Este cap no se como catalogarlo… lemon? No creo.. pero bueno… suponiendo que sean mayores de edad jovencitas-os … disfruten ;-)

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Era como tener la espada de Damocles pendiendo sobre la cabeza, pensó Ginny con el ánimo deprimido la mañana siguiente. Aún no ha bía caído, pero sabía que caería. El «cuándo» dependía del tiempo que úrdase Marietta en revelar que había recibido aquella lista de Cho. Una vez que se conociera la identidad de Cho, bien podían empezar todas a llevar un cartel que dijera: «Soy culpable».

La pobre Hermione estaba enferma de preocupación, y si Ginny estuvie ra casada con Ron Prewet, lo más probable era que también ella es tuviera enferma de preocupación. ¿Cómo era posible que lo que había sido una broma inocente entre cuatro amigas se hubiera convertido en algo que podía incluso romper un matrimonio?

Una vez más, no durmió bien. Había tomado más aspirinas para sus músculos doloridos, se había dado un baño caliente, y para cuando se fue a la cama se sentía ya mucho más cómoda. El hecho de preocu parse por aquel maldito artículo la mantuvo despierta ya pasada la hora habitual de acostarse, y despertó poco antes de amanecer. Tenía autén tico pánico de comprar el periódico ese día, y en cuanto a ir a traba jar... antes prefería luchar con otro borracho. Sobre grava suelta.

Se tomó un café y contempló cómo iba clareando el cielo. Era evi dente que Herrol la había perdonado por despertarlo de nuevo, porque se sentó a su lado a lamerse las patas y ronroneaba cada vez que ella lo rascaba detrás de las orejas con gesto distraído.

Lo que sucedió a continuación no fue culpa suya. Ginny estaba de pie junto al fregadero, lavando la taza que había usado, cuando se en cendió la luz de la cocina de la casa de enfrente y entró Harry en su cam po visual.

Ginny dejó de respirar. Los pulmones se le encogieron, y dejó de respirar.

—Santo cielo bendito —murmuró, y entonces consiguió inhalar aire.

Estaba viendo una porción mayor de Harry de la que había espera do ver nunca; en realidad, lo estaba viendo todo. Harry estaba de pie en frente del frigorífico, completamente desnudo. Apenas tuvo tiempo de admirar sus posaderas antes de que él sacara una botella de zumo de naranja, desenroscase el tapón y se lo llevara a la boca al tiempo que daba media vuelta.

Ginny olvidó las posaderas. Resultaba más impresionante viniendo que yendo, y eso ya era decir algo, porque tenía un culito de lo más mono. Aquel hombre estaba soberbiamente dotado.

—Dios mío, Herrol —dijo con una exclamación ahogada—. ¡Fíjate!

Lo cierto era que Harry estaba buenísimo por todas partes. Era alto, de cintura delgada y musculatura fuerte. Ginny clavó la mirada un poco más arriba y vio que poseía un pecho atractivo y velloso. Ya sa bía que era guapo de cara, si bien la tenía un tanto magullada. Ojos os curos y sexy, dientes blancos y una risa agradable. Y soberbiamente dotado.

Se llevó una mano al pecho. El corazón estaba haciendo algo más que latir con fuerza; estaba intentando abrirse paso a golpes a través del esternón. A aquella excitación se unieron también otras partes de su cuerpo. En un instante de locura, pensó en correr hacia su casa y servirle de colchón.

Ajeno al tumulto que tenía lugar en el interior de Ginny, además de la impresionante vista que se le ofrecía al otro lado de la ventana, Herrol continuaba lamiéndose las patas. Resultaba obvio que sus prio ridades eran una auténtica diversión.

Ginny se agarró del fregadero para no desmoronarse y terminar en el suelo. Menos mal que había renunciado a los hombres, porque de lo contrario tal vez hubiera cruzado a la carrera los dos caminos de en trada y se hubiera presentado directamente en la puerta de la cocina del vecino. Pero con hombres o sin ellos, todavía apreciaba el arte, y su vecino era una obra de arte, una mezcla entre la clásica estatua grie ga y una estrella del porno.

No le apetecía en absoluto hacerlo, pero tenía que decirle que ce rrase las cortinas; era lo propio por parte de una vecina, ¿no? Ciega mente, sin querer perderse ni un momento del espectáculo, fue a co ger el teléfono, pero se detuvo. No sólo no sabía su número, sino que ni siquiera sabía cómo se apellidaba. Menuda vecina era; llevaba dos semanas y media viviendo allí y todavía no se había presentado, aun que si él era buen policía habría averiguado el nombre de ella. Por su puesto, él tampoco había corrido a presentarse. Si no fuera por la se ñora Black, Ginny ni sabría que su nombre de pila era Harry.

Pero aquello no la amilanó. Había anotado el número de teléfono de la señora Black, y logró despegar la mirada del espectáculo que tenía delante durante el tiempo suficiente para leerlo. Marcó el núme ro, preocupada aunque ya era tarde, de que tal vez no se hubieran levantado aún de la cama.

La señora Black respondió al primer timbrazo.

—¡Diga! —contestó con un entusiasmo tal, que Ginny supo que no la había despertado.

—Hola, señora Black, soy Ginny Weasley, su vecina de al lado. ¿Qué tal está? —Había que obedecer las normas de cortesía, y con las generaciones más mayores eso podía llevar algún tiempo. Albergaba la esperanza de tardar unos diez o quince minutos. Observó cómo Harry apuraba el zumo de naranja y arrojaba el recipiente vacío.

—¡Oh, Ginny! ¡Cuánto me alegro de hablar con usted! —dijo la señora Black como si ella hubiera estado de viaje fuera del país, o algo así. Evidentemente, la señora Black era una de esas personas que hablan con signos de exclamación cuando están al teléfono—. ¡Estamos bien, muy bien! ¿Y usted?

—Bien —respondió Ginny de modo automático, sin perderse un minuto de la acción. Ahora Harry estaba sacando la leche. ¡Dios santo! ¡No iría a mezclar leche con zumo de naranja! Abrió el envase y lo olisqueó. Sus bíceps se contrajeron al levantar el brazo—. Dios de los cielos —susurró Ginny. Quedó claro que la leche no había superado la inspección, porque Harry echó la cabeza hacia atrás y dejó el cartón a un lado.

—¿Cómo ha dicho? —dijo la señora Black.

—Er... He dicho bien, sólo bien. —Ginny apartó la atención del derrotero caprichoso que llevaba—. Señora Black, ¿cómo se ape llida Harry? Necesito llamarlo para una cosa. —Menudo eufemismo.

—Potter, querida. Harry Potter. Pero yo tengo su número. Es el mismo que tenían sus abuelos. De lo cual me alegro, porque así lo recuerdo sin esfuerzo. Resulta más fácil hacerse viejo que hacerse sabio, ya sabe. —Se rió de su propio ingenio.

Ginny rió también, aunque no supo de qué. Buscó a tientas un lá piz. La señora Black le recitó despacio el número y Ginny lo anotó, lo cual no era nada fácil de hacer sin mirar lo que estaba escribiendo. Tenía los músculos del cuello agarrotados en la posición vertical, así que no le quedaba más remedio que mirar hacia la cocina de la casa de al lado.

Dio las gracias a la señora Black y se despidió, y a continua ción respiró hondo. Tenía que hacerlo. Por mucho daño que le causa ra, por mucho que la privara de algo importante, tenía que llamar a Harry. Aspiró otra bocanada de aire y marcó su número. Vio que él cruzaba la cocina y tomaba un teléfono inalámbrico. Estaba de pie, de perfil respecto a ella. Madre mía.

Se le llenó la boca de saliva. Aquel maldito hombre la tenía ba beando.

—Potter.

Su voz profunda sonó ronca, como si aún no estuviera despierto del todo, y aquella única palabra tenía un tono de irritación.

—Er... ¿Harry?

—¿Sí?

No es que fuera la más entusiasta de las reacciones. Ginny intentó tragar saliva y descubrió que le costaba hacerlo con la lengua colgan do. Volvió a introducirla en la boca y lanzó un suspiro de arrepenti miento.

—Soy Ginny, su vecina. Odio tener que decirle esto, pero quizá debiera usted... cerrar las cortinas.

Él giró a toda velocidad para mirar de frente a la ventana, y los dos se observaron fijamente el uno al otro. Harry no se apartó hacia un lado ni se agachó para que Ginny no lo viera, ni hizo nada que pudiera indicar vergüenza. En vez de eso, sonrió abiertamente. Maldición, ojalá no hubiera hecho tal cosa.

—Se ha dado un buen lote, ¿eh? —le preguntó al tiempo que se acercaba a la ventana y estiraba la mano hacia las cortinas.

—Pues sí. —Se había pasado cinco minutos enteros sin parpa dear, por lo menos—. Gracias. —Harry cerró las cortinas, y al instante todo su cuerpo se puso de luto.

—Ha sido un placer —rió él—. Tal vez un día pueda devolverme el favor.

Colgó antes de que Ginny pudiera replicar, lo cual fue una suerte, porque estaba sin habla. Mientras bajaba las persianas se dio mental mente una palmada en la frente. ¡Idiota! Lo único que tenía que hacer en cualquier momento era cerrar sus propias persianas.

—Sí, debo de ser idiota —le dijo a Herrol.

La trastornó la idea de desvestirse enfrente de él... y también la excitó. ¿Qué era, una exhibicionista? Nunca lo había sido en el pasa do, pero ahora... Tenía los pezones duros, le sobresalían como si fue ran dos frambuesas, y en cuanto al resto de su cuerpo... Bueno. Nunca le había gustado el sexo casual, pero aquel súbito deseo por Harry el tipejo, preciHarryente él, la había dejado anonadada. ¿Cómo podía pa sar de tipejo a tío bueno con sólo quitarse la ropa?

—¿Tan superficial soy? —le preguntó a Herrol, y reflexionó un instante sobre ello, y después asintió—. Puedes apostar que sí.

Herrol maulló, evidentemente de acuerdo con ella.

Oh, Dios. ¿Cómo iba a poder mirar otra vez a Harry sin recordar cómo era desnudo? ¿Cómo iba a poder hablarle sin sonrojarse ni que notara que tenía un grave problema de calentón por su cuerpo? Se sen tía mucho más cómoda teniéndolo de adversario que viéndolo como objeto de deseo. Prefería que sus objetos de deseo se mantuvieran a una distancia segura... digamos, en la pantalla de un cine.

Pero él no se había sentido violento, así que ¿por qué iba a sentir se violenta ella? Ambos eran adultos, ¿no? Ya había visto hombres desnudos otras veces, sólo que nunca había visto a Harry. ¿Por qué no podía tener una barriga de bebedor de cerveza y una salchicha mar chita, en lugar de unos abdominales duros como piedras y una impre sionante erección matutina?

Comenzó a babear de nuevo.

—Esto es deplorable —dijo en voz alta—. Tengo treinta años, no soy una adolescente de las que gritan cuando ven a... quienquiera que sea el que está de moda. Al menos debería ser capaz de controlar mis glándulas salivales.

Pero sus glándulas salivales opinaban de modo distinto. Cada vez que le venía a la cabeza una imagen de Harry, lo cual sucedía aproxima damente cada diez segundos —tenía que disfrutar de ella durante unos nueve segundos antes de apartarla de su mente—, se veía obliga da a tragar saliva. Una y otra vez.

El día anterior se había ido temprano a trabajar, al mismo tiempo que se iba Harry. Si hoy se fuera a su hora acostumbrada, él ya se habría ido, ¿no?

Pero Harry había dicho que formaba parte de un equipo especial y que tenía un horario irregular, por lo tanto podía marcharse a cual quier hora. No podía programarse a sí misma para no coincidir con él; tendría que proceder como de costumbre y mantener los dedos cru zados. Quizás al día siguiente pudiera enfrentarse a él con mayor compostura, pero hoy no, desde luego no con todo el cuerpo revolu cionado y las glándulas salivales trabajando horas extra. Se olvidaría de ello y se prepararía para ir a trabajar.

Se plantó delante del armario abierto, sumida en un dilema. ¿Qué se ponía una cuando existía la posibilidad de encontrarse con el veci no al que acababa de ver desnudo?

Gracias a Dios que tenía un rasguño en la rodilla, decidió por fin. Tendría que llevar pantalón o falda larga hasta que se le curase la heri da, lo cual le impedía pasearse con aquel vestido negro de tirantes y por encima de k rodilla que solía ponerse en las fiestas cuando quería tener un aspecto elegante y sofisticado. El vestido negro iba diciendo algo así como: «Mírame, ¿a que estoy sexy?», pero resultaba clara mente inapropiado para ir a trabajar. El arañazo de la rodilla la salva ría de dar un importante paso en falso.

Mejor pecar de precavida, decidió por fin, y escogió el traje de pantalón más serio que tenía. Poco importaba que siempre le hubiera gustado el modo en que los pantalones se le adherían al trasero, o que suscitara unos cuantos comentarios de admiración por parte del con tingente masculino de la empresa; aquel día no iba a ver a Harry. Tenía que sentirse todavía más incómodo que ella por lo ocurrido. Si alguien tenía que evitar a alguien, sería él quien la evitaría a ella.

¿Le habría dirigido un hombre avergonzado aquella sonrisa ma lévola? Él sabía que estaba bueno; más que bueno, maldita sea.

En un esfuerzo por desviar sus pensamientos de exactamente cuan bueno estaba Harry, encendió la televisión para ver el informativo matinal mientras se vestía y se maquillaba.

Se estaba aplicando una barra correctora al hematoma de la meji lla cuando la locutora del informativo local dijo en tono festivo:

—Freud jamás descubrió lo que quieren las mujeres. Sin embar go, si hubiera hablado con cuatro mujeres de esta zona, hubiera sabi do la respuesta a su famosa pregunta. Averigüe si su marido o novio es el hombre perfecto en cuanto regresemos, después de la publicidad.

Ginny se quedó tan estupefacta que ni siquiera se le ocurrió un taco que soltar. De pronto sintió que se le debilitaban las piernas, y se derrumbó sobre la taza del inodoro. Marietta, la muy bruja, debió de delatarlas inmediatamente. No... Si tuviera nombres, el teléfono no habría dejado de sonar. Hasta el momento seguían siendo anónimas, pero aquello iba a cambiar aquel mismo día.

Corrió al dormitorio y marcó el número de Hermione rezando en si lencio para que su amiga aún no se hubiera ido a trabajar. Hermione: vivía más lejos que ella, de modo que salía de casa un poco más temprano.

—Diga. —La voz de Hermione sonó apresurada y un tanto irritable.

—Soy Ginny. ¿Has visto las noticias esta mañana?

—No, ¿por qué?

—La noticia es el hombre perfecto.

—Oh, Dios mío. —Hermione pareció estar a punto de desmayarse, o de vomitar, o de ambas cosas.

—Todavía no tienen nuestros nombres, creo yo, porque no ha llamado nadie. Pero alguien de Hogwarts se lo imaginará hoy, y eso quiere decir que para después de comer será de dominio general.

—Pero no va a salir por televisión, ¿no? Ron siempre ve el in formativo.

—¿Quién sabe? —Ginny se frotó la frente—. Supongo que depen derá de lo que dure hoy el informativo. Pero si fuera tú, yo desconec taría todos los teléfonos y desenchufaría el que está enganchado al contestador automático.

—Hecho —dijo Hermione Guardó silencio unos instantes y dijo en tono sombrío—: Supongo que descubriré si Ron y yo tenemos algo que merezca la pena conservar, ¿no crees? No puedo esperar que esté contento con todo esto, pero sí espero que sea comprensivo. Después de hablar del hombre perfecto la semana pasada, he estado pensando un poco, y... bueno...

Y Ron no había salido muy bien parado de la comparación, pensó Ginny.

—Pensándolo mejor —dijo Hermione en voz muy baja—, no voy a des conectar los teléfonos. Si ha de ocurrir, prefiero enfrentarme a ello.

Después de colgar, Ginny se dio prisa en terminar de arreglarse. La rápida llamada telefónica no le había llevado mucho tiempo, y la pau sa publicitaria de la televisión estaba terminando ya. Entonces, la voz alegre de la locutora la hizo encogerse. '«•

—Cuatro mujeres de esta zona han dado a conocer su lista de re quisitos del hombre perfecto...

Tres minutos más tarde, Ginny cerró los ojos y se dejó caer débil mente contra el tocador. ¡Tres minutos! Tres minutos era una eterni dad en los medios de comunicación. PreciHarryente aquel día no había habido tiroteos, accidentes que bloqueasen las autopistas, una guerra, una hambruna... ¡cualquier cosa para no sacar en las noticias aquella historia insignificante!

En el informativo no habían mencionado los requisitos más grose ros, pero se aseguraron de que los espectadores supieran que podían obtener la Lista, como la habían denominado, y el artículo que la acom pañaba, en su totalidad, en la página web de la emisora. Entrevistaron a hombres y mujeres para conocer su reacción a los puntos de la Lista. Por lo visto, todo el mundo estaba de acuerdo en los cinco primeros re quisitos, pero a partir de allí las opiniones empezaban a divergir; en ge neral las mujeres tenían una opinión y los hombres otra.

A lo mejor si se tomara una semana de vacaciones, empezando in mediatamente, todo aquello se hubiera desinflado para cuando regre sara de Mongolia Exterior.

Pero eso sería la salida propia de un cobarde. Si Hermione necesitaba apoyo, Ginny sabía que tenía que estar presente para prestárselo. Tam bién Cho podría enfrentarse al final de su relación, pero en opinión de Ginny, quedarse sin Cedric no significaría una pérdida tan grande, y además Cho se merecía una regañina por habérselo contado todo a Marietta.

Avanzando con miedo a cada paso que daba, se obligó a sí misma a salir y dirigirse al coche. Mientras abría la portezuela, oyó una puer ta que se abría detrás de ella y automáticamente volvió la vista hacia atrás. Por espacio de unos instantes se quedó mirando fijamente a Harry, que estaba echando la llave a la puerta de la cocina; entonces vol vió aquel recuerdo arrollándolo todo y el pánico la hizo manotear con el tirador de la puerta.

Nada como un poco de escándalo para hacer que una mujer se ol vide de que desea evitar a un determinado hombre, pensó furiosamente. ¿No habría estado observándola?

—¿Ya se siente mejor hoy? —le preguntó Harry, acercándose.

—Estoy bien. —Ginny arrojó su bolso en el asiento del pasajero y se situó detrás del volante.

—No lo ponga ahí—aconsejó el vecino—. Cuando se detenga en un semáforo, puede acercarse alguien, romper la ventanilla del coche, agarrar el bolso y desaparecer antes de que usted se dé cuenta de qué está pasando.

Ginny cogió sus gafas de sol y se las puso, patéticamente agradeci da por la protección que éstas le proporcionaron cuando se atrevió a mirar a Harry.

—¿Y dónde debería ponerlo, entonces?

—El sitio más seguro es el maletero.

—Eso resulta muy incómodo.

Él se encogió de hombros. Aquel movimiento hizo que Ginny se percatara de la anchura de sus hombros, y eso le recordó otras partes de su cuerpo. Sintió un calor que empezaba a subirle a las mejillas. ¿Por qué no podía ser un borracho? ¿Por qué no seguía vistiendo pan talones de algodón y una camiseta sucia y hecha jirones, en vez de un pantalón de color tostado claro y una camisa de seda azul oscura? Al rededor de su fuerte cuello llevaba una corbata floja de colores crema, azul y carmín, y una chaqueta en la mano. Aquella enorme pistola ne gra iba guardada en una funda pegada a su riñón derecho. Lucía un as pecto duro y competente, y demasiado atractivo para la paz de espíri tu de Ginny.

—Lamento haberla incomodado esta mañana —dijo Harry—. To davía estaba medio dormido y no me fijé en las ventanas.

Ginny logró alzarse de hombros en un gesto de indiferencia.

—No me ha incomodado. Son accidentes que ocurren. —Desca sa marcharse, pero él estaba tan cerca que no podía cerrar la porte zuela del coche.

Harry se agachó en cuclillas en la V que formaban el coche y la puerta abierta.

—¿Está segura de que se encuentra bien? Aún no me ha insultado, y llevamos hablando... —consultó su reloj— unos treinta segundos ya.

—Hoy estoy de buen humor —repuso ella en tono terminante—. Ahorro energía por si sucede algo importante.

Él sonrió ampliamente.

—Ésa es mi chica. Ya me siento mejor. —Alargó una mano y la tocó levemente en la mejilla—. Ha desaparecido el hematoma.

—No, aún lo tengo. El maquillaje es algo maravilloso.

—Ciertamente.

Su dedo resbaló hasta la hendidura de la barbilla y la tocó ligera mente antes de retirarse. Ginny se quedó petrificada, atrapada por la sú bita revelación de que el vecino estaba coqueteando con ella, por el amor de Dios, y el corazón volvió a querer salírsele del pecho.

Ay, Dios.

—No me bese —dijo en tono de advertencia, porque él parecía estar más cerca aunque no lo había visto moverse, y su mirada estaba fija en su rostro, esa mirada tan intensa que adoptan los hombres an tes de hacer su movimiento.

—No es ésa mi intención —replicó él sonriendo apenas—. No me he traído el látigo y la silla. —Se incorporó y dio un paso atrás con la mano en la puerta del coche para cerrarla. Hizo una pausa y miró a Ginny—. Además, en este preciso momento no tengo tiempo. Los dos tenemos que ir a trabajar, y no me gustan las cosas precipitadas. Ne cesitaré un par de horas, por lo menos.

Ginny sabía que debía mantener la boca cerrada. Sabía que debía li mitarse a cerrar la portezuela y arrancar. Pero en vez de eso dijo sin pensar:

—¿Un par de horas?

—Sí. —Él le dedicó otra de aquellas sonrisas peligrosas y lentas—. Aún sería mejor tres horas, porque me imagino que cuando efectiva mente la bese, los dos terminaremos desnudos.

….

Por Merlin! Quiero un Harry!... será nuestro hombre perfecto? Solo que en cubierto?