7.

La vez que Sam, en casa de Bobby, le pidió que saque eso que estaba pudriéndosele dentro después de la muerte de John, Dean destruyó la parte trasera del Impala con una barreta. No es que ahora vaya a ser algo parecido, aunque no haya pasado demasiado tiempo, pero aún sabiendo cómo son las reacciones de su hermano dentro del campo sentimental, Sam no deja de preguntarse por qué demonios, por una sola vez, no desoyó sus estúpidos impulsos.

Quizás manosear a Dean para que se le quite lo molesto parecía una idea genial la noche anterior, ¿pero ahora? Tan solo ocho horas después, con la luz del día, ni siquiera se atreve a mirarle a los ojos.

Dean no le ayuda demasiado tampoco.

Sigue tan esquivo como los días anteriores pero ahora tiene la duda clavada debajo de la piel. Ni siquiera es una duda, es una certeza: lo que ha hecho no tiene nombre ni justificación. Tampoco puede recordar sobre qué fundamentos se basó para creer que lo que necesitaba Dean era eso. Más que eso, que fuera su propio hermano el que lo llevara a cabo.

No es que lleven una vida demasiado corriente, pero lo poco normal que había en ella ha empezado a desmoronarse por su culpa.

Antes del desayuno, se duchan por turnos y lavan la ropa como acostumbran, en la bañera y usando un secador de cabello. Dean se maneja con las palabras justas, como cuando están enfadados, solo que ahora Sam sabe que no lo está. O al menos, no lo parece.

Mientras se calienta el agua para el café, entre los dos meten los dos juegos de sábanas en la lavadora, porque. Bueno. Ya es hora.

Ninguno de los dos siquiera insinúa nada al respecto, pero de pronto la cocina parece el lugar más seguro de la casa. Con el periódico y el laptop, el desayuno dura al menos una hora y media.

Sam tiene el brazo extendido sobre la mesa, lo mismo que su hermano, lo mismo que todas las mañanas desde que la joven bruja los maldijo, con la única diferencia de que ahora Sam tiene el puño cerrado, casi en tensión, intentando no tocarlo bajo ninguna circunstancia. De a ratos le mira de soslayo. El mayor no parece alterado en lo más mínimo pero verle de esa forma no le proporciona ninguna seguridad. Dean siempre parece estar bien. Hasta que estalla. Él no quiere que llegue a eso, por lo que decide adelantarse un paso.

—Dean —le llama la atención con un tirón al lazo. El mayor levanta la mirada después de un par de segundos—. Anoche-

—Shhh —le calla, y no tarda absolutamente nada en regresar su atención a la sección de deportes del periódico. A Sam no le parece lógico. Ni que le mande a callar, ni que esté interesado en la sección de deportes. De deportes.

—Te juro que no sé porqué-

—Basta.

—No sé en qué estaba pensando…

—¡Dije que te calles! —Grita el mayor, golpeando la mesa con la mano libre—. Basta es basta aquí y en China, ¿por qué no te callas cuando te lo digo? ¿Qué? ¿Acaso esperabas que estuviera menos nervioso por la mañana?

Cuando lo dice, clavándole los ojos verdes como si quisiera abrirle un agujero en medio de la frente, Sam se sonroja casi de forma violenta.

—No tenías derecho —le reclama, antes de que pueda decirle nada, ahora sí, bastante cabreado—. Te lo dije. ¡No pienso con la polla! ¡¿Es que no lo entiendes? ¡No puedo ir a ningún lado sin ti, no podemos hacer nada! ¿Crees que mi principal prioridad es echar un polvo, de la forma que sea? ¡¿Eso es lo que crees?

—Dean, estoy intentando explicarte que… que no estaba pensando cuando-

—¡Eso no es un fundamento! —Brama el mayor, y cuando se levanta de la mesa, Sam se ve obligado a hacer lo mismo—. ¡SOLO DÉJAME EN PAZ!

—¡NO PUEDO!

—¡Me importa un carajo!

Sabe de sobra que Sam no puede hacer nada por remediar el asunto pero esa es la respuesta genérica a cualquier cuestionamiento que debe ser zanjado con la autoridad de ser el mayor.

También entiende que puede que esté un poco fuera de sus cabales, pero tampoco logra encontrar la forma de serenarse. No después de. No.

Comienza a tirar del lazo.

—¡Dean, basta!

—¡Destruiré esta puta cosa! —Grita, jalándolo con todas su fuerzas, de manera casi frenética—. ¡Tiene que haber una forma-

—¡Vas a hacerte daño!

—¡Me cortaré la mano si es necesario para alejarme de ti!

Con un movimiento de muñeca, Sam apresa la mano de Dean amarrada a la suya y le inmoviliza contra la pared con el puño sobre su pecho, pero antes de que pueda decir algo (algo como, por favor, tranquilízate) Dean le empuja con rabia, con todas sus fuerzas, tanto que le hace trastabillar y caer de espaldas al suelo. En consecuencia Dean es arrastrado también.

Todavía más furioso por sus propias acciones estúpidas, el mayor no pierde tiempo en ponerse de pie y arrastra a Sam hasta la puerta del baño. Cuando el menor cree que su hermano ha perdido la razón por completo, Dean logra cerrar la puerta dejándoles separados por los cuatro centímetros que les permite alejarse el lazo.

Desde cualquier punto de vista parecería una escena extremadamente infantil, pero es la primera vez en diez días que pueden, literalmente, dejar de verse el rostro.

Transcurren cerca de dos horas antes de que Sam se atreva a golpear suavemente la puerta.