La luz tenue que entraba por la pequeña ventana del cuarto se reflejaba sobre el agua humeante.

"El frío carcome hasta el alma de los más fuertes."

Bastaba con soslayar finas líneas rosadas que corrían por los pálidos brazos para entender la tensión que había generado cuando solicité permiso para rasurarme.

Un enfermero observaba atentamente cada movimiento que realizaba, como si tratara de adelantarse a todo lo que pudiera ocurrir.

Cuatro horas con el terapeuta fueron necesarias para procesar lo que Gaara había dicho, y aún así quedaba espacio para el shock.

Mi mente fue siempre como una tonelada de tortuoso trinitrotolueno. Difícil de cargar, fácil de consumir, pero sobre todas las cosas, jodidamente inestable.

Cada explosión se llevó una parte de mi vida. De mí.

El futuro siempre fue absurdo.

Sólo sabía que la última mecha era demasiado corta.

Con los ojos cerrados me sumergí completamente en la bañera y de inmediato oí el ruido de una silla arrastrarse.

El enfermero seguramente estaba de pie, con una mano dubitativa sobre mi antebrazo.

"El agua todo lo purifica. El río siempre vuelve a su cauce.

No existe uno sin el otro.

El equilibrio suele ser armónico, pero a veces es necesario que ocurra algún tipo de catástrofe para restablecerlo."

Aquella voz era monótona, casi un susurro. Conciso y concreto, solía decir mi padre.

Sus palabras me arrancaron una sonrisa. Me reconfortaba volver a oírlo después de tantos años, con todo lo que aquello implicaba.

Salí a la superficie y el enfermero suspiró aliviado. Le pedí una toalla para secarme y cubrirme.

Una muda de ropa nueva aguardaba sobre la cama. No pude evitar la carcajada al pensar que el flamante presidente de la corporación había salido de su itinerario para comprar ropa y zapatos.

Estaba terminando de colocarme los zapatos cuando sentí los distintivos pasos del doctor. Me miraba a lo lejos. Si no lo conociese creería que me contemplaba.

- Te ves bien. – comentó rompiendo el silencio. Levanté la cabeza ante su mirada esmeralda.

- Pensé que habías cortado tu manía.

- El cinismo es una virtud, Uchiha.

Una mezcla entre perfume y tabaco me invadió cuando lo tuve cerca.

- Tienes dos horas.

Cuando reaccioné, me encontré mirando su espalda mientras se alejaba por el pasillo.

Un escalofrío recorrió mi espalda y comenzaba a sudar en frío. Sequé mi frente con el borde de la polera que llevaba.

"- Llegaré para verte morir. – su comentario destilaba sarcasmo."

- Con eso me basta."

El corazón me explotaba en el pecho. Las manos temblaban persistentemente. Hace días que no podía controlarlo.

Aguardé que cesara el hormigueo que sentía en las extremidades y logré ponerme de pie luego de tres intentos fallidos.

Controlando la respiración, avancé lentamente hacia la puerta.

- ¿Nervioso?

- Púdrete.