Serie de drabbles navideños de nuestras parejas preferidas para animar las fiestas. Disfruten. ;)

Disclaimer: Ni Frozen, ni Tangled, ni ninguno de los personajes que vayan a hacer aparición me pertenecen, aunque no me molestaría que Santa me dejase a alguno debajo del árbol.


Celebración


XIX

El lejano eco de los músicos tocando en el salón distrajo a Elsa momentáneamente, quien se encontraba pensativa en la terraza. Era el día de Navidad y los Westergaard habían ofrecido su tradicional baile anual para celebrar con el resto del pueblo.

No hacía mucho rato que el patriarca de la familia le había pedido que se sentara al piano para tocar un villancico y que todos pudieran deleitarse con su maravillosa voz.

Una petición que había aceptado de modo cohibido. No era una persona de fiestas.

—Imagine que la encontraría aquí, señorita Delle —la voz varonil que se escuchó a sus espaldas le provocó un pequeño sobresalto—. ¿No es de su agrado la recepción?

—En lo absoluto, señor Westergaard. Más debo decir que no soy muy asidua al baile —la rubia se volvió para encarar al joven pelirrojo que la miraba con una sonrisa torcida—, mi hermana sin embargo, es el alma de la fiesta. Estoy segura de que le encantará compartir un vals con usted —añadió de manera fría.

—Lamento estar en desacuerdo con tal apreciación, la señorita Anna no necesita en lo absoluto de mis atenciones teniendo a un montón de muchachos ansiosos por bailar con ella —Hans se le acercó hasta quedar tan solo a un palmo de distancia, cosa que le hizo tensarse— y siendo sinceros, me honraría más compartir ese vals con usted.

—Oh, ¿y eso a que se debe? —la jovencita parpadeó con fingida confusión— No me dirá que el desaire de Anna le ha hecho reconsiderar sus objetivos.

El bermejo rió irónicamente, agitando suavemente la cabeza.

—Nunca ha habido tal desaire, su apreciada hermana sabe que no siento por ella más que el afecto de un amigo y ese sentimiento es recíproco —contestó Hans—. Pero su orgullo es tal que insiste en fingir que desconoce mis verdaderas intenciones.

Elsa se ruborizó abruptamente y lo fulminó con la mirada.

—¿Y cuáles son esas intenciones?

—Creo que le han quedado bastante claras hace tiempo —el pelirrojo le levantó delicadamente la barbilla con su pulgar y su índice—, desde el día en que me presenté ante su padre para pedir su mano y él respondió que no habría de hacer nada sin su consentimiento. Oh sí, no finja Elsa, sé bien que lo sabe —el color en los pómulos de la blonda aumentó—, lo que sigo preguntándome, es que debo hacer para ganarme una mirada de esos ojos hermosos —fijo la mirada en sus pupilas celestes—, una sonrisa de sus labios —rozó la comisura de su boca con la de él—. ¿Por qué insiste en ignorar lo que siento por usted, mi señorita? ¿Ni siquiera en Navidad se apiadará de mí? ¿Qué debo hacer para que acepte ser mía?

Elsa suspiró, su corazón latiendo fuertemente.

—Cuidado, señor Westergaard. Cualquiera que lo mirara podría pensar que va a hacer algo inapropiado.

—Pero eso es lo que intento.

Cuando sus labios atraparon los de ella, no hizo nada por apartarse.

XX

Moviendo sus pies al compás de la música, Anna tomó otro emparedado de la mesa de bocadillos y lo saboreó con gusto. A diferencia de otras damas, ella no encontraba razón alguna para disimular su apetito en los eventos sociales. Le gustaba la comida casi tanto como un buen baile y su desparpajo en los modales no había conseguido ahuyentar a los muchachos, sino todo lo contrario.

Era una señorita de buena cuna, pero que sabía muy bien disfrutar de los placeres de la vida.

—Buenas tardes, señorita Anna.

La colorada se dio la vuelta para encontrarse con el empleado del señor Weselton, que atendía el dispensario del pueblo. Un joven foráneo de cabellos rubios y carácter reservado. El traje sencillo pero apropiado para la ocasión resaltaba sus anchos hombros y lo hacía ver todavía más alto.

—¡Kristoff! ¡Qué sorpresa verte aquí! —ella lo saludó con informalidad, atrayendo la atención de varias mujeres que la miraron sorprendida— Estaba preguntándome si te vería el día de hoy.

—El señor Westergaard acudió a invitarme personalmente, no podía hacerle un desplante —dijo él, sonriendo suavemente—. Además… también esperaba verla a usted, señorita.

—No me digas señorita, llámame Anna. Somos amigos, ¿no? —inquirió ella devolviéndole el gesto.

—No sé si eso sea lo más apropiado.

—¡Por supuesto que sí! —los ojos turquesas de la colorada se deslizaron hasta el laúd que Kristoff traía en la mano— ¿Tocarás una canción con los músicos? —inquirió, curiosa.

—En el pueblo me lo han pedido tantas veces, que esta vez no pude negarme. Parece que alguien me oyó mientras estaba en los establos —dijo él, llevándose una mano a la nuca con cierta incomodidad—, no creo ser tan bueno, pero…

—¡Tonterías, Kristoff! Eres maravilloso tocando ese instrumento, seguro lo harás muy bien —repuso la chica con entusiasmo y el aludido no pudo evitar ruborizarse.

Desde luego, no sería Anna quien le dijera que había sido ella la que lo había escuchado en los establos y luego se había encargado de esparcir el rumor de lo buen músico que era. A veces ese hombre era tan tímido como su hermana mayor.

—Trataré de hacerlo lo mejor que pueda, jamás he tocado en público.

—Y cuando esté haciéndolo… ¿querría usted dedicarme una pequeña canción? —el rubor en las mejillas pecosas de Anna aumentó y ella desvío la mirada, sonriendo tímidamente y cruzando sus manos— Me gusta tanto esta época navideña… lo que más disfruto son los villancicos, ¿sabe usted? —afirmó, sin percatarse de lo rápido que había cambiado en su manera de dirigirse a su acompañante.

Kristoff parpadeó con sorpresa y asintió.

—Para usted señorita Anna, claro que sí, cualquier canción… si antes me concede un baile, desde luego —agregó, sintiéndose más osado.

Cuando los orbes verdosos de la cobriza se alzaron, sumamente brillantes, temió por un momento que le reclamara su impertinencia. Pero en lugar de eso, volvió a mostrar una sonrisa más amplia que la de antes.

—Pensé que nunca lo preguntarías —dijo y lo tomó de la mano.

XXI

Rapunzel rió alegremente al dar una vuelta en medio de las personas que bailaban. El salón de los Westergaard estaba a reventar de gente. Los músicos habían dejado de tocar villancicos para entonar melodías más alegres y bailables, que hacían que todos los invitados formaran una rondalla y se tomaran de las manos.

La sonriente muchacha se agarró las faldas y comenzó a andar en zigzag por la fila que formaban los hombres, detrás del resto de las mujeres. Su largo cabello dorado, tomado en una trenza enredada con listones rojos y ramitas de muérdago, parecía flotar detrás de ella. Cuando terminó en los brazos de un joven alto y moreno, las comisuras de sus labios se alzaron liberando otra risa.

—¡Esto es muy divertido! —exclamó, al tiempo que Eugene la hacía dar una vuelta— Hacía tanto tiempo que no lo pasaba tan bien…

—¿Sigue enfadada por haberle hecho salir de casa de su madre? —preguntó él de manera socarrona.

—No, ya no —dijo ella afablemente—, solo lamento que no se dé la oportunidad de disfrutar esto. Madre dice que el mundo es un lugar muy cruel.

—Lo es a veces, pero también puede ser un lugar gentil. Todo depende del cristal con que lo mires —el castaño la tomó por la cintura y la levantó brevemente en el aire, en sincronía con el resto de las parejas—. Habría sido una pena que se quedara en casa.

—Sí, no habría podido bailar tanto o ver como la señorita Delle volvía a darle calabazas al menor de los Westergaard —Rapunzel rió por lo bajo—, pobre muchacho, ¿cómo es que no se da por vencido?

—Algunos hombres no saben cuando dejar de insistir. Sobretodo si están enamorados.

—¿Usted también es así, señor Fitzherbert? —los ojos verdes se posaron en él con intensidad.

—Solo cuando la muchacha vale la pena —respondió Eugene, devolviéndole la mirada con calidez y apreciando como el encantador rostro se encendía.

La multitud formó un círculo y Rapunzel entrelazó su brazo con el suyo. Cuando se pusieron a dar vueltas, la risa alegre de la chica hizo eco en sus oídos como el trinar de un ave. El sonido más maravilloso del mundo.

Los músicos tocaron con más ahínco, precipitando el baile, haciendo que los invitados se agitaran y sonrieran y gritaran.

El día de Navidad debía ser el más jubiloso en ese pequeño pueblo de las montañas.

Rapunzel giró sin control, dejando que sus pasos se deslizaran sobre el piso de duela y cerrando los ojos para ser una con la música. En casa, su estricta madre habría reprobado aquel tipo de comportamiento. Pero ahora no quería pensar en ella.

Hoy no.

Dos manos largas y masculinas se posaron en su cintura, deteniéndola justo cuando la canción llegó a su nota final. Las personas prorrumpieron en aplausos y ella se dio cuenta por primera vez, de lo profundos que eran los ojos castaños de Eugene.

Y por un instante, deseó que el tiempo se detuviera.


Nota de autor:

¡Hola a todos! Cada vez faltan menos drabbles de este especial y en esta ocasión, decidí escribir tres escenas ambientadas en la época victoriana, (ya saben, como "Orgullo y Prejuicio", "Sentido y Sensibilidad"... sí se notó, ¿no? xD) Me encantan las historias de este tipo y era justo ver como se comportarían las parejitas en un ambiente así; se nota que para ls historia final me inspiré con el bailecito de Tangled, ¿eh? :3

A mi parecer, entre el Helsa y el Eugenzel se han llevado por completo este capítulo, ¿o ustedes que creen? Yo no me decido.

¡Nos leemos mañana! :D