A Kit no le habían roto una costilla, sino dos. También le habían hecho saltar una muela, pero aparte de eso, el resto eran contusiones leves y algunos cortes sin importancia. Aunque, según él, dolían como el demonio de todas formas.
La doctora Kalonia terminó de asegurar el vendaje alrededor del torso de Kit, verificando que estuviera lo bastante apretado, y le dio permiso para vestirse. Poe le ayudó a ponerse una camisa limpia y esperó a que se la abrochara, de pie junto a la camilla en la que Kit estaba sentado. Todavía le costaba creer que de verdad le hubieran traído a casa de una pieza.
Había estado cerca esta vez. Demasiado. Kit tenía el rostro amoratado, un ojo casi cerrado por completo de tanto como se le había hinchado el párpado, y se movía como si fuera un anciano de noventa años.
—Estás hecho un asco —comentó Poe, negando con la cabeza.
—Gracias, yo también te quiero.
—No, en serio, menuda paliza te han dado en tan poco tiempo. Hay que reconocer que los soldados de la Primera Orden son eficientes.
Kit le miró con sorna, o al menos con toda la sorna que era capaz de expresar en sus actuales circunstancias.
—Bueno, eran diez —contestó—. Y ninguno se quedó con las ganas de sacudirme, eso te lo aseguro.
Poe se puso serio de repente, reprimiendo un escalofrío. Si a cualquiera de esos bastardos se le hubiera ido la mano, o si a Luke no se le hubiera ocurrido revelar su presencia para interrumpir los planes de Kylo Ren…
No quería ni pensar en lo que podría haber pasado. Todo el que formaba parte de la Resistencia entendía los riesgos que eso conllevaba, Poe el primero, pero era distinto cuando la vida que se ponía en peligro no era la tuya, sino la de un ser querido.
—¿Qué pasó, Kit?
Su amigo suspiró antes de contestar, haciendo una pequeña mueca de dolor al expandirse su caja torácica.
—Pasó lo que tenía que pasar. Ese cabrón de Ren es muy listo —respondió, mirando a Poe a la cara—. Me preguntó qué había hecho contigo, yo le dije lo que creía que quería oír y entonces hizo un par de comentarios muy desagradables sobre ti. Me cabreé y se dio cuenta. A partir de ahí, te puedes imaginar cuánto duró mi identidad falsa.
Poe bajó la cabeza, apretando los labios en una fina línea. La tensión empezaba a abandonarle poco a poco ahora que todos habían conseguido volver a casa con vida, pero la imagen de Kit herido e inmóvil en el suelo no era algo que se le fuera a olvidar en un futuro muy cercano. Levantó los ojos hacia su amigo.
—Al menos lo conseguiste —dijo.
Kit sonrió con aire satisfecho, aunque tuvo que hacerlo sólo de un lado para que no se le volviera a abrir el corte que tenía en el labio inferior.
—Ya lo creo que sí —respondió, a todas luces encantado consigo mismo, lo que consiguió arrancarle a Poe la primera sonrisa despreocupada que había esbozado desde que planificaran aquella misión.
En el fondo siempre habían sabido que no podrían mantener lo de la identidad falsa a largo plazo, por lo que habían diseñado un plan alternativo para el caso de que Kit fuera descubierto. Por suerte, Kit no había querido correr riesgos y había elevado el plan B a la categoría de plan A en cuanto puso los pies en Dorvalla.
Todo había sido idea de la teniente Ming, la misma oficial que se había encargado de crear los registros falsos que respaldaban la tapadera de Kit. La mujer era un genio en todo lo que tuviera que ver con electrónica y había diseñado un dispositivo tan pequeño como la uña de un dedo, pero lo bastante potente como para enviar datos encriptados de un extremo al otro de la galaxia. Y lo había equipado con un virus capaz de piratear la señal inalámbrica de cualquier dispositivo que estuviera en su rango. Kit lo había colocado en el transmisor de Hux a la primera oportunidad que tuvo, y había dado un resultado excelente.
—El transmisor se activó en cuanto el bueno del general nos hizo el favor de conectar con el Finalizer para pedir ayuda —explicó Poe, ya que Kit no había podido acudir al despacho de la general para el informe de la misión—, y no ha parado de mandarnos información desde entonces. La general Organa dice que los de Inteligencia están que no se lo creen. Quieren reclutar a la teniente Ming para su división.
—Por encima de mi cadáver —respondió Kit—. Que no es el caso actual, aunque lo parezca.
Intentó bajarse de la camilla y se le escapó un quejido. Poe se apresuró a darle la mano y rodearle la cintura para ayudarle, cosa que Kit aceptó con una sonrisa de agradecimiento.
—¿Puedo hacerte otra pregunta? —dijo Poe, cuando al fin su amigo se tuvo en pie por sí mismo.
—¿Desde cuándo te hace falta pedir permiso para eso? Dispara de una vez.
Poe sonrió.
—¿Cuándo aprendiste a hablar wookie?
Kit soltó una especie de risa entrecortada, sujetándose las costillas con el brazo para amortiguar la vibración.
—Técnicamente no lo hablo, sólo lo entiendo. Mi pronunciación es bastante mala todavía.
—Lo que sea. Que yo recuerde, la última vez que lo comprobé te apañabas con el básico y el binario, y en ése ibas justito.
Kit hizo un vago gesto con la mano, antes de colocarla en el hombro de Poe para ayudarse a caminar. Poe le pasó un brazo por la cintura y le animó a que se apoyara en él. Muy lentamente, se encaminaron hacia la salida.
—Las misiones de reconocimiento se hacen muy largas, Poe —contestó Kit, y después añadió con picardía—: Y para colmo, al volver de ellas no estabas tú en casa para distraerme, así que…
Se encogió de hombros, sin terminar la frase. Poe soltó un resoplido.
—Y yo que pensaba que te habrías pasado los últimos dos años realizando intrépidas misiones para la República y dejando una estela de corazones rotos por todos los puertos espaciales de la galaxia —bromeó—. Y resulta que has estado estudiando wookie en las horas muertas dentro de tu Ala-X.
—Wookie, huttés y corelliano —le corrigió Kit, a lo que Poe respondió con una mirada incrédula—. ¿Qué? He estado muy aburrido.
El "sin ti" que iba implícito al final de esa frase quedó en el aire, pero los dos lo oyeron igualmente.
Casi habían llegado a la puerta de la enfermería cuando vieron que la salida estaba bloqueada por un par de caras conocidas, que observaban el lento avance de Kit con una mezcla de preocupación y ánimo. Finn y Rey se adentraron en la sala para salirles al encuentro.
—¿Cómo estás? —preguntó Finn con amabilidad.
—Sobreviviré —respondió Kit—. Gracias a todos vosotros, dicho sea de paso.
—No hay nada que agradecer —dijo Rey—. Todos nos alegramos de que hayas vuelto a casa sano y salvo —Kit levantó la ceja del ojo que no estaba hinchado, con una media sonrisa sarcástica en su magullado rostro, y la joven se ruborizó—. Casi sano y salvo.
—Pues yo me siento muy agradecido, así que tendrás que aceptarlo —insistió él—. Muy pocos momentos de mi vida han sido tan satisfactorios como verte partirle la cara a ese capullo de Kylo Ren.
Rey sonrió, más relajada. Mientras ella y Kit charlaban, Poe se volvió hacia Finn por instinto y se encontró con su mirada fija en él, llena de calidez y de algo que el piloto no se atrevía a definir. ¿Esperanza, tal vez? ¿O era el propio Poe quien sentía eso, y sólo estaba proyectando en Finn lo que quería ver?
Finn le sonrió, antes de apartar la mirada con un gesto adorablemente tímido, y Poe tuvo que morderse el labio inferior para ahogar un gemido. Su resistencia tenía un límite y ese chico le estaba empujando hacia él a ritmo lento pero seguro. Y la cosa no había hecho más que empeorar desde que sabía que no estaba con Rey. Como no encontrara pronto una ocasión de quedarse a solas con él para terminar la conversación que habían empezado en el Halcón Milenario, existía un serio peligro de que Poe hiciera alguna tontería muy, muy gorda.
Como por ejemplo, quedarse mirándole embobado delante de gente que le conocía demasiado bien.
Al notar que se había hecho el silencio a su alrededor, levantó la mirada para encontrarse con una expresión tan irónica y satisfecha en el rostro de Kit, que resultaba identificable a pesar de los moratones y los cortes.
—¿Hola? —le dijo, el muy capullo, mientras Rey trataba de ahogar su risa mordiéndose el pulgar y Poe se sentía enrojecer hasta las orejas—. ¿Sigues aquí?
Poe se aclaró la garganta, mirando a Finn de reojo para comprobar su reacción. El muchacho, que parecía estar muy interesado de repente en el equipamiento médico de la enfermería, apretó la mandíbula y el movimiento pulsó en su sien, mientras una gota de sudor se deslizaba por el contorno de su rostro.
—Anda, vamos a llevar tu achacoso culo hasta tu habitación para que descanses —respondió Poe con mordacidad, ansioso por cambiar de tema—. Que ya empiezas a pesar.
—Blandengue. Si ni siquiera me estoy dejando caer sobre ti.
—No, qué va. Estás flotando en el aire como un toydariano, no te jode.
—Poe tiene razón, deberíamos dejarte descansar —farfulló Finn de repente, rascándose la nuca con aire nervioso y sin mirar de frente a ninguno de los dos—. Em… Espero que te mejores pronto, Kit. Hasta mañana. ¿Vienes, Rey?
Sin esperar respuesta, se dio media vuelta y salió de la enfermería. Kit le siguió un momento con la mirada y después se volvió hacia Poe con cara de incredulidad. Al ver que éste no reaccionaba, Kit le dio un suave golpe con el puño en el costado, haciendo gestos imperiosos con la cabeza en dirección al pasillo por el que había desaparecido Finn.
—¿Eres tonto? ¿A qué esperas, a que te mande una invitación por escrito? ¡Ve tras él!
—Pero no puedo… —protestó Poe, casi atragantándose con su propia lengua en su confusión—. ¿Cómo vas a llegar hasta tu cuarto?
Poniendo los ojos en blanco, Rey se deslizó bajo el otro brazo de Kit y le sujetó por la cintura, apartando la mano de Poe.
—Ya me encargo yo de él —dijo, como si estuviera enseñando a sumar dos más dos a un niño especialmente denso—. Anda, vete.
No sabía qué decir. El corazón le latía a mil por hora, con una mezcla de euforia y miedo tan embriagadora que no atinaba a moverse. Al final, mientras sentía que una sonrisa se formaba despacio en su rostro, miró alternativamente a sus dos amigos y, dándoles las gracias con un gesto de la cabeza, se giró y salió corriendo por donde Finn se había marchado.
Antes de torcer por el primer recodo del corredor escuchó un prolongado lamento a sus espaldas en la voz de Kit, seguido del tono preocupado de Rey al preguntarle si le dolía algo.
—No, nada—oyó responder a Kit—. Es sólo que acabo de acordarme de que mi cuarto es contiguo al de Poe. Oh, Fuerza, espero que las paredes sean lo bastante gruesas.
Finn se detuvo al salir del edificio, agradecido al sentir algo de brisa fresca acariciándole el rostro. Estaba acalorado y el corazón le latía a mil por hora, pero eso no era lo peor.
Lo peor era que no tenía claro si quería echar a correr gritando de alegría, o esconderse en algún rincón y morirse de la vergüenza. O las dos cosas a la vez. Sólo sabía que había sentido una necesidad irrefrenable de huir y que ahora necesitaba un lugar privado en el que tener su pequeña crisis nerviosa en paz.
Frente a él, la pista de aterrizaje era cualquier cosa menos eso: pilotos revisando sus naves, mecánicos haciendo reparaciones, operarios acarreando maquinaria de un lado a otro y droides por todas partes. No, allí no iba a encontrar la tranquilidad que necesitaba.
—¡Finn! ¡Eh, Finn, espera!
Al principio creyó que se había imaginado la voz que oyó a sus espaldas, porque no era posible que Poe le hubiera seguido. Se dio la vuelta de todas formas y, para su sorpresa, comprobó que en verdad era él quien le estaba llamando. Finn sintió una nueva oleada de calor subiéndole por las mejillas y trató de disimular su turbación.
—¿No ibas a llevar a Kit a su cuarto? —le preguntó a Poe cuando llegó a su altura.
—Rey está cuidando de él —respondió el piloto, jadeando ligeramente por la carrera que había dado para alcanzarle—. Finn, si tienes un momento, creo… Creo que deberíamos hablar.
Por alguna razón, eso le hizo tanta gracia que se echó a reír. Tal vez fueran los nervios, la tensión acumulada durante la misión o la euforia de haber sentido, por fin, que Poe le miraba como él quería que le mirase. Fuera lo que fuese, le sentó de maravilla.
—¿Tú crees? —dijo entre carcajadas, ante la expresión perpleja del piloto. Sin embargo, a medida que Finn seguía riendo sin poder contenerse, el rostro de Poe se fue transformando poco a poco, primero con una lenta sonrisa y, al final, contagiándose de la hilaridad de su compañero.
—Vale, vale, ya lo pillo —dijo cuando se le pasó, aún sonriente, con las manos en las caderas y sacudiendo la cabeza—. Tienes razón, ése ha sido el eufemismo de nuestra era. Deberíamos haber hablado hace semanas.
—Meses —replicó Finn, secándose los ojos con el canto de la mano.
—De acuerdo, meses —concedió Poe, y después exhaló un suspiro—. Nos podríamos haber ahorrado muchos malos ratos, eso es verdad.
Finn le miró, sintiendo en sus mejillas la amplia sonrisa que casi dividía en dos su rostro y que ni podía, ni quería contener. Los nervios habían desaparecido y lo único que sentía era una felicidad inmensa al saber que por fin, después de dar tantas vueltas, estaban los dos en la misma onda.
Pensó que podría dejarlo así, si quisiera. No había necesidad de decirlo en voz alta, los dos sabían perfectamente lo que estaba pasando y lo que vendría después. Pero, después de haber sufrido tanto por no ser capaces de comunicarse como es debido, Finn no estaba dispuesto a seguir cometiendo el mismo error. Quería decirlo, y quería oírlo de labios de Poe, también.
—Hemos sido un poco idiotas, ¿no? —dijo.
—Eso me temo —respondió Poe—. Y tú al menos tienes la excusa de tu juventud, pero ¿cuál es la mía?
—Sí, hombre, claro. Espera, que voy a ir a buscarte un bastón, abuelo —bromeó Finn, con un suspiro exasperado; después hizo un gesto con la cabeza, como si señalara hacia el otro lado de la pista—. ¿Vamos?
Poe se mordisqueó el labio inferior de un modo que, fuera o no intencionado, sacudió a Finn hasta los cimientos.
—¿Adónde? —preguntó en tono sugerente.
—A cualquier sitio en el que no haya tanta gente —contestó Finn, con un gesto impreciso que abarcaba toda la pista de aterrizaje.
—Gran idea.
Echaron a andar, hombro con hombro, tan cerca el uno del otro que a veces sus manos se topaban al dar un paso. En uno de esos choques, Poe enganchó un dedo entre los de Finn y ya no le soltó. El muchacho inspiró con fuerza, creyendo que el corazón se le paraba. Miró hacia Poe y éste le devolvió una sonrisa tentativa, como si quisiera preguntarle si le parecía bien. A modo de respuesta, Finn giró su mano para agarrar la de Poe como era debido, entrelazando sus dedos con los del piloto, y la sonrisa del otro hombre se hizo más amplia.
Caminaban en silencio, pero no porque no tuvieran nada que decirse; a Finn le daba la impresión de que era porque, si empezaban a hablar, ya no serían capaces de parar. Y no era la clase de conversación que uno querría tener delante de testigos. De todas formas era un silencio cómodo, lleno de cruces de miradas y de sonrisas exultantes. Sus pasos no tardaron en llevarles hasta el edificio de los barracones y, como por un acuerdo tácito, hasta la puerta de la habitación de Poe.
El piloto dudó un momento antes de abrir. Acarició con el pulgar el dorso de la mano de Finn, que aún retenía en la suya.
—Oye, Finn… Voy a invitarte a entrar, pero quiero dejar claro que eso no te obliga a nada, ¿de acuerdo? No hay segundas intenciones. Sólo lo sugiero para que estemos tranquilos y podamos hablar en paz, pero… En fin, que no tiene por qué pasar nada más.
—¿Por qué? ¿Es que no quieres que pase nada más? —preguntó Finn, fingiendo preocupación. Había entendido perfectamente lo que Poe quería decir, y sin embargo no podía resistirse a fastidiarle un poco porque, en serio: él podía ser inexperto, pero no era tan ingenuo como todo el mundo parecía creer.
Tal como había previsto, Poe le miró con los ojos muy abiertos y se apresuró a negar con la cabeza.
—¡No, yo no he dicho eso! Lo que… —farfulló con torpeza. Abrió la boca para seguir explicándose, pero entonces Finn se echó a reír y Poe se quedó mirándole con el entrecejo fruncido.
—Tranquilo, hombre, sólo me estoy quedando contigo —aclaró Finn, sin dejar de reír—. Ya sé que no estoy obligado a nada. Deja de preocuparte por si estás o no estás aprovechándote de mí. Puede que sea virgen, pero no soy ningún crío. Y sé muy bien lo que quiero.
El ceño de Poe se fue suavizando hasta convertirse en una sonrisa maliciosa que prometía hacerle pagar por esa broma. Y que a Finn le iba a encantar. Y que incluso era posible que acabara pidiendo más al final.
—Ah, con que ésas tenemos, ¿eh, hombre de mundo? —murmuró, en un tono grave y sensual que Finn sintió reverberar directamente debajo de su ombligo.
Para la eterna frustración de Finn, lo que fuera que Poe pretendía hacer a continuación se vio interrumpido por la presencia de dos pilotos que aparecieron por el extremo opuesto del pasillo, charlando entre ellos. Les saludaron al pasar por su lado y Poe les devolvió el gesto con un seco movimiento de cabeza. En cuanto se perdieron de vista, Poe abrió la puerta de su dormitorio y tiró de él hacia dentro.
No hizo falta encender las luces; todavía entraba suficiente sol vespertino por el tragaluz del techo como para verse el uno al otro. De todas formas, tampoco daba la impresión de que Poe estuviera en condiciones de preocuparse por eso, aunque hubiese sido noche cerrada. Toda su atención estaba puesta en arrinconar a Finn contra la pared, apoyando las manos en ella a ambos lados de su cabeza y acercando su rostro al de él. Finn se sujetó de la cintura de Poe, jugueteando con el borde de su camiseta.
El único sonido que se oyó fue el suave deslizar de la puerta al volver a cerrarse automáticamente y, después de eso, sólo hubo silencio. Un silencio tan cargado de electricidad que a Finn se le erizó el vello de la nuca.
—En ese caso —murmuró Poe—, confío en que esto te parezca bien.
El muchacho hizo un gesto afirmativo con la cabeza, despacio.
—Muy bien —respondió, en el mismo tono bajo y juguetón que Poe había usado—. Pero creía que íbamos a hablar.
—Ya estamos hablando —susurró Poe, acercándose todavía más.
Finn cerró los ojos y sintió los labios de Poe presionar sobre los suyos por primera vez: cálidos, firmes, suaves. Inspiró con fuerza por la nariz en un reflejo involuntario, una respuesta automática de su cuerpo a la intensa oleada de excitación que le aceleró la sangre. Poe movió una mano para sujetarle la nuca con gentileza y hacerle inclinar el rostro en un ángulo que le permitiera mejor acceso, lamiendo y mordisqueando con suavidad la boca de Finn, acariciándola con sus labios hasta que el muchacho temió que sus piernas dejaran de sostenerle.
A Finn se le crisparon las manos sobre las caderas de Poe y se le escapó un gemido ahogado similar al de un animal moribundo. Aparentemente eso era lo que Poe requería para concederle misericordia porque, con una última caricia de la punta de su lengua sobre el labio inferior de Finn, se apartó para darle un respiro.
Finn dejó caer la cabeza contra la pared, jadeante y débil. No había abierto aún los ojos, pero prácticamente podía sentir sobre su piel la mirada de satisfacción de Poe, igual que si la viera. En efecto, cuando abrió los párpados allí estaba la sonrisita presumida que esperaba encontrar, pero eso no era lo único: Poe le estaba mirando con absoluta adoración y ni siquiera se molestaba en intentar ocultarlo.
—No es justo —protestó Finn, medio en broma, cuando por fin pudo volver a hablar—. Eso es jugar sucio.
—Ya sabes lo que dicen —contestó Poe en voz baja, sin perder la sonrisa pícara de medio lado—. En el amor y en la guerra…
Se encogió de hombros sin terminar la frase, pero ya había dicho más que suficiente para que a Finn se le parase el corazón. El muchacho abrió unos ojos como platos; sus dedos, que en algún momento se habían colado por debajo de la camiseta de Poe y trazaban dibujos abstractos sobre su cintura, se quedaron quietos de repente.
—¿Hablas en serio? —preguntó, deseando oír la respuesta con tanta intensidad como lo temía—. Y para que no haya dudas, me refiero a la parte del amor. Ya sé que no estamos en guerra. En fin, sí, pero no entre nosotros, quiero decir…
Poe le silenció acariciándole la mejilla con el pulgar de la mano que aún tenía apoyada en su nuca.
—Pues claro que hablo en serio —le dijo con suavidad, mirándole a los ojos—. Finn, te quiero tanto que a veces hasta me duele. Te he querido casi desde el primer momento, y no sabes la tortura que ha sido creer que tú no sentías lo mismo.
—Oh, sí que lo sé —respondió Finn a duras penas, con la garganta medio cerrada de la emoción—. Desde luego que lo sé.
Se sentía como si de repente el corazón se le hubiera triplicado de tamaño y su pecho fuera demasiado pequeño para contenerlo. Prácticamente se abalanzó sobre Poe, atrapando sus labios otra vez, aunque su versión de lo que era besar estaba muy lejos de la exquisita maestría con la que Poe le había aniquilado a él. Finn era todo desesperación y hambre, pero ¿quién podría culparle, después de lo que acababa de oír?
Poe le dejó hacer, devolviendo los besos con la misma intensidad mientras se movían a ciegas hacia el interior de la habitación. Finn agarró a Poe del trasero y éste le rodeó el cuello con los brazos como si fuera su salvavidas, permitiendo que le llevara casi en volandas. Todo fue muy bien hasta que se toparon bruscamente con una esquina del escritorio y al piloto se le escapó un "¡ay!" casi sin querer.
—¡Oh, vaya! ¡Lo siento, Poe, ¿te has hecho daño?!
Poe sonrió, con la respiración agitada, llevándose una mano al muslo.
—No es nada, no te preocupes.
—Maldita sea, qué torpe soy.
Incluso a él le resultó evidente el temblor de su voz. Subió las manos hasta la cintura de Poe, bajando la mirada, y él le acarició el rostro con suavidad. Después le levantó la barbilla con un leve toque de los dedos, buscando de nuevo sus ojos.
—¿Qué ocurre, Finn?
—Nada, en serio —respondió él—. Sólo estoy un poco nervioso. Es que nunca he hecho esto antes.
—Bueno, si te sirve de consuelo, para mí ha pasado tanto tiempo que casi se me ha olvidado ya.
Finn se echó a reír con un resoplido, lo que contribuyó a romper la tensión pero no le ayudó a disipar del todo sus miedos. Miedos que no tenían nada que ver con lo que iban a hacer, pero sí mucho que ver con cómo hacerlo.
—Nadie lo diría, después de ese beso que acabas de darme —comentó, en el mismo tono juguetón que Poe había empleado con él. Después se puso serio, decidido a ser tan sincero con él como fuera capaz. La falta de comunicación ya les había traído suficientes problemas.
—No quiero decepcionarte —admitió en un hilo de voz.
El rostro de Poe se transformó en una expresión que era una mezcla de incredulidad y preocupación.
—¿Decepcionarme? Oh, por el amor de…
Acunó el rostro de Finn entre ambas manos, mirándole a los ojos con fijeza para asegurarse de que tenía su atención.
—Finn, esto no es una prueba de habilidad —le dijo con gentileza—. Nadie te va a poner nota. Se trata de descubrir entre los dos qué es lo que nos hace sentir bien, eso es todo. En realidad yo tampoco sé lo que funciona contigo así que, en ese sentido, esto es tan nuevo para mí como para ti.
—Ya, claro, seguro que es lo mismo —respondió Finn con una buena dosis de sarcasmo.
—Finn, no vas a decepcionarme —insistió Poe—. Será perfecto porque eres tú. Porque no hay nadie más en toda la galaxia con quien quisiera estar ahora mismo, y todo lo demás carece de importancia. Sería perfecto aunque no hiciéramos nada en absoluto.
—Vale, eso no es una opción —respondió Finn, señalándole con un dedo, lo que le ganó una de las brillantes sonrisas del piloto, arruguitas en los ojos y todo.
—Me alegro de oírlo —dijo—. Pero, si vamos a seguir con esto, yo al menos necesito una ducha.
Probablemente era una buena idea, teniendo en cuenta que Poe no había tenido tiempo para nada después de regresar de Dorvalla. En cuanto habían puesto los pies de vuelta en Ord Mantell había ido directamente a informar a la general, y de allí a la enfermería, a ver cómo estaba Kit. Su ropa aún desprendía un eco del olor férrico que impregnaba la atmósfera de aquel planeta, y en algunas zonas su pelo estaba apelmazado por el sudor. Sí, desde luego una ducha le habría venido bien. El único problema era que a Finn no le apetecía en absoluto tener que esperar.
Pero, por otra parte, decirle "me da igual lo sucio que estés, te necesito ahora" podía no ser la mejor manera de sentar las bases de su relación.
—Claro —contestó, intentando ocultar lo decepcionado que estaba—. Puedo volver más tarde, si quieres, o esperarte aquí fuera. Lo que veas mejor.
—O quizá… —sugirió Poe, llevándose una mano a la nuca con aire indeciso— podrías acompañarme.
Entonó el final de la frase como una pregunta, tentativa e insegura. A Finn le enterneció que lo hubiera dicho con aquella cautela, como si temiera asustarle y que saliera corriendo en dirección opuesta. La reacción que le provocó, sin embargo, fue cualquier cosa menos eso.
Finn sintió como si toda su sangre se hubiera concentrado de repente en un solo sitio, logrando que la erección que ya tenía se endureciera todavía más. Una intensa oleada de calor se esparció desde ese punto hacia cada confín de su cuerpo y fue como si hubiera perdido por completo la capacidad de hablar.
De hablar, que no de actuar. Besó otra vez a Poe como si quisiera devorarle y, rodeándole firmemente la cintura con los brazos, le levantó en peso para llevarle hasta el cuarto de baño. La risa sorprendida del piloto contra sus labios le sonó a música.
No sabía muy bien qué se había apoderado de él, pero ya no pensaba ni en su falta de experiencia ni en sus inseguridades. Toda su mente estaba ocupada por la imperiosa necesidad de seguir besando y tocando, de apartar las capas de ropa que les estorbaban y poder sentir la piel de Poe contra la suya. En algún momento Poe consiguió estirar un brazo y abrir el grifo, mientras las prendas se acumulaban en el suelo a sus pies. Se desnudaron en tiempo récord y Poe tiró de la mano de Finn para llevarle con él bajo la ducha.
—Joder, Finn, eres increíble —murmuró Poe con voz ronca, recorriendo el cuerpo del muchacho con una apreciativa mirada; sus manos seguían el camino que habían trazado sus ojos, paseándose por la oscura piel como si nunca fuera a tener suficiente, como si quisiera tocarle en todas partes a la vez y no pudiera elegir una sola. Finn tenía muy claro dónde quería esas manos, aunque no se atrevía a apresurarle. Pero si Poe no se daba prisa, le iba a dar un ataque al corazón.
Claro que nadie había dicho que tuviera que estarse quieto mientras su compañero llevaba las riendas de todo. Finn agarró el jabón y lo frotó entre sus manos hasta hacer espuma, mientras Poe observaba cada movimiento de sus dedos como si estuviera hipnotizado. Algo en esa mirada le infundió un valor con el que no había contado y le animó a poner en práctica las cosas que su imaginación, en plena hiperactividad, le sugería. Hizo que Poe se diera la vuelta y le atrajo hacia sí, de forma que la espalda del piloto quedara pegada contra el pecho de Finn, para poder enjabonarle el cuerpo cómodamente. Le pasó las manos por los brazos y el pecho, cubriéndole de espuma con generosidad.
Poe soltó un gemido, apoyó las manos sobre los azulejos y echó la cabeza hacia atrás, sobre el hombro de Finn.
—Hhhnnn, vas por buen camino, chaval —jadeó, arrastrando las palabras—. Vas por muy buen camino.
Su firme trasero presionó contra la entrepierna del chico y por un momento éste pensó que tal vez aquello no había sido tan buena idea, después de todo. Pero Poe seguía emitiendo sonidos absolutamente indecentes desde el fondo de su garganta y qué demonios, cualquier tortura merecería la pena por escuchar eso. La mano derecha de Finn se cerró sobre el miembro de Poe mientras con la izquierda le manoseaba los testículos, y el hombre soltó una exclamación como si se estuviera ahogando.
Empezó a mover las caderas al ritmo de la mano que le acariciaba y oh, cielos, la manera en que ese balanceo se reflejaba en la polla de Finn, alojada entre sus nalgas… No creía que pudiera mantener el control durante mucho tiempo si Poe seguía moviéndose así. Finn también empezó a mecerse por instinto, frotándose contra él, guiándose sólo por las intensas sensaciones que asaltaban sus terminaciones nerviosas.
El vapor que subía del agua caliente se colaba por su nariz y su garganta al jadear a coro con su compañero, envolviéndolos a los dos en un calor casi insoportable. Finn cerró los ojos con fuerza e inclinó la cabeza para enterrar el rostro en el cuello de Poe, besando y lamiendo la piel mojada. Le asaltó una imagen mental de cómo debían de verse los dos desde fuera y casi perdió el ritmo por su culpa, porque parecía… Parecía… Oh, si algún día llegaban a hacerlo así, si Poe le dejara hacerle eso…
—La próxima vez —murmuró Poe junto a su oído, con voz ronca, como si le hubiera leído el pensamiento—. La próxima vez quiero esto, pero contigo dentro de mí.
Apenas tuvo una décima de segundo de aviso antes de que el orgasmo le asaltara de forma explosiva, incontrolable, haciendo que se derramara sobre la espalda de Poe y su propio estómago. Con el último resquicio de lucidez que le quedaba a su cerebro, se esforzó por no interrumpir el ritmo de sus caricias mientras se corría, y su recompensa vino en forma del estremecimiento que recorrió a Poe de la cabeza a los pies y el grito estrangulado que surgió de su garganta. Después le sintió relajarse contra su pecho, débil como un cachorrito, las manos resbalando por la pared para caer, desmadejadas, a los costados de su cuerpo.
Finn esperaba que Poe no estuviera contando con él para sostenerle, porque no se encontraba en situación de hacerlo. Teniendo en cuenta que él también sentía las piernas como si fueran de gelatina, lo más probable era que acabaran los dos sentados en el plato de ducha.
Sin embargo, de algún modo consiguieron mantenerse en pie y Poe se giró para abrazarle frente a frente, dejándose caer contra la pared de azulejos como si no se diera cuenta de lo fría que estaba y tirando de Finn hacia él. Le cubrió de besos el rostro, el cuello y los labios, repitiendo su nombre una y otra vez en voz baja, como una oración.
Cuando consiguió recuperar el aliento, Finn retomó su tarea de enjabonar a Poe, pero esta vez despacio, con ternura, sin más intención que la obvia. Poe hizo lo mismo con él, e incluso le lavó el pelo, masajeándole con suavidad el cuero cabelludo y provocándole toda clase de deliciosos escalofríos. Finn nunca habría imaginado que la ducha pudiera ser una experiencia tan placentera, acostumbrado a que fuera una simple tarea utilitaria que debía ser ejecutada con la mayor economía posible en cuanto a tiempo y recursos.
Cielos, cada vez que pensaba en todo lo que se había estado perdiendo… No podía ser casualidad que hubiera sido Poe, precisamente, quien le ayudara a escapar de esa vida. Finn quería creer que estaba destinado a ser también quien le guiara a través de esta otra vida, nueva y maravillosa, que se abría delante de él.
Poe cerró el grifo, pero ninguno de los dos parecía tener ganas de moverse. Finn se inclinó hacia delante, rozando los labios de Poe con los suyos.
—Si eso ha sido una muestra de lo que nos espera juntos, no sé si voy a sobrevivir a nuestro primer aniversario —murmuró.
—Estás de coña otra vez, ¿a que sí? —respondió el piloto, recibiendo la caricia con los ojos cerrados y una amplia sonrisa—. Olvídalo, Finn, no pienso tragarme el numerito de inocencia virginal nunca más. Puede que hayas tenido poca práctica, pero la teoría la tienes más que aprendida.
Finn se echó a reír.
—A lo mejor he leído unas cuantas cosas. Es importante estar informado, ¿no crees?
—Mmmm… —ronroneó Poe a modo de respuesta, besándole con languidez.
Empezaba a hacer frío, así que salieron de la ducha y se secaron a toda prisa. Sin hacer el menor intento por vestirse, Poe agarró a Finn de la mano y le llevó hacia el dormitorio, hasta la cama en la que apenas cabían los dos. Tampoco les importaba demasiado la falta de espacio, cuando podían compensarla acurrucándose el uno contra el otro. Finn apoyó la cabeza en el hombro de Poe y se abrazó a su cintura, mientras el piloto pasaba un brazo por encima de los hombros de Finn y apoyaba el rostro en su pelo. Entrelazaron también las piernas bajo las sábanas porque qué demonios, todo el contacto del mundo no sería suficiente para ellos.
Finn sintió que Poe le daba un beso en lo alto de la cabeza y que su mano subía para acariciarle el pelo. Fuera ya había oscurecido y la única luz en la habitación era el testigo de seguridad situado sobre la puerta. A Finn le agradaba esa penumbra, le resultaba acogedora. La noche significaba un paréntesis en las obligaciones de ambos, en las misiones, en la guerra misma. Un respiro durante el cual nadie vendría a reclamar la presencia de ninguno de los dos en cualquier otra parte. Sabía que era absurdo pensar así, que la guerra no hacía distinción por horas y que, si la Primera Orden decidía atacar de improviso, nadie iba a decirles que mejor volvieran después del amanecer. Pero, por el momento, aquel era su refugio suspendido en el tiempo y el espacio, sólo para ellos.
—¿Tienes hambre? —preguntó Poe en voz baja. Se habían saltado la cena y Finn admitió para sí mismo que a lo mejor no le vendría mal tomar algo, después del ejercicio. Claro que, para eso, tendrían que salir de la cama y no estaba dispuesto.
—Nah, déjalo. No quiero moverme de aquí.
—Puedo ir a buscar algo frío y traerlo, si quieres.
—Es que tampoco quiero que te muevas tú.
Sintió la sonrisa de Poe contra su cabeza y a él le nació otra idéntica, a sabiendas de que su compañero también la notaría sobre la piel de su pecho. Estuvieron en silencio unos minutos y Finn se sorprendió al comprobar que no tenía sueño. Después del día que habían tenido, y sobre todo tras haberlo terminado de una forma tan espectacular, habría esperado que su cuerpo se rindiera en cuestión de segundos. Sin embargo, se sentía más lleno de energía que nunca, y lo más interesante de todo era que Poe también seguía despierto.
—Oye, Poe…
—¿Hmmm?
—Eso que dijiste antes, sobre… Sobre la próxima vez. ¿Iba en serio?
La mano que le estaba acariciando el pelo se detuvo de pronto, y su tono de voz cuando respondió estaba teñido con una sutil nota de cautela.
—Completamente —dijo—. Es decir, si tú quieres.
Finn levantó la cabeza para lanzarle una mirada cargada de incredulidad.
—¿Que si quiero? —replicó, como si el mero hecho de dudarlo fuera absurdo—. ¿Qué clase de pregunta es ésa?
—Tenía que asegurarme —contestó Poe con una sonrisa traviesa.
—Ya veo —volvió a apoyar la cabeza en el hombro de Poe y continuaron en silencio durante casi otro minuto, simplemente disfrutando de la proximidad mutua, ahora que podían permitírsela.
—¿Poe?
—¿Sí, Finn?
Levantó la cabeza de nuevo, volviéndose para mirar a su compañero a la cara.
—¿Cuándo será esa próxima vez? —dijo, sin tan siquiera molestarse en intentar fingir que se trataba de una pregunta casual.
Poe le devolvió una sonrisa lenta, deliberada, cargada de malas —y buenísimas—intenciones.
—Bueno, eso depende —contestó, cambiando de postura para colocarse de costado junto a Finn, con éste tumbado bocarriba.
—¿De qué?
El piloto acercó su rostro al de Finn, rozándole la nariz con la suya y pasando tan cerca de sus labios que el muchacho se estremeció.
—¿Cuánto tiempo necesitas para recuperarte? —susurró, mientras su mano bajaba por el cuello de Finn, su pecho y su abdomen, hasta colarse por debajo de las sábanas.
Abrió unos ojos enormes al llegar a su destino, dejando escapar una suave exhalación admirada. Finn le sonrió.
—Tú has preguntado —le dijo.
—Sí —contestó Poe, riendo con suavidad—. Eso he hecho.
Tardaron varias horas en llegar a dormirse esa noche. Horas de risas compartidas, de caricias nuevas, de ver a Poe enterrar el rostro en la almohada para intentar ahogar sus gemidos mientras Finn entraba y salía de él, ganando confianza con cada embestida. De descubrir que Poe se estremecía como una hoja al viento cuando le pasaban la lengua por la columna vertebral, entre los omóplatos, y que se deshacía por completo si le tironeaban con suavidad del pelo.
También de hacer una escapada a las cocinas a las tres de la madrugada para robar un poco de fruta, queso y pan, porque no habían comido nada desde el almuerzo y ya no podían más.
La habitación olía a sexo y a ellos dos cuando regresaron, lo que despertó en Finn una especie de satisfacción primitiva al saber que había marcado con su presencia el espacio de Poe. Volvió a quitarse la ropa y se acurrucó junto al piloto en la cama, como antes, sólo que esta vez sí que estaba exhausto.
Se le ocurrió que podrían haber tenido esto mucho antes si no hubieran estado tan ciegos los dos. Si no hubieran pasado tanto tiempo dando por sentado lo que el otro sentía en vez de ir directamente y preguntar.
Parecía muy sencillo, a posteriori, pero Finn sabía demasiado bien que no lo había sido.
Volvió la cabeza para poder contemplar el rostro dormido de Poe, empapándose de la particular belleza de esos rasgos que amaba tanto. Todavía ahora, después de todo lo que habían compartido, le costaba creer que de verdad hubiera tenido tanta suerte. Empezando por cómo le había conocido; pasando por las dos veces que había creído perderle y, contra todo pronóstico, le había recuperado de forma milagrosa; para terminar con el hecho, mágico e increíble, de que Poe le quisiera como Finn le quería a él. Francamente, se parecía más a uno de sus sueños que a una historia con base en la realidad. Pero era real. Estaba ahí, en sus brazos, para demostrarlo.
No, desde luego que no había sido sencillo llegar hasta allí. Pero vive el cielo, había merecido la pena.
Vaya si había merecido la pena.
