Disclaimer:
Severus no nos pertenece (si nos perteneciera no le hubiéramos hecho sufrir tanto, pobrecillo…) y el resto de personajes, tampoco. Son de una señora inglesa que se ha hecho rica maltratándoles…
Nota de historia:
Esta historia es un regalo de cumpleaños para Amia Snape.
Nota de autoras:
Tenemos malas noticias, queridos Lectores Asiduos, al menos lo son para nosotras, y es que nos acercamos indefectiblemente al final de esta historia :(
De corazón esperamos que hasta el momento os haya parecido interesante.
En este capítulo (el penúltimo), por fin veremos el resultado de los "ejercicios gimnásticos" que llevaron a cabo Hermione, Harry y Severus en capítulos anteriores. ¿Qué pasará?
Os dejamos con la lectura para que lo descubráis vosotros mismos :)
Gracias especiales a Amia Snape, Louis Talbot, RAC, LupitaSnape, LonguiNo13, Kuruki86 y Dary por vuestros comentarios, para nosotras son un verdadero regalo :)
Capítulo 7
Harry cerró la puerta de la calle con cuidado, procurando no hacer ruido; se despojó de la mochila, que depositó en el suelo, y de la gruesa capa que dejó en el colgador y fue directamente a la cocina. Necesitaba chocolate con urgencia, ya que no había querido pasar por el Ministerio al volver de Azkaban. Se moría por llegar a casa, darse una ducha de agua hirviendo, dejarse caer en la cama junto a Snape y quedarse dormido acurrucado a su lado.
Cogió un par de chocolatinas del cajón, devoró la primera con apenas dos mordiscos, subió las escaleras a oscuras, desabrochándose la túnica por el camino, y cuando llegó arriba vio que la puerta de su habitación estaba abierta, como siempre, y que la única iluminación era la que provenía de las farolas de la calle. No necesitaba más luz que esa, así que se metió la segunda chocolatina en la boca y, mientras se quitaba los zapatos y los dejaba de cualquier manera junto al armario, se metió en el baño.
Cuando volvió a salir, únicamente con el pantalón del pijama puesto, se dirigió bostezando hacia la cama, con la suave moqueta acariciando sus pies descalzos. Dejó su varita y las gafas en la mesilla de noche, se tendió sobre el colchón con un suspiro agotado y, dándose la vuelta, alargó el brazo izquierdo para abrazarse a su hombre, pero se sobresaltó al no encontrar más que la frialdad de la cama vacía.
—¿Severus? —Al no recibir respuesta se sentó, sorprendido, palpando a tientas las sábanas revueltas del lado de Snape—. ¿Severus?
Recuperó sus gafas y con un movimiento de varita iluminó por completo la estancia. El resto de la habitación estaba tan vacía de la presencia de su amante como la cama.
—¡Severus!
Se levantó, echando a un lado las sábanas, con la varita en la mano y el sueño olvidado por completo. El corazón se le aceleró sin poder evitarlo, y toda una serie de extrañas imágenes se sucedieron con rapidez en su mente. Ninguna de ellas parecía demasiado factible pero, ¿qué probabilidades había de que regresara una noche a las cuatro de la mañana a casa y no le encontrara en la cama? Y eso estaba sucediendo en ese mismo instante, así que cualquier cosa era posible.
Ahora se daba cuenta de las señales que le habían pasado desapercibidas hasta el momento: Snape nunca había permitido que entrara ni un milímetro de luz de la calle mientras él estaba durmiendo en la habitación. Nunca le había dejado ducharse sin darle antes la bienvenida, haciendo patente que le había despertado él al entrar o que, directamente, le estaba esperando. Salió al pasillo y desde lo alto de la escalera le llamó de nuevo, otra vez sin obtener respuesta.
Bajó corriendo las escaleras, descalzo, iluminando con la varita cada habitación por la que pasaba, llamándole a gritos. Incluso llegó a entrar en el laboratorio, el único lugar de la casa que se negaba a pisar, temiendo que le hubiera sucedido un terrible accidente mientras preparaba una de sus interminables y estúpidas pociones y estuviera allí solo, tendido en el suelo, sin poder moverse. Pero, aunque los estantes que cubrían las paredes estaban llenos a rebosar de tarros, utensilios y libros especializados, la habitación se hallaba tan vacía como todas las demás.
Se dirigió al salón y miró alrededor, intentando que la calidez de la estancia donde pasaban la mayor parte del tiempo le tranquilizara. Él era un Auror altamente cualificado, y sabía tener nervios de acero cuando era necesario, así que, tal y como le habían enseñado a hacer, pasó a analizar los hechos con objetividad.
Para empezar, era evidente que Snape no estaba en la casa, pero ¿dónde estaba entonces? ¿Dónde podría haber ido sin hacer la cama? Imposible que se hubiera marchado por su propio pie sin antes… o era que quizás… ¿y si se había tropezado con algún ex-mortífago resentido? ¿O con alguna víctima de la guerra que no se hubiera creído que de verdad había estado del bando de la luz todo el tiempo?
Harry notaba su cerebro a punto de colapsarse, por más que lo intentaba, no podía mantener la sangre fría cuando no dejaba de imaginar mil y una barbaridades que pudieran haberle ocurrido a Snape, porque lo cierto era que no era normal que el hombre se hubiera marchado sin dejarle ninguna nota de a dónde iba. Pero no era sólo eso, sino que el chico sentía cómo su sangre, bombeada al ritmo vertiginoso que marcaba su corazón, irrigaba todo su cuerpo, obligando a que su pulso zumbara en sus oídos con insistencia e impidiéndole pensar con claridad. Vibrando, resonando, retumbando en sus sienes una y otra vez, martilleando su sistema nervioso.
Se llevó las manos a las orejas para centrarse y el zumbido cesó por completo. Eso le extrañó y las apartó de nuevo, provocando que volviera a aumentar.
—Pero, ¿qué…?
Harry se concentró en el sonido, aislando todo lo demás: la preocupación, los nervios, todo. Dio unas cuantas vueltas alrededor de la habitación hasta que se percató de que era más potente junto a la mesita de estilo barroco contigua al sillón favorito de Snape. Se agachó de inmediato y en el suelo, bajo el elegante mueble, descubrió lo que ocasionaba el zumbido. Una pequeña campanilla que parecía hecha de luz palpitaba con insistencia.
—¿Qué hace esto aquí?
Recordaba a la perfección cuando Snape le había entregado un objeto como ese, hacía ya casi siete meses.
—Son unos comunicadores. Basta con tocarlos para ponerte en contacto con la otra persona. Entrégale uno a Granger, para que cuando te necesite pueda localizarte, estés donde estés. Oirás el sonido de unas campanillas y en cuanto lo cojas podréis hablar —y mientras el chico todavía le miraba embobado, el hombre había añadido—: Ah, y no le digas que te lo he dado yo, di que ha sido idea tuya.
Había sido otro de los múltiples detalles que había tenido el hombre con él desde que Hermione les había informado de que, efectivamente, se había quedado embarazada y, como en cada ocasión, había querido mantener en secreto lo mucho que se estaba implicando emocionalmente.
Los comunicadores habían resultado ser una gran idea, porque les habían servido para estar en contacto rápidamente: para informarse de cuando habían cambiado alguna hora de visita con los medimagos, o simplemente para que Hermione le comentara que el bebé le había dado una patada más fuerte de lo común. Y Harry sabía que había tres de aquellos objetos. Ese debía ser el de Snape. Pero, ¿y el suyo? ¿Por qué el suyo no zumbaba? Y aún más, ¿por qué no se oían campanillas sino un persistente zumbido?
—Accio comunicador de Harry —convocó.
En su mano se materializaron los trozos de su propia campanilla comunicadora, completamente destrozada y sin luz. Debía de habérsele roto en una de las últimas refriegas.
—¡Mierda!
Sin pensarlo, cogió entre sus dedos la campanilla de Snape y, de pronto, la profunda voz del hombre, enfadada, nerviosa, y con un punto de urgencia, inundó la habitación:
—Maldita sea, Harry. ¿Dónde te has metido? Granger se ha puesto de parto.
Aquella misma tarde, mientras Harry se encontraba en plena misión para el Ministerio de Magia, Snape regresaba a casa tras una dura jornada de trabajo en San Mungo.
Llevaba ya cuatro días más solo que la una, con lo que el hombre creía merecer un poco de indulgencia consigo mismo, de modo que se tumbó en el sillón, apoyó la cabeza y los hombros en uno de los reposabrazos, dejó que las largas piernas le colgaran por encima del otro, y cerró los ojos sin preocuparse por nada, aún sabiendo que iba a acabar pagando las consecuencias de haber adoptado esa poco recomendable postura. Varios minutos después, notando los párpados aún pesados, se levantó con un gruñido, se llevó las manos a los riñones y arqueó la espalda haciéndola crujir.
En cuanto se puso en pie, se dirigió al mueble-bar para prepararse un vaso de whisky de fuego y después se sentó a leer unos cuantos pasajes del último libro que le había regalado Harry. Cuando ya empezaba a relajarse y sentía que sus músculos languidecían con la ayuda del licor y la lectura, decidió subir y meterse en la cama sin siquiera cenar.
Nada más entrar en la habitación, un sonido constante de campanillas proveniente de su mesilla de noche se instaló en sus oídos, penetrando hasta su cerebro. Sabía de qué y de quién se trataba, por supuesto; la maldita Granger no hacía otra cosa que llamar a Harry para contarle la más mínima novedad. Sobre todo últimamente, que se acercaban inexorablemente a la recta final del embarazo.
Harry le había explicado que la chica se encontraba pesada y muy cansada; al final del día se le hinchaban las piernas y por las noches apenas podía dormir, ya que sólo estaba cómoda sentada, sin la más mínima posibilidad de echarse, porque si lo hacía, le costaba tanto respirar que tenía miedo de ahogarse.
—No caerá esa breva —se mofó el pocionista.
—No seas así, Severus —le recriminó Harry dándole un golpe en el hombro—. Está pasándolo mal.
—Era lo que quería, ¿no? La maravillosa experiencia de un embarazo —masculló molesto, hundiendo su nariz tras el periódico—. Pues ahora ya sabe lo que es.
Evidentemente, Snape no deseaba de verdad que nada malo le sucediera a la chica, pero había decidido que se mantendría al margen en todo lo posible, así que se metió en el baño, ignorando el comunicador, para lavarse los dientes y asearse antes de pasar otra larga noche solo.
Cuando volvió a salir del baño diez minutos después con el pijama puesto, el sonido de las campanillas no había enmudecido, tal como imaginaba que sucedería. Le pareció muy extraño, porque Harry solía contestar de inmediato, y siempre se llevaba su comunicador a todas las misiones. Se metió en la cama, cubriéndose con las mantas y miró con intensidad la campanilla, dudando entre contestar o no, hasta que finalmente la sostuvo entre sus dedos y pudo escuchar la voz de la insufrible sabelotodo:
—¿Harry? Harry, por favor, contéstame.
—Harry no está, Granger —dijo él secamente, ignorando la nota de ansiedad que traslucían las palabras de la joven.
—¿Snape?
—Obviamente. Harry está en una misión, supongo que no te puede contestar ahora. Llámale en otro momento.
—Por favor, Snape, ¡ayúdame!
El hombre frunció el ceño al escuchar la última palabra. Casi la había gritado.
—¿Qué pasa, Granger?
—Creo que estoy de parto. Necesito ir al hospital. Necesito que…
—Aún te quedan tres semanas para salir de cuentas… sé muy bien cuando te quedaste embarazada, ¿recuerdas? Yo estaba allí. No puedes estar de parto.
—¡Mierda, Snape! A la porra con las cuentas, he roto aguas, ¡joder!
El Slytherin se sentó en la cama e intentó mantener la calma.
—Está bien, Granger. Tranquilízate, deja que…
—¡Necesito ir al hospital! —Chilló Hermione— Por favor, Snape… necesito que vengas. Tienes que llevarme.
—¿Yo? —Exclamó con incredulidad.
—Quedé con Harry en que él me acompañaría. No puedo ir yo sola.
—Pues yo creo que ese es un proceso en el que la única persona imprescindible es la madre…
—¡Snape, deja de ser tan insufriblemente tú y mueve el culo de una vez! —Gritó la chica, al borde de la histeria.
El hombre se levantó casi de un salto. No podía creer el lío en el que se había metido. Él solito, además. Si se hubiera mantenido firme cuando había estado a tiempo… pero no, su libido había tenido que decidir por él. O más bien, su libido y su infinita capacidad de concederle cualquier cosa al joven Gryffindor. Así que estaba claro que no tenía otra opción. Se pasó una mano por la frente con gesto agotado y dijo:
—Está bien, Granger. Voy para allí.
Mientras volvía a vestirse a toda prisa y bajaba al salón, se le ocurrió que si Harry no había contestado a la insistente llamada de su amiga debía ser por alguno de estos tres posibles motivos: uno, porque estaba en un lugar protegido de cualquier magia externa y no había podido escucharlo; dos, porque su comunicador se había estropeado y no funcionaba; y tres, porque le había ocurrido algo terrible. Snape no estaba dispuesto a tener en cuenta esa última opción, de modo que la desechó de inmediato.
Ya estaba preparado para entrar en la Red Flu cuando se le ocurrió dejarle un mensaje a Harry por si volvía y él aún estaba fuera. Arrancó sin ningún cuidado el badajo de la pequeña campanilla y esta empezó a zumbar y a parpadear con insistencia. Se la acercó a los labios y dijo:
—Maldita sea, Harry. ¿Dónde te has metido? Granger se ha puesto de parto.
La dejó sobre la mesilla, junto a su sillón, y se dio la vuelta para encaminarse a la chimenea, con paso decidido. Con las prisas no se percató de que con el suave roce de su túnica había golpeado la campanilla y ésta había rodado bajo la mesa, quedando parcialmente oculta a la vista.
Cuando Snape surgió de la chimenea de la casa de Hermione, sacudiéndose la ceniza en su característico gesto entre elegante y desdeñoso, la chica le esperaba de pie, impaciente. Se la veía demacrada, con unas profundas ojeras liláceas bajo sus preciosos ojos acaramelados, que le miraron expectantes al verle llegar. Una túnica cubría su redondeado cuerpo, del que sólo podían apreciarse los hinchados pies calzados con zapatillas, y de la mano derecha le colgaba un enorme bolso de tela.
—Snape… —suspiró con el alivio reflejado en su rostro—. Gracias a Dios que has venido…
—Granger —la saludó él con un movimiento de cabeza, y le soltó a bocajarro—: ¿Estás segura de que has roto aguas?
—¿Qué? —Dijo molesta— ¿Pero cómo no voy a estar…?
—Quizás sólo has perdido el tapón mucoso. A veces puede confundirse eso con romper aguas, sobre todo si te ha pasado en la ducha.
—Pero tú… ¿cómo sabes lo que es el…?
—¿Qué importancia tiene eso ahora? —Snape se maldijo en silencio por haber sido tan descuidado y descubrirse a sí mismo de ese modo. En los últimos meses había leído todo tipo de libros relacionados con el embarazo, la paternidad e incluso la lactancia. Sentía la imperiosa necesidad, como siempre, de saber más que nadie sobre el asunto, pero sólo era por ansias de conocimientos, por supuesto, por nada más—. Debió de comentármelo Harry, no lo sé. Pero siendo primeriza, Granger, es fácil confundirse, así que… ¿estás segura?
—¡Segurísima, Snape! ¡Tengo contracciones cada siete minutos, y hace apenas un rato eran cada nueve! ¡Estoy de parto!
—Si sigues gritándome, me marcharé, te lo advierto —dijo con el ceño fruncido y una fría mirada de sus ojos negros.
—Lo siento, es que estoy muy nerviosa —le contestó la joven con gesto compungido—. Creía que cuando llegara el momento vendría Harry y …
Yo también lo creía, pensó Snape.
—Pues tranquilízate —dijo, dio un paso hacia ella y le tendió la mano para que se la cogiera—. Vamos, en marcha.
Hubo un momento de duda, la muchacha no parecía muy convencida de querer cogerle la mano y miró hacia la chimenea, tras él, como si creyera que algo surgiría del oscuro hogar.
—¿No has traído la escoba?
—La escoba, ¿para qué? Yo no utilizo escoba —agitó la mano en su dirección, impaciente.
—Harry dijo que me llevaría en escoba, que era lo más seguro.
—¡Pero Harry no está aquí! —Explotó Snape, molesto por hallarse en esa situación y al mismo tiempo preocupado por el chico—. Y si quieres saberlo, a mí tampoco me hace gracia tener que ocupar su lugar llevándote yo al hospital, así que no te me pongas exigente. Iremos por la Red Flu.
—Ni hablar. Es peligrosísimo, puedo quedarme encallada y pondría en peligro al bebé.
Snape puso los ojos en blanco. Malditos Gryffindors, no hacían más que causarle problemas. Bajó el brazo derecho, convencido al fin de que la muchacha no le iba a coger de la mano, golpeándose la cadera, impotente.
—Entonces, ¿qué demonios sugieres, Granger? ¿Qué llamemos un taxi muggle? Porque no podemos desaparecernos, las posibilidades de despartición son enormes.
—Por eso mismo íbamos a ir en escoba —puso los brazos en jarras y repiqueteó con uno de sus hinchados pies en el suelo con insistencia, mirándole como si fuera idiota.
Eso fue la gota que colmó el vaso para Snape. Ya estaba harto de aquella historia. De pronto, Hermione contrajo el rostro en una horrible mueca de dolor, se dobló sobre sí misma y se agarró con la mano libre su enorme barriga para soltar un grito agudo que le puso los pelos de punta. Cuando la contracción acabó, la chica volvió a erguirse con la cara descompuesta. El Slytherin se le acercó, amenazante.
—Se acabó —dijo—, si no quieres tener al niño aquí mismo tenemos que irnos ahora. ¿Desde dónde pensaba sacarte Harry?
La chica le miró a través de las brumas de su recién pasado dolor, como si no le comprendiera, pero finalmente contestó.
—Desde la terraza —señaló con un dedo justo encima de sus cabezas.
—Bien, vamos —la agarró de la cintura sin demasiada delicadeza y la arrastró con él por las escaleras. Cuando llegaron al piso de arriba miró alrededor—. ¿Por dónde?
—Hacia allí —señaló hacia la derecha, donde estaba su habitación.
Atravesaron el dormitorio en un suspiro y Snape abrió el gran ventanal que daba a la terraza con su mano libre, saliendo a la oscuridad. La noche era húmeda y fría, así que soltó a la chica y, con un golpe de varita, les cubrió a ambos con sendas capas de viaje.
—¿Qué piensas hacer?
—Agárrate a mí con fuerza —le advirtió el hombre sin contestar a su pregunta. En ese momento se percató del enorme bolsón que llevaba Hermione y se lo quitó de la mano—. Dame eso, yo lo llevaré. Vamos, cógete a mi cuello, o a mi cintura, donde creas que puedes sujetarte mejor, pero agárrate fuerte.
—¿Qué vas a hacer, Snape?
—¿A ti qué te parece? Llevarte al hospital —volvió a rodearle la cintura con un brazo.
—Pero, ¿cómo…?
—Agárrate, Granger. ¡Ya!
La chica se plantó frente a él y se sujetó al hombre por el cuello. No podía abrazarle por completo porque su enorme barriga se interponía entre ambos, pero eso no pareció ser un problema para él porque la ladeó, la acercó más hacia sí y la apretó firmemente contra su duro cuerpo.
Un segundo después, Hermione dejó de notar el suelo a sus pies y bajó la cabeza, asombrada.
—¡Oh! —Exclamó, con los ojos como platos.
Estaban elevados apenas unos centímetros por encima de las baldosas de la terraza, pero poco a poco la distancia fue creciendo y en unos minutos se encontraron volando sobre los tejados de las casas, a través del oscuro manto del cielo nocturno. La fuerte ventisca era helada y le hería las mejillas, sonrojándoselas, haciendo que le lagrimearan los ojos, pero aún así se sintió invadida por una curiosa sensación de libertad.
Dirigió su mirada de miel hacia el hombre, que tenía los ojos fijos al frente, concentrado. Se preguntó si alguna vez había volado de ese modo con Harry entre sus brazos, pero de inmediato se dijo que al chico le encantaba ir en escoba, así que no lo creyó probable, lo que la llevó a pensar que debía ser la única persona que había podido disfrutar de esa experiencia y eso la hizo sentir especial.
—Snape, ¡esto es genial! —Dijo, súbitamente emocionada. Él la miró de reojo unos segundos y la encontró sonriendo de oreja a oreja, maravillada, cosa que le hizo sonreír también con algo de vanidad— Pareces Superman —el hombre arqueó una ceja, pero no dijo nada, saboreando el tono de admiración en la voz de la joven—. Había oído que podías volar sin escoba, pero no me lo acababa de creer, ¿sabes? Lo dijo la profesora McGonagall durante la batalla en Hogwarts, pero pensé que la vista le habría jugado alguna mala pasada…
—Pues no fue así —respondió el hombre con aspereza, no necesitaba que le recordaran aquel nefasto día ni su apresurada huída del colegio, precisamente.
—En la escuela nunca nos enseñaron esto… —insistió la chica, como siempre, ávida de conocimientos, sin darse cuenta de la incomodidad del hombre por su comentario anterior— quizá podrías… ya sabes, darme alguna clase, cuando el bebé ya esté más crecido…
—Sí, claro, porque después de dos malditas décadas enseñando por fuerza a cenutrios en Hogwarts, no tengo otra cosa que hacer con mi tiempo libre que seguir dando clases…
—Te pagaría las clases particulares, claro está, no pienses que quiero aprovecharme de tu bondad —contestó ella, ansiosa.
El hombre la miró a los ojos, suspicaz, intentando determinar si se estaba burlando de él.
—Me parece que… —Snape no pudo terminar la frase, porque de pronto sintió que la joven se aferraba con más fuerza a su cuello, apretándose tanto a él que le dejó sin respiración por un instante— Granger, ¿qué haces? No tan fuerte, me vas a ahogar —dijo con esfuerzo.
—Una… una… ¡contracción!
Hermione clavó las uñas en el cuerpo del Slytherin con ahínco, intentando liberarse de todo su dolor a través de la rigidez de sus miembros y de su grito ensordecedor. Snape la acompañó con un aullido cuando notó como la chica mordía con fuerza su hombro, atravesando las gruesas telas de la capa y la túnica hasta llegar a su carne. Se esforzó al máximo por mantener el equilibrio, y cuando la chica le soltó al fin, aceleró su vuelo cuanto pudo, intentando evitar que la siguiente contracción les pillara todavía en el aire.
—Tienes que preguntar… por el… doctor Edmundus —Hermione realizaba respiraciones cortas y continuadas, como le habían enseñado en las clases de pre-parto, con la esperanza de que el dolor constante que sentía se suavizara.
Se hallaban de pie junto al mostrador de la recepción, ella algo recostada contra él, uno de sus pies, descalzo, apoyado en el otro, que milagrosamente aún conservaba la zapatilla. La otra debía haberla perdido durante el vuelo al hospital. Parecía una madrugada tranquila en el centro sanitario, al menos en el pabellón de maternidad, porque ni siquiera había nadie atendiendo en recepción.
—Cállate de una vez, Granger —le advirtió Snape con los dientes apretados—. Ya has abierto suficiente esa bocaza tuya.
Snape sentía su hombro derecho hinchado y palpitante de dolor, y su capa y su túnica estaban desgarradas allí donde Hermione le había mordido repetidamente. Había tenido otras tres malditas contracciones más antes de llegar al hospital.
—Lo siento mucho, Snape. Yo… no me he dado cuenta de que lo hacía.
—¿No? —Le preguntó él con ironía mientras se giraba para atravesarla con sus fríos ojos negros—. ¿Ni siquiera la cuarta vez? ¿No? ¿Y tampoco has notado el sabor de la sangre en la boca?
La muchacha bajó la mirada y Snape se sintió rastrero por unos segundos. Estaba descompuesta, nerviosa, cansada, con el rostro desencajado y, a juzgar por como se había aferrado a él cuando habían tocado el suelo, también debía sentirse débil y dolorida. Pero se había convertido en una deslenguada y se tomaba unas confianzas que no estaba dispuesto a permitirle. Sin embargo, le molestó descubrir que tampoco disfrutaba de verla tan abatida.
—Y límpiate un poco, anda —dijo entonces, señalándole el rostro, donde su sangre se secaba en las comisuras de los carnosos labios—. Sino pensarán que eres una vampira.
Hermione sonrió levemente mientras se llevaba el dorso de la mano a la boca para quitarse los restos de sangre, y Snape la ayudó a limpiarse unas gotas de la barbilla con el pulgar.
—¿Qué desean?
Hermione y Snape se giraron de golpe en dirección a la suave y dulce voz que había hablado al otro lado del mostrador. Una encantadora enfermera con una bonita cofia azul en la cabeza les observaba sonriente. La irritación del Slytherin aumentó con esa simple visión y la desafortunada pregunta no hizo mucho por mejorar su estado de ánimo.
—Pues mire, póngame un kilo de fresas —contestó mordaz—, y ya que estamos, deme un bote de nata también, es que ha tenido un antojo, ¿sabe? —Y pasando al tono más áspero que pudo lograr, añadió—: ¿Usted que cree que deseamos? Un médico, maldita sea.
—El doctor… Edmundus, por favor. Creo… que estoy de parto —intervino Hermione, usando su tono más dulce para intentar compensar el mal humor del hombre.
—¿Crees? ¿Has montado todo este numerito sólo porque lo crees? —Snape fulminó a Hermione con la mirada— No, Granger, después del maldito vuelo que me has hecho pasar, no te vas a ir de aquí sin haber parido al insoportable mocoso —y, dirigiéndose de nuevo a la enfermera, explicó—: Tiene contracciones cada cinco minutos. ¿Ve esto? —Señaló con la mano izquierda su magullado hombro—. Necesitamos un médico ya, así que si el doctor Edmonson no está aquí en dos minutos, no seré el único que tenga un mordisco junto al cuello, ¿me ha entendido?
—Edmundus —dijo Hermione con voz débil.
—¿Qué? —Ladró Snape.
—Se… se llama… Edmundus… —aclaró la chica.
Snape se la quedó mirando irritado. ¿Realmente la insufrible sabelotodo creía que le importaba lo más mínimo cómo se pronunciara correctamente el nombre de su medicucho? Estaba a punto de explicarle con todo lujo de detalles lo que pensaba sobre el asunto cuando la empalagosa y cargante voz de la mujer tras el mostrador le detuvo.
—Así que son primerizos —dijo calmadamente—. Bien, pero no es necesario ponerse nervioso. Dígame su nombre.
—Hermione Granger —contestó la chica—. Tiene que… llamar al doctor…
En ese momento agarró con fuerza la mano derecha de Snape y la estrujó entre sus dedos. El hombre soportó con estoicismo que sus huesos crujieran bajo la inexplicablemente fuerte presión de la mano de la Gryffindor.
La mujer tras el mostrador no parecía inmutarse por nada y empezó a mirar con tranquilidad en el antiguo archivo de sobremesa. Las fichas volaron al ritmo de su varita hasta que pareció encontrar la que buscaba y un expediente apareció entre sus manos.
—Ah, sí. Granger —dijo al abrirlo y repasar los datos—. Parece que se ha adelantado el parto.
—No me diga —gruñó el Slytherin.
—El doctor Edmundus está fuera de la ciudad —continuó ella impasible.
—¡¿Qué? —Gritó Hermione— Mierda, primero no está Harry, después no está el doctor… ¿es que todo va a salir al revés? ¿Es que voy a tener que hacer esto sola?
La joven se puso a lloriquear y Snape chasqueó la lengua.
—Claro, claro, porque yo no soy nadie, comprendo…
—Maldito seas, Snape, ya sabes lo que quiero decir…
—Crispin —llamó la enfermera, ajena al drama que se desarrollaba ante ella y, a su lado, se apareció un joven mago vestido de blanco—. Llévate adentro a los señores Granger.
—Yo no me llamo Granger —saltó Snape—, y ella no…
Pero la enfermera ya había desaparecido sin darles más explicaciones. El celador Crispin agarró el expediente y salió de detrás del mostrador para acercarles lo que parecía ser una mecedora flotante a la pareja que le observaba.
—Siéntese, señora Granger —dijo con una amplia sonrisa, y Hermione, que temblaba de pies a cabeza, se sentó sin soltarle la mano a Snape.
—Bueno, creo que esto ya lo sabrás hacer sin mi ayuda, ¿no? —Dijo el hombre— Yo te espero aquí.
—¡No! —Gritó ella, aferrándose a los dedos que querían soltarse—. Por favor, por favor, Snape. Te lo suplico.
El hombre la miró con incredulidad.
—¿Qué? ¿Te has vuelto loca? Me pediste que te trajera al hospital y eso he hecho, no pretenderás que…
Hermione le agarró todavía con más fuerza.
—No me dejes sola ahora —se le quebró la voz, le temblaron los carnosos labios e irremediablemente se echó a llorar—, por favor. Estoy muy asustada, Snape. Por lo que más quieras…
—Debemos entrar, señor Granger —les advirtió Crispin, que procedió a deslizar por el aire la mecedora, adentrándose más en el hospital y arrastrando con ellos al hombre, que aún no había logrado zafarse de la garra de la leona—, no querrá que su mujer dé a luz en el pasillo, ¿no?
—Ella no es mi…
Pero entonces cometió un grave error: miró directamente a los ojos de la Gryffindor y ya no pudo continuar la frase. Se la veía tan desamparada, tan aterrorizada, tan necesitada de su ayuda y de su apoyo, que no pudo negarse a dárselos. Y para cuando logró apartar sus ojos de los de ella, Crispin ya les había dejado solos en una habitación completamente blanca y aséptica.
Nota final:
Ayayay, Severus, que te han liado de mala manera y ahora tienes que quedarte junto a Hermione. ¡Con lo poco que te gustan a ti estas cosas!
En fin, la próxima semana publicaremos el último capítulo, así que ya queda menos para poder ver qué ocurre con el parto y cómo reacciona Severus ante la recién llegada criaturita ;)
Vuestros comentarios siempre serán bienvenidos, nos interesa mucho saber qué opináis :)
Muchas gracias por concedernos vuestro inestimable tiempo y atención XD
Besos.
