Hola. Me alegra que no estemos todos tostados por causa de un hipotético meteorito que debió chocar contra nosotros, a una hora equis del día de ayer… Bueno, sin muchos preámbulos, los dejo con el capítulo 7. Nuevamente, muchas gracias por sus comentarios y por seguir la historia. Recuerden que está en Fanfiction por una sola razón, y es su disfrute =)

Jill y Carlos caminaban juntos a una distancia prudente, impuesta por la chica de cabello castaño desde el primer momento en que puso un pie fuera de sus dominios. Iba con la cabeza gacha, asintiendo y dejando escapar una risa falsa a cada aburrida anécdota que Carlos le contaba.

Daba gracias a Dios, de que Oliveira creyera que por ser su "pareja", era ya un hecho que la llevaría al baile de otoño. Aquello a Jill le produjo una situación cómica interna que no pudo evitar exteriorizar. Carlos lo noto y se lo tomó como un triunfo personal.

-¿De qué hablaste con Redfield, Jill?

La tomó desprevenida. Jill no había espabilado todavía, cuando insensata, le respondió:

-¿Con Chris?

-Obvio que no – Respondió el latino con enfado – Me refiero a su hermana. A Claire.

-¡Ah! – Suspiró. Y de inmediato comenzó a trabajar en remediar su fallo – Nada importante cosas de chicas, solo…

-¿Qué sucedió?

-De casualidad… ¿Tú y Kenneth hicieron mutar a la larva de sanguijuela, hasta convertirla en un ser pensante antropomórfico de proporciones colosales?

-Pues no llegamos a eso - Dijo Carlos con cierto tono de apatía – Kenneth es un erudito para estas cosas y ni siquiera tuvo el valor de tocar a la sanguijuela. Anotó en un informe todo lo que se supone que debía pasar y me dejó con las ganas de ver qué pasaba si le rociábamos algo de arsénico.

-Eso es muy cruel, Carlos.

-¡Oye, todo sea por la ciencia! ¿No?

Jill rodó los ojos y miró hacia unas bancas vacías que se ubicaban a su derecha. Esperaba de corazón que el dichoso paseó terminara pronto. Hacía frío y pronto oscurecía; no quería que Carlos se aprovechara de ello.

Por un breve lapso de tiempo, algo la sacó de su mal humor. Divisó una figura humana, sentada de manera despreocupada en una de las bancas. Este joven, de una edad aproximada a la de ella le sonrió con certeza. Era él, lo había vuelto a ver.

Se olvidó de Carlos momentáneamente y corrió a su encuentro. Luego le explicaría al latino que se trataba de un nuevo amigo.

-¿Disfrutando de un recorrido vespertino? – Pregunto él.

-No más que tú, por lo que veo – Ella se sentó y le sonrío – He venido con mí, con mi…Bueno, con un chico. Y no tienes idea de lo mucho que ansío volver a casa.

-Eso solo retrasará lo evidente, Jill.

Ella dejó de esbozar aquella sonrisa de satisfacción que traía. Sabía perfectamente a que se refería.

-Yo… No puedo, no siento que sea lo correcto.

-¿Dudas de tu valor?

-¿No fuiste tú el que dijo que mis ideales aún estaban en formación? – Le recriminó ella.

-Aciertas y al mismo tiempo, te equivocas, amiga mía – Su semblante era tan pacífico, que Jill sentía que cada una de sus palabras era drenada por su consciencia para quedarse plasmada en ella para siempre – Yo solo resalté lo obvio, tú te diste cuenta de lo evidente.

-No amo a Carlos, eso lo sé – Respondió con melancolía – Pero tampoco quiero lastimarlo. Cometí un error; debo cargar con él.

-Qué palabras tan dignas – Dicho esto, le posicionó ambas manos sobre los hombros, a una distancia correcta y prudente. La miró con una sonrisa y prosiguió – Admiró tu preocupación por el prójimo, de cara a las consecuencias. Pero ten en cuenta, que estas ya han comenzado a manifestarse. Y muy para tu pesar… O para tu felicidad – Rio - Lo seguirán haciendo.

-Quiero estar con Chris.

-Tus ideales nunca se equivocan, Jill – Se puso de pie y dándole la espalda a la castaña comenzó su pausado caminar hasta perderse por el camino adoquinado, por donde todavía se escuchaba su susurrante voz – Date cuenta de ellos y sabrás que hacer.

Permaneció ahí sentada. Pensando. Nuevamente, había olvidado preguntarle su nombre, pero ella sabía que eso no era lo más importante. Le debía una disculpa a Carlos por dos cosas: La primera, hacerlo partícipe de una rotunda mentira, que debía terminar cuanto antes; eso era lo que ella quería. Y la segunda, dejarlo plantado y olvidado de forma descarada delante de una persona de la cual ni siquiera conocía su procedencia o razones.

Cuando se dio la vuelta, no vio al latino por ningún lado. Solamente las hojas en el camino, siendo mecidas por la brisa que comenzaba a arreciar. Sintió el repique de su celular y lo sacó del bolsillo para inspeccionarlo. Tenía un mensaje de Carlos:

-"Perdona, Chiquita, pero tuve que partir. Se presentó un caso en la casa y se requería mi presencia inmediata. Te prometo que te lo compensaré. Un beso.

Carlos"

Jill por supuesto, sintió un inmenso alivio por aquello y dejó largar la segunda risa vehemente de toda la tarde. Ignorante y desinteresada de las razones de Carlos.

La plaza de mayores, estaba prácticamente vacía a esa hora de la noche. A Claire nunca se le hacía difícil conseguir permiso para salir a cualquier hora, cuando se encontraba acompañada por su hermano o amigos, en especial de Leon, que era la razón número uno de la mayoría de las salidas de la pelirroja.

Salieron del cine tiritando, pero no del frío. Claire se abrazaba a sí misma y se decía una y otra vez "Ya pasó, ya se fue, ya pasó, ya se fue. El Necronomicon no existe", mientras que Leon volteaba a todos lados, esperando no encontrarse con alguna presencia extraordinaria o sobrenatural (Irónico, ¿No?). No quería acabar con una mano mocha como el protagonista de la película.

Oyeron el murmullo de algo a lo lejos, que carecía de importancia; pero que serviría para que por vigésima vez en la noche se pusieran en guardia y sin premeditarlo, se abrazaran buscando protección. Permanecieron así durante un rato, Claire ocultando el rostro en el pecho de Leon y mirando de reojo de vez en cuando, y el aspirante a oficial de policía volteando a ver en todas las direcciones. Se sentía responsable de Claire y no iba a permitir que nada la asustara o que se sintiera desprotegida.

-Acabamos de comprobar que tenemos agallas – Dijo la pelirroja – Pero para la próxima, escojamos una menos acojonante.

-No podría estar más de acuerdo – Respondió Leon.

Sus miradas no tardaron en encontrarse. Y de pronto el miedo comenzó a drenarse, para ser remplazado por los manantiales de la calma, la tranquilidad y la serenidad. Si les hubiesen dicho que iba a haber un momento de suprema paz aquella noche, no solo no lo hubiera creído, sino que habrían apostado cualquier cosa a que aquello no pasaría.

Y aun menos, lo que estaba por venir.

-Bueno… - Prosiguió ella.

-Creo que…

-Ganamos la apuesta – Dijeron al unísono.

Rieron, recobraron la compostura, aunque todavía abrazados, prosiguieron.

-Creo que merecemos una recompensa, ¿No?

-Supongo que sí – Afirmó el castaño - ¿En qué piensas, Redfield?

-Espero que en lo mismo que tú.

Silencio, sus miradas no se separaron y sus cuerpos permanecieron tan unidos que parecían envueltos en una cápsula provista de calor veraniego y susurros de ruiseñores. Todo era demasiado pintoresco dentro de esa cúpula invisible y se sentían valientes de hacer cualquier cosa.

Sería el primer beso de Claire y el segundo del joven Kennedy.

Y fue tan anunciado, que aquello solo pudo aumentar la ansiedad en ambos. Claire tomó su cuello y reprimió sus párpados cerrados, porque juraba que no lloraría de llegar a conseguir lo que tanto había anhelado, pero ahí estaba; siendo besada con sinceridad por Leon S. Kennedy y sintiéndose más protegida que nunca.

Sintió algo que no esperaba. Como otro sentimiento, de otra persona, pero Claire no le dio importancia. El momento les reclamó compostura y se separaron.

Se miraron atónitos, como si no creyeran lo que acababa de pasar. De ahora en adelante, Leon se dedicaría a buscar una respuesta que ya tenía, para poder luchar con sus sentimientos. Claire por su parte, ya había comenzado con su lucha interna.

-Vamos – Repuso el castaño – Tu hermano y tu padre me van a matar, si coges un resfriado.

Abrazados se largaron de la plaza de mayores, pensando en lo divertido que sería para todos sus amigos, una experiencia como esa.

Barry Burton tocó la puerta tres veces; esperó la respuesta y cuando vio que nadie parecía dispuesto a dársela, tocó tres veces más.

Se encontraba en un pasillo estrecho. De color amarillo papiro, cuyas paredes aparecían desvencijadas y con retazos de matiz por todos lados. El madero de las escaleras presentaba varios raspones y la puerta delante de la cual estaba parado, era de un color cobre pálido. Barry pensó, que no le vendría nada mal un poco de barniz.

Finalmente oyó el inquietante rechinido del pomo, al que por supuesto tampoco le vendría mal un poco de aceite.

-¡Barry! – Comentó la voz con sorpresa - ¿Qué haces aquí tan tarde, amigo?

-Richard, perdona que te moleste, pero he venido a buscarte porque eres el único capaz de ayudarme con esta petición.

-¡Claro! – Respondió el chico rubio – Pasa, pasa.

Destrabó el pestillo de la puerta y Barry pudo ingresar al muy modesto departamento. En lo primero que se fijó fue en una caja de pizza sobre la mesa delante del televisor, todavía a medio terminar. El aparato televisivo era de los viejos. Una antena con un ángulo extraño apuntaba en todas las direcciones, pero lograba percibir un canal local.

Aquella era la casa de Richard Aiken, chico rubio, de estatura similar a Leon, con algunos granos decorándole su pálido rostro, ojos azules, y brazos y piernas asimétricos. Era amigo del grupo de Barry y Chris, desde que comenzaron a ir a clases juntos en el kínder y presidente del club de telecomunicaciones del instituto. Al pelirrojo no le cabía duda, de que la sapiencia de Richard en este campo, lo sacaría algún día del hoyo donde vivía y lo convertiría en alguien muy importante en el futuro.

-Dime, ¿En qué te puedo ayudar?

-Richard – Tomó asiento Barry; se inclinó hacia adelante y cruzó los dedos de sus manos por delante de su pecho – Al igual que eres amigo mío, lo eres de Chris y Jill y ellos de ti.

-¡Por supuesto! – Exclamó impetuoso el rubio – Hemos sido amigos desde el kínder, si necesitaran algo, yo no dudaría en auxiliarlos.

-Bueno, el favor que debo pedirte, es más para ellos que para mí.

-¡Hmm…! ¿Andas de casamentero, Barry? – Comentó con sarcasmo.

-¡Jajajaja! Concéntrate, Aiken.

-Bueno, bueno. Lo que sea para que esos dos tórtolos espabilen de una buena vez.

Barry tomó aire. Richard podía ser muy efectivo si se le hablaba en términos que pudiera entender. Por eso, Barry tenía que sopesar una propuesta, antes de proponérsela.

-¿Conoces a Carlos, el novio de Jill?

-Sí, para mí infortunio, sí.

-Bueno, Chris me comentó, que hace unos días lo vio conversando con una chica llamada Jessica Sherawat, en los pasillos del instituto, cuando se supone que ya todos se habían ido.

-¿Qué hacía Redfield espiando a Carlos? – Preguntó Richard extrañado.

-No lo espiaba. Fue al baño y al salir los escuchó. Esa chica, Jessica, ha intentado embelesar a Chris, se nota a leguas, al igual que Carlos con Jill, pero lo que no me cuadra es haberlos visto conversando.

-Bueno – Dijo Richard meditándolo un poco – No están encadenados a un grillete y una bola de metal macizo, Barry. Pueden hablar con quienes quieran, siempre y cuando no afecten a los demás.

-Eso es lo que temo Richard.

El rubio captó el mensaje que el pelirrojo trataba de transmitirle y con el ceño fruncido, atisbó a dar una respuesta.

-¿Quieres que intercepte uno de sus equipos?

-Más precisamente, quiero que recolectes información de llamadas y mensajes. Sé que eres capaz en retrotraer aparatos electrónicos como teléfonos y escuchar conversaciones pasadas combinando algunas frecuencias. No me cabe duda de que esos dos ya se conocían y parecen demasiado distantes para hacerlo. Espero estar equivocado, pero creo que se traen algo entre manos.

Richard se lo pensó, se lo pensó muy bien. Aquella era una maniobra sucia, pero no pudo evitar pensar igual que Barry.

-Ok, Barry, lo haré – Confirmó Richard – Pero necesito que tú también pongas de tu parte.

-¿Qué necesitas?

-Consigue el número de Carlos, y llámalo o envíale un mensaje sin importancia. Puede ser algo completamente trivial y luego puedes responderle que fue un error o algo por el estilo. Pero es esencial, que él te responda. ¿Me captas? Cuando consigas el número, te reunirás conmigo, enviarás el mensaje y esperarás a que él te responda, en ese momento, captaré su frecuencia y ajustando algunas antenas – Se detuvo, luego prosiguió – Conseguiré entrar al canal de su historial. Lo demás será pan comido; eso si – Advirtió Richard – Una persona como Carlos debe tener un historial de llamadas bastante amplio, así que puede que tardemos un tiempo en conseguir algo.

-No hay problema. Conseguiré lo que me pides Richard, cuento contigo.

-Veamos que trama ese sujeto, Barry.

Se estrecharon la mano y asintieron. Aquello se sentía como una misión secreta de alta importancia y no pudieran evitar reírse ante tal pensamiento. Unas mentes conspiradoras bastante peligrosas, me temo.

Espero que el capítulo haya sido de su agrado. Mil gracias a los que siguen la historia o a los que solo la ven ocasionalmente. Si todo sale bien, después de nochebuena debería llegar el siguiente capítulos.

¡Nos estamos leyendo! =D