Grandes Esperanzas
Capítulo 7
Era sábado por la mañana, tenía que ir a ver a mi abuelo. Lo habían hospitalizado hacía dos días, la situación parecía grave. Había llamado a mi padre pero no me había respondido la llamada, hasta ahora. Mientras me estaba preparando para ir al hospital mi teléfono sonó.
«Papá»
―Papá...
Era la primera vez que nos llamábamos en mucho tiempo.
―Hola, Mei. ¿Cómo estás? ―preguntó, amablemente.
Imaginé la sonrisa en su cara.
―Estoy bien, gracias. ¿Y tú? ―me había costado mucho poderle hablar con esa cercanía a mi padre, pero creía que había valido la pena―. Te llamaba por el abuelo.
―Ya imaginé que tenía que ser algo serio... ¿Qué ha pasado? ¿Se encuentra bien? ―noté la sincera preocupación en su voz.
―Está bastante mal, según los médicos. Ya lleva unos años así, como te conté...
Ellos dos habían roto el contacto por completo después de que mi padre decidiera marchar en busca de su propio destino. Así que desde que mi padre y yo empezamos a recuperar nuestra relación, básicamente por carta, yo le había contado de vez en cuando sobre el estado de salud del abuelo.
―Ya veo... Debe ser duro, pero él es un hombre fuerte. ―respondió.
―Padre, creo que deberías venir a verlo, despedirte de él. Por si acaso, quién sabe lo que podría pasar.
Hubo un silencio sepulcral.
―Mei, te lo agradezco. Pero es algo que no puedo hacer. Él no quiere verme ni en pintura. Yo me alegro de que puedas estar con él en estos momentos, pero...
―Papá... Yo también quiero verte.
―¿Qué te ocurre? ¿Estás bien tú, de verdad? ―preguntó, con un tono de voz claramente más preocupado―. Mei.
―Estoy bien, bueno... Algunas cosas están pasando, pero no quiero contártelas por teléfono. Necesito tus consejos.
―Ni siquiera cuando te casaste te noté así como ahora. Realmente me preocupas ahora... ―decía.
Entonces recordé a Yuzu, hablándome desde la megafonía de la escuela, convencíendome para que la acompañara a despedirme de mi padre. Quizás, si no hubiera sido por ella, nunca habría recuperado la relación con mi padre. Seguramente no estaría hablando ahora con él.
―Papá, cuando viniste a vernos aquella vez cuando yo tenía 17 años, aquella vez que no quería verte... Yuzu fue la que me convenció y me acompañó para ir a verte. Si hubiera sido por mi no habría ido. Así que por favor, ahora te lo pido de la misma manera que hizo ella. No puedes dejar las cosas así, puede que sea demasiado tarde.
Después de mi monólogo me quedé en silencio, escuchando una suave respiración un tanto resignada en la otra punta de la línea. Tardo unos instantes en responder, quizás fueron minutos.
―Mei, si lo dices de esa manera no puedo decir que no. Además, creo que es la primera vez que me dices abiertamente que quieres verme ―sonreí de una manera que no había dejado que nadie viera en los últimos años de mi vida.
―Y ya veo que Yuzu fue una buena influencia, esa chica irradia una luz especial ―explicaba, y yo no podía estar más de acuerdo―. Intentaré planear la visita para la semana que viene. En cuánto sepa te daré los detalles.
―Gracias, de verdad ―le dije, cerrando los ojos sin poder creérlo.
El abuelo va a oponerse y se va a enfadar pero creo que estoy haciendo lo correcto.
«Yuzu, ¿por qué siempre actúas sin pensar?», recordé como le pregunté a Yuzu aquel día, mientras me llevaba en la bicicleta a una velocidad apresurada. Debería haber pasado miedo de ir a esa velocidad colándonos por en medio de las filas y filas de coches y camiones pero, nunca me había sentido tan a gusto, tan tranquila.
«No es así; precisamente porque he estado pensando mucho en tí he decidido hacer esto. Además, lo hago porque es lo que quiero hacer, ¡está claro!», recuerdo que la miré, y por primer vez sentí algo en mí que nunca había sentido antes. ¿Era admiración? ¿Era sorpresa? Sí, y sí. Pero había algo más. Creo que en alquel momento fue en el que me enamoré de Yuzu. Aquella libertad, aquella seguridad, aquella bondad, la manera en que ella me ayudaba y me daba su apoyo sin esperar nada a cambio, sin recibir nada bueno por mi parte en aquel entonces. En aquel momento subida en aquella bicicleta, abrazada a su cuerpo, me di cuenta de que no había vuelta atrás. Estaba enamorada de Yuzu. Y aquel sentimiento solo había crecido con el tiempo, como una pequeña semillita que sin darte cuenta cada día va creciendo más y más. Yuzu la había regado cada día; siempre estaba ahí para mí. Era la única persona capaz de retarme, de hacer que me diera cuenta de mis propios errores, de hacerme mejor persona.
Y se lo había recompensado... dejándola con una carta.
Me dolía el alma solo de imaginar el vacío que aquello le provocó a Yuzu, ella que solo me había querido incondicionalmente desde el principio. Tenía que corregir mis errores, una vez más. Aunque esa vez corregir mis errores implicaba herir a otras personas, y quizás, muy probablemente, destruir mi futuro.
Cogí mi móvil y me dispuse a mandarle un mensaje a Yuzu.
«Mi abuelo ha sido hospitalizado, ahora iré a visitarlo. Si estás libre esta noche me gustaría verte, como planeamos», le escribí.
Su respuesta tardó poquísimo en llegar, como si hubiera estado con el teléfono en la mano esperando hasta el momento exacto.
«Espero que todo vaya bien. Mándale recuerdos de mi parte, si es posible. Y cuando puedas ven a mi apartamento, ya conoces la dirección. Harumin saldrá esta noche.»
Sentí mi corazón palpitar como si fuera una adolescente que va a salir en su primera cita.
«Que coincidencia y que conveniente. Ahí estaré. ¿Sobre las ocho y media te va bien?», le volví a escribir.
«No es coincidencia... Le acabo de decir que vendrás. Y sí, sobre esa hora está bien.
», respondió.
«¿Le dijiste? ¿Qué es lo que sabe?»
«Ups... Lo sabe todo», escribió, junto con un emoticono que tenía un ojo cerrado y se mordía la lengua. Un gesto que fácilmente podría haber hecho ella en ese mismo momento.
Por un momento me intrigó imaginarme que pensaba ella sobre nosotras. Si iba a estar con ella en el futuro nos tendríamos que enfrentar a ese tipo de situaciones. Mi estómago se hacía un nudo, no sabía si estaba preparada para oír lo que opinaba la gente sobre eso. ¿Qué posibilidades había de que la gente nos aceptara?
Si pudiera, me montaría en una nave espacial llevando solo a Yuzu conmigo y montaría un planeta nuevo para que estuviéramos solo las dos. Pero que vida y que mundo más triste serían. Aunque creía que podría ser feliz solo con ella, me resignaba al pensar que no podíamos vivir aisladas de la sociedad.
Y qué diferencia más grande; yo luchando aún con mis miedos, y mi querida Yuzu ya le había contado a su mejor amiga sobre nosotras. Me pregunto si algún día estaremos en el mismo nivel.
―Mei, ¿estás lista? ―dijo la voz mi esposo a lo lejos, sacándome de mis pensamientos.
―Sí, enseguida voy.
Y así de fácil, iba a ver a Mei otra vez. Algo me decía que Mei estaba cambiando, poco a poco. O eso quería pensar. Haber compartido esos mensajes con ella por la mañana y saber que la iba a ver hoy me llenaban de entusiasmo. Y de un nerviosismo extraño, negativo y positivo a la vez. Mei causaba todas esas emociones contradictorias dentro de mí.
Pero antes de verla iba a atender un curso no relacionado con la universidad sobre cómo escribir novelas de ficción, para jóvenes que piensan en ser escritores. Aún no lo tengo claro pero sé que es una afición que debo seguir. Además, mi compañera de clase Setsuko me había invitado al curso.
Habíamos quedado en la parada de tren más cercana al lugar.
―¡Yuzu-chan! ―exclamó al verme a lo lejos, saludándome con una mano, con su atractiva y característica sonrisa de medio lado―. ¿Estás preparada?
―Lo dices como si nos hubiéramos apuntado a un maratón o algo así ―reí, saludándola y comentándole cuando llegué hasta ella.
―Pues será un maratón para la mente, ¿quién sabe? ―decía, con su aura de persona aparentemente desinteresada aunque en el fondo profundamente inteligente y siempre dispuesta a conocer más―. Por lo que he leído el profesor de hoy es un experto en Hermann Hesse. ¿Lo conoces?
«Genial, un autor que no conozco...», pensé, «Me suena de haberlo visto en el temario de final de curso»
―Pues...la verdad es que no ―decía, algo avergonzada, quería intentar quedar bien delante de ella, aunque tampoco iba a mentir―. ¿Qué me explicas de él?
―Es uno de mis autores favoritos, es un poco rebuscado y complicado pero cuando le encuentres el punto te engancharás. O eso espero ―dijo, sonriendo y entornando sus ojos a la vez que ladeaba ligeramente la cabeza al mirarme.
―Rebuscado y complicado... No lo sabes vender muy bien ―bromeé; ella rió.
―Es un autor bastante existencialista, quizás podría decir que filosófico y espiritual. Aunque no me gustaría describirlo así, sería reducir su obra en pocas palabra y eso no le haría ningún favor ―explicó, de manera que si que me estaba creando algo de curiosidad.
―Bueno, supongo que en la clase de hoy nos acabará hablando de él...
En otra situación quizás habría estado más interesada, pero esa mañana me interesaba más Mei Aihara, digo...Mei Udagawa, que Hermann Hesse. Lo siento, Hermann.
Setsuko pareció leer más o menos mis pensamientos.
―Vamos, ¡dale una oportunidad! Sino, ¿para qué has venido hasta aquí?―me dijo animándome más que juzgándome; justo cuando estábamos delante de la puerta de la clase donde iba a celebrarse la primera clase de prueba del curso; después de ésta los asistentes teníamos la opción de apuntarnos al curso de manera regular pagando un precio un tanto algo, pero los profesores eran de renombre así que había decidido darle una oportunidad a la primera clase gratuita.
Tomamos asiento en pupitres vecinos y sacámos nuestros cuadernos. Yo había traído un cuaderno de una de las clases de literatura de la universidad, quería aprovechar algunas ideas de la clase por si podía usarlas en algún exámen o trabajo. Oye, no era plagio, era inspiración. Reí interiormente, chocándome los cinco conmigo misma en mi mente.
―Buenos días a todos. En primer lugar, gracias por vuestra asistencia. ―empezó a hablar el profesor, con un tono elegante pero amigable. Nuestra profesora de la clase de poesía era mucho más atractiva...
«Yuzu, en qué estás pensando...» me regañaba mi yo interior. Imaginaba una versión enanita de mí misma, como si de un dibujito pequeño y adorable salido de de un cómic manga se tratara.
―Me gustaría empezar con algunas preguntas. En primer lugar me gustaría preguntaros a todos, ¿Por qué estáis aquí? O mejor dicho, ¿por qué creéis que estáis aquí hoy?
Dicho esto algunos de los asistentes levantaron la mano. El primero dijo que quería ser escritor, el segundo decía que quería mejorar su comprensión sobre los libros que leía en la universidad y en su tiempo libre. Y yo... ¿Por qué estaba ahí? Entonces Setsuko levantó la mano, y dijo esto: ―Me gustaría saber como convertir mis ideas en palabras.
―Interesante ―dijo el profesor, mirándola atentamente durante unos instantes sin moverse; parecía que iba a recodar la cara de Setsuko, ella tenía ese magnetismo con la gente, incluso con los profesores―. Me gusta esa respuesta, señorita...
―Iwai.
―Señorita Iwai, gracias. ¿Alguien más?
Otras tres personas respondieron cosas parecidas a las que ya se habían dicho, había claramente un patrón. Entonces el profesor miró alrededor de la clase y fijó su mirada en mi.
― Y usted, ¿señorita...?
«Tierra trágame.»
―A-Aihara.
Me daba mucha vergüenza hablar delante de una clase nueva de alumnos, cuando además ni siquiera había levantado la mano para contestar... ¿Por qué me pasaba siempre eso? Será mi pelo, mi estilo, mi ropa que llaman la atención...
―Bien, ¿Por qué ha venido usted hoy aquí, señorita Aihara?
―Pues, la verdad es que me gusta escribir... Pero aún no sé mucho, me gustaría conocer más autores ―me miraba de manera curiosa, quizás algo extrañado―. Me gustaría encontrar inspiración.
Se quedó pensativo unos momentos, pensé que mi respuesta había sido terrible, pero vaya, solo era una opinión personal.
―Interesante... Inspiración. ¿Qué es la inspiración? ―preguntó, aunque no quedaba claro si se estaba haciendo la pregunta a él mismo, a mi, o a toda la clase― quizás dejaremos esa pregunta para más adelante.
Setsuko me miró de reojo, sonriendo ligeramente como diciendo «te has salvado».
―Bien, pues como alguno de vosotros habéis comentado, antes de poder escribir es imporante saber porque queremos escribir. Y antes de poder escribir debemos leer, leer muchísimo. Leer de todo, aunque lo que queramos escribir sea ficción deberemos estar interesados en cualquier tipo de escritos, o incluso en música o películas. Esa inspiración que comentamos puede hallarse en todos sitios, o al menos esa es mi humilde opinión.
―Entonces para empezar este curso me gustaría hablaros de Hermann Hesse. Algunos de mis colegas de profesión me han comentado que no les parece buena idea que empiece las clases hablando de él, pero a mi me parece perfecto para empezar. Así sabré quiénes realmente están preparados para enfrentarse a este curso.
Un alumno levantó la mano preguntando que tenía de especial Hesse, y otro alumno preguntó si el profesor creía que Hesse era el mejor escritor a su parecer.
―En ningún momento he querido decir que Hesse sea mejor que otros, hay muchos autores cuyas obras son igual de válidas que las de él. Pero yo lo he elegido porque para mí es especial, lo cuál no quiere decir que crea que sea mejor ―explicaba el profesor; todo aquello me estaba confundiendo un poco, ya que no había leído a ese autor―. Eso es algo que quiero que os quede claro; debéis elegir aquello que sintáis que es especial para vosotros. Sólo así podréis escribir algo que tenga valor.
Yo tenía mi lápiz en la mano, a diferencia de la mayoría de asistentes que veía a mi alrededor. Todos ellos estaban usando bolígrafo, pero a mi me gustaba la sensación de escribir con el lápiz, y no tenía nada que ver con poder corregir mis errores, porque muchas veces ni siquiera usaba una goma de borrar y simplemente tachaba aquello que no necesitaba.
Y así, con el lápiz bien afilado en mi mano, estaba pensando en que quería apuntar algunas de las palabras del profesor. ¿Pero cúales? Seguí escuchando.
―Quería presentaros a Hermann Hesse porque en mi opinión es un autor que no tiene miedo de expresar lo que piensa, tal y como lo piensa. Por supuesto que habrá infinidad de autores que también lo hagan, pero Hesse intenta llegar a lo más profundo de su ser.
«Lo más profundo de su propio ser», escribí con letra rápida e ininteligible.
Al levantar la vista de mi cuaderno de papel reciclado vi como el profesor buscaba algo en su maletín. Sacó un libro pequeño y fino, pero muy antiguo. Las páginas tenían un color ocre pero el libro se conservaba en buen estado. En la portada se podía leer «Demián. Hermann Hesse», y aquello fue lo siguiente que apunté.
―Si me permiten, les leeré unas frases que tengo subrayadas. Sin ningún orden en particular. Para la clase de hoy solo quiero que dejen que su mente piensa y sienta libremente. No hay ninguna respuesta correcta. Simplemente busquen dentro de ustedes mismos alguna reacción provocada por lo que yo voy a leer, si es que les provoca algo.
«No hay ninguna respuesta correcta», aquellas palabras del profesor resonaron en mi mente; era lo mismo que me había dicho el padre de Mei el día que lo había conocido, era lo mismo que yo le había dicho a ella con la finalidad de unirlos otra vez. Y ahora, años después, un profesor de literatura decía exactamente la misma frase. Poco a poco dejé de creer en las casualidad, y empecé a creer en algo que llaman... destino.
―"La «casualidad», según el dicho corriente, me hizo encontrar un refugio. Pero no hay tales casualidades. Cuando alguien, de verdad necesita algo, lo encuentra, no es la casualidad quien se lo procura, sino él mismo. Su propio deseo y su propia necesidad le conducen a ello. "
Levantó la vista de su libro, estudió nuestras expresiones. La mía debía ser bastante graciosa, porque justo había pensado en las casualidades. En que no existían.
―¿Y bien?
Yo sentía que tenía los ojos abiertos como platos, pero intentaba no mirar al profesor directamente; ojalá me hubiera podido comunicar por telepatía con Setsuko. Aquellos silencios totalmente incómodos cuando nadie sabe la respuesta; pero es que no había ninguna respuesta correcta. Entonces, ¿qué debíamos responder?
Setsuko levantó la mano, el profesor hizo un gesto señalandola con la mano que sostenía su libro para darle la palabra.
―Por ejemplo, ¿podríamos decir que el hecho de que estemos todos aquí hoy no es una casualidad? Todos hemos venido aquí por nuestra propia necesidad, y por nuestros deseos. Eso nos ha conducido hasta aquí.
Sonó algo insegura al principio, pero viendo la sonrisa que se formaba en el rostro del profesor Setsuko obtuvo más confianza y acabó su respuesta con voz firme.
―Estupenda interpretación, señora Iwai ―hacía repetidos gestos afirmativos con la cabeza; ya sabíamos quién iba a ser su alumna favorita.
El atrevimiento de Setsuko hizo que otros se sumaran y dieran sus opiniones y expresaran sus ideas. Entonces el profesor abrió el libro, lo hojeó y leyó otras frases que encontró; parecía que estaba esperando que el libro le condujera solo a las páginas indicadas, que él no las había buscado específicamente. Parecía una especie de mago, pero sin trucos de magia con cartas o monedas escondidas ni nada por el estilo.
―Aquí va otra, ésta es la descripción del narrador al ver un hombre tocando un órgano: "Experimenté la impresión de que hombre que allí había sentado ante el teclado sabía que la música encerraba un tesoro y se afanaba en sacarlo a la luz, como si le fuera en ello la vida."
Entonces un rayó de confianza en mi misma me atravesó, y levanté la mano sin pensar.
―Señorita Aihara ―dijo, dándome así la palabra.
―El organista es como a lo que deberíamos aspirar nosotros si queremos ser escritores, debemos intentar encontrar ese tesoro y sacarlo a la luz, darle forma con nuestras palabras ―dije sin pensar, solo sintiendo, así como el profesor nos había invitado a hacer.
―Sublime. Ya no hace falta que conteste nadie más ―anunció, y mi pecho estaba más henchido que nunca. Sentía que podía volar si me lo planteara en ese momento.
Y así, casi sin darnos cuenta había terminado el tiempo de la primera clase. El profesor nos dió deberes de manera opcional, para aquellos que aún no sabíamos si nos apuntaríamos, y para los que sabían que se querían apuntar, así podrían tener algo que leer y algo en que reflexionar para la siguiente clase.
―Les recomendaría que se leyeran este libro a todos aquellos que no lo hayan hecho aún. De deberes, si es que quieren llamarlo así, traigan tres o cuatro fragmentos que les hayan llamado la atención. Los comentaremos entre todos en la próxima clase ―dicho esto, todos los alumnos empezaron a marchar poco a poco, algunos se levantaban y rodeaban la mesa del profesor haciéndole preguntas o agradecíendole aquella clase introductoria.
Yo me quedé durante unos minutos esperando a qué la clase se vaciara, y hablé con Setsuko quién quería hablar también con el profesor. Ambas le dimos las gracias y nos preguntó si íbamos a apuntarnos finalmente. Setsuko le dijo que sí, entonces me miró a mi, parecía que esperaba una respuesta afirmativa.
―Veo potencial en ustedes dos ―decía ahora libremente, pues ya habían marchado todos los demás alumnos―. Lo digo de verdad; sería un placer tenerlas como alumnas.
Entonces nos preguntó que otros autores nos gustaban, ambas le hablamos de Dickinson, el gran descubrimiento de los últimos meses de universidad.
―Ah, Emily Dickinson. "No soy nadie. ¿Quién eres tú? ¿Tampoco eres nadie? Entonces ya somos dos."
Y así el profesor acabó convenciendome, con su magia, que me apuntara a la clase; acababa de citar una de mis poesías favoritas de Emily. Ya la llamo solo por su nombre, con confianza, como si fuera una compañera de clase o algo por el estilo.
El profesor me había contagiado y había decidido que le daría una oportunidad a ese curso.
Me despedí de Setsuko.
―¡Hasta la semana que viene! ―empezé a decir, queriendo marchar para prepararme emocionalmente para ver a Mei otra vez.
―Oye, Yuzu-chan. Antes de que te marches. La asociación de la que formo parte estña preparando un concurso de escritura para principiantes, el premio es poca cosa pero parece que si ganaras habría algún editorial interesado en tí.
Captó mi atención.
―Ah, ¿sí? ¿Y qué asociación es esa? ―pregunté, asumiendo que sería algo únicamente literario, pero...
―Es una asociación jóvenes LGTB, de aquí de la ciudad.
«L...G...T...B», pensé. Estaba claro, las coincidencias no existían.
―¡Vaya! ―dije, pensando que Harumin tenía razón ―. Pues...hmm no sé que decir, supongo que podría echarle un vistazo y quizás participar. Pero aún llevo demasiado poco tiempo escribiendo, soy bastante mala.
―Solo que el tema de tu historia tendría que ver con el principal tema de la asociación ―decía, como si supiera cosas de mi que no le había contado.
―Ah, esto... ―dije, algo confusa.
―Perdona, no quería asumir, pero... Pensé que tú...
― ¿Cómo lo sabes? ―pregunté intrigada, empezando a creer que ella tenía alguna especie de poder psíquico del cual no me había percatado.
―Bueno, si te soy sincera, no lo sé pero... Solo había interpretado. Lo siento.
Hubo una pausa extrañísima, sentí que me ponía roja como un tomate. Pensé que era una buena oportunidad para practicar aquella sensación de quitarme un peso de encima, y no esconderme.
―La verdad es que estoy enamorada de una chica, hoy voy a quedar con ella ―confesé, sonreí mirando hacia abajo recordando a Mei. No saía porqué pero me sentí cómoda hablando con ella de eso, y sentí que nuestra amistad podría mejorar, y que de repente había encontrado a alguien con quien compartir mis historias, alguien que quizás podría entender una parte de mí. Pero entonces me di cuenta―. ¡Oye pero como lo sabes!
Ella simplemente rió y me dió un golpecito en el hombro, me ruborizó. Me dijo que me pensara lo de la historia para el concurso.
―¡Buena suerte con esa chica! ―dijo ya alejándose, despidíendose con una mano por encima de su cabeza, empezando a darme la espalda, y así se marchó, dejandome con un buen animo para mi cita con Mei.
¿Cita...?
Llegué a casa y Harumin estaba a punto de marcharse, pero estaba emocionadísima saltando y agarrándome por los hombros deseándome suerte con Mei. Me sentía totalmente apoyada e inspirada. Sentía que las cosas empezaban a salir bien. Había encontrado un hobby el cual seguir, quizás una carrera profesional, si se me daba bien. Y había reencontrado al amor de mis sueños; pero ahora estaba despierta, y estaba a punto de volver a verla otra vez.
―¡Mucha suerte, Yuzucchi! ―se despidió gritando. Y pensé que quizás algunos de los vecinos ya se habrían enterado también, con lo escandalosa que llegaba a ser ella a veces. Reí para mí misma, sola, esperando a Mei, deleitandome con las amigas que había encontrado en mi camino.
Entonces vi el reloj, eran las ocho y veintisiete minutos. Yo ya estaba arreglada, sentada en el sofá mirando la puerta, mirando el reloj.
Las ocho y veintiocho.
Las ocho y veintinueve. Y entonces, como si no hubiera podido esperar ese último minuto, oí el timbre. Era Mei.
―Ho-hola ―dije, como si fuera la primera vez que la veía.
Yo estaba muy emocionada, pero vi que Mei estaba algo triste.
―Yuzu ―dijo, forzando una pequeña sonrisa.
Venía vestida muy elegante pero a la vez casual, su estilo no había cambiado mucho con esos últimos años. Yo apreciaba cualquier ropa que se pusiera, siempre la veía hermosa.
―¿Pasa algo? ―pregunté, algo preocupada.
Mis manos instintivamente buscaron sus brazos, buscaron su cuerpo para reconfortarla. Ella dejó caer su brazo que había sostenido su bolso, para responder con sus manos a las mías. Y así nos quedamos unos instantes, Mei mirando al suelo, yo mirándola a los ojos y nuestras manos unidas en medio del espacio que nos separaba. Yo sostenía sus manos, como si sostuviese una delicada frágil figura tallada de cristal. Las acaricié con mis pulgares, buscando su mirada.
―¿Cómo está tu abuelo? ―pregunté, bajando la voz, como si un tono de voz más bajo fuera menos intrusivo.
Entonces sus ojos llorosos se encontraron con los míos.
―Está muy mal, está conectado a una máquina para respirar ―decía, sin fuerzas.
Entonces pensé que el abuelo de Mei había sido siempre demasiado estricto con ella, había sido básicamente el motivo principal, según mi opinión, de la vida difícil, triste y solitaria de Mei. Él había sido quien había presionado tanto a su hijo que había hecho que marchara dejando a su pequeña niña atrás. Él había sido quien había buscado un marido y arreglado un matrimonio para su nieta, solo pensando en el futuro de la reputación familiar y la escuela, antes que en la felicidad de ella. Y aún así no podía desearle nada malo. Aún así Mei estaba dolida al haberlo visto sufrir, entre la vida y la muerte.
La intenté abrazar, lentamente, dejándole espacio. Ella pareció apreciar el contacto, y posó sus manos sobre mis brazos que ahora la rodeaban cuidadosamente, mientras aún estábamos de pie cerca de la puerta.
―Mi padre dice que vendrá la semana que viene, lo he convencido para que se vean ―me miró de una manera que me llenó de orgullo, ella quería que su padre y su abuelo pudieran despedirse, aunque su relación se hubiera cortado totalmente hacía ya años.
―Oh, Mei... ―dije, sin saber que más añadir, entonces la estreché entre mis brazos y ella respondió a mi abrazo, posando su cabeza en mi hombro. Quería, así, compartir todos sus pesares.
―Gracias. Solo verte me hace sentir mejor ―dijo; y sentí su aliento en mi hombro, y sus manos en mi espalda estrechándome, pequeñas cosas que me llenaban de tranquilidad―. Tengo tanto trabajo últimamente; dirigir la escuela, compaginarlo con mis estudios, ahora mi abuelo...
Solo la abrazaba, y le hice un sonido afirmativo, queriendo indicar que la estaba escuchando y que quería entenderla; entonces la llevé al sofá para que se sintiera más cómoda.
Entonces nos sentamos y me miró directamente a los ojos y me dijo: ―¿Sabes qué? Hace algunos años habría pensado que la situación contigo era otro de mis problemas, pero ahora siento que me alegro de que estés aquí.
Acaricié su pelo, escuchándola atentamente.
―Me alegro de que estés en mi vida otra vez... ―confesó, dejándome sin palabras.
La noté tan cansada que no quise hacer ningún movimiento forzado, quería besar sus labios pero supe que quizá aquel no era el momento adecudado; besé su frente.
―Yo también me alegro ―le contesté, seguido de un silencio en el que simplemente posó su cabeza en mi hombro otra vez y nos quedamos así durante un rato.
Me tomó de la mano, jugando lentamente con mis dedos, entrelazándolos, enredándolos, acaricíandolos... Entonces me habló mientras miraba fijamente nuestras manos entrelazadas.
―Hoy he vuelto a mentirle a Udagawa ―empezó a explicar.
―Eso imagino ―dije, sin más...
―Me siento tan mal, Yuzu ―suspiró―. Es como sí... Haga lo que haga alguien sale herido, no hay ningún camino perfecto. Pero creo que el no me ama como...como tú.
Mi corazón dio un vuelco.
― ¿Y tú...A quién amas? ―pregunté, temiendo la respuesta. Aunque ya sabía que ella había dicho que no quería seguir con él―. ¿Aceptaste el matrimonio sólo para complacer a tu abuelo?
Se calló.
―Hice lo que creí que debía hacer. Pero aquello era entonces ―me quedé en silencio esperando sus siguientes palabras―. Creía que la felicidad no existía para mí. Por eso me fuí, creía que si me quedaba contigo ninguna de las dos habría tenido un buen futuro.
Entonces levantó la cabeza de su hombro, me miró con su profunda mirada.
―Pero separarme de tí solo me hizo infeliz ―una sensación extrañamente reconfortante me invadió; Mei se había sentido infeliz como yo, estando separadas. Aquello alivió el recuerdo de la soledad que había sentido. Era como si mis recuerdos pasados se amoldaran al presente y tomaran un poco de luz.
Llevó mi mano hasta su mejilla, y se apoyó en ella, yo acaricié su rostro con ella. Nos seguíamos mirando, sentía que nuestros corazones palpitaban sonoramente y que sus ritmos se sincronizaban.
―Cómo he podido tardar tanto tiempo en aceptarlo... Que con él no podría ser feliz, como lo fui contigo.
Entonces lentamente me acerqué a sus labios, la besé, primero probando tímidamente sus labios, esperando su reacción. Ella respondió separando sus labios, tomando los míos. Nos besamos lentamente, como si tuviéramos todo el tiempo del mundo.
―Mei, nos quedan tantas cosas por vivir ―le decía, usando ese instinto que tendía a usar cuando estaba cerca de ella―. Quiero que me cuentes todo, como has estado estos años...
Yo agarraba su mandíbula delicadamente, besandola lenta pero sensualmente, así era como sus labios me dictaban.
―No hay nada que contar; el tiempo se paró cuando te escribí esa carta ―dijo, y me partió el corazón, porque para mí había sido igual. Pero me preguntaba si Mei había tenido a alguien como yo a mi madre y a Harumin. Me preguntaba como sería su carrera universitaria, si había hecho nuevos amigos.
La volví a estrechar entre mis brazos otra vez, sintiendo el suave algodón de su camisa en su espalda. La atraía hacia mí, rompiendo la poca distancia que quedaba entre nosotras.
―Mei... hnn―pronunciaba su nombre casi sin aliento, entre besos que se tornaban algo más profundos―. Cada día pensaba en tí.
― ¿Te acordabas de mí? ―preguntaba, justo después de haber oído la respuesta, necesitaba que se lo dijera otra vez.
―Cada día ―le repetí, entre besos, sintiendo como su lengua empezaba a abrirse paso dentro de mi boca―. Cada día... A cada hora.
―Y te amo sólo a ti, Yuzu.
