EVEN IN DEATH
7. Un lugar para "morir"
-Deja de mirarme así, no soy ningún monstruo.
Remus agachó la mirada nervioso.
-Lo siento.
-¡Y deja de pedir perdón por todo! Te he traído porque quería estar contigo y… bueno, sé que esto no es lo que esperabas, pero no podemos descansar hasta que…
-Hasta que lleguemos. Lo sé.
Sirius suspiró.
-Escucha, Remus, esto no va a ser fácil. Nada fácil. Y no te habría propuesto venir si no pensara que podrías soportarlo. A veces creerás volverte loco y otras veces creerás que son los demás los que han perdido el juicio y sólo hay una cosa peor que la muerte: olvidar.
Remus vio el miedo en sus ojos mientras hablaba y con cuidado cogió su mano. Sirius se sobresaltó.
-Lo sé. Sé que no va a ser fácil y sé lo mucho que debe de haberte costado traerme a este lugar sabiendo lo que significa. Pero me alegro de que lo hicieras, así que deja de arrepentirte. Yo vendí mi alma, Sirius, y te aseguro que no imaginé nunca que saldría tan beneficiado con el trato.
Sirius rió y su risa aligeró un poco el corazón de Lupin. Desde que habían cruzado el Velo Sirius parecía distante, agitado, pendiente de todo menos de él. Era reconfortante ver que se alegraba tanto de su presencia.
-Dime una cosa, Moony, cuando hiciste ese trato… ¿qué pediste a cambio?
Remus ladeó un poco la cabeza.
-¿No lo sabes? Creía que tú eras el comprador.
-Bueno… no sé si te has dado cuenta, pero todavía no soy un demonio. No puedo hacer ese tipo de contratos. Tuve que… convencer a alguien para que lo hiciera por mí.
-¿Y ese alguien no te explicó cuáles fueron los términos?
-No –Sirius lo miraba ahora con curiosidad-. Vamos, ¿qué pediste? ¿Curarte de tu licantropía? ¿Que Harry viviera? ¿Qué?
Remus sacudió la cabeza.
-Lo siento, Sirius, no te lo voy a decir.
-¿Por qué? –se escandalizó su amigo.
-Es un secreto.
-¿Un secreto? ¿De quién?
-Mío.
Era obvio que Sirius quería seguir preguntando, pero pareció darse por vencido.
-Está bien –refunfuñó-. Ya lo averiguaré.
Remus rió.
-Sí, eso espero.
Era más fácil avanzar con el corazón ligero. Había echado tanto de menos reír con Sirius que durante un rato no se dio cuenta de que el paisaje que les rodeaba había vuelto a cambiar. Tan absorto estaba en su amigo.
-Hemos llegado.
Remus miró hacia donde Sirius le señalaba y contuvo una expresión de asombro. Frente a ellos se abría un valle, una hondonada estéril en la que sólo crecían espinos y algún que otro árbol marchito. Allí abajo, en mitad de aquel lugar desolado, se alzaba una casa en ruinas. A pesar de la distancia Remus la reconoció enseguida. Siguió a Sirius a través de la extraña vegetación, apartando las plantas secas que se enganchaban en su ropa.
Cuando llegaron Sirius tuvo que luchar con la vieja puerta de madera y acabó golpeándola varias veces para poder abrirla.
-Lo siento –se disculpó-. Está todo un poco descuidado… pero podemos arreglarlo, ya verás como será un sitio agradable.
Remus entró en la casa mirándolo todo con curiosidad: las telarañas colgaban del techo y Remus pudo ver algún ratón corriendo por las esquinas. Había cuadros viejos en las paredes y sillas con la madera de las patas podrida. Los tablones cubrían las ventanas impidiendo la entrada de la poca luz que llegaba del exterior, haciendo todo más lúgubre y oscuro.
-¿Cómo lo has hecho? –Remus parecía realmente sorprendido al descubrir todos aquellos viejos tesoros, aunque estuvieran en un estado tan lamentable.
-Bueno… no fue fácil –admitió Sirius pendiente de su reacción-. No sabía si te gustaría…
-¿Bromeas? –interrumpió entusiasmado-. En esta casa pasé parte de los mejores días de nuestra vida. ¿También está…?
-Sí, arriba.
Remus supo que se había sonrojado al recordar la enorme cama de dosel que había junto al piano, el mismo que aporreaban de niños, intentando arrancar alguna melodía que no sonara demasiado estridente.
-Pero hay algunos cambios.
-Sí, ya lo veo.
Remus acompañó a Sirius por la casa. En la planta baja había un enorme salón con una chimenea apagada y un sofá viejo frente a ella. Remus descubrió una puerta al otro lado, una puerta que no recordaba en la verdadera Casa de los Gritos.
-¿A dónde…?
Sirius sonrió y fue hacia allí.
-Esto lo hice pensando en ti.
No había luz y todo estaba lleno de polvo, pero cuando Sirius abrió la puerta y le invitó a entrar Remus tuvo que contener un grito de sorpresa. Era una habitación bastante grande con las paredes cubiertas de estanterías que llegaban hasta el techo, todas repletas de libros.
-Esto es…
-¿Te gusta?
-¡Es fantástico! ¿De dónde has conseguido tantos libros? –preguntó mientras cogía uno al azar para echarle un vistazo.
-Bueno, es largo de explicar…
-Es maravilloso, Sirius. Gracias.
-De nada.
Sirius se había acercado y le sonreía con dulzura y Remus fue incapaz de seguir controlándose. Decidió que había esperado demasiado y con un gemido se acercó a él y agarrándolo de la cabeza lo besó. Sirius soltó un suspiro de alivio y con desesperación se aferró al beso que inundaba su boca, como si acabara de encontrar al único ser capaz de salvarle. Ni siquiera sabía cómo había podido controlarse hasta entonces. Sin dejar de besarlo empezó a quitarse la ropa.
-Arriba está…
-La cama. Lo sé. No quiero… -Remus gimió contra su boca mientras sus erecciones chocaban-. Aquí –murmuró entre besos-. Quiero… Ahora.
Sirius lo acorraló contra la pared con las manos a ambos lados de su cabeza, y dejó que su cuerpo cayera contra el suyo.
-No sé cómo he sobrevivido sin ti –agachó la cabeza y le mordió en el cuello, debajo de la oreja.
Remus se estremeció y tragó saliva para recuperar el habla.
-Ni yo.
Dejó que le mordiera mientras intentaba desabrocharle los pantalones, pero sus manos temblaban y Sirius tuvo que ayudarle con la cremallera. Remus sonrió mientras se desnudaba, con mil imágenes de locuras adolescentes en su memoria. La espalda contra la estantería de los libros le trajo recuerdos de sus días en Hogwarts cuando eran dos niños, con el corazón desbocado, deseosos de comerse el mundo, y parecía que de nuevo estaban en la biblioteca, después de una de sus escapadas, y todo eran secretos y murmullos contra la boca a media noche.
Sirius retiró el pelo que caía sobre los ojos dorados.
-Si no te hubiera conocido te inventaría.
Remus soltó una carcajada.
-Eso suena increíblemente cursi, incluso para ti.
-Bueno –Sirius ronroneó mientras se acomodaba sobre su pecho-. A ti siempre te han gustado mis cursilerías.
-Hmm, supongo que sí.
Sirius lo besó en el hombro y con un suspiro lo agarró de la nuca para obligarle a darse la vuelta. Remus se resistió un poco, pero Sirius empujó más fuerte y decidió ceder. El cuerpo entero de Sirius se acomodó contra el suyo y entonces lo sintió allí abajo: palpitante, endurecido. Apoyó la frente en la estantería y algunos libros se movieron. La mano de Sirius acariciando su vientre le arrancó un gemido que acabó mordido entre sus labios cuando la mano se cerró en torno a su erección. Empezó a masturbarle, pero se detuvo poco después. Le metió dos dedos en la boca y Remus casi se atragantó con ellos. Siempre le había gustado hacer las cosas despacio, disfrutar de los preliminares, saborear los momentos de antes, las caricias previas, los susurros contra la boca, los besos por todo el cuerpo… Pero por una vez Remus Lupin no se creía capaz de seguir esperando un segundo más.
-Sirius, por favor…
Un beso en su nuca le erizó el vello de las piernas mientras las separaba un poco más.
-¿Sí?
-Hazlo ya.
No necesitó suplicar más, los dedos entraron en su cuerpo despacio, provocando un dolor agudo y ardiente que creía haber olvidado. Remus se retorció, intentando acostumbrarse a la repentina invasión, pero no tuvo tiempo. Sirius retiró los dedos casi tan rápido como los había metido y un segundo después Remus notó otra penetración más aguda, más profunda. Se mordió los labios para no gritar, pero la sensación era tan intensa, tan real después de tanto tiempo, que no pudo controlarse y al fin estalló en jadeos y gritos descontrolados, mientras intentaba no chocar con las estanterías cada vez que Sirius se lanzaba contra él. Sirius volvió a alcanzar su erección y la mantuvo sujeta mientras lo penetraba. Era más de lo que podía soportar. Estalló con un grito desesperado y al fin se liberó en la mano del moreno, con los oídos latiendo y el pulso acelerado.
Sirius tardó un poco más en alcanzar el orgasmo y cuando acabó recostó la cabeza en su hombro, respirando con dificultad.
Ninguno de los dos dijo nada. Se habían gritado "te quiero" tantas veces que les parecía ridículo volver a repetirlo. Sirius se separó de él y apoyó la espalda en la estantería, a su lado. Pero llevaban tanto tiempo separados, tanto, que Remus no pudo reprimirse al fin y con un suspiro lo abrazó, rodeándole el cuello con los brazos.
Te he echado de menos.
No tuvo que decirlo, Sirius ya lo sabía. El animago recostó la cabeza en su hombro sujetándole por la nuca. Luego se apartó un poco y lo besó en la nariz en un gesto cariñoso que casi hizo llorar al licántropo.
-¿Quieres ver el resto de la casa?
Remus sonrió.
-Claro.
Sirius lo cogió de la mano y sin preocuparse por volver a vestirse lo guió a través de la biblioteca hasta una puerta medio oculta entre las estanterías.
-¿Qué hay ahí? –preguntó intrigado.
-Ya lo verás.
La sonrisa de Sirius era una promesa y Remus supo que sería algo maravilloso antes de verlo.
La puerta estaba prácticamente fuera de los goznes y su madera estaba quebrada y reseca. Cuando la empujó la luz entró en la sala, llenándolo todo de un tono cálido y dorado. Más allá había un patio. Un patio de no más de seis metros cuadrados lleno de plantas. Parecía un oasis en medio de aquella casa en ruinas.
-Están secas –Sirius señaló las plantas con la cabeza-, pero si nos esforzamos estoy seguro de que volverán a vivir.
Remus caminó descalzo sobre el suelo de piedra. Al otro lado del pequeño patio, pegada a la pared, había una fuente sin agua, llena de musgo y de óxido. Remus acarició el grifo dorado con forma de león.
-Es un lugar precioso –murmuró.
-Será más hermoso cuando esté lleno de vida.
Remus sonrió y abalanzándose sobre él empezó a besarlo en la cara con besos cortos y rápidos.
-¡Gracias, gracias, gracias!
Sirius reía, contagiado por su alegría. Cogiéndolo por las axilas lo levantó del suelo y las piernas de Remus se entrelazaron alrededor de su cintura mientras volvían a besarse en la boca. Sirius tropezó y estuvo a punto de caer al suelo, pero Remus no se soltó.
-Me gusta este sitio –murmuró con la boca llena de besos.
Y pronto todo se volvió a llenar de jadeos y susurros enamorados.
.
-¿Vamos a seguir haciendo el amor en todos los rincones de la casa o podemos subir ya al piso de arriba?
Sirius soltó una carcajada y tendió una mano para ayudar a Remus a incorporarse. Un par de hojas secas se habían enredado en su cabello revuelto.
-Por mí podemos seguir con la visita.
Remus le lanzó una sonrisa y después de ponerse de pie se alejó camino de las escaleras, subiéndolas de dos en dos.
-Creo que me va a gustar vivir aquí.
El rostro de Sirius se ensombreció un instante, pero fue tan rápido que Remus ni siquiera lo notó.
-Pues espera a ver el dormitorio.
La cama de dosel era más grande que la verdadera y no había tablones en aquella ventana, que daba al patio que acababan de visitar. También había un par de sillas y algunos cuadros y fotografías en la pared.
Remus se sentó en la cama y botó un poco sobre el colchón.
-Espero que el somier sea resistente.
Sirius se sentó a su lado y Remus se echó hacia atrás para quedarse tumbado. Sirius no tardó en imitarlo y los dos quedaron tumbados bocarriba, con la mente llena de escenas de su pasada vida.
-¿Crees que Lily y James… habrán olvidado todo?
La voz del licántropo era un susurro y Sirius pensó que era extraño que precisamente en la cama decidieran al fin abordar los temas serios que habían estado esquivando hasta entonces.
-No. O eso espero.
Remus giró la cabeza para mirarlo.
-Bueno, nunca sabremos qué hay detrás de ese camino que ellos siguieron, ¿verdad?
Sirius no contestó y Remus se apresuró a cambiar de tema, temeroso de haber dicho algo que pudiera entristecerlo.
-¿Cómo haremos para conseguir el agua? Necesito agua para las plantas o el patio acabará convertido en un basurero.
-Yo me encargaré de eso.
-Y… supongo que aquí no hace falta comer. Ni beber.
-Te irás acostumbrando.
-Me acostumbraré a lo que sea. Menos a estar sin ti -Te quiero-. Pero echaré de menos el té.
Sirius tanteó sobre la colcha hasta encontrar su mano y la apretó con fuerza.
-¿Crees que éste era nuestro destino desde el principio?
Remus habló en voz tan baja que Sirius tardó un rato en darse cuenta que realmente había hablado y no lo había imaginado.
-¿Destino?
Remus lo miró.
-¿Recuerdas aquella clase de Adivinación en cuarto curso? –Sirius la recordaba, pero no dijo nada. Dejó que Remus siguiera hablando-. Cuando la profesora me leyó el futuro en la bola de cristal… Dijo que encontraría el verdadero amor en la muerte. Nos reímos de esa profecía la primera noche que nos acostamos –una leve sonrisa curvó sus labios, pero se congeló casi al instante-. ¿Crees que se refería a esto?
Sirius se había perdido contemplando la sombra de sus pestañas rubias sobre las tiernas mejillas de su rostro adolescente. Ahora frunció un poco el ceño buscando una respuesta.
-Nunca me ha gustado pensar que todo está escrito y que somos simples marionetas en el juego de nuestra propia vida. Prefiero pensar que pudo haber habido otra salida. Que a lo mejor si hubiéramos estado más pendientes de él, Peter no habría considerado el traicionarnos y tú y yo habríamos tenido doce años más para estar juntos.
Remus asintió.
-Te entiendo. Lo de Peter fue una sorpresa, pero quizá sea menos doloroso así, ¿no crees? Si todo estaba escrito, si todo tenía que suceder así por algún motivo que no alcanzamos a comprender…, entonces nosotros no hubiéramos podido hacer nada, porque todo nos habría acabado arrastrando a este camino, a este final.
-No –Sirius sacudió la cabeza-. Yo tomé mis propias elecciones, para bien o para mal. Tracé mi camino con mis propios pasos. Yo te elegí a ti.
-Y sin embargo al final se cumplió. La profecía. ¿Sabes que lloré aquella noche? Sabía que dada mi condición no me sería fácil encontrar pareja, pero cuando la profesora dijo aquellas palabras…
-Lo sé. Te oí. Escuché tus sollozos en la oscuridad y estuve a punto de acudir a tu cama para intentar calmarte. No podía dormir pensando en lo mal que debías sentirte por esas palabras… Llegué a enfadarme mucho con esa profesora por hacerte sentir tan mal.
-¿Por eso al día siguiente me invitaste a esa taza de chocolate?
Sirius sonrió, sorprendido de que se acordara de ese detalle.
-Por eso mismo –y luego añadió en voz baja-. Y porque estaba buscando la manera de que cierto licántropo se fijara en mí.
Remus sonrió con complicidad.
-Yo ya me había fijado en ti –confesó-. Por eso me daba tanto miedo aquella profecía: ya había decidido que serías el único y no quería perderte.
-Juntos más allá de la muerte… Suena a guión de novela barata.
Remus se incorporó un poco y lo volvió a besar en los labios.
-Aquella noche lloré, pero no tenía motivo. Ahora te tengo aquí, ¿verdad? Para toda la eternidad. ¿Puede haber algo mejor?
Sirius no contestó y Remus no se dio cuenta de la tristeza que dibujaba su mirada.
.
Las sombras se habían extendido por la casa y todo estaba a oscuras y en silencio. Remus abrió los ojos cuando sintió algo cálido rozándole la frente para darse cuenta de que era un beso. Sirius lo miraba desde las alturas.
-Shh, no hace falta que te levantes.
Remus se sacudió el sueño y se forzó a abrir los ojos. Sirius estaba ante él, al borde de la cama, completamente vestido, elegante como el lord que debería haber sido. Tardó un rato en darse cuenta que en realidad no estaban en Grimmauld Place.
-¿Adónde vas? –preguntó con voz somnolienta.
-Tengo algo que hacer.
Su voz sonaba endurecida, más seria. Sirius se reajustó la capa y los pliegues cayeron detrás de su brazo.
-¿Algo que hacer? –preguntó sorprendido.
-No tardaré.
Remus quiso protestar, preguntar, quejarse. ¡No te vayas! Acabo de llegar, ¿me vas a dejar solo? Pero la expresión de Sirius, incluso envuelta en sombras, no dejaba sitio para las preguntas y mucho menos para las respuestas.
-Está bien.
Quería que su voz sonara un poco enfadada, pero en lugar de eso parecía asustado, preocupado. La expresión de Sirius se suavizó un poco, pero no hubo ningún otro gesto de cariño por su parte.
-Tranquilo, Moony, no pasará nada. Sólo no salgas de la casa.
Antes de poder protestar Sirius se había marchado y Remus se encontraba solo en la oscura habitación, con los ojos abiertos por la sorpresa.
No pudo volver a dormir. Lo intentó, pero resultó imposible. Del exterior le llegaban extraños ruidos que hacían chirriar sus oídos y que le obligaban a imaginar desagradables escenas que le hacían gemir de impotencia. No podía ver nada por la ventana porque ésta daba al patio interior de la casa, así que después de un buen rato retorciéndose en la cama, tratando de ignorar los desagradables ruidos, terminó por levantarse.
Seguía desnudo, pero no se preocupó en buscar su ropa. Estaba solo en la vieja mansión, o eso creía. Descalzo, bajó las escaleras, procurando no hacer ningún ruido mientras sus pies tocaban los escalones de madera. Allí todo era incluso más oscuro.
Pensó que los ruidos venían de la casa, pero no estaba seguro. Aún no conocía las dimensiones de su nuevo hogar.
No salgas de la casa.
Bueno, no tenía intención de hacerlo, pero ¿y si había alguien o algo allí? Después de todo estaba inmerso en aquel extraño mundo de pesadillas, los devoradores de almas ya habían estado a punto de acabar con él. Y aquellos perros…
Se detuvo cuando escuchó un golpe más fuerte de lo normal. Parecía venir de la biblioteca. Su corazón se aceleró y por un momento no se atrevió a moverse y se quedó allí, en la escalera, con la mano aferrando con fuerza el polvoriento pasamanos.
-No hay nada ahí –murmuró para sí mismo, intentando convencerse-. Éste es un lugar seguro. Él lo dijo, Sirius lo dijo. Si me quedo en la casa no pasará nada.
Pero el golpe volvió a repetirse y ahora Remus estaba seguro de que venía de la biblioteca.
¡Si al menos tuviera su varita!
-Vamos, ¿es que eres un cobarde? Sirius se ha marchado, ¿y qué? Te ha dejado solo porque sabe que puedes defenderte por ti mismo. ¡Por Merlín, Remus, no eres un crío pequeño!
Pero los nudillos de su mano seguían blancos y sus labios habían empezado a temblar. Los apretó con fuerza y se forzó a bajar un escalón más.
-No hay nada en esa habitación –murmuraba-. Será la madera, que cruje. Sólo eso.
Se obligó a seguir caminando y sus pies descalzos descendieron por las escaleras. La puerta de la biblioteca estaba abierta y dentro todo estaba completamente oscuro. Sin poder evitarlo, Remus empezó a temblar. La casa parecía contener la respiración, a la espera de que él siguiera avanzando. Por un momento tuvo ganas de volver corriendo a la habitación y acurrucarse bajo las sábanas, pero se avergonzó de ese pensamiento casi enseguida y con toda la dignidad de que fue capaz se colocó en el umbral.
-¿Hay alguien ahí?
Algunas sombras corrieron rápidas por la estancia, pero se escabulleron antes de que Remus pudiera seguirlas con la mirada. También le pareció escuchar algún carraspeo y risas. Risas apagadas y extrañas. Podía distinguir la silueta de las estanterías y los sillones en la oscuridad y sus sombras parecían estremecerse y titilar en la negrura, como si hubiera algo más allí dentro.
-¿Quién anda ahí?
Algo cruzó delante de sus ojos, tan rápido que cuando se dio cuenta ya había desaparecido. Se quedó completamente quieto, mirando al frente, pendiente de cualquier movimiento… la sombra pasó a su lado, rozándole, y luego voló hacia la puerta del patio y desapareció allí dentro.
Conteniendo un grito, Remus salió y cerró la puerta de la biblioteca, recostándose en ella, como si tuviera miedo de que lo que fuera que había allí dentro quisiera escapar para atacarle.
No entendía por qué de pronto la casa le resultaba tan siniestra. Estaba vieja y abandonada, pero cuando llegó allí con Sirius todo parecía luminoso y agradable. Ahora sin embargo tenía que taparse los oídos para no escuchar los extraños sonidos. Estaba asustado, más de lo que había estado nunca. De pronto, sin saber por qué, volvía a revivir aquella noche en el bosque, cuando el lobo le atacó bajo el brillo la luna. Todo a su alrededor parecía querer evocar aquel instante de puro terror y estuvo un rato sentado en el suelo, con la cabeza escondida entre sus brazos, temblando y suplicando.
-No, por favor… vete. Aléjate… Por favor…
Continuará…
N/A: Mil perdones por el retraso. Espero que aún sigáis interesados en esta historia.
Gracias a todos por vuestros reviews, en especial a Suiris, Mila, Nicky Lupin y Kar Weasley: FF no me da la opción de contestaros directamente.
Nos vemos en el siguiente capítulo.
