Especial

Sakuno no había pensado mucho en la advertencia que le había hecho Watanabe la noche anterior, aunque la recordó en el momento en que escuchó un ladrido a lo lejos, lo cual la hizo pensar en Kintarou y Tricky.

Pero no era posible, ¿cierto? Porque pese a que Kintarou le había comentado que solía sacar a pasear a Tricky temprano en la mañana, no eran más de las siete y media y ellos habían prometido reunirse a las ocho.

La lógica tras eso era sólida, mas no impidió que Sakuno se apurase y una vez terminó de trenzar su cabello, lo único que le faltaba para estar lista, corrió por el corredor.

Descubrir a mitad del camino que iba en dirección opuesto retrazó un poco su salida, pero minutos después finalmente llegó a la puerta principal del dormitorio y la abrió, vio de inmediato a Kintarou sentado de cuclillas junto a su perro.

Tricky fue el primero que la notó, mas en cuanto ladró y batió su cola, Kintarou alzó su cabeza y sonrió de oreja a oreja al verla.

—Buenos días, Tooyama-kun —saludó Sakuno, imitando la expresión de Kintarou sin siquiera pensarlo.

—¡Sakuno-chan, te estaba esperando!

Aunque Sakuno sintió la necesidad de disculparse por su demora, esta se desvaneció gracias a la clara alegría de Kintarou. El pelirrojo se acercó a ella seguido de su mascota y señaló la calle más cercana.

—Vamos a desayunar, ¡me estoy muriendo de hambre!

Y con eso decidieron qué sería lo primero que harían ese día.


Tricky lideró el camino, contento incluso cuando el semblante de Kintarou se tornó sombrío gracias a la cantidad de lugares todavía cerrados y al que los que se ya encontraban abiertos prohibían el ingreso de mascotas.

Sakuno estuvo a punto de sugerir que compraran algo en alguna tienda para comerlo en un parque; aun así, ver un pequeño café que apenas estaba siendo abierto, el cual tenía una sección al aire libre aun cuando todavía no habían sacado las mesas y sillas de esta, la hizo cambiar de idea.

—Voy a preguntarles... —dijo ella, ignorando el aviso sobre mascotas, e ingresó al local, dejando a Kintarou en la entrada de éste.

Al hablar allí con dos de los empleados del café y explicarles la situación —y prometerles que Tricky no causaría problemas—, ellos asintieron comprensivamente y le aseguraron que podían hacer algo.

Fieles a su palabra, ambos sacaron una de las mesas exteriores y un par de sillas y las acomodaron cerca de la entrada, dejándola con dos copias de la carta y una promesa de que volverían pronto a tomar sus órdenes.

—Podemos sentarnos aquí —indicó Sakuno, haciéndole un gesto a Kintarou para que se acercara.

Por un momento Kintarou no se movió, observándola con sus ojos totalmente abiertos, pero luego corrió hacia ella.

—¡Eres una genio! —exclamó, luciendo genuinamente impresionado; Tricky ladró como si le estuviese dando la razón—. ¡Eres la mejor!

Era imposible no sonrojarse ante eso.

—N-no es para tanto.

—Claro que sí —insistió Kintarou, tomando asiento y agarrando el menú pero observándola a ella sin parar de sonreír—. Eres mejor que Shiraishi. No sé si él hubiese logrado lo mismo.

Segura de que cada vez estaba más roja, Sakuno inclinó su cabeza y se fijó en el menú, mas en lugar de leerlo, le prestó atención a Kintarou, quien ahora estaba comentando en voz alta cada plato que le llamaba la atención.

Al final, ambos se decidieron por pedir chocolate caliente y diversas porciones de bizcochos que prometieron compartir y así lo hicieron, con Sakuno probando uno o dos mordiscos de cada uno, Kintarou arrasando con el resto y Tricky comiendo pedazos pequeños de los menos dulces.

Pese a la cantidad de comida ordenada, el desayuno se acabó en un parpadeo y pronto estuvieron de regreso a las calles de Osaka, cada vez más ajetreadas según el sol continuaba su camino hacia su ápice.

—Ahora... —Kintarou se aclaró su garganta y frunció el ceño, como si estuviera pensando seriamente en lo que estaba a punto de sugerir. Sakuno aguardó con paciencia, observándolo de reojo mientras continuaban andando sin ningún rumbo fijo aparente.

—¿Quieres ir al mar?

De manera inconsciente, Sakuno contuvo la respiración por un segundo antes de sonreír con sus ojos brillantes y asentir.

Todos los años planeaba ir junto a Tomoka a pasar al menos un día en la playa más cercana durante las vacaciones de verano y todos los años siempre ocurría algo que se los impedía. Era algo que ella comenzaba a considerar un imposible, aun cuando no dejaba de intentarlo debido a lo mucho que le gustaba el mar, y que no había creído que haría justo en este viaje.

Kintarou sonrió y detuvo a la primera persona con la que se cruzaron para confirmar cómo podrían llegar desde allí a la playa que había pensado.

La perspectiva de sentir la brisa marina y de nadar entre las olas más cercanas a la costa la hizo continuar sonriendo mientras caminaron hasta una parada de buses cercana, al menos hasta que recordó un detalle.

—Oh —murmuró Sakuno, desanimada. Kintarou giró a verla de inmediato, por lo que Sakuno alzó un poco su voz para explicarle—. Pero no traje un vestido de baño...

Por lo que ni siquiera podía decir que solo necesitaba ir hasta los dormitorios de Shitenhouji por tal prenda.

Sakuno se preparó para ver a Kintarou decepcionado o incluso molesto, mas él solo sacudió su cabeza.

—Pero no tenemos que nadar —insistió Kintarou.

Incapaz de contradecir eso y todavía deseosa de ir a la playa, Sakuno solo pudo asentir.


El viaje fue corto y en cuanto llegaron Sakuno misma fue incapaz de negarse cuando Kintarou la tomó de la mano antes de comenzar a correr hacia la arena junto a Tricky.

Por unos minutos Sakuno solo pudo sonreír, disfrutando tanto del aroma salino y de la refrescante brisa marina que ni siquiera le importó el sentir arena en sus zapatos o el hecho de que las animadas exclamaciones de Kintarou estaban atrayendo demasiadas miradas.

Pero luego, como si se tratase de una maldición, eso llegó a su fin.

En un parpadeo el sol desapareció tras las pocas nubes que había en el cielo y un fuerte trueno fue toda la advertencia que recibieron antes de que una fuerte llovizna comenzase a caer sobre ellos y aunque la mayoría de los que estaban en la playa echaron a correr en busca de un refugio, Kintarou se quedó inmóvil, mirando hacia el cielo.

—Pero... —se quejó en voz baja, desanimado.

—Tooyama-kun, no creo que debamos quedarnos... —dijo Sakuno, no sin sentirse tan decepcionada como Kintarou, y si bien sabía que lo más seguro era que este solo fuese un chubasco de verano que acabaría pronto, permitiendo de nuevo que el sol brillase y volviese a sentirse el calor típico de la estación, sabía que no era una buena idea que se quedaran allí hasta que eso sucediese.

—Creo... —continuó Sakuno, mirando a su alrededor mientras mordía su labio inferior por un segundo, pensativa—. Creo que vi una zona de descanso cuando veníamos. Podríamos esperar ahí.

Y ella recordaba que aquel sitio tenía techo, además de algunas sillas de madera y mesas de concreto, por lo que al menos podrían escapar de la lluvia que ya estaba comenzando a hacerla tiritar.

Kintarou suspiró sonoramente, mas asintió, dejó su cabeza gacha y su vista en el suelo y comenzó a andar.

—Está bien.

Caminaron en un inusual silencio, el cual continuó incluso cuando llegaron a la susodicha zona, donde varias otras personas se encontraban escampando.

¿Qué podía decir para cambiar eso? Sakuno pasó varios minutos pensándolo mientras observaba a Tricky, el único que parecía seguir contento pese a la lluvia, mas no se le ocurrió nada.

Sin embargo, cuando ella ya estaba a punto de darse por vencida y aceptar consigo misma que no sabía qué hacer o decir, Kintarou suspiró con fuerza y apoyó su frente contra la mesa que tenían delante de ellos antes de hablar.

—Lo siento, Sakuno-chan.

—¿Eh? —balbuceó Sakuno, confundida por la disculpa fuera de lugar.

Kintarou se reacomodó, dejando su cabeza recostada de medio lado, y frunció los labios en un mohín al tiempo que la observó desde su extraña posición.

—Fue mi idea venir —pronunció, sonando poco contento—. Y lo arruiné.

Sakuno parpadeó, cada vez más desconcertada.

—Pero no es tu culpa que lloviera.

Y eso era algo obvio; aun así, Kintarou negó con su cabeza sin enderezarse.

—Shiraishi me dijo una vez —confesó en voz inusualmente baja, obligando a que Sakuno se inclinase un poco hacia él para poder escucharlo sin que la lluvia o las conversaciones cercanas se lo impidieran— que correr en la playa sin ninguna razón es peligroso. Y que puede atraer desastres.

Por unos segundos, Sakuno no entendió; pese a eso, el vago recuerdo de la estrategia de la mano venenosa que aparentemente el previo capitán de Shitenhouji, Shiraishi, usaba para convencer a Kintarou, la hizo hacerse una idea de a qué se refería Kintarou y qué tenían que ver las palabras de Shiraishi con la lluvia actual.

—Pero eso no... —comenzó, en parte queriendo explicarle a Kintarou que eso no tenía que ver necesariamente con el clima, mas el recuerdo de su propia mala suerte con el mar la detuvo. Quizás lo que creía Kintarou no carecía de sentido, aun cuando la razón podía ser otra—. Tal vez —dijo, sintiéndose avergonzada— fue culpa mía.

Kintarou abrió sus ojos por completo debido a la sorpresa y se enderezó en un parpadeo, golpeando con sus manos la mesa en la que había apoyado su cabeza hasta hace unos instantes.

—¡Claro que no!

Tricky ladró, sobresaltado, y aunque quizá eso también había atraído la atención de algunos de los presentes, Sakuno los ignoró, mucho más preocupada por calmar a Kintarou, quien parecía molesto de que Sakuno se estuviese culpando a sí misma.

Por eso, Sakuno se concentró en rememorar todos los incidentes que le habían impedido ir a alguna playa desde que tenía memoria y pese a que Kintarou hizo muecas todo el tiempo, la escuchó de comienzo a fin sin interrumpirla.

—Pero... —habló, pensativo, cuando Sakuno terminó de contarle—. No, no, es mi culpa —insistió pocos segundos después, negando con su cabeza—. Pero ya sé —continuó antes de que Sakuno pudiese contradecirlo—, te compensaré.

—N-no tienes que —balbuceó Sakuno. Independientemente de quién tenía la culpa, Kintarou no tenía que compensarla de ninguna manera.

—Claro que sí —reiteró Kintarou con un semblante decidido—. Quería que pudieras divertirte, Sakuno-chan.

Esas palabras, que quizás deberían hacerla sonrojarse por completo, la hicieron sonreír con sinceridad.

—Lo estoy haciendo.

Los ojos de Kintarou se iluminaran ante eso y le correspondió su sonrisa con una incluso más grande.

—Pero mañana será mejor —anunció Kintarou tras eso, alzando su cabeza y enderezando su postura como si quisiese verse solemne—. Iremos a un festival.


Después de la mañana interrumpida por la lluvia no pudieron hacer más que volver a la casa de los Tooyama, donde pasaron el resto del día con ropa seca —prestada por la señora Tooyama, en el caso de Sakuno—, bebidas calientes y juegos de mesa.

El día siguiente comenzó con aun menos acontecimientos, con un desayuno en la casa de los Tooyama seguido por un entrenamiento del club de tenis de Shitenhouji del que Kintarou no se pudo escapar y al que Sakuno lo acompañó, decidida a animarlo en cualquier partido de práctica.

Podía decirse que, a diferencia del primer día, nada de eso parecía lo que haría una turista de visita en la ciudad, pero incluso cuando comenzó el atardecer que llevaría a su última noche en Osaka, Sakuno no se arrepintió.

Era extraño cómo algo que en algún momento había dejado de entusiasmarla volvía a ser divertido, tal como lo era el que una acción tan simple como compartir un bento o dar una vuelta por la ciudad sin un rumbo fijo fuese entretenido, y todo era gracias a Kintarou.

El pelirrojo siempre lograba de alguna manera que nada, por simple que fuese, resultase aburrido, consiguiendo con ello que el tiempo pasase tan rápido que los tres días que su abuela le había dado generosamente estaban llegando a su fin con exorbitante rapidez.

Y ahora, sin embargo, no estaba entristecida por eso, pues estar en un festival junto a Kintarou era demasiado entretenido para pensar en despedidas.

Solo recorrer diversos puestos, deteniéndose para participar en alguno de los juegos o para comprar comida que luego compartían, mientras charlaban de un tema u otro era suficiente para borrar de su mente cualquier otra cosa, incluyendo el hecho de que había tanta gente que caminar no era fácil, cosa que normalmente debería hacer menos agradable estar allí.

¿Era igual para Kintarou?

Viéndolo sonreír con su inacabable y contagioso entusiasmo, Sakuno quería creer que así era.

—Y entonces... —Kintarou se detuvo a mitad de su relato sobre los incidentes ocurridos durante el último festival que había organizado el colegio Shitenhouji, mirando a su alrededor.

Repentinamente consciente de que las personas a su alrededor se habían comenzado a moverse al mismo tiempo en la misma dirección, Sakuno los observó, confundida por un segundo, antes de recordar que faltaba el espectáculo principal de cualquier festival de verano.

—Parece que van a comenzar los fuegos artificiales —dijo, esperando no equivocarse al suponer tal cosa.

—¡Yo sé dónde podemos verlos bien! —anunció Kintarou, tomándola de la mano para llevarla trotando con él en una dirección diferente a la de los demás.

Subieron varias escaleras de piedra y viraron un par de veces hasta llegar hasta una pequeña plataforma en una zona elevada donde solo unas pocas personas, la mayoría locales, se encontraban.

Desde allí, el cielo nocturno parecía continuar hasta la eternidad y de repente, acompañado con un fuerte sonido, la primera estela de luz brilló en el cielo para luego explotar en una lluvia verde que iluminó el panorama.

—¡Justo a tiempo! —celebró Kintarou.

Poder contemplar fuegos artificiales sin tener que mantener su cabeza ladeada hacia arriba y sin necesidad de buscar constantemente un espacio por el que pudiese ver el cielo sobre las cabezas de las personas más altas que estaban a su alrededor, era una nueva experiencia para Sakuno, por lo que no pudo contestar más que apretando un poco la mano de Kintarou mientras contuvo la respiración por unos segundos, observando sin parpadear las luces de colores.

Sakuno no estuvo segura de cuánto duró la función pirotécnica, pero el final lleno de luces azules, amarillas y rojas la dejó con una sonrisa emocionada con la que se giró hacia Kintarou para agradecerle por haberla llevado allí.

—Realmente me alegra que estés aquí, Sakuno-chan —aseguró Kintarou, sonriéndole sin hacer ningún movimiento para moverse, pese a que todos los que habían estado observando el espectáculo en esa área poco conocida habían comenzado a retomar sus pasos para regresar a las zonas más concurridas y con más posibles actividades que ver el cielo nocturno, el cual por ahora estaba parcialmente oculto debido a la nube artificial dejada por la pólvora.

—A mí también —aceptó ella con sinceridad.

—Y... bueno... —Kintarou soltó su mano y se removió, como si se estuviese apoyando primero en un pie y luego en el otro, sin atreverse a dar un paso en ninguna dirección.

—¿Pasa algo, Tooyama-kun? —cuestionó Sakuno, preocupada. Esta era la primera vez que lo veía inquieto y que lo escuchaba balbucear.

Kintarou inclinó su cabeza y mordió su labio inferior por un momento, luciendo indeciso. De repente, volvió a alzar su rostro y se acercó a ella con un paso decidido y un segundo después, Sakuno sintió los labios de Kintarou prácticamente en la comisura de sus propios labios.

Tras eso, Kintarou se alejó un par de pasos y pasó una mano por su cabello, tan rojo como su rostro en ese instante, apartando su mirada de Sakuno y sonriendo con nerviosismo.

—La próxima vez es mi turno —afirmó y tras unos instantes aclaró a qué se refería—: De ir a Tokio a verte.

Continuará...