Nobles intenciones
Disclaimer: Naruto no me pertenece, todos los personajes en ésta historia pertenecen a Masashi Kishimoto, y de igual manera, la historia viene de la mente de la increíble autora Katie Macalister, el título original es "nobles intenciones", y viene de la serie llamada "noble", éste es el primer libro, y el único que adaptaré.
Capítulo 7
-Mmmm.
El Conde Negro rechinó los dientes y se negó a levantar la vista de la última carta amenazante que había recibido con el correo de la mañana. No necesitaba mirar a su esposa, sabía perfectamente lo atractiva que estaba con su vestido verde y crema, con su cabello rojo recogido en un moño francés que él sabía que se le soltaría inmediatamente y le caería suavizando los ángulos de su rostro. Sabía de sus pechos dulces y henchidos que conducían a las líneas suaves y curvas de sus hombros, que a su vez se fundían con las graciosas curvas de los brazos, que llevaban a sus... manos azules.
También sabía lo que ella estaría haciendo: disfrutando de las fresas de un modo que provocaría hasta a un santo. Se excitó sólo de pensar en ello.
Observó el papel que tenía en la mano, y no vio las amenazas ni los insultos, sino más bien la imagen de su esposa tal y como la había visto la noche anterior, acurrucada en su cama. Le sorprendió verla allí después de la escena en casa de la condesa Morino, y especialmente, después de sermonearla durante el regreso a casa, con respecto al comportamiento que esperaba de ella en calidad de condesa. Hinata no dijo una sola palabra mientras escuchaba la reprimenda, así que él comenzó a sentirse como un ogro cascarrabias. Y sin embargo, ella había preferido su cama en lugar de la propia. Pensó en ello mientras sostenía una vela en la mano, observándola por un instante, que pareció transformarse en mil. Tenía el pelo suelto, y le caía ahuecado sobre su pijama de lino blanco como si fuera el ave fénix renaciendo de sus cenizas. Recorrió con sus ojos las suaves mejillas pálidas, apoyadas en sus manos azules. Estaba dormida, y su imagen tan plácida y adorable le produjo algo en su interior.
Un tenue rayo de luz atravesó la oscuridad de su alma y comenzó a resplandecer. Comprendió que la había tratado mal y juzgado injustamente. Ella no era Sakura, quien se valía de su deseo físico para su propio beneficio; era simplemente Hinata, su esposa, la mujer que iba por la vida con una sonrisa picara y una mirada traviesa. Naruto suspiró cuando se metió en la cama y se acurrucó a sus espaldas, compartiendo su calor y sintiendo que se había quitado un peso de encima.
¿Por qué habría aceptado casarse con él?, se preguntó súbitamente. El matrimonio le ofrecía un título y una seguridad, pero sabía muy bien que ella no le daba importancia a eso. Le acarició el brazo y respiró su aroma seductor. ¿Por qué se habría casado con él? Ese pensamiento lo desveló casi toda la noche y buena parte de aquella maravillosa mañana de verano.
—Mmmmmm.
Su voz lo acarició de un modo casi físico y, sin embargo, la reacción de Naruto fue mucho más profunda de lo que podría haber sido en términos físicos. La luz que había en su interior se hizo más fuerte, proyectando oscuras sombras en los rincones de su alma. Observó la carta con ojos ausentes mientras lanzaba una mirada profunda al núcleo de la luz; la luz era Hinata. De algún modo, ella había logrado adentrarse en lo más recóndito de su ser, donde resplandecía como un faro. Naruto esperaba casi con morbo que esa cosa negra que acechaba en su alma apareciera de nuevo y exterminara su resplandor, pero la cosa negra fue misteriosamente desterrada a un rincón lejano. Disfrutó del calor de la luz, y por primera vez sintió que su vida albergaba un poco de esperanza, como si tuviera una razón para existir.
—Mmmm. ¡Qué agradable!
Naruto suspiró, incapaz de resistir más: tenía que mirarla.
—¿Quieres algo, cariño?
Hinata levantó la mirada del folleto que estaba leyendo.
—No, Naruto. Gracias.
La observó tomar otra fresa y acercarla a su boca, absorta en su libro. Naruto sintió que la respiración se le detenía mientras la miraba, esperando. Hinata abrió los labios con mucha lentitud, la fresa casi tocaba su boca voluptuosa, y ella sacó la punta de la lengua rozando suavemente la fruta redonda.
Naruto sintió una excitación férrea y descomunal. Contuvo la tensión que amenazaba con ahogarlo y trató de desviar la mente de la erótica visión de su esposa comiendo fresas para concentrarse en algo mucho más importante: saber quién estaba amenazando con lastimarla. Las palabras desfilaban ante sus ojos y no pudo dejar de preguntarse qué estaría haciendo ella en aquel instante. ¿Habría terminado de chupar la esencia de la fruta? ¿La estaría mordiendo con sus dientes blancos, de suerte que la delicada carne terminara en el interior de su boca dulce y cálida? ¿La punta de su lengua aparecería de nuevo para lamer el jugo rojizo de sus labios suaves y ardientes?
Naruto no pudo evitarlo y levantó su mirada; ella estaba masticando.
—¿Quieres más fresas, querida? —le preguntó, y su voz era extrañamente grave. Ella observó el cuenco que Naruto le había extendido.
—. No debería, pero me encantan las fresas. Comeré un par de ellas.
Naruto inclinó el recipiente para que ella tomara la más grande, una fresa gigantesca dividida en dos hemisferios. Sintió una excitación incontenible al ver que Hinata acariciaba la fresa con su lengua rosada.
—Mmmmm —murmuró alegre, cerrados y extasiados los ojos mientras sucumbía al placer de la fruta. Naruto no supo si contenerse o sucumbir cuando ella introdujo un pedazo en la cálida, suave y húmeda concavidad de su boca y absorbió los jugos de la carne. Se movió en su silla, y de lo único que fue consciente era del deseo abrumador de tumbarla sobre la mesa y sumergirse en sus profundidades femeninas una y otra vez, durante largo tiempo, una o dos semanas o incluso un poco más.
Un pequeño chorro de jugo rojo se le escapó de sus labios rosados y voluptuosos y a Naruto se le hizo la boca agua.
—Espera —dijo sin poder retirar sus ojos del hilillo que descendía por su mentón.
—¿Qué dices? —preguntó ella tomando una servilleta.
—Permíteme —susurró él, levantándose apresurado de la silla y tomando la servilleta—Tienes un poco de jugo aquí —le dijo con una voz completamente ronca—. Te lo limpiaré.
Ella inclinó ligeramente la cabeza, sosteniendo la tentadora fruta junto a sus labios. Naruto respiró el dulce aroma de Hinata mezclado con la esencia de la fresa antes de tocarle la piel con su lengua. Siguió el camino que había dejado el jugo, se detuvo y observó sus insondables ojos.
—¿Quieres morder? —le preguntó con una voz extraña y áspera que lo hizo vibrar en lo más profundo de su ser, como la cuerda de un arpa al ser arrancada.
Hinata abrió los labios y se llevó un pedazo de fruta a la dulce oscuridad de su boca. Naruto creyó que moriría si no la probaba. Se apoyó en los brazos de la silla donde ella estaba sentada, le inclinó la cabeza hacia atrás y se apoderó de su boca y de la fruta.
Se notó duro como el granito. El jugo de la fresa se esparció mientras sus lenguas jugaban y se entrelazaban. Naruto sintió un placer intenso al deslizar la lengua por sus mejillas suaves y probar la fresa, probar a Hinata y probar el paraíso. Sintió la necesidad de sumergirse en su calidez, de fundirse con ella y de consumirse en el fuego que era Hinata. Necesitaba que su calidez alimentara las llamas que ardían fogosamente en su interior. La necesitaba en aquel mismo instante.
—Aquí están los arenques que han pedido... Eh, nnno, llévenselos de nuevo señoritas, el señor ya no tiene hambre.
Naruto se apartó de Hinata y alcanzó a ver la sonrisa insolente de Kakashi antes de que cerrara la puerta. Sintió como si alguien le hubiera arrojado un cubo de agua fría. Miró a Hinata, y observó sus dedos blancos apretados contra la silla. Su respiración entrecortada hacía que sus pechos se movieran, y tenía los ojos nublados por la pasión. Naruto intentó tragar saliva pero no pudo.
—Están deliciosas, ¿verdad? — dijo ella y le arrancó la fresa de los labios.
—¿Qué lees con tanta atención? —le preguntó Naruto pocos minutos después, cuando hubo logrado controlar las exigencias de su carne.
—Es un folleto absolutamente fascinante; lo compré esta mañana en la plaza cuando fui a pasear con Pakkun y Akamaru. Se llama La estimulación celestial de los órganos, y explica cómo las personas que padecen malos humores pueden recobrar la salud utilizando aceites de Arabia y esencias balsámicas.
Naruto se contuvo para no mirar mientras ella tomaba otra fresa, y le preguntó si estaba enferma.
—Yo no, pero tú sí.
Él la miró.
—Vi que estabas muy inquieto anoche. Y esta mañana, cuando te pregunté por qué estabas tan enfadado, dijiste que te dolía la cabeza. Según el folleto del doctor Jiraiya, son síntomas de que tus órganos necesitan cuidado.
Naruto recordó la noche de tormento que había padecido, un tormento que se infligió a sí mismo para demostrarle a Hinata que él era algo más que una bestia lujuriosa que valoraba más su deseo que la necesidad de descanso de su esposa.
—Querida, te aseguro que me encuentro en perfectas condiciones —dijo mintiendo: era una bestia lujuriosa; la deseaba, la necesitaba, tenía que poseerla en aquel mismo instante—. Mis órganos no necesitan estimulación celestial ni de otro tipo. Sin embargo, creo que no hemos terminado nuestra discusión sobre la manera adecuada de organizar y estructurar tu vida.
Hinata lo miró sorprendida.
—¿Te refieres a lo que me dijiste anoche?
—Sí, pero estabas cansada, así que dejé la conclusión para hoy.
Hinata suspiró. Se mordió el labio y se sentó en la silla.
—Está bien. Si eso te hace feliz, puedes sermonearme ahora mismo.
—Gracias, en cuanto a...
—Tengo que decir que es una novedad saber que mi vida es desorganizada y poco estructurada.
—Puedes tener la certeza de que así es, querida. En cuanto a los sucesos de anoche...
—Tal vez sea activa, o llena de esas pequeñas y maravillosas sorpresas que la vida parece ofrecersiempre, pero ¿desorganizada y poco estructurada?
—Sí, ¿de qué otra forma explicarías eso? —le dijo señalando sus manos azules.
—Curiosidad —dijo después de examinarse lasmanos.
—La curiosidad, querida esposa, no es más que caos cuando no va acompañada del sentido común y del pensamiento racional. Y como lo hemos discutido minuciosamente, una vida caótica no contribuye en nada a la felicidad del hogar.
—Pero...
Naruto desoyó sus protestas y durante quince minutos le explicó de nuevo la importancia que tenían el control y el orden en la vida. Caminaba de un lado al otro y sus pasos se hacían más largos cuando enfatizaba algunos aspectos. Expuso con elocuencia argumentos y ejemplos para su edificación y le agradó que lo observara con atención; no le quitaba la mirada de encima mientras él le daba razones lógicas y válidas para que aprendiera a adaptar su vida a la suya, y le hablaba sobre lo felices que serían una vez culminara con éxito aquella tarea tan monumental.
—Bueno, querida —finalizó él mientras consultaba la hora en su reloj—. Tengo que acudir a una cita, pero antes quiero saber qué planes tienes para hoy.
—¿Mmm? —exclamó ella distraída y lo observó fijamente.
—¿Cuáles son tus planes, señora?
—¿Alguna vez has pensado en vestirte con ropas más vistosas? ¿Qué tal si te pones un chaleco de colores? No digo que no estés elegante ni atractivo de negro, pero creo que podrías utilizar ropa de colores de vez en cuando.
Él la miró con ojos entrecerrados.
—¿Qué tienen que ver los colores de mi ropa con lo que vas a hacer hoy?
Ella abrió los ojos.
—Ah, nada. Sólo era una pregunta. Olvídalo, no importa. ¿Cuáles son mis planes para hoy? Creo que Ino vendrá a darme ideas para decorar la sala de nuevo. Y queremos visitar a... una persona conocida. También pienso llevar a Minato al jardín zoológico de Regent's Park. ¿Quieres venir con nosotros?
—No. Gracias. Tengo que cumplir con diversos compromisos. Muy bien, querida, espero que pienses en los preceptos que hemos discutido.
—¿Preceptos?
—Sí, los que discutimos durante toda la mañana. Si puedo, esta noche te acompañaré a la fiesta de la condesa Yuhi, y si no, diré a Shikamaru o a sir Gaara que se encuentren allí contigo más tarde.
—Pero, Naruto, ¿adonde...?
Él salió antes de que ella pudiera terminar de preguntarle qué planes tenía y qué preceptos habían discutido. Tal vez tendría que haber prestado atención a lo que él le había dicho en vez de estar en la Luna, pero no podía evitarlo. Ella se distraía siempre que él comenzaba a sermonearla, como le parecía que había hecho todos y cada uno de los días que llevaban casados.
Debía tener mucho cuidado con ese hábito, pues no era prudente distraerse tanto con el «señor de los besos». El ya tenía suficientes maneras de distraerla de su objetivo sin que ella le ayudara no prestando atención a sus palabras.
Naruto se sentó en una silla del salón Boodle y llamó al encargado.
—Buenos días, Shikamaru. Pareces alegre, ¿has tenido un golpe de suerte?
—No la suerte que tú deseas, amigo mío. Sin embargo, ha sucedido algo interesante. ¿Sabías que Matsuri ha desaparecido?
Naruto se detuvo un momento para encender su cigarro.
—Lo sospechaba, abandonó muy rápido la casa de Kensington. ¿Su hermana no sabe dónde está?
—No. De hecho está muy preocupada por ella. Hola, Gaara. Te estaba esperando. Siéntate con nosotros.
Sir Gaara se dirigió a una silla desde la cual podía observar a todo el mundo, y se sentó, haciendo gala de un gran cuidado con su chaleco de satén color melocotón y su abrigo color caramelo.
—Hola, Nara. Namikaze, me preguntaba si aprovecharías tu buena suerte.
—¿A qué te refieres? —preguntó Naruto aspirando lentamente su cigarro y procurando no parecer aburrido.
—Al súbito cambio de la opinión pública. ¡Tú y tu amazona sois la comidilla de la nobleza! No me digas que no has oído los rumores. Todo el mundo habla del beso.
Naruto arqueó una ceja.
—¿Del beso? ¿De qué beso?
Nara sonrió al ver que sir Gaara se colocaba su elegante corbata un milímetro a la derecha.
—Creo que tendré que despedir al viejo Danzou; ya no es tan bueno con el nudo ruso. Del beso, amigo, del que te dio anoche delante de todos.
Naruto no pudo evitar una expresión aburrida.
—Me parece difícil creer que el hecho de que mi esposa demuestre un arrebato de afecto por mí pueda ser escandaloso.
El baronetpareció ligeramente disgustado.
—Ésa es la buena suerte a la que me refiero. Aunque haya sido un gesto impulsivo y brusco, le ha valido a ella y a ti ser considerados como la sensación de la Temporada. A todo el mundo le encanta ver a unos amantes apasionados.
Nara se rió al ver la desilusión que reflejaba la cara del conde.
—Nunca creí que pudieras encajar en ese papel; me refiero al del amante apasionado, incapaz de desprenderse de los brazos de su esposa durante toda la noche.
Las mejillas de Naruto se enrojecieron intensamente.
—¡Es espantoso!
Naruto y Shikamaru se sorprendieron por el tono vehemente de sir Gaara.
—Es decir..., no es que tú te hayas convertido en la sensación, sino ella..., tu mujer..., debes reconocerlo, Namikaze—tartamudeó—, su conducta se asemeja más a la de una plebeya que a la de una condesa.
Naruto le lanzó una mirada de fuego a sir Gaara.
—Gaara, estás hablando de mi esposa, y debo advertirte que mejores tu lenguaje cuando hables de ella.
Sir Gaara extendió sus manos en señal de sumisión.
—Namikaze, te aseguro que no pretendo ofender a tu buena esposa; simplemente quiero asegurarme de que no haga nada —claro está, involuntariamente— que pueda deteriorar aún más tu reputación. Dios sabe que me he partido la espalda para mejorar tu imagen...
Naruto hizo un gesto desdeñoso y miró el reloj que había en una mesa cercana.
—Acepto tus disculpas. Tengo una cita, Gaara. Si no te importa, me gustaría oír lo que Shikamaru tiene que decirme.
El baronetle lanzó una mirada indescifrable y se acomodó de nuevo en su silla con una expresión que rayaba en el mal humor.
—¿Qué estabas diciendo, Shikamaru?
—Ah. —Shikamaru arqueó una ceja inquisitivamente y Naruto no tuvo dificultades para entender el gesto—. Gaara, espero que guardes silencio sobre lo que hablemos.
La expresión de mal humor de sir Gaara desapareció de su cara rolliza.
—Por supuesto, puedes contar con mi palabra. ¿Cuál es el gran secreto?
—Shikamaru ha realizado una pequeña investigación para mí. Parece que alguien quiere hacerme daño, pues me dejó encadenado a una cama.
Sir Gaara se quedó boquiabierto.
—¡No! ¿En dónde? ¿Cuándo? ¿Qué te ha sucedido? Por Kami, ¿no te habrán lastimado, verdad?
Namikaze le explicó lo acontecido en unas pocas frases. Sir Gaara carraspeó la garganta y lo tomó del brazo.
—Naruto, haré lo que esté a mi alcance. Estoy completamente a tu servicio, y por supuesto, al de tu esposa.
Naruto asintió y miró de nuevo a Nara.
—Bien, como le decía a Naruto, no he logrado reunir mucha información. Su amante, quien escribió la carta para atraerlo a su casa, ha desaparecido y nadie conoce su paradero. Sin embargo, los criados me dijeron que salió apresurada.
—¿Has hablado con los criados? —le preguntó sir Gaara, pero Naruto no le prestó atención.
—¿Te dijeron si vieron algún desconocido en la casa o algún visitante que no perteneciera al círculo de los amigos de Matsuri?
—No; por lo menos no me lo han dicho todavía. Hablé con unos conocidos para que me ayuden con la investigación, y probablemente conseguirán información adicional sobre los visitantes.
—Excelente, Shikamaru. Estoy seguro de que obtendrás resultados. Bien, caballeros; debo irme, tengo una cita con un señor de apellido Tenzou.
—¿Con Tenzou? —preguntó Sir Gaara acariciándose el mentón—. ¿El policía encubierto?
—Sí, necesito vigilancia adicional.
—¿Para que se encargue de cierto escocés?
—Sí, entre otros individuos —respondió Naruto, y se dirigió a la puerta.
—Namikaze: espera un momento —le dijo sir Gaara, y corrió tras él—. Déjame ayudarte. Haré todo lo que esté a mi alcance para ayudar en este asunto. ¿Hay algo que pueda hacer?
—No, nada. Gracias, Gaara.
—Estoy seguro de que puedo hacer algo —insistió sir Gaara, poniéndole una mano en el brazo. Naruto miró aquella mano y luego la cara sudorosa del baronet. Se contuvo para no expresar su irritación, pues recordó que Gaara era entusiasta y demasiado vehemente—. Agradezco tu oferta —le dijo recibiendo el sombrero y el bastón que le estaba entregando el empleado—. Teinformaré cuando tenga algo para ti.
Hinata estaba en la sala sosteniendo un trozo de seda carmesí contra la pared e imaginando un techo dorado con medallones octogonales en forma dé diamante.
—¿Qué te parece, Minato? ¿Prefieres la seda carmesí, la verde o te gustaría otro color? —le preguntó Hinata mientras examinaba varias muestras de telas y papel tapiz—. Mira este azul tan hermoso. Se llama azul cobalto. ¿Te imaginas la sala de ese color y los enchapes de madera pintados de dorado?
Minato miró las telas y tomó la que más le gustaba.
—Ah, el melocotón intenso. Es hermoso, pero un poco... rosado, ¿verdad?
—¿Qué es rosado? Aaah, ¿ya te han traído las telas?. Supongo que el conde te dio permiso para cambiar la decoración de la sala —dijo Ino, entrando antes de que Maito dos pudiera anunciarla.
—Déjame ver. No; los colores pálidos ya han pasado de moda. Debes ponerle un color fuerte y vibrante. Me gusta este carmesí.
Hinata miró al mayordomo.
—Maito, ¿puedes decirle al cochero que venga en cuanto sea posible? Lady Ino y yo tenemos que hacer una visita.
—Ese amarillo es muy feo. ¿Te has enterado de que la sala del duque de Wellington es amarilla? ¿Habías oído algo semejante?
—Como usted ordene, señora.
—Este verde marino quedaría muy bien en el comedor, ¿de qué color es ahora?
Minato miró el verde marino e hizo un gesto.
—Color beis. Maito, pide también que traigan a mis perros.
Maito le respondió con una sonrisa. Aunque los trastornos digestivos de los perros parecían haber terminado, aún tenían recaídas, y el personal de la casa se sentía martirizado por ellos.
—Por supuesto, señora. Mmm..., ¿los perros irán con usted, o desea que traigamos otro carruaje?
—Este color miel también es precioso; combina muy bien con ornamentos de color crema.
Minato asintió.
—Maito, no podrán protegerme si van en otro carruaje.
—¿Protegerla, señora?
—Este color chocolate no me gusta mucho; es mucho más fuerte que el miel. El lila número dos es muy bonito, ¿qué opinas, Minato?
El chico señaló el lila.
—Sí, Maito, no podrán protegerme. El señor prometió ofrecerme una gran protección cuando saliera, no vaya a ser que su atacante intente secuestrarme a mí o a Minato.
—No, Minato, sé que te gusta el color lila pero tengo otra idea. Imagínate la sala con el rojo número tres; creo que es un color muy de moda. ¿Te imaginas las paredes pintadas con el rojo número tres?
Minato observó las paredes con aire inquisitivo y los labios apretados. Luego negó con la cabeza.
—Disculpe, señora, pero no creo que esos perros puedan ofrecerle protección.
—¿No? Yo sí las imagino. Intenta entonces con el rojo número dos.
Hinata comenzó a mover la cabeza de un lado a otro para poder sostener las dos conversaciones.
—No estoy de acuerdo contigo, Maito. Ellos pueden protegerme, creo que nadie se atrevería a acercarse a mí ni a Minato si los perros están con nosotros.
Minato le tocó el brazo a Ino y señaló una muestra de color azul celeste.
—Mmmm. Sí, sí, es una buena elección. ¿Qué tal el azul celeste con los bordes pintados de color crema?
—Señora, permítame recordarle el episodio de esta mañana en el parque. Si recuerda bien, los perros la hicieron alejarse a una distancia considerable del vendedor ambulante que pretendía abordarla.
—Claro que también podrías elegir un papel a rayas.
—Como ya he dicho, me protegieron haciendo que me alejara de lo que consideraron una amenaza para mi seguridad.
—Me gusta este papel con el borde color miel; es muy clásico.
—Señora, le ruego que me disculpe de nuevo, pero no creo que los perros hubieran intentado alejarla de una persona amenazante, sino que más bien ellos se estaban alejando de una persona amenazante.
Minato señaló un papel con hojas y flores.
—Mmmm. Son setos. Es lindo, Minato, pero no creo que quede muy bien en la sala. Me parece más adecuado para la sala de estar, ¿no crees?
—Maito, ¿estás insinuando que mis perros son cobardes?
—¿Y qué tal éste? Me gustan sus tonos azules y rojos.
Minato meneó la cabeza.
—No, señora. Cobarde es una palabra muy fuerte. Tal vez cuidadosos, juiciosos o cautelosos para depositar su confianza en la amabilidad de personas desconocidas.
—Sin embargo, no me gusta mucho este papel. Está muy recargado y el fondo es amarillo. No quedaría bien.
—¿Cobardes, Maito?
—Este marrón claro no está nada mal. Tiene unos tonos verdes preciosos.
Maito suspiró.
—Sí, señora, cobardes. Me atrevería a hacerle una sugerencia: el señor mencionó que le había dado instrucciones a Kakashi para que la acompañara siempre que saliera. Me complacería informarle a Kakashi que usted requiere su presencia.
Hinata tenía la esperanza de salir sin Kakashi, que había sido claro al expresar su opinión sobre la pertinencia de visitar a lord Sharingan. Ella había logrado que le prometiera no informarle de nada a Naruto después de que se comprometiera a no visitar sola a Uchiha, y para eso había venido Ino.
—¿Para qué he venido? —Su prima la miró intrigada.
—Nada. No importa. Está bien, Maito, dile a Kakashi que saldremos.
—¡Vaya, ha sido de lo más divertido! —dijo Ino retirando las muestras de su regazo—. Creo que te gustará lo que hemos escogido. Minato tiene buen gusto para los colores. ¿Vamos a salir ya? He hecho una lista de las cosas que debes preguntarle a lord Sharingan.
—¿Qué tipo de cosas?
—Aquí está la lista. —Ino le entregó un papel doblado y le dijo—: Lo primero que verás es la lista de las amantes de lord Namikaze.
—De las mosconas —la corrigió Hinata.
—De las amiguitas. ¡De verdad, Hinata! Maltratas mucho el lenguaje. No sé si lord Sharingan conocerá los nombres de todas, pero ya sabes cómo son los hombres: más chismosos que nosotras las mujeres.
—Por supuesto. Ah..., veo que también aparece lady Namikaze.
—Sí, me dijiste que él había hablado de Sakura, así que debió conocerla. Dos pájaros de una pedrada.
—¿Cómo dices?
—Que matarás dos pájaros de una pedrada; es una expresión. ¿No la has oído? Significa resolver dos problemas al mismo tiempo. Creí que también era una expresión utilizada en las colonias.
Hinata abrió la boca con la intención de corregir a su prima, pero desistió de hacerlo.
—Mmm... Ingresos. —Hinata miró a su prima—. ¿Por qué habría de preguntarle sobre los ingresos de Naruto?
—No se trata de los ingresos de lord Namikaze, sino de los suyos.
—¿Y por qué tengo que preguntarle a lord Sharingan sobre sus ingresos?
—Porque es un conde, tonta, y un conde vale..., bueno, algo. Lo cierto es que mamá no me perdonaría si dejo escapar a un conde porque tu terquedad no te permitió preguntarle cuánto dinero tiene.
—Ino, ese hombre puede ser el que atacó a Naruto. ¿Te gustaría casarte con alguien que tenga un carácter tan deforme y enfermizo?
—Ay, querida. Eso no es algo que yo no pueda manejar.
Hinata puso los ojos en blanco y miró la lista de nuevo.
—¿Esto significa lo que estoy pensando?
Ino miró por encima del hombro.
—¿Almohadillas? ¡Claro que sí! ¿Acaso quieres que me case con un hombre que se ponga almohadillas en los hombros y en las pantorrillas ?
—Claro que no..., ¿en qué estaría yo pensando?
—¡Egoísta! En eso te has convertido desde que estás casada: en una persona muy, muy egoísta; sólo piensas en ti. Bueno, ¿hay algo más que creas que deberíamos preguntarle a lord Sharingan?
Hinata se mordió el labio inferior.
—Me gustaría saber por qué discutió con Naruto, pero no sé si será sincero en su respuesta.
Ino sonrió con picardía, pero un segundo después su expresión fue reemplazada por la de una inocencia tan pura y dulce que haría llorar a un ángel.
—¡Eres una comediante consumada! —le dijo Hinata con una sonrisa lacónica—. ¿Crees que lograrás persuadirlo con esa expresión?
Ino mantuvo su expresión dulce unos segundos más y luego sonrió a su prima.
—Práctica, querida. El secreto está en la práctica. Te enseñaré cómo hacerlo mientras vamos a casa de lord Uchiha. Se trata de reflejar inocencia. Si quieres...
—Quizá en otra ocasión. —Hinata hizo señas a su prima para que se dirigiera a la puerta y miró a Minato para que se apresurara. El chico estaba paralizado en una pose de sumisión y obediencia absolutas. La miró con una expresión tan pura que sólo irradiaba ingenuidad y candor y luego observó su reacción. Hinata se rió y besó sus mejillas rosadas como las de un querubín.
—Sí, sí. Tú también tienes habilidades como comediante. Ven, el público espera impaciente tu próxima aparición.
—¿Es absolutamente necesario... —preguntó Ino a Hinata, y le dio un pequeño codazo en las costillas— ... que llevemos a los perros, al pirata y a los tres lacayos? Me siento como si estuviera en un desfile.
Hinata intentó tomar aire para suspirar, pero iba tan apretada que sólo pudo emitir un sonido.
—¡Shhh, Ino! Le dije a Kakashi que no había necesidad de que los tres lacayos nos acompañaran, pero me contestó que Naruto había dado órdenes de que Minato y yo no podíamos salir sin una protección amplia, y ésa es la idea que tiene Kakashi de lo que es una protección amplia. Realmente espero que nuestro peso no hunda el carruaje; parece un poco desvencijado.
Minato intentó acomodarse, agitó sus extremidades y luego se inclinó para tratar de respirar.
—Lo siento, cariño. ¿No puedes respirar? ¿Estás bien? Es un carruaje muy viejo y pequeño. Y por si fuera poco, las ruedas no están en buen estado.
Ino volvió a meter la cabeza en el coche.
—¿Qué?
—Nada. Le estaba explicando a Minato lo del carruaje, y por qué necesitamos tanta protección, aunque sinceramente creo que habría sido suficiente con Pakkun y Akamaru.
—Apenas caben aquí —respondió su prima mirando la silla opuesta, donde los dos perros estaban completamente hacinados—. Es absurdo; si hubiera sabido que me ibas a meter en esta caja de fósforos con esos animales, habría venido en el carruaje de papá. ¿Qué pensará lord Uchiha cuando me vea el vestido tan arrugado?
—Creo que hay cosas más importantes en las que debes pensar.
Ino la miró horrorizada.
—¿Más importantes que mi vestido? ¡No lo creo!
—No seas tan egocéntrica. Los caballeros como lord Sharingan tienen asuntos más importantes de los que preocuparse que de un vestido arrugado o sin arrugar.
—Es probable que los caballeros que tú conozcas tengan otras cosas en mente, pero los que yo conozco le prestan una atención particular al vestido de una dama.
—Los caballeros que tú conoces son unos petimetres.
—¡Hinata!
Hinata no tenía la energía ni la capacidad pulmonar para seguir discutiendo, y más bien decidió seguir leyendo la lista de los temas que quería discutir con el conde escocés.
El conde estaba subiendo a su carruaje cuando llegaron. Se detuvo y miró sorprendido al ver el vehículo que se detenía ante él. Contó cuántos lacayos estaban agarrados de la silla del cochero, y casi sale disparado al ver la descomunal figura que venía colgada atrás.
—¡Kakas! —exclamó, y se apeó del carruaje. El cochero echó un vistazo para asegurarse de que no sucedía nada desagradable.
—No, imbécil, lo dije por ese gigante que está colgado en la parte trasera de ese carruaje desvencijado. Es Kakas, el rufián que Namikaze tiene por mayordomo. ¿Qué diablos hace aquí?
El carruaje se estremeció al detenerse. Varios lacayos se apearon del vehículo y lo rodearon como si lo estuvieran protegiendo. El carruaje se balanceó de un lado a otro, y una pelinegra se asomó por la ventana.
—Creo que llegamos en un momento muy oportuno, lord Sharingan. ¿Me podría dedicar un poco de su tiempo?
Sasuke parpadeó con incredulidad. ¿Ella se había escapado de las garras de Namikaze? Una agradable sensación de satisfacción, complementada con un poco de curiosidad por su petición, le hizo reconsiderar sus planes matinales.
—Mi tiempo es suyo, señora —replicó cortesmente, haciendo una venia que Hinata no pudo ver, pues había metido la cabeza al carruaje.
Uno de los lacayos intentó abrir la portezuela y dijo a los ocupantes que quitaran el seguro. El carruaje se sacudió intensamente, y Sasuke se sorprendió al escuchar gritos y hasta profanaciones. ¿Quién diablos venía ahí dentro? ¿Un toro? ¿Un elefante o acaso varios? El lacayo repitió su petición, pero sus palabras fueron sofocadas por el gran bullicio que provenía del interior. La curiosidad le hizo acercarse.
—¿Podrías mover tu pierna, prima?
—Lo estoy intentando, querida, pero estás sentada sobre mi vestido y no puedo moverme. ¡Ay!
—Perdona el codazo, pero no lo he hecho a propósito.
—Minato, cariño, pasa por encima... ¡Aayy! ¡Ino!.. ¿Por qué no pasas por encima de Akamaru y sales por la ventana ? Creo que... ¡ Ino!, si me vuelves a dar un codazo, juro que...
—¡Maldita sea!
—¡Ino!
—Creo que tú también jurarías si te acabaras de romper el encaje de la manga de tu vestido.
—Minato, te has sentado en mi mano..., ah, gracias. Intenta salir por la ventana. ¡Kiba! ¡Deja de gritarnos! Estamos intentando salir pero la puerta parece estar atascada. ¡Demonios!
—¡Hinata!
—No me digas Hinata en ese tono, tú has sido la primera en proferir palabrotas. Prima, ¿tendrías la amabilidad de retirar el codo de mis ríñones?
—Ven, Minato, déjame empujarte a ver si logras salir por la ventana.
—Ino, como hagas daño a mi hijo... :
—No puedo... ¡Cielos! ¡Mi cabello!
—Lo siento. Se me resbaló la mano.
—No voy a lastimarlo, pero lo empujaré, ya quetú pareces incapaz de hacerlo.
—¡Ay! Oye, ¿qué te pasa?
—Se me resbaló la mano.
—Ja!
La mitad del cuerpo del chico apareció por la ventana del carruaje. Lord Sharingan, que observaba con la misma fascinación que se apodera de quienes presencian ejecuciones, accidentes y otros espectáculos macabros, parecía hipnotizado. ¿Cuántas personas había en el carruaje? ¿Qué era un Pakkun? ¿El chico estaba vivo, o lo habían sacado por otras razones? Era difícil saber si estaba moviendo los brazos por sus propios medios o si era porque el lacayo lo sacudía para intentar sacarlo.
—Minato. Te agradecería que hicieras un esfuerzo para salir del todo. No puedo esquivar tus piernas.
—¡Ay!
—¿Ves? Acabas de darle un puntapié a Ino en la barbilla.
—¡Ese granuja lo ha hecho a propósito! Agáchate; que le voy a dar un empujón a ese mocoso.
—Ino, si le pones un dedo encima... ¡Oh, Kami!
El carruaje dejó de estremecerse. Sasuke se asomó y un escalofrío le recorrió la espalda al oír la voz aterrorizada de lady Namikaze. ¿Qué le habría sucedido? ¿Habría enfermado repentinamente? ¿Había fallecido el chico? ¿Le había pasado algo a la dama llamada Ino, la que tenía el encaje desprendido? Sólo una calamidad de la peor especie podía ser responsable por el tono de terror que tenía la voz de lady Namikaze,
—¿Kiba? ¿Kakashi? ¿No hay nadie que abra esta maldita puerta? ¡Akamaru va a vomitar!
A lord Sharingan se le pusieron los pelos de punta al oír el grito desgarrador que profirió lady Namikaze, pero finalmente, fue ella la responsable de solucionar la situación. Después de golpear varias veces la carrocería —lord Sharingan creyó que lady Ino estaba pateando la puerta— ésta se abrió y la rápida reacción de Kiba impidió que el chico se diera contra uno de los costados del carruaje. Poco después lo sacaron por la ventana, y dos perros salieron echando saliva, seguidos por lady Namikaze y una mujer que tenía el vestido completamente arrugado.
—Lord Sharingan. —Hinata inclinó la cabeza en señal de cortesía y procuró ignorar a Akamaru, que se había tumbado en el pavimento—. Es un placer verlo de nuevo. ¿Conoce a mi prima, lady Ino Yamanaka?
—Lord Sharingan —le dijo cortésmente Ino—. Le pido que disculpe mi aspecto. No salgo muy a menudo, pues mi madre tiene una actitud muy protectora debido a mi delicada sensibilidad y a mi carácter tímido, pero mi querida prima me pidió tan encarecidamente que la acompañara que fui incapaz de negarme a su petición.
—Creo que su modestia y retraimiento son evidentes —dijo Hinata, incapaz de contener una sonrisa por la expresión inocente y pudorosa de su prima. Ino le había dicho que esa combinación de expresiones le había valido tres propuestas de matrimonio.
—Eh..., por supuesto. Es sumamente modesta y pudorosa. Creo que podemos continuar esta fascinante conversación dentro. ¿Sus perros han... terminado ya? Quizá Kakaspodría llevarlos al establo.
—¿Perdone?—Hinata creyó no haber escuchado bien al conde.
—¡Kakas! —dijo el conde, agitando los brazos para espantar a los perros que se le habían acercado para examinar el género de esa nueva persona.
Ino dejó escapar un jadeo lleno de inocencia y pudor, y se abanicó la cara como lo haría la más casta y retraída de las damas.
El rostro de Hinata enrojeció. ¡Diablos! ¿Acaso nunca podría estar con sus perros?
—Ah, sí, claro..., kakas. Estoy avergonzada, lord Sharingan. Mis perros siempre hacen eso. ¡Pakkun! ¡Akamaru! ¡Comportaos! Espero que no le hayan lastimado. Les gusta oler a las personas y, por más que lo intente, no puedo quitarles el vicio de husmear... en.
El conde la miró con los ojos entrecerrados.
—¿De qué demonios está hablando?
Ino le apretó el brazo y le susurró que no siguiera hablando, pero Hinata desoyó su advertencia.
—De su kaka, el problema con su estómago, claro está.
—¿Mi qué? —El conde levantó la voz cuando Akamaru decidió examinarlo de nuevo—. ¡Basta ya!
—¡Eres un malcriado, Akamaru! Minato, sujétalo. Le pido disculpas de nuevo, lord Sharingan —dijo Hinata, agarrando a Pakkun del collar—. Ya que hemos terminado con el asunto de su estómago, ¿podemos entrar?
El conde la observó un momento, luego cerró los ojos y negó con la cabeza. Cuando los abrió de nuevo, Hinata seguía allí, sonriéndole de una manera encantadora, adorable y completamente engañosa. Sasuke sintió lástima del mataesposas de Namikaze, y concluyó que esta vez el Conde Negro había recibido su merecido.
El Conde Negro estaba comenzando a creer lo mismo. Yamato Tenzou, el jefe de la policía, le aseguró que lo ayudaría a reunir pruebas para demostrar que Uchiha lo había amenazado a él y a Hinata, y que era el responsable del ataque que había sufrido.
—¿Está seguro de que lord Sharingan es el responsable de todo este asunto de las cartas? —le preguntó Tenzou.
—Hasta donde puedo estarlo, dado que él no lo ha reconocido —dijo Naruto—. Es un hombre cruel y desalmado que se ensaña con las mujeres. Fue el responsable de la muerte de mi primera esposa y siente una gran animosidad hacia mí.
—Estoy seguro de que así es, milord, pero debo investigar exhaustivamente la situación. ¿Está seguro de que no hay otros individuos que quieran hacerle daño?
—Creo que son muchos— replicó Naruto torciendo la boca—. La mitad de la población cree que asesiné a mi esposa y la otra mitad cree que soy un libertino incurable. Sin embargo, nada de eso tiene relación con las amenazas contenidas en las cartas.
—Supongo que usted se negará a pagar el dinero que le exigen.
—Ni que decir tiene.
Tenzou hizo un gesto afirmativo y observó la última carta que había recibido Naruto.
—Puedo asignarle tres hombres, milord.
- Naruto alargó el brazo y cogió su carta. —Esperaba más.—.
—Me temo que sólo puedo darle tres por ahora. Irán a su casa mañana por la mañana.
Naruto escribió algo en una tarjeta.
—Dígales que muestren esto a Kakashio aGay; son mis mayordomos.-
Tenzou arqueó las cejas. —Milord, ¿tiene dos mayordomos en unasola casa?
—Sí —respondió él, guardando la cartay poniéndose de pie—. Fue idea de mi esposa.
Sus palabras le resonaron en la cabeza poco después de que su carruaje partiera rumbo a una dirección cercana a Russell Square. ¿Realmente había sido idea de Hinata que Maito dos la acompañara a la casa de la ciudad? Había dicho algo sobre ayudar a Kakashi a no ser tan pirata, lo que no tenía el menor sentido, pues él no era ningún pirata a pesar de su parche; el gigante se mareaba simplemente caminando por un puente sobre un río.
—Hinata —dijo suavemente, mirando por la ventana, viendo sólo la imagen de la amazona alta y pelinegra que se había alojado en su corazón. ¿Cómo lo había logrado? Pensaba que nunca sentiría algo más que un ligero afecto por una mujer y, sin embargo, ella ocupaba todos sus pensamientos.
Hinata: el simple sonido de su nombre le calentaba el corazón; también la entrepierna, pero él sabía que la luz que emanaba de ella era suave y balsámica, y le hacía creer de nuevo que era un ser humano.
Hinata: su esposa; la mujer que llevaba su apellido y que le daría hijos. La imaginó encinta, y una oleada de placer masculino remató la tibieza que lo estaba incendiando.
Hinata: su amante; la mujer cuya pasión se sintonizaba tan bien con la suya que cuando hacían el amor, él no sabía dónde terminaba su cuerpo y dónde comenzaba el de ella.
Hinata: su amiga; cuyos percances y accidentes ocultaban a una mujer cuya mente era mucho más ágil que su cuerpo, pero también a un ser con un corazón tan grande como para darles abrigo a él y a su hijo.
Hinata: la mujer que estaba descendiendo por las escaleras de la casa de su mayor enemigo, tomada de su brazo, sonriéndole a ese asesino Uchiha con una sonrisa que debería reservar sólo para él.
¡Hinata!
—¿Qué demonios sucede? —rugió él, saltando del carruaje antes de que el cochero pudiera detenerlo. -¡Por Kami, mujer! ¿Qué diablos crees que estás haciendo con ese hombre?
Hinata se detuvo en el último peldaño, con el asombro claramente reflejado en su rostro al ver que su esposo corría hacia ella.
—¿Naruto?
—Sí, Naruto —gruñó él, y se dispuso a embestir al escocés.
—¡Naruto! ¡Qué bien que hayas venido! Minato, tu padre ha venido para acompañarnos, ¿no te parece maravilloso?
Naruto detuvo su mano tan sólo a un centímetro de la garganta de Uchiha.
—¿Minato? —dijo con voz grave mientras movía los dedos. ¿Ella había venido con Minato para hablar con el hombre que había asesinado a su esposa? ¿Había traído a Minato mientras le destrozaba el corazón y terminaba con los últimos vestigios de humanidad y bondadque le quedaban a su esposo?
—Buenas tardes, lord Namikaze.
Naruto cerró los ojos al ver a la encantadora rubia, una mujer que le era conocida y que, a decir por la timidez de sus ojos y el pudor con que se había sonrojado, parecía que acababa de salir de un convento.
—Naruto, ¿recuerdas a mi prima Ino?
—Ah...
—Señor —interrumpió Kakashi—. Yo le estaba diciendo a la condesa que no haría bien en hacer esta visita sin usted, pero ya sabe cómo son las mujeres.
—Eh...
—Hidan, Kiba; ayudad a Maito con esos caballos. No les gusta la forma en que Pakkun y Akamaru los están mirando.
—¿Pakkun y Akamaru? —dijo Naruto, mirando a su esposa y a su enemigo alternativamente. ¿Faltaba alguien de su casa? Cuando se desvanecieron las sospechas de hacía unos instantes, un nuevo fuego cobró vida: sus ojos se entrecerraron al ver que ese canalla asesino Uchiha descansaba su mano en la de Hinata de manera posesiva.
—¡Es mía! —rugió, levantando a Hinata y poniéndola detrás de él.
—¿Perdona? —dijo Hinata dándole golpecitos en la espalda con un dedo—. ¿Por qué has gritado «mía» de ese modo?.
—Quédate quieta, mujer, mientras me encargo de este canalla —bramó Naruto.
—¿Canalla? Un burro llamando a otro orejudo —le respondió Sasuke.
—¿«Mía»? ¿Como si yo te perteneciera?
—¿Qué diablos has estado haciendo con mi esposa y con mi hijo? —gritó Naruto.
—¿Como si yo fuera una posesión tuya?
—No es de tu incumbencia —respondió Sasuke, y su voz resonó en las casas de enfrente.
—¡Naruto! No puedo creer que hayas gritado la palabra «mía» como si yo fuera un juguete y tú fueras un niño de cuatro años.
—¿De quién si no? ¡Exijo saber qué hacían aquí! —tronó Naruto.
—¿Por qué no se lo preguntas a la dama? —replicó Sasuke.
—¡Yo no soy un objeto! —gritó Hinata tan fuerte como para que su voz se escuchara por encima de la de los dos hombres.
—¡No metas a mi mujer en esto! ¡Si no me respondes, juro por kami que te retaré a duelo! —gritó Naruto.
—Nombra a tus padrinos —contestó Sasuke, y los ojos le brillaron de felicidad.
—Te avisarán esta noche —respondió Naruto con el cabello erizado—. ¡Esposa! ¡Ven conmigo!
Hinata comprendió que Naruto estaba sumamente enfadado, y haciendo gala de una sabiduría hasta entonces desconocida para ella, se tragó sus quejas y tomó la mano que él le extendió. Se dirigieron al carruaje, y se habrían retirado con mucha dignidad de no ser por sus acompañantes.
—Hidan, Kiba, subid los perros a ese carruaje.
Naruto estaba ayudando a Hinata a subir al carruaje; se detuvo y miró atrás. Su mirada se concentró en su hijo, que estaba al lado de Ino, con sus ojosazules brillando en el sol de la tarde.
—Minato, tú vienes con nosotros.
Ino, que se había esforzado en mantener una expresión de candor y fingía estar aterrorizada por la demostración varonil, se abanicó enérgicamente y de pronto comprendió que tendría que regresar en el desvencijado carruaje con la compañía exclusiva de Pakkun y Akamaru.
—¡Lord Namikaze!
Naruto introdujo a Hinata en el vehículo y se dio la vuelta para mirar a Ino, que permanecía entre él y lord Sharingan.
—Yo..., los perros..., no creerás... kami, yo...
Hinata salió del carruaje.
-Milord, realmente es la primera vez que veo a mi prima quedarse sin palabras.
Naruto gruñó; habría dejado a Ino con los perros de no ser por Hinata, quien tenía un motivo de interés: habría preferido bailar con un cocodrilo a quedarse sola con Naruto para que le descargara toda su furia por haber ido a visitar a lord Sharingan.
—Querida esposa, creo que tienes mayores probabilidades con el cocodrilo —le dijo Naruto con los dientes apretados, y acto seguido se desentendió de ella y de los demás pasajeros del carruaje y se concentró en mirar por la ventana.
—Nos íbamos a visitar el jardín zoológico —empezó a decirle Hinata, pero los ojos helados de Naruto le anunciaron claramente que la visita estaba cancelada. Hinata miró a su hijo para disculparse y le alegró que el chico le sonriera y se encogiera de hombros.
Con una seña le indicó que irían en otra ocasión, y se acomodó de nuevo al lado de Naruto. Ino intercambió graciosas miradas con su prima y no sintió la menor señal de tristeza cuando el carruaje se detuvo frente a su casa. Hinata quería hablar con ella, pero Naruto ayudó a bajar a Ino malhumorado, subió de nuevo y ordenó que se pusieran en marcha.
En un intento por aplacar la inevitable reprimenda que sabía que le esperaba, Hinata tomó a Naruto de las manos, que las tenía frías y rígidas. Intentando justificar su visita al conde, inventó y descartó mentalmente varias excusas. El carruaje iba dando tumbos, y el sonido de los cascos de los caballos producía un patrón rítmico en el cerebro de Hinata. Aunque en el interior del carruaje reinaba un silencio sepulcral, fuera los caballos relinchaban, los perros ladraban, los coches y los señores hablaban, los vendedores anunciaban sus mercancías, y una miríada de sonidos más se entremezclaba en el intrincado mosaico que era la vida en Londres. Hinata cerró los ojos, se inclinó hacia Naruto y con el pulgar empezó a dibujarle círculos en una mano, sintiéndose segura y a salvo, aunque su esposo no tardaría en sermonearla como nunca lo había hecho. Deslizó el dedo por la palma de su mano y le masajeó las almohadillas de los dedos, sintiendo la fuerza de sus manos largas y elegantes. Naruto no respondió a sus caricias, pero tampoco retiró la mano.
Hinata siguió tocando y acariciándole la mano, mientras pensaba en las consecuencias de su osada visita al conde escocés: ya tenía una lista de cuatro nombres de mujeres que habían sido amantes de Naruto durante los últimos quince años, época desde la cual lo conocía Uchiha.
Hinata esperaba que con esa información pudiera lograr que aquéllas le dijeran cómo había sido la relación de Naruto con su querida esposa antes de su muerte, o su noquerida esposa, si lo que había dicho lord Sharingan era cierto.
Hinata se mordió el labio. El conde debía de estar equivocado. Ella conocía a Naruto, y por más contundente que hubiera sido la provocación, no era posible que hubiera asesinado a su esposa, incluso si la hubiera visto con otro hombre, como sugirió lord Sharingan. Adicionalmente, las insinuaciones que hizo sobre la forma en que Naruto trataba a Sakura tampoco podían ser ciertas.
Hinata le friccionó la muñeca y la mano con sus dedos pintados de azul. No, el conde tenía que estar equivocado con respecto a él. Era evidente que estaba tan desinformado como el resto de la aristocracia, y ella se encargaría de descubrir la verdad y limpiar la reputación de su esposo.
Dejó escapar un suspiro al pensar en todo lo que le esperaba, y ese suspiro conmovió profundamente a Naruto, que dejó de combatir el deseo de responder a las suaves caricias de Hinata y le apretó la mano en señal de consentimiento. Ella suspiró de nuevo y se recostó contra él sin mirarlo, satisfecha de saber que todo estaría bien: a fin de cuentas, Naruto no parecía estar enfadado.
Naruto estaba furioso. La fuerza de voluntad quedebió de tener para controlarse en el carruaje le sorprendió incluso a él, pero tan pronto llegaron a casa, ordenó que Hinata fuera conducida a la biblioteca. Cuando ella salió de su habitación con el rostro pálido y lleno de lágrimas, él ya tenía muy clara su opinión sobre la visita de su esposa al hombre que era responsable de tantas de sus desgracias y desdichas.
—Pero, Naruto, ¿por qué no puedo visitarlo si voy debidamente acompañada? —preguntó Hinata con algunas lágrimas temblándole en la punta de las pestañas después de exorcizar su ira.
Naruto no se dejó ablandar por sus lágrimas.
—Porque es un asesino, señora: ¡Por eso no puedes visitarlo! No tendrás el menor contacto con él de ahora en adelante.
Hinata había palidecido al escuchar la palabra asesino. Las acusaciones de Naruto eran tan semejantes a las de lord Sharingan que se sintió confundida.
—¿Es un asesino? ¿A quién asesinó?
Naruto hizo un gesto que ya le resultaba demasiado familiar a Hinata. Apoyó las manos en los brazos de la silla donde estaba sentada su mujer y se inclinó hasta quedar a un palmo de ella.
—Eso no es de tu incumbencia. Escúchame bien, esposa. Tienes que obedecerme: no volverás a tener ningún contacto con Uchiha. No le saludarás si lo ves en algún sitio público. Si te aborda para hablar contigo, te alejarás de él. Si te envía correspondencia, me la entregarás de inmediato. ¿Está claro?
Hinata observó detenidamente sus ojos azules y helados y vio que Naruto intentaba controlarse; pudo percibir rabia y posesión masculina, pero también preocupación y algo que no pudo definir, pero que la hacía sentirse acogida, femenina y en paz con él, aunque en ese momento fuera el centro de su ira.
—¿Qué soy yo para ti? —murmuró ella, incapaz de contener las palabras.
Naruto entrecerró los ojos.
—Eres mi esposa.
Su sensación de acogimiento y paz se evaporó rápidamente, desatando las lágrimas contenidas.
—¿Sólo eso, Naruto? ¿Entonces sólo soy una posesión, algo que adquiriste con un objetivo en mente? ¿Sólo soy para ti un objeto que debe mantenerse en su lugar y sacarse cuando te plazca?
Naruto no supo qué responderle, ni cómo borrar el dolor que vio en sus encantadores ojos lilas. Las palabras estaban escritas en su corazón, pero eran demasiado nuevas y frescas para expresarlas en voz alta. La luz que brillaba en su interior, es decir la luz de ella, aún era demasiado tenue para eliminar toda su oscuridad. La miró a los ojos sin decirle nada, y se maldijo por su incapacidad para hablar, por su deseo de tener aquello que antes había jurado no volver a buscar y por permitirle a ella adentrarse en los lugares más recónditos de su alma, donde nadie había entrado.
La observó con ojos atormentados mientras ella le apretaba inútilmente las manos hasta que él las retiró, y entonces Hinata abandonó rápidamente la biblioteca anegada en lágrimas. ¡Cielos! ¡El lío que había organizado! Sintió que las piernas le fallaban, se sentó en la silla de la que acababa de levantarse y se llevó las manos a la cara. ¿Cómo habían terminado las cosas de ese modo? ¿Cuándo se había descontrolado su vida anteriormente ordenada y estructurada? ¿Cuándo se había transformado su plácida existencia en aquella farsa tan caótica? ¿Cómo podía esperarse que un hombre funcionara cuando todo lo que había planeado y esperado había sido eliminado y reemplazado de raíz?... Sus pensamientos se detuvieron súbitamente.
¿De qué servía? ¿Por qué trataba de engañarse a sí mismo? Era cierto que su vida era ordenada y estructurada antes de que Hinata entrara en ella, pero también estaba desolada y vacía, sin alegría, sin afecto ni... amor. Era probable que ella trajera el caos, pero era un precio ínfimo a pagar por ser amado por ella. Sin embargo, ¿qué había hecho él ante ese amor? Había perdido los estribos con ella, le había gritado hasta hacerla llorar por su crueldad; y a ella le rodaron las lágrimas por las mejillas cuando se dio cuenta de que él no le diría, no podía decirle, las palabras que ella necesitaba oír.
Pensó en las lágrimas de otra mujer que había llorado por su crueldad. Apretó los brazos de la silla; sus dedos dejaron marcas en la madera pero no le prestó atención a ese dolor: estaba totalmente absorto en combatir el que se había apoderado de su alma.
Kami, no permitas que la aleje de mi vida como a Sakura, imploró, mientras sus pensamientos confusos y desordenados pugnaban entre sí. Las imágenes de aquella noche, de aquella terrible noche lo acecharon súbitamente, como la imagen de encontrar a su hijo acurrucado como una pequeña bola en un charco de sangre, casi enloquecido por el terror; la noche en que murió su esposa, la noche en que él tuvo la certeza de que el infierno existía, porque estaba allí. Los sentimientos de culpa que creía que pertenecían al pasado, se apoderaron de nuevo de él y se fundieron con esta nueva avalancha de culpa que sentía por el trato que le había dado a Hinata.
Naruto Uzumaki, el decimosegundo conde de Namikaze, permaneció solo en su biblioteca y finalmente se enfrentó a las emociones que llevaba cinco años resistiéndose a reconocer: la pena por los horrores que le había infligido a su hijo, el remordimiento por haberle fallado a su primera esposa y la autocompasión por el infierno en que había vivido durante tanto tiempo. Finalmente —y de modo más reciente— la vergüenza de haber herido a la persona que para él significaba más que la vida misma.
Hinata permaneció junto a la puerta de la biblioteca y vaciló; había tocado pero Naruto no respondía. ¿Estaría indispuesto? ¿Aún tendría tanta rabia que se negaba a hablar con ella? Dio un paso adelante, temiendo llamar su atención y al mismo tiempo con miedo de padecer su ira en caso de que él creyera que le había ocultado la carta que acababa de recibir.
—¿Naruto? —su voz era tan suave que incluso a ella le costó oírla. Avanzó silenciosamente hacia él, que descansaba con la cabeza reclinada contra el respaldo de la silla. ¿Estaba leyendo? ¿Estaba dormido? Caminó hacia un lado y se detuvo, sorprendida por lo que vio.
Estaba dormido, tenía la cabezaen una posición sumamente incómoda y las manos apretadas. Su rostro en reposo tenía un aspecto muy inocente, joven y pacífico, pero no fue eso lo que le llenó el corazón de dolor. Se inclinó hacia delante y pasó un dedo por su mejilla. Unos hilos delgados y húmedos se deslizaban por los ángulos de su rostro y se alojaban en la sombra de su mentón.
Había estado llorando; su «señor de la ira» había estado llorando.
Aquí dejo el siete, y si se divirtieron con éste, solo esperen a ver el que sigue, especialmente en la parte de ropero y la habitación, jeje, cuídense.
