Hola. Sé que llevo siglos sin actualizar y sé que no es excusa decir que he estado demasiado ocupada... pero es la verdad. Ahora intentaré publicar más seguido, o eso espero.
Agradezco a todos los que están siguiendo el fic y dejan comentarios. Me alegra que os guste.
CAPITULO 7: RIVALES
A Isaac ya no le intimidaba su risa sádica, ni tampoco el hecho de que fuera más grande que él, ni siquiera el que llevara una vara enorme como posible arma… El Demonin no suponía para él nada más que una lacra en el Santuario. Y como tal, debía desaparecer para proveer de paz y tranquilidad aquel sagrado lugar. Isaac sabía que podría derrotarle, incluso si se apuraba, matarle, pero no tenía del todo claro cómo manejar la situación que se le presentaba.
Se aproximó al niño lloroso y le levantó del suelo mientras el pequeño le observaba asustado por no conocerlo, pero a la vez agradecido por haber sido rescatado. A Isaac le vinieron a la mente miles de situaciones antes vividas con el Demonin, una de las cuales se parecía bastante a la actual. Aquel niño que vivía con él en la cabaña de aprendices y cuyo nombre desconocía había muerto y no iba a permitir que ocurriera también con este que tenía delante.
- ¿Por qué te deja el maestro hacer esto? – preguntó Isaac encarándose al Demonin, que solo se limitaba a mirarle con una sonrisa de suficiencia, mientras el pequeño se alejaba de la escena.
- Porque soy superior a todos los que hay aquí – respondió golpeando con la vara a otro niño que estaba a su alcance. Isaac frunció el ceño.
- Si fueras superior, cuidarías de ellos, les enseñarías lo que sabes… pero no les maltratarías – añadió Isaac con rabia.
- A fuerza de palos es como se aprende. ¿No es asi como te enseña tu dorado maestro? – dijo con burla, golpeando la palma de su mano varias veces con la vara en señal de amenaza. – Entonces no es un buen maestro – añadió al ver que no respondía.
Isaac apretó los puños. Una cosa era que se riera de él y otra de su maestro. No se lo iba a permitir. Camus jamás le había puesto una mano encima y había aprendido muchas cosas en el corto tiempo que llevaba a su lado.
- ¡No digas nada de mi maestro! ¡Es mejor persona y caballero de lo que tú serás jamás! – gritó enfurecido.
El Demonin solo se limitó a reírse con burla y miró de reojo a Camus, que ajeno a lo que estaba ocurriendo, hablaba con el maestro de los pequeños y con sus futuros discípulos.
- Me dijeron que fuiste con el peor caballero de oro que hay – cizañó, provocando que Isaac empezara a encolerizarse – así que no tuviste tanta suerte, extranjero. Es un caballero de oro bastante mediocre…
Isaac, rojo por la ira y no pudiendo controlarse, se abalanzó sobre el Demonin, haciendo que este se sorprendiera, pero que a la vez sonriera. Había conseguido lo que quería.
- ¡No hables así de mi maestro! – gritó intentando golpearle. El otro niño le esquivaba y de vez en cuando atinaba a darle con la vara. Isaac solo se cegaba en su empeño por hacerle pagar su burla y el daño que estaba causando a los aspirantes.
- Solo digo verdades… - rio el otro, esquivándolo de nuevo – grandes verdades…
Isaac se detuvo. No estaba consiguiendo nada por el tremendo enfado que estaba sufriendo. Tomó aire levemente y miró con enojo al Demonin.
- ¿Qué pasa, no sabes hacer nada más? – se burló el grandullón - ¿Qué has hecho en Siberia entonces, contar osos? – Isaac apretó los puños, aun rojo de ira – Ves como me demuestras que tu maestro es un inútil, que no es capaz de enseñarte a pelear con…
El finlandés consiguió acallar esas palabras al encender su cosmos de repente. Todo a su alrededor se tornó levemente blanco y la temperatura comenzó a descender. Concentró su energía en una mano y la lanzó contra el Demonin, con toda su rabia y fuerza, que recibió el ataque de lleno en el pecho. Seguidamente se abalanzó contra él sin dejarle caer al suelo y comenzó a golpearle sin parar. El mayor cayó al suelo, tirando también la vara, y llegando a protegerse la cabeza con las manos. Su ropa estaba cubierta de escarcha y un frio mortal recorría todo su cuerpo. Alrededor se habían congregado los demás aspirantes en círculo, que al ver como el tirano de su casa era derrotado, hacían gestos de victoria y animaban a Isaac, que, cegado, continuaba golpeándole.
De repente se hizo el silencio e Isaac notó como alguien le agarraba del brazo, haciéndole detenerse. En su furia, se volvió dispuesto a golpear a cualquier amigo del Demonin que intentara salvarle. Tenía el puño preparado, pero al ver quien le sostenía el brazo, se detuvo, dejando su puño a escasos centímetros del cuerpo de su maestro. Camus le miraba fijamente con ojos gélidos, sin pronunciar palabra, haciéndole al niño paralizarse.
- Vámonos – dijo el caballero de oro, finalmente, con tono seco pero enérgico. Isaac solo agachó la vista y le siguió, pero antes logró echar un último vistazo al derrotado Demonin.
El camino hasta la casa de Acuario nunca le había parecido a Isaac tan interminable. Su maestro no había dicho una palabra desde que dejaron la zona de aspirantes y el niño ni siquiera podía saber si Camus estaba o no enfadado hasta que llegaron a la vivienda. El caballero se giró para mirarle y el pequeño solo pudo intentar sostenerle aquella fría mirada el mayor tiempo posible.
-¿En qué estabas pensando? – preguntó Camus finalmente.
- En… yo… - Isaac no sabía por dónde comenzar – ese niño es malo… yo le conocía… ¿recuerdas que…?
- Te he preguntado que en qué estabas pensando – insistió Camus cruzando los brazos. Isaac tragó saliva.
- En derrotarle, maestro. En acabar con él. – terminó por decir.
- ¿Acaso no te he enseñado nada?
- Muchas cosas, maestro
- Y creí que una de ellas era "no golpear cegado por la rabia a un adversario"
- Es que él dijo muchas cosas… ¡estaba pegando a un niño! – se defendió Isaac.
- No me estas escuchando – continuó Camus - ¿te enseñé o no eso?
- Si, maestro.
- No, no lo hice. – Isaac le miró confundido – si lo hubiera hecho, habrías pensado, habrías razonado qué hacer, cómo hacerlo, y no te habrías lanzado contra ese niño golpeando a diestro y siniestro. – añadió quizás con decepción. El pequeño solo pudo bajar la cabeza, avergonzado.
- Lo siento, maestro – atinó a decir.
- Sin contar con la ética que debe poseer un buen caballero. Nunca debes ensañarte con alguien inferior a ti, mucho menos si ni siquiera es una batalla. Y por supuesto, debes permanecer impasible a lo que digan o…
- ¡Pero estaba golpeando a otros niños! ¡No podía permitirlo! – le cortó Isaac.
- Cuestionar eso correspondía a su maestro, no a ti.
- Es mala persona, es…
- No estás entendiendo nada, Isaac. – el niño le miró intentando atisbar en el rostro de Camus algún indicio de decepción. Pero allí no había nada. Si su maestro estaba enfadado o decepcionado no lo mostraba abiertamente.
- Yo…
- No saldrás de la casa de Acuario hasta que tengas claro lo que ha ocurrido, analices lo que está bien o mal y qué podría haber sido diferente. – sentenció el caballero de oro, que salió de la casa dejando al niño solo.
Isaac pasó horas sentado en el sofá, repasando lo que había acontecido con el Demonin, intentando analizar la situación tal cual Camus le hubiera dicho. Sabía que había actuado mal en los puntos que había tocado su maestro, pero por otro lado, se sentía orgulloso por haber defendido a esos niños y, por supuesto, por haber logrado encender su cosmos. Recordaba el aspecto levemente congelado que había tenido el Demonin y sonrió. Lo había logrado después de varios meses… por fin había encendido su cosmos de nuevo…
-¿Qué pasa por esa mente perversa? – interrumpió sus cavilaciones una voz salida de la nada. Isaac, que había ido escurriéndose hasta quedar medio tumbado en el sofá, se incorporó de repente para mirar quien había hablado. Encontró a Milo de pie frente a él, arqueando una ceja.
- ¿Mente qué? – terminó por preguntar.
- Estabas sonriendo satisfecho, niñito. Sé que Camus tiene una buena consideración de ti, pero esa sonrisa no auguraba nada bueno… - Isaac solo se sentó derecho en el sofá sin saber que decir.
- Estoy contento porque encendí mi cosmos. – terminó por explicar. Milo arqueó una ceja.
- ¿De veras? ¡Qué sorprendente, encendiste tu cosmos! – fingió emocionarse, lo cual alegró a Isaac que confiaba en la veracidad de los sentimientos del caballero
- ¿Verdad que si? ¡Lo he logrado! – añadió contento.
- Se supone que entrenas para eso, niño – le cortó con burla, mientras suspiraba levemente. Isaac se vino abajo de inmediato, captando entonces la ironía en las palabras del caballero. Milo no se alegraba por él, era obvio. - ¿Y dónde está tu querido maestro?
- No lo sé – terminó por responder – se fue hace rato…
- Ya veo… - Milo se sentó en una silla para sorpresa de Isaac. – Tráeme algo de beber – ordenó al pequeño.
Isaac obedeció, sin saber por qué. Camus nunca le ordenaba cosas de ese tipo, pero el caballero de Escorpio le intimidaba, y no se atrevía a cuestionarle nada. Le trajo la bebida pensando en por qué se quedaba en la casa de Acuario si su maestro no estaba, pero sin atreverse a preguntarle. Milo bebió en silencio, mirando de reojo al niño.
-¿Cuándo os vais a Siberia? – preguntó finalmente. Isaac solo se encogió de hombros.
- No lo sé.
- Pero a ver, niño, ¿no se supone que Camus tiene dos alumnos nuevos?
- Si, hoy ha hablado con ellos… - dijo sin querer añadir ningún dato sobre el "incidente". – pero no me ha dicho cuando nos vamos.
- Este Camus y sus misterios… - murmuró Milo como para sí. Luego miró al pequeño de reojo – tendrás rivales, niño.
- ¿Rivales? – preguntó Isaac confundido.
- Si, rivales. ¿Qué pasa, no sabes hablar griego? ¿Sabes lo que es un rival?
- Si, si que lo se… lo que quiero decir es que… - Isaac se detuvo. Él no conocía a aquellos niños nuevos, pero pensaba que al ir todos a Siberia tendría amigos y así no se sentiría tan solo en aquel lugar – Tendré nuevos amigos – terminó por decir.
- ¿Amigos? – Milo comenzó a reír a carcajadas – que divertido eres… - Isaac le miraba muy confundido. El caballero bebió. – Entérate de esto… esos niños no son tus amigos… A partir de ahora, todo el que vaya a entrenar contigo y Camus es un rival para la armadura de bronce. No tendrás amigos y deberás demostrar que vales mucho más que cualquiera. Así son las cosas. Cuanto antes lo asumas, mejor – sentenció bebiendo de nuevo. Isaac le miró asombrado.
- No… no lo había visto de ese modo – terminó por decir el pequeño. Milo terminó de beber y se levantó del sitio. Hizo un gesto con la mano a modo de despedida y se alejó tal cual hubiera entrado, dejando a un confundido Isaac.
Camus subía las escaleras, cerca de la casa de Acuario, cuando se encontró con Milo, que bajaba a su templo casi con aire ausente. Ambos se detuvieron.
- ¿Ya viste a tus nuevos alumnos? – preguntó el caballero de Escorpio con curiosidad. Camus asintió.
- Sí. Nos marcharemos mañana – Milo arqueó una ceja.
- ¿Tan pronto?
- Sí – respondió, a la vez que miraba instintivamente hacía arriba, al final de la hilera de templos. Milo giró la vista para ver qué había llamado la atención de su amigo.
- ¿Qué ocurre? – preguntó - ¿Qué me he perdido? – Camus dudó un momento ante que decirle pero luego negó con la cabeza.
- Nada – terminó por decir – esos niños deben empezar su entrenamiento cuanto antes e Isaac reanudarlo – Milo arqueó una ceja de nuevo.
- ¿Y por eso miras al templo de… de Piscis? ¿o del Patriarca? – evaluó.
Camus conocía a Milo desde siempre y sabía cómo era. No quería hablar sobre nada que pudiera ponerle en alerta y menos cuando solo era una sospecha, una idea que se había formado en su mente, pero que no estaba fundada en nada. Era más fácil alejarse del Santuario, estar en Siberia entrenando a esos niños…
- Milo, realmente estás imaginando cosas – añadió Camus.
- Lo que sea… - dijo el caballero cansado por las evasivas. Le agotaba el hecho de que su amigo fuera tan cerrado y tan difícil saber qué pensaba realmente. Lo más extraño era que solían compartir los pensamientos pero Camus estaba misterioso últimamente y Milo creía que se debía al hecho de ser maestro, a la presión que debía suponer.
- Tengo que hablar con Isaac – dijo el caballero de Acuario – Nos veremos después – Milo asintió y cada cual reanudó su camino.
Camus subió las escaleras hacia su templo, sin dejar de apartar la vista del templo del Patriarca. Había algo allí que le ponía nervioso y eso no era cosa que le ocurriera normalmente. Sentía algo diferente, algo extraño, que no había ocurrido antes cuando entrenaba para la armadura de oro o cuando llegó al Santuario, pero que venía sintiendo de unos pocos años atrás. Y al ser su sospecha relacionada con el Patriarca, no se sentía con derecho a hablarlo con nadie, ni siquiera con su amigo Milo.
Isaac, por su parte, pensaba en las palabras que hubiera dicho el caballero de Escorpio. Las cosas eran realmente complicadas cuando uno intentaba formar parte de la Orden de Atenea. Si tan solo pudiera entrenar y ser el caballero del Cisne y que los demás también, de algún modo, lograran ser algo… Sabía que Milo tenía razón, pero no quería asumirlo. Sería mejor pensar que aquellos niños eran sus amigos…
Estaba ensimismado en sus pensamientos cuando oyó entrar a su maestro en la casa de Acuario. Se sentó muy derecho en su sitio y esperó… Camus se acercó sin decir nada y solo le miró.
- Mañana nos marchamos a Siberia – dijo.
- Sí, maestro… - respondió Isaac. Camus fue a alejarse, pero el niño tuvo la necesidad de que dijera algo más – su amigo… el caballero Milo estuvo aquí.
- Lo sé – respondió y al momento entró por la puerta de su dormitorio. Isaac estaba nervioso. No sabía si Camus le iba a referir en algún momento lo que había pasado o si simplemente lo dejaría estar.
- Maestro… - comenzó al verle volver. El caballero se giró a mirarle – he pensado en lo que hablamos… - Camus asintió y esperó sus palabras - Creo que no debí haberme enfadado tanto pero ese Dem… niño realmente me enfureció.
- Estamos entrenando para eso, para que controles tus sentimientos y emociones – sentenció el caballero de Acuario.
- Pero también… ¡logré encender mi cosmos! – añadió sin poder ocultar su alegría. Camus suspiró levemente, con un gesto apenas perceptible.
- Lo hiciste… pero esa no era la forma de lograrlo. Y tú lo sabes… lo sabes muy bien, ¿verdad? – Isaac asintió.
- Sí, maestro.
Isaac estaba contento, en cierto modo, por ver el dormitorio que durante meses había estado frío y solitario, lleno de gente. Los dos niños que lo compartían con él se llamaban Arsen y Yegor. Arsen tenía siete años, el pelo negro ondulado, que nunca conseguía manejar y le hacía parecer recién levantado, y los ojos muy negros y grandes. Era griego, bajito, y no hablaba ni una palabra de ruso. Estaba asustado por la situación que comenzaba a vivir, pero trataba de disimularlo. Casi siempre miraba a Isaac con curiosidad y parecía que la presencia de Yegor le fuera totalmente indiferente.
Yegor, por su parte, era el mayor. Tenía ocho años, el pelo comenzando a ser largo, de un color marrón muy extraño, y de ojos verdosos. No conocía su procedencia, aunque su nombre no era griego, y no hablaba nada de ruso. Era algo más alto y recio que los otros, y casi siempre les miraba como si fueran poca cosa.
Isaac no sabía si alguno le caía bien o mal, y tampoco quería detenerse a pensar en ello. Solo había sido amable durante la presentación que había hecho Camus y en el viaje a Siberia. Les había explicado todo lo referente a la cabaña donde ahora vivirían, donde estaban las cosas, e incluso alguna idea de cómo sería el entrenamiento. Arsen había mirado al suelo, sin saber que decir, mientras que Yegor se había limitado a sacar una navaja, que Isaac no sabía donde había conseguido, y raspaba un trozo de madera.
El primer día, Camus no había comenzado con el entrenamiento, ni había hecho referencia a él. Isaac deducía que, igual que ocurrió con él mismo, pretendía que los niños se familiarizaran con el entorno. Todos hablaban en griego, aunque el maestro había comenzado a introducir alguna palabra en ruso, como venía haciendo últimamente, logrando que los alumnos nuevos se confundieran. En ningún momento rechazaron algo de lo que Camus dijera y parecían adaptados al lugar, o al menos eso le parecía a Isaac. El finlandés se había dormido escuchando la respiración de los demás, haciéndole recordar a cuando vivía en la cabaña de entrenamiento…
Al día siguiente, los cuatro se dirigían a la zona donde realizaban los ejercicios, cerca de la cabaña. Isaac y Camus llevaban ropas cómodas y ligeras, como solían hacer siempre, sin embargo, aquella indumentaria en los niños nuevos había provocado problemas. Yegor había gruñido ante la idea de vestirse de aquella forma. Había mirado los calentadores de las piernas con recelo y los había lanzado sobre la cama. Luego se había dejado la camiseta de manga corta, disimulando el enorme frío que sentía. Arsen, por su parte, se había puesto toda la ropa, pero su cara se había tornado blanca y no podía evitar tiritar. Los dientes le castañeaban y se abrazaba a si mismo intentando entrar en calor. Por suerte, no estaba nevando, pero hacía aire y de vez en cuando volaban aquí y allá algunos copos pequeños como cristales que conseguían entumecer la piel. Yegor se había puesto blanco también pero tenía los puños apretados, intentando mantenerse firme y evitando a toda costa tiritar.
- Pronto os acostumbrareis al frío – dijo Isaac con una sonrisa. Yegor le miró casi con odio y comenzó a moverse en ejercicios de calentamiento para no entumecerse, mientras que Arsen solo levantó la vista levemente sin poder dejar de tiritar
- No… no…
- Muévete – le dijo Isaac – así entrarás en calor. - El otro le hizo caso, pero por mucho que lo intentaba no lo lograba.
El entrenamiento, para el gusto de Isaac, fue muy básico, pero el niño entendía que debía dar un margen a los nuevos para que se acostumbraran a la situación. Intentaba ayudarles en todo momento y, sobre todo, comprenderles.
Ya en la cabaña, Arsen había tomado la sopa caliente con ganas, pero aun temblando. Luego se había sentado delante de la chimenea con los brazos extendidos. El color le había vuelto un poco, pero se encontraba realmente mal. Yegor se había sentado también próximo a la chimenea y raspaba de nuevo su palo. Isaac les observaba curioso y se giró a su maestro, hablándole en voz baja para que no pudieran oírle.
- Maestro Camus, ¿cree que podrán acostumbrarse a entrenar con esa ropa?
- Tú te acostumbraste, ¿verdad? – Isaac asintió. Pero también sabía que él procedía de un lugar frío, no de Grecia, como los otros niños.
Aquella noche Isaac no podía dormir. Oía a Arsen gimotear, más bien llorar, a cada momento. Yegor se movía a un lado y otro de la cama, con impaciencia, hasta que se incorporó.
- ¡Cállate de una vez, llorona! – gruñó, golpeando con su almohada en la cabeza de Arsen, que, sorprendido, solo pudo ahogar sus lágrimas y gemir levemente. Se refugió más entre las mantas. Isaac se levantó de un salto de la cama.
- ¿Cómo te atreves? – se encaró con el mayor. Este se había tumbado en su cama y miró a Isaac se reojo.
- Acuéstate – ordenó – ¡y dejadme dormid de una vez! – miró a Isaac y le mostró la navaja que siempre llevaba, con aire amenazante. El finlandés le iba a responder, le iba a decir que un arma no era problema para él… pero en ese momento recordó las palabras de Camus en el Santuario, cuando había tenido el encontronazo con el Demonin. Yegor era más débil que él, así que debía dejarlo estar… por ahora…
Isaac volvió a su cama y trató de conciliar el sueño. Arsen intentaba ahogar su llanto para no ser molestado de nuevo y Yegor no volvió a decir nada. Sin embargo, Isaac recordó en aquel momento las palabras que hubiera mencionado Milo y le hicieron dudar. ¿Realmente tenía a su lado amigos o eran rivales?
Continuará...
