yashiro se tuvo que retirar. Antes de salir su amigo comentó:
—También mencionaron a una señorita Takarada con mucha insistencia, creo que su nombre era Kyoko…. Nos Vemos Kuon.
Así se despidió su mejor amigo antes de salir de su apartamento y cerrar la puerta.
Ren se quedó sorprendido, al escuchar aquel nombre que lo tenía bastante presente en esos días. sí que las casualidades existen
La visita de Yukihito le hizo pensar y decidió que tenía que saber algo más sobre Kyoko antes de dar ningún paso, por dos razones: una, aunque parecía ser exactamente la mujer que él quería, y costaba creer que estuviera ocultando algo, sólo un tonto se dejaría llevar por el físico, y él no era ningún tonto. Dos, si ya estaba comprometida, tendría que buscarse otra esposa.
Lo primero que hizo fue buscar información sobre ella en Google. Aparecieron varias entradas con el nombre de Kyoko y con el apellido «Mogami», pero ninguna coincidía con ella. Luego vio un artículo que había aparecido en una revista sobre una tal Kyoko Takarada que coincidencia pensó.
Pinchó en el artículo, por curiosidad con fecha de abril de 6 años atrás. Trataba sobre Lory Takarada, presidente de Industrias Takarada, cuyos antepasados se habían hecho ricos con el comercio maderero y la industria naval. Kyoko Takarada era una de las hijas de Lory Takarada. En el momento en que se escribió el artículo, tenía veinticuatro años.
Ren frunció el ceño. ¿Sería la misma Kyoko? La edad coincidía. Era una pena que el artículo no fuera acompañado de una foto. Volvió a Google y escribió: «Kyoko Takarada». Aparecieron varios artículos y buscó hasta encontrar uno con fotografía. La imagen acompañaba un artículo sobre la graduación de Kyoko Takarada del instituto en el que había pronunciado el discurso de despedida de su clase.
Mostraba a una Kyoko de rostro fresco y serio, definitivamente era ella, sus ojos eran inconfundibles y hermosos. Ren contempló la foto durante un largo momento. «Heredera de una gran fortuna», decía el artículo. «La hermosa hija de Lory Takarada, que asistirá a una de las mejores universidades del país en otoño».
Al principio, se sintió indignado. ¿Qué estaba haciendo, fingiendo que era una mujer corriente en un trabajo corriente? Sin embargo, luego esa indignación pasó a ser sustituida por la risa. ¡Estaba haciendo exactamente lo mismo que él! ¿Cómo podía enfadarse con ella? Bueno, bueno, bueno, eso ya lo cambiaba todo. Porque si él se casaba con Kyoko nadie podría acusarla de querer su dinero.
De modo que ya sabía la mitad de lo que necesitaba saber. Y apostaba a que Kijima podría proporcionarle la otra parte. Decidió que a la primera oportunidad que se le presentara, interrogaría a Kijima sobre Kyoko
El miércoles fue el día. Los dos estaban almorzando juntos en la cafetería y Kijima mencionó algo que Kyoko había dicho:
—Oye —dijo Ren cuando terminó de contar la anécdota—, llevo tiempo queriendo preguntarte cuál es la historia de Mogami Kyoko.
Kijima, que acababa de darle un buen mordisco a su hamburguesa, masticó y tragó antes de sonreír a ren.
—Sabía que te gustaba.
—Es sólo que tengo curiosidad. Tienes que admitirlo, no es exactamente la mujer que esperarías encontrarte en un almacén.
—Sí, hace tiempo llegué a la conclusión de que tiene una formación muy distinta a la de la mayoría de las mujeres del centro. Es más educada —miró a Ren con aire pensativo —. Creo que le gustas.
—¿Yo?
—Está claro que eres mucho más educado que nosotros, Ren. Muchos chicos han estado preguntándose qué haces en el centro.
Ren se estremeció. ¡Y él que creía que había encajado tan bien!
—No te preocupes. La mayoría cree que tendrás razones para trabajar aquí, como todos. Por otro lado, creo que la familia de Kyoko tiene dinero. Ella finge que es como nosotros, pero se nota que viene de una familia privilegiada. Quiero decir… Habla de un modo diferente, ¿sabes? Sin embargo, debe de haber pasado algo — añadió Kijima—, porque está aquí.
—¿Quieres decir que le haya ocurrido algo con su familia?
—Sí, a lo mejor no se llevan bien.
Ren asintió. Sin embargo, la otra noche en el restaurante tailandés le había dicho que su familia vivía Tokio y no había parecido como si se llevaran mal o no tuvieran relación.
—¿Habla de ellos alguna vez?
Kijima sacudió la cabeza.
—En una ocasión dijo que no se veían mucho.
Eso podría haber sido una referencia a las diferencias que había mencionado con respecto a la elección de su trabajo. O tal vez se trataba de algo más grave.
«A lo mejor tiene una madre controladora».
—¿Cuánto tiempo lleva trabajando para la empresa?
—Empezó unos seis meses antes que yo. De hecho, estuvimos trabajando en el mismo equipo un tiempo.
Ren se preguntó si Kijima se había sentido mal por el hecho de que a Kyoko la hubieran ascendido a encargada y no a él.
—Pero era obvio desde el principio que no se quedaría para siempre como preparadora de pedidos —dijo Kijima—. Es demasiado inteligente.
—¿Te importó? ¿Que la ascendieran a ella y no a ti?
—¿A mí? ¡Claro que no! Dirigir a la gente sólo te trae dolores de cabeza.
Ren sonrió. Kijima tenía razón. De hecho, dirigir a los empleados de la fundación era la parte que menos le gustaba de su trabajo. Gracias a Dios que tenía a Marti. Era una joya cuando se trataba de hacer que la gente cumpliera con su trabajo, y lo conseguía sin crear enfados ni rencores.
—Kyoko es una buena jefa. Mucho mejor de lo que yo habría sido —dijo Kijima.
—Me pregunto por qué no está casada —comentó Ren con naturalidad mientras llegaba al punto que le interesaba.
—Eso puedo respondértelo —dijo Kijima sonriendo—. No cree en el matrimonio. Dice que nunca permitirá que un hombre le dé órdenes.
Ren se rió muy a su pesar. Parecía muy propio de Kyoko.
— ¿Crees que lo dice en serio?
—Nunca he oído a Kyoko decir nada que no creyera realmente.
En ese instante, una voz tras Ren dijo:
—¿Quién está hablando de mí?
Ren se giró. Allí estaba Kyoko, con las manos en sus caderas enfundadas en tela vaquera, y fingiendo cara de pocos amigos.
—Sólo decíamos que eres una jefa fantástica —dijo Kijima.
Kyoko levantó los ojos al cielo.
—Sí, claro.
—Es verdad —insistió Kijima.
—¿Es eso verdad, Tsuruga?
—Palabra de scout —respondió Ren con la mano alzada.
Ella luchó por no reír, pero perdió. Al instante, los tres estaban riendo a carcajadas.
—Bueno, la próxima vez que tengáis que rellenar una de esas encuestas sobre nuestro departamento, aseguraos de decir lo mismo —dijo ella—. A lo mejor me ascienden —dijo antes de decirles adiós con la mano y dejarles con su almuerzo.
—Tiene mucho sentido del humor —comentó Kijima.
Ren asintió. Le gustaba el modo en que trataba a sus empleados. Era muy profesional, pero además muy cercana. Estaba seguro de que todos la respetaban. Se preguntó qué pensarían si supieran de dónde procedía.
—Además es una persona encantadora —añadió.
—Eso parece —dijo Ren.
—No, quiero decir encantadora de verdad. Ha ayudado a algunas personas por aquí. Económicamente. El hijo pequeño de una de las chicas del departamento de envíos estaba enfermo y ella tenía que quedarse en casa a cuidar de él o contratar a alguien para que lo hiciera, pero no podía permitirse ninguna de las dos cosas. Kyoko se enteró y se aseguró de que Evvie recibiera toda la ayuda que necesitaba.
—¿Cómo?
—Convenció a los superiores de que permitieran, a cualquier empleado que quisiera, cederle algunos de sus días de permiso por enfermedad a Evvie para que pudiera quedarse en casa y no perder parte del sueldo. Y Kyoko fue la que más aportó.
Además, he oído que le dio dinero.
Cuanto más hablaba Kijima sobre ella, más la admiraba Ren. Le parecía que compartía exactamente los mismos valores que él. De hecho, no podía imaginar encontrar a otra mujer que le fuera mejor.
Ella era la mujer que quería.
Ahora lo único que tenía que hacer era convencerla de que sí podía creer en el matrimonio.
—Ren, ¿te gusta el póquer? —le preguntó Kijima esa tarde.
—Sí. Juego siempre que
—Nosotros jugamos dos veces al mes y mañana nos toca, pero Taira, que es uno de los fijos, no puede venir. ¿Quieres sustituirlo?
—Claro.
—Es en casa de Seishi. Luego te dirá cómo llegar.
Cuando Ren entró en la casa de Shinkai Seishi la noche siguiente, la primera persona que vio fue Kyoko. Ambos se quedaron igual de sorprendidos y ambos intentaron ocultarlo. Ren no estaba seguro de si se sentía contento o no. Tenerla allí sería una distracción, y él se tomaba el póquer muy en serio.
Shinkai le llevó a Ren una cerveza y se unió a los demás en la mesa. Estaban jugando en el comedor de la pequeña casa de una planta y Shinkai había puesto cuencos de frutos secos, galletas saladas y patatas fritas. También había otro empleado de la empresa de nombre Kurosaki Ushio.
—Empecemos —dijo Kijima. Comenzó a barajar las cartas mientras los otros sacaban el dinero.
—¿A qué jugáis, chicos? —preguntó Ren.
—Al Texas hold' em —respondió Shinkai.
Kijima explicó las reglas.
—A nadie se le permite perder más de veinte dólares. Una vez que has perdido esa cantidad, tienes que limitarte a mirar.
En la primera mano a Ren le fue terrible. En cuanto soltó el tres de corazones y el nueve de picas, perdió.
Kyoko, por otro lado, tenía un par de jotas y cuando le llegó una tercera, se llevó el bote.
—Ha estado muy bien —dijo ella mientras recogía sus ganancias.
—Para ti —gruñó Kurosaki Ushio.
Ren esbozó una sonrisa. La mayoría de los hombres odiaban perder ante una mujer. Muchas mujeres habrían hecho algún comentario desdeñoso, pero ella no. Sonrió feliz, era obvio que estaba satisfecha de sí misma.
Por supuesto, teniendo en cuenta su personalidad, a Ren no le sorprendió que se muestre con esa confianza en sí misma o que no fuera falsamente modesta. Era divertido saber quién era en realidad; podía ver muestras de ello en todo lo que Kyoko hacía o decía
Kijima repartió la siguiente mano. Sus cartas fueron los dos reyes rojos. Shinkai pasó ronda inmediatamente bajando sus cartas disgustado. Kyoko apostó el mínimo y Kurosaki aumentó la apuesta. Entonces llegó el turno de Ren. Había decidido no subir porque no quería perder la mano. Esperaría a ver qué ocurría con las tres primeras cartas comunes.
—Igualo la apuesta —dijo.
Las tres primeras cartas eran la reina de picas, el dos de trébol y el ocho de diamantes. Kyoko volvió a apostar el mínimo y Kurosaki subió la apuesta. Ren volvió a igualarla, y Kyoko echó su dinero, quedándose con la mano.
Cuando la cuarta carta comunitaria fue otro ocho, Kurosaki no pudo ocultar su nerviosismo. Ren se imaginó que probablemente tendría dos ochos entre sus cartas.
Estuvo a punto de pasar ronda, pero entonces lanzó su dinero. Ya que había esperado tanto, podía esperar un poco más a ver qué traía la quinta carta. Y lo que trajo fue la reina de corazones. Disgustado, Ren pasó ronda. Estaba seguro de que Kurosaki tenía un full , tres cartas de un valor y dos de otro.
Pero para su sorpresa, y para la de Kurosaki, después de dos rondas más de apostar y subir, Kyoko reveló que sus cartas eran las dos reinas que faltaban.
Esa mano marcó el tono de la noche. Ren era un buen jugador, un jugador muy bueno, de hecho, pero lo había superado Kyoko, que además de habilidosa era afortunada, y que acabó como la gran triunfadora de la noche.
—¿Ves por qué estamos pensando en que sólo vengan a jugar hombres? — comentó Kijima en broma —. Siempre acaba con nosotros.
Kyoko sonrió.
—Mejor que no lo hagáis. Puedo tomar represalias… ya me entendéis.
—Bueno —dijo Kijima—. Será mejor que nos vayamos y que dejemos a esta gente irse a dormir.
En el camino de vuelta a casa, Ren no dejó de pensar en Kyoko. En su rostro sonrojado por la emoción, en su pelo escapándose de sus horquillas, en sus ojos brillando. Pensó en que tenían orígenes parecidos y una misma forma de hablar.
Pensó en lo inteligente que era, en lo buena que era con la gente y en lo bien que jugaba al póquer. Pero sobre todo pensó en que no quería a otra mujer como esposa y Kyoko era la indicada para él.
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¤ Continuará
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