Capítulo 6.
Las tardes de aquella semana fueron transcurriendo de igual forma: comían en casa de Ron, iban a la biblioteca en busca de información y después regresaban a casa para comentar lo que habían encontrado y, finalmente, Hermione volvía a casa de sus padres. Sin embargo, la tarde del sábado debían posponer su investigación.
Decidieron ir juntos a la Madriguera, por lo que, poco antes de las 5, Hermione apareció en la chimenea de Ron, encontrando a este vestido únicamente con una toalla de baño alrededor de la cintura.
—¡Maldita sea! ¿Cuántas veces te he dicho que no dejes los pájaros que cazas dentro de casa?
—¡Hol…! ¡Por Merlín! —Hermione se sorprendió de ver al pelirrojo de tal forma. Avergonzada se tapó la cara con las manos—. Ron, lo siento mucho. Pensé que estarías preparado ya…que vergüenza...
—¿¡Hermione!? ¡Maldita sea!
Ron volvió a su habitación, regresando al salón unos minutos después. Hermione le esperaba sentada en el sofá.
—Ya estoy. Siento lo de antes, no sabía qué hora era y esa bola de pelo no deja de traer pájaros muertos a casa —Ron miró por primera vez a Hermione—. ¡Vaya! Estás genial.
—Gracias. Y, por cierto, yo también siento lo de antes.
Ron, todavía avergonzado por lo que acababa de pasar, se pasó las manos por el pelo.
—No pasa nada. ¿Nos vamos?
Juntos desaparecieron por la chimenea.
…
—¡Hermione, querida! —La Señora Weasley abrazó a Hermione con fuerza cuando la vio entrar en la cocina de la Madriguera—. Ginny dijo que vendrías. Mírate, estás guapísima, aunque un poco delgaducha. Tu madre opinará lo mismo.
Hermione se dejó guiar por la mujer hasta la mesa. Todo parecía seguir en el mismo sitio que años atrás, cuando se había despedido de los Señores Weasley. Ginny y Harry ya estaban en la casa y saludaron a los recién llegados.
—Ronnie, ve a llamar a tu padre. Estaba en el cobertizo. Dile que tus hermanos no tardarán en llegar. Bueno, querida, ¿qué tal todo? ¿Cómo están tus padres?
Justo cuando Ron iba a salir al jardín, el Señor Weasley entró en la cocina acompañado por Bill, Fleur y sus dos hijas, Victorie y Dominique, a quien llevaba su abuelo en brazos.
—¡Tío Ron! ¿Y Crook?
—¡Vic! —Ron cogió a la niña en brazos—. En casa. ¿Cómo me iba a traer a Crookshanks aquí?
La pequeña perdió muy pronto el interés por el paradero del gato, centrándose por primera vez en Hermione, que estaba saludando a Bill y Fleur.
—¿Tú quién eres?
—Es una amiga nuestra, Vic —Ginny fue quien respondió—. Del colegio. Se llama Hermione.
—Hola, Victorie. Me alegro de conocerte por fin —Hermione se acercó hasta donde estaba Ron, todavía con la niña en brazos—. Vaya, llevas una mochila muy bonita.
Victorie sonrió ante el cumplido de Hermione. Siempre iba con su mochila con forma de gato, esperando que alguien le preguntase por lo que llevaba dentro. Sin embargo, para su desilusión, en la familia ese tema era algo que habían decidido dejar de hacer, puesto que la niña tenía el don de desesperar a cualquiera con todas sus explicaciones.
—¿Quieres saber que llevo? —Dijo con su carita iluminada—. Si quieres puedo mostrártelo.
—Buena idea, Vic —Ron habló antes de que Hermione contestara, sabiendo que su sobrina era clavadita a Hermione—. Además, ¿Sabes una cosa? A Hermione le encanta leer, igual que a ti.
—¡Genial! —Ron dejó en el suelo a la niña, que rápidamente cogió a Hermione de la mano y salió con ella de la cocina—. Ven, voy a enseñarte mis libros. Tengo muchos...
…
La cena transcurrió entre risas, historias de la vida de Hermione en París —algo que se complementaba con comentarios sobre la ciudad por parte de Fleur—, el anuncio de la boda de Harry y Ginny, y los intentos de Victorie de demostrar a toda la familia que Hermione se había convertido en su "persona más chachi", como les había repetido una y otra vez la pequeña.
La hora de volver cada uno a su casa se fue alargando tanto, para alegría de la Señora Weasley, que todos decidieron quedarse a dormir en la Madriguera.
—Vamos a estar un poco apretados, pero nos apañaremos —la Señora Weasley había comenzado a organizar a la familia—. Ginny, Hermione, vosotras podéis dormir en la habitación como siempre. Victorie podría dormir también con vosotras. Ronnie, Harry y tú en tú antiguo cuarto. Bill y Fleur en vuestra habitación con Dominique. George, hijo tu puedes dormir el cuarto de Percy aprovechando que él no ha podido venir, ya sabes que tú antiguo cuarto es ahora el de Bill y Fleur...
—Espero que no me levante mañana hablando de forma pomposa sobre el grosor del culo de los calderos —dijo George con falsa preocupación—. Aún recuerdo lo pesado que se puso ese verano…
Todos se rieron por el comentario sobre Percy, salvo la Señora Weasley, quien miró a su hijo con severidad, dando por finalizada la gracia y obligándoles a irse a sus respectivas habitaciones.
Harry, Ron, Hermione y Ginny subieron hacia sus dormitorios como tantas veces habían hecho durante los veranos cuando estudiaban en Hogwarts. Al llegar a la puerta de Ginny, Hermione se despidió de los demás, entrando en el baño para dejar un poco de intimidad a Harry y Ginny. Ron, sabiendo lo que venía a continuación, hizo lo mismo, poniendo rumbo a su cuarto.
Ron se tumbó en su cama, pensando en el tiempo que hacía que no dormía en aquel cuarto, y con Hermione durmiendo unos pisos más abajo. Estaba terminado de ponerse el pijama cuando la puerta de la habitación se abrió, sorprendiendo al pelirrojo.
—¡Hermione! Pensaba que eras Harry…
—Lo siento —dijo Hermione avergonzada al pillar por segunda vez en el día a Ron sin camiseta—. Harry y Ginny estaban en la habitación diciéndose cosas un tanto privadas… ya sabes… y he pensado que era mejor que les dejase intimidad y, bueno, hacia tanto tiempo que no estaba en esta habitación… parece que el tiempo no hubiera pasado…
—Lo sé —dijo Ron al sentarse en la cama de nuevo—. He pensado lo mismo cuando he entrado… Mi madre no ha tocado nada en todos estos años…
Hermione fue hasta la cama de Ron y se sentó a su lado. Ambos se quedaron en silencio, sin saber que más decir. A pesar de haber estado juntos durante toda la semana, era la primera vez, desde que se habían despedido en casa de Hermione tras cenar con Harry y Ginny, en que se encontraban juntos sin el asunto de la investigación de por medio. La proximidad les hacía sentirse avergonzados, como dos adolescentes en su primera cita.
—Bueno creo que…
—Hermione —ambos hablaron a la vez—. Lo siento, ¿Qué ibas a decir?
—No, no importa. Habla, Ron.
—Bueno, yo iba a decirte que… —Ron había perdido el valor que le había llevado a abrir la boca segundos antes—. Bueno que… no sé si es el mejor momento, pero quiero que sepas que, a pesar de los años, yo… bueno, yo…
Ron se había puesto del mismo color que su cabello. Sin embargo, a medida que había ido hablando, se había ido acercando a Hermione. Ella, por su parte, no había retrocedido tampoco. Se encontraba perdida en aquellos ojos azules que años atrás habían hecho que todos los horrores de la guerra desaparecieran cada vez que los miraba. Ron decidió que las palabras sobraban, —más si seguía expresándose de aquella manera tan penosa— por lo que decidió pasar a la acción. Con mucha suavidad y deseando que Hermione no le rechazase, acarició el rostro de su amiga, colocándole un mechón rebelde detrás de la oreja. Poco a poco sus labios fueron acercándose a los de Hermione, quien cerró los ojos y se perdió en aquel momento. Se encontraban a tan solo unos milímetros de distancia, sus respiraciones entrechocaban y se unían en una melodía casi inapreciable…
—¡Buenas noches, tío Ron! —La voz de Victorie les golpeó, devolviéndoles a una realidad de la que habían huido sin darse cuenta—. Papá me ha dicho que es hora de dormir.
Bill, que había seguido a su hija hasta la habitación, se dio cuenta de los rostros colorados y avergonzados de su hermano y Hermione, entendiendo inmediatamente lo que acababa de interrumpir la inocencia de su hija mayor.
—Lo siento, chicos —dijo intentado ocultar la sorpresa—. Ha salido corriendo y no he podido detenerla. Vamos Vic, a dormir.
Hermione, que había vuelto a ser consciente de lo que casi había sucedido, se levantó sonrojada. Ron continuaba en la cama sentado, sintiendo lo cerca que había estado de volver a sentir aquellos labios con los que había soñado desde mucho tiempo atrás.
—Será mejor que me vaya yo también. Bill, si quieres acuesto yo a Vic, así no tienes que volver a bajar hasta la habitación de Ginny.
—Ehh, esto, vale —Bill continuaba sin saber dónde meterse en aquel momento—. Gracias, Hermione.
Hermione se acercó a la niña, quien le cogió de la mano y comenzó a sacarla de la habitación alegremente. La chica se dio la vuelta un segundo, encontrándose con los ojos de Ron. En ellos le pareció ver una sombra de, ¿añoranza? Hermione no estaba segura, pero decidió no pensar más en ello.
—Buenas noches, Ron.
—Hasta mañana, Herms —Ron seguía en la cama, viendo cómo se alejaban sus posibilidades de recuperar a Hermione—. Buenas noches, Vic.
Hermione y Victorie desaparecieron de la habitación, dejando a los dos hermanos solos. Ante una mirada de Ron, Bill supo que no quería hablar del tema y que era mejor dejarle solo, por lo que también abandonó la habitación, cerrando la puerta tras de sí.
—Buenas noches, Bill.
—Buenas noches, Harry —Bill pensó en comentarle a Harry lo que acababa de pasar—. Por cierto, Ron no está de muy buen humor ahora mismo. Creo que Vic ha interrumpido algo privado entre él y Hermione.
Harry se quedó pensando delante de la puerta de la habitación en lo que le acababa de decir Bill. ¿Qué se traían entre manos Ron y Hermione?
…
A la mañana siguiente, cuando Ron bajó a desayunar y se encontró a Hermione en la cocina, ninguno de los dos dio señales de querer hablar de lo sucedido aquella noche. Por este motivo, y sabiendo que ella tenía una relación en Paris, Ron optó por hacer como que nada había sucedido.
Lo que él no sabía era que Hermione no había conseguido pegar ojo en toda la noche. Desde hacía días, algo dentro de ella se removía cada vez que estaba cerca de Ron o sus manos se rozaban al intentar coger el mismo libro en la biblioteca. Ella intentaba silenciar aquellos gritos con los que su corazón intentaba abrirle los ojos. Sin embargo, aquel momento en el que casi se besaron, había sido demasiado para ella. Ya no podía engañarse más. A pesar de los años, de la distancia que había puesto de por medio, de la relación que tenía —y que ella se empeñaba en repetir que estaba bien—, sus sentimientos por Ron no habían cambiado en absoluto. Seguía queriendo perderse en sus ojos, quería despertar a su lado todos los días y quería poder recuperar el tiempo que habían perdido desde ese beso desesperado en medio de la guerra.
