Capítulo 7:Accidentes en las montañas.

Billa se subió a la cama de su amiga, metiéndose entre las sábanas y ahogando la cabeza contra la almohada.

-¡Billa! ¿Qué te ha pasado?

-¡Thorin, Méreda! ¡Eso es lo que ha pasado! ¡Por pocas nos besamos!

-¿Qué? Espera, espera, empieza desde el principio.

Y Billa le contó todo a su amiga: desde la aparición de Elrond y Gandalf, hasta la conversación con Thorin; y, finalmente, el suceso tan extraño que acababa de vivir.

-¡Me muero de vergüenza! – gritó la hobbit, tapándose la roja cara entre las manos.-¿Qué voy a hacer mañana cuando lo vea?

-Billa, ¡cálmate! No ha pasado nada malo.

-¡Claro que ha pasado algo malo!

-¡Billa, que me estallan los tímpanos! ¡No grites! Al final nos van a llamar la atención… Escúchame, y dime la verdad. ¿Te ha gustado?

-¿Yo…?

-¿Qué has sentido?

-No lo sé. Todo ha ido muy rápido. Me ha empezado a latir el corazón muy rápido, y he comenzado a sudar muchísimo, y estaba muy nerviosa… Pero eso es lo normal que te pasa si te besa un hombre, ¿no?

Méreda la miró con las cejas arqueadas. - ¿Lo repetirías? ¿Te has quedado con ganas de besarlo?

-Yo… - Billa cerró los ojos, y volvió a recordar esos azules ojos que la miraban con fijeza, ese hermoso y sereno rostro, y esos suaves labios. Y esa mano sobre su mejilla, acariciándola con cariño. – Ha sido mágico. Ojalá estuviera con él ahora mismo. Creo… que me he enamorado.

-Bien. Porque creo que él también se ha enamorado de ti.

-¿Qué? ¿Cómo iba él a enamorarse de alguien como yo?

-Ha estado a punto de besarte, ¿no? Tú no has dicho nada, ni te has movido. Ha sido él solo el que se ha acercado a ti.

-Pero eso puede haber sido por cualquier razón – dijo Billa, mirando hacia abajo. – Se le habrá ido la cabeza, o algo.

-¿Se le habrá ido la cabeza? –preguntó Méreda, escéptica.

-Méreda, mírame – Billa se subió encima de la cama, y se señaló con las manos su menudo cuerpecillo. – Él es un enano, yo soy una hobbit. Él es un rey, yo una pueblerina. Él es fuerte y valiente, y yo soy un maldito pato mareado. ¿Qué vería en mí?

-Tú también eres fuerte y valiente. Esta noche has mostrado diez veces más valentía que él.

Billa abrió la boca para decir algo, pero se calló. Y ambas se quedaron mirando muy fijamente.

-Billa, a veces nos enamoramos de las personas menos pensadas. Y a veces, aunque no nos lo creamos, resulta que el sentimiento es correspondido.

Méreda se echó sobre la cama boca arriba, y se tapó con las sábanas. – Será mejor que descanses. Mañana nos moriremos del sueño.

-¿Puedo dormir en tu cama?

La mujer le sonrió a la mediana, y le hizo un hueco a su lado. Billa se arrejuntó a su cuerpo, y se hizo un ovillo sobre sí misma.

-Pongamos que es cierto lo que has dicho. Que yo me he enamorado de Thorin y él de mí. Pero ¿eso me vendría bien a mí? ¿O me causaría más mal que bien? ¿Debería arriesgarme?

-Eso es decisión tuya. Hay gente por la que no vale la pena sufrir, pero hay otras por las que sí.

-¿Y Thorin? ¿Tú crees que me valdría la pena luchar por él?

Méreda se encogió de hombros. – Aún queda mucho camino.

-Así que, ¿mañana por la mañana partimos?

-Al alba – dijo Thorin, con la mirada gacha. – Nadie ha de darse cuenta de que hemos dejado la morada.

-Bien – sentenció Dwalin. Ambos estaban reunidos en la alcoba de Thorin, ya que su señor lo había llamado para comunicarle el plan de Gandalf. – Entonces, no hay más de qué hablar. Ya estoy deseando alejarme de estos malditos elfos de una vez por todas.

-Sí…

-Mas ¿por dónde huiremos, Thorin? Gandalf debe haberte dicho… Thorin. ¡Thorin! ¿Qué te ocurre? Estás como ausente.

-¿Yo? – Thorin levantó la vista, con los ojos muy abiertos. – Nada. No pensaba en nada…

Todos se levantaron temprano con los primeros rayos del sol. A Billa le costó mucho desperezarse, ya que era la primera vez en semanas que dormía sobre una cama en condiciones.

-Dejadme aquí – llegó a farfullar mientras aún estaba medio dormida. – Iros sin mí.

-Claro – dijo Méreda. – Pero lamento recordaros, señorita Bolsón, que firmasteis un contrato con nuestra compañía. ¡Vamos! – chilló, destapándola por completo. - ¡Mueve el culo, que se nos hace de noche!

-¡Oh, cállate! – maldijo la hobbit, lanzándole la almohada en toda la cara a su amiga.

A pesar de algún que otro percance inicial, los quince compañeros consiguieron salir de Imladris a tiempo sin que nadie más se diera cuenta. Sin embargo, Méreda pasó una carta por debajo de la puerta de Arwen, y Billa guardó su secreto fielmente.

El sol ya despuntaba por el horizonte cuando la compañía caminaba sobre un desfiladero en dirección este. Billa se giró sobre sí misma para observar por última vez el valle escondido. Pensó en Gandalf. ¿Dónde estaría ahora para que no pudiera acompañarlos? Algo le decía que sin su ayuda, las cosas se torcerían bastante…

-¡Señorita Bolsón! – escuchó a sus espaldas, y ella se dio la vuelta sobre sí misma. Thorin la había llamado de nuevo con ese tono de voz que tanto odiaba; y la miraba con una mezcla de impaciencia, orgullo y enfado. - ¡Moveos! No pueden darse cuenta de que nos hemos ido.

Y Billa se quedó allí pasmada, sin decir ni hacer nada. ¿De veras? ¿La había tratado como siempre, como si no hubiera pasado nada la noche anterior? Una parte de ella sintió ganas de llorar; otra sintió ganas de gritarle al enano. Por suerte, consiguió retener las dos. Se aupó la mochila a la espalda, y caminó cansinamente cuesta arriba.

-¿Has oído lo que me ha dicho? – le preguntó a Méreda, muy indignada.

-Sí, lo he oído – suspiró la otra. – Intenta hacer como que no pasó nada, pero no puede engañarse a sí mismo. No te preocupes, Billa. Ahora no pienses en eso. (…) Piensa en el viajecito que nos espera a partir de ahora.

Y, efectivamente, Billa tuvo razones de sobra para distraerse. Los bosques y las colinas ya habían quedado atrás: ahora sus caminos seguían las pedregosas cimas de altas montañas, donde siempre hacía frío y los pies quedaban hechos trizas. Sí, los pies, porque ya no tenían ponys; y, aunque los tuvieran, ese terreno no sería apto para ellos. Así pues, tenían que caminar día tras día con la pesada mochila a cuestas, escalando rocas y serpenteando obstáculos.

Pero lo peor estaba aún por llegar. Las Montañas Nubladas se veían ya muy próximas, y eran más altas que ninguna otra sierra que Billa hubiera visto jamás. Era una cordillera increíblemente larga, que atravesaba gran parte de la Tierra Media de norte a sur; y además, era peligrosa. Billa temía lo que le pudiera pasar allí: con lo torpe que era, un simple traspiés le podría costar la vida.

Y, para añadir otro detalle más, Gandalf no estaba con ellos ahora. Billa no sabía cuándo volverían a verlo, y Méreda tampoco; y la hobbit no tenía valor para preguntárselo a Thorin. De lo único de lo que estaba segura, ella y todos los miembros de la compañía (exceptuando al testarudo líder), era de que sin el mago, eran mucho más vulnerables.

Pero Billa no estaba dispuesta a quedarse de brazos cruzados; no, señor. No iba a permitir que le ocurriera lo mismo que le pasó durante la noche de los trolls, o durante la persecución de los orcos hasta Rivendel. Sinceramente, se avergonzaba de sí misma cada vez que recordaba esos sucesos. Y por eso, le pidió a Méreda que la volviera a entrenar. Y su amiga aceptó, y eso le provocó un mal presentimiento a Billa; ya que al principio, cuando se lo había pedido por primera vez, la mujer le había asegurado que eso no era necesario, pero ahora, no ponía ningún tipo de pega. Y Billa prefirió no preguntarle qué era lo que temía que les pasara.

Así pues, Billa caminaba infatigablemente día y tarde, con sus enormes pies de hobbit ya callosos y dolidos; y al atardecer, cuando paraban para acampar, practicaba con su espada, por muy cansada que estuviera. Una tarde, le preguntó a Balin si sabía algo de su arma, y el enano le respondió que lord Elrond le había dicho a Thorin que su espada se llamaba Orcrist, la ¨Hendedora de Trasgos¨, arma de Ecthelion, el Señor de las Fuentes; y la espada de Gandalf, Glamdring, fue la espada de Turgon, rey de Gondolin. Ambas habían sido forjadas en ese antiguo reino por los elfos de la Primera Edad. Pero de la espada de Billa, nada se sabía.

-Ni siquiera creo que sea una espada – le dijo; -podría pasar por un abrecartas.

Y Billa le dio la espalda, fastidiada, y se fue a entrenar con Méreda.

Pero, a pesar de todo eso, cuando caía la fría noche y se recostaba junto al fuego, sólo podía pensar en Thorin. A veces se sorprendía a sí misma mirándolo sin ser consciente de ello, y le escocían los ojos de rabia y tristeza al pensar que él no la correspondía.

-Soy invisible para él – pensaba. – Nada de lo que le dije le importa lo más mínimo.

Tan mal se sentía, que ni siquiera le confesaba nada de eso a Méreda, porque sabía que no se sentiría mejor al hacerlo. Y sus ganas de acabar el viaje y volver a casa se acentuaban en ella día tras día, noche tras noche. Pero había otra pequeñita parte dentro de ella, que deseaba continuar con esa aventura, ver más mundo. Más mundo aparte de montañas y bosques. Quería llegar ya a Rhovanion, de una vez por todas. Y así se lo mencionó una noche a Méreda.

-¿Cómo es? –le preguntó, recostada de medio lado.

-Como Eriador – le respondió ella, encogiéndose de hombros.

-Qué simple eres – resopló la hobbit. - ¿Con qué nos toparemos por nuestro camino? Por ahora, el único sitio realmente increíble que hemos visto ha sido Rivendel.

-Pues… después de las Montañas Nubladas hay un tramo de praderas verdes; después está el gran Bosque; después Esgaroth y la antigua ciudad de Valle; y por último, Erebor.

-¿Qué es lo más impresionante de todo?

-Diría que Erebor. No la he visto por dentro, pero nada más que sus puertas exteriores te engalanan la vista. En serio, es el sitio más impresionante en el que he estado. Bueno, Erebor y Minas Tirith.

-¿Cómo es Minas Tirith? – le preguntó Billa, aupándose sobre su codo.

-Es increíble – sonrió Méreda. – Hermosa, blanca y pura. Y la gente allí es la más amable y generosa que he conocido en mi vida.

-Cuánto mundo has conocido en tu vida – suspiró Billa, mirando hacia el cielo. – Oye, por cierto: una vez te hice una pregunta, y no me respondiste. ¿Cuántos años tienes?

-¿No te enseñaron que preguntar eso es de mala educación?

-Sí. ¿Cuántos años tienes?

-¡Oh, Billa! – se quejó la otra, girándose hacia abajo y metiendo la cabeza debajo de su mochila.

-¡Venga, dímelo!

-¿Quieres que te sea sincera?

-Sí.

-¿Realmente sincera?

-¡Sí!

-Cuarenta y uno.

-Ya, muy graciosa, Méreda. Venga, seme sincera. ¿Cuántos?

-Buenas noches, Billa – sonrió la otra, cerrando los ojos.

-¡Méreda, deja de ser como una niña pequeña!

Pero, por mucho que le insistió, fue imposible que la humana le diera otra cifra esa noche. Pero al día siguiente, ocurrió algo muy extraño que a Billa le hizo recapacitar.

La compañía estaba enfrascada en bajar por la montaña cuya cima habían recorrido, ya que las Montañas Nubladas estaban ya a tiro de pájaro. Pero, como se ha dicho antes, las montañas ya no eran verdes, con bosques, y con pendientes suaves: eran escarpadas y rocosas, y los quince compañeros debían preocuparse de colocar bien los pies para no caer rodando por la cuesta.

-¿¡Vais bien? – preguntó Glóin, que era uno de los que iba a la cabeza.

-¡Sí! – respondió Kíli, seguro de sí mismo.

Los enanos eran un pueblo acostumbrado a las montañas por propia constitución, pero los más jóvenes de la compañía aún no tenían tanta experiencia con esos relieves. Y qué decir de Billa y Méreda. La hobbit, al menos, podía agarrarse al terreno gracias a sus peludos y grandes pies; pero Méreda, acostumbrada a galopar rápidamente y sin descanso, tenía más problemas para llevar a cabo una misión tan lenta y minuciosa.

-Méreda, ¿vas bien? – le preguntó Fíli.

-Sí, no os preocupéis – respondió ella, agarrándose a la mismísima tierra con las manos.

-¿Seguro? ¿Quieres ayuda? – le preguntó Billa. - ¡Méreda!

Tarde. La humana tropezó con una roca y cayó rodando cuesta abajo a toda velocidad.

-¡Méreda! – gritó Thorin, que bajó corriendo en su ayuda, seguido del resto de sus compañeros.

Cuando llegaron abajo, vieron a la mujer yaciendo boca abajo contra el duro suelo, y lamentándose en voz baja.

-¡Méreda!- la cogió Thorin, ayudándola a sentarse.

-Estoy bien, no os preocupéis – aseguró ella, con la cara llena de arañazos y cortes, y la ropa raída.

-¿Te duele algo en exceso? ¿Tienes las articulaciones en buen estado? – le preguntó Óin, el sanador de la compañía. - ¿Algún hueso roto?

-No, no tengo nada, de veras – Méreda hizo ademán de levantarse, pero gimió de dolor y volvió a caer al suelo, abrazándose el abdomen.

-Déjame ver – le dijo Óin, levantándole la camisa. – Vaya, no tiene buena pinta.

Debajo de la altura del estómago, la mujer tenía una herida bastante profunda de la que emanaba mucha sangre.

-Hay que vendártela.

-¡No! – gritó ella, echándose hacia atrás. – No toques, por favor.

-¡No te preocupes, niña, no voy a tocártela! Sólo quiero examinártela más de cerca. (…) Sí, habrá que curarte la herida con algunas hierbas y después vendártela. Deja que coja mi botiquín de mi mochila…

-Os aseguro que esto es completamente innecesario – afirmó Méreda. – Para esta noche estaré bien, ya veréis.

-¿Podrás caminar sola? – le preguntó Thorin.

-Sí. Tal vez necesite algo de ayuda, pero sí, podré caminar.

-Bien. Te ayudo a levantarte – le dijo el líder enano, dándole unas palmaditas en la espalda, y provocando que Billa se pusiera roja de celos.

Pero, como ella misma había asegurado, para esa noche Méreda ya estaba mucho mejor. Muchísimo mejor. Y cuando pararon a descansar y Óin le pidió que le volviera a mostrar la herida… ya había sanado. Por completo.

-Os dije que estaría mejor – sonrió ella, con nerviosismo, ante las incrédulas miradas de la compañía.

-Pero… pero… ¡Si no tienes ni cicatriz!

-Ya, bueno, desde siempre he sido una persona muy sana. Cicatrizo muy rápido las heridas.

Claramente, ninguno de sus compañeros se creyó esa explicación; pero, como no encontraban otra hipótesis más lógica, decidieron callar y no preguntar más. Pero Billa sí.

Cuando se acostaron las dos juntas como cada noche, la hobbit le habló a Méreda por lo bajini.

-Conque… cicatrizas muy bien las heridas.

-Sí; como muchas frutas y verduras. Eso es bueno.

-Méreda, por favor, una cosa es que no me quieras revelar un secreto, y otra cosa es que me tomes el pelo.

-Si te contase la verdad – le aseguró la humana, - no me creerías.

-¿Como no te creí anoche, cuando me dijiste que tenías cuarenta y un años de edad? ¿Es cierto? ¿Tienes esa edad? Por pocas y aparentas veinte.

-¿Qué explicación se te ocurriría?

-Que eres una Dúnedain.

-Buena hipótesis, pero no es correcta.

-Ya. Eso no explicaría cómo puedes sanar tus heridas tan rápidamente. (…) ¿Me lo vas a contar, o no? Sé que lo estás deseando. Se te nota mucho. Siempre sonríes de esa forma cuando quieres contarle algo a alguien.

Méreda suspiró, mirando hacia el cielo estrellado, con una sonrisa tranquila pero algo triste.

-¿Conoces el Río Rápido?

-Sí, es el que pasa por el norte del Bosque Verde.

-Pues forma un pequeño estanque en una curva que otorga inmortalidad.

-(…) ¿Qué? Espera, vuelve a repetirme eso.

-Ya te lo he dicho – resopló la otra, levantándose un poco para comprobar que no hubiera ningún enano cerca. – No me sé exactamente la explicación; creo que la historia se remonta a cuando aparecieron los primeros elfos en el mar de Rhûr, y durante su marcha hacia Valinor se toparon con ese estanque, y no sé qué ocurrió que… En fin, otorga la inmortalidad.

-¿Hay un estanque en este mundo que otorga la inmortalidad? ¿Y nadie lo sabe?

-Sólo los elfos más viejos, y los propios elfos silvanos del bosque.

-Y ¿por qué me lo cuentas a mí? A lo mejor podría aprovecharme.

-Para empezar, creo que puedo confiar en ti – le dijo la otra, duramente. – Además, ya da igual a quién se lo cuentes. Primero, te tomarían por lunática. Y si de verdad alguien fuera a ese bosque para buscar ese estanque, se vería engañado. Ya no existe ese lugar. Las aguas del Bosque Verde están más que contaminadas, y el estanque es un lodazal. Nunca volverá a ser como antes. Me lo contó Gandalf.

-¿De… de veras?

-Ya ni siquiera se llama Bosque Verde. Se llama Bosque Negro. Un mal tétrico lo asola. Siento decepcionarte, Billa.

La hobbit frunció el cejo, extrañada y molesta. – Pues… qué asco. Espera, ¿qué tipo de mal dices que lo asola?

-Ni idea. Y prefiero no saberlo. No me da buena espina imaginarme qué puede ser.

-¿Crees que tiene que ver con la espada que Radagast le mostró a Gandalf?

-Sí, eso creo. Radagast vive en ese bosque, al fin y al cabo. Ahora ya sabes, Billa, por qué no me sentó nada bien ver esa espada. Al bañarme en ese estanque, purificado con la esencia de los elfos, soy más sensible a todo lo que tenga que ver con… bueno… con algún tipo de mal.

-Pero, ¿de veras me estás diciendo que te bañaste ahí? ¿Qué eres inmortal?

Méreda se encogió de hombros y asintió, como si fuera algo totalmente natural.

-Y ¿cómo es ser inmortal?

-No sé. Si te soy sincera, yo no noto nada raro. Pero es porque aún soy joven. Tiene su lado bueno: no te salen arrugas, ni canas, ni cambia tu metabolismo… Pero el alma pesa muchísimo más. Lo estoy empezando a notar ahora, y, sinceramente, me da pavor pensar que voy a estar toda la eternidad así.

-Pero ¿por qué lo hiciste? Quiero decir, ahora… ¿Te sientes bien?

-Claro que no – suspiró la otra. – Tengo miedo de pensar que voy a vivir para siempre. Lo que me deparará el futuro. Una juventud eterna desgasta más que una vejez pronta. (…) Y además, la voy a pasar… sola. Tiene su lado bueno, no veré morir a mis seres queridos. Pero estoy sola. Sola para siempre.

-Méreda, yo… ¿Por qué lo hiciste?

-Porque tenía mis razones – afirmó la otra. –Y jamás me arrepentiré de lo que hice. Aunque lo cambiaría sin pensarlo.

-Bueno, tienes a Elrond, y a Gandalf. ¿Ellos lo saben?

-Sí, lo saben. Por favor, Billa, no le cuentes lo mío a nadie. Te lo pido por favor.

-No te preocupes. Jamás se me ocurriría hablarle de esto a nadie. Es algo muy serio.

Méreda vio la verdad en los ojos de Billa, y se relajó bastante. – Bien, pues ya sabes un secreto sobre mí, Billa.

-¿Uno? ¿Sólo uno? ¿Cómo son el resto? Supongo que éste será el más gordo – le preguntó, al borde de un ataque de nervios.

-Es el más gordo – le aseguró, dándose media vuelta. – Pero… eso no significa que sea el que más daño haga.

-Bien – alzó Thorin la voz, para que lo oyeran todos. – Esta noche Balin y yo haremos la guardia. Mañana penetraremos ya en las Montañas Nubladas, así que os advierto que es mejor que durmáis ahora que podéis.

-Bien – pensó Billa, antes de darse la vuelta para dormir.

Una hora más tarde, Thorin se calentaba las manos contra el fuego mientras todos los demás dormían.

-¿Qué miras? – le preguntó Balin, provocando que se distrajera.

-Nada. Miro al horizonte.

-¿Al horizonte? Más bien parece que estés mirando a nuestras dos compañeras de viaje.

-¿Qué? ¿De qué hablas? – le preguntó el enano, amenazante, levantándose lentamente.

-Mi hermano me contó que la madrugada que escapamos de Rivendel estabas muy raro. Y no he podido evitar darme cuenta de que las miras a ambas muy a menudo.

-Balin, déjalo – le advirtió el señor enano. – Las vigilo porque son torpes y lentas. ¿A quién se le ocurre meter a dos mujeres en nuestra compañía? La hobbit no sabe ni levantar una espada, y la humana por pocas y se mata hoy.

-Pero bien que has ido a rescatarla.

-¿A qué te refieres?

-Thorin – suspiró Balin. – Tienes casi doscientos años, y nunca te has dejado distraer por ninguna enana. No lo hagas ahora por una humana.

-¿Me estás insinuando que siento atracción por la mujer?

-Tú solo… ten cuidado. Tu sobrino menor ya le ha echado el ojo.

-¿Qué Kíli ha…? ¡Por encima de mi cadáver! ¡Una humana, por Durin! ¡No le bastan todas las enanas de Ered Luin, al parecer!

-Pues al parecer no. Pero no te estoy hablando de Kíli, Thorin. Te estoy hablando de ti. Deja de mirar a Méreda. Deja de observarla.

-Te aseguro que no tengo ojos para esa mujer, Balin. Te lo puedo jurar.

El mayor se lo quedó observando muy largamente, y finalmente asintió y se alejó un poco de él.

Pero cuando se hubo marchado, Thorin se alejó del fuego y se acercó a las dos muchachas que dormían muy profundamente. Se quedó mirando primero a Méreda. Era una mujer bastante bella, pero muy niña aún. Vamos, perfecta para su sobrino. Thorin suspiró para sí. Ya se encargaría de eso más tarde. Pero cuando dirigió su mirada a Billa, su corazón dio un vuelco que al enano le asustó bastante. Se agachó para taparla mejor con la manta, y se permitió a sí mismo enredar su mano en su alborotado cabello una vez más. Pero se levantó rápido después de eso, y se volvió de nuevo al lado del fuego para sentarse.

A la mañana siguiente, los quince compañeros se levantaron muy temprano para continuar la marcha. A simple vista, hacía un día perfecto, soleado y cálido; y Billa se levantó de buen humor y con mucha energía.

-Anoche soñé que Thorin se acercaba a mí y me acariciaba el cabello – le dijo a Méreda, con una sonrisa de oreja a oreja, cuando ambas caminaban ya sobre las rocas en dirección a las Montañas Nubladas.

-Pfff. Creo que estás empezando a obsesionarte – le comentó su amiga, burlona.

-En serio. Lo soñé. Y me sentí genial. Ojalá hubiera ocurrido de verdad.

-Tal vez ocurrió de verdad. ¿Quién sabe?

-Ya. Va a ser que no – rió irónicamente la hobbit. – Oye, ¿has desayunado algo?

-Qué va. Nos hemos puesto en marcha con demasiada premura. Hay que atravesar estas montañas cuanto antes.

-Ya, pero… necesitaremos un poco de energía, ¿no crees? – le preguntó, burlona, mostrándole unas cuantas galletitas que escondía en su bolsillo.

-¿¡Qué…!? ¿De dónde las has sacado?

-Del saco de Nori.

-¡Billa! Eso es robar.

-Ya. Soy una saqueadora, ¿no? Además, ellos desvalijaron mi casa por completo; me apostaría lo que fuera a que Nori me las robó y son mis propias galletas las que tengo en mi mano. Y, ¿¡qué más da!? ¡Que les den! Parece que aquí todos pueden hacer algo menos nosotras.

-¿Sabes? Tienes razón – sonrió Méreda para sí, y le cogió cuatro galletitas de su bolsillo antes de zampárselas.

En muy poco tiempo, llegaron a las faldas de una montaña de roca oscura y dura, y miraron hacia arriba, tragando saliva. No se podía ver la cima desde allí abajo.

-Bien – mandó Thorin. – Penetraremos por ese desfiladero, y después seguiremos una senda que conduce hacia arriba. Os advierto que el camino será realmente duro y peligroso, así que os aconsejo – dijo, mirando duramente a Méreda, - que os andéis con cuidado.

-No os preocupéis – le dijo ella, con educación y naturalidad. – Lo tendré. Gracias por preocuparos de mí.

Thorin la miró con fuego en los ojos, pero después se dio la vuelta. – Venga, en marcha.

Los enanos, la humana y la hobbit, pues, se dispusieron a entrar en ese estrecho desfiladero que atravesaba el centro de la montaña. Al principio, todos cupieron sin problema; pero después, la cosa se torció. Las paredes comenzaron a comprimirlos, hasta que llegó el punto en el que tuvieron que caminar de medio lado y conteniendo la respiración.

-¡Thorin! – gritó Dwalin. - ¡No podemos seguir así! ¿Por dónde vamos? ¡Tiene que haber otro camino!

-¡No lo veo! – se quejó el otro enano.

Billa sintió cómo una gotita le caía en la punta de la nariz, y elevó la cabeza hacia el cielo. Unas grises nubes habían cubierto el sol, y además, estaba empezando a chispear.

-Genial – pensó; pero, entonces, se dio cuenta de algo.

-¡Un momento! – gritó. - ¿Qué es eso? ¡Allí arriba! Parece un camino.

Todos los enanos levantaron la cabeza, y, efectivamente, a unos metros por encima de ellos, había un pequeño saliente en la roca que parecía continuo.

-¡Bien hecho, señora Bolsón! – la felicitó Thorin, y Billa sintió cómo su corazón se hinchaba. - ¡Hemos de escalar para llegar ahí! ¡Vamos!

Cuando hubo pasado un buen rato, Billa se preguntó cómo demonios había conseguido escalar con pies y manos la fría y punzante roca del desfiladero sin caerse. Ni ella, ni ningún otro. Los quince estaban ya en el estrecho camino de la montaña en menos de lo que canta un gallo.

-Bien, tened mucho cuidado – les dijo Thorin. – El camino es traicionero.

Entonces, un trueno lejano interrumpió su discurso. – Y encima, se avecina tormenta.

La compañía caminó todo lo rápido que pudo, pero no fue suficiente para escapar de lo que se les venía encima. Una de las tormentas más violentas que Billa había conocido en su vida los pilló desprotegidos en mitad de las Montañas Nubladas, mientras caminaban, aferrándose con las manos a las paredes, por un camino, que más bien era un simple saliente en la roca. Ninguno miraba jamás atrás; pero por mucho que miraran hacia adelante, nunca veían la salida de aquel infierno.

Pero al parecer, la lluvia, los rayos y el frío no eran suficientes para el destino. No, tenía que enviar algo más.

Así, mientras los quince avanzaban a duras penas atravesando ese temporal, a Billa le pareció ver algo moverse no muy lejos de allí.

-¡Balin! – le gritó al enano canoso, que avanzaba justo delante de ella. - ¿Qué es eso?

Y esa vez, estuvo segura. Una de las montañas se había movido.

-¡Parece un desprendimiento! – exclamó Fíli.

-¡Oh, no! ¡No, no, no! – chilló Kíli, mientras todos observaban con impotencia cómo la montaña cogía una enorme roca y la lanzaba justo en su dirección. - ¡No es ningún desprendimiento! ¡Son gigantes de piedra!

Billa se agachó sobre sí misma y se tapó la cabeza con ambos brazos, pero eso sirvió de poco contra el gran impacto. El suelo tembló bajo sus pies, mientras que grandes trozos de roca caían sobre ellos, y Billa a duras penas consiguió aferrarse a las paredes y no caer. Pero entonces, la misma montaña sobre la que ellos estaban situados también comenzó a moverse.

-No, por favor –oró Billa, cerrando los ojos y sujetándose bien; pero eso de poco sirvió para persuadir al gigante de piedra que tenían como huésped.

-¡Fíli! – escuchó bramar a Kíli, y vio cómo la mitad de la compañía se separaba de ellos inevitablemente. Estaban situados en otro brazo.

-¡Sujetaos! – gritó Méreda, agarrando a Billa con un brazo, y sintieron cómo el gigante los zarandeaba a su gusto, sin importarles que estuvieran allí. Billa chilló como no había chillado en toda su vida, esperando el golpe certero contra el otro gigante que los mataría sin ningún reparo. Morirían aplastados por las rocas. ¿Cómo sería eso?

Sin embargo, eso nunca ocurrió. Ambos gigantes volvieron a su posición inicial, después de haber luchado ya hasta hartarse, y Billa se quedó agachada y hecha un ovillo contra la pared, sin creerse que ya estuviera a salvo.

-¡Fíli! – escuchó gritar a Thorin, y el resto de sus compañeros salió corriendo hacia delante. Ella, haciendo un gran acopio de valor y fuerzas, se levantó también. Agraciadamente, todos estaban bien.

Pero ella se resbaló, por accidente, con la resbaladiza piedra del suelo, y no le dio tiempo más que a sujetarse al suelo cuando ya estaba colgando del vacío. Todo ocurrió tan deprisa, y tenía tanto miedo, que ni siquiera pudo gritar.

-Oye – escuchó a Bofur preguntar. - ¿Y Billa?

Y, por suerte, a Ori le dio por mirar hacia abajo. - ¡Billa! ¡Está aquí! ¡Socorro!

Todos los enanos se acercaron a ella, pero solo Thorin, antes que nadie, le agarró fuertemente del brazo, y la aupó para salvarla. Pero el cayó también, y Billa se levantó del suelo corriendo. -¡Thorin!

Sin embargo, Dwalin lo aupó de la misma forma en que Thorin la había salvado a ella, y todo quedó en un susto.

-Menos mal que estás bien – le dijo Bofur a ella, agachándose a su lado. – Podrías haberte matado.

-La señora Bolsón debería haberse quedado en su casa – exclamó Thorin, mirándola con mucha dureza. – Con sus libros, y su sillón. Nunca debería haber venido. Hubiera sido mejor para todos.

Billa agachó la cabeza, y tres lágrimas calientes se escurrieron por sus mejillas. Los enanos siguieron adelante y entraron en una gruta que Balin había descubierto, pero Billa no podía levantarse. Se quedó allí, sentada, encogida sobre sí misma, llorando de miedo, frío, y tristeza. Los gemidos salían de su garganta sin que ella pudiera hacer nada por evitarlo.

-Billa – le susurró Méreda, abrazándola con calidez. – Ven, tenemos que entrar en esa gruta. Puedes coger una pulmonía.

-Eso – le dijo, a su vez, Bofur. – Venga, deja que te ayudemos.

Billa se dejó arrastrar por sus amigos hacia la seca gruta, y Óin les cedió a cada uno una manta y unas hierbas para prevenir un resfriado.

-Venga, ya pasó – le dijo Méreda, abrazándola. – Te has resbalado, le podría haber pasado a cualquiera. Mírame a mí. Por pocas me mato el otro día.

Pero Billa negó con la cabeza, y siguió llorando en voz baja.

Cuando ya había cesado de llover, y estuvo segura de que todos estaban a dormidos, Billa se levantó con decisión y se echó su mochila al hombro. Lo había estado recapacitando durante horas, pero finalmente había llegado a la conclusión de que no quería seguir con ese viaje. De que no le valía la pena luchar por eso. Volvería a su casa, en Bolsón Cerrado, y todo volvería a ser como antes.

Miró con compasión y pena a Méreda. Odiaba tener que separarse de ella, y menos de esa forma, pero sabía que si la despertaba, nunca la dejaría marchar. Por eso, con mucho cuidado y en extremo silencio, se agachó y le dio un beso en la frente.

-Adiós, amiga – le susurró, y se dio la vuelta.

-Oye, ¿a dónde vas? – escuchó una voz a sus espaldas justo cuando estaba cruzando la entrada de la gruta.

-Bofur – suspiró.

-No estarás pensando en marcharte, ¿verdad?

-Yo… Bofur, mira. Seamos claros. Soy una molestia para vosotros, así que mejor me voy.

-¡No! Claro que no. No puedes irte ahora.

-Bofur, por favor, déjame. Necesito volver a mi casa, a Bolsón Cerrado. Yo no sirvo para esto.

-Pero no te entiendo.

-¡Claro que no lo entiendes! Vosotros sois enanos, no tenéis hogar. Vais de un lado para otro, errantes. Pero yo sí tengo una casa.

Bofur la miró con tristeza, y ella se arrepintió a la nada de haber sido tan dura. – Oye, Bofur, lo siento, no me ref…

-No, si tienes razón. Tú has de aprovechar tu casa, ya que tienes una- le sonrió el enano con afecto, y le apretó el hombro a Billa. –Te deseo lo mejor, amiga.

Y Billa le sonrió con cariño a Bofur. Pero, antes de que se marchara, ocurrió algo que le llamó la atención.

-¿Por qué… se escurre la tierra del suelo?

Antes de que pudiera pensar, Thorin se levantó del suelo, y, alarmado, gritó: - ¡Levantaos! ¡Es una trampa!

Pero sus gritos fueron en vano, porque todos cayeron tierra adentro en menos que canta un gallo. Y Billa sólo pudo observar cómo el filo de su espada resplandecía en la oscuridad.

Bien, pues este es el séptimo capítulo. A partir de ahora vienen las partes más emocionantes del libro en sí y de la película, así que intentaré ponerme a su altura. Repito, muchas gracias a todos los que leéis la historia, y sobre todo, a los que comentáis. Recibo críticas constructivas, tanto positivas como negativas. Espero que os siga gustando de ahora en adelante. ¡Besos! XXXX