No, no es miércoles ya. Ni se han alineado los planetas. Simplemente he tendio un examen horrible hoy que es 85% seguro que voy a suspender. Pero no pienso desanimarme. Y por ello cuelgo el capítulo. La semana que viene más.
¡Espero que os guste!
Capítulo 7: La pasión de una sonata.
La quimioterapia empezó una semana después.
Después de leer el panfletito que me había dado Sarutobi, me llené de dudas y de preguntas, sobre todo en el ámbito sexual.
En el panfleto venían mil y una indicaciones que se tenían que seguir para evitar que Minato se contagiase con algún agente exterior. La quimioterapia no sólo actúa contra los glóbulos blancos afectados por la leucemia, sino también a los sanos, con lo cual tenía un efecto nocivo en el organismo. Cualquier agente que entrase en el cuerpo de Minato tendría la libertad de moverse por dónde le daba la gana, así pues había que tener un cuidado exquisito, y sobre todo, lavar todo: ropa, manos, vajilla, bañeras y váteres hasta dos veces, sólo por precaución.
Con tanto cuidado, era normal que me preguntase si era seguro practicar sexo mientras tenía el sistema inmunitario tan debilitado y delicado.
Dos semanas después de comenzar la quimioterapia seguía con las mismas dudas y no me atrevía a llegar a dónde antes llegaba con pasmosa facilidad y rapidez. Pero tampoco tuve mucho tiempo para pensar en ello, pues estaba muy ocupado organizando la mudanza.
Minato había cogido baja por enfermedad, por lo tanto él y Jiraiya se encargaron de organizar sitio en su casa para colocar las cosas que llevaría. Decidí que sería más económico alquilar la casa que venderla. Ganaría dinero regular cada mes y, añadiendo eso a mi trabajo y la baja de enfermedad, nos daba cierta solvencia económica, por eso a Minato le pareció buena idea.
Así que entre cajas, camiones, libros buscando sitio dónde no cabía ni una hoja y maletas llenas de ropa, pasaron esas dos semanas en la que Minato y yo apenas compartimos más que besos y varios roces ardientes. Tenía ganas de déjame querer en esos brazos y a la vez cuidarle. Además con doble motivo, en pocos días cumplíamos cinco meses saliendo, pero teníamos tal cantidad de cosas que hacer que nunca encontraba el momento para preguntarle si era seguro el tener sexo estando en su estado.
Y Minato no era tonto. A pesar de lo ocupado que estaba, Minato sabía que si me interesase ya lo habríamos hecho. Era perceptivo hasta la médula.
Pero por fin pasaron esas dos semanas infernales y me pude dedicar de nuevo en el trabajo, en la situación de la casa y en la relación de Minato y Sasuke.
Debo admitir que mi estúpido hermanito se adaptó casi mejor que yo a la mudanza. Naruto se ocupó de acondicionar su habitación para dejarle hueco a él, a su ropa y sus apuntes de la universidad, que casi ocupaban más que él.
A raíz de saber lo que pasaba con Minato, Sasuke se mostró menos arisco y más relajado que antes. No respondía a lo que el rubio le decía con un ceño fruncido. Puede que nunca se llevase con él todo lo bien que a mí me habría gustado, pero sin duda había adquirido más solvencia en la conversación.
Naruto estaba encantado con la mudanza. El día después de que Sasuke diese su visto bueno a la mudanza, Naruto seguía apegado a él como si de una garrapata se tratase. Nada más bajar para desayunar y ver a Naruto mirando embelesado como Sasuke se servía té, pensé que seguía dormido y eso no era más que un sueño. No pude contener la risa que me salió por lo bajo. Sasuke me miró con ojos asesinos, que yo ignoré.
Después de todo por fin había dado su brazo a torcer y ahora no se podía echar para atrás, por mucho que quisiese. No era capaz de dejar a Naruto.
Un día tuve que hacer gala de mi gran forma de fingir y de mentirle a Minato. A Naruto le iban a ingresar para sacarle médula del hueso de la cadera.
A pesar de que el ingreso y la extracción tardaban poco tiempo, quisimos asegurarnos de que cuando Minato volviese, Naruto estuviese en plena forma. La extracción apenas duraba una hora y media, dos a lo sumo. Sería dado de alta 24 horas después y aunque estaría algunos días con molestias, el chico aseguró que podía con ello. Además Tenía como apoyo a Jiraiya y Sasuke. Así que, para asegurar ese restablecimiento, iríamos tres días a Dogo. Por fin. Y esta vez pagué yo. (Jejeje…)
Porque todo era para que Minato aún no se enterase que su hijo le iba a dar parte de él para salvarle, que si no me podría haber tomado esos tres días como unas vacaciones.
OooOooOooOooOooOooOooO
Un buen día, volví a casa del trabajo. Ya podía decir que era nuestra casa, la mía y la de Minato. Era la primera vez que usaba la llave que me había dado Minato y me esperaba un increíble recibimiento al otro lado. Me sorprendió ver la casa tranquila y en silencio. Lo único que me recibió fue una nota en la mesa de la entrada.
Hemos ido a comprar cosas. Bienvenido a casa, amor.
Sonreí para mí. Detallista hasta el final, así era.
Dejé el abrigo en el perchero de la entrada, fijándome en que Naruto no se había llevado su chaqueta naranja. Me resultó raro durante una milésima de segundo, pensando que Naruto nunca salía de casa sin esa chaqueta, pero luego recordé que seguía siendo Naruto. El hijo cabeza loca del rubio más sexy del universo. No era tan raro que se hubiese olvidado de ella.
Aprovechando que estaba sólo en casa, decidí darme una buena ducha y relajarme un poco. Nada más entrar en el baño dejé que mi cuerpo descansase aliviado. En el trabajo me había recibido una pila ingente de trabajo que el presidente no me permitió abandonar ni para ir al baño. Me estaba planteando seriamente el pedirle un aumento por el trabajo extra que me estaba poniendo encima sin ton ni son.
Tras ducharme y salir del baño, pensando incluso el irme a dormir un rato cuando me fijé en algo: encima de la cama, donde antes de entrar al baño no había nada, ahora había cuidadosamente colocado uno de mis mejores trajes de Tucci. Y otra nota. Sonreí para mí, con curiosidad, aunque ya creía saber a qué venía todo eso. Si contabas bien los días, hacía cinco meses que Minato y yo comenzamos a salir. Era justo el día que habría elegido para comentarle mis dudas y mis preguntas. Si alguien podría solventarlas (tanto en la teoría cómo en la práctica) ese era el propio Minato.
No hace falta que te diga lo que tienes que hacer con la ropa, ¿no? Espera a que se te abra la puerta para bajar.
No sabía porque directamente no me esperaba él para ayudarme a vestir…eso habría sido más entretenido para los dos, pero en ese momento lo único que pude hacer fue hacerle caso y vestirme con el traje. Qué remedio. Me moría de ganas por saber que estaba armando Minato abajo, pero decidí mantenerme quietecito y lo más tranquilito posible. Después de todo, si bajaba antes de tiempo la sorpresa perdería lucidez.
Me dediqué a pasear de arriba abajo por la habitación que compartía con Minato, con mi pelo ya recogido en la misma coleta baja que solía llevar siempre y evitando morderme las uñas por los nervios. Me felicite por la idea que había tenido un par de días antes de esconder su regalo en la alacena al lado de la televisión, un sitio Hasta que, por fin, la puerta se abrió. Corrí hacia ella y aunque siempre he sido rápido, no llegué a ver quién la había abierto. Con sigilo, bajé la escalera, buscando con mi oído algún indicio que me dijese dónde estaba Minato. No tardé en oír un hilo musical sonando en el salón. Allí me dirigí con ansia, pero moderando mi paso, pues era de sobra conocido que yo era tranquilo y nunca me exaltaba por nada. Nada de lo que había vivido en mi vida me había preparado para lo que vi en cuanto puse un pie en el salón.
La mesa estaba increíblemente adornada con sencillez, pero lujo. Sólo había sobre ella platos, copas y cubiertos para dos personas. Y salvo una lámpara lejana, lo único que iluminaba la mesa eran dos velas blancas que se erguían con orgullosa elegancia.
Ni rastro de Minato alrededor.
Me acerqué a la mesa, con curiosidad, empapándome de todos los detalles. ¿He dicho ya que era detallista en todo momento? Pues lo era. Cada vez que me hacía cosas como esas sentía un agradable cosquilleo subiendo por mi estómago hasta la garganta. Como ahora. Solo que, sin comerlo ni beberlo, de repente al cosquilleo ascendente se le unieron dos manos que se posaron sobre mis caderas y fueron ascendiendo con deliciosa languidez, hasta rodearme los hombros y el cuello con ternura. Me dejé reposar en el pecho que se juntaba a mi espalda, notando un aliento en mi nuca.
-Felicidades- dijo el propietario de esos brazos, esa espalda y ese aliento que siempre se las apañaba para arrebatarme el mío. Me giré en sus brazos, juntando mis labios con los suyos que no se quedaron quietos tampoco. Me invadieron con certera precisión, haciéndome estremecerme cada vez que su lengua se rozaba con la punta de la mía. Gemí dentro de él, notando cómo el tiempo que no nos habíamos acostado hacía mella en mi cuerpo, haciendo que mi excitación fuese la más potente que había experimentado jamás.
-Espera- dijo Minato entre los dos labios que se peleaban. Solté aire con suavidad, con la respiración acelerada. Le miré con elocuencia. Ya podía haber avisado antes de que me emocionase y me quedase con una erección de campeonato. Minato me sonrió. Ahí dejé de estar molesto. Cuando me miraba o me sonreía yo era capaz de olvidarme de respirar si era él capaz de pedirlo-. Es que todo tiene un orden. No por nada he obligado a Sasuke y Naruto.
Aparté un poco la cabeza, asombrado.
-¿Has hecho cocinar a Sasuke?
-No. Es que sabía que si te decía que he estado todo el día cocinando te enfadarías.
No pude evitar reír, aunque tuviese razón. Me molestaba que se forzase para hacer eso por mí. Pero también sabía que si Minato se quedaba quieto en casa sin hacer nada sería difícil que durmiese. Aún con quimioterapia, tenía mucha energía que gastar. Y más cuando no habíamos gastado la misma energía que otras veces. A mí también me costaba dormir un poco más de lo normal y mira que soy de dormir poco.
-Me molesta, pero también sé que, si te quedas quieto, pasas todo el día en un estado de nervios tal que podrías servir como fuente de energía. Y más si tenemos en cuenta que no hemos hecho el amor desde hace dos semanas.
Minato me acarició la mejilla, como agradeciéndome esa concesión. Me invitó a sentarme en la silla para después sentarse él en la suya.
-Me alegra que seas sensato- admitió él sonriéndome con los labios y con los ojos. De nuevo estaba allí esa lejanía y esa cautela. Era como si temiese que le fuese a hacer daño. Como si se entregarse por completo fuese algo que le fuese a destrozar por siempre. No sabía cómo destruir esa reserva que le veía. Me daba miedo pensar que pasaría si esa reserva alguna vez tuviese más poder en él que lo que sentía por mí.
Destapó los dos platos, mostrando una comida elaborada y exquisita. Sí hubiese prestado atención a lo que comía seguro que le habría llenado de mil y un halagos. Pero estaba centrado en esa reserva que no hacía más que dar vueltas a mi cabeza. Lo mismo habría dado que me hubiese dado de comer barro.
-Itachi- comenzó a hablar con serenidad-. A partir de ahora puede que me veas cambiar un poco. La quimioterapia es fuerte y tiene efectos secundarios muy visibles.
Asentí con la cabeza, tranquilizándole con una sonrisa y alcanzando su mano por encima de la mesa.
-Aunque vinieses a mí calvo, esquelético, con cicatrices por todo el cuerpo y las dos piernas amputadas te seguiría queriendo tanto como ahora. Sí no más. Porque que vinieses en ese estado demostraría que tú me seguirías queriendo.
Una comisura de los labios de Minato se torció en una sonrisa ladeada antes de desviar la conversación a otros temas menos pesados y más comunes entre nosotros: política, filosofía, economía.
Poco a poco la comida fue terminando y me sentí incapaz de comer nada más.
-Creo que has estropeado mi gusto por el resto de comida que hay en el universo- comenté con diversión cuando ya estuve sentado en el sofá, obligado por mi rubio favorito mientras él llevaba los platos a la cocina. En ese momento cogí su regalo de la alacena, notando cómo me ponía colorado mientras lo dejaba en el brazo del sofá que quedaba más cerca de dónde se iba a sentar él. Y aunque me senté y evité mirar al regalo para no avergonzarme, varias veces estuve a punto de cogerlo y esconderlo para que nadie lo viese jamás. Decidí alejarme y darle la espalda. La excusa perfecta para hacerlo era servirme una copa de algo. Whisky, coñac… Lo que fuese.
Nada más oír unas pisadas en mi espalda me apresuré a servirme un Martini blanco en el que había cerrado la mano. El sonido del líquido cayendo no tapo el sonido que hacía el papel al ser rasgado. Deseé haber elegido al final algo más fuerte mientras me giraba por fin a encarar a Minato, quien observaba atónito el reloj que le había regalado.
-Itachi, con el dinero que cuesta este reloj se puede alimentar a una familia durante una semana- comentó él mirándome con asombro. Era un Rolex de edición limitada. De oro macizo que, por si fuese poco, también tenía una inscripción en el reverso del mismo. Obviamente eso no lo había llegado a ver. Todavía estaba entusiasmado admirando el frente del mismo, que brillaba con potencia bajo la luz. Me acerqué a él, dejando el Martini olvidado en la mesa del teléfono.
-Así pues ya sabes el motivo por el que no vamos a comer la semana que viene- comenté con jocosidad. Ante ese comentario, Minato dejó el reloj de nuevo en el brazo del sofá y me abrazó con ternura. Me dejé abrazar durante unos segundos hasta que volví a coger el reloj-. Hay más-. Lo saqué de la caja con mimo y le di la vuelta, enseñándole la parte de atrás de la esfera y dándoselo para que leyese-. Costaba sólo un poco más el grabarlo, así que decidí que en vez de sobrarme dinero, lo gastaría justo. Así no se me descuadraban todas las cuentas que había hecho.
Minato miró durante un largo momento la inscripción al mismo tiempo que yo me mostraba nervioso. No era una frase muy demostrativa, pero sabía que a él le gustaría.
-"A tu lado"- murmuró leyendo el grabado.
-Sí no te gusta siempre se puede devol…- un fogoso beso del Namikaze me interrumpió en mitad de la frase. Me dejé llevar, como siempre hacía, hasta que él me tumbó en el sofá-. Minato…Espera. Antes te quería preguntar…- gemí cuando noté que sus labios viajaban hasta mi cuello, trabajando allí el hueco que había entre él y la mandíbula-. ¿Es seguro?...Quiero decir…La quimioterapia…
-Sarutobi dijo que no había porque disminuir las veces ni la calidad- me miró con una sonrisa que me conquistaba siempre. Agradecí que parase de besarme aunque a cambio me frotó con suavidad mi entrepierna con su muslo. Gemí echando la cabeza para atrás. Él lamió mi nuez de Adán, haciendo que mi aliento se escapase en fogosas bocanadas-. ¿Es por eso por lo que no lo hemos hecho durante dos semanas?- me preguntó, perspicaz cómo siempre.
-Eso y que estaba muy liado con la mudanza. No tenía tiempo para…preguntártelo. Y no podía hacerlo sin preguntártelo- gemí notando cómo su muslo era reemplazado por su mano.
-Entiendo. Pero comprenderás que ahora no me voy a contener…
Le sonreí, juntando mis labios con los suyos.
-Nadie te ha pedido que lo hagas.
Y durante toda la noche, las veces que lo hicimos (que no fueron pocas), no se contuvo.
Cuando empezaba a despuntar el amanecer, Minato salió de la habitación y volvió con el reloj y mi regalo.
-No es tan caro cómo el tuyo- se excusó con timidez. Le miré mientras recibía el paquete (que tenía toda la pinta de ser una pluma estilográfica por las proporciones del paquete y el peso).
-Ya, pero tú me regalas esto y la noche que hemos pasado. No hace falta que te diga que he salido ganando- comenté con gracia. Minato me sonrió y me dejó un beso en el hombro mientras yo rasgaba el papel. Era una pluma, como había supuesto. Una muy elegante recubierta de lo que parecía oro blanco. En un lateral, al igual que yo había hecho con el revés de la esfera del reloj, había una inscripción:
"Sigue amándome. Minato".
Y de nuevo no supe que decir mientras miraba ese maravilloso regalo. Noté un tenue beso en mi cuello, seguido de una pregunta:
-¿Te gusta?
-Me encanta- respondí con sinceridad. A los dos segundos solté una pequeña carcajada- Estaba pensando que, si nos regalamos esto a los cinco meses de salir, no me quiero ni imaginar que haremos cuando llevemos un año.
-O cuando llevemos dos, cinco, diez o en los veinte años juntos- siguió mi pensamiento Minato con sana jovialidad-. Pero me daría igual aunque me regales un mondadientes, siempre y cuando me lo regales tú.
Cada vez que no dejas review un gatito se muere, Itachi da menos besos a Minato y Naruto se vuelve soso (?).
