Eres el único que me ha amado (Lisacoln)
Tras recuperar el aliento, Lincoln se dio la vuelta para contemplar una vez más el rollizo y hermoso cuerpo de la bella mujer castaña que yacía a su lado: Lisa Loud. La brillante científica que había revolucionado la ciencia del siglo XXI. La receptora de dos premios Nobel en Química y Medicina. Una de las mujeres más admiradas del mundo. Una mujer excepcional, a menudo comparada con la mismísima Marie Curie. Tan genial e intimidante, que nunca hubo un hombre que se atreviera a acercarse a ella.
Ninguno, excepto su propio hermano: Lincoln Loud.
Lisa abrió los ojos, y se dio cuenta de que su hermano la miraba. La hermosa castaña sonrió; y una vez más, Lincoln no pudo creer que nadie se hubiera interesado lo suficiente como para vencer sus temores y animarse a conquistarla. ¡Si era tan hermosa!
Lisa creía saberlo. Y había intentado explicarle.
- Verás, Lincoln: cuando una hembra tiene un rango muy alto en la comunidad de cualquier especie animal social, se ve condenada con frecuencia al ostracismo y a la soledad. Por la sencilla razón de que la inmensa mayoría de los machos no pueden soportar ser pareja de alguien que tenga un nivel mayor que el de ellos. Es así de simple, y los científicos son parte de una especie animal social. No escapan a esas realidades.
Ella pretendía exponer un hecho concreto de la realidad, pero Lincoln siempre detectaba la sombra de pesar que cruzaba por su mirada cuando lo decía. Después de todo, Lisa era una mujer. Tenía los deseos y apetitos propios de cualquier mujer; sin importar el inmenso tamaño de su intelecto.
Lincoln extendió la mano y acarició suavemente su bonito rostro. La cara de Lisa casi no había cambiado con los años. Aún la recordaba de niña, con su eterno suéter verde y su aire de superioridad. Casi nada quedaba de ello.
Bueno... Sí seguía mostrándose superior; y a veces, un poco despectiva. Pero ya no lo hacía con él; y además, Lincoln sabía que aquello era una máscara. Un freno para no dejarse llevar por sus sentimientos. Para evitarse heridas, decepciones, y alejar a las muchas personas indeseables que la acosaban cada vez que podían.
Aquella noche estaba ante la verdadera Lisa. La mujer hermosa y apasionada que amaba como una pantera en celo. La mujer que gozaba del sexo como ninguna otra que hubiera conocido.
Nadie conocía sus encantos como él. Los holgados pantalones y la bata que utilizaba disimulaban muy bien la rotundidad de sus encantos. Ocultaban esas piernas hermosamente modeladas; esos senos generosos y gloriosos que reaccionaban fácilmente con cualquier contacto. Ese cuerpo lleno de curvas que parecía hecho para hacer el amor. Ese cuerpo y esa pasión que lo volvía loco; y que le hacía olvidar todos los prejuicios, convencionalismos y temores que implicaba su relación.
Lisa tomó la mano que la acariciaba y se acercó hacia él, buscando el contacto con su cuerpo. No tuvieron que decirse nada. Se abrazaron, y sus labios se unieron en un tierno beso lleno de pasión; que prolongó por varios segundos. Se separaron solamente para sonreír y contemplarse.
Sonrieron y volvieron a besarse. Pronto se dejarían llevar de nuevo por el deseo. Veinticinco años no pasaban en vano; ambos eran otras personas. Ambos buscaban en los brazos del otro el amor y el consuelo que la vida les había negado: un matrimonio fallido, la ausencia de un amor verdadero, y mil ilusiones rotas en irisados pedazos.
Lincoln nunca lo hubiera creído. Su hermana Lisa siempre fue tan superior e intimidante...
En su niñez y su juventud siempre fue una auténtica amenaza. Una investigadora muy poco ética y casi insensible; sin empatía ni consideración. No tenía más dios que su curiosidad científica, y ni más escrúpulos que sus ocasionales arranques de sentimentalismo. Siempre le tuvo miedo, esa era la realidad. Y por eso, se mantuvo tan alejado de ella como le fue posible. Sus mundos eran por completo diferentes; no tenían nada que compartir.
Lo que nadie imaginó, era que Lisa iba a crecer y a cambiar. Sus instintos y necesidades la alcanzaron, tal y como ocurre con cualquier otra mujer.
Los cambios físicos que tuvo en la adolescencia fueron sensacionales. Era, con diferencia, la más generosa en atributos físicos de su familia. Sus piernas, caderas, pechos y trasero destacaban admirablemente de las demás. La propia Lola había llegado a decir que envidiaba los atributos frontales de su hermana menor. Y para que Lola dijera eso...
Pero su físico siempre quedó a la sombra de su escasa disposición para mostrarlo. No sé arreglaba, no se depilaba ni se maquillaba. Su eterna bata, sus prendas holgadas y su carácter difícil no le ayudaban en nada. Y para colmo, Lisa no hizo nada para dar lugar a avances amorosos durante toda su adolescencia. Cuando por fin quiso hacerlo, ya era demasiado tarde. Su fama y prestigio eran demasiado grandes. La doctora Lisa M. Loud estaba fuera de la liga de cualquiera; y eso incluía a muchos investigadores celosos de su fama, o con personalidades verdaderamente detestables.
Lincoln, en cambio, había tenido demasiados problemas con las mujeres. Tuvo una buena cantidad de novias y amigas cariñosas, pero nunca quedó plenamente satisfecho con ninguna de ellas. Al final, terminó casándose con una compañera de trabajo con la que creía entenderse; pero grande fue su decepción cuando se dio cuenta de que no era así. Se divorciaron tras tres años de relación difícil y frustrante.
Fue en esta difícil situación personal cuando él y Lisa coincidieron en una celebración del Día de Acción de Gracias, en la casa de sus padres. Todos se habían ido a dormir, y quedaron solamente ellos dos. El alcohol y las decepciones los hicieron soltar la lengua, y hablaron largas horas sobre sus decepciones amorosas y sus deseos frustrados. Ambos quedaron asombrados. Nunca imaginaron que sus deseos y maneras de pensar en el amor fueran tan parecidas.
A partir de aquella cena, nada fue igual para ellos. Comenzaron a frecuentarse primero, y a salir juntos después. Aunque sus mundos fueran tan distintos, sus visiones y experiencias amorosas se parecían demasiado. Tardaron muy poco en encontrar esa comprensión mutua y esa confianza que debieron construir desde la infancia.
La propuesta corrió a cargo de Lisa, desde luego. Ambos sentían tanta confianza mutua, que habían tocado el tema de las relaciones sexuales más de una vez. Para la mentalidad científica Lisa y su ausencia de prejuicios y convencionalismos, resultaba perfectamente natural. Ya se había dado cuenta de que su cuerpo resultaba atractivo para Lincoln. Si ambos se gustaban y habían aprendido a guardar secretos, ¿por qué no ayudarse mutuamente a satisfacer sus necesidades?
Así que, simplemente, se lo propuso... Pero no sin buscar el sitio adecuado, y no sin rociarse antes con una ligera dosis de feromonas cuidadosamente calibradas para actuar específicamente sobre Lincoln. Por supuesto, el joven peliblanco no tuvo ninguna posibilidad de resistirse. La combinación de las feromonas, junto con las breves prendas de lencería que utilizó Lisa, fue un coctel imposible de resistir.
Lo que nunca tuvieron en cuenta, es que el sexo no lo era todo entre ellos. Había amor, preocupación, identificación y romance. Muy pronto se volvieron completamente adictos el uno al otro. Dejaron de buscar otras parejas, y se las arreglaron para pasar tiempo juntos y hacer el amor al menos tres veces por semana.
Cayeron en una trampa que se tendieron a sí mismos; y ahora no podían, ni querían escapar de ella. Así que continuaron y continuarían, aunque tuvieran que mantener sus encuentros clandestinos durante toda la vida.
Aquella gloriosa noche, una vez que consumaron su segundo acto de amor, Lincoln y Lisa permanecieron abrazados. Ella cerró los ojos, y Lincoln acarició su rostro suavemente, dibujando el contorno de los preciosos labios con las yemas de los dedos.
- Lisa... yo... -comenzó Lincoln, pero ella lo interrumpió.
- Yo lo sé, Linky. Eres el único que me ha amado. Yo también te amo, ¿lo sabes? Te amo mucho. Yo también lo deseo. Ojalá pudiera estar contigo para siempre.
- ¿Y si nos fuéramos a otra parte? ¿Tú y yo solos?
Lisa abrió los ojos, y le dirigió esa mirada que él conocía tan bien.
Lincoln suspiró. ¡Ojalá su hermanita lo dejara soñar un poco! Pero no. Ya lo habían hablado: sus carreras, su familia... La fama de Lisa, que se extendía por todos los rincones del mundo...
Sencillamente era imposible. Tenían que resignarse a vivir y disfrutar ese amor clandestino por todo el tiempo que durara.
- Bueno. ¿Al menos, me dejarás invitarte a comer el fin de semana? No tiene nada de raro que la científica más brillante del mundo salga a comer con su hermano, ¿no crees?
Lisa sonrió, abrazó a Lincoln y le dio un beso en su pecho desnudo.
- Claro que sí, Linky. Eso me gustaría mucho. Pero... ¿acaso ya tiene que irte? Son las dos de la madrugada. No amanecerá hasta dentro de cuatro horas con cinco minutos.
El hombre peliblanco sonrió. Lisa era siempre Lisa. Tan exacta y metódica... Y en parte por eso, la amaba.
- Claro que no me iré, preciosa. Ven aquí.
El rostro de Lisa se coloreó con un ligero rubor, pero no vaciló en fundir su cuerpo con el de su hermano. Volvieron a besarse y abrazarse; a llenarse de caricias. A disfrutar del preludio de la danza del placer, que dibujarían sus cuerpos por tercera vez aquella noche...
