Por primera vez, Hermione llegaba tarde a una clase.
Era viernes y había tenido una hora libre. Se le había ido el santo al cielo escribiendo sobre la guerra de los gnomos para la asignatura de Bins, y cuando se quiso dar cuenta le quedaba apenas un minuto para llegar a la clase 17 de la torre este.
Se dirigía apresurada a las escaleras cuando alguien llamó su atención.
–Tranquila, el profesor todavía no ha llegado a clase – escuchó.
–Ah, Hola, profesor Wood. – al final se estaba acostumbrando a no llamarlo por su nombre. – ¿Tenemos otra práctica?
–Sí. ¿Has traído el prendedor?
–Siempre lo llevo encima – pero se puso roja al escucharse – es decir, por si acaso… – murmuró nerviosa comenzando a subir las escaleras con Oliver.
–Sabía que podía confiar en ti – dijo el chico sonriendo y poniendo un brazo sobre sus hombros con confianza. – Lo siento… – dijo retirando el brazo. – Todavía no me acostumbro a ser profesor.
–No me molesta – dijo ella sonriendo, e intentando que no se notara su nerviosismo por la cercanía y el estar a solas.
–¿Crees que lo estoy haciendo bien? No quiero que me tomen el pelo por ser demasiado cercano, pero tampoco quiero convertirme en el típico profesor prácticamente inaccesible – murmuraba el joven con verdadera preocupación.
–Yo creo que lo haces de maravilla – declaró la chica encantada. Se le acababa el tiempo con él, una pena… ya llegaban a clase.
–Pasa, por favor – le dijo el profesor abriéndole la puerta – Hola chicos – saludó a todos los demás, que guardaron silencio al verles llegar.
–¿Tenemos práctica? – preguntó Ginny contenta. Ir a esos sitios lejanos le sacaba de la rutina y le gustaba.
–Así es – afirmó Oliver – por cierto, tengo que felicitaros por vuestro último trabajo. Estoy gratamente sorprendido. Enhorabuena. – Los jóvenes sonrieron mirándose entre sí. – Ahora ya sabéis como funciona, entregad las varitas.
–¿No deberíamos llevar al menos una, o alguna poción? Por si acaso – habló Draco. – La última vez tuvimos problemas serios…
–Los muggles no tienen varitas ni pociones por si acaso… – le contestó – Lo siento, pero es la única forma de que lleguéis a entenderles. Granger, el prendedor…
–Aquí esta.
–Una cosa más. El Lugar al que vais está bajo un hechizo, y este es un imperius – les dijo.
–Pero… eso es una imperdonable – dijo Blaise.
–En la época a la que vais no había nadie que regulara esas cosas – explicó Wood – ¿sabéis lo que tenéis que hacer?
–Fingir que estamos bajo el hechizo – contestó Hermione.
–Sí, y hacer todo lo que se os diga. Si el mago sospecha, podríais tener problemas. – les comunicó seriamente – y ahora sí… tres, dos, uno…
Los chicos aparecieron en lo que parecía una recepción en una corte real. Ellas iban bien vestidas, como si formaran parte de la nobleza del lugar, y ellos llevaban armaduras y capas. Eran soldados.
Miraron alrededor. La gente parecía charlar y divertirse, pero sus ojos estaban vacios, sin vida.
–Mirad… – dijo Luna señalando al trono – Parece el rey.
En el centro de la estancia, sobre un trono, se sentaba un hombre ancho y barbudo. Miraba a las gentes y jugueteaba con su varita entre los dedos sin preocuparse de que le vieran.
El rey dio una orden a un hombre cercano, y este avisó a una mujer que se puso en marcha, señalando a algunas chicas, que comenzaron a seguirla.
La mujer llegó a su zona, señaló a Hermione, Ginny y Luna y siguió su camino.
–Debemos ir con ella – murmuró Ginny preocupada.
Las chicas echaron una última mirada a los slytherin antes de marcharse.
Las llevaron a una sala aparte, donde la mujer más mayor les dio algunos consejos para verse mejor, les ayudó a arreglarse el pelo y observó con detenimiento sus ropas, haciendo que algunas se quitaran algo, y poniendo más adornos en otras. Cuando dio el visto bueno, las colocó en fila y de esta forma volvieron a entrar a la sala del trono.
Allí la gente había dejado de charlar y se habían colocado ceremoniosamente a ambos lados de la sala, dejando un pasillo en el centro que llegaba hasta el trono, donde el rey esperaba, custodiado por una docena de soldados, entre ellos sus compañeros.
–Esto no me gusta… – murmuró Hermione a sus amigas cuando las jóvenes se colocaron delante del rey, esperando.
–Aquí las tiene, su majestad, rey Aaron – dijo la mujer que las había preparado.
El hombre, que rondaría la cuarentena, repasó con la mirada a las jóvenes, las cuales rondaban desde los 14 a los 25, como mucho. Sonrió perezosamente y acabó levantándose y caminando hacia ellas. Las fue examinando una a una, observando su figura, haciéndolas voltear…
Cuando llegó Luna, levantó su cara cogiéndola de la barbilla, observándola desde varios ángulos. Pasó a Hermione, a la cual hizo voltear sobre sí misma y después a Ginny, a la que pasó los dedos por sus labios, abriéndolos ligeramente y sonriendo de forma desagradable.
Acabó de repasar a las chicas y volvió al principio. Sacó a una joven de la edad de las chicas, más o menos y la lanzó de forma despectiva hacia la mujer más mayor.
–Esta – dijo. – Llévala a mi habitación. Vosotros dos, conmigo – dijo señalando a dos soldados – y el resto, elegid a una de las chicas sobrantes y divertíos – ordenó. – Y el resto largaos a vuestras inmundas casas llenas de mierda. – dijo refiriéndose al pueblo noble que lo acompañaba en la sala.
La gente comenzó a marcharse y los soldados se dirigieron hacia ellas mientras el Rey se marchaba a sus aposentos.
Los tres chicos se dirigieron hacia ellas. Draco consiguió coger a Ginny antes de que otro hombre lo hiciera y Hermione prácticamente se lanzó a los brazos de Blaise cuando otro soldado intentó coger su mano. El titubeo de Theo hizo que un joven soldado cogiera a Luna y prácticamente la arrastrara hacia la puerta del salón.
No podía dejar que se la llevara. Sabía muy bien a lo que ese rey loco se había referido con "divertíos" y sabia lo que iba a pasar entre esas chicas y esos soldados.
El chico la alcanzó y alejó al chico de la rubia sin armar demasiado escándalo.
–Ella es mía – le dijo retándolo con la mirada, pero el chico no le discutió, simplemente fue a elegir otra chica de las que quedaban, todavía quietas en su sitio.
Los soldados elegían y las chicas no se resistían.
–Esto es repugnante – soltó Blaise observando cómo los hombres iban saliendo del salón.
–Debemos ir con todos – dijo Hermione, blanca como la tiza.
Siguieron a los soldados, que se metieron por un pasillo con las chicas y cada uno fue metiéndose en una habitación. Cuando quedaron los seis solos en el pasillo, se sintieron libres de hablar.
–Busquemos una habitación libre – propuso Theo, abriendo una puerta con cuidado para confirmas que estaba libre.
Entraron.
–Ese mago está controlando a medio centenar de personas para sus propios beneficios, los utiliza como si fueran marionetas – dijo Hermione asqueada, amasando su pelo con nerviosismo.
–Ahora mismo hay una docena de hombres cometiendo violación – murmuró Draco.
–Pero esos hombres no quieren hacerlo, también están siendo violados, de alguna forma, por el mago. – dijo Ginny abrazándose a sí misma.
–El caso es que todas esas personas… no tienen vida. – volvió a hablar Draco. – ese hombre está jugando a ser dios, a controlar las vidas de otras personas para su beneficio.
–No es justo… – añadió Luna – tenemos que hacer algo.
–¿Cuándo te vas a dar cuenta de que no podemos hacer nada? – le soltó Theo – todo esto ya ha pasado – le dijo con fuerza.
La rubia le miró frunciendo el ceño. No tenía porque decírselo así.
–Luna, lo único que podemos hacer es observar y seguir las órdenes de ese hombre, hasta que acabe la práctica – le dijo Hermione de forma mucho más delicada – si no lo hacemos así, podríamos fallar.
Luna apretó los puños, en desacuerdo, y comenzó a caminar hacia la puerta.
Theo dio dos zancadas hacia ella, enfadado.
–¿Dónde crees que vas? – le preguntó poniéndose delante – ¿Porqué tienes que ser tan terca?
–¡Porque no soy como tú! – le gritó, arrepintiéndose al instante.
Theo le lanzó una mirada asesina.
–¿Por qué no nos serenamos un poco todos? – propuso Blaise. – Iré a mirar por la puerta, cuando haya movimiento fuera, saldremos e imitaremos al resto.
Pasó poco menos de media hora cuando empezaron a salir las chicas de las habitaciones.
–Deberíais seguirlas. Es tarde y creo que ya todo el mundo se va a dormir. – les avisó Blaise.
Las chicas salieron y siguieron al resto hasta otra zona del castillo, donde se metieron juntas en una habitación vacía para pasar la noche.
–Esto es muy difícil. Estas personas saben que deben hacer en cada momento. Ese hombre se ha ocupado de dar órdenes para tenerlo todo controlado. – dijo Ginny.
–O quizá solo ha dado órdenes a las personas necesarias para que las extiendan a los demás – auguró Hermione. –La cuestión es que es difícil seguir unas órdenes que deberíamos saber, pero no sabemos.
A la mañana siguiente, las chicas tuvieron que disimular, ocupándose de la cocina y sirviendo el desayuno a los soldados y los nobles, que volvían a pasar el tiempo en el castillo, como si todo fuera una fiesta continua.
–¿Dónde estaréis después? – murmuró Hermione a Draco mientras le servía el desayuno – no queda mucho tiempo para regresar al colegio.
–Los soldados deben ir al patio a practicar lucha. Al parecer… el rey organiza duelos – se acercó más a ella, con precaución – a muerte.
–¿A muerte? – repitió la chica, espantada.
–Solo para entretenerse – añadió el rubio. – ¿Dónde estaréis vosotras?
–Limpiando las habitaciones. Iremos a por vosotros cuando se acerque el momento – le aseguró, para después seguir sirviendo el desayuno.
Las chicas se dirigieron con las demás a adecentar el castillo. Al parecer eran sirvientas de día y nobles en la tarde, según al rey loco le pareciera oportuno. Mientras, los hombres nobles se habían ido a trabajar los campos y sus talleres, y por la tarde volverían a vestirse y a volver a celebrar la fiesta continua en la que vivía el hombre.
Hermione les contó lo que estaban haciendo los soldados.
–Un momento – se paró Luna – ¿Qué pasaría si alguno de nosotros muere en el pasado?
–no podemos morir en una práctica de colegio – concluyó Hermione – Oliver no dejaría que eso pasara.
–De todas formas, deberíamos aclararlo al volver – propuso Ginny.
–Quedan cinco minutos para que acabe la clase – dijo la castaña, mirando su reloj de alarma oculto – podría ser como una hora, o menos…
–Yo digo que dejemos de hacer esta mierda – dijo refiriéndose a la cama que estaba haciendo – y vayamos a ver como les va a los chicos.
Salieron de la habitación de camino al patio. Mientras no les viera el rey sin acatar sus órdenes, no pasaría nada.
Conforme se acercaban, ya se escuchaba el metal de las espadas chocando entre sí, y los gritos de un hombre rudo regañando a alguien.
–Eso es pésimo ¿Quién te ha enseñado a luchar así? ¿Tú hermana pequeña? – gritaba – Eres una vergüenza, soldado.
–Es Draco – murmuró Hermione, escondida tras un enorme pilar, desde el que las tres observaban la escena.
El rubio se defendía como podía de las acometidas del otro soldado, pero se notaba que no tenía ni idea, y es que no había cogido una espada en su vida. En uno de los golpes, que echó a Draco hacia atrás, el soldado aprovechó para mandarlo al suelo de una patada en el estómago, a continuación, el chico se vio con la punta de la espada en la garganta, sin atreverse siquiera a tragar saliva.
–un minuto, debemos llamar su atención. – comunicó .
Blaise y Theo observaban la escena desde más atrás, con los brazos cruzados y el ceño fruncido. Justo cuando Ginny iba a salir de su escondite para tocar el hombro de Blaise, el comandante se giró hacia ellos.
–Tú – dijo bruscamente señalando a Theo – lucharas esta tarde contra él – y señaló a Draco, que ya estaba en pie, limpiándose el polvo. Dejó de hacerlo al escuchar las palabras del hombre. Ambos se miraron.
–no hay tiempo, el prendedor se activará de un momento a otro.
–¡Largaos! – vociferó el hombre – esta podrían ser vuestras últimas horas – dijo riendo.
Cuando los tres se reunieron, con caras de pocos amigos, las chicas salieron apuradas de su escondite, gritándoles que tocaran el prendedor.
En unos segundos estaban en el colegio, mirándose los unos a los otros en silencio.
–Creo… que algo no va bien – murmuró Oliver al verlos.
–Nada va bien – se quejó Draco enfrentando a su profesor – Theo y yo tenemos que pelear a muerte. ¡A muerte! – repitió enfadado.
–Pero… no pueden morir ¿no? – preguntó Luna, preocupada.
–Claro que no – corroboró el joven profesor – pero…
–Pero… ¿qué? – preguntó Theo.
–el dolor… hasta que lleguéis aquí de vuelta, el dolor de la muerte será insoportable…
–¿Y porque los han elegido a ellos? En realidad ni siquiera tendríamos que estar ahí, tendría que haber elegido a otros soldados – se quejó Blaise.
–Las prácticas están echar para que participéis en ellas, y para que os sintáis como se sentían esas personas, esos muggles o magos en ese momento. – explicó Oliver.
–Esto es de locos, no pienso acabar esta práctica – sentenció Draco.
–Si no acabas esta práctica, repercutirá en todos tus compañeros. Ninguno la aprobareis – dijo tranquilamente el profesor, mientras Hermione entraba en pánico – Vamos… tranquilizaos, tenéis hasta el martes que viene para pensar algo. Estoy seguro de que entre los seis lo solucionareis. Ahora, tengo que irme – se despidió del poco amigable grupo, del cual solo Hermione le respondió.
Una vez se quedaron a solas, Draco dio una fuerte patada a una silla, que se estrelló contra la pared contraria.
–No voy a matar a mi amigo – declaró Draco cabreado.
–Con tu técnica… está claro que no vas a matarme – dijo Theo divertido.
–Esto no tiene gracia, Theo – le dijo Blaise – vais a sentir el dolor de la muerte, durante a saber cuánto tiempo.
Era viernes por la tarde, esa era su última clase, así es que de momento, no tendrían que ir a ningún sitio.
–Tranquilos, chicos, tenemos hasta la hora de la cena para pensar en algo – intentó relajarlos Ginny.
–bien, diremos que me he cagado de miedo y me he escapado del castillo para no luchar – propuso Theo – así Draco tendrá que luchar contra otra persona.
–No puedes escaparte bajo el hechizo, solo puedes seguir órdenes – le contestó Hermione.
–Cierto, el hechizo… – murmuró Theo.
–Pero podemos intentar lograr que se libre de alguna forma – propuso Luna, teniendo una idea – si muere antes de la batalla, no podrá pelear.
–¿Qué sentido tiene eso? Si voy a morir igual, puedo hacerlo en la pelea – dijo el chico mirando a Luna como si fuera tonta.
La rubia pasó su mirada por alto y procedió a explicarse.
–No morirás de verdad, pero… – la chica pensó un momento, y después se le iluminaron los ojos – ¡Ya está! A la hora de la comida te atragantaras con un hueso de pollo y morirás ahogado.
–No está mal – la secundó Hermione – tendrás que fingir que te atragantas, dejas de poder respirar y te mueres, y no tendrán otro remedio que elegir a otro para que Malfoy lo mate.
–sigue habiendo un pequeño problema – dijo Draco, como si fuera obvio, pero sus compañeros le miraron sin entender – ¡que no tengo ni idea de usar una espada! No voy a matar a nadie, me van a matar a mí.
–oh… – dijo Luna pensativa – eso es un gran problema.
–Tenemos todo el fin de semana para practicar, cuando llegue el martes serás el mejor espadachín del colegio. – le animó Ginny.
–Bueno, todo el fin de semana no… tenemos muchos deberes, y que estudiar… – enumeró Hermione.
–Hermione, ahora mismo lo más importante es que no maten a Draco ¿no? – le recriminó Ginny.
La castaña no estaba muy de acuerdo en perder su fin de semana, pero entonces recordó el dolor que sintió al romperse el tobillo y como Draco la estuvo ayudando. El dolor de la muerte debía ser mil veces peor.
–Es cierto – reconoció – No descansaremos hasta que seas el mejor, Malfoy. – dijo sonriendo.
El rubio solo puso una mueca, no muy seguro de sí mismo.
Hola! Aquí tenéis la primera parte de la segunda práctica. ¿Que os parece que un mago se haga con el poder de un reino a fuerza de magia y, además, decida controlar a todo el mundo a su antojo?
Y Draco tiene que aprender a usar una espada en un fin de semana. ¿Será capaz?
Nos vemos en el siguiente capítulo.
