Capítulo 7.

Al cabo de uno segundos Terry alzó la mirada, Y Candy volvió a pensar que era un hombre con personalidad arrolladora; su sola presencia llenaba una habitación.

—¿Quien es Gere Rury?

Los ojos verdes de Candy volaron hacia los papeles que él ponía a un lado.

"Si se ha atrevido a abrir mi correspondencia lo mato" se juró.

—¿Por que le interesa?

—¿Por que envía unos documentos que debería haberme remitido a mi.

—Es él hombre al que dejé a cargo de la fábrica. ¡¿Ha tenido usted la osadía de abrir la carta ?! ¡¡No tiene derecho!!

—Eso está por ver.

Ella se levantó como si tuviera púas bajo el trasero y estiró hacia él la palma de la mano abierta.

—Entregeme eso ahora mismo.

—Vuelve a sentarte.

—Esos papeles me pertenecen.

—Estos papeles se refieren a tu dote, y tu dote esta bajo mi custodia.

—Son los informes de mi fábrica.

—Son los informes de la fábrica, si pero, no será tuya hasta la mayoría de edad. O hasta que te cases. Y en ese momento, todo lo que tengas pasará a mano de tu esposo.

—Eso está por ver — remedo sus mismas palabras.

—Candy, Puede que tu tío admitiera que una chiquilla llevara sus negocios, pero ahí a que ahora lo hagas sin mi supervisión va un abismo.

La cólera empezaba a causar estragos en la joven; notaba que le ardían las mejillas, le temblaban las rodillas y quería asesinar al necio que tenía ante ella ¡Chiqilla! ¿Qué entendía aquel por mujer?

—De modo que prentende controlarlo todo, incluso el tiempo que ocupó en ir al excusado —dijo mordiendo cada sílaba; quería controlarse, pero no era fácil conseguirlo y echaba chispas por los ojos.

—Más o menos.

—Es usted un cretino.

—Siéntate pequeña.

—No me llame pequeña. Solo mi tío y La señora Pony me llamaban así ¡Odio que usted lo haga!—golpeó la mesa con las palmas abiertas.

—Te estas comportando como una criatura con rabieta. Por última vez toma asiento. Eso, claro si estás interesada en saber que demonios dicen estos papeles. En caso contrario, puedes marcharte por donde has venido, no puedo estar perdiendo mi tiempo con tigo.

— Es usted un...

—Cretino. acabas de decirlo.

—Terry agacho la cabeza y mordió un cigarrillo para disimula una sonrisa. Se había dado cuenta de que le encantaba encolerizarla se ponía muy bonita cuando se enfurecía su rostro adquirió un tono melocotón que hacía que resaltan las pecas que tenía en el puente de su respingona nariz, sus ojos verdes brillaban de tal modo que parecían los de una gata se le enronquecía la voz.

Tras comer solo en el club puesto que ninguno de sus amigos camaradas hizo acto de su presencia, ese día había pasado por el gimnasio dispuesto a desfogarse con un intercambio de golpes contra él primero que encontrara. Por desgracia ninguno de los oponentes tenía suficiente capacidad de modo que busco otros entretenimientos. Tampoco los encontró, la sola idea de ir a buscar a una mujer no se le antojó una escapada ridícula. Intento convencerse de que regresaba su casa porque tenía papeles que revisar, pero lo cierto era que deseaba estar cerca de Candy saber que ella estaba bajo su techo que en algún punto de la vivienda, estaría leyendo, riendo, charlando le era suficiente.

Por mucho que le exasperara cada segundo que pasaba se sentía más y más atraído hacia su propiedad, lo que no era nada aconsejable.

—El tal Rury habla de un problema con Bonnie — puso en su conocimiento—. "¿Bonnie?!

Al escucharlo Candy se tranquilizó lo suficiente como para dejar de lado las miles maneras que ya ideaba para matarlo, estiro de nuevo la mano exigiendo la carta y él se se la entrego. Ella obligó a concentrarse en lo que realmente le importaba y aún de pie se apresuró a leerla. En efecto, Gare hablaba de que habían tenido que reponer dos aspas.

—Bonnie es uno de los molinos, ponerles nombre es una costumbre que viene de lejos —explico doblo la carta y la guardó en el bolsillo del vestido—. Los usamos para el aserradero de madera. A veces el agua del río no es suficiente para mover las sierras, en otras se congela.

—¿La fábrica es un negocio productivo?

—Lo es, no sólo laboramos tablones para construcción de viviendas aunque en este último año han supuesto los pedidos más importantes, también tenemos encargos para hacer compuertas o barcos. La White company fue fundada por el bisabuelo de mi padre y el de mi tío Thomás.

—He de confesar que no entiendo un pimiento ese tipo de negocios.

—Razón demás para que no meta las narices en el.

— Volvemos a lo mismo

—El abogado de mi tío casi lo hunde, no voy a permitir por mucho tutor mío que usted sea, que un negocio familiar de hace décadas se desplome por su incapacidad.

Terry se acodo en una mesa, cruzo los dedos y apoyó el mentón en tono su mirada no mostraba enfado alguno, más bien diversión,

—Cretino primero, incapaz después ¿Que será lo que sigue?

—No voy a disculpame

—Te lo he pedido.

—Aunque me lo rogase de rodillas no lo haría.

Terry se hecho a reír de buena gana y ella se le escapó una sonrisa que escondio de inmediato, era gratificante de escuchar tenía una risa profunda que cautivaba debería hacerlo más a menudo en lugar de estar casi siempre crispado.

--¡Que belicosa eres! Se levantó, rodeó la mesa y fue hacia ella, Candy retrocedió de inmediato poniendo distancia entre ambos—. Reconozco que, aunque soy bastante despierto para los negocios, este no es el mío. Tampoco yo quiero que "tu" fábrica se vaya al garete, de modo que suigue llevando las riendas. Pero quiero estar informado de cada inconveniente que pueda surgir.

—¿Estamos de acuerdo?

—Estamos.

—Puedes utilizar el juego de escritorio de la biblioteca para responder a tu encargado. Por cierto, te ha llegado otra carta que no he abierto. —indicó entregándole otro sobre.

—Se lo agradezco. Lord GrandChester.

Estaba tan cerca de él, era tan deseable que Terry no pudo evitar que su cuerpo reaccionase.

—Prefiero no hacerlo.

—¿Por que pequeña? ¿Tanto me detestas?

—No pedí un tutor,

—Tampoco yo pedi tener que hacerme cargo de una pupila desienguada y reticente.

Candy elevó los ojos hacia él. Olía tan bien.

"¿Lo detesto?" ¿O lo que detesto en realidad es sentirme atraída por él?", se preguntó.

—Prefiero contestar la correspondencia desde mi cuarto.

—Dare la orden a Bernardo, para que de ahora en adelante te entregue la correspondencia que venga a tu nombre. Ella se volteó a mirarlo sorprendida. "De veras" acababa de hacerle un Concepción. Sus labios se estiraron en una sonrisa de triunfo antes de abrir la puerta y marcharse.

Hasta es posible que GrandChester no sea tan pollino como creía, especuló mientras subía las escaleras.

Lloviznaba, pero la temperatura era agradable y Candy disfrutaba de la impresionante "arquitectura del castillo" construido por Gillermo el Conquistador, allá por 1078. La Torre de Londres. Situada en varias ocasiones, armenia, prision de Isabel antes de convertirse en reina de Inglaterra...

Ella y la señora Woods —que, a pesar de su severa apariencia, resultó ser una mujer de trato agradable y comprensiva—, atendían a las explicaciones de Abel, su guía aquella mañana. Él joven no perdía ocasión para hacerles sonreír y escandalizarlas con algunas anécdotas escabrosas acerca de la historia de La Torre.

Al salir, no pudieron eludir a una pareja de mujeres que les interceptó. Abel hizo las oportunas presentaciones y ocuparon algunas palabras con ellas. En eso estaban cuando les interrumpió una voz sensual y terriblemente varonil. Qué hizo a Candy ponerse alerta.

—¿Se me permite saludar a unas encantadoras damas?

—¡Si es nada menos que el Duque GrandChester! —La mujer de mayor edad le obsequió una sonrisa deslumbrante a la vez que le tendía la mano enguantada, sobre la que él se inclinó—. Se vende usted muy caro Duque.

—Lady Silverstein, sigue siendo una de las mujeres mas hermosas de todo Londres.

—Y usted mi Lord, es el hombre más adulador y mentiroso de toda Inglaterra—suspiro halagada—. Supongo que recuerda a mi hija.

—Imposible no hacerlo. Si algún día se me olvida un rostro de dama tan encantador, le juro que ingresaré a un monasterio. Ambas se hacharon a reír y Candy se envaro cuando la mano masculina se coloco, como al descuido, en su cintura; algo por completo inadecuado, que podía dejarla en mal lugar e hizo que se le calentara la sangre—. Lady Florentina. ¿cuantos corazones ha roto este verano?

La muchacha, bajita y algo entrada en carnes, de rostro agraciado, pareció crecer varias pulgadas y el rubor que le subió a la cara, nerviosa acentuó su cándida belleza.

—Imagino que acudirán a la fiesta en casa de Berrington, mi Lord.

—Por supuesto. Esperó que me reserve un baile, aunque el primer vals deberá ser para mi pupila — sonrió a Candy y apretó con discreción su talle—, es su primera fiesta en Londres y tendré el honor de compañarla —Sin darles tiempo más que para él asombró, la tomó del codo—. Disculpen pero hemos de atender algunos compromisos. Ha sido un placer volver a verlas.

—Transmita nuestros saludos a su abuela — Acertó a decir lady Silverstein, sin salir de su estupor y viendo cómo se alejaban.

Junto al carruaje, Abel cargo contra su primo.

—Mientes de un modo excelente para escabullirte, pero nuestra querida Condesa va a desgollarte vivo.

—Pues mira que bien. —Hizo señas a un coche de punto y se dirigío a la señora Woods—. No le importa regresar sola a casa ¿verdad? Tenemos que hablar de temas familiares.

La dama no puso impedimento alguno. Terry abrió la puerta del carruaje, la ayudó a subir y dio la dirección de su casa al cochero.

—Bernardo la abonará en el trayecto.

Abel se apresuró a facilitar el acceso a su propio vehículo a Candy, subió tras ella y se acomodó a su lado. Terry lo hizo enfrente. Sus largas piernas hacían que sus rodillas se tocaran y ella se le puso la piel de gallina. Intento retirarse, pero el espacio no daba para más.

¡Maldita sea! Un simple roce y hace que me ponga nerviosa.

Abel golpeó el techo y el cochero puso el carruaje en marcha.

—La Condesa te va a despellejar— repitió—. Tú importuna aparición y tú lengua harán que lady Silverstein le sople a todo Londres la noticia de que eres el tutor de Candy. Vamos, te has cargado la guinda del pastel.

—Aver si os queda claro una cosa a todos. Enano: soy el tutor de Candy, en efecto, y tomaré las decisiones que me parezcan oportunas. En cuanto a vuestra intervención...

—¿Que intervención?

—Estoy soltero, si, y voy a seguir así. Pero que yo sepa no es pecado suficiente cómo para colgarme de una soga. Sin embargo, Mila se quedó en mi casa con su dama de compañía para vigilar que... —Alzó una mano deteniendo que Abel protestará y aguardará silencio—. Para vigilar que no sucediera nada indebido. Los demás no me quitáis la vista de encima. Con franqueza, me irrita que mi casa esté más transitada que los jardines de Vauxhall el año pasado. Cuándo representaron La batalla de Waterloo. ¡Y mucho más ser espiado!

—No seas necio ni exagerado.

—¿Lo soy? Y sigo : nadie me ha pedido que mantenga la boca cerrada. Así que si a la condesa le fastidia que se me haya ido la lengua, es su problema. No se si me he explicado claro.

—Cristalino, chico. ¡Pero con que ganas te partía la cara!

Terry apretó los puños, Candy se removió en el asiento, terriblemente incomoda al ser testigo mudo de la disputa entre primos sobre todo, por que era la causante de ella. Puede que ellos estuvieran acostumbrados a reñir, pero para ella el momento resultaba embarazoso. Además, su tutor se estaba comportando como un energúmeno y no dudó en mediar a favor del otro.

—Si mi presencia en su casa es motivo de incomodidad, mi Lord, su primo no tiene por qué pagarlo. Insistió que debería estudiar la posibilidad de renunciar a una tutoría que tanto le incordia y permitirme regresar a Escocia.

—¡Debería hacerlo! — replicó el en el tono hosco.

Ella le lanzó una mirada que era puro veneno.

—¡Eres un...!

—Mejor te callas, Abel. Con uno que da mala imagen en la familia tenemos suficiente. Haz gala de tus modales de caballero mientras yo hago las veces de idiota. ¿quieres?

Golpeó el techo con el bastón, espero a que el carruaje se detuviera y se bajo. Por un momento, sus ojos se quedaron fijos en el rostro de Candy.

—Salgo de Londres. No veremos en casa de los Berrington. Y recuerda, dulzura: el primer vals, es mío.

A la hora de la cena, Candy continuaba irritada. Su tutor era un impertinente. Así que ella debía recordar "que el primer vals era suyo" y había tenido la osadía de llamarla "dulzura" con retintin. ¡Menudo pedante!. Pues iba a llevarse un chasco porque pensaba frustrar sus planes, saliera el sol por donde saliese.

Sin embargo y a pesar de su enojo, se preguntó cómo sería dejarse llevar por él y hasta se imaginó en la pista de baile.

La señora Woods le entrego un sobre al salir del comedor.

—Ha llegado esta tarde, señorita; lamento haber olvidado dárselo antes. —Gracias —miró el remitente y sonrió—. Es de mi vieja aya. Si me permite. Candy salio disparada sin esperar la respuesta de la señora Woods. Subió a su habitación para leer la misiva.

Le resultó enojoso y hasta intolerable enterarse que habían entrado en la casa de Escocia, llevándose cosas de valor. Al parecer, los agentes de la ley no habían encontrado pistas sobre la identidad de los ladrones. Entre la señorita Pony y dos ex-empleados estaban haciendo una lista de lo robado. Dar las gracias mentalmente no era suficiente.

Decidió responder la misiva a la señorita Pony agradeciéndole sus intenciones y pidiéndole que le mantuviera al tanto.

Candy escuchó el revuelo en el vestíbulo, y abandonó lo que estaba haciendo. La recién llegada era una mujer menuda, de porte elegante y cabello blanco. Bernardo, Rachel y Mary sonreian de oreja a oreja y dos individuos cargaban escaleras arriba, un baúl.

La anciana se quitó los guantes, los guardo en el bolsillo.

— ¿Y tú quien eres jovencita?— le preguntó a Candy, al reparar en su presencia—. Si alguien me dice que es la esposa de mi Nieto Terry, me iré a otro barrio en paz.

Candy enrojeció hasta la raíz del cabello. Pero esbozó la mejor de sus sonrisas.

—Os presento a la señorita Candy White, my lady. Es la pupila de mi Lord.

—Un honor conocerla, excelencia —ejecutó Candy la mejor de sus reverencias.

—¿Donde se ha metido Terry? ¿Que hace que no viene a recibirme? ¿Desde cuándo ese desalmado tiene una pupila? Si aún está aprendiendo a sonarse la nariz. ¿Porque nadie me ha avisado?

—Rachel que nos sirvan el té en el saloncito azul. Y tú, niña, ven y dame un beso. --Candy se lo dio con sumo placer.

Charlotte era una mujer inteligente, de conversación amena salpicada de algunos comentarios picantes que le hicieron reír, y se vanagloriaba de saber que persona tenía una lengua visperina solo con mirarla a los ojos. Pidió a Candy que le contase las circunstancias que la habían llevado hasta Londres y ella así lo hizo.

La puerta de la sala se abrió y el entusiasta saludo del dueño de la casa interrumpió la conversación.

— ¡¡Charlotte!!

Candy sufrió un sobresalto, como cada vez que él aparecía de improviso. Le suponía fuera de Londres pero, una vez más, la sorpresa con su presencia cuando menos lo esperaba. El corazón se le aceleró al mirarlo, resultaba casi irreverente que un hombre pudiera ser tan atractivo.

El rostro de la anciana se Iluminó se levantó para ir a su encuentro y Terry alzandola en el aire empezó a girar con ella por el cuarto.

—¡Bájame demonio! —protestó la anciana entre risas—. Bájame te digo, mis huesos ya no están para ciertos trotes.

Terry la bajo pero se le veía remiso a separarse y la abrazaba por los hombros a Candy se le cortó la respiración viéndole sonreír como niño al que acababan de hacer un regalo y noto un pinchacito de envidia. Ella no había tenido familia como la de los GrandChester y aunque quiso a su tío Tomás era poco propenso a las demostraciones de afecto; estar ahora rodeada de personas que manifestaban su cariño abiertamente, que se gastaban bromas, hacia que extrañará aún no haberlas disfrutado.

—No te esperaba hasta mañana —dijo Terry mientras tomaba siento a su lado en el brazo del sillón

—Empezaba a aburrirme y mi abogado el señor Brower, se ha puesto pesado para que me piense con detenimiento los cambios que quiero hacer mi testamento.

—¿Otra vez con eso? El señor del Duque se frunció, ese si era un gesto qué Candy conocía muy bien.

—Otra vez si, cualquier día de estos me tocará presentar cuentas allá arriba y si os hicieras caso acabaría redactando el testamento el mismo Lucifer.

—Nos enterrarás a todos —Terry le dio un beso en lamejilla—. Además tu fortuna es tuya y puedes dejársela a quien te apetezca. De todos modos si te quedas más tranquila lo revisaré pero tendrá que ser mañana esta noche me es imposible. Solo he venido a cambiarme, no me quedo a cenar, tengo asuntos que resolver.

—Pues ya puedes ir posponiendolos porque no sales.

—Charlotte...

— No sales —decretó ella —, si tu cita es con un hombre, envía una nota de disculpa, si es con una mujer un ramo de flores. Tienes exactamente veinte minutos para cambiarte y bajar al comedor, el mismo que yo tardaré en quitarme el polvo del camino. Ni uno más cachorro.

— Sigues siendo una cascarrabias y una dictadora.

— Vamos muévete y ten encuenta que me debes una explicación acerca de Candy.

La anciana miro a la joven y le sonrío—. Con franqueza hijo, no entiendo cómo puedes estar fuera de casa teniendo que hacerte cargo de una princesa como ella.

Terry sintió como si acabaran de darle un puñetazo en pleno tórax era casualmente, por esa belleza rubia por lo que se mantenía alejado. Pero Charlotte no lo sabía y él no pensaba decírselo le costaba admitir que la atracción que sentía por su protegida iba en aumento de día en día, que no era capaz de quitarsela de la cabeza hiciera lo que hiciese.

—Esta bien —claudicó. Se inclinó para depositar otro beso en el rostro de su abuela —. Me pongo decente y os veo en un rato.

"Decente" por todos los santos del cielo, si puede presentarse así en la corte, pensó Candy. Presintió que aquella noche iba a sentarle mal la cena; el nudo de su estómago se contrajo un poco más cuando al salir él le dedicó una larga y severa mirada.

El gran día había llegado y estaba nerviosa. Recordaba muy bien las palabras de su tutor diciendo que le correspondía primer vals. Tras pensarlo mucho había decidido que no podía dejar en evidencia a toda la familia. Era costumbre y por tanto era impensable negarse a concederle esa pieza por mucho que le fastidiara.

Imaginarse bailando con él la tenía alterada. Demasiado, ¿sería una buen bailarín? era impensable que no lo fuera. se movía con gracia animal, como un felino. Seguro que su arrogancia se trasladaría también a la pista de baile. La arrogancia iba con él como las moscas a los burros.

En el internado había dado clases y danza. No era una paleta, sabía cómo debía comportarse en un evento social pero le espantaba la idea de no estar a la altura. A fin de cuentas ella no había asistido más que unas pocas fiestas con conocidos de su tío, nada de tanta rimbombancia como la celebración donde asistirían personas con sangre azul.

Además seguía creyendo que no era correcto acudir a esa fiesta estando de luto. Charlotte le había comentado que se organizaba con fines benéficos, pero así y todo tenía sus dudas, debería haber rechazado la invitación y quedarse en casa haciendo compañía la señora Woods.

Absurda en sus pensamientos olvidó que no estabas sola, la voz de la Duquesa viuda casi le hizo dar un brinco.

— Guarda ese colgante, por favor —rogó, lo dejo en su caja y salió del cuarto.

Candy parpadeó sorprendida los ojos clavados en la puerta entre abierta. No deseaba contrariar a la anciana, acabó por cerrar la caja y guardarla. Estaba colocandose las perlas, cuando regresó Charlotte.

—Me gustaría que te pusieras esto —pidió.

Candy abrió los ojos como platos ante la finísima gargantilla de diamantes.

—No puedo...

— Es sólo un préstamo. Y son más elegantes. Y bajemos ya querida —pidió teniéndole la capa—. Nos esperan. Sin poder protestar, la joven solo se dejo guiar.

Terry aguardaba en el vestíbulo. A sentía muy serio a lo que le estaba diciendo su ayuda de cámara y Candy tropezó con alfombra por quedarse mirándolo. ¡Si sería idiota! Si no tenía más cuidado acabaría rompiéndose la crisma por fijarse en él.

El duque llevaba un traje negro con chaleco de raso color crema, que acrecentaba su magnífica complexión y una capa con forro blanco cuyos bordes le caían hacia atrás sobre los hombros. Estaba impresionante.

El corazón se le paró unos segundos —lo que empezaba hacer una enojosa costumbre— cuando él se apresuró a acercarse.

—Espléndidas.

Lo dijo en plural, pero no apartó los ojos ni un segundo de Candy. Las pupilas azules se desmoraron en su rostro y ella sintió el pulso en la garganta

—Espera a ver el vestido — murmuro Charlotte, a la que no se le escapó la larga inspección de su nieto hacía la joven.

Tal como temía Candy el trayecto en el carruaje fue un suplicio. Terry acomodado en el asiento de enfrente, charlaba con su abuela, pero era a ella a quien él miraba. Y sus ojos quemaban, allí donde se posaban. Agradeció ir cubierta hasta el cuello con la capa, temiendo el momento en que hubiera que dejarla. El vestido que llevaba esa noche confeccionado con la tela que él insistió en que adquiriera era precioso es un modo de ver un poco más atrevido de lo que hubiera deseado el escote de barco y el bajo de la falda iban ribeteados de seda blanca para dar un poco de luz a los curo tafetán. El corsé le apretaba era incómodo y pensaba que sería complicado que las damas se acostumbraran a una prenda que constriña en el cuerpo hasta impedirles respirar en condiciones. Ella tenía cintura estrecha no le hacia falta sufrir de forma innecesaria, pero la modista insistió y ella acabó dando su beneplácito.

En los alrededores de la mansión de los Berrington. Se encontraban ya bastantes carruajes Aparcados aceptó la mano de Lord GrandChester para aparearse retirándola de inmediato y disimuló su nerviosismo. Media docena de lacayos con libreas rojas y doradas como si de generales se tratara, se encargaban de atender a los que llegaban.

La propia anfitriona lo recibió a la entrada del palacete. Se trataba de una mujer elegante y mediana estatura cabello negro entrecano y unos ojos claros. Lucía un vestido oscuro al que le habían cosido espejitos de cristales, Como era la moda de manera que la luz del salón indiciesé en ellos. Al mismo tiempo. Dos Lacayos se acercaron para tomar las capas y Terry fue incapaz de escuchar otra cosa que no fuera retumbar de su corazón en las sienes al descubrir lo que ocultaba la capa de Candy. Simplemente lo dejo mudo.

Continuará...