-No hay problema.- Regina salió del ascensor y espero a que Mary Margaret abriese la puerta de la casa.

-Pase- Mary Margaret la invitó y le indicó que acostase al niño en el sofá.

-Ya me marchó.- Dijo Regina volviendo a poner su armadura y su coraza.

-¿No quiere un café?- Preguntó la mujer mayor.

-No, gracias. Tengo mucho trabajo que hacer, despídame de David.- Regina salió sin dejar que la otra mujer pudiese decir nada más.

Regina salió del apartamento lo más rápido que pudo y se dirigió al parque donde había dejado su coche, no soportaba la vulnerabilidad que había sentido al coger al niño en sus brazos.

Llegó a la mansión en tiempo record y nada más entrar se encontró con un hombre sentado en el salón, se acercó hacía donde este se encontraba y lo miró sin saber quién podía ser.

-¿Qué hace en mi casa?- Preguntó la morena bastante enfadada.

-Así que tú eres Regina Mills.- Soltó levantándose y mirando de arriba hacia abajo a la morena que puso los brazos en jarra.

-¿Quién le ha dejado entrar?- Preguntó mirando hacia la puerta que daba a la cocina.

-¿Eres tú la que se ha tirado a mi mujer?- Preguntó este ignorando las preguntas de Regina.

-Depende…- Soltó Regina que seguía en la misma postura.- ¿Su mujer es…?- Preguntó aunque sabía muy bien la respuesta.

-Eres una…- Antes de poder terminar la frase Regina lo corto.

-Cuidado con lo que dice.- Gritó con su habitual tono frío.- Su mujer sabía muy bien a lo que venía… supongo que no le daba lo que ella necesitaba.- Soltó una carcajada frívola al terminar la frase.

El hombre se acercó a Regina y la cogió del brazo zarandeándola un poco pero la morena no se intimidado y con un rápido movimiento lo golpeó en el estómago y después en la cara haciendo que cayese al suelo.

-No me vuelva a tocar.- Regina salió entonces del salón y entro en el despacho mientras llamaba a seguridad para que sacasen a aquel hombre de su casa.- ¡Marian!- Gritó una vez que colgó su teléfono.

-Sí, señora.- Dijo la mujer con tono suave pues sabía que le iba a reclamar por haber dejado a ese hombre pasar.

-¿Por qué no llamaste a seguridad?- Preguntó bastante molesta.

-Lo siento, señora.- Dijo la mujer bajando la cabeza.- Dijo que era un compañero de la universidad y que había quedado con usted.

-Márchese.- Le dijo sin más, ese día no tenía ni ganas para regañarle.

Regina entró entonces en su correo y tras revisar varios trabajos y papeles que tenía toda la prioridad decidió intentar enfrascarse en el trabajo para poder olvidar todo lo sucedido ese día. Aún así no podía sacarse esa sensación de vacío que sentía cada vez que acababa encerrada en su casa sola, David le había hecho sentirse bien y eso no podía permitirlo, no podía volver atrás y con ello sufrir de nuevo, sabía que no lo soportaría.

Emma pasó todo el domingo trabajando, a parte de su mañana en el bar el hijo de Marco, August, le había encontrado un trabajo por horas en una discoteca de moda por lo que tan sólo pudo ir a casa para comer.

-Hola.- Dijo entrando por la puerta.

-¡Mama!- Gritó David lanzándose a sus brazos.

-¿Cómo estas canijo?- Le preguntó cogiéndolo en brazos.

-Estoy bien. ¿Podemos ir al cine?- Le preguntó contento.

-Lo siento. Tengo que trabajar.- Emma vio sus ojos entristecer pero era por su bien.

David no añadió nada más simplemente se abrazó a su madre y se dejo llevar hasta la cocina donde Mary Margaret esperaba con el almuerzo hecho. Emma comió bastante rápido pues no podía entretenerse ya que tenía que acudir a la discoteca para poder hablar con el dueño y que le informase de todo.

-Ya me voy, canijo.- Dijo Emma dándole un beso en la mejilla.- Pórtate bien con la abuela. – Le dijo antes de salir casi corriendo del apartamento.

El nuevo trabajo casi no le dejaba tiempo para nada pero tenía que aceptar que le daba una buena cantidad de dinero y que haría que pagar el colegio de su hijo no fuese tan difícil. Al llegar a la discoteca se encontró con su jefa y varias camareras más, la presentación se hizo sencilla, las muchachas eran bastante agradables y aceptaron a Emma rápidamente.

Emma no podía dejar de pensar en todo lo que estaba dejando atrás pero nunca se arrepentiría de poder darle una vida mejor a su hijo a pesar de que hacía unos años ese embarazo le supusiese la peor noticia del mundo.

Habían pasado dos semanas desde que Emma había dejado la facultad para centrarse en trabajar en la cafetería de Marco y en la discoteca, no podía decir que era la persona más feliz del mundo pero los pocos ratos que podía disfrutar con su hijo le devolvían las ganas de seguir luchando, David estaba cada vez más contento y feliz, en el colegio le iba genial y se le veía motivado y deseaba que llegase cada mañana para ir, a parte de las clases que tendría cualquier niño de su edad tenía talleres que fomentaban el aprendizaje así como actividades físicas y equitación que era la que más le gustaba a David.

El cansancio se hacía notar en la rubia y su madre a pesar de intentar encontrar trabajo no sólo no lo conseguía sino que cuando intentaba hacer algo su espalda se resentía cada vez más haciendo que Emma se enfadase por sus esfuerzos.

Ruby y Bella había hablado varias veces con la rubia intentando convencerla de que volviese y Emma no pudo evitar contarle sobre David y su situación, al principio ambas se quedaron muy sorprendidas pero entendieron a la perfección cual fue la elección de Emma y la apoyaron todo lo que pudieron, incluso había visitado a David varias veces y habían tenido que reconocer que era un digno hijo de la rubia y había conquistado sus corazones en unos segundos.

Ese lunes por la mañana Regina volvió a entrar en clase, como venía siendo habitual desde hacía dos semanas se quedaba mirando el sitio vacio en la primera fila, no podía negar que sentía una sensación extraña al no ver la cabellera rubia en esa primera fila pero intentaba negárselo a sí misma y ocultarlo al resto del mundo. Su clase trascurrió con total normalidad y al terminar se marchó a su despacho hasta la hora de comer que salía al parque como habitual en esas últimas semanas.

-Hola.- Le dijo el pequeño que se había sentado como era normal a su lado.

-Hola.- Le contestó Regina acercándole un pequeño plato con pasta.- ¿Quieres?- Le preguntó sin mirarlo.

-Sí- Aseguró el niño sonriendo.

Desde hacía una semana David iba al parque nada más terminar el colegio para jugar un rato y hablar con su nueva amiga mientras que Mary Margaret hacía la compra y terminaba algunas cosas, la mujer mayor había hablado con Regina y esta había aceptado pasar unos ratos con el niño que parecía admirar mucho a la morena.

Regina pasaba al menos una hora con él y hablaban de sus días y de arte, a pesar de haber intentado alejarse del niño pero le había sido imposible. La semana anterior al decirle que no se verían más este comenzó a llorar y aunque no lo admitiese su corazón sintió un pinchazo al saberlo.

-Está muy rico.- Dijo comiendo a pesar de que había almorzado ya en el colegio.

-Gracias. ¿Cómo te ha ido en el colegio?- Preguntó Regina mientras continuaba comiendo.

-Bien, me gusta este cole nuevo, los niños son muy amables.- Aseguró Henry muy contento.

-Me alegro. ¿Y tu abuela?- Preguntó pues normalmente no pasaban más de 10 minutos sin que apareciese y se sentase con ellos.

-Ahora viene, ha tenido que ir a llevarle la comida a mama.- Dijo el niño mirando a Regina fijamente.

Regina había odio hablar muchísimo de la madre de David pero a pesar de que parecían estar muy unidos no se veían lo suficiente. David le hablaba mucho de ella y se notaba que la echaba de menos por eso Regina prefería no insistir en ese tema para evitar que el niño se pusiese triste.

-Te he traído algo.- Le dijo Regina sacando una hoja de su maletín.

-¿Qué?- Preguntó curioso.

-Toma.- Regina le dio la hoja doblaba por la mitad y miró al niño dejar el plato ya vacio para abrir el papel y poder verlo.

-Es bonito.- Dijo David emocionado por al ver un dibujo del parque hecho en carboncillo.- ¿Es el parque?- Preguntó levantando la hoja.

-Así es, ayer me dijiste que te hubiese gustado que yo pintase algo por eso te lo he traído.- Aseguró Regina contenta al ver la cara de felicidad de David.

-¿Somos nosotros?- Volvió a preguntar al ver dos siluetas en el fondo del dibujo.

-Sí.- Aseguró Regina.- ¿Te gusta?- Le preguntó al niño y aunque no lo reconocería su opinión era importante debido principalmente a que era la primera vez que cogía un carboncillo para pintar en mucho tiempo.

-Es bonito, lo pondré en libro.- Aseguró sonriendo.- Me tengo que ir.- Dijo mirando a su abuela entrando en el parque con una sonrisa.

-Hasta mañana.- Le dijo Regina saludando con la cabeza a la morena de pelo corto.

David salió corriendo del parque muy contento con su dibujo en la mano. Regina se quedó mirando hasta que los dos salieron del parque, nada más terminar de comer se marchó a casa, no podía negar que ese niño estaba generando algo muy positivo a ella.

El martes Regina volvió a entrar en su clase como siempre, volvió a mirar hacía el sitio en la primera fila y había decidido hacer algo al respecto. Su clase trascurrió normal, los pocos alumnos que acudían a su clase asentían y tomaba apuntes, Regina disfrutaba enormemente dando sus clases aunque nadie lo podría notar nunca.

Al terminar la clase Regina se quedó sentada en su silla en lugar de salir rápidamente como era normal.

-Señorita Lucas.- La llamó Regina sin levantar la cabeza del ordenador.

-Profesora.- Dijo Ruby soltando la mano de su novia para indicarle que se marchase y la dejase sola al ver que Regina no quería demasiado público.

-¿Qué sucede con la señorita Swan?- Preguntó con su tono frívolo habitual haciendo que a Ruby se le helase un poco la sangre.

-Ha dejado la carrera.- Soltó sin más, no quería y debía darle explicaciones a esa mujer aunque no podía negar que le resultase curioso su interés.

-Eso a lo sabía.- Aseguró Regina como si fuese obvio.- Le pregunto el motivo.

-Eso no se lo puedo decir.- Aseguró Ruby que cada vez estaba más sorprendida por sus preguntas.

-Puede marcharse.- Dijo Regina contrariada por las palabras de su alumna.

Ruby se marchó y Regina se arrepintió internamente por haberle preguntado, no podía negar que llevaba días que no podía sacarse a esa rubia de la cabeza. No sólo por el magnifico trabajo que le había entregado sino por esa mirada retadora y que no se amedrentaba que le daba siempre que habían hablado. Sabía que esa mujer podía tener un gran futuro con su carrera por lo que no podía entender que volviese a abandonarla.

-¿Regina?- La llamó Gold entrando en el aula donde ella estaba sentada metida en sus pensamientos.

-Gold…- Dijo con frialdad al escuchar su voz.

-Venía a hablar con usted.- Dijo el entrando en la clase y colocándose delante de ella.

-¿Qué sucede?- Preguntó Regina sin darle demasiada importancia a sus palabras.

-Quiero que te encargues de dar las conferencias en las jornadas de arte que organizamos este año.- Dijo Gold aunque sabía que Regina probablemente se negase.

-No- Dijo sin más Regina levantándose y dejando a Gold sólo en el aula.

-Regina debes hacerlo.- Soltó este haciendo que la morena se girase y dirigiéndole su mirada más fría a Gold.

-¿Por qué? –Preguntó al ver que el hombre no tenía pensado darle un buen motivo.

-Porque llevas negándote años.- Aseguró el hombre siguiendo los paso rápidos de Regina.

-Exacto, este año no será distinto.- Dijo Regina entrando en su despacho.

-Venga, Regina.- Gold decidió cambiar la estrategia.- No he conseguido a nadie que lo haga, un favor personal.- Dijo el hombre.

-No.- Volvió a decir Regina que no soportaba esas cosas.

-Te debería un favor.- Dijo Gold sabiendo que eso haría que Regina se lo replantease.

-¿Cuándo es?- Preguntó esta, sabía que un favor del decano siempre le venía bien.

-En una semana, jueves y viernes.- Dijo Gold escondiendo su sonrisa victoriosa.

-Está bien.-Regina le señaló la puerta para que se fuese.

Regina no estaba demasiado conforme con eso pues debía preparar las dos ponencias además que tendría que soportar las preguntas y las ideas descabellasdas de alumnos o interesados que asistían a esas conferencias.

Al terminar de rellenar todo su papeleo miró el reloj y vio que era la hora de ir a comer, cogió su cesta y salió en dirección al parque.

-Hola, creía que no venías.- Dijo David que se balanceaba en el banco.

-Aquí estoy.- Le dijo Regina dándole un pequeño bocadillo mientras que ella se servía una ensalada.

-¿Estas enfada?- Preguntó el niño al ver la mala cara que su amiga tenía.

-Un poco.- Confesó Regina comiendo un poco.

-¿Por qué?- Pregunto David que tenía esa pregunta como una de sus favoritas.

-Tengo que trabajar mucho esta semana.- Aseguró Regina.

-Ohh.- Dijo David sin más.- ¿Te ayudo?- Le preguntó haciendo que naciese una pequeña sonrisa en los labios de la morena.

-Gracias, David.- Le dijo Regina.

-Me gusta cuando sonríes.- David la miró y sonrió también.- A mi mama le gustó mucho el dibujo, ¿Me enseñas a pintar?- Preguntó tímidamente el niño.

-¿Quieres que te enseñe?- Preguntó sorprendida por su pregunta.

-Sí, me gustaría mucho.

-Está bien. Hablaré con tu abuela.- Le dijo Regina sonriendo ligeramente de nuevo.

El rostro del niño era pura alegría, estaba feliz al escuchar las palabras de su nueva amiga.