El sueño de venganza

Capítulo 07 - Lo más estúpido que podría haber hecho

Antes de poder reaccionar, Antonio hizo que soltara el agarre de la tela, tomó su mano, y tiró de él. No supo qué le había dejado más paralizado: si aquello que le había dicho, o el hecho de que le estaba cogiendo de la mano. Bueno, habían estado distantes desde que los sueños cesaron, e igualmente no podía decir que fuese lo mismo que cuando le había podido tocar allí. La mano que sujetaba la suya era cálida y la apretaba para que no se escurriese, aunque sin llegar a hacerle daño. Caminaron por aquellos pasillos silenciosos hasta que dieron con la escalera. Descendieron cada uno de los peldaños, tratando de hacer el menor ruido posible, hasta que se plantaron delante de un armario que tenía tazas de té antiguas, de porcelana. Era fácil no hacer ruido cuando los suelos estaban cubiertos por aquellas alfombras que amortiguaban su peso contra el suelo.

Observó aquel mueble con fijación. Nunca se había fijado en él, y eso que había pasado cerca del lugar en diversas ocasiones. Se estaba preguntando qué era lo que hacían allí, en ese agujero sin salida, hasta que Antonio soltó su mano, se fue hasta la vitrina, empujó por uno de los costados, y la mole se deslizó revelando un pasaje secreto detrás. Le hizo un gesto apremiante y cuando el rubio hubo pasado empujó el armario usando un asa que había por dentro y cerró el pasadizo. Estuvieron un segundo en una oscuridad de las más profundas, aunque Antonio sabía de memoria cómo tenía que moverse, dio con una antorcha y la prendió, devolviendo la luz al lugar.

- ¿Se puede saber qué estamos haciendo? ¿Sacarme de aquí? -preguntó Francis ahora encarando al de cabellos castaños, que le miraba impasible- ¿Dónde estamos?

- Sígueme. -fue lo único que el ángel dijo antes de empezar a caminar.

Francis bufó pero no tuvo más alternativa que seguirle. Antonio se dio cuenta de ese silencio tenso que existía entre ellos, así que decidió contestarle al menos a alguna de las preguntas.

- Estos son unos pasadizos secretos, construidos por ángeles que ya están muertos y que sirven al arcángel y a su familia para huir en caso de que ocurra algún incidente. Como soy parte de esa familia, desde pequeño me enseñaron cómo acceder a ellos y hacíamos simulacros. Por eso he podido encontrar la antorcha con facilidad. Ponte la capucha.

- ¿Para qué voy a ponérmela? No hay nadie y todo está oscuro... -murmuró a regañadientes. Le enfadaba no tener ni idea de lo que estaba ocurriendo.

- Hazme caso y póntela, hay una parte del pasaje que está descubierta. Las túnicas nos camuflarán y así nadie nos verá. Conozco este sitio como si fuese la palma de mi mano.

- ¿Qué quieres decir con que me vas a sacar de aquí? -se puso la tela sobre su cabeza a disgusto. Pues nada, si él lo decía... Maldito ángel mandón. No le gustaba nada cuando se ponía tan enigmático.

- Es hora de que regreses a tu hogar, eso es lo que quiero decir. -dijo Antonio mientras se ponía su propia capucha. Los pies de Francis pararon y él también tuvo que detenerse. Viró y le observó en silencio, con una expresión afable en el rostro.

- ¿Qué? ¿Por qué? Es decir... ¿Por qué ahora? No le veo el sentido a que hagas eso. Te interesa que esté aquí para que te quite tu maldición y a mí para poder encontrar la manera de obtener lo que quiero. -se quejó Francis- ¿Qué estás haciendo?

- Camina.

- ¡No pienso caminar hasta que hables! -le espetó de mal humor.

- Camina, por favor. Te prometo que te lo explico. -dijo Antonio sonriéndole tensamente. No podían detenerse ahora o no iban a llegar- Escúchame; estos últimos días ha estado hablando conmigo uno de los hombres que manda en el consejo de los ángeles. Miguel me ha dicho que van a trasladarte a una prisión. Intenté que entrara en razón y que cediera, le conté parte de lo que me has replicado, que de esta manera espero que me quites esta maldición algún día, pero no me dejó ninguna opción más. Lo peor no es eso, te considero capaz de aguantar una celda, lo que no apruebo bajo ninguna condición es lo que tienen en mente. Quieren torturarte, piensan que tienes un as bajo la manga que no has explicado y no tienen intención de dejarte en paz hasta que lo expliques.

- Pero eso te haría daño a ti también...

- Por lo cual tu sufrimiento se prolongaría. -apuntó Antonio- No quiero eso para ti, Francis.

- ¿Por qué haces esto?

Justo en ese momento la luz cegadora se veía hacia delante. El demonio se llevó una mano a los ojos y se los cubrió ligeramente hasta que se acostumbraron. Antonio apagó la antorcha en un pequeño parterre con agua que quedaba a la derecha y miró a Francis. Le sonrió, con jovialidad, como si no estuviese pasando nada, o no importara. Lo que quería era que estuviese bien, no iba a permitir que le torturaran sin fin, que le hicieran perder toda la fe que le quedaba en los ángeles, esa que había intentado reavivar. No quería que lo hiciera, él mismo deseaba a mantener su fe en aquellos seres de luz que parecían haber ido por el mal camino. No obstante, era difícil de hacer.

- ¿Ahora me vienes con esas? ¿Es que no te acuerdas? Tú mismo lo dijiste. Parece ser que es verdad; de tan inocente que soy, me vuelvo tonto.

Francis le observó sin comprender, aún no entendía nada, no dejaba de encontrar nuevos interrogantes, y además lo que le extrañaba era que todo había ocurrido demasiado rápido. Empezó a moverse cuando Antonio se había alejado un par de metros, apresurándose para no quedarse atrás. Los alrededores eran del mismo color que el de su túnica y quedaban camuflados a pesar de que había grandes ventanales. Abajo, Francis pudo ver la ciudad, la gente ir y venir, ajenos a su presencia.

- Llegaremos en poco. Hay un portal que conduce al mundo que el ángel que lo convoca desea. Lo abriré para que vayas al infierno. Es unidireccional, no podrás usarlo para volver. No deberías tampoco hacer tal cosa. Quiero que centres tus esfuerzos en olvidar esto, en encontrarte nuevas metas, esas que realmente te hagan sonreír.

- No pienso deshacer tu maldición. ¿Es que eso no te molesta? -le dijo burlón Francis- ¿Vas a dejar que me vaya tan fácilmente cuando estoy demostrándote que no he cambiado en nada?

- Sí, lo voy a hacer. Vamos a darnos prisa antes de que llegue alguien. Seguro que ya saben que hay estamos en estos pasillos. Mientras el portal se cierra, te cubriré las espaldas e impediré que te sigan.

- ¿Y qué piensas hacer? ¿Te vas a enfrentar a ellos?

- ¿Eh? -dijo con una sonrisa- No pienso luchar contra ellos. Creía que ya sabías que no me gusta pelear con nadie. Esperaré hasta que el portal se cierre y ya está. Venga, no pongas esa cara. Tengo contactos, mi padre es el principal mandatario del Reino, me llevaré una regañina y ya está.

Aunque el ángel rió, Francis no estaba tan seguro. Tenía razón, pero aquel acto no dejaba de ser grave. Antonio estaba sorprendido de lo bien que podía fingir cuando se lo proponía. Aquella insubordinación era más que grave y le iba a costar muy cara. Pero era sufrir solo, o que sufrieran los dos. Les creía capaces de matar a Francis y justificar su propia muerte como un accidente provocado por los demonios, algo inevitable y dramático. No quería que Francis se viese arrastrado a eso. Sabía que no debería comportarse egoístamente, pero Antonio se había cansado de jugar por unas reglas con las que no se sentía identificado. Quería hacer algo por ese demonio cuya vida había sido destrozada por unos ángeles que habían perdido su propio camino y se habían quedado ciegos por una falsa justicia.

El pasillo terminaba en una sala cerrada que se encontraba sumida en la penumbra. Había unas luces de color azul que le daba una tenue iluminación. Sobre las paredes pintadas de blanco había dibujadas estrellas, que parecían moverse en esa pobre luz. En el suelo había un círculo pequeño que estaba rodeado por una verja y custodiado por dos pilares. Antonio se quitó la capucha casi a la vez que Francis, se posicionó entre los pilares, extendió el brazo y en su mano se materializó un hacha. El demonio observaba aquel hecho curioso, aferrado a una verja. El golpe del palo pegando contra el suelo resonó en aquella habitación y el círculo pronto se transformó en un agujero negro que esperaba y levantaba una brisa. El arma se había quedado pendida sobre el círculo, como si canalizara la energía y mantuviese de esta manera el portal abierto.

- Ahora debes marcharte. -se hizo un silencio en el que se miraron fijamente a los ojos- Te he dicho que no pongas esa cara. Esto es una simple travesura. Tú eres el que vuelve al Infierno, eso sí que parece una tortura...

Francis anduvo hacia el círculo pero se detuvo justo frente a los dos pilares. Aún no entendía por qué Antonio se arriesgaba tanto en algo que no le beneficiaba para nada. Ni siquiera iba a quitarle la maldición, lo único que evitaba era sentir la tortura. Bueno, eso ya era algo que esquivar. Se giró y le miró fijamente. El ángel dibujó una sonrisa afable, tratando de eliminar esas dudas que le impedían marcharse de una vez. Escuchaba las voces, lejos, ya venían.

- ¿Por qué? No me creo lo de antes. Quiero saber de verdad por qué te arriesgas. Tienes que tener un motivo. Te molesto, ¿verdad?

El ángel sonrió resignadamente. Parecía que no era tan obvio, que Francis no podía pensar en eso. Se acercó a él, estiró los dos brazos y sus manos se posaron en aquel collar que le había puesto hacía ya un tiempo. Lo abrió y lo retiró, dejando que descansara sobre su muñeca izquierda. A continuación estiró el otro brazo hasta que pudo poner su mano derecha sobre el hombro izquierdo. Los ojos azules pasaron del rostro a la mano para regresar finalmente a sus facciones.

- Soy idiota, un ángel tan tonto que ha hecho lo más estúpido que podría haber hecho... -le dijo. Apoyó la otra mano sobre el hombro.

- ¿Y eso qué es? -

Se lo veía venir pero prefería estar seguro de que lo que había pensado era correcto. De ser así, Francis no sabía cómo iba a reaccionar. Antonio se aproximó hasta que sus rostros estuvieron a escasa distancia, tanto que pudo oler el aroma del chico, similar a la miel, el cual le daba ganas de pasar la mano por esa piel lisa y perfecta para ver si también era pegajosa. El ángel le sonrió, era ese gesto que siempre solía poner pero, además, tenía una pizca de alguna otra cosa, un poco de algo que se asemejaba al cariño, a la ternura.

- Me he enamorado de un demonio.

En ese momento, tras esa declaración, las manos se movieron bruscamente, se apoyaron en su pecho y le empujaron hacia el agujero. Francis no lo esperaba; esa fuerza le hizo perder el equilibrio y dar un paso hacia atrás, que le hizo caer en aquel agujero. Aunque estiró la mano para intentar atrapar a ese ángel que le sonreía, Francis fue incapaz de agarrarle. Lo único que pudo hacer fue gritar su nombre con frustración mientras se hundía en las profundidades de ese portal. Antonio se había inclinado sobre el agujero, tratando de verle. Se llevó la mano a la boca, dejó un beso sobre ésta e hizo un gesto como si lo dejara caer dentro del portal.

- Adiós, Francis...

Escuchaba las voces que venían del pasillo y eso hizo que despertara de ese momento de ensimismamiento. Se incorporó, se giró, cubriendo el portal, dejando que terminara de cerrarse, y se quedó mirando hacia la puerta con una sonrisa tranquila. Había cumplido con su objetivo, había puesto a Francis a salvo y ahora ya no podrían dar con él fácilmente. Estaba enamorado de ese peculiar hombrecillo que resultaba ser un demonio. No aprobaba las violaciones y eso siempre le provocaba un ligero desasosiego, pero sí que sentía cariño hacia él, su manera de ser tontorrona... Había estado ahí en estos últimos días y había sido capaz de animarle.

El hacha provocó un fuerte estruendo al caer contra el suelo, ya sin ser sustentada por ningún poder puesto que el portal se había cerrado. Sonrió aún más. No le importó que cinco guardias le rodearan y apuntaran sus lanzas hacia él.

Antonio levantó las manos, demostrando que no tenía intención de pelear, mientras sonreía con arrogancia.


Todo se sucedió a una velocidad demasiado rápida como para pensar con claridad. En un momento estaba rodeado por cinco guardias, al siguiente Miguel ordenaba que le prendieran y entonces tenía a tres tíos encima que casi le duplicaban en masa corporal, sujetándole con tanta fuerza que le dolía. Había otros soldados que gritaban, exclamaban órdenes y comentaban lo que ocurría. Miguel también se encontraba indignado y lo exponía en voz alta. El ángel de ojos verdes y cabello marrón corto no prestó atención a todo aquello, tenía dificultades para caminar en esa pose. Un soldado le apretaba la espalda y parte de la cabeza, haciendo que su torso se inclinara hacia delante. Los otros dos le agarraban los brazos, clavando aquellos dedos robustos en su blanca piel. Quedaban dos más, que estaban uno delante y uno detrás, apuntándole con sus armas.

Tras un camino que se le antojó corto, sintió que le empujaban con fuerza hacia delante y gracias a que puso las manos no se dio de morros contra la pared y evitó así caer al suelo. Le vino a la nariz un olor a orín que se mezclaba con el de la humedad del lugar. Era un hedor nauseabundo que le hizo llevarse una mano a la nariz para intentar que fuese menos fuerte. Todo tenía una apariencia decrépita y grasienta, como si hiciera siglos que no se pasaba un trapo por ahí y quizás era cierto. Las sábanas habían sido otrora blancas, pero ahora tenían una tonalidad grisácea que no quiso apreciar durante demasiado tiempo. Se dio la vuelta y observó los barrotes con calma. Nadie se había quedado para hablar con él, pero podía escucharles chillar. Hubo algo que sí le llegó con claridad, una sola palabra que se repetía como si fuese un canto a la libertad.

- ¡Juicio! ¡Debe ser juzgado!

Estuvo veinticuatro horas encerrado en ese lugar. Irónicamente, se mantuvo despierto con facilidad. Había estado días desvelado por culpa de Francis antes, aquello era sencillo. A la mañana siguiente vinieron dos soldados que le sacaron de allí y le llevaron a una de las muchas salas que aquella enorme casa tenía. La habían cambiado y ahora disponía de un par de filas de sillas. La primera y gran parte de la segunda estaban ocupadas por personajes vestidos con trajes caros, confeccionados con las mejores telas finas. En la última fila había dos asientos libres. Las miradas de los señores trajeados eran de desprecio, de decepción y transmitían un sentimiento funesto. Su padre, Romario, se encontraba sentado tras una mesa mirando unos papeles. Su gesto era serio, triste, como si hubiese soportado de repente un golpe demasiado fuerte. Miguel le observó con furia y supo que él iba a ser el que más pelearía contra él.

- Se ha iniciado este proceso rápido para juzgar al señor Antonio, ángel, descendiente de aquella raza que todos conocen y que ahora ya está prácticamente extinta, a la que una vez llamamos los Blancos. -empezó el ángel- Se le acusa de traición al Reino, traición a Dios, traición a todo nuestro mundo, liberar a un preso y cubrirle en su huída, deliberadamente. Paso a exponer los hechos. El señor Antonio se encontraba delante del portal exclusivo para el arcángel y su familia, cubierto por una túnica oscura. Poco antes de llegar escuchamos un ruido metálico que suponemos debía de ser su arma, la cual era necesaria para materializar dicho portal. El reo, un demonio que ha subido de nivel gracias a que extraía el poder de Antonio, no había sido visto desde que se había marchado con la cena a la habitación y estaba desaparecido. Gracias al sistema de seguridad de este pasaje designado para nuestro mandatario, sabemos que entraron dos personas y, aún así, cuando llegamos sólo el ángel permanecía en el lugar. No opuso resistencia y miraba a los guardias de manera desafiante. ¿Es cierto, Antonio, que usted deliberadamente llevó a ese demonio a través de unos pasajes reservados y le abrió una ruta de escape?

Se hizo un silencio expectante y todos los ojos, sin excepción, se posaron en él. Antonio no se sentía nervioso ante una situación de ese tipo. Estaba claro que no pensaba mentir. Diría todo lo que había ocurrido e intentaría hacerles entrar en razón de algún modo. Tampoco era un iluso, sabía que no lo lograría, pero al menos les quería hacer dudar, hacer que viesen que no estaban tan acertados como pensaban. La puerta se abrió y todos miraron hacia allí. Habían llegado los dos últimos comensales de aquel juicio sin sentido. Lovino y Feliciano miraron hacia su tío con más pena que otra cosa. No quería ni imaginar qué historia les habrían contado y qué concepto tendrían ahora de él. Sin mediar palabra, Lovino tiró de su hermano, al cual cogía de la mano, y ambos se movieron hasta ocupar su sitio en la Corte.

- Antonio, conteste. ¿Liberó usted, por voluntad propia, al demonio Francis? -dijo Miguel con tono autoritario. Otra vez la atención se focalizó en el de ojos verdes.

- Sí, lo hice. -confesó Antonio sin inmutarse.

El rumor de los presentes hablando, comentando lo que Antonio acababa de decir, se hizo fuerte y molestaba bastante a la hora de continuar, así que Miguel impuso silencio pegando un chillido.

- Así pues, confirma que dejó marchar a un demonio sin estar coaccionado por nadie.

- Exacto.

- ¡Escuchen lo que dice! ¿No eres consciente de lo que hiciste liberándole? -exclamó Miguel dejando ya los formalismos, tuteando a Antonio.

- Me da igual que la maldición nunca se vaya, que si algún día se le vuelven a cruzar los cables me extraiga la energía y muera. Lo que no puedo tolerar es que se cometa tortura para obtener información.

- Esa estúp- ... Esa maldición no es ahora lo más grave. Ese demonio burló la seguridad y se coló en nuestro Reino. Has dejado que alguien con esa información vuelva a ese nido en el que todo el mundo está deseoso de obtenerla.

- ... -eso sí que no lo había pensado- ¡Francis no va a darle esa información a nadie...!

- ¿¡Y eso cómo lo sabes!? -Miguel se paseó cerca de la gente en las sillas- ¿Te lo ha dicho? ¿Te lo ha prometido? ¿La misma persona que te atravesó el hombro? ¿La misma persona que te echó una maldición...?

- No digas nada más... -dijo Antonio mirando por un instante de soslayo a sus sobrinos. Ellos no sabían nada de nada. Precisamente era algo que quería esconder a cuantos pudiera.

- ¿Ese mismo demonio que usó la mencionada maldición para tener relaciones sexuales contigo y arrebatarte tus poderes?

Los ojos verdes de Antonio se cerraron, con rabia, al escuchar la frase que había soltado. Ahora lo sabían, eso le hacía sentirse terrible. No quería ni imaginar lo que sus sobrinos estaban sintiendo en ese momento; le aterraba pensar que cualquier cariño que pudieran aún haber sentido por él se hubiera disipado con aquello. Pero Miguel no le iba a dejar tiempo para arrepentirse, para sufrir, lo que hizo fue seguir presionando, buscando otra confesión.

- ¡Sí, ese es el demonio al que he dejado escapar! Lo que os olvidáis de contar es que a ese demonio le arruinaron la vida los ángeles cuando tan sólo era un crío. ¡Su familia, que vivía en paz en el mundo de los humanos, sin hacer daño a nadie, fue asesinada y quemada! ¡Lo que le dio fuerzas todos estos años fue pensar que podría vengarse! ¡Era un crío! ¡¿Acaso no entendéis que también le habéis hecho daño?! Y podría haberme matado si hubiera querido y no lo hizo. ¡Todas estas semanas, ha sido el único que ha estado a mi lado!

- ¡Menuda blasfemia! ¿No estás viendo que nadie aboga por ti? ¡Eres un demente! ¡Sólo un loco defendería con tanta vehemencia a un demonio! -le espetó Miguel con enfado- Esta sala ha llegado a un veredicto, uno que ha sido confirmado por el silencio que reina. Por el delito de traición y por ayudar a escapar a un demonio que supone un riesgo para el Reino y todos los ángeles que habitan en él, se declara a Antonio culpable.

- Ni yo puedo hacer nada... -dijo Romario apenado mirando a Antonio- ¿Por qué has hecho algo así?

Le dolía no poder hacer nada por defender a su hijastro, pero ni aún siendo uno de los arcángeles, Romario podía arreglar la situación. Era cierto que al dejar que Francis se marchara, había puesto en peligro a cientos de vidas. Si al demonio le daba por regresar, aquello podía ser una matanza. Miguel y el resto de los ángeles miembros del consejo le habían presionado, le habían criticado por no poder ser razonable y estar dudando a causa de los sentimientos que albergaba. Fueron reuniones de larga duración en las que se había dejado toda su entereza mental.

- Se le condena a perder sus poderes y ser desterrado para siempre fuera de este y cualquiera de los Reinos. –sentenció Miguel.

- ¿Es que no os dais cuenta de que todo esto está mal...? ¡Tenéis todos una venda encima de los ojos! ¡No os dejan ver lo importante! No hay más que mentiras, por todas partes. Parece que vivimos en paz, pero esa paz es mentira, está basada en el miedo, en una educación vacía en la que nos enseñan a estar callados, a no pensar demasiado. ¿Es para esto que Dios nos dio la vida? ¡No! ¡Estoy seguro que todos deberíamos ambicionar crecer, volvernos cultos, ver la vida y guiar a quien sea, humanos, ángeles o a los mismos demonios, para que ellos también puedan ser buenas personas! ¿Pero qué nos ha pasado...? ¡Vivimos con la mierda hasta las orejas y no nos estamos dando cuenta! ¡Los ángeles matan y piensan en venganza como si nada! ¡Roban, asesinan cruelmente a gente que nada ha hecho! ¡¿No les habéis contado lo que hicisteis con mi gente, verdad?! ¡Eso no lo decís! ¡Os aterra lo que se sale de vuestros parámetros y lo machacáis sin piedad! ¡Eso no es bondad! ¡No sois más que animales con la cabeza escondida bajo el suelo! ¡Y a los niños, a las nuevas generaciones, ya desde que nacen les obligáis a meter la cabeza con vosotros! ¿¡Por qué no os cuestionáis todo!? ¡Os están engañando! ¡Os están tapando los oídos, los ojos, la boca! ¡Os coaccionan! ¡Os están mintiendo mientras ellos van manchándose las manos de sangre en vuestro nombre! ¡Estáis viviendo con asesinos!

- ¡Lleváoslo de aquí! -vociferó Miguel a los guardias.

Rápidos, los guardias se fueron hacia Antonio y sujetaron sus brazos con fuerza. Tiraron de él, arrastrándole fuera de ese lugar mientras el ángel de ojos verdes y cabello castaño seguía gritando, deseando dejar en sus mentes esa semilla que les haría despertar, esa que podría incitar a un cambio. Lovino y Feliciano abandonaron los asientos y corrieron, pasando entre los ángeles trajeados, que también se habían levantado. Intentaron apartarse y alcanzar a su tío, detener aquello antes de que fuese a más. Las palabras de Antonio resonaban en su mente, sus gritos, su desespero, todo aquel sentimiento que había explotado con intensidad. No estaba loco, su tío estaba diciendo aquello de verdad, deseaba de todo corazón que se dieran cuenta del error. No eran gritos de reproche, gritos dementes que únicamente buscaran convencerles. El ángel no les guardaba rencor, sólo buscaba que recapacitaran.

- ¡Antonio! -gritó Lovino intentando llegar hacia él, estirando la mano.

- ¡Tío! ¡Soltadle! ¡Es nuestro tío! ¡Soltadle! -chilló a su vez Feliciano.

Pero no pudieron llegar a alcanzarle, pronto manos desconocidas les asieron y les impidieron seguir avanzando hacia aquel hombre que ahora les miraba sorprendido. Antonio no había esperado que nadie se levantara e hiciera un mínimo amago de defenderle. Lo mismo que él había perdido la esperanza con su padre, viendo de repente a un hombre al que no conocía en absoluto; Romario tampoco veía en Antonio aquella persona que había sido su hijo durante un tiempo. Quizás todo lo que había hecho había sido un error. Su mejor opción hubiera sido detener aquella matanza hacía tantos años. Pero ahora ya no tenía sentido pensar en el pasado, no podía deshacerlo. Debía ser firme, debía mantener aquellas leyes que les habían regido a todos por tantos años, debía guiar a aquellos ángeles y proporcionarles un futuro en el que pudieran decidir.

- ¡Lovino, Feliciano! -exclamó Antonio con desespero estirando la mano hacia ellos.

En ningún momento pudo acercarse porque los soldados le agarraban con demasiada fuerza. Los chicos forcejearon, intentando que los adultos les soltaran, que les dejaran ir con aquel hombre bondadoso que era su familiar aunque no estuviesen relacionados por la sangre. A veces no hacía falta aquello para que dos personas se sintiesen unidas. Los dos muchachos fueron empujados hacia el lado contrario y los ángeles hicieron una barrera para protegerles de aquella fuente de peligro que creían que era Antonio. No obstante, aunque no lo demostraron, muchos se habían quedado atónitos ante todas aquellas palabras pronunciadas por el de ojos verdes. ¿Qué no sabían? ¿Cuánto se les había ocultado? ¿Acaso no eran el bien? ¿Por qué estaban pecando y yendo contra los designios de Dios? ¿Dónde estaba su bondad si había ángeles que se comportaban de esa manera? Lovino abrazó a su hermano estrechamente mientras éste lloraba, con los ojos dorados fijos en la puerta. El mayor de los dos hermanos ni siquiera pudo mirar hacia donde su tío había desaparecido. En sus ojos se acumulaban lágrimas que él se negaba a dejar escapar y el pecho le dolía al pensar en el destino que le deparaba a Antonio.


¿Por qué su cuerpo no reaccionó a tiempo? Las noticias le habían dejado tan atontado que en el momento de la verdad, en el instante de reaccionar e imponerse, Francis falló de manera estrepitosa, como si hubiese corrido hacia una pared sólida con intención de atravesarla y se hubiese estampado contra ella. Las palabras del ángel habían sido chocantes, aunque cuando ya preguntaba hacia el final podía ver que terminarían en ellas. Se había negado a aceptarlas hasta haberlas escuchado porque lo encontraba ridículo.

Bueno, era cierto que él se preocupaba de manera ridícula por Antonio y otras cosas que no iba a pensar ni pronunciar en voz alta. El caso es que era impensable que el ángel se sintiera de esa manera por él hasta que no se lo dijo. Irónicamente, tras aquello, le empujó y no pudo mantener el equilibrio. Su cuerpo se precipitaba al vacío oscuro como la boca de un lobo. Estuvo cayendo durante lo que le parecieron minutos, pero tampoco estaba seguro de ello, y cuando chocó contra el suelo aguantó un jadeo de dolor. Tuvo que respirar hondo, aquejado, un par de veces antes de poderse recuperar un mínimo. Después de aquello, Francis abrió los ojos y observó el cielo, que en aquel momento se oscurecía con tonos rojos oscuros. Le sorprendió descubrir que el calor le afectaba más que antes. Durante ese tiempo que había pasado fuera, se había acostumbrado a aquel clima más frío.

Al mismo tiempo sentía una presión acuciante sobre su pecho que nada tenía que ver con la caída. Estaba de vuelta en ese agujero de mala muerte cuyos rincones olían a azufre y deshechos. El olor a sangre era el aroma principal de ese sombrío lugar y los edificios nada tenían que ver con los que había visto durante su estancia en el Cielo. Aunque no podía ver nada en aquella cúpula oscura, Francis miraba hacia ella con una expresión de emoción contenida. Levantó el brazo, extendiéndolo hacia el cielo, y sabiendo que no iba a lograr nada con aquello, que no veía a nadie, que Antonio no estaba allí y que no podría tenerle cerca en un abrir y cerrar de ojos, Francis cerró el puño y su gesto se endureció.

Aquella noche no hizo nada más, se levantó y caminó hasta que llegó a la ciudad y se metió en su piso. Después de días cerrado, el apartamento olía extraño, como a humedad. Lo primero que hizo fue abrir las ventanas y se echó sobre la cama, con su lanza en la mano derecha, preparado para golpear a quien hiciera falta.

Su vida se redujo a planear cómo entrar en el Cielo a recuperar a Antonio. Se levantaba, se sentaba en la mesa y escribía sobre aquellas libretas grandes las ideas que se le pasaban por la cabeza. Lo primero que intentó fue hacer mapas del lugar, pero después de tanto tiempo había olvidado los detalles más importantes. Tampoco ayudaba en nada que estuviese nervioso pensando en lo que pudiera estar pasando el ángel en su casa. ¿Le habrían encerrado en algún lugar? Casi podía imaginarle detenido dentro de aquel caserío.

El tercer día que pasaba en el infierno llegó, Francis abrió los ojos y se dio cuenta de que de nuevo aferraba las sábanas con fuerza. Una gota de sudor se paseaba desde su frente por su sien, camino a su mentón, con toda la libertad del mundo. Inspiró y espiró lentamente, intentando devolver el corazón a su ritmo habitual, cuando escuchó una voz gritando.

- ¡Que vooooooy! -chilló.

Por la ventana entró volando un pajarillo blanco que fue directamente a estamparse contra la cómoda donde Francis guardaba sus prendas de ropa. El rubio se incorporó tras hacer rodar la vista y se fijó en Pierre, de vuelta a su apariencia demoníaca, echado sobre el suelo. Negó con desaprobación; un día se iba a abrir la cabeza en una de esas. Mira que intentó explicarle que los pájaros iban más lentos cuando sabían que tenían que parar y la manera en que colocaban sus cuerpos y batían sus alas para reducir la marcha. Pues nada, el demonio era un maldito kamikaze que se chocaba contra cualquier superficie sólida para frenar.

- ¿Ni siquiera vas a venir a ver si estoy bien? ¡Eres muy cruel! -le reclamó Pierre.

- Si no te has abierto la cabeza con la de veces que te has pegado tortazos, no creo que lo hagas ahora. –murmuró a desgana Francis.

- ¿Qué te pasa? Desde que volviste estás muy esquivo, más de lo normal. Aunque ahora te veo incluso de peor humor. Puedes contarme lo que sea, no se lo voy a chivar a Arthur, te lo prometo.

- Hace días que tengo un sueño muy raro y no entiendo por qué siempre se repite. Me tiene comiéndome el coco durante todo el día cuando lo tengo. A veces lo he tenido más de una vez la misma noche. -admitió Francis frotándose la cabellera y moviéndose hasta quedar sentado en la cama. Pierre se movió y se sentó a su lado- ¿Y tú a qué has venido?

- ¡No me cambies de tema! Yo he venido porque primero desapareciste, luego regresaste y te has pasado aquí las horas encerrado. Quería ver que siguieras vivo. Y ahora cuéntame ese sueño que te tiene afectado. Me has intentado desviar el tema pero no lo vas a lograr.

Francis suspiró pesadamente. ¿Era un crimen no querer hablar con nadie? Le parecía que había una cuenta atrás con el tiempo que le quedaba a Antonio y que estaba perdiendo unos minutos valiosísimos. Pero tampoco es que pudiera echar a Pierre... Aunque a veces el chico podía ser sanguinario, en general era tranquilo y prefería volar lejos de todo a ponerse a sembrar el caos entre la multitud. Por eso mismo no se sentía con el coraje de decirle que se fuera. Así pues, decidió que le contaría aquello y le diría que estaba muy ocupado. Suerte que no había visto todo ese montón de papeles con planes, notas e ideas que tenía sobre la mesa. Un punto a favor del joven demonio: no era cotilla.

- Es un sueño muy confuso. En él puedo ver como muchos flashes, como si muchas imágenes se amontonaran una encima de la otra a tal velocidad que no puedo ni verlas bien y se torna demasiado agobiante. Además se escucha una especie de chirrido metálico que me da dolor de cabeza y a ratos parece el grito de alguien. Entonces se vuelve un sonido horrible y veo algo negro sobre un fondo blanco, y una mano que se lleva un cacho de esa cosa negra. Y todo se queda callado y veo a alguien cayendo, pero no puedo ver quién es porque el fondo es demasiado brillante y esa persona está engullida en las sombras. Entonces me despierto con el corazón a mil y mal cuerpo.

- Vaya... Menudo sueño más raro. Aunque lo más curioso es sin duda que se vaya repitiendo continuamente. Creo que todo eso significa algo: el ruido eres tú mismo, agobiado dentro de esta habitación día tras día, encerrado sin ver la luz siquiera. Y después, al final, esa persona que cae eres tú mismo. Francis, no creo que nadie pueda permanecer cuerdo viendo el estado en el que te encuentras ahora mismo. Está claro que estás agobiado y encerrarte no te ayuda a que se te pase.

- Pero es que no puedo salir a divertirme cuando tengo otras cosas en mente, Pierre. Tú no puedes entenderlo, tengo que permanecer aquí. Tengo mis motivos.

- No te digo que te vayas de fiesta tampoco, Fran. Lo que deberías hacer es salir un rato, darte un paseo, dejar que el aire te toque. Luego ya puedes volver a casa y sumirte en lo que sea que estés liado. Estás tan agobiado que quizás por eso nada te sale a derechas. Seguramente te iría bien para reordenar las ideas.

Y se dio cuenta de que quizás Pierre tenía razón. Se despidió de él frente al bloque de pisos en el que habitaba y dio un paseo por la calle después de unos días en los que había sido un perfecto ermitaño. El cielo estaba igual de rojizo que siempre, como si viviese en un continuo ocaso que nunca finalizaba. Las calles estaban prácticamente desiertas y sólo se podía ver a un casual viandante que lanzaba una mirada desconfiada. En aquel lugar no existía para nada el andar por la calle entre un gran bullicio de gente y saludar a un total desconocido. El infierno era un sitio lleno de criminales, gente que se escondía para no tener que enfrentar esa oleada de delincuencia y además de mucha miseria. No era para nada similar al ambiente que existía en el Reino de los Cielos en el que había estado.

El rubio suspiró pesadamente al darse cuenta de que había caído de nuevo en lo de siempre, en pensar en Antonio. Era demasiado extraño ver cómo había cambiado su vida y le había hecho retornar a su manera de ser de antaño. Por eso mismo no podía rendirse, no podía abandonarle allí a su suerte, en ese entorno hostil en el que nadie parecía apreciarle realmente. Antonio estaba solo en aquel lugar y sólo de pensarlo le invadía una tristeza que hacía tiempo que no experimentaba.

Una de los portales se abrió, a sus espaldas, y el ruido retumbó por aquellas calles vacías, llenas de escombros y basura por los rincones. Francis se giró cuando el sonido de la puerta cerrarse volvió a romper la quietud. Le produjo un poco de curiosidad ver al responsable de aquel estruendo que interrumpía sus pensamientos y su paseo matutino. Vio a un demonio al que ya conocía. Se llamaba Hendrik y era otro de aquellos demonios sanguinarios de renombre. Medía un metro ochenta y tenía los ojos de color azul, fríos como el hielo. Su cabello era rubio y estaba peinado hacia arriba, sujeto con algún tipo de fijador. En la frente, en el costado derecho, tenía una cicatriz que se rumoreaba que había recibido en un combate cuerpo a cuerpo con el Arcángel Germán. Él no admitía o desmentía los rumores, simplemente sonreía con superioridad y dejaba al que había preguntado con el culillo prieto del mismo miedo.

Pero lo que le dejó helado de pies a cabeza, totalmente atónito y ajeno a sus propias sensaciones físicas, fue ver que empujaba suavemente a un chico de su misma estatura, de cabellos castaños y ojos verdes. No quiso mirarle mucho más porque sus ojos se quedaron fijos en ese rostro tan conocido que estaba unos metros más allá de donde se encontraba. Antonio se veía cansado y estaba claro que Hendrik no era el mejor cuidador que pudiese tener. No quería ni imaginar lo que le estaría haciendo. Francis era un poco cobarde para muchas cosas, pero en ese momento el valor le brotó con fuerza y llenó aquella fuente en su interior, usualmente bastante seca. Dejar a Antonio con ese hombre no era una opción y él tampoco era tan débil; podía batallarle.

- ¡EH! ¡Hendrik! ¡Ese chico que llevas, me lo vas a entregar!

Cuando los dos se giraron, pudo vislumbrar el rostro sorprendido de Antonio, que se transformó en una suave sonrisa. Tenía una marca rojiza en la mejilla que tenía pinta de ser bastante reciente. El otro demonio le miró desde arriba con los ojos entrecerrados y no mucha felicidad. Si algo odiaba era que le interrumpieran de esa manera. Puso los brazos en jarra y sacó pecho, dándole de ese modo un aspecto aún más fiero.

- No pienso hacerlo, Francis. Este chico estaba tirado cuando me lo encontré. Debe ser especial, porque desprende una magia extraña. No sé de dónde ha salido, pero ahora mismo me pertenece y pronto empezaré a investigar a qué es resistente, dónde está su límite y sabré lo que realmente es. Tú no pintas nada en este asunto.

- Oh, sí, ya lo creo que sí que pinto algo en este asunto... -replicó Francis con ímpetu.

Entonces Hendrik abrió la boca para contestar algo y en ese momento el otro demonio le pegó un puñetazo tan fuerte en la cara que Antonio pudo escuchar algunos huesos crujir. Pero no se detuvo en eso, luego le pegó un rodillazo en el estómago y finalmente un impacto en el cuello le tumbó contra el suelo. Ni Francis se creía el hecho de que había logrado aquello con tanta facilidad. De manera sucia, sí, pero fácilmente. El rubio no quiso mirar mucho a Antonio en ese momento. Lo que sí que hizo fue agarrar su mano y tirar de él rápidamente hacia su apartamento.

- No imaginaba que pudieras pegar tan fuerte... -dijo Antonio aún sorprendido por ese rescate triunfal que el demonio había realizado- ¿A dónde vamos?

- Ni yo, pero eso ahora no viene al caso. Nos dirigimos a mi casa. Tenemos que escondernos. Gracias a los cielos, sólo Arthur y Pierre saben dónde vivo. Eso de ser un antisocial va a resultar tener sus ventajas y todo...

El camino se le hizo eterno a pesar de que realmente no estaba tan lejos. Cuando llegaron, Francis bloqueó la puerta con todo lo que tenía a su alcance y entonces suspiró pesadamente. El corazón le iba a mil de la adrenalina que había sentido. Fue ese el momento en el que fue consciente de nuevo de que en esa misma habitación tenía a Antonio. Había pasado días pensando en ir a buscarle y ahora, de esta manera tan repentina, le tenía allí mismo. Se dio la vuelta y le observó fijamente. El cabello estaba despeinado, algo sucio y hasta un poco dañado. Sus ojos verdes, aunque estaban llenos de esa jovialidad que le caracterizaba, también estaban rojizos del cansancio, cosa que también se reflejaba en esas ojeras que tenía bajo ellos. Su ropa blanca se encontraba ahora sucia de barro y otras cosas que no se podían identificar. Tenía arañazos por los brazos, pero no parecían haber sido provocados en esos días. Tenían más tiempo, estaban demasiado secos. Pero lo que le llamó la atención más, lo que le produjo una punzada de dolor impresionante en el pecho fue ver las alas de Antonio. Su color era negro, como el carbón, no había ni rastro de aquel color deslumbrante y puro que antes habían tenido. Las plumas del ala derecha estaban medio marchitas, parecía que en cualquier momento se caerían como las hojas de un árbol en otoño. Para rematarlo, para acabar de sobrecoger su alma, el ala izquierda estaba mutilada, cortada hasta que parecía un muñón de algo que, de no ver a su compañera entera, no se sabría identificar como lo que era.

- ¿Qué te han hecho...? Angelito... Antonio... -murmuró Francis con un tono tan apenado que el de ojos verdes sonrió con tristeza. El rubio no pudo aguantarlo. Notaba que los ojos se le humedecían y no quería que lo viera. Le rodeó con sus brazos y le abrazó- Mi pobre ángel... ¿cómo se han atrevido a hacerte algo así?

- No te preocupes, Francis. Apenas me duele, te lo prometo. -dijo Antonio intentando restarle importancia al asunto.

- ¿Cómo puedes decir eso, Antonio? -dijo el rubio retirándose un poco para poder ver al muchacho de frente- Llevo días teniendo un sueño raro y ahora me acabo de dar cuenta de que soñaba contigo, de que ese que gritaba eras tú. Nuestras alas son parte de nuestro cuerpo, igual que nuestras piernas y nuestros brazos.

Las manos se apoyaron en aquella camilla de hierro contra la que le empujaron con tal brutalidad que hasta jadeó. Había un hombre que le sujetaba la nuca con fuerza para que no pudiera levantarse. Otros agarraban sus brazos mientras él se resistía. Tuvieron que venir más hombres, que le sujetaron las piernas. Finalmente, le asieron las alas mientras él gritaba que no le tocaran. Le daba miedo aquella situación. Aunque se había mantenido tranquilo durante el juicio, saber que la manera de quitarle su magia era mutilar las alas, que eran la fuente del mismo, no le dejaba precisamente tranquilo. No podía ver nada de lo que estaban haciendo y sus ojos se movían frenéticamente hacia los lados, intentando encontrar alguna señal que le avisara de lo que estaba por venir.

Nada le hubiese igualmente preparado para aquello. El dolor abrasador se extendió por todo su cuerpo, como si una fuerte ola hubiese chocado de frente contra él, helada. Gritó desgarradamente mientras las manos se apretaban con fuerza e intentaban escapar. La sangre que manaba de aquella amputación se fue acumulando sobre su espalda y tiñeron la otra ala lentamente hasta que el rojo fue tan fuerte, tan intenso, que empezó a ser negro. Cuando iban a cortar la otra, Antonio gimió con desespero, como si estuviese intentando hablar pero del mismo sufrimiento que le inundaba no pudiera hacerlo. No es que fuese tan consciente de lo ocurría en ese instante. Lo que sí puedo sentir fue una ola expansiva que hizo que su cabellera se moviese en todas direcciones y que impidió a los presentes hacer nada, los cuales se apartaron del de cabellos castaños.

Lo siguiente fueron voces en medio de un mar de confusión, de visión borrosa y de un mareo producido por esa sensación desgarradora. Después de lo que parecía un eterno rato en el que pasó de manos como si fuese un trapo viejo, Antonio sintió que caía al vacío hasta que de repente chocó contra algo con tanta violencia que se fue hacia el lado.

Parpadeó un par de veces y regresó a la realidad. Francis seguía mirándole y sonrió forzadamente.

- Dolía más antes, te lo juro. Siento que hayas tenido que verme así. -le dijo aún con ese gesto entristecido. Esperaba reencontrarse con él de alguna manera. El destierro lo tenía asumido, pero no esa mutilación.

- Siéntate, te ves fatal. Te prepararé algo de comer y luego te acuestas. ¿Has dormido algo estos días? Ni siquiera podía notar tu presencia. ¿Qué te ha pasado?

Hasta casi entrada la noche estuvieron el rato sentados, charlando. Francis le preparó algo de comer consistente con lo poco que tenía. Le tocaría ir a buscar comida en cuanto pudiera ya que no tenía planes de dejar que se fuese. El ángel caído decidió explicar sin tapujos lo que le había sucedido. Le pidió perdón por engañarle, por no haberle dicho todo lo que había pasado con Miguel, cómo le había amenazado y la manera en que hablaba que denotaba que no tendría problema alguno en quitárselo de encima.

- No quería que los dos tuviésemos que sufrir, Francis. Sinceramente, no encontraba ninguna otra solución. Si te hubiesen llevado, hubieran terminado contigo y a mí me hubieran convertido en una especie de mártir. No me gustaba pensar que ese hubiese sido mi final y que todos hubiesen malinterpretado lo que ha ocurrido hasta ahora. Este final no es mucho mejor, pero al menos estoy contigo. -le dijo sonriéndole de esa manera radiante que Francis no comprendía cómo podía mantener.

La historia del juicio que le hicieron dejó al demonio tenso mientras aguantaba la rabia que le había invadido por dentro. En serio que los ángeles tenían serios problemas con esa manera de ser tan retorcida. Hasta que la historia llegó al punto en el que Antonio aterrizó con un sonoro golpe en el infierno.

- Ese demonio me encontró y me despertó con malas maneras. Estos días no me ha dado de comer, me ha obligado a cargar con sus cosas mientras me examinaba. No quiero ni imaginar qué intenciones tenía.

- Mejor no lo pienses, Antonio... Me alegra de haberte encontrado pronto. Ese demonio es conocido por ser uno de los más fríos, calculadores, crueles y sanguinarios.

Se hizo un silencio incómodo y durante éste, el ángel pudo notar un pequeño escalofrío que no se pudo percibir desde fuera. Se alegraba de estar con Francis, de poder disfrutar de su cocina y lo atento que estaba con él. En ese momento, el rubio ya no tenía mucho que aportar y no podía evitar fijarse en ese aspecto cansado y desnutrido que ofrecía Antonio. Dio una palmada contra la mesa y entonces se levantó.

- Es hora de que descanses. Se te ve agotado y ya hemos hablado suficiente. -dijo Francis- Ya acabaré de recoger las cosas luego.

El otro muchacho asintió con la cabeza y le fue siguiendo por aquel pasillo estrecho del piso que habitaba. Dirigía miradas furtivas, observando la decoración, que nada tenía que ver con la que tenía en la que había sido también su casa hasta hace exactamente unos cuantos días. La habitación de Francis era diferente y le gustó en cuanto la vio. La cama, aunque estaba medio deshecha, parecía llamarle con cánticos de sirena, buscando ahogarle en el mar del sueño, al que estaba bien dispuesto a ir. Francis se fue hacia la cómoda en la que tenía la ropa. Sacó, tras estar rebuscando alrededor de un minuto, un pijama de color oscuro y un conjunto de ropa que ni se molestó en desdoblar. Antonio observaba curiosamente lo mucho que el demonio se esforzaba en encontrar algo que dejarle. Aprovechó que no le veía y sonrió enternecido. Era de agradecer ver a alguien de ese modo por él. Desde que Hendrik le encontró, el ángel caído había temido no poder encontrar nunca a Francis. El pensamiento le había torturado de manera suave la mente y era otro de los motivos por los que no había podido conciliar el sueño. Había aceptado el exilio por él. No le importaba quedar como el malo si le salvaba y de paso hacía que otras personas se replantearan el comportamiento que todos tenían. La idea de vagar para siempre con ese demonio silencioso aunque claramente peligroso, le había producido escalofríos y una inquietud en el pecho que se resistía a dejarse desalojar. Todo eso había cambiado radicalmente desde que el azar les juntó en la misma calle a la misma hora.

- El pijama y una muda. Sé que estás acostumbrado a llevar ropa más clara, pero no tengo nada blanco aparte de lo que me traje del Cielo cuando volví. Lavaré esas prendas y las que ahora llevas. Después de todo, gracias a ti tengo experiencia lavando a mano.

- Lo sé. Gracias por todo, Francis. No sé qué hubiese sido de mí si no hubieras aparecido. Oye, si yo ocupo tu cama, ¿tú dónde vas a dormir? -le preguntó mientras se cambiaba de ropa. Ahora le costaba más puesto que sus alas se negaban a esconderse. Lo había intentado, pero se habían convertido más en un adorno que en otro cosa.

- No te preocupes por mí. Aún no tengo sueño, voy a recoger la cocina y limpiaré tu ropa. Si cuando termino tengo sueño, me echaré un rato sobre el sofá. -le dijo sonriendo, tratando de tranquilizarle. Se fijó en que abría la boca para decir algo y se apresuró a añadir- Ni se te ocurra decir que vas a dormir tú en el sofá. Has tenido unos días muy duros, descansa bien y luego ya pensaremos en ello. ¿De acuerdo?

El chico de ojos verdes sonrió resignadamente al comprobar que no le iba a dejar replicar nada, que su idea fija era que durmiese en esa cama. Se puso el pantalón y Francis miró a otro lado por respeto hacia él.

- De acuerdo. Por esta noche, al menos, dormiré en la cama. Aunque soy muy terco, no te lo pondré tan fácil la próxima vez.

Tras un segundo de silencio, Francis pasó de una muda sorpresa a una sonora carcajada. Le había atemorizado que tras lo que le había ocurrido Antonio no fuese el mismo, que su felicidad habitual se perdiese y se transformara en alguien huraño. Pero por suerte no había sido así, aún mutilado y desterrado, el chico era capaz de sonreír y de demostrar con descaro su personalidad habitual.

- Lo tendré en cuenta. Aunque tú también deberías saber que yo soy quizás incluso más terco que tú. -le dijo con aire risueño.

Le dejó intimidad y él se fue a recoger la cocina. Su corazón, que había tenido un peso encima durante todo este tiempo, ahora se sentía más relajado y esa impresión de que alguien le apretaba y estiraba sus músculos había desaparecido. Tras aquello se dio una vuelta por todo el apartamento, cerró y trabó todo lugar por el que alguien pudiera colarse de manera silenciosa. Una vez todo el piso estuvo asegurado, Francis se asomó a la habitación. Desde el marco de la puerta, por el cual entraba la luz e iluminaba el interior, que estaba sumido en la oscuridad, pudo ver cómo Antonio dormía en su lecho, acurrucado de lado, con el ala buena moviéndose por su respiración profunda. Se aproximó, le cubrió con la sábana para que no pillara frío y sonrió. Se le veía inocente y durmiendo de manera tan placentera que hasta producía ternurita.

Decidió seguir con sus tareas antes de que se le hiciera de día y siguiese allí plantado. Eso sí que sería ridículo. Estuvo un rato lavando la ropa y la dejó a secar de forma que no se arrugara demasiado. Tras aquello volvió a echar un vistazo a cada ventana y puerta. Por suerte Hendrik no sabía dónde vivía, pero eso no significaba que no pudiera descubrirlo o quizás hasta rastrearle. Eso mismo le había hecho dar un pequeño rodeo antes de ir hacia casa realmente. Tras ver que todo estaba en orden, Francis se echó en el sofá y suspiró pesadamente. Era bien entrada la madrugada y no tendría mucho tiempo para dormir.

Le costó menos conciliar el sueño aquel día y, además, no tuvo ninguna pesadilla. ¿Quizás era porque Antonio estaba bajo ese mismo techo?


Cuando se despertó, no sabía ni dónde estaba y por supuesto no tenía ni idea de qué hora era. Eso sí, el ruido que provenía de fuera empezaba a ser demasiado molesto como para seguir dormitando. Se frotó un ojo y bostezó silenciosamente. Estaba demasiado bien y ni le apetecía moverse. Se rascó con la mano derecha el estómago y ladeó el rostro hacia la izquierda. En ese momento escuchó una respiración suave, lenta, y eso le sobresaltó un poco. Cuando abrió los ojos se encontró con el rostro de Antonio cerca, mirándole curiosamente con aquellos orbes verdes que estaban oscurecidos al tener el sol en contra.

- ¡Joder! -exclamó Francis pegándose al sofá y su corazón empezó a latir desbocado.

- Buenos días. -replicó Antonio sonriendo jovialmente, sin importarle ni un poco esa reacción tan exagerada que el rubio había tenido.

- ¿Qué haces tan cerca? -le preguntó aún atónito. Por suerte su ritmo cardiaco estaba empezando a normalizarse- Casi me da un infarto. Pensaba que era alguien que se había colado y que intentaba matarme...

- Menudo drama te has montado en tu cabeza en un momento... -respondió con sorpresa al escuchar todo aquello- Es que me he despertado y me aburría, así que vine a buscarte. Pero como estabas durmiendo profundamente, pues decidí quedarme mirando sin despertarte. Estabas mono, tenías hasta cara de niño bueno.

Francis sonrió forzadamente, sin saber qué decir en un principio. ¿Que estaba 'mono'? ¿Quién en su sano juicio encontraba a un demonio mono? Pero ahí estaba Antonio mirándole, con esa sonrisa jovial que, para qué negarlo, le gustaba mucho. Suspiró derrotado y se pasó la mano por la sien, peinándose un poco.

- Si tú lo dices... Igualmente podrías haberme despertado, no hubiera pasado nada. ¿Qué hora es? -entornó el rostro tratando de encontrar un reloj, pero no pudo dar con ninguno ya que el único que había, estaba justo detrás de Antonio.

- Son las doce. Creo que es la primera vez que has tardado tanto en despertarte. Supuse que te habías ido a dormir tarde, así que no quise molestarte. -le replicó aún sonriendo.

- Gracias, aunque sigo pensando que podrías haberme despertado. No te hubiese dicho nada y así no hubieras estado ahí quieto. Pero bueno -se sentó y le dejó hueco al ángel, que pronto estaba sentado a su lado.

- Es que me parecía que todo había sido como una especie de sueño. Desde que nos separamos he estado deseando encontrarme contigo de nuevo y casi pensé que pasarían siglos antes de poderte ver. Así que me he quedado un rato mirándote, viendo que realmente eras tú. -le contestó.

De nuevo se quedó sin palabras ante aquello. ¿Cómo lo lograba? Maldito fuera por comportarse de esa manera tan adorable. Se fijó en que sus mejillas estaban sucias y entonces recordó que ya desde el día anterior se encontraba en ese estado. Estiró una mano y con el pulgar rozó la mancha, dejando un trozo limpio. El ángel le observaba con una sonrisa tranquila, como si aquel gesto fuese de lo más normal. Suspiró con resignación.

- Deberías ducharte, estás sucio de barro. Supongo que Hendrik no te dejó usar la ducha ni te dio de comer como tocaba, ¿verdad? -le preguntó incorporándose. Luego le tendió la mano y tiró de él. De este modo, Antonio se posó sobre sus pies, descalzos, con relativa facilidad- Te voy a enseñar dónde está todo para que así puedas ir por la casa sin problema. Piensa en este lugar como si fuese tu nuevo hogar. Si quieres coger algo o comer, lo haces sin tener que pedirme permiso. No tienes que hacer nada que no quieras. No hay reglas ni tareas a realizar.

- ¿Seguro? Me sabría mal cotillear por ejemplo entre tu ropa y que eso te molestara. No es que lo vaya a hacer, pero es el primer ejemplo que se me ha ocurrido.

- Segurísimo... ¿Es que te crees que te diría algo así si no estuviese seguro? Ahora considero que esta casa es de los dos. Tendrás que ayudarme quizás a la limpieza del apartamento, pero no será demasiado. Esta es la cocina -dijo abriendo la puerta y mostrándole el interior.

Fueron así pasando por las diversas estancias hasta que llegaron al baño. Francis había cogido ropa cuando pasaron por la habitación y la dejó toda cerca de la ducha, pero lo suficientemente lejos para que no se mojara. Le dejó allí y mientras él se fue cambiando de ropa en su cuarto. A los minutos la puerta de la habitación se abrió y entró Antonio, con unos pantalones de color morado oscuro y una camiseta negra descansaba sobre su brazo izquierdo. Su torso estaba al descubierto y unas afortunadas gotas lo recorrían, descubriendo misterios que hacía meses Francis había poseído y que ya había empezado a olvidar.

Los ojos verdes se encontraron de frente con los azules y tras evaluarlos un segundo, sonrieron de manera agradable. El rubio le hizo un gesto para que se acercara y dócil le hizo caso y se aproximó hasta estar frente a él. Entonces Francis besó su frente y tras eso apoyó la suya contra la del ángel, con los ojos cerrados. Una sensación cálida le invadió y se extendió por su cuello. Fue como si un gran peso desapareciese de sus hombros. El demonio se retiró y le observó sonriéndole de manera agradable. Antonio bajó la vista y se fijó en que su hombro negruzco volvía a estar en óptimas condiciones.

- Me has quitado la maldición... -dijo sorprendido levantando la vista y posándola sobre el hombre que tenía delante.

- Sí, eso he hecho. -le contestó sonriéndole- Me he cansado de todo eso. No deseo hacerte mal, Antonio. Así que lo que voy a hacer a partir de ahora es cuidarte. Debo compensar lo que hiciste por mí salvándome y aceptando ese castigo sobre tu cuerpo. Deja que ahora sea yo el que te proteja todo lo que pueda. ¿Te parece?

Antonio se había quedado en silencio observando la decisión con la que Francis pronunciaba todas y cada una de las palabras que conformaban esa declaración de principios. Su gesto se suavizó y le sonrió feliz al escucharle hablar de esa manera. Aunque no fuese lo mismo que él le había dicho antes de separarse, le importaba de alguna forma y eso le hacía feliz. No pudo aguantar las ganas y se fue a abrazarle. El rubio también sonrió ante aquel gesto y le dio unas palmaditas amistosas en el hombro.

- Siento haber tardado tanto y habértelo hecho pasar tan mal, angelito... -dijo Francis apenado- Espero que puedas perdonarme.

- Claro. A pesar de todo, que no puedo olvidar aquello, que no puedo justificarlo con nada, no te guardo rencor. Has cambiado, Francis. Bueno, quizás sería mejor decir que esta era tu manera de ser. Gracias por quitarme la maldición. Significa mucho para mí saber que me tienes a tu lado porque quieres y no con algún objetivo lejano.

- Venga, voy a prepararte algo bueno para comer que seguro que te levanta el ánimo. -dijo Francis apartándose- Te va a gustar tanto que vas a confirmar que yo seré tu nuevo Dios a falta de uno.

- Serás petardo... -murmuró riendo- Aunque tras días sin probar bocado, tengo muchísimas ganas de comer. Si puedo ayudarte en algo, tan sólo dímelo. No soy un experto cocinero pero me esfuerzo si es necesario.

Fue agradable pasar el rato con Antonio. Le dejó a solas un par de veces y vigiló que todo estuviese realmente tranquilo. No había ni rastro de Hendrik, así que se permitió el lujo de disfrutar del rato que compartían mientras le enseñaba cómo iban las cosas en su casa y Antonio por lo bajo comentaba que todo se veía sucio. Francis le explicó que la mayor parte de los pisos de los demonios estaba infinitamente peor que el suyo, lo que pasaba es que no había logrado comprar materiales necesarios para reformar su hogar. Luego estuvieron horas en las que le hizo probarse ropa de su armario que ya no usaba, puesto que Antonio se negaba en rotundo a quitarle ropa porque sí. Cenaron charlando sobre qué cosas podía realizar el ángel, que sería el que más tiempo pasaría dentro de la casa, al menos hasta que se asegurasen de que Hendrik no tomaba represalias y que pudieran encontrarle un buen disfraz para que no llamara la atención.

Cuando fue a ponerse el pijama, los ojos verdes de Antonio se perdieron en su propio reflejo en el espejo. Era toda una alegría volver a ver que su hombro lucía sano. Se puso la camiseta de tirantes, con cuidado de no rozar en su ala mutilada, y entonces regresó a la habitación. Francis había acabado de vestirse con un conjunto similar al suyo y recogió uno de los cojines que había en el suelo.

- Bueno, yo me voy a dormir al sofá. Descansa bien. -le dijo sonriéndole afablemente.

Pero de repente Antonio se plantó a su lado y le agarró de uno de los brazos. El rubio se giró y arqueó una ceja, extrañado por ese arrebato. No había pensado demasiado en lo que hacía cuando caminó hacia él y le agarró el brazo. Habían pasado un día muy bueno, uno de los mejores que había tenido en mucho tiempo. Francis le hacía feliz, se sentía animado. Aunque no le correspondiera del mismo modo y no pudiese exponerlo en palabras, quizás porque él mismo no era consciente de aquello, él se sentía dichoso por lo poco que tenía. Echaba de menos a sus sobrinos y la casa en la que había habitado casi todos los años de su vida hasta el momento, eso era innegable; pero tampoco podía decir que no fuese feliz.

- No puedes dormir otra noche en el sofá. Lo vas a acabar tomando como costumbre y me niego a echarte de tu cama. Yo dormiré en el sofá.

- Y yo me niego a que te quedes durmiendo en ese sofá cuando has pasado por algo tan traumático como la amputación de un ala. Déjame mirarla...

El hombre de ojos azules se puso a su espalda y pasó la mano por la parte superior del ala que le quedaba entera. Le dio miedo tocar las plumas, que estaban débiles y parecía que caerían al menor soplido. El trozo de ala que estaba cortado apenas lo rozó y ya pudo sentir que Antonio se tensaba como si estuviese rozando carne al rojo vivo. Delineó sobre el aire todo el espacio que cubriría de haber estado allí y se le encogió el alma. El ángel miraba hacia el suelo, ligeramente avergonzado por la manera en que era examinado. También le apenaba imaginar que Francis seguramente se estaba compadeciendo de él. Bueno, no le culpaba, ni él mismo quería mirarse demasiado en el espejo. Le apabullaba ver que una parte de él le había sido arrebatada de aquella manera tan cruel. Le dolía el ala y ni siquiera estaba allí. Era irónico.

- Pues la cama es grande, podemos dormir los dos en ella, ¿no?

Y esa propuesta que sonaba más como algo que Francis diría, en realidad fue pronunciada por Antonio. Francis dejó de mirar las alas y sonrió hacia él. No es que pudiera decir nada en contra, en la cama había sitio de sobras para ambos. Si no lo había dicho era porque nunca habían estado sobre un lecho los dos; al menos uno real.

- Está bien... Me pido el lado derecho.

Cada uno se acomodó en uno de los costados y estuvieron en silencio algunos segundos hasta que decidieron hablar para dejar atrás la vergüenza. Fue un tema distendido que les entretuvo, en concreto las armas que ambos tenían debido a sus poderes. Tras minutos, Antonio reía mientras Francis le contaba historias de Pierre y de las aventuras que habían tenido por ahí cuando habían ido juntos de misión.

- Quizás algún día te lo tendré que presentar... Tiene la mala manía de invadir mi privacidad cada dos por tres. -dijo Francis sonriendo resignado.

- Si no odia a los ángeles, me gustaría conocerle. Por lo que cuentas, tiene pinta de ser alguien divertido.

El rubio sonrió con jovialidad y ladeó el rostro ligeramente para poder encarar al techo. Antonio se quedó mirando su perfil, sus ojos, el color del pelo, el cual le caía grácilmente a los lados y se desparramaba sobre la almohada y sus labios rojizos, entreabiertos. Se incorporó ligeramente y miró desde arriba a los ojos azules. Francis arqueó por un momento una ceja, pero luego su rostro se asimilaba al de Antonio, concentrado en observar a ese hombre que tenía delante. Se acercó más y con una mano peinó uno de esos mechones rubios que se había salido de sitio y que se había ido hacia el lado que no tocaba.

- Sé que no viene a cuento, que quizás tampoco tiene sentido que lo diga, pero quiero que sepas que no es mentira lo que pronuncié aquel día. No es para que tú lo digas, es para que lo tengas en mente. Estoy enamorado de ti. No sé en qué momento pasó o por qué, pero sé que te quiero...

Esas últimas palabras fueron apenas un susurro cálido sobre aquellas líneas rosadas que delimitaban su boca y aún así le estremeció ligeramente. No pasó demasiado tiempo cuando aquellos cálidos y húmedos labios estaban posados contra los suyos. Por dentro nació un sentimiento de urgencia, del deseo producto de todo aquel tiempo sin catar un cuerpo como el que tenía cerca, y aún de este modo se controló y correspondió con pasmosa tranquilidad. El ángel se separó mientras suspiraba silencioso. Abrió los ojos y sintió el impulso de otro beso lento, que le producía cosquillas que navegaban de su pecho a su estómago en canoa rápida. No le había gustado en ningún momento que Francis abusara al principio de él y ni aún ahora podía recordar aquellos momentos con excitación. Eran horrorosas violaciones que no perdonaría pero que con el tiempo se quedarían perfectamente ocultas tras todas las cosas buenas que compartiesen. Pero sí recordaba el placer que había llegado a sentir y eso lo echaba de menos. Le daba igual que fuese pecado, estaba enamorado de Francis.

Se movió hasta ponerse encima del demonio con las piernas a cada lado de su cuerpo. Las manos de Francis rodearon su cintura y cuando sus labios se separaron le miró fijamente. Había un algo en su mirada, algo que hasta entonces no había visto. Ese algo era el deseo, la pasión verdadera.

- ¿Es que has echado de menos mis manos, angelito...? -le dijo incorporándose lo suficiente para besar y morder su mentón.

- No lo fastidies todo llamándome angelito. Te dije que prefería que me llamaras por mi nombre. -se acercó hasta que sus labios estaban tan cerca que casi podía sentir su calidez- ¿Podemos hacerlo? Sin tener que estar en ningún sueño...

Se le murió el cerebro por completo. Todas aquellas neuronas que mantenían los pensamientos complejos y racionales desaparecieron y hasta sintió un tirón bien fuerte en su entrepierna. Un ángel le estaba pidiendo que tuviesen sexo y ese era ni más ni menos Antonio. Como para no morirse... La calma que habían mantenido dejó de ser un elemento presente. Francis se apresuró a quitarle la camiseta y el mismo Antonio hizo aquello. Besó sus labios con ansia, como si se tratasen del mejor manjar de los Cielos (lo que quizás no estaba tan alejado de la realidad) y sus manos acariciaban avariciosas aquella espalda blanquecina y perfecta, con cuidado de no molestar rozando las alas. Le atrajo con fuerza contra su cuerpo y entonces besó y mordisqueó su cuello.

No le hacía falta mucho más que ver aquella desesperación, la explosión de excitación y deseo, para sentirse encendido y que su propio cuerpo cada vez estuviese más caliente y dispuesto a reaccionar a las caricias que recibía. De un tirón certero, Francis bajó pantalón y ropa interior hasta las rodillas y su mano derecha empezó a tantear por su entrepierna, encontrando en esos movimientos exploratorios una deliciosa reacción que hacía crecer todo el deseo que tenía en su interior. Al estar sentado, Antonio tenía complicada la misión de hacer lo mismo que él realizaba sobre su cuerpo. Por eso, viendo que era imposible, metió la mano entre las ropas y se encontró un infierno candente, que ardía al tocar aquella cada vez más evidente erección. La otra mano se apoyó en su mejilla y eso permitió que se inclinara para besarle hasta que tenían que abrir la boca, jadeando, para tomar aire que daba la impresión que les faltaba.

Francis llevó la mano izquierda hacia arriba y lamió un dedo lujuriosamente mientras observaba a Antonio y le animaba a hacer eso mismo. No tardó nada en hacerlo, mientras le miraba con aquellos ojos verdes que le parecía que brillaban como esmeraldas y los cuales le tenían completamente hipnotizado. La mano derecha seguía acariciando su miembro a un ritmo lento pero suficiente para provocar aquellos deliciosos gemidos que le hacían sentir que sus instintos más bajos se multiplicaban y acrecentaban. Una vez consideró que estaban suficiente húmedos, Francis besó directamente esos labios mientras la mano se abría camino entre sus nalgas y los dedos rozaban los músculos contraídos de la zona.

Estuvieron minutos de aquella forma: sus labios batallaban y jadeaban contra la boca del otro, las manos de Antonio acariciaban todo lo que alcanzaba, intentando desvelar los misterios de ese cuerpo al que nunca había llegado a tocar tanto ni con tanto deseo y Francis seguía alternando el movimiento sobre el miembro erecto del ángel y aquellos dedos que se adentraban en aquel trasero tan perfecto que Dios, sus padres, o una mezcla de ambos, le habían dado.

La impaciencia pronto afectaba a Antonio y le llevaba a una locura que hasta ahora no había conocido. Le daba igual que le doliese, eso le haría sentir más vivo. Se dio cuenta de que Francis tenía intención de moverse para ponerse encima y el ángel aferró a ese demonio que tanto deseaba y que llegaba a afectarle de ese modo, para que no se pudiera mover. El rubio le miró jadeante, confundido por que le impidiera continuar.

- No lo hemos hecho nunca así... Quiero que me veas y que me desees y que sepas que cualquier movimiento que realizo será porque te necesito.

No pudo decir nada en absoluto ante aquello. ¿Quién en su sano juicio se negaría a que un espécimen como Antonio le montase de esa manera? Nadie. Esa era la respuesta absoluta. Al principio le costaba aguantar esa estrechez mientras el mismo hombre iba bajando sobre su miembro. Aquello no era nada parecido a lo que había experimentado antes en los sueños. La realidad siempre superaba a todo y Antonio era increíble. Miraba ido, embelesado, a Francis mientras subía y bajaba la cintura según su cuerpo se lo iba demandando. Le producía escalofríos escuchar su nombre de aquel modo y la manera en que su cuerpo se contraía ocasionalmente cuando sólo un pequeño trozo de su miembro se quedaba dentro de él. Pronto la necesidad le incitó a moverse más rápido, jadeando por el esfuerzo y el placer y produciendo un sonido sordo que tenía lugar cuando sus pieles chocaban secamente.

- Estoy enfadado contigo... Que lo sepas. -le dijo Francis entre jadeos, guiando con las manos el trasero, apretando esas nalgas esponjosas y tersas al mismo tiempo.

- ¿Por qué? -Antonio gemía sin detener aquel balanceo que les acercaba a ese ansiado orgasmo. De aquella manera, además, ocasionalmente rozaba una parte en su interior que le producía una descarga tan intensa que hasta le hacía perder el norte.

El rubio le sujetó mejor y ahora empezó a mover su propia cadera, siguiendo el deseo puro, salvaje, que le llevaba a meterse en él con fuerza, seca y rápidamente, arremetiendo contra sus entrañas y produciendo una fricción que por un momento le dejó incapaz de pensar. Antonio gimió con fuerza y bajó la cabeza. Francis aprovechó para hablar contra su oído, flojo, de manera sensual.

- Estoy enfadado porque dices que me quieres pero... -gimió mientras seguía a ese ritmo- Pero me apartaste, me echaste de tu lado. No es justo... Nada justo, Antonio. Que me dijeras que estabas enamorado y... que me apartaras.

- ¡P-perdón...! -exclamó ido por el placer, no iba a poder resistir más aquello y el roce de su miembro contra el torso del demonio.

- No te perdono... Me niego... Es imperdonable...

No hablaron más, ambos estaban llegando al límite. Francis sintió el calor abrasador y punzante, que abrió la puerta a un placer que desbordaba. Sintió que se vertía en aquel interior cálido que se contraía por los espasmos que su dueño realizaba para aguantar. Una de las manos fue a estimularle mientras se esforzaba por seguir golpeando en él. Pudo sentir las uñas arañar su espalda cuando el orgasmo sobrevino a Antonio. Se quedaron aferrados, en silencio, mientras intentaban recuperar el aliento. Se miraron a los ojos, sudorosos y sin poder pronunciar una palabra. Francis respiró hondo.

- No te puedo perdonar porque te quiero y odio que tú fueses el culpable de que casi te pierda. -le dijo finalmente.

El corazón de Antonio dio un vuelco al escuchar eso. Aunque era lo que en el fondo esperaba, también era cierto que había aceptado el hecho de que quizás nunca se lo diría. Se conformaba con ese cariño quizás desmedido para unos simples amigos. Pero, que le dijera que le quería, le dejó desarmado y su cuerpo incluso atontado. Bueno, quizás era por el sexo; a saber. Su reacción fue reír suavemente, como un idiota. Francis estaba a punto de quejarse cuando los labios de Antonio se posaron sobre los suyos y le acallaron. El ángel se abrazó a él y apoyó el mentón sobre su hombro izquierdo.

- ¿Me quieres? -le preguntó sin poder creerlo aún. Se sentía como flotando. Era imposible que fuese más feliz.

- Con locura, de una manera que nunca imaginé que podría llegar a querer a nadie y aún menos a un ángel como tú. Pero... -acarició su espalda un par de veces, entonces le sujetó bien y les dio la vuelta a ambos, dejando a Antonio sobre la cama. Besó un par de veces, de la manera más dulce, a ese hombre que tenía delante- poco a poco empecé a preocuparme por ti, a querer verte sonreír... Me asustaba tanto que incluso intenté apartarte. Pero eres un rarito y ni aún por esas te alejabas. Quizás por eso me enamoré aún más de ti y esa cabeza loca que tienes.

Si antes se había quedado sin palabras, ahora le había desaparecido todo el idioma de la cabeza por lo menos. Sus labios estaban curvados en una sonrisa que había perdido su significado puesto que todo el cúmulo de sentimientos le bloqueaba por completo. Notaba que sus mejillas empezaban a estar más tibias y supo que se iba a sonrojar de tal manera que le podrían ver desde cualquier sitio. A Francis no le dio tiempo a verle completamente ya que Antonio se llevó las manos al rostro y empezó a decir cosas que no se entendían por culpa de estas. El rubio arqueó una ceja e intentó apartar las manos pero no pudo porque su compañero se revolvía. Decidió salir de su interior pero no cesó el intento de descubrirle y tratar de entender qué decía.

- ¡Pero deja que quite las manos, que no te entiendo! -exclamó el rubio.

Al final fue brusco y apartó las manos y las puso a los lados, cerca de su cabeza, cuando vio que Antonio estaba sonrojado y miraba hacia un lado, se le murió algo por dentro. Cada vez despertaba nuevos sentimientos en él y era más de lo que podía soportar sin inmutarse. Se le abrazó y enterró el rostro en su cuello.

- Eres tan mono que nunca pienso dejar que te vayas o que me apartes y nadie te va a ver así porque no. Porque no. Eres mío y me quieres a mí y que nadie se haga ilusiones porque soy capaz de pelearme con ellos. -dijo Francis hablando tan rápido que las palabras se atropellaban las unas a las otras y parecían formar una nueva muy larga- ¿Qué me estás haciendo decir?

Antonio rió con fuerza al escuchar eso y besó su sien con cariño. Le llenaba poder estar de esa manera con él y ver que le deseaba del mismo modo, que despertaba en él ese sentimiento de ternura y protección. Francis se incorporó y le miró a los ojos antes de inclinarse. Ahora no necesitaba nada más.


La mañana en el Infierno era una de las más cálidas que nunca había experimentado. Se pasaba el día yendo en manga corta y paseaba por la casa haciendo lo que le apetecía. Francis se encargaba de salir, comprar y de conseguir el dinero que usaba para comprar esas cosas. Antonio le había preguntado que de dónde sacaba aquello, ya que no parecía que fuese a trabajar, y el rubio le había dicho que mejor que no lo supiera. Los ojos verdes habían seguido a Francis por toda la habitación mientras escondía otros fajos de billetes, en un lugar que nunca hubiera sospechado que albergara grandes cantidades de dinero, y finalmente se armó de valor para preguntar:

- ¿Estás vendiendo tu cuerpo?

Ese fue, hasta la fecha, el mayor ataque de risa que Francis había tenido. Por mucho que le dijera que parara, él seguía riendo sin cesar, con las lágrimas en la comisura de sus ojos, humedeciéndolas. Las manos apretaban su estómago a ver si así vibraba menos y los músculos no sufrían más estrés. Cuando se le pasó, Francis pudo entonces responder que aquello era una locura, insistió de manera elegante en que su cuerpo sólo pertenecía a Antonio y que no se le ocurriría venderlo vulgarmente.

Igualmente, no sabía de dónde salía todo aquel dinero y, por la manera en que evitaba el tema, sabía que no sería de algo que le gustara.

Decidió que lo mejor sería dejar el tema. Ya que Francis se encargaba de conseguir comida y demás cosas que pudieran utilizar, Antonio se había mentalizado y hacía todo lo que podía en la casa. Había empezado a limpiar las paredes y estaba dándole un color más vivo, más higiénico, a aquel apartamento. Después de comer, toda aquella quietud desapareció con el sonido atronador de la puerta, que era golpeada con violencia. Francis entornó el rostro y miró hacia el lugar con el ceño fruncido. Los dos permanecieron callados hasta que otra vez la puerta sonó.

- ¡Francis! ¡Sé que estás ahí dentro! ¡Más te vale que abras la puerta! -exclamó desde fuera la voz de Arthur, que se abría paso a través de las paredes.

- Mierda, es ese general cejudo. -dijo Francis apretando los dientes- No te muevas de aquí y no hagas ruido, Antonio.

El ángel asintió con la cabeza y se apoyó contra una pared, evitando cualquier ventana por la que pudiera ser divisado. En ese momento casi dio gracias porque todos los cristales estuvieran tan sumamente sucios. El corazón del demonio latía con fuerza, violentamente. No creía que esa visita inesperada tuviese nada de azarosa y de ahí que estuviera tan nervioso. Cuando abrió la puerta, Arthur le examinó de arriba abajo.

- Así que es verdad que estás vivo... Empezaba a creer que Hendrik se había confundido de persona ya que llevabas desaparecido mucho tiempo. Pero veo que no cambias ni un poco, has vuelto y ya te has metido en problemas con quien no debes.

- ¿Problemas? No sé de qué me estás hablando y si esto se supone que es una fiesta de bienvenida, es una mierda como una casa. -replicó Francis frío, sin levantar su tono de voz ni un sólo decibelio de más. No merecía la pena perder el aliento con alguien como él.

- Oh, yo creo que sí sabes de qué estoy hablando. Hace una semana Hendrik se encontró contigo mientras paseaba a su nueva mascota, de la cual no me ha querido dar más detalles porque lo suyo tampoco es lo de comunicarse con los demás. Lo que sí me ha contado es que le agrediste y le robaste a su animalillo. Más te vale devolverle lo que es suyo. No dejaba de preguntarme dónde vives y he tenido que decirle que yo vendría personalmente para que no se plante en esta misma casa y te aplaste el cráneo. No sé ni por qué lo he hecho, quizás sería divertido dejar que lo hiciera.

- Porque sabes que ese hombre no es que esté muy bien de la cabeza y que de vez en cuando se le cruzan los cables y dice incongruencias. ¿Qué es más lógico? ¿Alimentar los delirios de un loco que mató a cincuenta demonios y luego los empaló para que los supervivientes le temiesen? Claro, de repente yo soy más fuerte y por casualidades dice que le he pegado para que pueda saber dónde vivo. Lo que pretende es quitarme del medio para volver a dominar todo.

Arthur arqueó una ceja ligeramente. No le gustaba que pudiera leer sus pensamientos con tanta facilidad, pero eso era lo que temía, que fuese otra ida de olla de ese hombre. Hizo un movimiento con la mano, tratando de restarle importancia y entonces le miró fijamente a los ojos. Lo mismo que no se fiaba de Hendrik, tampoco creía las palabras de ese rubio mentiroso. Por eso mismo, con un gesto suave, le apartó con un brazo y se adentró en la casa. Aunque su apariencia no lo demostró, Francis sintió un pánico profundo cuando eso ocurrió, pero tampoco podía gritarle y echarle sin más. Le siguió por el pasillo.

- ¿Se puede saber qué permiso tienes para entrar en mi casa sin más? -le dijo intentando que ese sentimiento ofendido no se notara como el enfado y pánico que en realidad le invadían.

- ¿Por qué te pones tan a la defensiva? Has dicho que tú no hiciste nada, ¿verdad? Entonces supongo que no tendría que importarte que miremos por las habitaciones a ver si encontramos algo raro, ¿verdad? -le replicó mordazmente. Entonces se paró, se dio la vuelta y quedó a tan poca distancia del rubio de cabellos más largos que éste dio unos pasos hacia atrás- ¿O es que tienes algo que esconder?

- ¿Yo? -le dijo mirándole con desafío- Yo no tengo nada que esconder. Pero si te encuentras algún juguetito raro, no vayas luego escandalizándote.

Arthur le ignoró y fue derecho a la cocina. Lo peor de todo era que los esbirros del alto rango, anchos como armarios, le acompañaban en su búsqueda. Si lograra dejar fuera de combate al de cejas pobladas, luego tendría que enfrentarse a otros dos que seguramente le placarían sin problemas. Antonio se encontraba en la cocina, ¿podría él encargarse de alguno? Bueno, no le creía un inútil, pero estaba ese problema de que no le gustaban las peleas. Improvisaría y ya que fuesen las cosas como fueran. Cuando llegaron a la cocina, no había nadie. Lo mejor de todo era que en la mesa sólo estaban sus propios platos, no había ni rastro de una segunda persona, sólo vajilla apilada sobre el fregadero.

- Ya podrías limpiar un poco de vez en cuando... -se quejó Arthur.

- No he tenido tiempo últimamente, lo siento~ -murmuró Francis por un momento más tranquilo, aunque aún inquieto. ¿Dónde estaba Antonio?

Lo siguiente fue la sala de estar y allí tampoco había nadie. Sufrió en su habitación, pero de nuevo nada. Como Antonio usaba su ropa, lo único que parecía era que Francis era un desordenado. El baño también estaba vacío y con eso terminaron de repasar el apartamento. Arthur se sintió decepcionado por no haber encontrado nada de nada. Estaba seguro de que ese demonio escondía algo, a pesar de que no fuese una persona. Fueron hacia la puerta y cuando estaba a punto de cerrar, Arthur metió la mano y la pierna para que no pudiera hacerlo. Se miraron de cerca, por esa pequeña rendija que no había podido ser cubierta.

- Sé que algo estás tramando aún, Francis... Y créeme que no voy a rendirme tan fácilmente. Voy a descubrir lo que planeas y entonces te arrepentirás de haber jugado conmigo. ¿O es que te pensabas que esta larga desaparición iba a pasar desapercibida para todos? No sé dónde estuviste, pero te digo que no te va a servir para nada.

- Y yo te vuelvo a repetir lo mismo de antes, Arthur, no sé de qué me estás hablando. Deberías entretenerte en cosas que realmente fuesen más productivas, como vigilar a Hendrik antes de que vuelva a matar a personas que nada malo han hecho.

- Tú siempre tan moralista. Eso siempre me ha disgustado. Me dan ganas de matarte por ser un demonio tan débil por culpa de tu corazón. -le dijo iracundo antes de darse la vuelta y marcharse junto a sus dos subordinados.


Otro capítulo más. Pues bueno, muchas cosas pasan y además son cambios argumentales importantes por lo que parece que de repente el fic se ha dirigido hacia un nuevo rumbo. No sé bien qué puedo comentar de este capítulo... Por fiiiin se han enrollado sin forzar a nadie, con amor de por medioooo :D Yeeey xDDD *tira confeti *

SakuUchiha7, asdfa Frainnn... son amor juntos, sí. Can't help it. Los amo demasiado ;v; Francis es un tonto xD lo del dibujo me parecía algo que haría XD. Me encanta como todas habéis pensado que se iban a fugar juntos. Nadie pensó que quizás le iba a dejar escapar y ya está uvu. Gracias, me alegra que te gusten ouo

BrujitaCandy, los dos son especiales dentro de su propia especie uno para representar el bien dentro del mal y el otro para representar lo que ellos piensan que es mal dentro del bien. Lo de la madre, realmente era porque quería llamarla María Antonieta. Y por no llamarla así primero fue María y luego Antoinette :D Luego pensé que sería buen motivo para llamarle angelito todo el rato. Me pareció muy curioso que llegaras a vislumbrar que no le iba a defender. Creo que encontraste bastante la esencia de Romario, que fue más tenerle por capricho y que se deja manipular.

ShootingStarXIII, ayyy pobrecita otra que pensaba que se iban a ir juntos desde el principio. Qué monosidad que sois, de verdad ouo Soy retorcida XD Pensad que iba a dejar a su familia y el lugar en el que siempre vivía, eso le costaba. También quería ayudar a los suyos. Gracias por leer y dejar revi *lanza amor*

Yuikho, hola :D Perdona, pero disiento. Creo que todas, a vuestra manera, dejáis reviews que dicen cosas maravillosas. No tiene que ser elaboradísimo, si es sincero y de corazón, a mí me alegran mucho. Me alegra que la casualidad te haya llegado al fic y aún más que te haya gustado tanto como para quedarte decepcionada por llegar al final. Es curioso que iniciara el fic pensando en escribir porno con angel y demonio y que terminara desarrollando una trama así, pero estoy contenta con cómo salió la cosa =u= Hay gente que aún ha defendido a Romario por eso, yo no lo hice xD El no tajante pretendía ser un shock xD. Aquí tienes el siguiente, servido cada viernes :)

Anooonimo P, Ayyy ternurita. Otra que pensaba que se fugaban los dos. No sé cómo te habrás quedado al leer lo que ha pasado xDDD. Piensa que llevan unos días muy buenos, unos días en los que se habían apoyado emocionalmente muchísimo, en los que se habían hecho compañía cuando nadie más parecía interesarse por ellos, eso calaba. Pero no era una fuga romántica, era un intento desesperado de Antonio por salvarle. En el infierno han acabado por el momento :3 Las cosas igualmente no están fáciles

Hethetli, bueno la actitud de los ángeles con los Blancos es una reacción realmente muy humana, pero no por ello menos reprobable. Pero lo quise poner porque me parecía que no todo tiene que ser de color de rosa y que un poco de crueldad de la vida real es buena. Lo del leopardo me ha parecido muy curioso. Eres la única que realmente defiende a Romario y me fascina más de lo que puedo expresar XDDDD Le quiere, Romario lo hace, pero se deja influenciar, tiene mucha responsabilidad sobre sus espaldas así que al final ha vuelto a decepcionar a su hijastro y ha dejado que le hagan creer que ese no es más su hijo y que ya no puede hacer nada por salvarle u.u... Pues yo, si mi padre me dijera que no quiere salvarme tan tajantemente, por mucho que yo no quisiera que él pusiera en peligro su vida, seguramente me sentaría muy mal, igual que Antonio. Aunque sea la duda, el pensar sé que no debo pero es mi hijo y le quiero y cómo puedo dejarle sufrir de esta manera cuando sé que se está muriendo día a día. Bueno, Francis sólo pudo aferrarse a lo que le mantenía vivo, algo que le hiciera seguir adelante aunque estuviera jodidísimo.

Y eso es todo por esta vez.

Nos leemos la semana que viene :3

Miruru.