Disclaimer: Inuyasha, Sengoku O Togi Zoushi, es propiedad intelectual de Rumiko Takahashi y de sus respectivos autores y distribuidores.


As if in a dream

por Onmyuji

VII.

Se maldijo a sí misma antes de llevarse una mano a la cabeza, llena de consternación. Haber saltado por el pozo de esta forma tan imprudente le estaba obligando a caer en cuenta de su error. Tan lejos de su guardián, con un cachorro tan poderoso y detectable para cualquier youkai a kilómetros a la redonda, de forma que su propia madre no fuera asegurada (mucho menos sin aljaba y arco para defenderse), era un terrible error.

Tonta.

Sin embargo, apenas sus pies comenzaron a moverse en busca de las ramas adecuadas para comenzar a escalar el pozo, cayó en la cuenta de que el bosque ya no era el mismo, y aún ni siquiera empezaba a trepar. Apenas en un día el ambiente se había vuelto tan oscuro, denso y desprotegido, que incluso le costaba respirar o moverse con naturalidad; de tal forma que fue toda una hazaña para ella poder tomar las fuerzas necesarias para subir por las hierbas bajo su condición.

Esto no le estaba gustando para nada. Algo no estaba marchando bien.

Ni siquiera había pensado en todo lo que necesitaba, aunque fuera para un viaje pequeño. Generalmente tomaba sus precauciones y cargaba cuando menos su arco, ya que Inuyasha siempre había puesto un énfasis terrible en cuanto a su seguridad se refería, algunas veces con más terquedad que otra. Por lo general, era él quien la cuidaba y todo en cuestión de seguridad había quedado en sus manos.

O quizás sólo había sido muy estúpida e imprudente como para saltar sin pensar bien en todo.

Fue ese el momento en que se dio cuenta de cuán vulnerable se sentía. Definitivamente el bosque había cambiado. Dado que estos eran territorios de su esposo, era perfectamente normal sentirse segura al paso, pues los youkais lo habían abandonado luego de la demostración de poderío y territorialidad que el hanyou de ojos dorados había mostrado, incluso aniquilando algunos en su camino. Pero ahora que caminaba sola y no tenía idea de dónde estaba él, sentía como si Inuyasha hubiera desaparecido de la faz de la Tierra y el bosque ya no fuera un lugar seguro para ella.

Vulnerable a cualquier depredador que pudiera acechar en las cercanías (y lejanías también), Kagome se movió con toda la cautela que le fue posible, siempre alerta ante la más mínima sospecha de ser seguida de cerca, de forma que pudiera advertir ocasión de protegerse o resguardarse (aún teniendo sus reservas sobre si eso era posible ante el inminente ataque de un youkai).

Su principal preocupación ahora era mantener a su bebé a salvo. Como reflejo, una sonrisa apareció en su rostro mientras pensaba en eso. El cachorro se movió inquieto en su vientre. Y pensar que él crecía, tan pequeño y constante, protegido de todo, menos de ella...

Hubo un punto en que no reaccionó a ningún estímulo del bosque, pensando en cosas más allá de todo lo que la rodeaba. Por eso saltó sobre alterada cuando escuchó los arbustos moverse relativamente cerca de ella, obligándola a ponerse en guardia como pudo. Estaba aterrada, por lo que le costó definir el aura que venía a su encuentro.

Justo en ese momento se arrepintió de haber vuelto al Sengoku Jidai y por poco da media vuelta para emprender camino de regreso a casa.

—¡Oh! ¡Kagome-san! —Todo entonces ocurrió tan pronto y ella sintió el alivio recorrer su espina dorsal cuando definió el aura que se acercaba y luego corroboró su identidad al escuchar su vocecilla. De unos arbustos a su derecha, la cabeza azabache de Rin emergió y le observó con una sonrisa enorme.

Había estado tan cerca.

—¡Rin-chan! —gritó, evidentemente asustada y ahora muy molesta por eso. La niña (que ya casi dejaba de ser una) salió de su escondite y caminó hasta ella, dándole un pequeño abrazo a la miko y luego tomando su mano—. ¡Me has dado un susto terrible! ¿Qué no te dijo Kaede-sama que no anduvieras paseando sola por el bosque? —Le reprendió ella con un deje maternal que usualmente empleaba con Rin o los pequeños hijos de Sango.

—¡Discúlpeme, Kagome-san! —se disculpó la pequeña con una pequeña risilla mientras halaba a la joven miko y la llevaba a través del bosque, como si lo conociera como la palma de su mano. Mansa y distraída, quizás muy ocupada pensando en otras cosas, Kagome se dejó llevar por Rin—. Sesshomaru-sama ha venido a visitar a Rin-chan.

—¿Sesshomaru?

—¡Sí! —titubeó por unos momentos al caminar. Rin se detuvo un par de pasos adelante de ella, para volverse confundida—. ¿Kagome-san? ¿Ocurre algo malo? —preguntó la pequeña como si no tuviera nada de raro lo que acababa de decir.

Pero en realidad sí que lo tenía.

Sesshomaru no solía visitar la aldea, muchos menos a Rin-chan, más de una vez cada tres meses. Los había contado muy paciente con la pequeña. Una visita en una fecha inusitada sólo podía significar dos cosas: o sabía que su protegida, aquella pequeña que había llevado consigo durante mucho tiempo y que ahora esperaba pacientemente que tuviera la edad de elegir su camino y poder llevarla de nuevo a su lado, corría peligro; o podría ser que él ya se había enterado que ella...

Tuvo un extraño miedo en su interior al pensar que Sesshomaru ya estuviera enterado de que ella esperaba al primero de los herederos de su familia, y su posible reacción con esto.

—¿Kagome-san? —preguntó la pequeña de nuevo, poniendo a Kagome de nuevo en la realidad. Le dio un vistazo a la niña con una sonrisa torcida, tratando de restarle importancia al tema y tratado de incitarla a continuar caminando. Rin la siguió, completamente ignorante de lo que pasaba por la mente de la adulta; empero la expresión en su rostro no mejoró en lo absoluto—. ¿Pasa algo, Kagome-san?

—No te preocupes, Rin-chan. —Trató de sonreír Kagome, con toda la buena intención de no preocupar a la pequeña. Pero la sonrisa no le llegó a los ojos. Y Rin, desde luego, no le creyó a pesar de no haber tocado el tema mucho más.

Continuaron su camino más bien en silencio, siendo acortados de pronto con los pequeños canturreos de la niña. Kagome sonreía al escucharla, evocando el sueño que había tenido un rato antes acerca de su pequeña hijita y pensó que sería muy lindo si ella fuera tan alegre como Rin.

En su camino pronto escucharon los arbustos que se agitaban a unos cuantos metros de donde ellas se encontraban. Ambas se quedaron con un extraño desazón en el cuerpo mientras los matorrales se movían suavemente en dirección hacia ellas. Aquello no solía ser una buena señal, así que se quedaron congeladas en su paso mientras aquel extraño movimiento seguía.

—¡Rin-chan! —Escucharon esa voz acompañando aquel movimiento en el follaje.

Y entonces ambas suspiraron de alivio. Conocían esa voz, que pronto emergió en ese pequeño claro, agregándose a la pequeña reunión entre Kagome y Rin. Se trataba de Sango, cargando en brazos al pequeño Satoshi, mientras en las espaldas sostenía su Hiraikotsu.

—¡Oh, Kagome-chan! —la figura de la joven Taiji-Ya se acercó a ellas algo asombrada y observó a su amiga—. ¿Está todo bien? ¿Qué haces aquí? Pensé que habías vuelto a tu mundo. —y antes de esperar respuesta de la miko, quien sonrió en tono de disculpa mientras le pedía cargar a su pequeño hijo, atinó a ver a la pequeña Rin—. Rin-chan, ¿dónde estabas? Kaede-obaasan ha estado preocupada por ti y me ha mandado buscarte. ¡No debes desaparecer de repente! —se quejó ella con molestia, mientras pasaba a su niño a otro par de brazos.

—¡Oh! Perdón. —Dijo Rin mientras caminaba dando saltitos, retomando su camino a la aldea muy lentamente y dejando atrás a las dos mujeres—. Sesshomaru-sama vino a visitar a Rin-chan. —y diciendo esto, adelantó sus pasos hasta que la miko y la Taiji-Ya se quedaron solas.

—¡Ay! ¡Niños! —se quejó la castaña mientras se frotaba las sienes delicadamente, justo antes de recordar a su amiga a su lado, mimando a su pequeño. La observó, llamando dulcemente 'Saa-kun' a Satoshi, como le había puesto a su crío luego de su regreso. El pequeño balbuceaba, usualmente parecía muy feliz en los brazos de la miko; pero por alguna extraña razón, el niño se notaba molesto. Aunque en realidad no le prestó mucha atención a ese detalle y lo pasó por alto—. ¿Kagome-chan? —Por alguna razón, notó que Kagome estaba un poco más ausente que en los últimos días. Parecía severamente preocupada.

—Lo siento. —se disculpó ella sin decir nada más y luego meció suavemente al bebé sin prestar atención a su entorno—. Qué lindo eres, Saa-kun. —y diciendo esto, le besó la frente, ignorando la ligera incomodidad que sentía de pronto en su vientre—. He vuelto. Yo... vine a buscar a Inuyasha. —dijo, cortamente, mientras retomaba el camino a la aldea junto a su querida amiga.

—¿Inuyasha? —Sango se sorprendió al escucharla decir aquello, confundida más que nada—. ¿Que Inuyasha no volvió contigo? Nadie lo ha visto desde que fue a llevarte al pozo devorador de huesos. —el corazón de Kagome se detuvo en el camino, con los ojos abiertos como platos, vidriosos. Sango paro un par de pasos más adelante, ofuscada por las reacciones de su amiga—. ¿Kagome?

De pronto sintió el vientre muy caliente. Afianzó al pequeño Satoshi en sus brazos por temor a que fuera a caerse—. Hoy por la mañana, Inuyasha ya no estaba en casa. Sé que ha vuelto a aquí. —Quiso caminar un poco pero las piernas le temblaban demasiado como para continuar dando un paso más. Su vientre quemaba de manera casi desgarradora.

Nadie había visto a Inuyasha aquí.

¿Entonces dónde rayos estaba?

No entendía nada. Y ahora sentía que su corazón estaba por romperse sobre lo ya roto.

—Lo siento, Kagome-chan. ¿Tal vez Miroku sepa algo? —Meditó ella a conciencia, tratando de mejorar el demacrado aspecto que de pronto lucía en el rostro y cuerpo de su amiga. Había algo en ella que no estaba bien... no. Ella estaba diferente. Pero no entendía del todo la forma. Y siendo que Kagome era realmente tímida para hablar directamente sobre sus problemas maritales con Inuyasha, le era difícil saber qué tenía Kagome. Trató de animarla—. Pero... Kagome-chan, nunca habías regresado de esta forma desde que volviste. Usualmente te quedas en tu época tres días antes de volver, incluso si Inuyasha no te ha acompañado.

—Esta vez es diferente. Él me lo prometió. —Kagome trató de dar un paso nuevamente, pero no pudo. Se sentía demasiado desanimada como para continuar.

—Él nunca te promete nada que no puede cumplir. Él siempre cumple sus promesas.

—¡Pero esta vez es diferente porque...! —y por un momento dudó. Sango arqueó una ceja mientras la observaba, curiosa por lo que estaba a punto de decirle, algo que explicara por qué ella estaba diferente desde hacía un tiempo. Pero Kagome no se encontraba tan feliz con la noticia de su maternidad. Sango podría malinterpretarlo: ella amaba con locura desmedida a sus hijos, ¿sería que entendería sus emociones al no querer a su bebé?—. Sango-chan. Estoy esperando un hijo de Inuyasha. Estoy embarazada.

Sango se quedó en blanco en algún punto del limbo al escuchar aquellas palabras. Y entonces una sonrisa se ensanchó en sus labios. Eso explicaría el extraño comportamiento de la chica. Pero había algo que no quedaba del todo claro.

Eso no le impidió alegrarse—. ¡Oh, Kagome! —Sonrió la Taiji-Ya mientras se acercaba a su amiga y la abrazaba, lo que de alguna forma le infundió algo de fuerza a la miko para sostenerse—. ¡Debes estar muy feliz! ¿Cómo lo está tomando Inuyasha?

—Él... —Kagome bajó la mirada mientras buscaba las palabras adecuadas, tratando de evitar el adjetivo 'feliz' de su lista de opciones. Lo último que deseaba era afirmar que se sentía feliz con esto.

—¡Woah! ¡Kagome-sama va a tener un bebé! —Gritó Rin desde no muy lejos, completamente emocionada. Kagome y Sango dirigieron su vista hacia el camino, donde casi la podía ver regresándose hasta ellas. Pero al ver a las mujeres con la vista encima de ella, optó por dar la vuelta y echarse a correr a la aldea, como si fuera a esparcir la noticia. Kagome y Sango soltaron sonrisas torcidas, antes de continuar su camino con un poco más de tranquilidad.

—Esa niña es un caso. Siempre que Sesshomaru viene a visitarla, se vuelve inquieta y traviesa. A veces pienso que Sesshomaru se la llevará con ella una vez que Rin sea una señorita... —divagó la Taiji-Ya mientras caminaban juntas, viendo a su amiga mecer suavemente a su hijo—. Oh, finalmente mi pequeño Satoshi tendrá a alguien con quien jugar. ¿Te imaginas que fuera una niña y cuando grandes se enamoraran? Pero espera... ¡Más vale que Inuyasha no sea un padre celoso y sea duro con mi pequeño Satoshi o entonces verá quién soy yo!

Kagome trató de sonreír ante las palabras de su amiga, pero eso era lo último que deseaba pensar, pues en su mente sólo quería saber dónde estaba Inuyasha. Eso no evitó que en un instante sólo pudiera pensar en su pequeña Himawari y lo celoso que su padre sería con ella. El calor familiar que sintió al pensar en aquello casi la hizo sonreír. Ella estaba de vuelta en una realidad donde Inuyasha no estaba y ella no quería a su hijo.

—Kagome, pareces infeliz. —comentó Sango con una sonrisa preocupada en los labios. Kagome le observó, ligeramente ausente. ¿Cómo se suponía que sería feliz si tenía tantas cosas en qué pensar, tanto de qué preocuparse? Con Inuyasha desaparecido pensando en otra mujer y ella teniendo qué llevar en su vientre a un hijo no deseado que se suponía que tenía que intentar amar.

No era capaz de decírselo a Sango. ¿Ella le odiaría si lo sabía? Sango era madre de tres y los adoraba a todos por igual, sin importar que Miroku, en su tiempo, hubiese estado en pos de otras mujeres. ¿Podría Sango entender que ella no sintiera amor por el hijo que esperaba en su vientre y que era del hombre a quien ella amaba?

—Me siento un poco agobiada. —Confesó ella, y esta vez fue sincera, sin omitir lo que estaba sintiendo en el instante, diciéndolo como llegaba a su boca—. Tantas emociones en tan poco tiempo, el bebé... quiero saber dónde está Inuyasha. Tal vez necesite andar por ahí un poco... —y observó un sendero no muy lejos del que ya trazaban con sus pasos.

Sango sonrió, con comprensión al verla tan inestable emocionalmente, como no la había visto antes. Pero eso era porque era el primer bebé de Kagome—. Tranquila. Es el primero y es normal sentirse así. Cuando yo supe que estaba encinta de Kohane-chan y Haruko-chan, sentí que me volvería loca. —Kagome trató de sonreír en señal de entendimiento, pero la sonrisa no apareció en sus labios, tampoco le llegó a los ojos—. Te dejaré sola un rato, ¿de acuerdo? Seguro que eso te ayudará a despejarte un poco... —Sonrió, pidiendo con esto a su bebé de regreso a sus brazos. Kagome lo entregó tratando de animarlo en vano, pues el pequeño parecía que literalmente deseaba huir de sus brazos. Se resguardó en el abrazo de su madre, receloso—. ¿Nos vemos más tarde con Kaede-sama?

—S-... sí. —Sonrió Kagome, agradecida del entendimiento que Sango tenía para con ella y todo su embarazo.

Y se quedó sola de nuevo.

¿Y si Sango tenía razón y todo esto era sólo por sus emociones de embarazo? ¿Y qué si realmente ese desprecio que sentía no era real? Inuyasha no ayudaba mucho a esto, en lo absoluto. Ausente, corto de palabras. Siempre que trataba de tocar el tema, él la evadía. Y era el motivo por el que hace mucho tiempo había dejado de prestarle atención. Y fue aquello lo que la llevó a sentir que casi dejaba de amarlo.

Pero... ¿realmente ya no lo amaba? Cuando pensaba en su sonrisa o la forma tan protectora de cuidarla, especialmente ahora que estaba embarazada de él, no podía evitar sentir el calor de ese amor quemando por dentro sus entrañas, provocándola a llenarse de él y amarlo con locura y desenfreno. Pero pesaba más la cruz de la costumbre, marcada por la indiferencia del hanyou, cada vez más y más distante luego de un fatídico día en que partió a ayudar a Miroku en uno de sus trabajos como houshi exorcista.

Ella quería saber. Pero parecía que Inuyasha saboteaba sus planes con su actitud.

Kagome se quería romper.

Se preguntaba si esto también era culpa suya. Cuando quiso acabar con esto, él la atraía de nuevo con sus artilugios y persuasiones, haciéndola caer de nuevo, más enamorada que nunca. Pero Kagome ya estaba harta de amarlo tanto y no ver nada. Por eso quiso alejarse de él. Pero ahora no podía. Porque tenía en el vientre a su heredero, su primogénito, hijo (o hija) de ambos. Y aunque en un principio no pensaba enterarlo de ese cachorro (tampoco era que se lo mereciera), él ya lo sabía entonces.

Tarde. Kagome había decidido alejarse de Inuyasha ya muy tarde.

Porque amaba demasiado a Inuyasha como para irse sin darle la oportunidad de ver crecer a su hijo.

Lo que la llevaba a un nuevo punto. Y es que casi no sentía que el bebé en su vientre fuera suyo. Sentía que era sólo de él...; sin embargo, cada vez que pensaba o contemplaba siquiera la posibilidad de deshacerse del crío por cualquier forma posible, su estómago se contraía de dolor y su pecho ardía fuertemente; como si fisiológicamente estuviese preparada para rechazar cualquier clase de despecho hacia algo que era sólo de ella en estos momentos.

Porque era algo que sólo a ella le pertenecía. ¿Por qué no entendía eso en su cabeza? ¿Por qué su corazón se sentía tan ofuscado? Por eso, cuando estuvo a punto de acometer contra su pequeño hijo se sintió la persona más terrible que pudiera existir...

En algún punto de esas cavilaciones, Kagome perdió noción de que caminaba a la deriva por el bosque. Ni siquiera notó el aura oscura que cayó sobre el lugar hasta que su propio hijo se sobresaltó en su interior. Inconsciente, sus manos se dirigieron a su vientre y lo acariciaron suavemente, tratando de apaciguar al pequeño que se gestaba en su interior.

Observando a su alrededor, descubrió con pesar que no recordaba qué camino había tomado y cómo había llegado hasta ahí, concluyendo finalmente que, contra todo pronóstico siendo ese el bosque de Inuyasha; se había perdido.

—A dónde hemos venido a parar, Himawari-chan... —murmuró mientras buscaba con la mirada algún sendero que le fuera familiar y frotaba su vientre muy suavemente para apaciguar a su sobresaltado bebé. ¿Pero cómo podía engañarse a sí misma si ella se sentía exactamente igual?

Algo no andaba bien a su alrededor.

Entonces, como si todo en el bosque hubiera confabulado para un propósito mayor y más cruel, un cuerpo frágil y melancólico se cruzó muy cerca de su camino, cercano a sus ojos; meciéndose por el bosque, en soledad.

Y fue en ese preciso momento que llegó a los ojos de Kagome, que vio aquel elegante ente moverse como si caminar entre el sombrío bosque fuera algo natural para sí. Su cuerpo se contrajo en un nudo y un vacío le llenó el estómago, las piernas le fallaron en ese momento y sentía cómo segundo a segundo la sangre iba dejando su cabeza para asentarse en sus pies. Se sintió tan débil que no se dio cuenta qué comenzaba a caer y en el momento en que los ojos de aquella presencia se clavaron en los suyos, la joven madre comenzó a romperse de tristeza y de dolor.

Y justo un instante antes de caer inconsciente en el suelo, sus labios alcanzaron a pronunciar el nombre de quién había visto. Segura de que jamás olvidaría a esa persona, su encarnación previa, la mujer que era dueña del amor de su marido; la mujer que se había robado su felicidad para nunca más devolvérsela.

La mujer que había provocado que odiara a Inuyasha... y a su hijo.

Kikyou.

Fin del capítulo VII.


PS. Uh-oh. Bueno, creo que ha sido suficientes emociones por hoy. Al fin vamos entrando al mero meollo del asunto, ¿Lo han notado? Supongo que también ya les hace un poco más de sentido lo que piensa Kagome, ¿verdad? Pero no se preocupen, no hay bashing en el fic (nada de nada), y pronto entenderán qué fregaos le pasa a Inuyasha. Oh, y sí, Kagome hará un poco de drama-queen. Pero compréndala, ya saben que las mujeres embarazadas son un lío con las emociones.

Espero que el fanfic les esté gustando :D sus comentarios, dudas y sugerencias, me ayudan a escribir mejor :D(L) *les regala muffins*. Espero leerles pronto... muy pronto :D

Nos vemos en una semana ;D

Onmi.