Emma Swan/Flashback

Reconfortaba, en cierto sentido, era lo único que lograba hacerlo durante unos segundos. Arrojar cosas contra la pared. En otra situación, quizá me hubiese contenido, pero me encontraba en el despacho de Regina, y lo que acabábamos de vivir, lo que acabábamos de sufrir ambas, merecía que lo destrozase todo. Grité y pataleé con todas mis fuerzas. Y ella seguía allí de pie en la entrada, observándome. El único rastro que veía de tristeza en ella era una ligera humedad en sus ojos.

Cogí su portátil, inútil dado que en el pueblo ya no había electricidad, y lo estrellé contra la pared, haciéndolo añicos. No soportaba verla allí plantada, porque sabía que la pérdida de Henry le afectaba tanto como a mí. Se comportaba como una mujer de hielo, silenciosa y rígida. Y Aquello era más de lo que yo podía soportar. La había visto luchar a brazo partido por Henry, y ahora, ahora parecía más una estatua que la mujer que tantos temores había causado en la gente. No la misma que había estado a punto de lograr que renunciar a pasar todo el tiempo posible con mi hijo.

_ Swan… le agradecería que no siguiese._ Su tono era pausado, calmado. Y por eso no le hice caso. Volqué su asiento, y golpeé la mesa de cristal en la que antaño tenía sus documentos con la pistola hasta que se hizo añicos._ ¡Emma, para de una vez! ¡Romper todo lo que encuentres a tu paso no nos lo va a devolver!

El edificio entero tembló cuando gritó. Los cuadros y todos los adornos se cayeron de las paredes, y aquel mero temblor causó más estragos de los que todas mis otras acciones causaron antes. Ahora pude notar su rabia, pero no por lo que yo estaba haciendo. Estaba sufriendo, sufriendo del mismo modo que yo lo estaba haciendo.

Emma Swan

Podía sentir que estábamos cerca. Encontraríamos a Pan y recuperaríamos a Henry. Pan había escogido el bosque como escondite, lo cual no me sorprendía en absoluto. Había cambiado en su presencia. Las ramas de los árboles no se movían, no había sonido alguno. Regina se adelantaba. Yo aferraba con fuerza la espada, esperando a que Pan se presentase. Mi pulso estaba acelerado, pues sospechaba que un solo intento fallido nos costaría la muerte. Pero la recompensa era demasiado alta como para dudar.

Repentinamente, noté como mis pies se quedaban anclados al suelo, mis brazos rígidos. Todo mi cuerpo, salvo la cabeza, estaba inmóvil. Regina se detuvo en seco, y por la rigidez que mostraba, tenía claro que había pasado por lo mismo. Estaba claro que habíamos caído en la trampa de Pan. Él descendió desde un árbol, y nos miró con una sonrisa cruel. Estaba claro que nos estaba esperando.

_ Es interesante la captura del día. La salvadora y la reina malvada. Aunque esos títulos ya están algo ajados, ¿No os parece?_ Fingió que se lo estaba pensando._ De todos modos cuando acabe con vosotras no importará. No seréis más que dos montones de polvo. ¿Por quién podemos empezar? Por "la salvadora" quizá. Aún no me he cobrado que lleves tanto tiempo negándote a aceptar que eres una huérfana.

_ No seas tonto Peter. _Intervino Regina._ La que ha iniciado esta búsqueda, he sido yo. Y volveré a hacerlo, tenlo por seguro. Porque sé que vas a fracasar. Igual que has fracasado en todo aquello que has intentado. Eres incapaz de tener éxito en nada. Fuiste incapaz de conseguir el corazón de Henry por ti mismo. Y por eso siempre vivirás a la sombra de alguien que tiene más talento que tú.

Pude ver como la genuina rabia llegaba a los ojos, los inundaba. Y se volvía hacia Regina, tenía la expresión de un niño malcriado. La misma que tiene uno cuando se ha aburrido de su juguete y tiene intención de romperlo. Regina le dirigió una mirada de desafío, y él le lanzó una mirada que me provocó pavor.

_ Como usted prefiera, majestad._ Dijo, antes de atravesar el pecho con su mano._ Empezaremos por usted.

Lo vi todo a cámara lenta, como Pan sacaba el corazón del pecho de Regina, y como lo comenzaba a estrujar. Regina se contuvo, pero podía ver en sus ojos lo mucho que estaba sufriendo. Hasta que la vida de aquellos ojos se apagó, y el hechizo se rompió, dejándola caer al suelo. Noté mis músculos libres y corrí hacia ella. Supe que comprobar su pulso sería inútil, estaba claro que nos había abandonado.

_ Ahora vas tú, salvadora.

Anzu Stealer

La madera crujió bajo mis pies. Me preocupaba que lo que quedaba de aquel navío encallado no soportase mi peso, pero al parecer la madera mágica era más resistente de lo que yo creía. Ayudé a Lianne a subir a por el mástil roto del navío que ahora era perfecto como puente desde el suelo. Decididamente el Jolly Roger había pasado por tiempos mejores, e incluso a mí, que lo había bombardeado más de una vez, me daba bastante pena tener que verlo en aquel estado. Lianne miraba la cubierta, de un lado a otro, en apariencia decepcionada.

Había dejado a Discordia con Pain, y en parte lo lamentaba, porque ahora me habría venido bien tenerla conmigo. Lianne había oído de mí muchas historias sobre su padre, y en todas ellas había hablado sobre cómo de grandioso era su barco que, por más que me pesara, era mejor que lo que había sido el mío. Y ahora no quedaban más que restos. Arciria no había tenido la menor piedad.

_ Killian hubiese estado orgullo de ti._ Le dije, al tiempo que me acercaba._ Al igual que tu madre.

Recogí del suelo una espada oxidada, y soplé, provocando con mi hechizo que recuperase su lustre. No tuve que decirle a Lianne que el arma había pertenecido al pirata para que se diese cuenta de ello. La tomó con una mano y apenas fue capaz de sostenerla, por un momento sus ojos parecieron brillar. Entendía por lo que Lianne estaba pasando, pues yo también había sido separada de mi familia mucho antes de lo que hubiese deseado. Pensé que podía darle un descanso, ya que había tenido demasiado aquellos días. Me senté sobre el suelo de madera y me dediqué a observarla. No pude evitar pensar en Grace. ¿Cómo estaría ella?

Grace Valentine

_ Entiendo mejor que nadie lo que es extrañar a una madre._ Me dijo, mientras me miraba.

Aquella mujer tenía algo que me producía a la vez confianza y temor. Mientras hablaba, se acariciaba nerviosamente el colgante que llevaba al cuello. Estaba preocupada. Yo extrañaba a mi madre, pero ella extrañaba a Lianne, había sido como su madre desde que sus padres habían caído, y haber tenido que separarse de ella, sin siquiera despedirse, era duro. Bien es cierto que ella tenía una hija propia, pero, al igual que había pasado conmigo y con Lucrezia, ambas eran importantes para aquella mujer. Yo extrañaba a mi madre, pero estaba claro que ella extrañaba a su hija.

_ Christina… Sé que te lo pido muy a menudo pero… ¿Podrías hablarme de Lucrezia?

La pelirroja sonrió un poco, aunque era una sonrisa triste. A pesar de todo parecía dispuesta a contarme algo hasta que fijó su mirada en el cielo. Yo hice lo mismo, sin entender por qué se había detenido. Hasta que vi que la barrera protectora de nuestra parte de la ciudad primero se hacía visible, luego parpadeaba por unos instantes, y luego empezaba a agujerearse por la parte superior, agujero que se expandía a gran velocidad. Algo terrible debía haberle pasado a Regina.

_ Debo irme, Grace.

_ Christina, si crees que voy a dejar que te encargues tú de todo sin hacer nada, es que no me conoces.

_ Estás loca, Grace.

_ Es cosa de familia.

Arciria Mills

_ No huyas Anastasia. No sacas nada con ello. Y lo sabes.

La reina roja estaba recluida en un rincón de la habitación, envuelta en una manta, y mirándome con temor. Lo cierto es que aquello me divertía. Su resistencia era admirable. Pero al final, yo terminaría triunfando y se casaría conmigo, conscientemente y por propia voluntad. Me había asegurado de ello. Mantenía la vista fija en mí, en silencio, como si con eso pudiese tenerme controlada.

_ ¿Por qué?_ Preguntó, tras un tiempo, rompiendo por fin ese silencio.

_ ¿Por qué, qué?_ quise saber.

_ ¿Por qué quieres que me case contigo? Puedes casarte con quien te plazca, y estoy segura de que cualquiera de entre las personas de tu reino así lo querría. _ Di en un paso en su dirección y gritó._ ¡No te acerques más!

_ Te escogí a ti porque no quería una persona que me dijese que no.

_ ¿Disculpa?_ Me preguntó, sin entender.

_ Quiero que al menos mi esposa tenga su propia opinión. No quiero que sea otra de esas personas que asienta a todo lo que digo. Por eso me gustas tú._ Me sinceré.

Anastasia apartó la mirada un momento y luego me volvió a mirar, se había sonrojado. Me hubiese gustado decir algo inteligente y encantador, pero de repente sentí como si algo me estrujase el corazón. Me sentí tremendamente mal por un momento, y sentí como una arcada me obligaba a apoyarme en la pared. Anastasia se puso en pie y se acercó, estaba preocupada pero no quería reconocerlo.

_ ¿Qué te pasa?

_ Regina tiene problemas serios.

Christina Auditore

Grace había insistido en acompañarme, aunque no pensaba dejarla intervenir. Se había vestido con prendas que me parecían más propias de su madre que de ella. Es más, con la comparativa de tallas, estaba segura de que realmente eran las de su madre, incluido el sombrero de ala ancha que llevaba en la cabeza. El hecho era que estaba ridícula, y en otro tiempo no hubiese tenido reparos en decírselo pero ahora no era ocasión. Esperaba encontrar a un ejército avanzando hacia la ciudad, pero sólo había una mujer, que aparecía sentada, esperando.

_ Esperaba que Regina tuviese algo más esperando a las puertas de su ciudad cuando su barrera se rompiera.

_ Podría decir exactamente lo mismo. ¿Tú eres Christina, verdad?

_ Chiamare un piacere, ma si trovano._ Le espeté en mi lengua natal.

_ Para mí sí es un placer.

_ ¿Hablas italiano?_ Pregunté, incrédula. No sabía que la cultura fuese algo popular entre las compañías de Arciria.

_ Sé hacer muchas cosas. Pero eso ahora no importa. Lo que importa es. ¿Qué haréis tú y esa chica tan mal vestida que te acompaña para que no destroce vuestro pequeño refugio?

_ Haré lo que sea necesario.

_ Enternecedor._ Dijo la morena, poniéndose en pie._ Apuesto a que tienes uno de esos códigos de moral tan bonitos que ya casi no se ven en estos días. Una lástima tener que matarte.

_ Antes de arrancarte esa lengua para que dejes de usarla, me encantaría saber tu nombre. Me gusta poder nombrar a quien mato._ La reté.

_ Flavia es mi nombre, pero tú puedes llamarme como te plazca, no vas a durar lo bastante para que me importe.

Aquello me encendió, pero no tanto por sus palabras si no por cómo efectivamente se llamaba. Flavia, así era como se llamaba mi madre. Estaba claro que se trataba de una coincidencia, o una broma del destino. El destino había decidido ser muy cruel conmigo durante los últimos siglos. Y aunque aquello me enfurecía, no podía dejar que fuese significativo.

Ella se lo tomó con calma, y de hecho, me dejó tomar la iniciativa. Nuestras espadas no tardaron en chocar, en sonar. Su estilo, sus movimientos, me resultaban tremendamente familiares, pero al mismo tiempo, desconocidos. No entendía que estaba pasando. Durante los primeros instantes había llevado la delantera, pero rápidamente cambió su estrategia y me vi superada. Intuía sus movimientos, pero eran tan rápidos que no podía seguirlos para bloquear.

Y entonces, recordé donde había visto aquello antes. "Se mueve como un vampiro" pensé. Pero no olía como un vampiro. No notaba ese hedor que los acompañaba. ¿Qué diablos era aquella mujer? Porque tenía claro que humana no podía ser. Me distraje con esos pensamientos, y ella lo aprovechó para lanzarme contra un edificio. Rompí las puertas de madera y caí sobre el suelo, lleno de cristales.

No encontraba la espada. La había perdido mientras avanzaba. Aferré uno de los restos de la puerta. Esperaba que realmente fuera un vampiro, porque de lo contrario aquello me iba a salir muy mal. Salí, y la encontré esperándome. Había recogido mi espada y ahora la blandía en la mano izquierda, movía ambas, mientras me miraba divertida. Aferré el trozo de madera y esperé a que se lanzara sobre mí para clavárselo en el torso. Ella lanzó un grito y se apartó. Por un momento pensé que había acertado. Pero ella me lo desmintió, arrancándose la improvisada estaca. No había fallado, estaba claro que le había atravesado el corazón. Pero aquella criatura parecía poder seguir avanzando a pesar de tales heridas, como bien me demostró ver lo poco que estaban tardando en cerrarse. Hizo un quiebro, y cuando quise darme cuenta, estaba tirada en el suelo, con las espadas formando una equis sobre mi cuello.

_ Eres débil, Christina.

_ ¡Basta!

Me había olvidado de que Grace estaba ahí. ¿Qué estaba haciendo? ¿Acaso creía que tenía alguna posibilidad con Flavia? Aquella bestia simplemente la destrozaría. Yo no había podido hacer nada, y Grace… bueno, Grace siempre se había caracterizado más por ser encantadora que combativa. Las lágrimas de sus ojos no ayudaban a quitar esa impresión, desde luego.

_ ¿Por qué, niña?

_ ¡Por qué si no te detienes tú misma, lo haré yo!_ Dijo, con convicción.

_ Me gustaría verte intentarlo.

_ Grace, no seas estúpida._ intervine.

_ Christina, calla, sé lo que estoy haciendo.

Flavia dejó las espadas clavadas en el suelo, de modo que si me movía, me rebanaría el cuello, y se aproximó a Grace. La niña sonreía, confiada, mientras se llevaba las manos a la cabeza y se quitaba el sombrero de ala ancha de la cabeza. Aquel sombrero estaba gastado, casi deshecho. Y entonces entendí lo que pretendía, un segundo antes de que lo llevase a cabo. Arrojó el sombrero al suelo, haciéndolo girar, y este comenzó a crecer, y a emitir una humareda morada. Pero Flavia no era idiota, no iba arrojarse a un portal, ni dejaría que Grace, en la que tenía los ojos fijos, la tirase. Si pudiese moverme podría lanzarla yo, pero las espadas me lo impedían. En ese momento vi como alguien aparecía de improviso, se lanzaba contra Flavia y la arrojaba contra el sombrero, cayendo tras ella. Aún sorprendida, vi que Grace recogía el sombrero del suelo y se acerca a mí para liberarme.

_ ¿Quién era ese?_ Pregunté.

_ No estoy segura… no le he visto bien, pero…_ me dijo.

_ ¿Pero qué?_ Insistí, pasándome las manos por el cuello en busca de cortes.

_ Juraría que era Cyrus.