Haruno Sakura se sabía un poco, un poquito, insoportable; sin embargo sólo por saberse algo molesta no significa que va a modificar su conducta en lo más mínimo. Después de todo esa era su personalidad, la que había comenzado a desarrollar en su tierna infancia de la mano de la que había sido su mejor amiga, Yamanaka Ino y que al principio había sido una mera imitación del carácter de la rubia, luego de que decidiera cortar lazos con su compañera, sin embargo, había evolucionado para transformarse en algo propio, algo suyo. Y, debido a esa evolución, a su constante necesidad de diferenciarse en lo que pudiera de su rival y de llamar la atención de cierto Uchiha, gritaba más, reaccionaba más, se movía y refunfuñaba lo más que podía.
Pero su necesidad por ser percibida no se limitaba al pelinegro o a su contrincante, no, Haruno Sakura quería ser apreciada por todos, quería ser notada por todos, porque en su vasto conocimiento e inteligencia, ella se sabía sola. Su clan, formado hacía tan solo dos generaciones atrás por su abuelo, no tenía ningún kekkei genkai, no tenía ningún jutsu secreto, no tenía siquiera una cantidad de integrantes digna de admiración, pues tan sólo se conformaba por ella, sus padres y un tío que hacía años no veía. El único motivo por el cual se autodenominaban como "clan" era por su estatus de ninja. Esto es, desde el momento en que un joven varón se graduaba como gënin de la academia su apellido tomaba el estatus de facción y, a partir del matrimonio y el nacimiento del primogénito (también hombre, debido al traspaso de apellido) se le designaba a dicha prole la tarea de diseñar su símbolo.
Su abuelo, un chünin de pocas aspiraciones en el mundo shinobi, se había decidido por un círculo. De ese modo, le recordaba su padre cuando ella protestaba por dicha elección, pasarían desapercibidos entre las demás familias y no serían tomados como una amenaza ante los demás clanes, lo que aseguraría su permanencia. Sin embargo, cuando la muchacha nació todos lo supieron: su apellido estaba destinado a perecer ya que, según las reglas, el destino de su hija sería casarse con otro hombre, con otro apellido, y adoptaría la facción de este. Si bien ni Kizashi ni Mebuki eran particularmente ambiciosos, el hecho de que Sakura se fijara en Sasuke, el único sobreviviente del kekkei genkai más poderoso de Konoha, les dió cierta esperanza, no para subsistir, sino para evolucionar.
Dado que Haruno podría ser el clan que enamoró al último Uchiha.
Y ese fue el motivo por el cual decidieron acallar las voces de su conciencia que les decían que ese tipo de obsesión de su hija por un hombre no era normal.
Pero, a pesar de haber aceptado el perecimiento de su apellido en el fondo Sakura quería que éste fuese reconocido, no solamente por haber enamorado a Sasuke, sino por su destreza como kunoichi.
Debido a que su abuelo había mostrado una vasta inteligencia durante su tiempo en la academia, pero no las suficientes habilidades para el combate, los Haruno habían sido confiados con el manejo de la biblioteca shinobi de la aldea. Recibían, estudiaban, resguardaban y archivaban todo libro o rollo que no estuviera catalogado como "secreto", y fue por ello que Kizashi había sido educado entre volúmenes y había mostrado la misma capacidad de razonamiento que su padre y porque Sakura había sido criada del mismo modo.
Pensando en eso, la pelirosa dejó salir un pesado suspiro. No era que se había graduado dentro de los más bajos escalones, pero su promedio general había sido poco mejor a la media gracias sólo a sus calificaciones perfectas en los exámenes escritos (mejores que las de Ino), pero debido al mejor desempeño de la Yamanaka en las cuestiones prácticas había sido superada por su rival, una vez más. Sin embargo, el no haber sido puesta junto a Sasuke y Naruto la había tomado por sorpresa: No se necesitaba ser un genio para saber que todos los años se juntaba al mejor gënin junto al peor, Sakura lo supo en el momento en que un Hyüga desconocido se detuvo a hablar con su padre en la biblioteca, contándole que un tal Neji (al que se refería constantemente como 'el prodigio') fue emparejado con un muchacho que no podía manejar chakra y con una kunoichi inteligente pero hasta entonces poco prometedora. Entonces, cuando vió entrar a Naruto al salón donde estaban todos los graduados a la espera de Iruka su corazón dió un vuelco. Era bastante obvio que Sasuke iba a ser parte del equipo del rubio molesto, lo que en su mente catapultó todas las alarmas.
No había dudas en su mente (o en la de nadie) que ella era la chica más inteligente del curso, por lo que esperaba que mientras el hombre que ella adoraba ayudara al Uzumaki a mejorar en la parte práctica, ella lo haría en la parte teórica. No es que ella fuera a esforzarse mucho en hacerlo, pues estaría muy ocupada reafirmándole su amor a Sasuke, pero eso Iruka no lo sabía.
Pero cuando su sensei dijo el nombre de Ino en su lugar la pelirosa creyó que podría llorar hasta dormirse. Había sido ¿superada? otra vez. Incluso sin haber sido mérito propio de la rubia. Y cuando el estúpido adulto (del que había jurado vengarse) dijo el nombre de sus compañeros, un balde de agua fría le cayó en la cabeza. Esa inteligencia de la que había estado tan orgullosa y que le había dado esperanzas de ser emparejada junto a su Sasuke había sido lo que la metió en la situación en la que se encontraba ahora. Shino y Shikamaru, después de todo, eran los hombres más inteligentes del grupo (a pesar de la flojera del Nara y el constante silencio del Aburame).
Y ahora ahí estaba ella, observando a sus compañeros de equipo en silencio, tratado de fulminarlos con la mirada, pero Shikamaru estaba muy ocupado mirando nubes y Shino, bueno, Shino observaba al bicho en su dedo mientras susurraba algo que Sakura prefirió no entender, mientras esperaban a su sensei.
Técnicamente, su equipo es el mejor predispuesto de todos los demás. Más allá de la cuestión estratégica de unir a las mentes más poderosas, tienen un atacante de mediano rango: Shika, un shinobi de distancias especiales: Shino y ella que, bueno, con algo de práctica, podría ser una kunoichi de ataques cercanos. Pero su sensei hasta ahora no estaba muy dispuesto a enseñarles cosas más allá de las básicas, queriendo asegurarse primero de formar lazos entre los integrantes.
Y Sakura no estaba dispuesta a formar lazos con cualquier hombre que no fuera Sasuke. Sobre todo si uno de esos hombres era una cueva de bichos andante.
Aunque debía admitir, siempre que ella se acaloraba con Shikamaru por su constante pereza (cosa que la sacaba totalmente de las casillas porque, como alguien supuestamente tan inteligente podía ser tan estúpidamente vago), la sola presencia del Aburame hacía que los cabellos de su nuca se erizaran y con tal de alejarse del muchacho dejaba el reto del Nara por la mitad. Todo el mundo parecía olvidarse de la existencia del entrenador de Kikaichüs o de su mera presencia, pero a pesar de sus esfuerzos la tarea de olvidarse del joven le era imposible. Era como si tuviera un radar, podía sentirlo acercarse incluso estando a cuadras de distancia y el frío que recorría su espalda al sentirlo en las proximidades era casi críptico. A pesar de haberse acostumbrado a tenerlo cerca durante los entrenamientos la sensación de cosquillas en su espalda siempre estaba y, para regocijo del Nara, ese hormigueo le impedía comportarse muy agresivamente.
Iruka había logrado formar un equipo sumamente equilibrado.
Y ella lo odiaba por eso.
Chöji y Kiba eran sin dudas, por lo menos para ella, las personas más alegres que había visto en su vida. El Inuzuka era mucho más energético, y acogedoramente mucho más parecido a Naruto, pero el Akimichi era sencillamente... tan gentil.
Era como si Iruka los hubiera creado específicamente para ella.
Durante las primeras semanas, y un poco menos durante el último mes, Hinata se había sentido terriblemente culpable. Culpable hasta el punto de querer pedirles perdón durante los entrenamientos. Culpable hasta el punto de agachar su cabeza en su presencia y culpable hasta el punto de querer cargar con todos los errores que el equipo podría llegar a tener. Porque allí estaban ellos, alumbrándola con toda su luz, y ahí estaba ella, retrasándolos en sus prácticas con su inutilidad. Porque nada parecía salirle bien, ni siquiera lograba controlar su chakra de modo decente, y ella -como Hyüga- no podía fallar en eso, no justamente en eso. Pero fallar en algo tan obvio se había vuelto algo corriente en su día a día, y por ello muchas veces la pequeña de ojos perla se preguntaba si realmente quería ser una kunoichi. Sabía que quería ayudar a la gente (a su gente), pero resultaba difícil cuando, detrás de una máscara de respeto y reverencias, su propia estirpe la detestaba.
Ese peso conllevaba no tener la marca de la maldición de su familia.
Tampoco era como si ella tuviera opción en decidir o no ser una ninja, Hiashi jamás le permitiría renunciar, no cuando su primo era considerado un prodigio en un clan repleto de feroces guerreros, no cuando el mismo Consejo lo veía como un líder nato, no cuando la rama principal estaba siendo tan cuestionada.
Su padre la consideraba inútil.
Su primo la consideraba inútil.
Su clan la consideraba inútil.
¿Entonces no significaba aquello que ella era, en realidad, patética y reemplazable? En los ojos de cualquier persona razonable, la mera presencia de la heredera del clan del byakugan provocaría estupor, pena. Ella había demostrado no ser adecuada para la vida shinobi, ni se sentía adecuada tampoco. De hecho, no estaba segura siquiera de querer serlo.
Pero ellos, Chöji y Kiba, jamás le dijeron algo así, nunca la vieron como una carga e incluso cuando ella se sentía de ese modo ellos se encargaban de darle ánimos, de hacerla sentir mejor recordándole una y otra vez que de ser inútil, jamás se habría graduado de la Academia. Aún recordaba como en su primera misión de rango C Hinata observó que el suelo estaba preparado para absorber a quien pusiera un pie en él y, en su desesperación por salvar a Kiba (que estaba muy distraído tratando de espiar a través del vestido de su sensei) cayó en la trampa. Fue Chöji quien, agrandando su brazo sin tener la necesidad de abandonar tierra firme, la salvó.
Pero, sorpresivamente para ella, no hubo miradas de desprecio por su descuido.
Sólo sonrisas de alivio y gratitud (el Inuzuka incluso la abrazó por tratar de salvarlo).
Por eso agradeció estar en aquel equipo y no le importó no compartirlo con el muchacho rubio al que consideraba su objeto de admiración. Porque de hecho encontró (muy a su sorpresa) que había empezado a admirar a sus compañeros, que los tomaba como modelos a seguir, que Naruto -con el que aún se fascinaba- no era en la única persona en la que pensaba para darse fuerzas para continuar. Kurenai era su sensei, Chöji y Kiba eran sus compañeros y le habían demostrado que un ser gentil puede ser un gran ninja.
Que ella podría ser una gran ninja.
Y por nada, pero por nada en el mundo iba a permitir que el sentimiento que ellos le provocaban se desvaneciera, incluso con las miradas desaprobatorias del resto de su clan, una breve sonrisa de Chöji, una broma malévola de Kiba o una caricia de Kurenai hacían que todo su mundo brillara otra vez.
Allí, en la oscuridad de su habitación mínimamente decorada (porque una futura líder jamás debe demostrar inmadurez le repetía su progenitor) y ampliamente iluminada por la luna, Hinata se dejó llevar por sus pensamientos, hundiendo su cuerpo un poco más en su suave colchón, sin poder dormir. Poco a poco en su mente se formó la figura de Neji como en una especie de nebulosa, porque ella sabía -desde hacía tiempo- lo que ocurría con él, no tenía todos los detalles, pero algo sabía. Y no lo odiaba, claro que no lo odiaba, incluso queriendo no podría. Quería tenerle pena pero le resultaba injusto, quería que su sola presencia le provocara algún sentimiento negativo, pero nada de aquello pasaba. La vida con él había sido tan injusta.
No, no sólo con él, con casi todos -salvo ella, salvo Hiashi- había sido tan asquerosamente injusta.
Espera Neji, fue el pensamiento que brotó en su mente.
Que él esperara, ¿qué esperara qué? ¿El momento justo? ¿A ella? ¿Una decisión? ¿Qué esperara qué?
No supo muy bien por qué, pero primera vez en toda su vida, sintió lástima por su padre.
El edificio de la División de Inteligencia de Konoha era, contrario a la creencia popular, un espacio de lo menos lúgubre. Todas las paredes (externas e internas) eran de color blanco, y la construcción se erguía compuesta por veinte pisos rodeados de ventanas y balcones. La puerta de bienvenida estaba hecha de un siempre inmaculado cristal y un piso de loza blanco pulcro reflejaba la figura del visitante antes de ser recibido por un imponente escritorio largo y algo curvo en donde una bella y sonriente recepcionista atendía cualquier necesidad que quien se adentrara en el edificio pudiera tener. Detrás de ella, una escalera de madera del mismo tono que el escritorio conducía a los pisos superiores, a los largos pasillos del mismo color blanco y con la misma loza en donde puertas blancas con numeraciones ascendentes marcaban las oficinas.
Quienes trabajaban allí consideraban a la edificación una herramienta de tortura sin igual. Lo que, considerando su profesión, les resultaba como mínimo irónico.
Lo único que interrumpía el imperturbable blanco eran pequeñas (mal limpiadas) salpicaduras de sangre.
Porque allí, en los pisos superiores (y no en los sótanos como cualquier ser humano normal hubiera pensado en construirlos) estaban las cámaras de tortura. Los cuartos en donde toda la información verdaderamente importante era obtenida. Pero ningún sonido salía de aquellas plantas, nadie de las oficinas inferiores había logrado escuchar un estruendo, un grito, un golpe, algo que les indicara lo que ocurría allí.
Pero todos lo sabían.
La ubicación de las cámaras habían sido idea de Shikaku Nara (conocido popularmente como 'el estratega') pues supuso, no erróneamente, que ante un ataque enemigo para recuperar a un compañero capturado el pensamiento lógico sería buscar cuartos dispuestos bajo tierra. Los cuales construyeron, sólo para distraerlos el tiempo suficiente para realizar un contraataque. Mientras tanto, el edificio estaba hecho para engañar al ojo del peatón y para enloquecer a quien pusiera un pie ahí dentro: El blanco, las salas de tortura arriba, las escaleras de madera crujiente, las ventanas que querían verse normales pero que impedían que alguien pudiera observar desde fuera lo que ocurría dentro, los pasillos vacíos, el abrumador y pesado silencio…
Claro que no era como si quien eligiera atormentar gente como profesión no estuviera loco ya de por sí.
Su oficina no era diferente a la del resto. Más grande, sí, debido a su calidad de mano derecha del jefe de la división, pero en fachada era idéntica. Blanca, con un escritorio largo y algo curvo de madera oscura en el centro y una silla a juego. Una simple biblioteca con algunos libros se acomodaba a la derecha de la mesa y detrás de él un enorme ventanal proveía la iluminación. Muchos le habían cuestionado, en tonos de reprobación y envidia, el por qué se empeñaba en mantener su espacio en aquel edificio de esa manera. Él poseía privilegios que otros no, y podría -con un simple chasquido de dedos- modificar el despacho a su antojo, librándose de una vez por todas de la palidez que carcomía los muros de todos los espacios. Pero Inoichi Yamanaka no quería sentirse cómodo en aquel lugar. No quería que esa fuera su oficina. Quería que tan solo pensar en ese lugar lo empujara a las puertas de su hogar, al único lugar en el maldito mundo al que quería sentir propio.
Si alguien entraba allí en esos momentos, vería algo parecido a una estatua, sentada imperturbable mientras miraba a la nada misma con los codos apoyados en el escritorio, los puños cerrados firmemente mientras los apoyaba una y otra vez a ambos lados de su sien.
"Acaso sabes, Fugaku, ¿qué es aquello que más exporta el país del fuego?"
Las palabras que dijo aquel día le retumbaban en la mente como gritos desaforados, gritos que (creyó) había logrado dejar atrás, que creyó haber olvidado. No, no era tan iluso como para fingir que aquello no pasó, que no dijo lo que dijo, pero había logrado que ese momento se vuelva un punto, un murmullo enterrado en lo profundo de su mente, y ahora, y ahora…
"Acaso sabes…"
La paranoia, la maldita paranoia que lo había perseguido y le había carcomido la mente durante poco más de un año luego de la masacre volvía para acosarlo como antes. Había llegado a Konoha esa mañana luego de estar durante una semana y media en una misión y fue recibido en el hall del edificio por quien es su jefe, Morino Ibiki. Pasaron unos cuantos minutos discutiendo el resultado de la tarea que le habían encomendado y luego de las trivialidades técnicas y la estipulación de una fecha de entrega para el reporte, fue informado de las nuevas formaciones gënin.
"Acaso sabes, Fugaku…"
Ino-Shika-Chö no era tan solo una formación de conveniencia militar para la aldea. Había sido formada por las generaciones fundadoras principalmente para juntas lograr tener mayor peso político en las cuestiones de la ciudad, y habían sido acogidos bajo el ala del clan que (en ese momento) tenía la mayor influencia sobre los mandatarios de la familia Senju: los Sarutobi. Separar a los descendientes de esos clanes no era, según él lo entendía, una cuestión sencilla de papeles, incluso si se obligaba a los niños a entrenar juntos una vez por semana. No, separar a los niños significaba que el clan al que respondían los encontraba resquebrajados, quizás hasta inútiles o los veía como una amenaza. Y que Ino, su Ino, haya sido emparejada con el Uchiha, con el maldito Uchiha que lo estrangulaba en sueños y con el Jinchüriki de Konoha sólo podía significar una cosa,
"Oh, él sabe, él lo sabe…" susurró con terror el líder Yamanaka.
Extrañaba el clima de la aldea.
Si alguien le preguntara qué es lo que más extraña de su ciudad natal contestaría que el clima. Eso, si se sentía predispuesto a contestar alguna vez.
Y si tenía que dejar a Sasuke fuera de la ecuación.
Pero siempre tenía que dejar a su hermano fuera, lo que menos necesitaba era darle a su equipo la identidad de la única persona que podían usar en su contra. Ellos creían que él lo odiaba, que él lo veía como inferior y esa era la razón por la que el muchacho (que ya tiene trece años, pensó con nostalgia al recordar cuando lo dejó atrás) continuaba con vida.
Y, la verdad sea dicha, también extrañaba el clima.
Itachi no era una persona que odiara cosas, no tenía un 'me gusta/no me gusta' realmente definido puesto que en realidad no había nada que amara con locura, ni nada que realmente detestara. Tan solo había cosas que no le molestaban o que estaban bien, y cosas que prefería no hacer o… bueno, que no estaban bien.
Ese mismo razonamiento no podía aplicarse a personas.
Sí le costaba tener alguna opinión realmente formada de alguien, por lo general nadie "le caía bien" o "le caía mal" simplemente los consideraba como algo existente y listo. Pero sí odiaba. Itachi había descubierto que había personas que sí podía odiar. Aunque hoy en día ese número se reducía sólo a dos sujetos, eso no quitaba la capacidad del Uchiha por tener ese tipo de sensaciones para con un individuo. Así que sí, Itachi podía odiar, podía odiarlos, incluso sabiendo no poder hacer nada contra ellos, ya que uno se encontraba en Konoha, cumpliendo su auto impuesta misión en la vida de ser la sombra del Hokage y el otro…
Y el otro usaba una máscara y fingía demencia.
Pero él no detestaba las cosas y por esa razón no se quejaba de la lluvia constante. Le incomodaba el lugar, no se sentía del todo bien tener gotas sobre el rostro constantemente y no tener ropa seca por más de dos o tres horas por día no era que lo pusiera de buen humor, pero él nunca estaba de buen humor. Y sin embargo jamás se quejó.
Amegakure no Sato lo había recibido hacía semanas con lluvia y algo le decía que lo despediría con lluvia también. Aún le quedaban unos días antes de su partida, días que su líder le había recomendado utilice para descansar junto a su compañero, dado que ya no podrían quedarse en una ciudad por mucho tiempo, y las comodidades de una cama sería un lujo que podrían tener una vez cada quién sabe cuántos meses. Dentro de poco cada pareja de integrantes tomaría caminos separados y comenzarían la búsqueda, el rastreo y la cacería de los Bijüs, estén o no bajo la protección de una aldea, tengan o no un Jinchüriki.
Lo que también significaba que se encontrarían con shinobis dispuestos a matarlos por las recompensas que colgaban sobre sus cabezas, que significaba noches de vigía, lo que concluía en pocas horas de sueño.
No era como si él durmiera mucho que digamos, de todos modos.
Se llevó la mano a la boca justo a tiempo para tapar un poco el sonido y la saliva que escupía mientras su garganta expulsaba bruscamente todo el aire que sus pulmones habían acumulado.
"Es la quinta vez que toses hoy Itachi-san," la voz de su compañero llegó a sus oídos. El Uchiha recordó por unos instantes el momento en que aquél le informó que formarían un equipo, sobre aquel muelle que le recordaba tanto a su hogar, bajo ese cálido sol...
"Me sorprende que gastes tu tiempo en contarlas…" contestó imperturbable, sin mirarlo.
"Hace varios días que tienes tos."
Itachi no contestó.
"Deberías ver a un médico, Itachi-san," dijo mientras esbozaba en algo parecido a una sonrisa sus dientes afilados. Más para él que para su compañero que continuaba sin verlo, "nos iremos pronto, y tu salud podría-"
"El clima de Amegakure es lo que me tiene así." Lo interrumpió, "si continúo tosiendo luego de que nos hayamos ido, iré al médico. Hasta entonces," dijo fijando sus ojos en él por primera vez durante la conversación, "déjame solo."
No sabía exactamente qué quería hacer, qué quería ver o a dónde quería ir, pero sabía que necesitaba estar a solas, alejarse tan sólo por diez minutos del bullicio, del ruido de la lluvia que aún castigaba su cuerpo e imaginarse por aunque sea unos segundos que todo estaba en completa paz. Que él no estaba allí, que estaba en Konoha, que no pertenecía a aquel grupo, que nada de lo que tuvo que hacer había sucedido. Los ojos le dolían y picaban cada vez con mayor frecuencia pero aún veía bien, no tenía ningún lapsus de oscuridad pero de aquello no le quedaba mucho tiempo, en cualquier momento comenzaría la nebulosa.
Ahora, la tos lo tomó por sorpresa, sólo esperaba que se fuera pronto porque lo atacaba por las noches y no lo dejaba dormir, pronunciando aún más sus ojeras. Se sentía patético.
Pensar que alguna vez fuiste objeto de admiración, Itachi. Pensó en tono despectivo, porque él siempre se pensaba en tono despectivo.
Desde pequeño había sido admirado, idolatrado por las niñas de su clase y envidiado por los jóvenes que se sentían amenazados por él. Nunca había tenido la posibilidad de tener muchos amigos, Shisui fue el primero y el único, prodigio como él, habiéndolos unido la sensación de rechazo de los chicos de su edad que no se juntaban con ellos debido a la potente sensación de inferioridad que sentían al tenerlos cerca.
Pero estaba tan acostumbrado a que le dijeran lo bueno que era que las palabras comenzaron a pasarle de largo, comenzaron a sonar como un protocolo, un chip, comenzó a odiar esas palabras. Eran la razón por la que su padre le exigía, eran el motivo de la presión.
La única persona que le interesaba que lo admirara, era Sasuke.
Llegó a odiar tanto esas palabras…
"Eres increíble, Itachi."
"Prodigio."
"Orgullo del clan Uchiha."
"Nuestro futuro líder."
Escupiría sobre cada una de ellas.
"Arigató." Se permitió abrir los ojos de par.
De repente todo a su alrededor enmudeció, la lluvia que aún caía por su cuerpo y enfriaba su piel quedó olvidada y la imagen de Amegakure no Sato se desvaneció de su vista, su nariz captó la fragancia de pinos. Pinos del bosque de Konoha, enfocó toda su mente en intentar recordar.
Sí, alguien me agradeció una vez. Pensó.
Ese agradecimiento se le grabó en la mente, pero no podía acordarse de quién. Quién le había agradecido. Y por qué. Sabía que tenía que ver con que él era un prodigio y que esa palabra retumbó en su cabeza infantil durante días porque alguien, una persona que no era Sasuke, había logrado que esas palabras no le molestaran del todo. Le habían hasta sorprendido.
Y la clave había sido ese vocablo.
Arigató.
