¡Tengan su regalo de Navidad, copos de nieve!

Disclaimer: No soy dueña de Frozen, solo de mi imaginación, la cual tal vez algún día me de los medios suficientes como para tener una multinacional tan maligna y poderosa como la de Mickey Mouse.


7


Elsa suspiró mientras miraba una vez más por la ventana de su habitación, la cual había llegado a sentir como si fuera una celda. Llevaba ya tres días en la posada y su puerta siempre era celosamente cerrada con llave, hecho que estaba por llevarla al borde de la exasperación.

Por supuesto, su situación no difería mucho de lo que vivía en Arendelle, donde también pasaba prácticamente todo el tiempo recluida en su habitación. Sin embargo, al menos en su hogar se sabía segura y rodeada por una familia que la quería, además de contar con el silencioso aprecio del personal del palacio. No la mantenían bajo llave allí y a veces, podía escabullirse a la biblioteca, cuando estaba segura de que su hermana no se encontraba cerca.

Era muy diferente a lo que estaba viviendo en esos instantes, pues además, en casa contaba con más distracciones. En ese sitio, lo único que podía hacer era observar hacia el exterior por el ventanal para matar el tiempo, añorando regresar a su patria.

La rutina que la había acompañado en esos escasos días, tampoco la ayudaba a subir su ánimo.

El rey se había mantenido muy ocupado con sus asuntos, de manera tal que desaparecía prácticamente durante toda la jornada, y solo lo veía por las mañanas y por las noches, cuando volvía con un semblante sombrío a causa de los problemas con los que estaba teniendo que lidiar. Lo único que deseaba era que se mantuviera alejado de ella, por lo cual en cierta forma, agradecía los pocos momentos que había estado en su compañía.

En especial después de haber descubierto que la alteraba de tal manera, que hasta tenía influencia sobre sus poderes. Esa era otra cuestión que no dejaba de darle vueltas en la cabeza.

Lo que más le molestaba sin lugar a dudas, era la terquedad del hombre por tenerla cerca, a tal grado de dejarla encerrada sin ningún motivo en ese viaje que para la princesa, era completamente en vano. Se la pasaba sola y aunque honestamente eso era un alivio, también suponía un enorme retraso en sus planes por encontrar la manera de volver a su reino.

Ya se había dado cuenta aparte, de que no era del todo bienvenida allí.

Y eso se debía a la descortés chica posadera, que les había recibido desde el primer día en el hotel. Elsa se había convencido de que le desagradaba de sobremanera a aquella muchacha, pues bastaba con sentir su mirada oscura clavándose en ella con hostilidad cada vez que estaban en la misma habitación o fijarse en el modo cortante en el que le hablaba.

Al principio, no había comprendido a que se debía esa forma de actuar. No podía negar que desde un principio, tampoco le había caído muy bien esa mujer. Pero sus impresiones diferían mucho del extremo rencor que ella parecía haberle tomado.

Luego se había percatado con más atención de cómo miraba al pelirrojo y lo mucho que se esforzaba por ser atenta con él, recibiendo a cambio nada más que indiferencia.

Y lo había comprendido, a tal punto que no sabía si sentir lástima o enfadarse.

Por una parte, no entendía como alguien podía rebajarse a tal manera con tal de conseguir tener la atención de una persona tan despreciable como el gobernante, cuando estaba claro que no valía la pena. Y por el otro, se hallaba profundamente indignada de que su rechazo hacia esa chica, provocara que le tuviera resentimiento. ¡Cómo si estuviera de lo más cómoda con la situación!

La princesa se sentía terriblemente presionada con las circunstancias, que se habían vuelto más notorias precisamente esa misma mañana.

Tras levantarse de la cama y ponerse presentable, (dentro de lo que cabía a causa de su reducido guardarropa), había tomado asiento en el pequeño comedor de la suite, al lado de Su Majestad. Él, desde luego, se lo había ordenado y era una escena que llevaba repitiéndose desde que había empezado su corta estancia en el hostal.

A la joven le resultaba muy difícil concentrarse en sus alimentos, con la penetrante mirada de sus ojos verdes encima de ella. El rey no se molestaba en ser nada sutil cuando la observaba.

De reojo, cayó en la cuenta de que él parecía estar examinando su cuerpo, algo que le hizo rechinar los dientes. Considero encararlo por su inadecuado escrutinio, pero no estaba de humor para discutir y bien sabía de sobra, que no habría servido de nada. Ese hombre jamás escuchaba nada que no tuviera que ver con hacer su voluntad.

Bufó al sentir una de las manos de él cerca de su sien, apartando un mechón de pelo rubio que había caído en torno a su frente. Inmediatamente movió la cabeza buscando apartarse de su contacto.

—No me toque—siseó, repitiéndole vez más la exigencia que tantas veces le había soltado antes, siendo ignorada en todas ellas.

La risa grave y arrogante del cobrizo terminó de fastidiarla.

—Parece que la princesa se levantó de mal humor hoy—expresó su indeseado acompañante con sorna—. ¿No dormiste bien, querida?

Ella se abstuvo de responder, enviándole una mirada glacial.

Entonces, la puerta se había abierto mostrando a la joven de la posada, quien se limitó a recoger los platos en silencio. Mientras el rey se ponía de pie y apartaba su atención de ellas, fue consciente de como la recién llegada la miraba furtivamente, con expresión poco amigable.

Segundos después, el pelirrojo le había ordenado volver a su dormitorio antes de acudir a echarle la llave.

Elsa se preguntaba por cuanto más podría soportar toda esa presión.

Por si fuera poco, no se había sentido del todo bien desde hacía un par de días. Si bien el mareo por viajar en barco no había perdurado demasiado, ahora se temía que hubiera algo en el ambiente que le provocaba cierta debilidad o le causaba las leves jaquecas, a las que había tenido que enfrentarse en la soledad de su dormitorio.

Tal parecía que estar lejos de casa, comenzaría a afectarle también físicamente.

Desde donde estaba, escuchó la puerta principal de la suite abrirse y después una serie de pasos que ya se había aprendido perfectamente de memoria. Sintió desazón y extrañeza al mismo tiempo, pues era más temprano de la hora en la que su desagradable captor había estado volviendo esos días.

La cerradura del picaporte se movió y volvió a verlo, haciendo gala del gesto prepotente que tan usual era en sus apuestas facciones.

—¿Extrañándome, querida?—le preguntó Hans con presunción.

La muchacha arrugó el ceño y posó sus ojos azules en la caja envuelta con papel de seda, que él cargaba debajo del brazo. El cobrizo se dio cuenta y esbozo una sonrisa de lado, que para nada la tranquilizó.

—Un pequeño presente de mi parte—explicó, cerrando la puerta detrás de sí y colocando el paquete en un sitio cercano.

Lejos de halagarla, aquel gesto despertó enormes sospechas en Elsa. Si algo había aprendido después de un breve período de tiempo de convivir cerca del rey, era que uno no podía fiarse de él con facilidad. Siempre tenía intenciones ocultas y maliciosas.

A ver que no hacía intento alguno por ir hacia su obsequio, Hans abrió él mismo la caja, sin dejar de lado la expresión altiva con la que la estaba encarando.

La princesa miró, en silencio, como extraía una prenda de la misma. Se trataba de un elegante vestido color azul cobalto que a simple vista, se notaba tan fino como los que estaba acostumbrada a llevar en casa. No obstante, ver aquel presente no le alegro en absoluto, tan solo se limitó a permanecer en su sitio, llena de curiosidad y aversión.

—Imaginé que Su Alteza estaría cansada de llevar siempre el mismo atuendo—dijo Hans con desdén, dejando que sus ojos la recorrieran de arriba a abajo y acariciando el ropaje que tenía en sus manos con los pulgares—. Claro está que espero que me sepa agradecer adecuadamente por mi generosidad.

Elsa encontró irónicas sus palabras, dado que en primer lugar, había sido él quien la había forzado a vestir de una manera más humilde de la que correspondía a su título. No se movió cuando le extendió el vestido, esperando que lo tomara sin reparo.

—No quiero nada que venga de usted—le espetó la rubia gélidamente.

El gobernante ensanchó su sonrisa displicente. Tal parecía que le divertía que le hiciera otro de sus desplantes.

—Tengo que recordarle su educación, Alteza. No está bien que desprecie el presente de un rey—hábilmente, el hombre se aproximó a ella de manera tal que una vez más la hizo retroceder hasta que su espalda toco la pared—, en especial cuando no tiene opción—agregó, hablándole al oído y acortando la distancia entre sus cuerpos.

Elsa apretó sus manos enguantadas en puños, consciente de que esta vez, había algo más que le preocupaba además de sus poderes. La fragancia que tan bien había llegado a conocer de la despótica persona que la tenía acorralada, estaba causando estragos en su capacidad para concentrarse y su cercanía, que tanta calidez emanaba de sí, también empezaba a afectarla.

Odiaba al rey con todas sus fuerzas y quería pensar que su reacción, se debía al enorme desprecio que le provocaba y lo mucho que le incomodaba su presencia.

—¿A qué se refiere con que no tengo opción?—consiguió preguntar, haciendo acopio de toda su frialdad—Me niego a aceptar cualquier obsequio suyo. Me repugna tener que tratar con usted.

Aunque con algo de temor por sus palabras, esperaba desafiarlo y borrarle esa sonrisa que tanto la había comenzado a atormentar en sus pesadillas.

Hans alzo una de sus manos hasta su rostro y le acarició la helada mejilla con el dorso, ignorando lo que le había dicho y observándola con un brillo peligroso en los ojos. Eso, debía admitir, era algo que le daba aún más inquietud que temer que si se hubiera molestado por su grosería.

—Elegí este vestido pensando en ti, Elsa—levantó la otra mano en la que aun sujetaba la prenda, acercándola a ella—. Quiero que te lo pongas para mí—murmuró en su oreja, erizándole la piel—. No aceptaré un no por respuesta, ya lo sabes. A mí no se me niega nada.

La aludida rechinó los dientes, sintiendo como era obligada a tomar aquella ropa cuando el pelirrojo la colocó en sus manos. Agradeció que al menos, hubiera dejado de tocarle el rostro.

—Ve a ponértelo, querida—le ordenó con prepotencia—. Muero por ver como luce en ti.

—Salga de aquí—le dijo ella a modo de exigencia, levantando la barbilla.

Lo único que obtuvo como respuesta, fueron las comisuras de los labios del rey alzándose con renovada presunción.

—Por supuesto que no, Alteza—dijo tranquilamente—. Quiero asegurarme de que se lo ponga.

Las mejillas de la muchacha se tiñeron de carmín, demostrando cuan avergonzada se había puesto tras escucharlo. El hecho de que insinuara que tenía que cambiarse de ropa en la misma habitación que él, le parecía de lo más indecente e incorrecto. Alguien de su categoría tenía que ser bien consciente de eso, pero todo indicaba que no se equivocaba al asegurar que ese hombre era un canalla.

Y buscaba alterarla de todas las maneras posibles. Antes de dejar que un acalorado reclamo escapara de su boca, Elsa se contuvo. Esa vez, no le daría la satisfacción de ver cómo se alteraba a causa suya.

Con toda la dignidad que le fue posible, le envió una mirada de desprecio antes de encaminarse detrás del biombo que se hallaba en un extremo del dormitorio. Sus manos temblorosas aferraron el vestido, sintiendo el tacto del satén a través de sus delgados guantes. Era un modelo bastante refinado, con una cintura entallada, mangas largas y un escote que si bien no resultaba escandaloso, si revelaba un poco más de lo que ella estaba acostumbrada, dejando los hombros al descubierto.

Incómoda, deslizo el sencillo ropaje marrón que vestía por encima de su cabeza, quedando únicamente con la enagua y su prenda interior inferior. Volvió a ruborizarse al mirar de reojo, la silueta del rey al otro lado del biombo.

Él no se había movido de su sitio y rogaba con todo su ser, que se abstuviera de acercarse y al menos respetara su intimidad.

Presurosamente comenzó a ponerse el vestido azul, sin poder evitar gustarle como este se ajustaba a su talle y la elegancia del corte. Hacía días que no portaba algo tan bonito y en su vanidad de mujer, reconocía que había sido una gran elección.

La prenda le sentaba como un guante, resaltando su esbelto cuerpo a la perfección. Se cerraba en la parte trasera con una serie de delicados corchetes, que se encargaban de mantenerlo en su lugar. Justo cuando estaba por llegar a los últimos, cayó en la cuenta de lo complicado que era abrocharlos y sus pálidos dedos temblaron de nuevo.

—¿Por qué tardas tanto?—preguntó Hans con impaciencia.

La princesa se mordió el labio con nerviosismo. Continúo intentando de acabar por cerrar el vestido, sin conseguirlo a causa del estremecimiento en sus manos.

Una vez más se ruborizó, si eso aún era posible, cayendo en la cuenta de las intenciones del rey al darle tan repentino obsequio. Como miembro de la realeza, ella siempre había contado con la ayuda de una doncella para portar trajes tan distinguidos como aquel. Se las había arreglado perfectamente en el tiempo que llevaba prisionera en las Islas del Sur, al llevar vestidos muy simples y con los cuales no necesitaba ningún tipo de asistencia.

Pero aquel iba a ser imposible terminar de colocárselo por su cuenta. Y Su Majestad, estaba segura, había estado consciente todo el tiempo de eso.

Lo maldijo con todas sus fuerzas, en silencio.

—Quiero verte, Elsa—la voz grave del cobrizo resonó con autoridad, nuevamente.

Aceptando con resignación la orden, la joven salió de detrás del biombo, con la mirada más altiva que pudo componer. El vestido permanecía en su lugar, aunque la zona superior de su espalda aún se mostraba descubierta.

Los orbes verdes del gobernante brillaron con placer al observarla.

Lentamente, camino hasta ponerse enfrente suyo, rehuyendo su mirada y odiando la forma en que la estaba examinando. Nada en su estadía lejos de casa, terminaría de hacer que se habituara a todas sus humillaciones.

—Te queda perfecto—Hans observó con admiración como el ropaje destacaba su delgada silueta.

La amplia abertura del escote hacía sobresalir su delicada clavícula y el azul del satén contrastaba con su blanca piel, resaltando la tonalidad de sus ojos. Sin duda alguna, aquel atavío era mucho mejor para ella que los vestidos de la servidumbre, que se había cansado de mirarle llevar.

Quizá en ese aspecto si podía tenerle consideración.

—Pero… —el monarca prosiguió hablando mientras suavemente la tomaba por los hombros y le daba la vuelta—, parece que hay un detalle.

Su mirada enseguida se posó en los corchetes abiertos y la palidez de la espalda de la princesa. Elsa enrojeció violentamente al percatarse de cómo era observada y de los dedos que la sujetaban. Dejó de sentir su toque cálido en torno a sus hombros, antes de que las manos del pelirrojo empezaran a abrocharle el vestido y quiso desaparecer.

Jamás había estado tan cerca de un hombre y si antes había sido todo un reto soportar que ese la besara y la abrazara de formas tan inconvenientes, el que la "ayudara" a vestirse le resultaba de lo más indecoroso. Tragó saliva a la vez que Hans se demoraba con toda intención, rozando con sus yemas la piel expuesta bajo su nuca.

Una vez que hubo cerrado el último corchete, ella quiso alejarse sin poder hacerlo debido al agarre que de nuevo sintió en sus hombros desnudos. Las manos de su acompañante los recorrieron con delicadeza, entreteniéndose sin darse prisa y provocándole escalofríos.

—Sabía que era el indicado para ti, Elsa—musitó él, atreviéndose a acercar los labios hasta su cuello—. Te ves hermosa, justo como debe hacerlo una princesa—beso su nuca y la chica quiso volver a escapar de su contacto. Hans se lo impidió.

—Suélteme—le exigió ella con odio.

—Esta noche vas a acompañarme, ¿sabes?—le habló Hans, actuando como si no la hubiera escuchado—. Quiero que todos te vean a mi lado—siguió besando la línea de su clavícula y disfrutando de los estremecimientos que causaba con ello.

Elsa no comprendía que lo había hecho cambiar de opinión tan drásticamente. Creía que lo único que le interesaba era mantenerla oculta de la vista de los demás. Bastaba con recordar la forma en la que se había molestado, por cómo había llamado la atención al llegar a la posada.

—Sabe que no funcionará—le dijo heladamente, tensándose y soportando que sus dedos le rozaran los hombros y sus labios en torno al punto sensible de su nuca—, no importa que me trate como a su querida y que se empeñe en que la gente me vea así. No va a obtener nada de mí.

Una leve carcajada abandonó la garganta del cobrizo.

—Mi querida niña—le dio la vuelta para mirarla a los ojos—. Me temo que eso está por verse.

Ella torció los labios cuando Hans le acarició el pómulo.

Y sin quererlo, tembló por dentro ante lo sutil de su amenaza.


El rey no le había mencionado ni por asomo el sitio al que le acompañaría esa noche. Apenas oscureció, se vio llevada por él de la mano hasta el carruaje que les esperaba en la entrada del hotel y tuvo a bien no decir una sola palabra durante todo el trayecto, para mirar por la ventana.

Sintió su mirada penetrante clavada en ella en cada instante del camino, pero al menos, no rompió el silencio con alguno de sus petulantes comentarios.

Elsa se había puesto de nuevo la capa de color burdeos, que para ella se había vuelto una obligación portar. Si bien el hombre le había dicho que quería que todos se dieran cuenta de que estaba a su lado en esa ocasión, aun no parecía estar abierto a que atrajera más miradas de las necesarias.

Era una persona muy difícil de entender y la princesa ya se había dado por vencida en ello.

El lugar al que resultó que acudirían, era el centro del pueblo, en donde se había reunido una considerable concurrencia. Al parecer, algo estaba por suceder allí, que la gente esperaba con gran emoción. Con renuencia, bajo del carruaje obligada a tomar de nuevo la mano de Hans para entrar en una elegante construcción que se erigía frente a la plaza principal, seguidos de su escolta. Al parecer, estaban ingresando en el palacio del gobernador de la isla en la que se encontraban.

Un par de hombres uniformados hicieron una reverencia ante el pelirrojo, antes de darle paso hacia una amplia escalinata por la que ascendieron para entrar a una enorme habitación, cuyas puertas fueron cerradas.

Los guardias que siempre acompañaban al rey permanecieron afuera, dejando a la pareja a solas en la estancia.

Elsa miró a su alrededor con algo de incomodidad. El recinto al que habían entrado tenía una fina alfombra de terciopelo y algunos cuadros colgados en las paredes. Era un sitio elegante pero sencillo. Un par de amplias puertas de cristal daban a un balcón desde el que se podía vislumbrar la plaza de la ciudad y cerca de allí, se hallaba un comedor en el que se habían dispuesto dos lugares. Varias velas en un par de candelabros iluminaban la antesala.

Sin saber porque, la princesa se sintió enrojecer levemente ante la visión. No era la primera vez que estaba sin la compañía de nadie más con el rey, pero si la primera en la que él parecía dispuesto a tratarla como se hacía con alguien de su rango.

—¿Qué estamos haciendo aquí?—preguntó con algo de timidez.

El pelirrojo sonrió de lado y con una señal de su mano, la instó a tomar asiento en la mesa, retirándole una silla. La muchacha camino mirándolo por el rabillo del ojo con algo de recelo y se sentó, permitiendo que la acercara al comedor antes de hacer lo mismo en la cabecera, a su lado.

Ella desconfiaba enormemente y tenía buenas razones para hacerlo, pero debía admitir que su curiosidad era más grande en aquellos instantes.

—Hoy es el aniversario de la fundación del pueblo—explicó Hans—, a partir de esta fecha la gente comienza a celebrar. Los festejos se extienden tres días.

Desde donde estaba sentada, Elsa podía ver las afueras a través de las puertas de cristal que conducían al mirador. Ahora sabía la razón por la que había tantas personas reunidas en el exterior.

—La noche anterior a ese período se prepara una demostración con fuegos artificiales. Es tradición en esta isla.

—¿Y me trajo aquí para ver todo eso?—inquirió la chica con auténtica sorpresa.

—Te traje aquí para hacerme compañía—respondió Hans con seriedad—. Te lo dije en la posada.

Elsa lo miró con extrañeza por algunos segundos. Tenía la impresión de que el rey jamás dejaría de ser un enigma para ella. Uno nunca podía adivinar cuál iba a ser su próximo movimiento y la repentina consideración con la que la trataba la tenía desconcertada.

—¿Habías visto algo igual alguna vez?—le cuestionó él, devolviéndole la vista y observándola negar con la cabeza.

—Le mencioné que no salía mucho de palacio—contestó la muchacha en voz baja, después de una pequeña pausa en la que intuyó que esperaba una mejor respuesta.

—En ese caso Alteza, espero que disfrute del espectáculo.

Faltaba todavía un rato para que las luces artificiales dieran comienzo, por lo cual comenzaron a cenar en cuanto un par de mozos entraron al salón a servir los platillos. Al principio se hizo el silencio, hasta que el pelirrojo comenzó a conversar acerca de lo que sucedería en la isla a partir de esa noche.

Elsa lo oía con atención, reparando en que a él le complacía que lo hiciera. Como la persona introvertida que era, no era muy dada a hacer conversación y se consideraba mejor escuchando, cosa que a su compañero no parecía incomodarle.

Se enteró de que la isla en la que estaban se llamaba Fanø* y era una de las más pequeñas de su reino. Después de resolver los problemas por los que había tenido que viajar hasta allí (y de los cuales no mencionó grandes detalles), había decidido tomar la invitación del gobernador para permanecer en las festividades que se llevarían a cabo. Era por eso también, que le había cedido esa habitación del palacio para su uso personal por esa ocasión, ya que nunca antes se había quedado para formar parte de la celebración.

Con profunda sorpresa, la princesa cayó en la cuenta de que era la primera vez que hablaban sin discutir; si así se le podía decir al hecho de que el rey era el único que lo hacía y ella solo asentía de vez en cuando o soltaba alguna pregunta con timidez.

No dejaba de impresionarle lo mucho que ese hombre podía llegar a cambiar a cada instante.

Si se lo pensaba bien, en realidad era muy agradable estar de esa manera con él. Simplemente oyéndolo y sin ninguna insinuación de su parte. Podía notar que a pesar del despotismo que había mostrado hasta entonces, en realidad se preocupaba por sus súbditos.

—¿Está disfrutando de la velada, Alteza?

La nueva pregunta la tomó desprevenida, haciendo que se limitara a asentir con la cabeza como hiciera tantas veces mientras estaba de oyente. Y pese a sus sospechas, en verdad lo hacía.

—Están a punto de comenzar los fuegos—dijo Hans incorporándose después de mirar hacia el reloj que se mostraba en una de las paredes—. Sígame, Alteza. Esto le va a gustar.

A pesar del tono de voz sardónico que utilizo, Elsa le hizo caso. Quería preguntarle porque hacía todo aquello, pero al mismo tiempo, no quería arruinar los primeros momentos de tranquilidad que estaba teniendo desde su estancia en la isla. Cuando volvieran a la posada, no sabría que debía esperar de él.

Hans abrió las puertas que daban al balcón, permitiéndole pasar. Uniendo las manos frente a sí, la joven salió sin acercarse demasiado al borde de la balaustrada. Solamente observó como él lo hacía, recibiendo el reconocimiento de la gente reunida en la plaza antes de que los primeros fuegos estallaran en el cielo.

En Arendelle, Elsa había contemplado desde su ventana muchas veces, la visión de las auroras boreales que se mostraban en invierno. La escena que ahora se hallaba avistando le traía muchos recuerdos de su hogar. Con una mezcla de nostalgia y tranquilidad, se encontró disfrutando del colorido espectáculo que se mostraba en el manto nocturno, deseando con más ansias que nunca estar en su tierra.

¿Sería que alguna vez podría volver allí?

Su expresión concentrada y melancólica no le pasó desapercibida al gobernante, quien sintió removerse algo en su interior al verla de esa manera. Pero no hizo más que ignorar esa sensación a la vez que volvía a acercarse a ella.

—¿Qué te parece, Elsa?

La princesa se volvió hasta él, sin saber que era lo que debía responder. Recordar su propio reino le había hecho acordarse del resentimiento que le guardaba por no permitirle regresar, aunque después de cómo habían transcurrido las cosas hasta entonces, había una parte de ella que la estaba conteniendo de discutir.

—Es muy hermoso—contestó tras unos segundos de permanecer callada—. Es lo más bonito que he visto desde que estoy aquí.

Una punzada en su cabeza la hizo cerrar sus ojos con fuerza, apartándolos de las luces en el cielo. Llevo una de sus manos hasta su sien y por un instante, la pareció que dejaba de sentir el suelo bajo sus pies. Todo a su alrededor se volvió borroso. El estallido de los fuegos se había vuelto un sonido imposible de soportar.

—¡Elsa!

Los brazos de Hans la sostuvieron antes de que cayera desvanecida. Sus ojos, que se habían nublado momentáneamente, volvieron a enfocar lo que la rodeaba con nitidez y se toparon con un par de orbes esmeraldas que la miraban con lo que parecía ser auténtica preocupación.

¿Estaba preocupado por ella?

—¿Qué sucede?—le dijo a la vez que su mirada celeste se llenaba de confusión.

Aun sosteniéndola con firmeza el rey la llevo adentro con cuidado, cuando ella comenzaba a preguntarse qué era lo que había ocurrido. Se había sentido un poco mareada un par de veces en esos días, aunque no le había dado importancia.

—Ya me encuentro mejor—pronunció, ansiosa por liberarse del agarre de sus manos en torno a sus hombros y cintura.

Fue dejada en una silla delicadamente e inmediatamente, se perturbo cuando el pelirrojo se inclinó sobre ella y le tocó la mejilla y la frente con el dorso de su mano, hallándola tan fría como siempre. Pero el momentáneo vértigo que acababa de tener no lo engañaba.

—Volvamos al hotel—dijo—. Llamaré a un médico para que te revise.

Elsa quiso negarse, pero los reclamos murieron antes de salir de sus labios, viendo que él la tomaba del brazo para ponerla en pie y conducirla hasta la salida con obvia decisión. Todavía se sentía un poco débil.

¿Qué sería lo que había ocurrido?

Lo único que se halló queriendo hacer durante el callado regreso a la posada, fue meterse en la cama y dormir largo y tendido, presa de una repentina fatiga. Podía sentir la observación vigilante de Hans encima de ella y aunque en otras ocasiones, normalmente le habría molestado, lo único en lo que podía pensar entonces era en descansar.

De la misma forma en la que fue sacada del palacio de gobernación, así mismo fue conducida hasta la suite del hotel, viendo pasar las puertas de las habitaciones frente a sí como un relámpago.

Como pudo, la muchacha se las arregló para desprenderse de las manos de su acompañante y caminó hasta la entrada de su habitación, con él pisándole los talones.

Escuchó que la llamaba.

—Solo necesito dormir—dijo volviéndose hacia él brevemente.

—Tiene que verte un doctor—las palabras parecían una orden.

—Me siento mejor, Majestad—insistió.

Era verdad. Tan solo había tenido un mareo repentino. El color había regresado a sus mejillas y ahora, tan solo se sentía algo cansada.

Hans la miró atentamente y pareció convencerse de su mejora, con algo de recelo.

—Le agradezco la velada, Su Majestad—el agradecimiento abandonó su garganta sin ser verdaderamente consciente de ello.

No tenía prácticamente nada por lo cual pudiera darle las gracias a ese hombre, pero esa noche debía admitir, la había pasado bien. Y eso le tenía consternada. Seguía preguntándose sin poder remediarlo, a que se debía un cambio tan brusco en el gobernante.

Pero tan pronto como le hubo dicho esto último, la habitual sonrisa arrogante que lo caracterizaba volvió a aparecer en sus facciones, como un mal augurio.

—Espero que me lo sepas agradecer con más entusiasmo—llevó la mano hasta su pómulo para recorrerlo con su pulgar y se agachó hacia ella, buscando besarla de nuevo. Eso la alarmó.

—¿Qué es lo que hace?—le espetó Elsa formando también su usual máscara de frialdad.

—La has pasado bien esta noche, ¿no es así?—Hans le rodeó la cintura con los brazos—¿No te parece que merezco algo a cambio?

Que equivocada había estado al pensar que el rey haría las cosas desinteresadamente. Con amargura, comprobaba una vez más que siempre debía tener intenciones ocultas detrás de cada acción aparentemente buena que cometía. En vano, intento empujarlo.

—Veo que la princesa sigue teniendo problemas con sus modales.

—¡Aléjese de mí!

—¿Cuánto tiempo vas a seguir negándote, Elsa?—la acercó más hacía sí para hablarle al oído—Sabes que al final acabarás entregándote a mí… te guste o no—añadió peligrosamente.

—No hay manera en que yo me acerque por voluntad propia a un ser tan despreciable como usted—contestó ella reuniendo todo el desdén que le inspiraba y sintiendo desagrado ante la manera en que continuaba sosteniéndola en un abrazo firme.

Hans apretó los dientes, exasperado. La mayor parte del tiempo, disfrutaba poniendo a prueba el carácter de la jovencita que tenía entre sus brazos, deleitándose con cada estallido de mal humor al que la incitaba y al ver como la ponía nerviosa con cada uno de sus acercamientos.

Pero había veces, como aquella, en la que se sentía al límite de su paciencia; especialmente cuando tenía tantas ansias por conseguir de ella algo más que un beso robado.

¿Por qué se hacía la difícil? Nunca antes le había sucedido con ninguna otra mujer.

Y esta, era una chiquilla que no tenía experiencia alguna en el terreno amoroso. Debería caer rendida ante él pero se le resistía con una persistencia asombrosa.

Y eso empezaba a fastidiarle.

Con enfado contenido, inclinó la cabeza para presionar su boca contra la de la princesa, forzándola a abrir los labios. Dominantemente, movió los suyos por encima, enterrando una mano entre los cabellos de su nuca para impedir que se apartara. La sintió resistirse debajo de él, pero pudo controlarla sin esfuerzo. Sus pequeñas manos que trataban de empujarlo, apenas si lograban afectarlo.

Había algo adictivo en la piel y el sabor de esa chica, que siempre le imposibilitaba no querer más.

Elsa clavó sus dientes con fuerza en el labio inferior del pelirrojo, provocando que se separara bruscamente de ella, con los ojos llenos de frustración.

Liberándola del abrazo, Hans se limpió con el dorso de una de sus manos la diminuta gota de sangre que brotó en la parte inferior de su boca y no tardo en sentirse indignado. Un sentimiento furioso se apoderó de su pecho.

La mocosa lo había mordido. Esa niña se había atrevido a hacerle daño.

Sin decir nada, rápidamente la aferró de la muñeca haciendo que se tensara y lo observara con desconfianza y un velado temor.

—Jamás vuelvas a hacer algo así—no estaba levantando el tono de su voz, pero la forma en la que le hablaba dejaba en claro que no se estaba andando con juegos—. Nunca vuelvas a intentar lastimarme Elsa, si sabes que es lo que te conviene.

—¡Entonces no vuelva a tocarme!

—No me dirás lo que tengo que hacer, mocosa—apretó un poco más su delgada muñeca—. No me pongas a prueba. Sabes que puedo castigarte.

Ella se quedó viéndolo con altivez, dándole a entender que le tenía muy sin cuidado cualquier castigo que pudiera darle, aunque por dentro no estuviera dispuesta a averiguarlo. Sus miradas se cruzaron con mutuo rencor y luego, Hans salió del dormitorio, cerrando la puerta fuertemente.

Le daba gusto a esa chiquilla malcriada una noche ¿y qué era lo que obtenía a cambio? Solamente desplantes.

Pero no iba a dejar de insistir hasta que dejara de lado esos aires de grandeza. Estaba muy lejos de su hogar y tenía que aprender que junto a él, no era nadie para mantener su actitud de desdén.

Con impaciencia, se pasó una mano por los cabellos a la vez que terminaba de echarle la llave a la cerradura. Estaba muy frustrado. Extrañaba sentir la grácil figura de Elsa entre sus brazos, que ahora se sentían muy vacíos sin su presencia. No sabía cómo frenar los latidos de su corazón, ni llenar esa necesidad que tenía por tocarla otra vez.

¿Qué era lo que tenía esa chica para ser capaz de trastornarlo así?

—Su Majestad—se dio la vuelta para descubrir detrás de él a la posadera de cabello castaño, que tan esmerada se había mostrado por servirlo en esos días.

Con algo de timidez, ella se le acercó y puso una de sus palmas en su brazo, dándole a entender que se encontraba dispuesta. Al igual que antaño.

—Parece usted muy cansado—le dijo con obvia sumisión—, ¿hay algo que pueda hacer para ayudarlo?

El tono incitativo de su cuestión era inconfundible y los labios entreabiertos y los grandes ojos oscuros, le hacían saber que no tendría reparo alguno en asistirlo para calmar sus ansias.

Tras mirarla con atención un par de segundos, Hans se encaminó hasta su habitación, dejando que ella ingresara tras él, cerrando la puerta una vez que estuvieron dentro.

Bruscamente, el rey le puso las manos en las caderas y los brazos de la muchacha no tardaron en enredarse alrededor de su cuello. La boca masculina buscó la suya con despecho, esperando desquitar el rechazo que había sufrido esa noche. Un gemido proveniente de su compañera le dejó en claro que conseguiría saciarse fácilmente.

Pero no era eso lo que quería.

Sin sentir nada en absoluto, beso los labios tibios de la posadera y se alejó luego de un instante. No tenía caso alguno.

Ella no era lo que buscaba. No tenía el pelo rubio, ni la piel blanca como la nieve, ni los ojos de ese impresionante color azul que tanto aparecían en sus sueños últimamente. No poseía ni un ápice del carácter de la princesa, que no dejaba de despertar su interés conforme pasaban los días. Con rabia, se percató de que no podría volver a sacarse a Elsa de Arendelle de la cabeza.

Nunca se sentiría satisfecho si no estaba con ella.

Soltó a la posadera, de la cual no recordaba ni el nombre, recibiendo a cambio una mirada confundida.

—Desaparece de mi vista—le ordenó, procediendo a ignorarla y dejándola de lado.

Los ojos castaños de ella se llenaron de dolor y el labio inferior le tembló. Lentamente se obligó a si misma a abandonar la habitación, sintiendo como se derrumbaba por dentro. El rey ya no necesitaba ni quería más de sus atenciones.

Todas sus aspiraciones se habían desvanecido de un momento a otro.

Con profundo odio, miró hacia la puerta blanca que se hallaba al lado de los aposentos del gobernante y maldijo a la huésped que lo acompañaba.


El siguiente par de días transcurrió con total tranquilidad para Elsa. Con mucha razón, pensaba que la última de sus insolencias para con el rey lo había molestado tanto, que había ordenado que todos sus alimentos se los llevaran a su habitación, de la cual no había vuelto a salir. Él tampoco había ido a verla.

Se preguntó si en aquella ocasión, su rechazo habría sido suficiente como para que se abstuviera de una vez por todas de tocarla. Eso, pensaba ella, sería un cambio que no le vendría nada mal.

No podía esperar a que estuvieran de vuelta en el palacio, para terminar con sus averiguaciones y escaparse a Arendelle de cualquier manera. Tal vez allí le esperaran algunas tareas pesadas como castigo, pero honestamente, prefería eso a soportar la cercanía del pelirrojo que aunque bien parecido, no podía inspirarle otra cosa que resentimiento.

Jamás podría sentirse atraída hacia alguien como él.

Sin embargo estaba algo preocupada, puesto que sus malestares se habían incrementado. Había momentos en los que se sentía débil y mareada, y sus dolores de cabeza se habían hecho algo más frecuentes. No comprendía lo que le estaba sucediendo.

Desde luego, Elsa no había dicho ninguna palabra al respecto pues tampoco quería hablar con el rey después de su último enfrentamiento.

Se había hecho a la idea de que tal vez, lo suyo era algo pasajero y a lo mejor tenía que ver con el estrés que suponía estar lejos de casa, en un país desconocido y en un ambiente que le era tan hostil. Sin mencionar que el clima en las Islas del Sur era más húmedo, aun en invierno.

La puerta de su habitación se abrió y por ella, ingreso la posadera a cuyas miradas recelosas se había terminado por acostumbrar en esos últimos días.

Los orbes oscuros de Catrine se fijaron en ella con desagrado, antes de dejar en una silla cercana un paquete alargado y volverse para retirar la bandeja vacía a medias de comida, que estaba colocada en la mesita del lugar.

—De nuevo no se terminó todos sus alimentos, señorita—le dijo cortantemente. Había regresado a las formalidades pero la manera en la que le hablaba, ciertamente carecía de verdadero respeto—. ¿Qué le pasa? ¿Acaso lo que le servimos no es lo suficientemente bueno para usted?

La princesa frunció el ceño.

—Pasa que no tenía mucha hambre—contestó secamente, ganándose un sonido airado de la otra, que salió momentáneamente para dejar la bandeja afuera.

Cuando regresó, su semblante poco amigable no había cambiado en lo absoluto.

—Su Majestad ha enviado esto para usted—anunció señalando la caja con la que había entrado y al parecer, el presente no era en absoluto de su agrado—, ha ordenado que se lo ponga para salir esta tarde.

Elsa estuvo tentada de decirle que le comunicara que no estaba dispuesta a ir a ninguna parte en su compañía, más se contuvo de hacerlo. Ya sabía de sobra que aunque se negara, nada podía hacer para desobedecerle, pues lo más probable era que terminara sacándola a rastras del dormitorio o algo parecido. Además de que la joven no parecía estar dispuesta a acatar exigencias que no fuesen las de él.

De modo que simplemente se quedó observando, sin relajar su entrecejo, como ella desenvolvía el paquete para sacar un nuevo vestido, tan lujoso como el que había recibido un par de días atrás y que se había abstenido de utilizar de nuevo.

Este traje era de un llamativo color verde esmeralda, con mangas tres cuartos y un escote menos pronunciado que el anterior. Ribetes plateados se podían observar en torno al ruedo de la falda, en la cintura y en torno al cuello. Era una prenda de ensueño que a ella, no obstante, no le hizo sentirse bien en absoluto.

Por el contrario, sintió un nudo incómodo en el estómago.

—Quítese el que lleva puesto para que pueda abrocharle este—la orden de la posadera fue escueta y muy chocante.

Sabiendo que no tenía remedio ponerse a discutir, la rubia suspiro pesadamente y se quitó el ropaje que llevaba encima, dándole la espalda a la otra.

Se puso de pie en medio del vestido que la castaña había abierto y no tardó en sentir como este era deslizado, sin ninguna amabilidad, hacia arriba para que se colocara las mangas.

Enseguida le fue abrochado con algo de brusquedad, pero no hizo intento alguno por quejarse. En ese instante, agradecía el hecho de no llevar corsé; pues esa era una prenda interior que no había podido utilizar desde que en el castillo, le fueran asignadas ropas más sencillas. De haberlo llevado, lo más seguro es que su desagradable acompañante se hubiera empeñado en ajustar los cordones hasta dejarla sin respiración.

De cualquier manera, también era un complemento que nunca le había gustado y su delgada silueta no lo hacía indispensable.

Catrine observó con envidia como aquel traje se ajustaba a la figura de la muchacha y sintió una punzada de celos. Ella era quien tendría que llevar aquel vestido y acompañar al rey, en vez de esa mocosa petulante. La odiaba con fervor.

En todos los días que había tenido a Su Majestad como huésped, sus acercamientos habían sido en vano. No se acordaba siquiera de su nombre.

Cada vez que trataba de insinuársele, lo único que recibía como respuesta era una mirada severa o una orden tosca para que se retirara. Y eso si andaba de suerte, puesto que la mayor parte de las veces simplemente había sido ignorada, como si fuera un elemento más del mobiliario de su habitación.

En cambio, ya había notado como el hombre buscaba con insistencia a la niña malcriada que se había llevado con él. Los dos últimos días la había ignorado también, pero aun así no le había pasado desapercibido como observaba su puerta, haciendo gala de una expresión entre frustrada y anhelante que la ponía enferma. A esas alturas, había perdido casi todas las esperanzas que tenía.

Pero en el fondo, se alegraba de que la pareja mantuviera esa tensa relación. Y si podía poner algo de su parte para asegurarse de que continuara siendo así, no dudaría en hacerlo.

—¿Sabe? No comprendo porque Su Majestad ha cambiado tan radicalmente sus gustos—hablo, sin molestarse en ocultar su desdén hacia la platinada quien solo se mantenía tensa—, me consta que está acostumbrado a tratar con mujeres de más experiencia.

—¿Qué es lo que quiere decir?—Elsa no pudo evitar alterarse ante aquella afirmación.

Escucharle decir eso, solo confirmaba que esa posadera creía que tenía algo que ver con el rey y eso sencillamente, era indignante. Pero además, que claramente la menospreciase con sus palabras tan abiertamente, era una cosa que no estaba dispuesta a tolerar. Ya suficiente había tenido con sus maneras bruscas y las miradas de descortesía que le dirigía.

—Oh, no debe tomar a mal lo que digo, después de todo es la verdad—la morena terminó de poner en su lugar el último corchete del vestido e inmediatamente se vio la vuelta para encararla—. Usted es demasiado joven. Y está claro que no sabe cómo complacer a alguien como Su Majestad.

La expresión de Elsa se crispó.

—Por supuesto que no—respondió con gélida tranquilidad, aunque por dentro cada vez se hallaba más exasperada—y tampoco deseo hacerlo.

—No la culpo, una muchachita tan inexperta jamás podría estar a la altura de lo que espera Su Majestad en la alcoba—la princesa enrojeció violentamente ante dicha mención—. En verdad es extraño que él se haya animado a probar con algo diferente. Aunque es claro que ya se arrepintió de hacerlo—la castaña esbozó una sonrisa engreída—. Ha tenido suerte de que esté presente o se habría encontrado muy solo por las noches.

Elsa arqueó una ceja.

—En efecto señorita, he tenido que ser yo quien supla su falta de capacidades en ese aspecto—soltó Catrine con toda intención de perturbarla—. El rey ya estaba acostumbrado a que lo hiciera. No es la primera vez que viaja hasta acá.

Llegadas a ese punto, la ojiazul se encontraba totalmente llena de indignación. Nunca había concebido que ninguna mujer, aunque no fuera noble cuna, hablara con tanta libertad de los asuntos de alcoba. En especial si los tenía con alguien con quien no estaba casada.

Y detrás de ese sentimiento, surgió otro por el que no quiso dejarse llevar. Imaginarse al rey tocando a esa mujer de la misma forma en que lo hacía con ella, provocó que sintiera como se le revolvía el estómago además de una especie de… ¿decepción?

La posadera pareció advertir algo en su expresión, puesto que ensanchó su sonrisa.

—¿No se lo mencionó?—insistió con fingida inocencia—Que raro, Su Majestad parecía tenerle muchas consideraciones.

—Váyase—dijo Elsa volviendo a encubrir sus ojos con la apariencia gélida, que tan bien le hacía siempre para impedir que delataran sus emociones.

—¿Dije algo que le molestara?

—Déjeme sola—le hablo demandante—. No le encuentro ningún sentido a esta conversación.

Satisfecha con la duda que había plantado, la castaña salió del dormitorio y Elsa suspiró una vez más, antes de sentarse en el borde de la cama.

Con la clase de persona que era el rey, sabía que no debería extrañarle que se metiera con otras mujeres de una manera tan vil. De hecho, era algo a lo que ni siquiera debería concederle la menor importancia.

Entonces ¿por qué sentía esa especie de desilusión que empezaba a disgustarla?


El carruaje avanzó por entre las calles empedradas de la ciudad, en las que se mostraba una gran algarabía. Banderas con los colores distintivos de Fanø decoraban los ventanales de varias casas y la insignia con el escudo distintivo de las Islas del Sur, se mostraba también en varios rincones. De todos lados parecía brotar música y en las plazuelas, la gente bailaba y reía.

Se habían colocado también varios puestos de comerciantes en los callejones y alrededor de las calles.

El ambiente dentro del vehículo no podía ser más tenso. Como siempre, Elsa se había limitado a mirar por la ventana, tratando de hacer como que no se daba cuenta de las miradas severas que recibía por parte de Su Majestad.

—Veo que decidiste usar el vestido que compre para ti—el pelirrojo rompió el silencio, haciendo que ella por fin, lo mirara por el rabillo del ojo.

—¿Tenía otra opción, acaso?—replicó ella sin molestarse por disimular su tono de resentimiento.

—Me esperaba una rabieta tuya, si he de ser sincero—le dijo Hans sarcásticamente—. Si algo me ha quedado claro, es que Su Alteza no es una persona muy agradecida.

—Y si algo me ha quedado claro, es que usted jamás hace nada en favor de nadie sin tener una mala intención detrás para ello—soltó Elsa con atrevimiento, escuchando su risa.

—¿Mala intención? Lo único que pretendo es que la pases bien, querida. Si dejaras de empeñarte en fingir que te repugna tanto mi compañía…

—No finjo en absoluto lo desagradable que me es su compañía—intervino la chica cortantemente.

—…te darías cuenta de que no es demasiado lo que pido de ti. He tenido bastante paciencia con tus desplantes, Elsa. ¿Cuándo te vas a cansar de retarme?—el cobrizo adoptó un gesto aburrido—Las cosas podrían ser tan sencillas si tú lo quisieras.

—Pero usted las tiene bastante sencillas—siseó ella—. Tan solo tiene que acudir con su amante, en vez de buscar algo que no encontrará en mí.

Hans enarcó una ceja.

—¿Amante?—repitió divertido.

—La mujer de la posada desde luego—reveló Elsa fríamente—, de quien recibe tanta atención.

El rey sonrió para sus adentros. No había tocado a dicha criada durante toda su estadía en esa isla y el contacto íntimo que había llegado a tener con ella, se limitaba únicamente a un par de veces en el pasado; cuando se le había presentado una oportunidad fácil de obtener algo de entretenimiento en medio de su agitada rutina como gobernante.

—¿Acaso sientes celos, querida?—cuestionó, regodeándose al pensar en dicha posibilidad.

—Me parece repugnante—le espetó Elsa—, primero ella y luego pretende que sea yo. Nunca en mi vida me había topado con una circunstancia tan desagradable.

—Si quiere ser la única, no tiene más que decirlo Alteza—Hans la observó con sobrada ironía—. Una palabra suya y estaré gustoso de que sea la única que me dé gusto con sus atenciones.

La platinada tensó sus labios. ¿Cómo se atrevía ese hombre a hablarle de dicha manera? Ella era una princesa a la que jamás se le ocurriría pensar en la posibilidad que mencionaba y él, era el peor de los canallas por hablarle así.

—¿Cómo osa insinuarme semejante cosa?—preguntó apretando los dientes—¿Por qué piensa que sería capaz de rebajarme como esa mujer? ¡Y con alguien como usted!

—Vamos querida, no tienes porque sentir celos. Lo que haya hecho con esa chica no tiene importancia alguna—el rey se inclinó hacia ella sin dejar de lado su gesto de prepotencia—. Además, estoy seguro de que tú serías mucho mejor en la alcoba.

La sonora bofetada que descargó en la mejilla del pelirrojo, resonó por todo el interior del carro. Dándose cuenta demasiado tarde de la grave falta que había cometido, Elsa se llevó la mano con la que lo había lastimado al pecho, temblorosa y con los ojos abiertos como platos.

Él no emitió queja alguna, pero el impacto con el que lo había alejado de si había tenido la fuerza suficiente como para hacer que volviera la cabeza a un lado. Su pómulo estaba notablemente enrojecido.

Transcurrieron tan solo un par de segundos entre dicha escena y la puerta del carruaje, siendo abierta por un paje.

Obedeciendo a sus impulsos, la princesa salió disparada del interior ante los ojos del sorprendido sirviente, saltando al suelo y corriendo sin rumbo fijo. Algunas personas alrededor se habían vuelto para observar con algo de asombro, pero ella apenas y se dio el tiempo para reconocer esto, antes de perderse entre la multitud que andaba por la plaza.

Sintiendo una oleada de furia dentro de sí, Hans atinó a cubrirse la mejilla lastimada antes de notar que abrían la puerta del carruaje y al instante, el cuerpo de la muchacha saliendo como un bólido del mismo. Demasiado tarde quiso incorporarse y tomarla del brazo, solamente alcanzando a rozar la manga de su vestido antes de que desapareciera.

Rápidamente, se apresuró a salir también del vehículo buscando con la mirada a Elsa. No se la veía por ningún lado.

Pronto, el dolor que sentía en el rostro pasó a segundo plano.

La ira fue reemplazada por auténtica sorpresa y frustración, y luego con desesperación. Había un montón de gente allí y era tan fácil perderse entre ella.

—¡Elsa!—gritó, sin importarle las miradas curiosas y consternadas que atraía de sus súbditos más próximos.

Maldiciendo con todas sus fuerzas, se volvió hacia sus guardias, que habían bajado de la parte trasera del carruaje sin poder actuar a tiempo para evitar la huida de la muchacha. Sus ojos verdes se posaron con furia en su escolta.

—¡Vayan a buscarla!—gritó demandante—¡Encuéntrenla!

Desesperada, Elsa corrió y se metió en una amplia calle, esquivando a las personas a su paso y sin atreverse a mirar atrás. Era un milagro que en su repentina escapada, no dejara ningún rastro de escarcha tras de sí. El corazón le latía acelerado y se encontraba más alterada que nunca.

"No sientas… ocúltalo… no sientas… contrólalo…"

El hielo estaba por salir de ella. Detuvo su carrera al divisar un pequeño callejón en el que se introdujo con la respiración entrecortada.

Había golpeado a un rey. Había caído en sus provocaciones y finalmente, se había atrevido a responder de una manera que poco tenía que ver con la educación real que había recibido. Estaba metida en un grave problema y era seguro que si la encontraban, terminaría el resto de sus días en un calabozo.

Temblando, no se percató de que una fina capa de hielo se formaba debajo de sus pies. Ya debían estar buscándola y apostaba lo que fuera a que en cuestión de un par de minutos, los guardias reales estarían haciendo ya alboroto por las calles, buscándola.

La sola idea la aterrorizó y la temperatura descendió varios grados a su alrededor.

Debía tratar de tranquilizarse, debía controlarse y pensar con claridad. ¿Qué era lo que iba a hacer?

Lo primordial era no dejar que la encontraran tan fácilmente. Con un poco de suerte, tal vez podría ocultarse y llegar hasta algún puerto, y entonces… sus ojos azules se iluminaron brevemente, al pensar en la posibilidad de volver a Arendelle. Debajo de su vestido, cargaba con una cadena de oro que le había dado su madre y de la que jamás se desprendía. Seguro que con eso le bastaba para pagar el pasaje de vuelta a su hogar.

Aunque por otra parte, estaba sola, no conocía ese sitio y jamás había estado en las afueras. Cualquier persona podría aprovecharse de ella y más si oscurecía. Ese pensamiento la estremeció.

Sin embargo tenía que intentar. Ya estaba lejos del rey y por lo que más quería, juraba que no volvería a caer en las garras de ese hombre; en especial después de lo que había sucedido. De modo que intentando ser valiente y componiendo su habitual fachada de frialdad, se echó la capucha de su capa sobre la cabeza y sigilosamente, salió por el lado opuesto del callejón. Tan solo esperaba no toparse con nada ni nadie desagradable.

A sus espaldas, el lugar en el que había estado de pie quedó marcado con escarcha.


Elsa llevaba horas caminando y se había alejado bastante del centro de la ciudad. Lo primero que había pensado, fue que debía tener bastante suerte como para haber pasado desapercibida hasta entonces. Pero si conocía bien al rey, sabía que él ya habría movilizado a todos los hombres a su cargo y hasta a la gendarmería de la ciudad para llevarla de vuelta a él.

Y aún no había dado con ningún puerto.

Abatida, se recargó contra el muro de un pequeño establecimiento. Había llegado a una zona más tranquila del pueblo, llena de casas de madera y pequeños negocios. No había mucha gente caminando por las calles y eso la tranquilizó. No debía dejar que nadie la reconociera. No podía creer que hubiera caminado tanto.

¿Qué iba a hacer ahora? Estaba cansada, hambrienta y sin ninguna señal que le ayudara a orientarse. Hasta ese entonces no había reparado en pedir indicaciones a alguna persona que pasara. Quizá era un buen momento para hacerlo.

Un repentino mareo se apoderó de ella y tuvo que apoyarse de lado contra la pared. Se sentía muy débil a causa de lo mucho que había corrido y andado, y otra punzada comenzaba a hacerse presente en su cabeza. ¿Qué le estaba pasando?

—Señorita, ¿se encuentra bien?—preguntó una voz frente a su lado y Elsa se volvió para ver a su interlocutor.

Se trataba de un joven alto y de cabello y ojos negros, que le miraba con seria preocupación. Poseía facciones agradables y no tendría más de veintidós o veintitrés años. Su mirada oscura brillo con repentino asombro y admiración al verla a la cara, mientras entreabría ligeramente los labios.

—¿Le sucede algo, señorita? ¿Hay alguna cosa que pueda hacer por usted?—inquirió rápidamente, atreviéndose a tomarla ligeramente por el brazo para ayudarla a mantenerse en pie.

A la princesa le pareció que estaba hablando con una persona amable. No había malicia en su rostro y en cambio, si un sincero interés por ayudar.

—Yo… me siento algo mareada—consiguió decir y el sonido de su voz turbó aún más al muchacho.

—Acompáñeme por favor—pidió él, indicando la puerta del local junto al cual se había recargado—, permítame ofrecerle un lugar donde sentarse.

Fatigada como estaba, Elsa permitió que la llevara con suavidad hacia el interior de aquel sitio. Parecía ser una tienda de antigüedades, puesto que había todo tipo de muebles y objetos delicados y de aspecto envejecido. Era un sitio bonito y muy tranquilo y por unos minutos, se encontró agradecida de poder reposar un momento.

—Es el negocio de mi padre—explicó su acompañante, al ver que observaba todo de reojo y con suma atención—. Es un restaurador, ¿sabe? Él ha devuelto su esplendor a la mayor parte de las cosas que se encuentran aquí.

Ella le sonrió levemente y él pareció maravillado por su gesto.

—Muchas gracias por su amabilidad. Me temo que estoy muy lejos de casa—le dijo, esperando que por el momento no le pidiera mayores explicaciones.

—¿Le gustaría algo de beber, señorita?—la rubia asintió tímidamente—Le traeré un poco de agua.

El moreno le sonrió tranquilizadoramente, para luego desaparecer por una puerta en la parte trasera de la tienda. Elsa se quedó viendo a través del ventanal y después, hacia los objetos antiguos que la rodeaban. El mareo había pasado y ahora, a excepción del cansancio, se sentía mucho mejor.

Con algo de curiosidad se levantó de su asiento y se puso a mirar en lo que regresaba el amable muchacho que la había ayudado. Sus ojos vagaron por lámparas elegantes, cajas musicales, pinturas y figurillas de porcelana. Algo en un rincón captó de inmediato su atención. Sus orbes azules se abrieron con sorpresa al reconocer un pequeño marco ovalado que mostraba un paisaje que ella, conocía muy bien después de verlo día tras día a través de su ventana.

Era un óleo en miniatura que mostraba el palacio de Arendelle y a sus pies, el enorme fiordo con aguas cristalinas y la naturaleza que lo rodeaba. Su mirada se humedeció imperceptiblemente, mientras pensaba en lo irónico que era encontrarse con algo así.

¿Sería acaso una señal de que estaba por encontrar el camino a casa? Rogó al cielo con todas sus fuerzas porque fuera así.

Delicadamente, tomó el cuadro entre sus manos y lo observó con anhelo.

—Es una réplica fantástica—dijo una voz a sus espaldas y de inmediato, volteó para ver que el pelinegro había regresado—, un viejo marinero se la vendió a mi padre hace ya mucho tiempo. Decía que era un recuerdo de su tierra natal, Arendelle—sonrió—, no es un reino del que se escuche hablar mucho por estos lares. No está precisamente entre las tierras aliadas de las Islas del Sur; pero muy de vez en cuando, llegan algunos barcos al puerto provenientes de allí.

Le extendió un vaso de cristal que llevaba en la mano.

—Beba un poco, señorita. Le hará bien.

—Muchas gracias—Elsa dejó el óleo donde estaba antes y aceptó el agua que le ofrecía bebiendo unos cuantos sorbos. Luego volvió a observar el objeto.

Se sentía tan bien y a la vez tan triste tener un pedazo de su hogar.

—Veo que le gustó mucho ese cuadro. A mi también me agrada—confesó el joven—, debo admitir que Arendelle parece un bello lugar. Ver el fiordo de cerca, tiene que ser maravilloso.

La princesa asintió con la cabeza, observándolo con gratitud.

—¿Usted ha estado allí alguna vez?—preguntó él con interés—Lo digo porque me pareció ver que observaba el óleo con algo de emoción—se explicó, haciéndola ver cuán notoria había sido su reacción—. Aunque puede que tal vez solo le guste apreciar las pequeñas obras de arte. Como a mí.

—Hace tiempo estuve allí—musitó con un hilo de voz.

El muchacho observó cómo seguía mirando el óleo con lo que parecía ser anhelo y dedujo, que el reino que se mostraba en él debía tener algún significado especial para ella, pues parecía profundamente conmovida. Nunca en su vida había visto a una jovencita que fuera tan bella como ella y ver sus ojos melancólicos, le hacían sentirse compasivo.

—¿Le gusta, verdad?—inquirió, ganándose su atención de nuevo y un asentimiento.

En un impulso, él tomo la pequeña pintura y se la entregó.

—Es suya—le dijo sonriendo otra vez—. Considérela un regalo de mi parte.

—No, yo no podría… —las palabras de Elsa se vieron interrumpidas cuando el otro alzo una mano para hablar.

—Insisto. Lleva mucho tiempo aquí y no se ha vendido; pero mi padre no se arruinará por dejar escapar unos céntimos—dijo él, adivinando lo que pondría como objeción—, tómelo por favor.

La platinada se mordió el labio inferior. Para el muchacho, ella no era más que una desconocida y sin saber siquiera su nombre, le había ofrecido algo tan bonito con pura sinceridad. Era la primera en ese lugar que alguien la trataba con tanta gentileza.

Él pareció percatarse de la tristeza que la invadió, puesto que trató de animarla.

—No sé cuáles sean las penas que la aflijan, señorita—afirmó—, pero una dama tan hermosa como usted no debería acongojarse—sutilmente le tomó la mano y la llevó hasta sus labios, consiguiendo que se ruborizara.

Elsa levantó la mirada hacia él…

La puerta del local abriéndose estrepitosamente hizo que se sobresaltaran. Con horror, la princesa reconoció al hombre pelirrojo que ingresaba al establecimiento seguido de un par de soldados y una mirada amenazante.

En un instante se vio apartada de la cercanía del joven que la había atendido, cuando el rey la aferró por el brazo y la atrajo hacia sí. No llegó a lastimarla, pero su agarre era tan firme que se tensó y reaccionó como un cervatillo asustado al cual acababan de acorralar. Mientras sentía que podría desfallecer de nuevo, pudo ver como los guardias rodeaban al moreno, quien se mostraba confundido y tan temeroso como ella.

Hans la condujo fuera de la tienda hasta el carruaje, que esperaba en un extremo cercano a la calle. Se lamentó de no haber puesto más atención y percatarse de la llegada del carro tirado por caballos; pues en los últimos días hasta se había acostumbrado al sonido que hacía. Podría haberse ocultado si tan solo hubiese estado alerta.

No tenía caso resistirse. Su captor la hizo subir al vehículo con rapidez y sin dar lugar a nuevos escapes.

—¡Suélteme!—exclamó vanamente mientras era obligada a sentarse en el interior y la puerta volvía a cerrarse tras ellos—¡¿Qué le van a hacer a ese muchacho?!

Él no le contestó. Sus ojos esmeraldas se habían fijado en ella con el semblante más amenazador que le había visto hasta entonces y Elsa no pudo sino ponerse a temblar una vez más. En sus manos, aun sostenía el pequeño óleo que le habían obsequiado.

El camino de regreso hasta la posada fue bastante largo y en todo ese tiempo, solo pudo observar, angustiada, por la ventana.

A pesar de que el hombre sentado enfrente no le decía una sola palabra, bastaba percatarse de como la miraba para sentirse indefensa. Sin poder contenerse, las lágrimas brotaron de sus ojos y se hundió en un llanto silencioso, que duró hasta que llegaron al hostal. Quizá había estado tan cerca de emprender la vuelta a casa…

Tomándola del brazo de nuevo, Hans la llevo hasta su dormitorio, notando que ya no le ponía resistencia. En cambio, estaba más pálida que nunca y parecía que en cualquier momento pudiera desvanecerse.

No la soltó cuando entraron en la habitación de blancas paredes y sábanas.

En lugar de eso, la observó de reojo por un par de segundos, antes de posar sus manos con firmeza sobre sus hombros y examinarla con atención, buscando algún posible daño que se hubiera hecho en su apresurada huida.

Se había pasado toda la tarde buscándola con desesperación, preocupado de que algo pudiera sucederle o de que se topara con alguien que tuviera intenciones oscuras.

Elsa era una joven hermosa y él estaba bien consciente, de que atraía la atención de las personas más de lo que tenía consciencia. La sola idea de que alguien más pudiera aprovecharse de ella o lastimarla, le revolvía el estómago.

—Nunca más vuelvas a hacerme esto—le dijo furioso.

No alzaba la voz, pero se había acercado lo suficiente para hablarle a un palmo de distancia y mirarse en sus ojos asustados.

—Jamás vuelvas a escapar de mí, Elsa—le advirtió—. No sabes lo que soy capaz de hacer si te alejaras de mí nuevamente.

La princesa sintió que las lágrimas se agolpaban en su mirada otra vez.

—¿Por qué estabas con ese hombre?—le preguntó, haciendo un esfuerzo para no mostrarse más alterado de lo que se hallaba—. ¡Respóndeme!—le ordenó, al ver que se quedaba lívida.

Por alguna razón, de pronto sentía que la estancia se había vuelto más fría.

—Solo estábamos hablando—murmuró la princesa.

—¿Qué fue lo que te dijo?—insistió Hans—¿Te hizo algo? ¿Te lastimó?

Ella se preguntó cómo era posible que le preguntara tales cosas, si claramente se encontraba en mayor peligro con él.

—¡¿Por qué estabas con él?! ¿¡Por qué?!

—Me hace daño—se quejó, al ver que aumentaba la presión sobre sus hombros.

—¿Él te dio esto?—el pequeño cuadro que tenía entre sus manos fue tomado por Hans, antes de que lo dejara caer con un golpe seco al suelo.

El cobrizo trató en vano de tranquilizarse, ante la imagen que volvía una y otra vez a su cabeza, con el sujeto besando la mano de la jovencita y ella mirándolo ruborizada.

Tras buscar minuciosamente en las casas y locales que se topaban en su camino, y dar aviso a la gendarmería de la ciudad para que se mantuviera al tanto, había contado con la suerte de divisar a su paloma perdida en uno de los establecimientos de aquella zona tranquila del pueblo. La había reconocido a través del amplio ventanal de la tienda de antigüedades pero el alivio que experimentó al hacerlo, pronto se había visto reemplazado por el enfado.

No había podido evitar volverse loco de celos debido a la visión que presenció. Unas enormes ganas de apartar a la princesa de aquel desconocido y hacer que este pagara por atreverse a tocarla, fueron en todo lo que pudo pensar entonces.

No quería que nadie más la tocara, ni se aproximara como solamente él tenía derecho de hacer.

—¡Suélteme! ¡Apártese de mí!—los chillidos de Elsa y sus forcejeos por intentar alejarlo, acabaron por llevar la extraña ansiedad que se había presentado, al límite.

Hábilmente la hizo pegar su espalda a la pared, atrapándola con sus brazos. Sus labios se movieron encima de los suyos y de su frente y sus pómulos, mientras la sentía debatirse debajo suyo. Nunca se había comportado de esa forma con ninguna mujer y ciertamente, jamás había sido su intención hacerlo de una manera tan brusca con la princesa.

Pero ella había demostrado tener una influencia muy peligrosa sobre sus sentidos y el haberla perdido momentáneamente, le había hecho sentirse impotente y desesperado.

Lo único que quería era estar cerca de ella, tocarla para estar seguro de que no volvería a tener la incertidumbre de no saber dónde se encontraba. Una de sus manos sujetó su barbilla y se la acarició.

—¡Déjeme ir!

—Eres mía, Elsa—le dijo él, ocultando su rostro en el hueco del cuello femenino y hablando encima de la piel de su nuca; erizándosela con su aliento cálido—. No puedes estar con nadie más. No debes estar con nadie más.

Ella negó con la cabeza. ¿Qué le sucedía a ese hombre?

—Eres mía—repitió el pelirrojo estrechándola en su abrazo—. Me perteneces desde que pusiste un pie en mis territorios. No hay nada que puedas hacer al respecto. Tienes que entenderlo de una vez por todas—inhaló la suave fragancia que emanaba del cuello de la joven, aun después de haber andado tanto en el día—. Tú lugar está aquí, conmigo.

Los orbes celestes de Elsa lo miraron momentáneamente, llenos de temor y rencor. Luego, ambos se nublaron sin previo aviso y ella cayo desvanecida entre sus brazos. Él reaccionó alarmado.

—¡Elsa!—Hans la sacudió con la intención de hacerla volver en sí, cayendo en la cuenta demasiado tarde, de lo inapropiado de su arrebato—¡Elsa!

Un sentimiento de angustia se apoderó de él, al ver como la aludida no daba señales de despertar.

Todo se había vuelto negro para la princesa.


Fanø*. Isla verídica de Dinamarca. Busqué en Google y me pareció que podía ponerla en el capítulo. No indagué sobre costumbres ni nada, así que todo lo demás es mera ficción.


Cliffhangers... cliffhangers everywhere. e.e

Jojojo. ¡Feliz Navidad, copos de nieve! :D Espero que les haya gustado el regalo que su amiga Frozen Fan les ha dejado bajo el árbol, más de 11,000 palabras de "Pasión de Invierno" y Hans siendo un desgraciado del mal. ¡Gózenlo criaturas, gózenlo!

¿Qué habrá ocurrido con Elsa? D: Pobrecita, le pasa de todo. u.u Y como ven, estos dos ya comienzan a profundizar un poco en lo que sienten el uno por el otro (bueno, el más... mucho más xD). Las cosas se complicaron bastante y por fin, el querido copo de nieve le dio un merecido "estate quieto" con esa bofetadita que estoy segura, muchas de ustedes deseaban darle, jajajaja. ¿Me estaré pasando al retratar a Hans de una forma tan obsesiva? D: A veces me digo a mí misma que estoy exagerando, pero luego recuerdo que escribiendo acerca de un sociópata y se me pasa. LOL

El pelirrojo está comenzando a sentir cosas más fuertes por la princesa, aunque se escude en que solo quiere divertirse y castigarla. Por cierto, en el capítulo que viene conoceremos un poquito más acerca de sus razones. ;)

¿Qué más? Bueno, ha llegado la hora de hacer la nota de autor tan larga como el capítulo y responder a mis bellos anónimos:

F: Yo también extrañaba este fic, me gusta mucho escribir lo que ocurre entre la parejita, aunque eso me deja agotada. ;)

Guest: ¡Actualización a la orden! Y sí, la actitud arrogante de Hans es lo que más amamos de él. ;)

sharpey: Tengo la impresión de que todas las que shippeamos Helsa necesitamos acudir con un psiquiatra, ya que no es posible que nos guste tanto alguien tan malo como el pelirrojo. Por cierto, también estoy vieja (demasiado) para cantar "Let it go" pero me vale. :) (¡Como quisiera tener un vestido de Elsa! T-T)

sofhia: La put... se metió con Elsa, aunque no hubo mucho de ella en este capítulo. xD

Katherine: Y yo amo que me dejen reviews. Muchas gracias por estar al pendiente. :3

Ari: ¡Hay que darle con todo al Helsa! :D Lo dije antes (creo) y lo reafirmo: fic que he empezado, fic que he de terminar. Así que Keep calm and enjoy the Helsa. ;D

maona: Si te gustó Hans celoso en el capítulo anterior, tal vez aquí te encante (o te asuste xD). No tienes idea de como amo ponerlo en su faceta de posesivo compulsivo, jujujuju.

nekonippon: ¡Mas besos Helsa, chérie! Ojalá te hayan gustado. ;D

Pues ahora sí los veo hasta el próximo año para la siguiente actualización, panquecitos. Espero que pasen una muy feliz Navidad y que se relajen con sus familias. Mi mejor regalo van a ser sus reviews así que, ¡denme gusto! :D ¡Frozen Fan fuera!

Dato troll: Tenía este capítulo listo como hace dos días, pero me quise esperar al 25 para darles una sorpresita navideña. :3 Problem, snowflakes?