¡Hey, happy people!

Ays, capítulo duro de escribir. Puede que tengáis sentimientos encontrados pero… así es la vida, ¡je!

En esta ocasión, he querido indagar más en el lenguaje élfico a medio descubrir de la saga. Aunque hay muchos vacíos, existen ciertas palabras y frases que ayudan a empaparse un poco de la esencia élfica que quiero comenzar exponer en la historia.

Espero no aburriros.

Millones de gracias a todos los que se toman su tiempo en comentar y en leer mi historia. ¡Sois magníficos!

Un abrazo.

Anotación: La melodía de "Painful Memories" de Normand Corbeil, acompañó parte de este texto, así como el maullido de algún gato.

Nota: La gran mayoría de personajes, así como el mundo en el que está ambientada esta historia, son creaciones originales de BioWare. Sin embargo, varios sucesos y personas que aquí aparecen, son obra propia. Esta historia puede contener spoilers de los libros, cómics, vídeos y juegos.


- Huidas y Encuentros -


Su cuerpo ardía como el magma candente de las profundidades de un thaig abandonado. Los murmullos que aquella dulce y desconocida boca liberaba, la impelían a rendirse ante cada caricia y apasionado beso.

La fuerza de aquella sensación, cobraba más protagonismo con cada inclemente segundo. Su indescriptible ardor, anquilosaba su prudencia, sometiendo su voluntad a la del humano que tan vehementemente rozaba su sensible y hambrienta piel.

Experimentar otro cuerpo, otros dedos, otros labios, la colmaba de temor y ansiedad, mas la sumía en un éxtasis tan misterioso como peligroso; reclamo inexorable de su propio y más primitivo deseo.

Sus fuertes manos humanas desvestían lentamente su túnica, torpemente incluso, mas aquellos hábiles labios hacían verdadera magia elemental con los suyos; su húmeda lengua rozaba la suya con delicadeza y pasión, una subversiva combinación que desataba sus más puros y salvajes instintos, desgranando cada partícula de su frágil resistencia y autocontrol.

Su nombre, en un tembloroso aunque lascivo susurro ahogado. Un torrente de electricidad invade su vientre y la fuerza de dos poderosas manos sujetan sus caderas con codicia, mientras aquellos temerosos labios descienden por su cuello, suplicantes, vacilantes, demandantes.

—Solas, ma vhenan

Y entonces, tal como se derrumban los castillos en la arena, así, aquel instante, languideció.

… … … … … … … … … …

La perdición sabía a magia. Siempre fue consciente de ello.

El sabor de sus sonrosados labios semejaba al dulce frescor de las bayas de Honnleath en primavera, provocador rival del inconmensurable ardor de aquel frágil aunque hermoso cuerpo. El poder de su naturaleza golpeó la suya con violencia al unir sus cuerpos por primera vez con aquel delirante beso, sus finos dedos rozando su cuerpo con intención, viendo a través de ellos, sintiéndolo como él siempre ansió ser sentido.

El lirio cantaba, alto y persistente, dentro de sus venas y por todo su organismo, con la sinfonía delirante de su adictiva energía. La cercanía, el fuego, el sabor de su prohibida esencia, reclamaban su absoluta devoción y él concedía sus virtudes, las cuales ella recibía con manifiesto anhelo y abandono, incapaz, al parecer, de controlar su propia hambre.

Su corazón sacudía los cimientos de su débil dominio sobre sí mismo, y le impulsaba a saborear cada vez más de esa aterciopelada y deliciosa piel.

Rozar aquel cuerpo, pese al incordio de la fina tela que les separaba, le invitaba a probar la condenación eterna. Su sedienta boca acude una y otra vez a la de él, tan solícita e insistente, doblegando su comedida prudencia y desatando su desmedida necesidad de poseerla.

Nudo a nudo, aquella tela fue dejando al descubierto el alabastro más puro y límpido de la creación. Terciopelo sobre porcelana, fuego sobre yesca, explosión de ansia y delirio con cada tímido gemido que aquella delicada garganta profería en justo clamor a sus cuidados.

—Enallin… —susurró dulcemente, mientras saboreaba con su lengua la tierna carne de su cuello y un poco más allá.

Sus delicados pechos, dulces frutos de intenso placer, se deshacían entre sus dedos y boca, y ella renunciaba lentamente a sus temores para permitirle finalmente adentrarse en su trémulo cuerpo hasta rozar el abismo de la condenación.

Una aguda inhalación seguida de un profundo y corto quejido ahogado, detuvieron su indeciso avance, mas aquellas refulgentes orbes doradas mantuvieron la súplica de dar continuación a sus profundas atenciones.

La estrechez y el fuego de aquel diminuto aunque benévolo vientre, intensificaban la pasión más elemental de su ansioso cuerpo, relegándole a la consideración de un simple esclavo de los deseos de aquella joven deidad.

Heraldo de Andraste, diosa de su corazón, poseedora de su alma… ella era el todo de su ahora, lo que siempre deseó hallar pese a que siempre le fue esquivo. Sus ardientes cuerpos se fundían con el ritmo de aquella agitada y deliciosa danza de sensaciones y emociones; ambos estremeciéndose con la oscilación de sus cuerpos, ávidos de saborear la recompensa de aquel inesperado atrevimiento que marcaba un inicio y un fin.

Así como la rebosante miel se desliza de la atestada colmena, la humedad de aquel indescriptible placer acentuaba la condena que era saber que aquello no sabía a eternidad y que pronto sus cuerpos debían ceder ante el amanecer.

—Te amo. Ha sido, es y será mi realidad por siempre. —susurró, obsequiándole con un nuevo y delicado beso, mientras se adentraba por última vez en ella, ambos, compartiendo la calidez y humedad de aquel arrebato final.

—Te amaré por siempre… Solas.

Solas, Solas, Solas…

Dolor.

Una indescriptible agonía aprisionó su pecho y detuvo su corazón en seco.

Se levantó de golpe del jergón y se frotó las sienes con fuerza. El palpitar de su corazón rozaba la violencia de los tambores de guerra, y el sudor perlaba su frente tal como solía provocar la más cruel de las pesadillas.

Ninguna como ésta. Ninguna como oír ese nombre también en sueños.

Maldito nombre.

Aquel despiadado beso había roto el débil gobierno sobre sí mismo, dejando un cruel espacio a la perdición para las ya desbordadas sensaciones que ambos experimentaban.

Mas toda ilusión se rompe, como se quiebra el fino cristal de mesa que, por un impulso, es proyectado al suelo con ira ciega.

El elfo continuaba invadiendo la mente de la Inquisidora y ninguna idolatría que él profesase ahora por ella, haría cambiar aquella tangible y desquiciante realidad.

Ella abandonó la tienda, a medio vestir y totalmente avergonzada por invocarle al ausente en vez de al presente. Su horrorizada mirada rompió el embrujo del delirio que sentía al tenerla tan cerca y casi suya. Su cuerpo aún temblaba por la profunda intensidad del momento, y el lirio en su sangre vibraba agónico por no poder saborear más del ardor que esa joven, tan vehementemente, le había obsequiado en un inexplicable rapto de pasión.

Pese a los besos y caricias compartidas, su cuerpo y alma ansiaban lo que su sueño, cruelmente, logró elaborar hasta las consecuencias finales. Mas su suerte jamás le había proporcionado tal alegría y la costumbre al dolor y a la soledad, le era ya, de sobra, familiar.

Había sido ingenuo al pensar, por un brevísimo instante, que todo cambiaría para ellos con aquella osadía, que finalmente Enallin vería en él algo más que un consejero y líder militar, algo más que una sombra presta a obedecer y esperar. Pero erró, una vez más.

No obstante, la esperanza no le fue del todo arrebatada. Sabía con certeza, por la forma en la que los dulces labios de la elfa habían devorado los suyos con devoción, que no todo estaba tan perdido como había supuesto la noche anterior. Algo había florecido entre ellos esta noche y esperaba que no muriese con el inclemente despuntar del alba.

Puede que hubiera sido pronto, o quizá tarde, pero sea como fuera, él continuaría esperando, atento y paciente, ahora más que nunca, pues saborear el néctar de tan adictiva boca, era, sin duda alguna, una sensación imposible de olvidar, más incluso que el sabor del denso elemento que le convertía en antagonista de la misma magia que ansiaba conquistar.

Aguardaría, sí, pero no aquí ni ahora pues la locura amenazaba con su dominio sobre sí. Esta noche necesitaba subordinar las pasiones a la razón, necesitaba controlar, como fuese, la impotencia y desasosiego que padecía, así como el persistente ardor en su convulso cuerpo.

La mañana, confiaba, traería consigo nuevas esperanzas o, quizá, nuevos retos, mas él no cejaría en su empeño de adueñarse, con cada nuevo día, de un fragmento más de aquel corazón con alma élfica.

… … … … … … … … … …

Huyó horrorizada.

Es lo único que alcanzó a hacer para evitar la vergüenza de ver su dulce rostro shemlen rasgado por la desilusión.

Como si aún fuera aquella Halla asustada en medio de aquel onírico y desconocido bosque, Enallin se aventuró, desesperada y avergonzada, hacia la sombría y peligrosa espesura.

Advirtió varios ojos curiosos por el camino y alguna que otra advertencia de los guardias, mas no se detuvo hasta hallarse completamente a oscuras y en absoluta y turbia soledad.

Abandonó aquella reducida estancia, como si en ella se hallase el demonio con el que hubiera estado midiéndose en sueños la noche anterior, pero nada más lejos de la realidad. El comandante era de todo menos pernicioso, era lo que ella jamás supo ver y que ahora reconocía con tanta claridad; era compasivo, cariñoso, apasionado... alguien que, quizás, ya no se mereciera.

Maldita su boca.

Acobardada por haber errado el nombre en tan trascendental acontecimiento, dejaba atrás, con el corazón roto y los labios rojos por el denuedo, a la única persona que ahora deseaba noblemente curar sus heridas, más allá de las físicas, las del alma, las que hieren sin mesura, esas que no cicatrizan con la soledad ni el aislamiento, sino con la caricia comprensiva de un bondadoso ser que lucha por cuidar de ellas con delicadeza y devoción, con verdades en vez de engaños enmascarados de dulces besos en el Velo. Un ser dispuesto a más de lo que ella, seguramente, sería capaz de dilucidar.

Hería. Saberse ella el motivo de la amargura de alguien tan noble, era razón suficiente para no detener su avance por entre la sinuosa arboleda. Su corazón latía dolorosamente contra su pecho y el sabor de su boca aún golpeaba sobre su paladar, recordándole, con cada nuevo paso, el dulzor de las devotas atenciones del comandante.

Una vez se hubo encontrado lo suficientemente lejos del campamento y en soledad, salvo por las intrépidas luciérnagas que revoloteaban por los alrededores, la fría brisa de la madrugada le hizo percatarse de la desnudez de sus pies y muslos, además de la escasa vestimenta que portaba a medio abrochar.

La intensidad de sus caricias y la profundidad de sus besos aún quemaban, y mientras ella se hallaba de rodillas sobre la hierba, profundamente avergonzada, sus manos frotaban su rostro con brusquedad, lamentándose en silencio por permitir que su boca fallase el nombre, hiriendo su ya frágil corazón.

Aunque se tapase los oídos, desesperada, y sacudiese su rostro con vehemencia, Enallin se escuchaba a sí misma mencionando, una y otra vez, al pérfido apóstata. Un segundo bastó para sentir cómo la pasión languidecía hasta morir, dejando como evidencia el latente dolor en la mirada del Templario.

¿Por qué no podía olvidarle? ¿Por qué le buscaba en otros besos, en otro cuerpo y rostro? ¿Acaso jamás lograría apartarle de su corazón para dejar paso a alguien que verdaderamente la amase?

El sollozo la sorprendió súbitamente, como una avalancha de despiadadas emociones que apenas podía y buscaba dominar. Recordó advertir la profunda estupefacción en el rostro de Cullen, el dolor marcado a fuego en su joven faz, y sintió de nuevo su pecho quebrarse al comprender la crueldad de aquel suspiro con nombre de orgullo y traidor.

—¡Maldito seas, Solas! —gritó, desesperada.

Observó con desamparo cómo su áncora centelleaba pequeñas descargas de intenso verdor que era incapaz de gobernar.

La primera vez que supo cómo hacer uso de su marca, fue cuando aquel innombrable elfo le enseñó cómo. Parecía conocer más de aquel estigma mágico de lo que admitía y Enallin nunca cuestionó su oportuno conocimiento al respecto, todo lo contrario, admiraba su sapiencia y experiencia, y aspiraba poder conocer más de él con cada nuevo encuentro. Mas sus intentos fueron en vano pues nunca logró descubrir el gran misterio que suponía la veleidosa forma en la que su mirada se posaba sobre ella, la sutil manera en la que sus dedos rozaban su cuerpo, casi contemplativos, nunca invasivos, como si un temor arcano subyaciera en su intención.

Nada la había preparado para perderle así, tan repentinamente, sin un comprensivo adiós, sin una previa señal, sin una noche con sabor a despedida, ni siquiera cuando le arrebató las marcas de sus dioses para luego alejarse de ella con rigurosa dilación, quizá buscando que ella le convenciera de su error… nada.

Ahora ella se hallaba ahí, lamentándose por no saber cómo cerrar el círculo de dolor pese a sus desesperados intentos, pese a dejarse llevar por instantes de hermosa y necesaria locura. Parecía sumirse, cada vez más, en la oscuridad más profunda del alma, en una soledad que la llevaría al ostracismo más lamentable y trágico pensable.

Volvió a gritar. Esta vez nada en concreto, tan sólo un alarido desmedido que, a su vez, liberó una fuerte oleada mágica de puro poder, alejando temporalmente con ello a cualquier distraído insecto o ser vivo que se hallase a sus alrededores, absorbiendo parte de la poderosa magia que había dispersado, segundos después.

Respiró agitadamente y continuó sollozando hasta que la humedad del ambiente caló sus finos huesos.

Se estremeció, más por ser el motivo de una indeseada injusticia que por el gélido entorno que la rodeaba, y se enjugó la cortina de lágrimas que marcaba sus sonrojadas mejillas.

Por primera vez en tiempo, se había rendido al persistente dolor de su destrozado corazón. Solas es y sería por siempre su primer amor y odiaba que aquella fuera una certeza irremediable. Si tan sólo pudiera cambiar el pasado…

Se hallaba atrapada, acorralada por lo que sentía y, pese a sus relativos avances, nada lograba arrancarla de él, ni siquiera la calidez del amor que el comandante ansiaba ofrecerle.

Se levantó de la hierba con cierta dificultad, y se ajustó lo que pudo de su arrugada vestimenta. La evidencia de lo acontecido volvió a golpear su pecho y apretó su marcada mano contra su garganta, evitando liberar un gemido de vergüenza y pena.

Cuando la tristeza sumía su alma en el letargo de la desesperanza, Enallin solía buscar refugio en la esencia de la creación. Era un consuelo encontrarse entre tanto de aquello.

Sus pies, descalzos, se agitaron débilmente sobre la hierba, sintiendo con ello la tersura de la frondosa vegetación que la rodeaba. Inhaló el frescor de la noche, dejando que el aroma de la tierra húmeda y el de las flores inundase su ser, obligándose así a encontrar paz entre tanta guerra.

Cerró los ojos y dejó que el arrullo de las aves nocturnas y de los insectos meciese sus sentidos, buscando la armonía que había perdido con aquella deserción. Sentir la magia de la espesura rodear su cuerpo y mente, reclamar de ella una unión más profunda, doblegaba su prudencia, dejándose llevar por la dominante sensación de pertenecer a algo más que a ella misma, pertenecer al bosque tanto como a su propia carne.

El hipnótico entorno destilaba poder pretérito, magia ancestral que ella podía percibir con claridad a través de cada poro de su piel así como mediante el áncora que, curiosamente, había encontrado el equilibrio entre la naturaleza que la rodeaba.

Percibía el bullir de vida a su alrededor. Distintos colores de auras plagaban las cercanías, otorgando al ambiente más vitalidad, y se obligó a respirar con normalidad, evitando pensar en lo que había ocurrido instantes antes en aquella compartida estancia.

Le era imposible ahora dividir las sensaciones por su intensidad, pues todo parecía brillar con fuerza en derredor, impulsándola a prestar mayor atención a su entorno que a lo que se hallaba dentro de ella.

Sintió la poderosa y antigua magia sobre las copas de los altos árboles, el murmullo del resuello de los animales, el dulce aroma de los pétalos de las flores salvajes, la bioluminiscencia de las infinitas variedades de setas y pequeños insectos que flotaban por el aire, en una rítmica danza que la imbuían en la serenidad que tan desesperadamente deseaba hallar.

Suspiró débilmente, sus dedos peinando su cabello en busca de la fuerza necesaria para volver, mas aún no se sentía preparada para afrontar el resultado de sus actos.

Oyó el rumor de un arroyo cercano y decidió aventurarse pese a la densa oscuridad del entorno. Su constitución élfica le otorgaba cierta ventaja sobre varias de las amenazas que pudiera haber, así que confió en que, su puntual aseo, no ocasionase mayores consecuencias.

Al llegar a la orilla, se desnudó con cuidado e introdujo un pie en el líquido elemento.

—¡Fenedhis! —gruñó entre dientes.

A pesar del frescor del agua, Enallin se introdujo completamente en el río hasta desaparecer de la superficie.

Su áncora centelleaba al sumergirse, contagiando las cercanías con destellos esmeralda que atraían a los curiosos peces del exiguo riachuelo.

Transcurridos unos minutos, Enallin emergió del agua y acudió a la orilla mientras sacudía sus cortos cabellos, salpicando las cercanías con diminutas y frías gotas que impulsaron el vuelo de algunos curiosos insectos nocturnos.

Se agachó a recoger su vestimenta, su mente luchando para apartar sus pensamientos de la impotencia que sentía por el pasado y el presente, hasta que un ruido del crepitar de madera, atrajo su atención.

Alzó el rostro, alarmada, y miró en derredor.

Su corazón se detuvo súbitamente al encontrarse de frente con dos enormes y oscuros ojos que la acechaban con ira detrás del follaje de un frondoso arbusto cercano a su ubicación.

—¡Dioses…! —musitó, mientras instintivamente tanteaba con su mano en su espalda, en busca de un báculo que nunca llevó consigo en tal impulsiva huida.

Se maldijo por su terrible imprudencia y apartó su mano lentamente. El grave e inflexible gruñido de aquella bestia, la hizo estremecerse con violencia y tuvo que hacer acopio de toda su voluntad para no echar a correr, pues ello complicaría aún más la situación.

Tel'enfenim... Ir abelas, no quería invadir tus dominios, ma'ni—. Dio un paso atrás y levantó las manos delante de su pecho para mostrar vulnerabilidad ante la enorme figura que avanzaba lentamente hacia su posición.

Enallin detalló con cuidado la expresión del gran oso y observó el miedo y la rabia reflejada en su semblante. Por su actitud, supuso que se había adentrado en el territorio de cría y se reprendió por no haberse percatado de ello hasta que ya era demasiado tarde.

No deseaba matar al animal y menos usar la atracción del abismo para enviar a la osa al Velo, donde, seguramente, padecería horrores indecibles antes de perecer. Era un destino demasiado cruel para un ser que sólo buscaba proteger su descendencia.

Hamina, ma'ni. Ar judara mala… sólo déjame recoger…

El violento rugido del animal la detuvo sobre sus pasos y se vio obligaba a abandonar, inmediatamente, la intención de recoger sus ropajes si quería conservar su vida intacta. Volvió a alzar las manos con cautela, mostrando lentamente sus palmas, pero el inesperado destello inestable del áncora reclamó notablemente la atención de la bestia que rugió con renovada desconfianza y avanzó inexorable hacia ella, enviando un tentativo zarpazo al aire que hizo trastabillar a Enallin, congelándole la respiración en el acto.

Sathan, mor'ni, hamina. Ar'm din telam. —susurró dulcemente, intentando apaciguar al enfurecido animal que se acercaba peligrosamente hacia ella. La criatura la observaba con profunda desconfianza pese a sus esfuerzos por mostrar sumisión y vulnerabilidad.

Desesperada por la inminencia de su ataque, cerró los ojos e intentó apaciguar los latidos de su corazón buscando hallar nuevamente la tranquilidad que, instantes antes, la había invadido.

Un recuerdo de niñez acudió a su mente y la idea nació con ello. Antes de que la criatura arremetiera de nuevo, Enallin comenzó a entonar una delicada melodía de su infancia. Apenas recordaba la letra, pero sabía que la armonía de la entonación y la suavidad de su delicada voz, ayudarían a relajar parcialmente al animal que se hallaba ya a unos pocos pasos de ella.

Podía sentir su aliento, la humedad de su respiración, incluso el olor ácido de su denso pelaje, mas ella continuó tarareando aquella nana élfica. Abrió nuevamente los ojos y observó el rostro de la criatura. Sus ojos, entornados ahora, parecían observarla con curiosidad; tan sólo un sutil atisbo de desconfianza yacía en las profundidades de aquellas enormes y atentas pupilas.

Aprovechando la favorable respuesta de la bestia, se concentró en elaborar, muy lentamente, una barrera protectora que la protegiese del posible ataque. Sabía que, cuando de madres oso se trataba, no era prudente subestimar su comportamiento pues podían resultar más salvajes que cualquier macho solitario.

Concentrada en continuar con la melodía, sus manos, alojadas a ambos lados del cuerpo, ascendían lentamente para sellar, poco a poco, su cuerpo entre una ligera cúpula invisible que haría de temporal escudo a cualquier agresión.

Mas apenas logró cubrir la mitad de su figura cuando, súbitamente, el brusco revoloteo cercano de un ave alzando el vuelo, rompió el trance del animal y éste, enfurecido, embistió hacia ella, derribándola violentamente sobre unas afiladas rocas cercanas al riachuelo.

Su barrera a medio proyectar no fue suficiente para detener la acometida y el cráneo de Enallin golpeó bruscamente contra la húmeda piedra. Gimió de dolor con aquella violenta caída, hasta que su mundo comenzó a fundirse en la más absoluta penumbra.

Pensó un instante en la manera tan absurda y patética en la que perecería. Sintió una enorme pena por no haber podido pedirle perdón a Cullen, por haber dejado a Dorian sin contarle la última novedad, y por haber permitido que Solas entrase como un huracán de fuego y destrucción en lo más profundo de su alma.

Un grave y atroz gruñido confirmó su próximo final y se relajó sobre el terreno, aceptando lo que los dioses quisieran para ella, tal como siempre había hecho.

Se negó a cerrar los ojos, más por curiosidad que por obstinación, y cruzó una última mirada con la bestia. Sus fauces, a unos pocos palmos de su rostro, se hallaban recubiertas de espuma, mientras que su enorme garra se alzaba inexorable sobre su débil cuerpo, listo para embestir su pecho y acabar con la amenaza que ella parecía representar.

De repente, una veloz y enjuta sombra emergió de entre la penumbra y junto al animal. Enallin dirigió su mirada a aquella silueta y observó, estupefacta, la pálida mano de esa tenebrosa imagen, acariciar el lomo de la bestia con intención, ésta reaccionando, súbitamente, de forma sumisa con aquel onírico tacto; las hebras de su pelaje electrificándose con el oportuno mimo que apaciguó, al instante, la violencia del animal.

Diana, sahlin. —la orden invocada por aquel espectro, erizó su piel desde lo más profundo de su cuerpo. La entonación de aquellas palabras, la sumieron en el recuerdo de Solas y, por el transcurso de unos instantes, intentó desesperadamente aclarar su visión para observar la identidad del ser, mas lo único que llegó a percibir, con absoluta claridad, fueron aquellos profundos ojos dorados de enormes pupilas y la palidez de un familiar rostro que la contemplaba imperturbable.

Después, la oscuridad se apoderó cruelmente de ella; su último pensamiento conduciéndola de nuevo junto a él; a su orgullo, su traidor.

… … … … … … … … … …

Contempló su dolor, y recordó el suyo propio.

Gritó su nombre, el de su amo, y rompió en inconsolable llanto y poder.

Estuvo tentado a abandonarla a su suerte, mas su vulnerabilidad era evidente y debía cumplir con su ineludible pacto.

La observó alzarse, pese al evidente sufrimiento. Su profunda magia, enardecía la ancestral que portaba en su palma, estimulando su propio poder innato, haciendo que se estremeciera con la intensidad de aquella reacción que, sin saberlo ella, compartían.

La duda asaltó su bello rostro para, luego, mutar en fría determinación.

Tuvo que apartar su mirada, por respeto más que por pudor, al observar el fino alabastro de su piel al descubierto.

El chapoteo del agua le extrajo de su cobertura sobre las ramas y detalló la escena. Por el cauce del río había innumerables peligros y la joven se hallaba, en exceso, distraída para discernirlos.

Osado, apreció su grácil silueta vistiendo húmedas perlas cuando emergió del tímido riachuelo. Esta vez, no quiso apartar la mirada pues el gesto despreocupado de la elfa indicaba que no se había percatado de la inminente amenaza que acechaba entre la enramada.

La criatura se acercaba inexorablemente hacia la joven y, para su sorpresa, ésta decidió respetar su vida a costa de la suya propia.

Por un breve instante, temió que su imprudencia acabase con su misión antes de que tan siquiera comenzase, mas aquel asombro transformó radicalmente la comprensión que poseía de ella.

La melodía, una familiar mas no identificable, cubrió los alrededores con la dulce voz de la joven elfa; ella, manteniéndose prácticamente impasible ante la bestia que comenzaba a sumirse en un provechoso estado de tranquilidad.

La sensación de un hechizo cobró vida, y advirtió en el acto la prudente actuación de la maga que, cautelosa, tuvo a bien alzar una barrera para evitar daño alguno.

Se sorprendió a sí mismo sonriendo por aquella ocurrencia, mas inmediatamente buscó recuperar la entereza que acostumbraba a perder cuando se atrevía a contemplarla de esa impulsiva manera.

Sin previo aviso, el desconsiderado aleteo de un ave, rompió la magia de aquella canción haciendo que la inclemente bestia embistiera. La joven se desplomó violentamente al intentar evitar sus zarpas, con la desgracia de encontrarse con un cúmulo de afiladas rocas al caer.

Observó la sangre abandonar su cuerpo con lentitud y el animal no cedió territorio a la duda, acercándose a ella para acabar con la vida de la que creía una amenaza.

Pese a que sus órdenes le impedían mostrarse antes de tiempo, tuvo que interferir.

Abandonó la seguridad de la clandestinidad para acudir en su auxilio, mas cuando sus ojos se posaron sobre los suyos, una inexplicable y desconocida sensación de intranquilidad invadió súbitamente su pecho.

La criatura abandonó el lugar, obedeciendo a los designios marcados, y ella, a salvo, había vuelto al i've'an, donde aguardaría hasta que se hallase completamente reconstituida.

Contempló su hermoso cuerpo yacer prácticamente inanimado sobre el húmedo terreno y, al revivir lo sucedido, comprendió finalmente por qué su amo le había encomendado tal misión. Ella trascendía la insustancial comprensión. Su fuerza no se hallaba en su magia ni en su cuerpo, mas su alma vibraba con la intensidad de milenios de sabiduría ocultos bajo la herencia de unas facciones que invitaban a la contemplación.

Apartó de sí su capa, obligándose a alejarse de pensamientos que no le correspondía elaborar, y cubrió con delicadeza la figura de la joven mientras la alzaba lentamente del suelo y la acercaba a su pecho. Sintió su débil respiración y supo que debía llevarla a lugar seguro.

Una indescriptible sensación que nacía del abismo de su ser, le impulsaba a alejarse de aquella profunda e intensa mirada que tan recientemente había redescubierto. Mas si Enallin era lo que debía custodiar, así lo haría, aunque en el interludio olvidase la manera de transformar su destino, su nombre de nuevo para hallar su libertad.


I've'an: Más Allá.

Ir Abelas: lo siento, lo lamento.

Ar'm/Ar ame din telam: No soy mala.

Mor'ni: gran amigo. (Parecido a compañero/conocido)

Ma'ni: mi amigo (Amigo no cercano, dicho de un conocido)

Hamina: cálmate, descansa, relájate.

Ar judara, mala: Me iré ya, me voy ahora.

Sathan: por favor.

Tel'enfenim: no temas / no tengas miedo.

Shemlen: rápido/niños rápidos. Nombre despectivo hacia los humanos, o típica alusión a ellos.

Diana, sahlin: Detente, ahora.