No poseo los derechos de autor. Los personajes pertenecen a la asombrosa S. M. y la historia es de Christine Feehan (Saga de Los Carpatianos). Yo solo me divierto un poco.
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Edward apareció a su lado como una oscura sombra, con uno de aquellos brebajes en la mano.
¿Y qué pasaría si yo fuera uno de esos míticos vampiros y te mantuviera cautiva en mi guarida, pequeña?
Isabella sonrió mirando su rostro, ahora serio, sus ojos mostraban dolor.
Te entregaría mi vida, Edward, aunque lo fueras. Y te confiaría hasta la vida de mis hijos. Eres arrogante y a veces hasta despótico, pero jamás podrías ser malvado. Si eres un vampiro, entonces las criaturas de las leyendas no son reales, porque tú no eres así.
Edward se alejó de ella para que no notara lo mucho que significaban sus palabras para él. Lo aceptaba total e incondicionalmente. No le importaba que ella no supiera realmente de lo que estaba hablando. Veía la sinceridad en sus palabras.
- La mayoría de las personas tiene un lado oscuro, Isabella, yo más que ningún otro. Soy capaz de ser extremadamente violento, cruel incluso, pero no soy un vampiro. Soy, por encima de todo, un depredador, pero no soy un vampiro -Empleó un tono brusco y casi ahogado.
Isabella se movió para acortar la distancia que los separaba, para tocar la comisura de sus labios y alisar una profunda arruga de preocupación.
Jamás pensé que lo fueras. Parece que crees que esos seres terribles existan. Edward, si eso fuese cierto, yo sabría que tú no puedes ser uno de ellos. Siempre te juzgas con dureza. Pero yo siento la bondad en tu interior.
- ¿Puedes hacerlo? -pregunto rígidamente- Bébete esto.
- Sería mejor que no me mandaras a dormir. Voy a volver esta noche a la pensión, a mi propia cama -le dijo muy segura mientras tomaba el vaso de sus manos. El tono de voz era juguetón, pero sus ojos reflejaban nerviosismo- Por supuesto que siento la bondad que hay en ti, Edward. La veo en todo lo que haces. Para ti, cualquiera es más importante que tú.
Cerró los ojos, con un profundo dolor.
¿Eso es lo que piensas, Isabella?
Ella observó el contenido del vaso, preguntándose por qué sus palabras lo herían.
Lo sé. Yo ya he hecho lo que ahora te exigen a ti, pero no tuve que ir más allá y llevar a los asesinos a la justicia. Esa idea debe corroerte todo el tiempo.
Das demasiado crédito a mis acciones, pequeña, pero te agradezco la fe que depositas en mí. Su mano se curvó sobre la nuca de Isabella. No estás bebiendo. Aliviará tu dolor de cabeza. Le masajeó las sienes con la relajante magia de sus dedos. ¿Cómo puedes regresar a la pensión cuando ambos sabemos que los asesinos están allí? Es la anciana la que los guía hasta los nuestros. Ahora también siente curiosidad por ti.
- Es imposible que piense que yo soy un vampiro, Edward. ¿Por qué iba yo a estar en peligro? Podría serte útil allí -una traviesa sonrisa curvó su suave boca- Oigo mucho mejor desde hace unos días- Hizo un brindis hacia él con el vaso, y se bebió todo el contenido.
- No hay discusión posible cuando tu seguridad está en juego. No te quiero en mitad de esta batalla -Su oscura mirada expresaba una clara preocupación.
Estábamos de acuerdo en que íbamos a aceptarnos el uno al otro. Tu mundo y el mío. Tengo que ser yo misma, Edward, y tomar mis propias decisiones. Sé que jamás me dejarías sola mientras persigo a un asesino, por eso quiero ayudarte, estar contigo. Ese es el significado de la vida de pareja.
Estar alejado de ti en circunstancias normales, ya sería un tormento para mí. ¿Cómo podría aguantar que estuvieras bajo el mismo techo que los asesinos de mi hermana?
Intentó bromear con él para ver si así desaparecía la oscuridad de sus ojos.
Haz uno de tus trucos y envíate a dormir a ti mismo, o enséñame a hacerlo. Me encantaría poder dejarte fuera de juego. Deslizó la mano por su garganta probando.
Apuesto a que sí. ¿Cómo te sientes, pequeña? ¿Mejora el dolor de cabeza?
Mucho mejor, gracias. Entonces, dime todo lo que sabes. Isabella lo observó mientras caminaba nervioso de un lado a otro, con toda aquella desbordante energía. Ya lo he hecho antes, Edward. No soy una principiante y no soy estúpida. La Sra. Dewey puede parecer una dulce ancianita, pero su mente está muy enferma. Si está señalando a otras personas como posibles vampiros, muchos más sufrirán. Y los otros deben creer a la Sra. Dewey. Mataron a la mujer…
- A Carmen -le dijo en voz baja- Se llamaba Carmen.
Acarició el rostro de Edward con los ojos, enviándole con la mente una corriente de calidez y bienestar.
- Carmen -contestó amablemente- fue asesinada como los libros de textos enseñan que hay que matar a un vampiro. Una estaca, la cabeza cortada y el ajo. Es un grupo de maniacos. Al menos, sabemos por dónde empezar. Creo que resultará más seguro si asumimos que la Sra. Dewey está implicada. Por tanto, tenemos dos.
- Esa chica tonta, Rebecca, está ciega. La usan para sacar información con sus estúpidas preguntas. No está directamente implicada porque no se fían que mantenga la boca cerrada. Su hermano la convenció para que estudiara las tradiciones y el folclore de la zona, y se supone que éste es un viaje de investigación. La lleva fácilmente por donde él quiere -Se pasó una mano por la espesa mata de pelo. Tenía que alimentarse pronto. La furia crecía en su interior, oscura y fría, arrastrándose por su cuerpo peligrosa y mortal. Jacob no tenía escrúpulos, ni siquiera con su propia hermana, parecía. Y había mirado a Isabella con lujuria.
Isabella lo miró y se dio cuenta de que tenía los ojos fijos en ella, sin parpadear. Oscuros, insondables, los ojos de un cazador. Un escalofrío le recorrió la espalda, le temblaba la mano mientras se alisaba la falda.
¿Qué ocurre?
A veces, Edward parecía un completo extraño, no era el hombre cálido que se reía y la miraba con ternura y deseo; ahora era un hombre frío y calculador, alguien mucho más mortal y astuto que cualquier persona conocida. De forma automática, su mente voló hacia la de Edward.
Isabella parpadeó intentando que las lágrimas no la delataran. Su rechazo fue muy doloroso, supuso un infierno para Isabella.
¿Por qué Edward? ¿Por qué me dejas fuera? Me necesitas. Lo sé. Estás tan ansioso de ayudar a los demás, de significar todo para los demás. Se supone que soy tu compañera, todo para ti. Deja que te ayude. Se acercó cautelosamente, muy despacio.
No sabes lo que podría ocurrir, Isabella. Dio un paso atrás, alejándose de la tentación y de su dolor.
Isabella sonrió.
Tú siempre me ayudas, Edward. Me cuidas. Te estoy pidiendo que confíes en mí lo suficiente como para ser todo lo que tú necesitas. Permitió que su mente se hiciera trocitos, para que ella lo viera todo. Isabella sintió el dolor mezclado con la furia por la muerte sin sentido de Carmen, y miedo por ella misma. Amor, un amor fuerte y que cada vez iba a más; apetito, físico y sexual. Pura necesidad. Definitivamente, alguien tenía que amar y consolar a este hombre.
- Necesito que hagas lo que te pido -dijo con desesperación, luchando para que su parte animal no despertara hambrienta.
La carcajada de Isabella fue suave y sensual.
No. Ya hay demasiada gente que cree que tu palabra es la ley. Necesitas que alguien te desafíe un poquito. Sé que no me harás daño, Edward. Puedo sentir el miedo que te tienes a ti mismo. Piensas que hay algo en ti que no me gustará, que no puedo amar, algún tipo de monstruo que temes que yo vea. Te conozco mejor que tú mismo.
Eres tan osada, Isabella, tan descuidada ante el peligro. Atenazó con sus manos el respaldo de una silla, amenazando con reducir la madera a simple polvo. Le dejaría las marcas de sus dedos para toda la vida.
¿Qué peligro, Edward? Inclinó la cabeza y el pelo le cayó sobre el hombro. Sus manos desabrocharon el botón superior de la camisa. Jamás serías un peligro para mí, aunque estuvieras furioso. Lo único que está ahora en peligro es mi ropa. Dio un paso atrás, riéndose de nuevo, dejando que el sonido se introdujera en Edward y lo calentara, derritiendo su interior.
El calor se extendió en espiral por su cuerpo, la necesidad lo golpeó con fuerza y urgencia. El hambre lo desgarraba y no distinguía más que una neblina rojiza.
- Estás jugando con fuego, pequeña, estoy completamente fuera de control - Dijo como último intento para salvarla. ¿Por qué no se daba cuenta de lo egoísta que realmente era, de que había tomado el control de su vida y nunca la liberaría? Era el monstruo que ella no veía. Quizás con el resto del mundo, la fría lógica y la justicia lo regían, pero no con ella. Con Isabella era asaltado por una serie de emociones a las que era totalmente ajeno hasta entonces y que no era capaz de controlar. Hacía cosas de forma inconsciente. La dejaba ver la violencia que existía en su mente cuando rasgaba sus ropas y tomaba su cuerpo sin ningún control alguno.
Le contestó con la mente, con la calidez y el amor que su cuerpo, ansioso del suyo, lo recibía y aceptaba su lado violento. Isabella tenía una fe ciega en los sentimientos de Edward, en su compromiso.
Maldijo en voz baja, tirando a un lado la ropa que apresaba su cuerpo. Saltó sobre ella como una pantera.
- Edward, me encanta este vestido -susurró sobre su garganta, con la risa aun invadiendo su mente. Carcajadas. Alegría. No había miedo.
- Pues sal de esa maldita cosa -dijo bruscamente sin darse cuenta que de esta forma aumentaba la confianza de Isabella en él.
Ella se tomó su tiempo, irritándolo mientras buscaba los botones y lo instaba a desabrochar la trabilla de la falda.
- No sabes lo que estás haciendo -protestó de forma confusa, pero sus manos fueron suaves sobre el cuerpo de Isabella, quitándole la ropa con cuidado hasta que estuvo completamente desnuda, toda su piel sedosa a la vista, cubierta tan solo con la melena azabache.
Edward cerró los dedos sobre la nuca de Isabella. Se sentía tan pequeña y frágil, tenía la piel cálida. Desprendía un aroma femenino obsesivo, como el de la miel silvestre o una brisa de aire fresco. La apoyó contra la estantería, mientras sus manos dibujaban los contornos de su cuerpo y acariciaban la redondez de sus pechos, sus dedos absorbían el tacto de su piel para guardarlo en su alma. Bajó la cabeza para buscar un oscuro pezón y lamerlo. El demonio que habitaba en su interior retrocedió ante la suavidad de su piel y ante la total conformidad de Isabella. No la merecía.
El cuerpo de Isabella se debilitó con el primer roce de los labios ardientes de Edward sobre su pecho. Se apoyó sobre la estantería y sintió el tacto de la madera sobre la piel desnuda de su trasero. Un sentimiento de anticipación la recorrió excitándola. Los ojos de Edward la devoraban con avidez, posesivo, pero tremendamente tierno. Descubrir todo lo que él sentía por ella le derritió el corazón, y la dejó a punto de llorar. Allá donde Edward posaba su mirada, la piel de Isabella ardía y le dolía ansiando sus caricias.
Alzó los brazos por detrás de Edward para soltarle el pelo y acariciarlo, pasando después las yemas de los dedos por los fuertes músculos de su espalda. Podía sentirlo temblar bajo sus manos, sentía su naturaleza salvaje luchando por liberarse. Ella también sentía que algo salvaje despertaba en su interior. Quería sentirlo entre sus brazos, temblando, con sus endurecidos músculos rozando su piel y su cuerpo derramándose en su interior. Le envió las eróticas imágenes que bailaban en su cabeza mientras saboreaba la piel de su pecho.
Las manos de Edward estaban en todos lados, como las de ella. La boca de Edward abrasaba la piel, como la de ella. Su corazón latía desbocado, como el de ella. La sangre rugía dentro de sus cuerpos como lava recién salida de un volcán. Sus dedos acariciaron el pasaje húmedo entre las piernas de Isabella, explorándolo. Edward la llevó hacia el suelo, tumbándola y elevándole las caderas para tener un mejor acceso y hundir su miembro en ella. La sangre rugía en sus oídos, todas las emociones formaban un violento torbellino aumentando la necesidad. El cuerpo de Isabella recibía gustoso cada empujón de Edward, cada vez más rápidos y profundos. La sentía ardiente y estrecha a su alrededor, aceptando la tormenta que los envolvía.
Un hambre atroz despertó en Edward. Era peligroso. Anhelaba el dulce sabor de su sangre, quería sentir de nuevo el éxtasis del intercambio. Pero si se alimentaba de ella… gruñó ante la tentación. No sería capaz de detenerse y tomar lo justo para que ella no necesitara reponer su sangre. No podía hacerlo. Ella debía tomar la decisión de formar parte de su mundo de forma consciente. Era un riesgo demasiado grande. Si Isabella no sobrevivía, él la seguiría hacia el más allá. No quería vivir sin ella. No existiría Edward sin Isabella.
Su cuerpo, sus necesidades y sus maltrechas emociones estaban tomando de nuevo el control y lo empujaban hasta el límite. Nunca había sentido algo tan profundo, un amor tan envolvente por otro ser. Ella lo era todo. Su aire. Su aliento. Su corazón. La besó en la boca con besos largos y embriagadores, bajó hacia su garganta, hacia el pecho, hasta encontrar su marca. Probarla. Sólo una vez.
Isabella se movió entre sus brazos, ladeando la cabeza para facilitarle el acceso mientras entrelazaba sus dedos en el pelo de Edward.
Será mejor que me case contigo, Edward. Me necesitas desesperadamente. Él alzó la mirada para contemplar lo hermosa que se veía allí, mientras hacían el amor, aceptando todas y cada una de sus necesidades. Arropaba su corazón con su calidez, suavizaba su mente con la suya, bromeaba con él e incluso lo igualaba con su lado salvaje. Le rodeó el rostro con las manos mientras sus ojos negros sondeaban las profundidades azules de los ojos de Isabella, hundiéndose en ellos. Y sonrió.
- Edward -protestó cuando el sacó su miembro con suavidad.
Edward la puso boca abajo sobre el suelo, tirando de sus caderas para penetrarla por detrás. Al introducirse en ella rodeando su pequeña cintura con las manos, se sintió exultante de alegría. ¡Ella estaba a salvo! La alegría lo recorrió de arriba abajo y se abandonó al placer del cuerpo de Isabella. Se movían acompasadamente, el pasaje de Isabella era increíblemente estrecho, húmedo y ardiente, suave terciopelo envolvente. Una combinación explosiva.
Los lobos habían dicho a Emmett que no percibían alegría en él, pero Isabella se la había devuelto. Su cuerpo gozaba y brillaba de alegría. Sintió que Isabella se tensaba y que un espasmo, dos, la recorrían, pero no se detuvo, siguió en su interior formando un solo un cuerpo. La oscura sombra que envolvía su alma se desvanecía. Esta pequeña y hermosa mujer lo había conseguido. Ralentizó el ritmo de su penetración, maravillándose en la forma en la que Isabella acompasaba sus movimientos. De nuevo la sintió tensarse bajo él, envolviendo su miembro con sus espasmos, la escuchó gritar hasta que sólo pudo emitir pequeños sonidos guturales que lo llevaron al borde del abismo. Se sintió arder y subir al cielo junto a ella mientras Isabella gritaba de nuevo su nombre. La ayudó a tumbarse con cuidado. Le acarició el pelo y se inclinó para besarla con ternura.
No tienes idea de lo que has hecho esta noche por mí. Gracias, Isabella. Ella tenía los ojos cerrados, las largas pestañas semejaban dos medias lunas oscuras sobre su blanca piel. Sonrió.
Alguien tiene que enseñarte lo que es amar, Edward. No poseer ni adueñarse de algo, sino lo que es el verdadero amor, el amor incondicional. Alzó la mano y, aún con los ojos cerrados, sus dedos encontraron las comisuras de sus labios. Necesitas recordar cómo se juega, cómo se ríe. Necesitas aprender a quererte más a ti mismo.
La boca de Edward se curvó en una sonrisa, suavizando su expresión.
Te pareces al Padre Barner.
- Espero que confieses que te has aprovechado de mi -bromeó Isabella.
Edward se quedó sin respiración. Un sentimiento de culpabilidad lo inundó. Era cierto que se había aprovechado de ella. Quizás no la primera vez, cuando la enorme soledad que había sufrido lo hizo perder el control. Fue necesario hacer el intercambio de sangre para salvarle la vida. Pero la segunda vez fue por puro egoísmo. Él había buscado el ímpetu sexual y había completado el ritual. Y había pronunciado las palabras rituales. Estaban unidos. Él lo sabía, sabía que era lo correcto, sentía que su alma sanaba como sólo lo haría junto a su verdadera compañera.
¿Edward? Estaba bromeando. Las largas pestañas aletearon al abrir los ojos para comprobar que, como sus dedos percibían, él estaba frunciendo el ceño.
Edward le mordió los dedos suavemente, acariciándolos con la lengua. Su boca era cálida y sensual, sus ojos ardían de deseo por ella de nuevo. El ardor se extendió por el cuerpo de Isabella, reflejándose en sus ojos como respuesta. Se rió suavemente.
Lo tienes todo, ¿verdad? Tienes encanto, eres tan provocativo que deberías estar encerrado bajo llave, y tienes una sonrisa por la que los hombres matarían. O las mujeres, a cualquiera que miraras.
Se inclinó para besarla, encerrando un pecho en su mano de forma posesiva.
Olvidas mencionar que soy un gran amante. Los hombres necesitan oír esas cosas, ya sabes.
¿De verdad? Arqueó una ceja mirándolo. No me atrevería a hacerlo. Ya eres tan arrogante que no te soporto.
Estás loca por mí. Lo sé. ¿Sabes? Yo leo las mentes. De repente, sonrió de forma juguetona, como un niño.
La próxima vez que me hagas el amor, ¿crees que podríamos ser un poco más convencionales y buscar una cama? Se sentó con cautela. Los brazos de Edward la rodearon para ayudarla.
¿Te he hecho daño? Ella se rió dulcemente.
¿Estás bromeando? Aunque, la verdad, no me importaría darme un largo baño en una bañera caliente.
Edward frotó la barbilla sobre la cabeza de Isabella.
- Creo que podemos arreglarlo, pequeña -Debería haber pensado que el suelo no era precisamente el lugar más cómodo- Consigues que cualquier pensamiento coherente desaparezca de mi cabeza -Era una disculpa.
La cogió en brazos y atravesó con largas zancadas la casa hasta llegar al cuarto de baño principal. Los ojos de Isabella se llenaron de calidez, sonrió tan adorablemente que Edward se quedó sin aliento.
Eres tú que sueles comportarte de forma un tanto… primitiva, Edward. Soltó un gruñido y bajó la cabeza despacio para besarla. Había tanta pasión y ternura que a Isabella le dolía el alma. La dejó cuidadosamente de pie, en el suelo y le cogió el rostro entre las manos.
Jamás conseguiré saciar el hambre que siento por ti, Isabella, jamás. Pero necesitas un baño y yo necesito alimentarme.
- Comer -dijo mientras se agachaba para abrir el grifo del agua caliente- Se dice comer. No soy la mejor de las cocineras, pero puedo prepararte algo.
Los dientes blancos brillaron a la luz de las velas, mientras las encendía.
- No estás aquí para ser mi esclava, pequeña. Por lo menos, no en el ámbito doméstico -La miró sin pestañear mientras Isabella se recogía el pelo en un moño, en la parte superior de la cabeza.
Era desconcertante, pero Isabella sintió su cuerpo estremecerse bajo el calor de su mirada. Edward alargó la mano para ayudarla a meterse en la bañera. En el momento en que sintió los dedos alrededor de la muñeca, tuvo la extraña sensación de que había sido capturada.
Isabella se aclaró la garganta y se sumergió con cuidado en el agua. El vapor se elevaba formando espirales.
- Entonces, ¿crees en la fidelidad? -intentó que sonara casual.
Una sombra oscura cruzó sus marcadas facciones.
- Un hombre de los Cárpatos, de mi raza, no siente la pálida e infantil versión del amor humano. Si estuvieses con otro hombre yo lo sabría, lo sentiría, sentiría tus sentimientos y tus emociones -Trazó una línea sobre el pómulo de Isabella- No te gustaría enfrentarte al demonio que hay dentro de mí, pequeña. Soy capaz de la mayor violencia. No te compartiré con nadie.
- Tú nunca me harías daño, Edward. Sin importar la causa de tu ira -Dijo con voz suave y absoluta convicción.
- Siempre estarás segura conmigo –afirmó- pero no puedo decir lo mismo de cualquiera que amenazara con apartarte de mi lado. Todos los míos usamos la conexión telepática. Una emoción tan fuerte como la pasión sexual es imposible de ocultar.
- ¿Quieres decir que aquellos de vosotros que os casáis…?
- Toman una compañera -corrigió.
- ¿No son nunca infieles? -preguntó incrédula.
- Los verdaderos compañeros no lo son. Ha habido excepciones… -dijo cerrando los puños con fuerza. -Pobre Carmen, tan dulce, tan obsesionada con Garrett. Los pocos que traicionan al compañero que han elegido no tienen una unión verdadera, no sienten lo que deberían sentir, de otra forma, sería imposible. Por eso es tan importante saberlo con la mente, con el corazón, con el alma y con el cuerpo. Como yo sé que tú lo eres -Las palabras rituales no podían unir a dos que no fueran uno. La unión se realizaba entre las dos mitades de un mismo ser, pero no era capaz de encontrar la forma de explicarlo de modo que ella lo entendiera completamente.
- Pero Edward, yo no pertenezco a tu especie -Empezaba a ser consciente de que entre ellos había diferencias que iban mucho más allá de las simples costumbres, y ella necesitaba tenerlas en cuenta.
Edward trituró unas hierbas en un cuenco, vertiéndolas después en el agua de la bañera. Le ayudarían con las molestias de su cuerpo.
Tú lo sabrías si yo tocara a otra mujer.
- Pero la diferencia está en que tú podrías hacer que yo lo olvidara -se burló en voz alta frunciendo los labios.
Pero Edward pudo sentir que su corazón se aceleraba ante la repentina duda que asaltó su mente.
Se arrodilló junto a la bañera, tomando el rostro de Isabella entre sus manos.
- Soy incapaz de traicionarte, Isabella. Podría obligarte a hacer algo por el bien de tu seguridad o tu protección, por tu vida o tu salud, pero no para que olvidaras una traición.
Isabella se humedeció el labio inferior con la punta de la lengua.
No me obligues a hacer nada a menos que me lo pidas antes, como hiciste cuando me sentía enferma hace un rato.
Edward ocultó una sonrisa. Siempre intentaba usar un tono severo, duro, era su pequeña caja de dinamita, con más valentía que sentido común.
Pequeña, sólo vivo para hacerte feliz. Tengo que salir ahora, solo será un rato.
No puedes salir tú solo en busca de los asesinos. Estoy hablando en serio, Edward. Es demasiado peligroso. Si eso es lo que estás pensando… La besó riéndose de buena gana.
- Negocios, Isabella. Date un baño bien largo, echa un vistazo por la casa, ojea mis libros, lo que quieras -Le sonrió como un niño- Tengo un montón de trabajo junto al ordenador, por si quieres echarme una mano con las ofertas.
- Esa es exactamente la manera en la que planeaba pasar la noche.
- Otra cosa -Edward se había marchado sin que ella hubiera podido siquiera parpadear, y volvió igual de rápido. Cogió su mano izquierda- Los tuyos reconocerán esto como una señal de que estás comprometida.
Ahora fue Isabella quien ocultó una sonrisa. Edward era tan territorial, como un animal salvaje cercando su espacio. Se comportaba como los lobos que corrían libres por el bosque. Tocó el anillo con un dedo, extasiada. Era muy antiguo, de oro con un rubí de color rojo ardiente rodeado de diamantes.
- Edward, es hermoso. ¿Dónde encontraste algo así?
- Ha pertenecido a mi familia durante generaciones. Si prefieres algo más… algo más moderno… -era perfecto para su dedo, donde pertenecía.
- Es perfecto y lo sabes -dijo mientras lo tocaba- Me encanta. Vamos, vete. Descubriré todos sus secretos mientras estás fuera.
Edward esta hambriento, necesitaba alimentarse. Se inclinó para acariciar con la boca la frente de Isabella, la amaba tanto que le dolía el corazón.
- Sólo será hoy, pequeña, me gustaría tener una conversación normal y feliz contigo. Cortejarte como te mereces.
Isabella ladeó la cabeza para mirarlo, con los ojos oscuros por la emoción.
Ya me cortejas muy bien. Ve a comer, y déjame conmigo misma. Edward le acarició el pelo una vez más antes de marcharse.
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Se movió entre la gente del pueblo, respirando el aire de la noche. Las estrellas parecían más brillantes, la luna brillaba como la plata bruñida. Distinguía los colores de forma clara e intensa. La brisa estaba cargada de olores. Los jirones de niebla flotaban por la calle. Tenía ganas de cantar. La había encontrado después de tanto tiempo que hacía que la tierra se moviera y su sangre ardiera. Le había devuelto la sonrisa y le había enseñado lo que era el amor.
Se estaba haciendo tarde, las parejas caminaban hacia sus casas. Edward eligió un trío de muchachos. Estaba hambriento y necesitaba estar fuerte. La noche iba a ser muy larga. Tenía intención de confirmar o eliminar las sospechas que recaían sobre la Sra. Vulturi. Las mujeres necesitaban una partera y una, aunque fuese afligida y amargada, era mejor que una que pudiera traicionarles a la primera oportunidad.
Convocó a los jóvenes para que se acercaran con una simple orden, maravillándose como tantas otras veces de lo fácil que era controlar a sus presas. Se unió a la conversación, riéndose con ellos, hablaban sobre las oportunidades de hacer "negocios calentitos" que les habían sucedido recientemente. Con veinte años no se pensaba en otra cosa que no fuesen mujeres, el dinero no importaba. Siempre le sorprendía lo irrespetuosos que los humanos eran con sus mujeres. Quizás no comprendían lo que serían sus vidas sin ellas.
Los llevó hacia la oscuridad de los árboles, allí estaría seguro, y se alimentó, asegurándose de no tomar demasiado de ninguno. Los dejó como hacía siempre, manteniendo todo bajo control, por algo era el más anciano y poderoso. Tenía en cuenta hasta el más mínimo detalle. Caminó con ellos durante unos minutos, asegurándose de que se encontraban bien antes de dejarlos con un saludo y una corriente de amistad entre ellos.
Edward les dio la espalda y la sonrisa se borró de su rostro. La noche llamaba al cazador que había en él, haciendo que apareciera un terrible propósito en su mirada oscura y que la boca, otras veces sensual, se torciera en un rictus cruel. Sus músculos se agitaron con su enorme fuerza, flexionándose y crispándose. Dobló la esquina y simplemente, desapareció.
Su velocidad era increíble, nadie podía comparársele.
Su mente voló hacia la de Isabella, anhelando el contacto.
¿Qué estás haciendo tan sola en esa vieja casa encantada?
Su suave carcajada transformó en calidez la frialdad que sentía.
Esperando que mi gran lobo malvado vuelva a casa.
¿Estás vestida?
Esta vez, su respuesta se asemejó al roce de sus dedos sobre su piel, tocándolo íntimamente, calentando su cuerpo. Calidez, risas, pureza. No soportaba estar separado de ella, odiaba la distancia que los separaba.
¡Por supuesto que estoy vestida! ¿Y si llega alguna visita inesperada? No puedo recibirlos desnuda ¿o sí?
Ella estaba bromeando, pero la idea de que alguien se acercara a su casa estando sola y desprotegida hizo que el miedo se deslizara con un escalofrío por su cuerpo. Era una emoción extraña y apenas pudo identificarla.
¿Edward? ¿Te encuentras bien? ¿Me necesitas? Voy contigo.
Quédate donde estás. Escucha a los lobos. Si te aúllan, llámame enseguida. Isabella dudó un instante antes de contestar, dando a entender que le sorprendió el tono que Edward había usado.
No quiero que te preocupes por mí, Edward. Ya tienes suficientes personas que te lo exigen.
Quizás sea así, pequeña, pero tú eres la única por la que lo daría todo. Y bebe otro vaso de zumo. Lo encontrarás en la nevera.
Rompió el contacto y se dio cuenta que estaba sonriendo con la pequeña conversación. Isabella habría protestado por haberle ordenado que bebiera, si él le hubiera dado más tiempo. Le encantaba irritarla de vez en cuando. Le gustaba ver los ojos azules oscureciéndose como zafiros y escuchar el tono afilado en su voz, siempre tan controlada.
¿Edward? Su voz lo dejó perplejo, le hablaba en voz baja y cálida, femenina y alegre. La próxima vez intenta hacerme una sugerencia, o simplemente pídemelo. Vete a hacer lo que tengas que hacer, yo buscaré en tu extensa biblioteca un libro sobre los buenos modales.
Olvidando que estaba agachado junto a un árbol cercano a la cabaña de los Vulturi, tuvo que esforzarse mucho en reprimir la carcajada que amenazaba con brotar de su garganta.
No encontrarás ninguno.
¿Por qué no me sorprende? Esta vez fue Isabella quien rompió el contacto. Por un instante se permitió el lujo de envolverse en su calidez, en su risa y en su amor. ¿Por qué Dios había elegido esta hora tan oscura, la más oscura, para enviársela como un regalo? No tenía ni idea. Lo que tenía que hacer era inevitable, la supervivencia de su raza así lo exigía. La brutalidad de lo que tenía que hacer lo llenaba de repulsión. Tendría que regresar al lado de Isabella con las manos manchadas de sangre, con las muertes de más de un humano. No podía zafarse de este trabajo, no podía encargárselo a nadie. Su animadversión no se dirigía hacia el hecho de arrancarles la vida a los asesinos de Carmen, sino al momento de tener que hacer vivir a Isabella con lo que él iba a hacer. No sería la primera vez que le quitaba la vida a alguien. Se transformó y soltó un suspiro. El pequeño roedor se escabulló fácilmente entre las hojas caídas en el suelo y cruzó el claro hacia la cabaña. El batir de unas alas llegó hasta sus oídos y el roedor se detuvo en seco. Edward siseó una advertencia y la lechuza le lanzó una salvaje mirada por haber cambiado el rumbo de su ataque. El roedor alcanzó la seguridad de las escaleras de madera, golpeó con la cola y empezó a buscar una grieta o un agujero en el muro por donde poder entrar.
Edward había captado dos olores familiares. Aro tenía invitados. El roedor se deslizó a través de una hendidura entre dos tablas podridas y se metió en la habitación. Corrió sin hacer ningún ruido cruzando el suelo hasta la puerta de entrada. Edward permitió que el cuerpo del roedor procesara los olores de la casa. Se movió con mucho cuidado, deteniéndose con frecuencia, hasta que llegó a una esquina oscura del cuarto.
Heidi Vulturi estaba sentada en una silla de madera, justo en frente de él, llorando en silencio con un rosario apretado en la mano.
Aro hablaba con tres hombres, miraban un mapa extendido sobre la mesa.
- Estás equivocado, Aro. Lo de Carmen fue un error -Sollozó la Sra. Vulturi- Te has vuelto loco y has atraído aquí a estos asesinos. ¡Dios mío! Has matado a una chica inocente que había sido madre recientemente. Tu alma está perdida.
- ¡Cállate vieja! -gritó Aro con dureza, su rostro expresaba su fanatismo.
Resplandecía a través de él, era un cruzado luchando en una guerra santa.
- Sé lo que vi -Se santiguó mientras miraba a un lado y a otro de la habitación al ver una curiosa sombra alada que pareció sobrevolar la cabaña.
Por un instante, todos se quedaron paralizados. Edward pudo saborear el miedo que sentían, y escuchar el latido frenético de sus corazones. En el interior de la cabaña, Aro había colgado ristras de ajo en todas las ventanas y sobre las puertas. Se puso de pie muy lentamente, humedeciéndose los labios resecos, agarró el crucifijo que llevaba colgado del cuello y se acercó a una ventana para asegurarse de que todo estaba en su sitio.
- ¿Qué fue eso? ¿Esa sombra de hace un momento? ¿Todavía pensáis todos que fue un error porque la encontramos en una cama en lugar de estar durmiendo en la tierra?
- No había nada, ni tierra ni ningún tipo de protección -dijo sin ganas un extranjero de pelo oscuro.
Edward reconoció el rastro del hombre. Uno de los asesinos. Uno de los que se quedaban en la pensión. La bestia sacó sus garras en el interior del cuerpo del roedor. Habían asesinado a Carmen sin asegurarse siquiera que ella era lo que buscaban.
- Yo sé lo que vi, James -afirmó Aro- Después de que Heidi se marchara, la mujer empezó a desangrarse. Había ido hasta allí para acompañar a Heidi a casa, los bosques son peligrosos. Iba a decirle al marido que regresaría con Heidi, estaba muy agitado y no me vio cuando entré. Lo vi con mis propios ojos. Ella bebió mucho, demasiado, él estaba pálido y débil. Salí de allí y me puso en contacto con vosotros de inmediato. - James movió la cabeza. - Hiciste lo correcto. Vine tan pronto como pude con los demás. Si han descubierto la manera de tener cachorros, los demonios nos invadirán. - El hombre más alto de los que se encontraban en la habitación se agitó nervioso.
- Nunca he oído nada acerca de que los vampiros den a luz a sus crías. Ellos matan a los vivos para alargar sus vidas. Duermen en la tierra y protegen sus guaridas. Actuasteis antes de que pudiéramos estudiar todo esto en profundidad.
- Laurent -protestó James- vimos la oportunidad y la aprovechamos. ¿Y cómo pudo su cuerpo simplemente desaparecer? Después de hacerlo huimos corriendo. Desde entonces, nadie ha visto al marido ni al niño. Sabemos que la mujer está muerta; la matamos; pero no hay protestas ni llantos por su muerte.
- Debemos encontrar al marido y al bebé -ordenó Aro- Y a todos los otros. Debemos quitarlos de en medio a todos -Miraba la noche fijamente a través de la torcida ventana. De repente, una expresión de alarma salió de sus labios- Mira, James, un lobo. Ese maldito Cullen los protege en sus tierras. Algún día entrarán en el pueblo y matarán a los niños- Cogió el viejo rifle que estaba apoyado contra la pared.
- ¿Quién es este Cullen, el que protege a los lobos? -preguntó Laurent.
- ¡El pertenece a la Iglesia! -siseó Heidi, perpleja por el intento de implicarlo- Es un hombre bueno, va a misa todos los domingos. El padre Barner es uno de sus íntimos amigos. Cenan juntos a menudo y juegan al ajedrez. Lo he visto con mis propios ojos.
Aro despachó el testimonio de Heidi con un movimiento de mano.
- Cullen es el mismísimo demonio. Mirad ahí fuera, ¿veis al lobo escabulléndose entre los arbustos, vigilando la casa?
- Os digo que eso no es natural -Dijo James bajando la voz- Es uno de ellos.
- Es imposible que sepan que fuimos nosotros -dijo Aro, pero el miedo lo delató, le temblaban las manos. Se llevó el rifle hasta el hombro.
- Tendrás que conseguirlo con el primer disparo, Aro -Advirtió James.
El roedor atravesó el suelo en una carrera frenética hasta la habitación y salió al exterior por la grieta. Edward salió del cuerpo del pequeño roedor en una explosión de fuerza y se transformó en un enorme lobo negro con los ojos rojos, deseando venganza.
Corrió la distancia que los separaba y saltó para cubrir el cuerpo del lobo más pequeño. En ese momento, sintió el fuego atravesar su carne. El otro lobo se internó en lo profundo del bosque. Aunque la sangre manaba de sus cuartos traseros, el enorme lobo no emitió un quejido, no huyó; muy al contrario, se dio la vuelta y se quedó mirando la casa con dos brasas ardientes en lugar de ojos que encerraban una promesa. Venganza. Una oscura promesa de que la muerte los encontraría a todos.
¡Edward! El agudo chillido de Isabella resonó en su cabeza.
El lobo negro mantuvo fija la mirada un poco más, controlando a Aro Vulturi. Después se volvió y simplemente desapareció en la noche. Ninguno de los hombres se atrevió a seguirlo. El lobo negro había surgido de la nada, saltando para proteger al más pequeño. No era un lobo normal, y ninguno de los hombres quiso perseguirlo por la linde del bosque.
Edward corrió hasta sentirse seguro en el corazón del bosque, antes de que el dolor y la pérdida de sangre lo obligaran a tomar su forma humana.
Tropezó, se agarró a una gruesa rama y se dejó caer al suelo.
¡Edward! ¡Por favor! Sé que estás herido. ¿Dónde estás? Puedo sentir tu dolor. Déjame ir contigo. Déjame ayudarte.
Los arbustos se movieron detrás de Edward. No se molestó en volver la cabeza, sabía que era Eleazar el que estaba allí, profundamente avergonzado y lleno de remordimientos.
Edward. ¡Dios!, lo siento. ¿Es grave?
Bastante. Edward cerró la mano sobre la herida para detener la hemorragia. ¿Qué estabas haciendo allí, Eleazar? Fue una locura, una tontería.
Edward. El miedo y las lágrimas de Isabella anegaban su mente.
Cálmate, pequeña. No es más que un rasguño.
Déjame ir contigo. Estaba rogándole y eso le rompió el corazón.
Eleazar cortó una tira de su camisa y vendó el muslo de Edward.
- Lo siento. Debería haberte escuchado, debería haber sabido que tú estarías tras ellos. Pensé que… -su voz se desvaneció, parecía incómodo.
- ¿Qué pensaste? -le cortó Edward con cansancio.
El dolor era enorme. Se sentía mareado y tenía náuseas, pero de alguna forma tenía que reconfortar a Isabella. Ella luchaba por reconfortarlo a él, por conocer el sitio donde estaba. Estaba intentando ver a través de sus ojos.
Déjalo, Isabella. Haz lo que te digo. No estoy solo. Uno de los míos está conmigo. Pronto estaré junto a ti.
- Pensé que estarías tan complicado con esa mujer que no tendrías tiempo para la caza -Eleazar agachó la cabeza- Me siento como un idiota, Edward. Estaba tan preocupado por Esme.
- Jamás he dejado a un lado mis obligaciones. La protección de los míos ha sido siempre lo primero -Edward no podía intentar curar la herida con Isabella en su mente.
- Lo sé, lo sé -Eleazar se mesó el cabello castaño- Después de lo que le sucedió a Carmen, no podía soportar la idea de que a Esme le sucediera lo mismo. Y esta era la primera vez que nos advertías que estabas con una mujer.
Edward intentó esbozar una sonrisa irónica.
- También es nueva para mí la experiencia. Hasta que todo deje de ser tan novedoso y fuerte, es mejor que la mantenga tan cerca de mí como sea posible. En este mismo momento está discutiendo conmigo.
Eleazar estaba perplejo.
- ¿Discutiendo contigo? ¿Ella?
- Tiene sus propias ideas -Permitió que Eleazar le ayudara a levantarse.
- Estás excesivamente débil para transformarte. Y necesitarás sangre y dormir bajo tierra -Eleazar envió una llamada a Emmett.
No puedo dormir bajo tierra. No la dejaré sin protección. Ella lleva mi anillo y mi marca. Un movimiento en falso y la matarán.
Te necesitamos con todas tus fuerzas, Edward.
La llegada de Emmett fue precedida por varios remolinos de hojas, pequeños tornados sobre el bosque. Emmett maldijo en voz baja y se arrodilló junto a Edward. - - Necesitas sangre, Edward -dijo suavemente y al instante se desabrochó la camisa.
Edward lo detuvo con un simple gesto. Sus ojos, infinitamente cansados y llenos de dolor, estudiaron los alrededores. Eleazar y Emmett se quedaron totalmente inmóviles, con sus sentidos en alerta, comprobando las inmediaciones del bosque.
- No hay nadie -susurró Emmett.
- Hay alguien -corrigió Edward.
Un pequeño gruñido de protesta escapó de la garganta de Emmett que, de forma instintiva, se colocó delante de su príncipe. Eleazar fruncía el ceño, estaba totalmente confundido.
No puedo detectar a nadie, Edward.
Ni yo, pero nos vigilan. Era una rotunda afirmación, tan cierta que ninguno de los suyos podría discutirla. Edward jamás se equivocaba.
- Llama a Eric, dile que traiga un coche -ordenó Edward y dejó caer la cabeza para descansar.
Emmett estaba totalmente alerta y Edward confiaba en sus habilidades. Cerró los ojos, mortalmente cansado, preguntándose dónde habría ido Isabella. No estaba conectada con él. Para mantener el contacto, tendría que utilizar las escasas fuerzas que le quedaban y en este momento, no podía desaprovecharlas. Pero su silencio, tan impropio de ella, le preocupaba.
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Por cierto, en un comentario alguien me preguntó por el título original del libro, se llama The Dark Prince, la autora es Christine Feehan (como siempre pongo al inicio de cada Cap) y si buscas el título y aparecen muchos (porque son como 40 libros jaja) los protagonistas de este libro se llaman Mikhail y Raven.
Cualquier otra duda siempre pueden dejarme comentarios y yo con gusto responderé.
En fin, me siento feliz porque pude dejarles el cap antes de irme a la escuela jajaja así que en unas horas veré el progreso que llevemos.
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¡Nos leemos pronto!
