Los personajes pertenecen exclusivamente a Stephenie Meyer, yo solo los uso para adaptarlos en la historia original perteneciente de A.L


CAPÍTULO 06

Edward caminaba lentamente por el estrecho sendero precedido por Bella y atento a cualquier incidente sospechoso o figura extraña en su camino. Había terminado por prescindir de la presencia de Mc Carthy ante las protestas de ella, molesta al advertir que iba custodiada por los dos hombres, y considerar suficientemente seguro el escaso recorrido hasta la pequeña playa protegida entre las rocas. No obstante, ordenó a su ayudante que efectuase una detenida inspección de la zona y un atento seguimiento a corta distancia, disimulando su presencia al máximo y siempre que no comprometiese la seguridad de Bella. Esperaba no arrepentirse de aquella arriesgada decisión, tomada en un momento de debilidad y tras ver aparecer a la encantadora Bella con un diminuto bikini y una deslumbrante sonrisa en sus sugestivos labios. Aún así, no dejaba de recriminarse al comprender que estaba más atento al suave y sensual balanceo de las caderas femeninas que a cualquier eventualidad que se pudiese presentar.

Como Bella acostumbraba, las piezas de su traje de baño apenas llegaban a cubrir lo estrictamente dictado por la moral. Por ello, él podía contemplar a sus anchas el soberbio espectáculo que constituía aquel cuerpo casi desnudo en erótico movimiento, provocándole una inoportuna y violenta reacción en el suyo propio. Se obligó a concentrarse en los pocos metros que quedaban hasta llegar a la playa, con la esperanza de que ella decidiese bañarse inmediatamente y ocultase de una vez su enloquecedora anatomía de su ávida mirada. Si el verse privado de aquella sugestiva tentación no contribuía a aminorar la rigidez de su cuerpo, pensaba recurrir él también al frío elemento para sofocar la embarazosa y pertinaz erección que sufría.

Cuando llegaron a la exigua playa Bella depositó en la arena la enorme cesta que portaba y, cogiendo de ella unas pequeñas gafas de bucear, se dirigió rauda a sumergirse en las cristalinas aguas. Emitió un breve grito de sorpresa por la frialdad de éstas y se zambulló rápidamente, dedicándose a nadar por unos minutos con auténtico deleite. Cuánto echaba de menos aquella sensación de plenitud, reconoció con nostalgia. El verse rodeada por la inmensidad del mar y sentir la fría y deliciosa caricia sobre la piel no tenía precio. Rió con ganas, plena de felicidad, dejándose arrastrar por la incomparable sensación de placer que le provocaba aquel preciado líquido deslizándose por todo su cuerpo, al tiempo que llenaba sus pulmones con el aire impregnado de los fuertes olores marinos, que tan gratos recuerdos de su niñez traían a su mente.

Edward observaba desde la playa las evoluciones de Bella, sorprendido por el evidente placer que ella demostraba. Parecía una niña maravillada ante su primer baño en el mar y él experimentó un súbito sentimiento de ternura por aquella mujer que tuvo que dejar su niñez demasiado pronto al verse privada del afecto y la protección de su familia. Continuó por largo tiempo contemplando extasiado el bello espectáculo que Bella ofrecía zambulléndose una y otra vez en el agua como la más bella de las sirenas o dejándose acunar por el suave movimiento de las olas.

—¿No te bañas? El agua está estupenda —gritó ella mientras agitaba los brazos para hacerse notar.

Edward sintió el fuerte impulso de lanzarse a las atrayentes aguas y unirse a ella en sus inocentes juegos, pero no podía abandonar su responsabilidad por muy sugerente que fuese la invitación recibida. Además, sería demasiado peligroso. Corría el riesgo de dejarse llevar por su ardor y sucumbir a la pasión que le suscitaba. Gracias a la férrea autodisciplina practicada durante años podía mantener a raya su deseo y mostrarse distante e, incluso, hostil, por lo que no estaba dispuesto a poner en peligro su integridad cediendo a la franca camaradería que ella pretendía imponer en la relación. Sería aventurarse en terrenos demasiado peligrosos y él no estaba dispuesto a correr ese riesgo por mucho que lo estuviese deseando.

—Vamos —insistió Bella, algo más cerca de la orilla.

Edward negó con la cabeza y se sentó en la arena. Ella pareció darse por vencida y comenzó a nadar, adentrándose más en el mar y desapareciendo de vez en cuando para observar el fondo marino. Edward, que no dejaba de vigilarla, comenzó a preocuparse por la distancia a la que se encontraba. Bella parecía estar disfrutando enormemente, sumergiéndose y volviendo a aparecer continuamente sin dar muestras de cansancio y, aunque imaginaba que era una buena nadadora, consideraba que se estaba alejando demasiado para su seguridad. Se incorporo nervioso al advertir que tardaba un poco más de lo habitual en salir a la superficie y dispuesto a acudir en su ayuda al menor signo de peligro. Comenzó a desabrocharse la correa, a la que llevaba sujeta la pistolera, y a quitarse de la oreja el comunicador, por el que se mantenía en contacto con Mc Carthy, cuando la vio surgir agitando nerviosamente las manos y luchando por respirar. Se despojó entonces precipitadamente de la camiseta y las zapatillas y corrió raudo hacia el mar, zambulléndose inmediatamente y adentrándose en él con frenéticas brazadas.

Cuando llegó a su lado ella parecía exhausta. Había perdido las gafas de bucear y luchaba por mantenerse a flote con torpes movimientos. Intentó agarrarla pero, antes de que pudiera llegar a su lado, Bella desapareció. Se sumergió y, con los ojos bien abiertos a pesar el escozor que el agua salada le provocaba, la buscó desesperadamente hasta que sintió que los pulmones le iban a estallar. Salió precipitadamente a la superficie para tomar aire cuando vio la cabeza de ella a varios metros de distancia, cerca de la orilla y agitando los brazos alegremente.

Edward quedó atónito durante unos minutos. ¿Acaso se precipitó al juzgar su comportamiento? ¿En realidad se estaba ahogando o era otra de sus detestables bromas y él había quedado como un tonto al correr frenéticamente a rescatarla?

Se acercó a ella con lentas brazadas, intentando contener la furia que sentía.

—¡Al fin he conseguido que te metas en el agua! —exclamó Bella, con una amplia sonrisa de triunfo en su bello rostro—. No hay nada más efectivo para que un hombre obedezca que hacerle creer que va a quedar como un héroe acudiendo al rescate de una dama en apuros. ¿No crees, Eddie?

Después emitió una alegre risa ante la cara de estupefacción de él y se dispuso a marcharse nadando hacia la orilla.

Edward no reaccionó nada bien ante la travesura de Bella. Estaba disgustado, muy disgustado. Aún se encontraba bajo los efectos del pánico sufrido al creer que su vida estaba en peligro, unido al riesgo que él mismo corrió en su loco intento por rescatarla. Había sido una broma macabra y no estaba dispuesto a que ella siguiese pensando que podía divertirse a su costa. Él estaba allí para protegerla, no para aliviar su aburrimiento de niña inútil y consentida.

En dos rápidas brazadas la alcanzó y la inmovilizó, pegándola a su cuerpo con ambos brazos.

—¿Qué ocurre? —se sorprendió ella, al verse aprisionada entre aquellos poderosos brazos.

Calló rápidamente cuando sus ojos se posaron sobre el pétreo rostro de él. Se advertía claramente que estaba enfadado, incluso furioso. Sus ojos parecían echar chispas y mantenía la mandíbula firmemente apretada.

—En primer lugar, me llamo Edward, Edward Cullen —le recordó con atemorizante voz y mirada aún más amenazadora—. Por lo tanto, te agradecería que, cuando te dirijas a mí, lo hagas con ese nombre o, si lo prefieres, como señor Cullen. Guarda los diminutivos ridículos para tus amiguitos de la universidad, ¿entendido?

Bella, superado el momentáneo desasosiego, se relajo en sus brazos y sonrió divertida.

—A sus órdenes, mi capitán —respondió ella con voz marcial, al tiempo que hacía un saludo militar.

Él quedó peligrosamente en silencio, luchando por serenarse antes de decidirse a hablar de nuevo. Apenas podía dominar el imperioso deseo de sumergir aquella bonita cabeza en el agua hasta que ella comprendiese lo poco acertado de su proceder. No era propio de su naturaleza reaccionar con violencia y menos contra una mujer pero reconocía que aquella lo llevaba al límite de su paciencia y le obligaba a recurrir a un supremo esfuerzo de autocontrol para reprimir las enormes ganas de darle una buena azotaina; algo que, por otra parte, estaba necesitando por encima de todo.

—Y en segundo lugar —continuó él con voz contenida y muy cerca del expectante rostro femenino—, espero que ésta sea la última vez que decides hacerme blanco de tus inoportunos y descabellados juegos. Tal vez no te has enterado aún de que mi trabajo es protegerte en todo momento. Un trabajo bastante complicado y que requiere de toda mi atención, por lo que no es aconsejable que lo dificultes más de lo necesario. Si te sientes aburrida y quieres divertirte, te aconsejo que compres una mascota con la que entretenerte, pero deja ya de importunarme. ¿Queda claro? —concluyó él, elevando la voz y con el rostro encendido a causa de la ira contenida.

Bella abrió los ojos agradablemente sorprendida ante el bello espectáculo que suponía la expresión feroz de él y lo contempló maravillada durante unos segundos, sin apartar la sonrisa de sus labios. Estaba enloquecedoramente atractivo cuando se indignaba y ella se sentía fascinada por la fuerza y poder que mostraba en sus intentos por contener su cólera, algo totalmente justificado pues comprendía que la broma había sido excesiva. Experimentó entonces una repentina sacudida de pura excitación, maravillosamente consciente de la dureza del cuerpo masculino pegado al suyo y de la fuerza de los brazos que la sujetaban y elevaban para acercar su rostro al de él. No pudo evitarlo y sus brazos parecieron actuar con voluntad propia al enroscarse en aquel magnífico cuello.

—Oh, qué poco sentido del humor tienes. Sólo ha sido una inocente broma —se defendió ella con voz quejosa.

—No, ha sido una estupidez que podía haber tenido consecuencias desagradables para ambos —continuó él en el mismo tono de voz, aunque comenzaba a notar cómo su ira se difuminaba y era reemplazada por una peligrosa sensación de calidez, provocada por la estrecha proximidad con el enloquecedor cuerpo femenino.

—Veo que te has enfadado mucho. ¿Qué podría hacer para que me perdonases? —continuó Bella seductoramente, mientras acercaba sus labios a los de él y los posaba ligeramente en una suave caricia.

Edward no esperaba esa reacción por parte de ella. Cuando decidió atraparla para darle una lección, supuso que se revolvería en sus brazos gritando e insultando. Estaba preparado para eso, pero nunca llegó a imaginar que se mostraría relajada, incluso dichosa, entre sus brazos. ¿Qué pretendía con esa actitud? ¿Humillarle aún más consiguiendo que él sucumbiera a sus encantos para después retirarse y mofarse de su debilidad? ¿O tal vez estaba dispuesta a seducirle realmente para aliviar su aburrimiento o conseguir que él se plegase a sus deseos? Probablemente las dos cosas a la vez. Conocía a ese tipo de mujeres, siempre dispuestas a utilizar su cuerpo como moneda de cambio para conseguir lo que les apeteciese. Llegó a sufrirlo personalmente y no estaba dispuesto a que la situación se volviese a producir.

No, no iba a dejarse engatusar por una cara bonita un cuerpo de escándalo por mucho que lo estuviese deseando. Se hizo el firme propósito de resistirse a sus encantos y demostrarle que él no estaba dispuesto a jugar a ese tipo de juegos.

Pero cuando notó el leve contacto de sus labios y el suave roce de la pequeña y tibia lengua, algo pareció desatarse dentro de él. Fue como si una descarga eléctrica lo hubiese sacudido y reaccionó apasionadamente, casi con delirio, a la iniciativa de ella. Toda la pasión y el deseo contenidos durante aquellos días parecieron emerger de las profundidades de su ser para nublar su mente y convertirle en un autómata, gobernado por la imperiosa y desorbitada necesidad de poseerla. Sus brazos la estrecharon aún más contra su cuerpo, amoldándola a él y sintiendo el delicioso placer de su ardiente contacto. Abrió la boca para profundizar el beso, que se tornó voraz y enloquecedoramente apasionado. Atrapó con los dientes aquella dulce lengua, que había conseguido hacerle sucumbir irremediablemente, mientras deslizaba frenéticamente sus manos por el rendido cuerpo femenino, bajándolas hasta sus nalgas, para aplastar y frotar las caderas femeninas contra su turgente miembro, haciéndole comprender todo el deseo que le inspiraba.

Ella, sobresaltada por la violenta y apasionada reacción masculina, sufrió una fuerte sacudida que la enardeció aún más y respondió a la desaforada pasión de él con idéntico ardor. Sentía la poderosa boca masculina devorar la suya en profundos y agotadores besos. Su lengua entraba y salía de su boca en rápidas embestidas saqueándola y dejándola débil y temblorosa al tiempo que todo su cuerpo era exquisitamente consciente de la necesidad de él, idéntica a la suya propia. Pero pronto su mente dejó de razonar y se abandonó por entero a las sensaciones, asombrada y asustada al mismo tiempo de lo que estas le provocaban. Nunca se había dejado llevar por esa urgencia de poseer y ser poseída. Nunca fue tan agudamente consciente de la necesidad y frustración que padecía al no ver satisfecho ya su deseo. Y, sobre todo, nunca antes se sintió tan indefensa y tan sometida al dominio de un hombre, al que se entregaba con regocijo.

Bella, en su subconsciente, rechazaba estos sentimientos que siempre consideró sinónimo de inseguridad y debilidad femenina, comprobando sorprendida que se sentía dichosa de entregarse de esa forma y feliz de que él la dominase. Aunque eso no le importaba ahora. Se olvidó de todo, del lugar en el que estaban, de quiénes eran y de las razones que los habían llevado a esa situación. Sólo sabía que lo deseaba como nada antes y que lo necesitaba de igual manera.

Edward estaba preso de idénticas emociones. Ya no se preguntaba si era correcto o no su proceder, únicamente sabía que ella era una mujer enloquecedoramente hermosa y él se confesaba incapaz de resistirse a su atracción. Después pensaría con calma en las consecuencias de sus actos, en las posibles implicaciones en su trabajo o en las motivaciones de ella. Pero ahora, con aquel enardecido cuerpo entre sus brazos, respondiendo con idéntica pasión a sus caricias, no imaginaba que nada en el mundo pudiese impedir que la poseyera en ese mismo instante.

Pero algo ocurrió. Una súbita ola los golpeó con fuerza sumergiéndoles y obligándoles a deshacer el abrazo. Edward fue el primero en emerger y, al mirar a la playa buscándola, vio a Mc Carthy que los observaba atentamente. Todo volvió a su mente en unos instantes. Agarró del brazo a una aturdida Bella, que luchaba por respirar, y ambos se dirigieron a la orilla. Cuando estaban llegando, la cogió en brazos y la sacó del agua, depositándola en la arena cerca de donde su compañero les esperaba.

Mc Carthy, que había presenciado la apasionada escena, estaba incómodo por ello y se resistía a mirar a Edward a los ojos.

—Te llamé y, como no contestaste, temí que algo ocurriera —se disculpó tímidamente.

—La señorita Swan ha sufrido un pequeño percance y he tenido que socorrerla —explicó con el rostro impasible, mientras extraía una gran toalla de la bolsa de Bella y la envolvía con ella.

—Bien, si todo está en orden, me adelantaré —e inició presuroso la marcha.

Edward recogió sus ropas y envolvió con ellas la pistola y el comunicador que había dejado en la arena tras su precipitada carrera. Después, acercándose a una temblorosa Bella, le alargó las zapatillas para que se las pusiera.

—Cuando desees, podemos marcharnos —sugirió con voz neutra, mirando al horizonte.

Bella se sobresaltó vivamente ante la manifiesta indiferencia que se desprendía de la voz masculina y levantó sus ojos hacia él para comprobar que ni siquiera la miraba. ¿Eso era todo? ¿Ni un gesto amable, ni una palabra de disculpa aunque no tuviese necesidad de hacerlo, ni ella lo considerase oportuno? ¿Tan poco significaba para él la anterior demostración de pasión que no merecía ni una mirada? Que estúpida había sido al dejarse llevar por sus sentidos de aquella forma y mostrarle tan claramente sus deseos, algo que nunca se permitió con hombre alguno. ¿Y para qué? ¿Para comprobar su indiferencia una vez enfriada la pasión?

No le respondió y comenzó a caminar hacia la casa. Llegaron en pocos minutos y Bella se dirigió directamente a su habitación. Tremendamente abatida por la insensibilidad masculina y aún sumamente turbada tras los enloquecedores momentos vividos, necesitaba del sosiego necesario para analizar todo ello.

Se arrepentía del arrebato pasional que la dominó en esos momentos y estaba terriblemente avergonzada por haber exhibido tan abiertamente sus emociones y necesidades. Por si todo ello no fuera suficiente para mortificarla durante meses, debía añadir el bochorno sufrido al advertir que Mc Carthy los había descubierto en aquella actitud.

¿Qué ocurrió para que el inocente juego de coqueteo inicial acabara en desenfrenado apetito? Ella se consideraba una persona moderada, incluso fría a la hora de mostrar sus deseos. La habían acusado con frecuencia de ello. En ninguna de sus anteriores relaciones, pocas en realidad, se dejó llevar por la excitación del momento o sucumbió a la pasión de esa manera. Ella siempre era la que dominaba la situación, tranquila y casi impasible, sin llegar a perder en ningún momento la noción del tiempo y el espacio. Por ello le sorprendía más la reacción visceral e ilógica que la llevó a comportarse tan lascivamente.

Desde la intimidad de su habitación le parecía un sueño la escena desarrollada minutos antes. No se reconocía en la mujer enloquecida de deseo que abrazaba con frenesí a su guardaespaldas, al que sólo pretendía dar una lección por su arrogancia y despotismo. Aún así, el sentimiento que la dominaba era el de decepción. Por un momento, cuando estaba entre sus brazos enloquecida de éxtasis y felicidad, llegó a pensar que había encontrado al hombre que tantas veces imaginó en sus fantasías de adolescente y al que ansiaba vivamente pertenecer, aún sin querer admitirlo. Pero la realidad la golpeó con crueldad al comprobar que él era exactamente igual que todos los anteriores. Ahora estaría regodeándose por la fácil victoria. Había conseguido que ella se doblegara voluntariamente a sus deseos y suspirara por sus caricias para, a continuación, olvidarse totalmente de lo ocurrido, como si no hubiese tenido la menor importancia y ella sólo fuese un cuerpo cualquiera en el que descargar su necesidad.

Reconocía que, hasta ahora, su forma de comportarse no fue la más correcta. Se dedicó desde el primer momento a coquetear descaradamente con él, no con el único propósito de desconcertarlo y obligarle a abandonar su trabajo, sino también porque lo consideraba un hombre tremendamente atractivo con el que no le importaría mantener una aventura que aliviase la monotonía impuesta por la falta de libertad. Pero ello no le daba derecho a considerarla un simple objeto de satisfacción sexual disponible para usar cuando le viniese en gana, sin tener que dar ninguna explicación por ello, le parecía una actitud indigna y totalmente irrespetuosa.

El muy engreído estaría pensando que era una mujer débil a la que podría manejar a su antojo en vista del deseo que le suscitaba. Y, aunque lo deseaba como nunca deseó a hombre alguno, no iba a permitir que esa circunstancia la convirtiese en la esclava del típico macho dominante. Tenía el cercano ejemplo de algunas amigas y compañeras de estudios, convertidas en meros juguetes en las manos de hombres que se dedicaban a utilizarlas hasta que quedaban satisfechos para abandonarlas sin el menor remordimiento, mientras ellas suspiraban día tras día por volver a sentir el yugo sin el que parecían no poder continuar viviendo. Ella no era de esa forma ni iba a cambiar ahora, pues siempre consideró un síntoma de debilidad el expresar claramente sus deseos y necesidades ante los demás, principalmente ante un hombre.

Desde que a los diecisiete años comenzara a interesarse por la sexualidad, los hombres representaron para ella únicamente un medio para satisfacer sus necesidades. Nunca permitió que significasen algo más. Cuando un chico le gustaba intentaba seducirlo y, tras una corta y generalmente poco satisfactoria relación que a veces sólo duraba una noche, se deshacía de él y no volvía a recordarlo siquiera. Sabía que era una forma indigna de actuar, pero, ¿no lo hacían de ese modo la mayoría de los hombres, y no se les censuraba por ello? En sus relaciones de pareja siempre supo revestirse con una gruesa capa de insensibilidad, con la que intentaba proteger sus vulnerables sentimientos. Bella sabía que era un error y, probablemente, el motivo de su fracaso y del hastío que acababa padeciendo y, aun así, no podía evitarlo. El temor a ser herida la incapacitaba para mostrar sus verdaderas emociones.

No, no iba a permitir que la volviesen a lastimar otra vez. La niña confiada y cariñosa pertenecía al pasado. Murió cuando se vio privada drásticamente de la madre que le había enseñado a no avergonzarse de sus emociones y expresarlas libremente y volcó todo su amor en su padre para descubrir que éste no le correspondía. ¿Dónde estaba él cuando tanto lo necesitaba? ¿Dónde quedaron los cálidos abrazos y las tiernas palabras cuando se quedó terriblemente sola y desvalida? Le costó muchas lágrimas aprender a prescindir de esa necesidad de afecto y protección. Estaba orgullosa de haber podido superarlo y de no permitir que los sentimientos la dominasen. Ella ya no necesitaba el amor y la ternura de los que había gozado en su infancia. Ahora era una mujer adulta y podía prescindir de ello, siempre que sus necesidades sexuales fuesen satisfechas. ¿Quién necesitaba amor? Sólo los débiles, y ella, sin lugar a dudas, no lo era.

Bella intentó borrar de su mente el frustrante suceso de la playa, llegando a la conclusión de que no merecía la pena afligirse por lo que ese déspota engreído pudiese pensar. Y, aunque ardía en deseos de gritarle a la cara que ella no era la especie de ninfómana que se le había mostrado y que su proceder de esa tarde sólo fue una especie de enajenación mental pasajera, estaba decidida a ignorar su presencia y sofocar férreamente los ardores que pudiese provocarle. Para ello, y después de comprobar las reacciones que despertaba en ella con su solo contacto, sería más prudente mantenerle lo más alejado posible y, sobre todo, evitar situaciones similares a las que desencadenaron en la penosa demostración de esa tarde. Era una cobarde, reconocía de mala gana, aunque nunca se había encontrado ante una situación en la que no fuese dueña de sus reacciones e incapaz de poner freno a sus desenfrenados impulsos. Prefería no comprobar hasta qué punto era capaz de perder el control con ese hombre. Que pensase lo que quisiese de ella, no le portaba. Esperaba librarse de él en pocos días y no volver a verlo en su vida. Entonces, ¿qué más le daba la opinión que ese arrogante se hubiese formado?

Reparado en parte su orgullo con esos razonamientos y reconfortada con una refrescante ducha, Bella se enfrascó en una estimulante lectura dispuesta a que su tiránico carcelero no le amargase las tan esperadas vacaciones.

Los pensamientos de Edward eran bastante parecidos a los de Bella. Al principio, tras los momentos de pasión vividos, se sintió tremendamente irritado consigo mismo por no ser capaz de resistir el hechizo de aquella diabólica mujer y sucumbir a su juego de seducción en forma tan salvaje y desmedida. Y no sólo eso se tenía que reprochar, también la falta de profesionalidad al poner en peligro la vida de su protegida. Corrió un enorme riesgo relajando totalmente la vigilancia en un espacio abierto. Si en esos instantes se hubiese producido un incidente, él se encontraba totalmente inoperante, absorto en un delirio sensual que habría llegado más lejos de no haberse producido la oportuna llegada de Mc Carthy. Estaba tan excitado y ella tan deseosa, que en unos pocos segundos más la habría poseído sin ningún impedimento. No tenía excusa alguna para su proceder. ¡Por Dios, si era poco más que una alocada adolescente! Cierto que estuvo coqueteando con él desde el principio y después lo enloqueció con su apasionamiento. Aunque eso no era excusa para aprovecharse de ella y permitirse perder el control de esa manera, en ese lugar y, precisamente, con la persona a la que debía cuidar y proteger.

Una de las normas que siempre debía cumplir un escolta era la de evitar toda relación con sus protegidos fuera del ámbito profesional. Era tristemente consciente de las trágicas consecuencias que esa conducta acarreaba, consecuencias que se traducían en muerte y dolor. Pensaba que había aprendido la lección y que no volvería a implicarse emocionalmente con las personas a su cuidado. Se equivocaba, evidentemente.

Desde el primer momento supo que Bella era peligrosa, lo que debía de haberle prevenido para evitar situaciones como la de esa tarde. Pero él era una persona adulta y podía haberse resistido. El que no lo consiguiera le inquietaba. Era consciente de que la deseó desde el primer momento. Deseo que fue aumentando de forma extraordinaria en los pocos días que llevaban juntos. Esa circunstancia debería haberle decidido a abandonar su puesto mucho antes y delegar su función en otro que pudiese mantener la mente despejada y alerta. Pero se negó a aceptar que él no era capaz de resistir la tentación que la hermosa y sensual Bella representaba. Fue un grave error por su parte que, por suerte, no acarreó consecuencias nefastas.

Por lo tanto, y en vista de los últimos acontecimientos, sólo veía dos soluciones. La primera era llamar al industrial y, con cualquier excusa lógica, decirle que no podía continuar protegiendo a su hija, y después marcharse de allí lo más rápidamente que pudiera. La segunda, bastante más arriesgada, consistía en permanecer en su puesto y comportarse como el buen profesional que fue en otros tiempos. La postura más prudente habría sido la primera, pero Edward sabía que ya era demasiado tarde para seguirla. Dos días antes aún estuvo a tiempo de marcharse tranquilamente de allí. Ahora, tras haber tenido a Bella en sus brazos y saboreado su enloquecedora dulzura, sabía que no podía hacerlo. Le afectaba demasiado su seguridad como para dejarla en manos de otros. No podía engañarse a sí mismo y debía admitir que esa mujer había calado muy hondo en él y resucitaba sensaciones que consideraba muertas para siempre. ¿Cómo llegó a esa situación en tan poco tiempo? No podía explicarlo, pero era consciente de que estaban allí, dolorosamente fuertes y dispuestas a no desaparecer en mucho tiempo.

Edward emitió un resignado suspiro y se separó de la ventana de su habitación, por la que estaba mirando sin ver desde hacía largos minutos. Tenía muchas cosas que hacer y no podía demorarse de esa forma en la autocompasión y los merecidos reproches. Cuanto antes descubriesen a los delincuentes y la amenaza contra Bella hubiese desaparecido, antes podría marcharse y volver a su tranquila y ordenada vida y, sobre todo, antes podría olvidarla. Ahora sólo le cabía la esperanza de que tal circunstancia se produjese en el menor tiempo posible y él se evitase días de inquietud y angustia, reprimiendo sus deseos e intentando concentrarse en su trabajo. No podía permitir que la vida de ella corriese peligro por un error suyo, le importaba demasiado para eso.

Se sentó a la pequeña mesa escritorio y encendió el ordenador portátil. Si conseguía que el trabajo lo abstrajera lo suficiente, podría apartar de su mente el recuerdo del enloquecedor cuerpo femenino, suave y vibrante, pegado al suyo y el delicioso sabor de aquella cálida y dulce boca.


U.U Edward y Bella se han besado, pero todo a terminado mal. ¿Creen que estuvo bien Edward?

(^_^)凸

Gracias por sus reviews, son divinas siempre, me han preguntado algunas cosas que voy a responder a continuación:

1) Cuantos capítulos serán? : Mas o menos 20 capítulos.

2) Saldrán Jasper, Emmett y Rose?: Realmente no, solo aparecerán Emmett (Como Mc Carthy) y Alice.

3) Quien es la autora original de la historia?: Mantendré el misterio hasta el final, solo diré que sus iniciales son A.L ya que con la adaptación anterior publicaron en uno de los reviews el final, y no me parece justo para quienes esperan a cada capitulo siendo fieles a las publicaciones.

4) Como es el link del grupo oficial de mis adaptaciones y otras historias?: www(punto)facebook(punto)com(barra)groups(barra)paraisoeinfierno o pueden buscarnos como "Paraiso e infierno"

Próxima actualización: Miércoles 13!

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#Andre!#