Este capítulo esta situado en The reichenball fall, no se asusten, no es tan triste como podría xd.


Ambos estaban sentados en la oscuridad, uno al lado del otro, sin decir nada. El sofá de Kitty Riley era cómodo. Toda su casa en verdad, y eso tomando en cuenta el tipo de periodista que había demostrado ser. John, aun así, se removía de un lado al otro del sofá, llevándose las manos a la cara, luciendo afligido. Sherlock, a su lado, jugaba con su lupa de bolsillo. Sus ojos, verdes/azules/grises/claros (a veces John pensaban que cambiaban de color de acuerdo al clima), lucían perdidos en la distancia, como escrudiñando la alfombra de la sala, buscando allí maravillas. Cuando habló, fue como darle un golpe al silencio, como vidrios rotos cayendo al suelo. "John…," dijo, de pronto, haciéndolo voltear "tú no crees…lo que todos los demás están pensando ahora…"

El Dr. Watson, apoyando su cabeza en una de sus manos, respondió desconcertado, "¿por qué debería creerlo?"

Sherlock guardó su lupa, mirando a John desde su lado, apoyado en el brazo del sofá. "No digo que deberías solo estaba…verificando…" dijo, medio recostado su cabeza en el mueble. Parecía muy cómodo para estar en una casa que no era suya.

John arrugó el entrecejo, "yo no estoy dudando de ti, Sherlock, no dudes tú de mí," dijo.

Y parecía lo más lógico, ¿no?

Pero Sherlock igual volvió a su posición inicial, jugando con su lupa. John se sintió solo un poco ignorado. Estirando sus piernas en el sofá, miró hacía las ventanas de la sala, en donde las cortinas se movían como por acciones fantasmales "¿Crees que la tal Kitty Riley vaya a tardar mucho más?" preguntó. Afuera, ninguna luz dejaba en evidencia la llegada de un auto, no había ninguna llave moviéndose en la cerradura de la puerta, ni pasos en las escaleras.

"¿Es jueves no?" preguntó Sherlock, a lo que John asintió. "Entonces no debe tardar, chicas como ella no salen con nadie antes del viernes en la tarde…, aunque tampoco se quedan a hacer horas extra," dijo. John no se molestó en preguntar desde cuando su amigo estudiaba los patrones de comportamiento de los reporteros amarillistas. Tampoco es que hubiese sido importante.

El doctor comenzó a zapatear el suelo con uno de sus pies. No tanto para demostrar impaciencia, sino porque estaba nervioso. Toda la noche había sido una locura: ser arrestado, tomado como rehén (bueno, algo así) escapar de la policía, correr esposado a Sherlock por las calles de Londres… Tal vez esa había sido la parte más extraña, pensó. El detective lo había tomado de la mano durante la persecución, fue la única forma de resolver la fricción de las esposas en sus muñecas. Justo ahora, una leve marca rojiza seguía en la suya, palpitando.

"Lamento lo que está pasando," las disculpas de Sherlock llegaron como de otro mundo. John, incluso, se preguntó si habían sido reales. Cuando lo vio confirmado en la expresión de su amigo, de inmediato respondió, "No, no, Sherlock, esto no es tu culpa," se acomodó de nuevo en el sofá, "no tienes que disculparte."

Cuando Sherlock no sabía que decir, usualmente no decía nada. No le gustaba gastar saliva o hablar como un idiota, balbuceando, deteniéndose en cada oración. Por eso, quizás, prefirió ahorrarse las palabras.

No había aún señales de Kitty Riley.

Para el momento todo seguía tranquilo, pero Sherlock sospechaba que no sería así por mucho tiempo. Al escapar de esa forma de la policía, y tomar a John como rehén, se había convertido automáticamente en un fugitivo. Patrullas debían de estar buscándolo, esperando en Baker Street, St. Barts o cualquiera de sus otros lugares habituales. Quería pensar que además de los que Lestrade conocía, aún tenía un par de escondites de los cuales hacer uso. Aunque Lestrade, pensándolo bien, parecía seguir creyendo en él.

Se preguntó si debería hallar eso reconfortante, si era buena idea, justo ahora, confiar en alguien.

"No respondiste a la pregunta," dijo Sherlock de pronto, hundiéndose en los cojines.

"¿Qué?"

"La pregunta, te pregunté si creías lo mismo que los demás."

"No lo preguntaste."

"Igual quiero que me respondas"

John apartó su cabeza hacía la ventana haciendo un sonido con la lengua. Interpretaba la pregunta, tal vez, como un signo de desconfianza, como si Sherlock, a pesar de todo lo que habían vivido, aún siguiera siendo cauteloso con él. De no ser así, no necesitaría responder a algo que ya encontraba implícito.

Implícito.

Que podía o no encajar con esa palabra se preguntó John al sentir el muslo de Sherlock apoyadose contra el suyo. De soslayo, podía ver al hombre aún hundido en su puesto, con los ojos cerrados y sus dedos largos (no como de alguien que toca el violín, sino el piano) sobre su frente. John lo había visto así pocas veces.

La respuesta a su pregunta se perdió en el infinito. Se recostó a un lado de Sherlock, sus brazos juntos, y dejó caer su nuca en el mueble mirando hacia arriba. La gabardina del detective estaba fría aún a través de su camisa de botones. En el suelo, sus pies zapateaban de la misma forma en que los de John lo habían hecho hacía un rato; de vez en cuando daba un desliz y pisaba a su compañero, no demasiado fuerte, y el zapateo se detenía momentáneamente para después, más lentamente, continuar. El doctor lo halló, de algún modo extraño, agradable.

"John," dijo la voz profunda de Sherlock. La semana pasada la Sra. Hudson a había hablado sobre cuanto se parecía a la de un locutor de radio. Aunque no lo admitiera, el detective se había sentido halagado. Había forma una de esas sonrisas furtivas, de oreja a oreja. Pero ahora su rostro era frío. "Creo que es mi deber decirte que esta situación se está tornando peligrosa."

Peligrosa.

La misma palabra era alarmante viniendo de un hombre que encontraba en el riesgo su estilo de vida, su zona de comodidad.

"Si quieres hacerlo, está bien si te vas a ahora," decía el detective.

John rió, aunque no porque algo le pareciese gracioso.

"Ambos sabemos que nunca haría eso, Sherlock," contestó. Y quería creer en que estaba en lo correcto. Los ojos de Sherlock no se apartaron de su rostro, hoy, esta noche, lucían grises, brillantes como aquella noche en la piscina. Solo entonces reparó en la mano de Sherlock, que apretándolo, se había agarrado a su rodilla.

"John," susurró, "si Moriarty intenta volver a ponerte en el juego yo voy a ser el que pierda."

Las palabras, de algún modo, hicieron al estómago de John dar vueltas.

"Voy a perder…," repitió el detective. Su voz era amarga, no parecía la suya.

El apartamento de Kitty Riley enmudeció, después de eso, en una eterna afonía, que en tiempo real no fueron más que unos segundos. Para John era una sensación conocida, la del silencio, pero un silencio etéreo, solo un poco inexplicable, ligado de una u otra manera, a un extraño contacto físico. Ante un hombre, la emoción parecía retorcerse levemente en su mente, pero no por ello la encontró grotesca. Era algo muy diferente.

John sintió la mano subiendo, insegura, por su pierna, después aferrándose a la tela de los pantalones, allí en el muslo entreabierto, los nudillos rozando la tela gruesa del sofá. No ver a Sherlock a la cara de pronto se volvió materia complicada, y se presentó en su mente, como una idea, la obligación de tocar, de devolver el contacto. De sus manos tantear en alguna parte del pecho de Sherlock, aún si solo terminó con sus dedos índice y pulgar apretados a la gabardina, como si no se atreviese a nada más.

"John…" murmuró Sherlock. Y el doctor notó por primera vez la piel lívida de sus labios, los pellejos resecos, la forma en que casi eran uno con lo demás de su tez. "Sherlock, yo no creo que…" comenzó a decir, aunque en su cabeza algo hacía eco, como vacía, diciendo que en un momento así era mejor quedarse callado. No terminó la frase. En cambio, movió levemente sus caderas hacía arriba. La mano de Sherlock volvió a apretar. En el suelo la punta de sus zapatos ahora daba a uno de los tobillos de John. Lo veía de frente inclinándose, mientras sus ojos daban un viaje de la clavícula de su amigo (en su mente estalló la pregunta por primera vez, ¿amigo?, ¿eso era John?), por su cuello, su barbilla, su nariz, y bajó otra vez. De pronto estaban demasiado cerca.

Una alarma, ruidosa, inquietante, sonó en algún lado, en algún momento.

Sherlock dio un paso hacia atrás en su asiento, sus zapatos hacía la mesa ratona sobre la alfombra.

John se levantó, sobresaltado y hablando nervioso, "¿Crees que a Riley le moleste si tomo un poco de agua? Estoy un algo…sediento," dijo, rascándose la nuca y dando dos grandes pasos para alejarse del sofá. Entró a la cocina agarrándose del marco de la puerta, sintiéndose, de pronto, a salvo (¿a salvo de qué?). En la sala, Sherlock se quedó sentado, sus pequeños ojos no muy distintos a lo usual, la quijada bien cerrada. Desde la cocina, John le preguntó si también quería algo de tomar. Respondió un No grueso, no molesto, tampoco amable.

Ese era su tono normal, pensó John, buscando con la mirada en dónde una periodista podía guardar los vasos. Al lado del fregadero, aún mojado, encontró uno de plástico con dibujos borrosos, lo tomó y abrió la nevera. Solo cuando la vio, y extrajo la jarra de agua, se dio cuenta de que temblaba. Sus piernas, sus manos, su cuerpo. No de frío, no de miedo. Un temblor nervioso de anticipación que lo hizo derramar un poco del agua en el piso. Entre dientes, murmuró una maldición.

John limpió el desastre con un trapo que encontró sobre el refrigerador. Tomó su agua y respiró profundo antes de cruzar la puerta para volver a la sala.

La respuesta a qué podía pasar cuando volviese no podía ser tan terrible.

Al acercarse el sofá su primer plan fue el de pasar por encima de la pierna extendida de Sherlock, y sentarse en la punta opuesta del mueble. Pero al encontrarlo observándolo, siguiéndolo desde el momento en que entró a la sala hasta que se quedó paralizado, con los brazos pegados al cuerpo frente a él, no pudo ni siquiera moverse.

"John," volvió a llamar Sherlock, haciendo al doctor abrir su boca, para luego cerrarla y preguntarse porque de pronto su nombre sonaba tan extraño cuando era Sherlock el que lo decía. John. Como si no fuese real. Como si fuese el mejor de todos los nombres. Como si fuese grandioso el simple hecho que lo recordara y lo pronunciara de esa forma, con distinción, suavemente. Y sintió, de nuevo, las mismas señales de alarma; esa cercanía que necesitaba un alto ahora mismo, los dedos de Sherlock rozando sus muslos a través de sus blue jeans, lento, para después agarrarse allí de la parte en que se cocía la tela, jalando hacia adelante como un mero accidente.

Y la cuestión fue que John se dejó acercar, y se dejó a sí mismo, cauteloso, meter su pierna entre las rodillas de Sherlock, que lo miraba desde abajo sentado en la orilla del sofá. Se dejó apagar, por ahora, los infames signos de miedo (¡miedo!, miedo era lo que era), dejar de pensar en que sus pantalones de pronto estaban algo ajustados, en el ligero contacto de algo contra su rodilla, y el leve frote que hacía. Mirar en los ojos de Sherlock, que de pronto eran azules. Dejarse caer en la sensación de ensueño, para poder volver a respirar.

El sonido de alguien subiendo las escaleras resonó como un despertador en las mañanas, primero confundía, después te dabas cuenta de lo que era realmente, después caías en realización de que habías despertado…, y te sentías decepcionado, decepcionado de la repentina, inocua realidad. Ambos, mirándose, mirándose, ¿por qué siempre se miraban?, ¿por qué ese contacto visual extraño, constante, omnipresente en el desenvolvimiento de su relación? ¿Por qué? Pensó John, aunque el pensamiento allá sido ligero, sin forma, como el pasar de las nubes, porque seguía teniendo a Sherlock delante.

El doctor volvió a sentarse en el mismo lugar en que se había sentado al llegar al apartamento. Sherlock volvió a acomodarse entre los cojines.

Callarse, por lo pronto, pareció una buena solución.

Las llaves sonaron en la puerta, y las luces de pronto se encendieron.

Los ojos de John no estaban listos para tan abrupto cambio visual; los cerró fuertemente. Y se sintió lánguido, con sueño, imaginando el interrogatorio, la confrontación en el momento en que Riley los encontrará esperándola, allí, en el sofá de su casa; sintiendo como si, después de que su corazón hubiese palpitado tan rápido como hacía segundos, no estuviese preparado.

Y no lo estuvo. No estuvo preparado, de ninguna forma, para encontrarse con Moriarty vestido en pijamas, diciéndose un actor de nombre Richard Brook y un farsante, descubrir que toda aquella trampa había sido causada por un Microft demasiado bocón, recibir una llamada hablando sobre la Sra. Hudson, un accidente y una clínica. Por encima de todo no estuvo preparado, ni jamás lo hubiera estado, para detenerse frente al edificio, mirando hacia la azotea, y verlo caer.


Creo que esto ya no está siendo tan platónico como en un principio imaginé que sería...

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