¿Ingleses a la vista?
No había tiempo que perder.
Los guardias en los parapetos habían divisado a los caballeros, y habían empezado a pasar el mensaje de invasión.
Su corazón martillando como los cascos de un caballo de guerra, Isabella cerró los postigos. Miró el baúl con su armadura. Luego. Luego se vestiría. Primero debía preparar la fortaleza para la batalla.
Nunca lo había hecho antes. Nunca había tenido que hacerlo. Pero a causa de ataques recientes en la zona de la frontera, había estudiado esa posibilidad varias veces mentalmente, y los hombres habían practicado las maniobras defensivas con Rosalie.
¡Rosalie! ¡Por Dios! ¿Estaría borracha aún?
No había tiempo de despertarla. Las paredes del castillo tenían que ser fortificadas primero. Mandaría a alguien a buscar a Rosalie cuando la fortaleza estuviese fuera de peligro.
Su pulso se aceleró, corrió hacia la puerta, levanto el borde de sus faldas, y voló por la escalera hacia el gran salón, donde la fiesta de la boda ya había empezado.
-¡Hombres del clan!- gritó, su voz fuerte a pesar de la urgencia corriendo en sus venas. -¡Presten atención!
El recinto gradualmente se silenció.
-Un ejército se aproxima a Swan- anunció. Comenzaron los murmullos y levantó su mano para acallarlos.
-No es necesario alarmarse. Han sido entrenados para esto. Todos saben que deben hacer.
Para su satisfacción, a pesar de que ellos charlaban con preocupación, la gente del castillo comenzó a moverse con determinación hacia la tarea que se le había sido asignada en caso de un ataque.
Pero Edward súbitamente caminó hasta ponerse frente a ella, bloqueando su visión con su imponente pecho.
-¡Esperen!- gruñó sobre su hombro.
Para la consternación de Isabella, ellos obedecieron.
-¿Cómo de grande es el ejército?- le preguntó.
Bella trabó su mandíbula.
-No lo sé,- murmuró impacientemente. -Eran caballeros a caballo. ¿Una docena? Tal vez más.
-¡Ustedes, muchachos! ¡Rápido! Reúnan el ganado dentro de las murallas! –bramo tratando de eludir a Edward, pero bloqueaba su camino otra vez.
-¿Des de qué dirección vienen?- volvió a preguntar
-¿Por qué no te mueves? -gruñó- ¡Vos, vos, y vos! - ordenó, señalando a sus mejores arqueros.- ¡A las murallas!
Sobre su hombro, él gritó, -¡Disparen sólo si yo lo ordeno!
Isabella casi se ahogó de furia.
-¿Tus ordenes? ¡Este es mi castillo, señor! ¿No te parece?
-¿Desde qué dirección vienen?- preguntó otra vez.
-Del sur,- susurró.- ¡Cómo te atreves a usurpar mi autoridad! He defendido esta fortaleza por años. Vos has estado aquí sólo un día. ¡No toleraré que sabotees mis ordenes! - Para probar lo que decía, lanzó otra orden. -¡Quil! ¡Cuando los animales estén dentro, baja las rejas del portal de entrada!- al menos la boda había servido un propósito útil: la gente ya estaba congregada dentro las paredes del castillo.
-¿Son los ingleses?
Isabella trató de eludir al bruto, pero él era tan inamovible como un árbol con metros de raíces.
La sujetó por los hombros.
-¿Son los Ingleses?- preguntó, como si estuviese hablándole a un idiota.
-Si -escupió la palabra, sin importarle un comino si los invasores eran ingleses o no, sólo quería que el Normando entrometido se aprtara de su camino- Si, son Ingleses.
-¿Estás segura?
Ahora su paciencia se acababa. Esta era la razón por la cual no se debía mandar a un normando a defender la fortaleza de un escocés. Si Edward había pasado algún tiempo en la zona de la frontera, debería saber que los Montañeses peleaban de pie, no montados a caballo y con armaduras. Se encogió de hombros.
-Si vos os apartáis de mi camino en este instante, juro por Dios que...
-¿Cuántas batallas han peleado tus hombres, mi lady?"
-¿Qué? ¡No tengo tiempo para tus críticas! ¡Déjame pasar! - trató de apartarlo de su camino otra vez, sin éxito. Si sólo hubiese traído la daga para clavársela.
-Respóndeme.
Hizo que sus ojos fuesen dagas.
-Mis hombres se entrenan todos los días.
-¿Cuántas batallas reales han peleado?
La pregunta provocó una pausa. Comprimió sus labios, renuente a responder.
-¿Eso no importa? -quería mentirle, decirle que ellos había peleado en docenas de guerras, pero no podía.
-¿Cuántas?
-Ninguna pero...
-¿Y cuántas veces han estado sitiados?
-Nunca,- admitió. -Pero mi gente ha sido bien entrenada. Saben que deben hacer.
-He comandado docenas de batallas, -mostraba una arrogancia insufrible. -Y sobreviví a estar sitiado durante medio año. Yo sé que hay que hacer.
Por qué debía creerle, no lo sabía. Aún sospechaba que era un Caballero errante sin tierras. Sin embargo la fría seguridad en sus ojos, y su arrogancia, eran tranquilizadores. Edward no permitiría que Swan cayera.
Pero lo que había dicho era verdad. Edward sólo había estado un día en ese lugar. Ella conocía el castillo, conocía la tierra, conocía a la gente. Podía manejarlos mejor que él.
Antes de que pudiera explicárselo, Emmett hizo notar su presencia, aclarando su garganta.
-Mi lady,- preguntó, levantándolo sus cejas, -¿Por casualidad no habrá visto el emblema de ese ejército?
-Estaba muy lejos.
El asintió. -Humm.
-¿Por qué?
El se rascó el mentón. -Me Subí a los parapetos para echar una mirada. Algo acerca de los colores me pareció vagamente familiar.- Emmett intercambió una curiosa mirada con Edward.
Pero Isabella no tenía paciencia para las adivinanzas de Emmett. Habría tiempo para descubrir exactamente quienes eran esos caballeros mas tarde, después de que la fortaleza estuviese segura.
Entre Emmett y la chimenea, vio a una sirvienta sin hacer nada
-¡Vos! ¡Busca a Lady Rosalie! Ella está en su habitación. Dile que...
-¡No!- gritó Emmett -No. Yo lo haré. Estoy seguro que la doncella tiene tareas más importantes. Además, eso me hará sentir más útil.
-Entonces dile que es urgente,- ordenó. -Dile que los hombres esperan sus órdenes.
Emmett se asombró.
-¿Ella comanda a los hombres?
Isabella soltó un suspiro agitado. -¿Nos vas a ayudar o no?
Sin una palabra, Emmett hizo una reverencia y cruzó el gran hall.
-¡Espera! - bramó. -¿A Dónde vas? Su habitación no queda por ese lado.
Emmett la miró confuso por un momento, entonces balbuceó,
-Estoy... estoy yendo a... buscar su desayuno... primero. No se puede comandar soldado con el estomago vacío.
Frunció el ceño, y volvió su atención a Edward. Él la estaba mirando extrañamente ahora, como si estuviese sopesando su peso o adivinando su futuro.
-Tus arqueros,- dijo,- ¿Ellos tienen experiencia? ¿No dispararán antes de tiempo?
-No,- le aseguró. -Sólo disparan con mi comando. -para su satisfacción, esta vez no le discutió la respuesta.
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Edward deseó que tuviese razón. Después de todo, sería muy desafortunado si un arquero de Swan le disparara a uno de sus caballeros.
Supuso que debía contarle que Emmett había reconocido al ejército que se aproximaba como los caballeros de Masen. Pero tenía curiosidad por ver cuan bien ella manejaba la fortaleza y cuan organizadas las defensas de Swan estaban.
Por supuesto, si hubiera sido un asalto real, nunca la habría dejado hacerse cargo. La habría mandado a unirse con el resto de las mujeres y los niños de Swan en las habitaciones mas resguardadas de la fortaleza.
Se dio la vuelta para observar la masa de gente yendo y viniendo a través del gran salón. Cada uno parecía saber su propósito, y ninguno estaba en estado de pánico. Pero en el medio de un caos ordenado, el lord de Swan estaba como hipnotizado, como si estuviese perdido en el mar de hombres del clan.
Volviéndose hacia Isabella, dijo,
-Tu padre está confundido, ve con él. Asegúrale que estará seguro. Reuniremos a los Soldados mientras Emmett busca a tu hermana.
Visiblemente se puso furiosa con su tono de comando. Estaba claro que su esposa ansiaba tener el control. No podía decidir si ese rasgo era agraviante o divertido. Sus pensamientos vagaron hacia la cama matrimonial que compartirían esa noche, y se preguntó si insistiría en tener el control ahí, también. Era una intrigante posibilidad.
El ceño fruncido de Isabella se borró mientras observaba a su padre, y Edward vislumbró brevemente el peso de la responsabilidad que cargaba en sus hombros. Sin dudas era muy difícil cuidar de un pariente enfermo. Edward no lo sabía. Sus padres habían muerto súbitamente años atrás.
-Muy bien,- concedió
La observó ir hasta el lord, guiándolo con un cuidado amoroso hacia su habitación. Era un enigma su nueva esposa, en un segundo una salvaje y al siguiente tan gentil como una monja.
Edward enderezó sus hombros y fue hacia la armería, dónde estarían los caballeros. Era tiempo de ver que tipo de soldados tenía Swan.
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Tan pronto como Isabella se aseguró que su padre estaba confortable, e instalado en su habitación con un escudero como compañía, su corazón comenzó a latir rápidamente otra vez.
Si, era una cosa menos por la que preocuparse, pero habían otras cien cosas de las cuales ocuparse. Tanto como odiaba admitirlo, estaba casi agradecida de la ayuda de Edward. Al menos tenía experiencia en cuestiones de guerra, algo que ninguno de sus hombres podía decir.
Lo que más la preocupaba, sin embargo, era el hecho que las murallas de Swan nunca habían sido puestas a prueba. Por supuesto, la tarea de Rosalie era mantener las defensas, buscar las debilidades e inspeccionar cualquier daño en ellas...
Sacudió la cabeza, dispensando esos pensamientos. Había muchas otras preocupaciones por el momento.
Llamó a un escudero en el pasillo para que la ayudase a ponerse la armadura. Cuanto más rápido lo hiciese, mas rápido podría ver como sus hombres estaban defendiendo la fortaleza.
Mientras el escudero le colocaba las partes de la armadura, Isabella abrió apenas el postigo de la ventana, por una pequeña brecha espió al ejército que llegaba .Eran aún figuras distantes, pero estaba claro ahora que había una buena cantidad de caballeros montados y, detrás de ellos, varios a pie.
Había también un buen número de carros pesados. Se imaginó que estaban llenos de armas, provisiones, y materiales para armar grandes carpas, si decidían sitiar el castillo.
Mientras el escudero deslizaba la cota de malla, sobre ella, el viento hizo flamear la insignia de uno de los soldados, y vislumbró brevemente el escudo de armas, algún tipo de animal, sobre un fondo negro. Como Emmett había mencionado, había algo familiar en el diseño...
-Alec, mira la banderola- le dijo al escudero. -¿Dónde lo viste antes?
El forzó su vista, y se mordió el labio.
-¿No es el mismo que tenía la túnica de ese juglar...?
-¡Maldición!- Se dio cuenta de la situación. -¡Maldición!
Miró su anillo de bodas. Un unicornio sobre un fondo negro. ¡Por Dios!, ¡Esos eran los hombres de Edward!
-Ese hijo de...- golpeó el postigo.
Entonces no era un mero caballero errante después de todo. Tenía su propio ejército. Edward debió haber mandado a Seth, el juglar como espía, y había ordenado a sus caballeros que avanzaran en caso que la orden de casarse fuese rechazada. Era una estrategia brillante. Pero eso no disminuía su furia por su engaño. ¿Por qué Edward no había revelado la identidad de sus hombres?¿Tenía intención de hacerla quedar como una idiota?
Nevaría en el infierno antes que se saliera con la suya. Podía ser inexperta, pero también era alguien bien preparada. Y tenía más cerebro del que él se imaginaba.
¿Edward deseaba humillarla?, ¿Ponerla en su lugar? Le enseñaría cómo se jugaba al juego.
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Edward trató de no parecer decepcionado mientras inspeccionaba las filas de los soldados escoceses.
Aunque estaban admirablemente disciplinados y parecían ser hombres valientes, no eran más que un grupo caballeros muy dispares. Podían ser los mejores caballeros de Escocia, pero no eran aptos para formar parte del ejército de los Caballeros de Masen. Las pocas armaduras que había parecían del siglo pasado. Las armas eran muy limitadas. Los tres arqueros, ya habían sido despachados a patrullar los parapetos, parecía ser los únicos hombres que practicaban la arquería en Swan. Y el resto era un grupo extraño de hombres de barba blanca, muchachitos delgaditos, y un niño que apenas podía defender un panal de abejas de una invasión de hormigas.
Indudablemente era algo bueno que el rey lo hubiese mandado para ser el guardián y el administrador de Swan.
Con la valiosa presencia de los Caballeros de Masen, esos escoceses simples podrían volver a su rutina diaria: a cuidar de las ovejas, a pescar y cultivar, mientras sus hombres defendían la fortaleza.
Pero, sabía que no debía insultarlos con sus opiniones. El comandante tenía que ser diplomático.
-¿Quién es el mejor jinete aquí?- preguntó.
No había dudas al respecto. Uno de los hombres con armadura se adelantó.
-¿Y el mejor espadachín?
Esta vez hubo un murmullo de voces. Finalmente un hombre preguntó,
-¿Se refiere a la fuerza o a la velocidad?
-Ambas.
-Por fuerza, sería este hombre- dijo, señalando a un caballero a su lado.
-¿Y por velocidad?
-Esa sería Rosalie,- una voz femenina se interpuso.
Edward levantó la mirada para ver qué mujer había entrado en la armería sin ser invitada. Era Isabella, pero una transformada. Ya no era la hermosa diosa con vestido de seda con quien él se había casado, ahora era un guerrero de pies a cabeza armada con una espada.
Mientras la miraba sorprendido, ella pasó a su lado y se dirigió al hombre que decía ser el mejor jinete.
-¿Los caballos están ensillados?
-Si, mi lady.
-¿Las espadas están afiladas?
-Si.
Completamente atónito, encontró que la diplomacia se le había acabado.
-¡Maldición! ¿Qué crees que estás haciendo?
Ella lo ignoró.
-¿Rosalie no ha llegado todavía?- preguntó a los hombres. Ellos sacudieron sus cabezas, y giró para encararlo y acusarlo. -¿Qué es lo que está reteniendo a tu hombre?
Edward no estaba de humor para ser cuestionado, especialmente no por una mujer que era una burla a la figura de un caballero con su presencia en la armería.
-Tienes mi permiso para ir a ver que lo está demorando,- dijo arrastrándola del brazo, -y déjame a mí las órdenes.
-Vos ya has servido tu propósito - contraatacó -Yo me hago cargo ahora.
-¿Cómo? -dijo, arqueando una ceja. -¿Y vas a montar para entrar en batalla con los hombres también?
-Si es necesario.
"Sobre mi cadáver", pensó, pero contuvo su lengua. Si hubiese sido una amenaza, real, le habría quitado la armadura y se la habría dado a algún hombre, quien posiblemente mataría uno o dos enemigos antes de caer. Su esposa sería encerrada en la celda con su hermana, si fuera necesario. Pero como era sólo una práctica, decidió ver hasta donde avanzaba y cuando su naturaleza femenina afloraría e Isabella saliera corriendo y llorando de miedo, para esconderse detrás de guerreros mucho más capaces.
Mientras tanto, necesitaba estar seguro que los escoceses no dispararían flechas prematuras, porque la venganza de los caballeros de Masen sería rápida y letal. Y trágica.
-Voy a subir a los parapetos,- le dijo, - voy a ver como van las cosas allí.
Aunque ella notó que no llevaba armadura, no dijo nada. Sin duda, deseaba que él fuese herido.
Edward le dio una ultima mirada mientras dejaba la armería. Era extraño de admitir, pero encontró a Isabella encantadora, con armadura y todo. Había algo en el modo en que la cota de malla se ajustaba a sus pechos y la espada le colgaba de la cadera, algo curiosamente seductor.
Para el momento en el que había subido a la muralla, sus hombres se habían acercado lo suficiente para que cualquiera pudiese ver que no era un ejército, sino un conjunto de familias. Sus caballeros llevaban armaduras y estaban armados, pero sólo por precaución. Detrás de ellos, las mujeres cabalgaban en palafrenes, y las sirvientas iban de a pie mientras los niños corrían con incansable energía. Soldados y escuderos venían mas atrás, custodiando media docena de carros de provisiones y armas.
Edward decidió conversar con el arquero de la torre mas alejada.
-¿Se ven bastante amenazantes, verdad?
-No, mi lord. Parecen viajeros más que un ejército.
El arquero mantuvo su arco listo para disparar. Obviamente no era fácil disuadirlo de su lealtad a su lady, sin importar su propia opinión sobre los extraños que se acercaban. Era una cualidad admirable.
Edward caminó hasta el segundo arquero.
- Creo que son amigos, no enemigos pues se aproximan al castillo muy abiertamente.
-Disculpe, mi lord, - murmuró - Preferiría no conversar mientras tengo que mantener mis sentidos alertas.
Edward asintió. Eran hombres bien disciplinados pero mal equipados, tenía que admitir que esos escoceses parecían saber lo que estaban haciendo.
Se retiró y se aproximó a un tercer arquero, un joven muchacho cuyo labio superior estaba empapado de sudor y cuyos brazos temblaban mientras trataba de mantener firme el arco. A éste Edward tendría que observarlo.
-Tranquilo, muchacho,- susurró.
-¡Madre de Dios! - gritó, tan asustado que casi disparó la flecha en ese momento.
Con el corazón saltándole en la garganta, Edward agarró la mano del muchacho para prevenir un accidente.
-Calma. ¿No le dispararías a esos niños, verdad?
El joven sacudió la cabeza.
-¿Nunca has disparado con un arco antes?- preguntó.
-Si. Soy el mejor cazador del clan, pero... - el joven tragó.
-Nunca le disparaste a un hombre.
El joven se mordió el labio.
Edward no se atrevía a liberar su agarre del arco.
-¿Quisieras que yo tome tu posición?
-¡No! dijo vehementemente- ¡No! Este puesto me ha sido confiado, y no lo abandonaré.- parecía sacar fuerzas de sus propias palabras.
Edward tuvo que admirar el coraje del muchacho y sentido del deber, aunque se sentiría mucho mas tranquilo si el joven le entregase el arma.
-Muy bien- cuidadosamente, Edward aflojó su agarre -Pero ten cuidado de no disparar hasta que se te ordene hacerlo
-¡Preparados para disparar!
Se oyó un grito proveniente de atrás de él.
Jajajajaj, esta Bella es capaz de matar a un ejercito amigo, solo por demostrarle, quien es ella, a Edward. Jejejejeje.
Que "majo" este Edward ocultandole la verdad a Bella…me da que se va arrepentir, su hermosa esposa es de armas tomar. jejejeje.
Nos leemos guapas, besotes.
