Holaaaa! :)

Querida Eis, tus amenazas han tenido resultado! xDD Después de taaantos reviews... (en serio, chica, como se te ocurre?) ¡Aquí está tu Jueves querido! :) (Qué, ya sabes hacer los corazones, verdad? xDD)

Tambiés gracias a Breyito-Black-Lupin por su review. Ya sé que me has dicho que no hace falta que te lo agradezca, pero lo sigo haciendo! :) ¡Te quiero, guapa!

Así pues... Enjoy it! :)

Adrienne Lupin.


7. Jueves (2)

Diez minutos después Sirius vuelve a entrar, llevando únicamente unos ajustados y abultados pantalones de cuero negro, y una pequeña bolsa. Al verlo, Remus se levanta de la silla y se acerca a él, gloriosamente desnudo. El animago, que no puede controlar su vista, simplemente lo coge de la mano, y lo lleva hasta el borde del escritorio.

El licántropo se deja hacer, aunque en realidad se muera por tocar más de esa piel bronceada de la que de momento solo tiene la mano. Pero no dice nada, ya sabe como va aquel juego. Como más suplique (porque no hay duda que terminará suplicando), más tardará Sirius en darle lo que los cuerpos de ambos ya reclaman.

Así pues, Remus se deja arrodillar en frente del escritorio de caoba, y le permite a un evidentemente excitado Sirius atarle las manos delante de su cabeza, en una de las patas de la mesa de trabajo. Le tapa los ojos con un pañuelo negro. Nota como le abre la boca, y le pone otro pañuelo para que no pueda cerrarla bien ni hablar, anudándolo apretado en su nuca. Pero confía en Sirius, sabe que él nunca le hará (demasiado) daño, así que se deja hacer.

Remus siente como Sirius se coloca detrás de él, y se lo imagina relamiéndose los labios al verle así: desnudo, con la respiración agitada y las piernas abiertas, indefenso ante él. El animago empieza a meter dos dedos en su estrecha entrada. Los dedos lo abren como tijeras, preparándolo. Duele, pero es un dolor bueno. Nota un tercer dedo entrando, y quiere gemir, pero la tela de su boca se lo impide. Una ligera presión en su próstata, allá dentro, y algo sacude al licántropo por dentro.

De repente, los tres dedos desaparecen, y Remus se siente vacío. Demasiado vacío. Sirius le clava las uñas en las nalgas, abriéndole para él, y Remus sabe que lo mejor acaba de empezar. Sirius lo empieza a penetrar, largo y húmedo. Centímetro a centímetro, nota como avanza. No está bien preparado, así que la repentina intrusión duele, pero Remus está acostumbrado al dolor de las transformaciones, y (casi) no lo nota. El pañuelo de su boca evita que un gemido de placer, mezclado con un sollozo de dolor, salga de él, pero la tela de sus ojos es incapaz de absorber unas pocas lágrimas, que empiezan a correr libremente por sus mejillas.

Sirius, desde atrás, se inclina sobre él, el musculazo pecho bronceado contra la pálida espalda marcada, y sin esperar que su cuerpo se acostumbre a la intrusión, sale y vuelve a entrar. El animago lo sujeta por las caderas, fuerte, marcando la suave piel del licántropo.

En medio de todo eso, Remus nota como su erección crece. Le duele y quiere acariciarse, pero no puede. Así que muerde más el pañuelo de la boca y evita suplicarle a Sirius, mientras a su espalda el animago lo sigue penetrando, fuerte y rudo, alcanzando su próstata en cada embestida.

Casi al final, Sirius por fin se compadece del pálido cuerpo que tiene delante, y conduce su mano a aliviarlo un poco, mientras no para de embestir. Remus lo recibe con un sollozo y un gemido juntos, agradecido pero incapaz de decir nada.

Con una última embestida, más profunda que las anteriores, Sirius se vacía dentro de Remus, cayendo encima de él, pero sin dejar de acariciarlo. Escasos segundos después, Remus hace lo mismo, manchando su estómago y la mano de Sirius de blanco. Agotado, incapaz de aguantar más peso, las rodillas del licántropo fallan, enviándolos a los dos al suelo, Remus aún atado, incómodo y con todo adolorido.

Entonces, Remus oye un pequeño ruido a su lado, y luego como Sirius le roza las mejillas con las puntas de los dedos, retirando suavemente las lágrimas. Ese pequeño roce basta para tranquilizar al licántropo. Con cuidado, el animago le desata las manos, y luego le devuelve el habla y la vista.

- Aún no entiendo como me permites esto, Remus. - murmura, antes de acercar los labios para darle un beso lento y tierno, los dos aún un poco atontados por el reciente orgasmo, mientras acaricia sus adoloridas muñecas.

- Porque a mi me gusta, y sé que tú lo disfrutas. Además, confío en ti, sé que no me harás daño. - sonríe - Porque te quiero.