Hola chicas lo prometido es deuda aquí esta el capituloComo siempre les recuerdo que la historia no me pertenece sino a Michelle Reid yo solo la adapto a Crepusculo y los personajes son de Stephenie Meyer. Si les gusta dejemenlo saber con un Review

Nessa


Capitulo 7

Mientras terminaba de arreglarse, Bella es taba furiosa por el chantaje emocional al que la habían sometido.

Por eso, el vestido que había elegido era todo un de safío.

Bella era consciente de ello mientras se miraba en el espejo para ver como le quedaba. El traje era de tul azul pálido, con el cuerpo muy ceñido y un par de triángulos de tela azul claro ocultándole los senos. Se trataba de una prenda realmente provocativa.

Vestida con ese traje se sentía como desnuda, pese a llevar debajo unas bragas de seda y un par de medias blancas sujetas por un liguero.

—No puedo ponerme esto —adujo ella, haciendo aflorar su sentido común.

A su espalda se encontraba Jane que la estaba re cogiendo el cabello rubio en un moño elegante y so brio. La doncella se apartó para contemplarla.

— ¡Es usted tan valiente! —exclamó Jane.

Pero eso no le ayudaba a Bella a sentirse mejor.

Por la tarde, cuando había elegido el vestido había sido valiente, atrevida e incluso descarada. Había deci dido desafiar a todos los invitados porque estaba con vencida de que los iba a defraudar: no iba a poder res ponder a sus expectativas.

Sin embargo, en aquellos momentos se sentía co barde e incapaz de acudir a la fiesta.

En la habitación contigua alguien llamó a la puerta con suavidad.

A Bella el corazón le dio un vuelco y se quedó pa ralizada. A Jane le ocurrió exactamente lo mismo.

Bella no estaba segura de hasta qué punto Jane y sus padres conocían la verdad de su relación con Edward. Pero se imaginaba que sospechaban de su auten ticidad. Después de todo, ¿no era extraño que Edward se hubiera dedicado a seducir a una mujer como ella?

De hecho, la había seducido. De inmediato, Bella se dijo que no había sido así. Sin embargo, estaba claro que cada vez que él la besaba o la miraba con su mirada so ñadora ella se sentía completamente subyugada. Aunque Edward no le diese ninguna importancia a ese hecho.

—¿Qué va a hacer? —le preguntó Jane.

—Morirme antes que abrir la puerta.

«Al menos me he maquillado ligeramente», se dijo ella para consolarse. Como ya tenía la muñeca mucho mejor, había empezado a poder mover los dedos de la mano derecha. Se había aplicado un poco de sombra de ojos, máscara en las pestañas y un lápiz de labios rosa pálido que le hacía tener una boca más sensual.

Por eso tenía muy buen aspecto. Y además, pensó que, después de todo podía ponerse perfectamente ese vestido en un día como aquel. Estaba lo suficientemen te delgada como para lucirlo en todo su esplendor.

Edward golpeó de nuevo la puerta y Bella trató de serenarse. «Has creado a tu propio monstruo, pues aho ra vive con él», se dijo a sí misma mirándose al espejo.

Con el ánimo reforzado, se dirigió desafiante hacia la puerta.

Viendo lo que iba a ocurrir, Jane desapareció dis cretamente de la habitación.

Nada más abrir, lo primero que vio Bella fue a Edward vestido con un traje de etiqueta negro, camisa blanca y pajarita. Su aspecto era muy sofisticado.

A Bella se le aceleró el pulso, y a continuación tra tó de tranquilizarse. Edward iba a decir algo sin impor tancia, cuando reparó en cómo estaba vestida Bella.

El pulso de la joven se disparó por completo a me dida que la mirada de Edward le recorría desde la ca beza hasta la punta del pie.

Era evidente que no le gustaba lo que estaba vien do. Entreabrió los labios y los cerró bruscamente.

—Has decidido medirte con nosotros, ¿verdad? — dijo él con sarcasmo.

—No sé de qué estás hablando —repuso Bella fría mente.

Edward esbozó una sonrisa de hielo.

—Pues déjame que te diga que esta noche nadie va a tener la menor duda de por qué me veo obligado a ca sarme contigo —sostuvo él.

—A veces las mentiras son de lo más embarazosas y tú estás obligado a vivir con esta —adujo Bella—. Porque no pienso evitarte ningún mal trago.

—¿Acaso me he quejado? —preguntó Edward.

Bella se sintió decepcionada, sin saber muy bien por qué. Le fastidió tener que necesitar el visto bueno del hombre. No obstante, obtuvo su rechazo.

Intentando ocultar la confusión que la embargaba, trató de encontrar un pretexto para cambiar de tema. Y lo encontró: Bella se dirigió hacia el tocador. Allí había una funda blanca que había confeccionado Jane a modo de manga para su brazo escayolado. Mientras lo recogía, Bella era consciente de la mirada de Edward sobre el generoso escote de la espalda.

—¿Dónde está el cabestrillo? —preguntó el hom bre.

—Ya no lo necesito —contestó Bella—. Al menos, no todo el rato.

—A ver, déjame que te ayude... —dijo Edward to mando la manga y acercándose mucho a ella.

Estando juntos era evidente que él era mucho más alto que Bella, cuya estatura ya era notable.

Edward era más alto, más robusto, más moreno, pensaba ella mientras se enfundaba la tela blanca.

—¿La diferencia de edad entre nosotros te preocupa mucho, Bella? —le preguntó él pausadamente.

Es más era más mayor, más fuerte, más pausado... Y la lista seguía y seguía.

Bella sacudió la cabeza.

—Puede que estés enfadada porque haya sobrepasa do los límites de nuestro acuerdo —prosiguió Edward.

Además más sabio. Porque era precisamente por eso por lo que se encontraba confusa.

—Pegas fuerte y duro —repuso Bella—. No sé qué responderte.

—Entonces, te pido disculpas —murmuró Edward, con cierta tristeza.

Y encima bueno, siguió enumerando Bella, porque si no, no le habría pedido perdón tan rápido y de un modo tan sincero.

Ella respondió elevando ligeramente un hombro y dando un pequeño suspiro.

—No va a ser fácil para mí tratar con esa gente esta noche, sabiendo lo que estarán pensando en cuanto me vean —arguyó Bella.

—Lo sé.

—Jane dijo que era muy valiente poniéndome este vestido —sostuvo Bella—. Pero no soy valiente, en realidad. Solo...

Y ella lanzó otro profundo suspiro.

— ...Estás intentando salir del paso de la mejor ma nera —continuó Edward.

Los ojos de Bella se llenaron de lágrimas: ahora tendría que agregar a la lista, amable y comprensivo. ¡Aquello no podía continuar así!

Pero sí que podía seguir.

De hecho ocurrió, cuando Edward elevó la barbilla de Bella con el pulgar, y la miró profundamente a los ojos. Bella tenía que andarse con cuidado, porque al ayudarla con la manga, Edward le rozó la piel del bra zo. No quería tener que añadir a la lista cosas tan peli grosas, como los pensamientos que habían surgido en su mente a consecuencia de ese contacto.

Pero Edward acercó su rostro al de ella y la besó en los labios suavemente. Fue entonces cuando la lista de adjetivos se disparó desenfrenadamente.

—Jane tendría que haber dicho que eres valiente y que estás muy bella —murmuró él mientras se retira ba.

Por lo tanto, le gustaba el aspecto que tenía Bella. La expresión de la joven se iluminó al oír sus palabras.

Edward sonrió, y ella también. Era la primera son risa sincera que le había dedicado ella en mucho tiem po. Y mientras tanto, Edward aprovechó para ponerle un anillo en una de las manos que tenía entre las suyas.

—Un anillo de compromiso para mi prometida — murmuró él.

Bella se quedó atónita al comprobar que se trataba de un precioso anillo de brillantes.

—Es parte del plan —continuó diciendo Edward.

El plan; ¿cómo había podido olvidar Bella el mal dito plan?

—Y además te está bien —prosiguió Edward, con el mismo tono ligeramente irónico—. Lo que significa que la abuela me hará pagar por poder disfrutar viéndo lo en tu mano.

—¿Es el anillo de tu abuela? —preguntó Bella aturdida.

—Uno de los muchos que le regaló mi abuelo — respondió Edward con una mueca—. Pero este es su preferido. ¿Te gusta?

—Es precioso —murmuró Bella en voz baja. Tenía el tamaño ideal para no resultar ni demasiado ostentoso ni carente de relevancia.

—Gracias por habérmelo prestado esta noche — prosiguió ella, educadamente—. Te prometo que lo tra taré con mucho cuidado.

—Es un regalo, no quiero que me lo devuelvas.

Bella sacudió la cabeza.

Aquel anillo no le pertenecía ni lo haría nunca. Ella podía aceptar los modelos de su guardarropa y su nue vo estilo de vida rodeado de lujo porque todo eso solo costaba dinero. Y el dinero era un bien que le sobraba a Edward. Pero el anillo, como el vestido de novia, eran distintos. Estaban repletos de valor sentimental y de re cuerdos que pertenecían a la familia y no a Bella. Al fin y al cabo, ella solo estaba de paso.

Edward adivinó lo que estaba pensando ella. Pero en vez de discutir, guardó silencio.

—Eres una persona íntegra, Bella —dijo él en voz baja, al cabo de unos segundos—. Eso es algo que esca sea en nuestros tiempos. Por favor, no cambies nunca.

—¿Acaso soy una persona íntegra, casándome con un hombre al que no quiero, por puro interés? —pre guntó ella con una sonrisa burlona.

Edward no supo qué contestar.

—Es mejor que vayamos a la fiesta —dijo él final mente—. Tenemos que reunimos con los invitados.

Y lo poco de armonía que se había creado entre los dos se fue al traste al caer en la cuenta del motivo de su unión. El interés de Edward por adoptar el bebé de una extraña, sin un motivo concreto. Por primera vez, Bella se planteó cual era la verdadera motivación de Edward. En aquel momento, lo conocía un poco más y no creía que él fuese a adoptar legalmente a Nessie solo con el fin de hacer funcionar su plan.

Después de todo nadie había puesto en duda que la niña fuese su hija. ¿Si de verdad necesitaba un herede ro, por qué no buscaba entonces a un niño con sus cabellos como Nessie? A no ser que adoptar a una niña forma ra parte del plan... para confundir a la gente.

¿Podría ser tan tortuoso y tan increíblemente calcu lador?

Mientras caminaban hacia las escaleras, Bella obser vó su rostro cínico y despiadado y pensó que sí, real mente era calculador.

Lo que no contestaba a la pregunta de por qué que ría realizar una adopción legal. Si todo aquello estaba planeado con el fin de hacer feliz a la abuela, a ella le quedaba poco tiempo de vida. Bella no tardaría en vo lar por su cuenta. Y Nessie era demasiado pequeña como para notar la pérdida de un padre, que, además, no era de su sangre.

Entonces, ¿qué demonios estaba ocurriendo allí?

—Deja de preocuparte —la reprendió Edward en un tono neutro—. No voy a dejar que te coman.

Pero lo hicieron, o al menos estuvieron a punto de hacerlo mirándola con curiosidad e incredulidad.

Sin embargo, para ser sinceros, ninguno de ellos fue atrevido o maleducado con ella. El grupo de mayor edad se dedicó a tomarle el pelo a Edward por el moti vo de su boda. Los más jóvenes, en especial los hom bres, se la comían con los ojos de forma tan alarmante como para provocar una reacción de advertencia en Edward.

Bella pensó que su prometido era demasiado pose sivo y protector. Durante las presentaciones no le soltó la mano ni un momento.

—No ha sido tan complicado, ¿verdad? —le pre guntó Edward cuando ya habían saludado a todos los invitados.

Bella le habría respondido preguntándole donde había estado mirando. Pero le contestó simplemente:

—No.

Una persona en particular le había incomodado más que las otras: Irina. Iba vestida de un modo solem ne, con un largo vestido tubo de color negro. Esa ima gen hizo que Bella se sintiera más carente de sofisticación que nunca.

Sin embargo, Bella tuvo que admirar la forma de afrontar el silencio que se produjo en el momento de su llegada a la fiesta.

El silencio gritaba: Irina ha sido rechazada. Pero ella no hizo ninguna concesión al desasosiego.

Besó en las dos mejillas a Edward e intercambió unas palabras en griego que le hicieron sonreír. Luego se dirigió a Bella, saludándola y preguntándole por Nessie con mucho interés.

Cuando Irina se alejó, Bella se planteó si ese momento habría sido planeado por Edward antes del viaje a Grecia.

—Tiene mucha clase, ¿no crees? —le preguntó Edward refiriéndose a su cuñada.

—Me da mucha pena —confesó Bella siguiéndola con la mirada.

—Pues deja de pensar así —le sugirió Edward—. Porque es la típica pantera adormecida que puede saltar y atacarte cuando menos te lo esperes.

Eso era una advertencia muy clara... Bella sintió un escalofrío.

Y tal y como predijo Edward, al cabo de varios mi nutos, Irina hincó los dientes en plena autoconfianza de Bella.

Después de haber bailado con un anciano llamado Grigoris que iba a ser su padrino de boda, Bella se quedó apartada a un lado del salón recuperando el aliento.

Estaba contemplando a Edward mientras bailaba con una bella criatura morena, cuyo nombre ya no re cordaba. Él estaba más relajado y sonriente que nunca. Parecía estar disfrutando del ambiente sofisticado en el que se había criado.

Una voz suave y persuasiva la interrumpió.

—¿Has adivinado ya cuál es su amante?

¿Su amante? Bella notó que se le revolvía el estó mago y Irina lo adivinó.

— ¿No lo sabías? —prosiguió la mujer—. ¡Qué mala suerte! Y en el día de tu compromiso, además... Lo siento, de veras.

«No, no lo sientes. Y estás disfrutando como nunca, víbora».

—Él no tiene una amante —aseguró Bella, comen zando a dudar de Edward nada más terminar de hablar.

Un hombre como Edward no se casaba por conve niencia sin asegurarse una serie de necesidades básicas.

—Todos los hombres griegos con dinero tienen una amante, querida —afirmó Irina—. Es lo que se es pera de ellos. ¿Quién crees que es? ¿La morena con la que está bailando? ¿O quizá aquella que está tan acara melada con su marido?

Bella se puso a mirar a una y otra. Las dos eran muy guapas, no habría podido culpar a Edward de de searlas.

—Yo diría que es la que está tan acaramelada — continuó Irina—. Me da que debe de estar deses perada con su marido y por eso exagera tanto...

—Creo que estás mintiendo —sostuvo Bella.

—Entonces, es que eres estúpida —repuso Irina—. Y seguro que te mereces todo lo que vas a recibir de Edward Cullen. Debe de tener una buena ra zón para querer a tu hija, pero no creo que te quiera a ti. Aunque es lo suficientemente frío y calculador como para seguir con la boda hasta conseguir su propósito. Una vez dicho esto, me marcho para que sigas disfru tando de tu fiesta de compromiso. Buena suerte, queri da. Creo que la vas a necesitar.

¿Por qué habría hecho eso? Para herir a Bella o porque quizá Edward la había rechazado.

Pero, lo importante era que la semilla había arraiga do. Bella estaba mirando con recelo a todas las muje res de la fiesta.

Edward ya no bailaba. Estaba hablando con la es posa acaramelada de antes. Su marido no estaba pre sente. Ella reía mirando a Edward a los ojos...

¿Sería su amante?

Rápidamente, Bella pensó que no era algo de su in cumbencia.

Pero no pudo evitar fijarse en el lenguaje corporal que utilizaban ambos: sonrisas, guiños, etc...

De pronto, la mujer se puso muy seria, Edward la tomó de la mano y después de comprobar si los estaban mirando se fueron los dos juntos a una habitación con tigua.

Bella notó con cierto dolor, que Edward ni siquie ra había reparado en ella. Luego, vio a Irina que la

estaba mirando con aire burlón y se sintió completa mente humillada.

Una cosa era engañar a alguien y otra bien distinta ser engañada... Se sentía inundada de dolor y paraliza da en pleno salón.

Súbitamente, el grupo de invitados jóvenes se acer có a ella. La animaron a que bailara con ellos música disco en la terraza que daba a la piscina cubierta. Ella aceptó entusiasmada.

Al cabo de media hora, Bella ya no era la misma persona. Su madre habría reconocido a la joven feliz y despreocupada que era antes.

Se entregó desesperadamente a la danza rítmica del sonido disco, pero nadie lo notó. Al revés, los jóvenes estaban encantados con Bella: no era la inglesa cara dura de vida fácil que habían creído conocer.

Alguien llevó una caja de botellas de champán. Durante unos instantes, los jóvenes se dedicaron a descorcharlas y a beber el delicioso vino dorado a sus anchas.

Las burbujas intoxicaban la sangre de los alegres bebedores y Bella dio rienda suelta a sus inhibiciones. La música vibraba y Bella movía su esbelto cuerpo de forma sensual y llamando la atención de los chicos. Aquello provocó la envidia de las otras jóvenes.

Un joven más atrevido que los demás se acercó a ella y la tomó de la cintura, bailando a su alrededor. Bella, en vez de sorprenderse, le instó a que siguiera, riendo y moviéndose con frenesí.

—Edward no sabe apreciar lo que tiene —murmu ró el chico a la joven—. Es demasiado frío para disfru tar con una criatura como tú.

— Lo adoro —mintió Bella con mucha labia, cuando hacía unos minutos le habría asesinado—. Es dinamita pura.

Y en cierto modo aquello era verdad, pensó ella de solada. Le dedicó una sonrisa a su acompañante.

En ese preciso instante apareció Edward. Al sor prender la escena se quedó paralizado.

—¿Disfrutando, eh? —preguntó él furioso de forma que el resto de los jóvenes se calló de inmediato.

Aunque en la terraza había poca luz, todos sabían que el rostro de Edward estaba lleno de ira.

A alguien se le ocurrió la brillante idea de apagar la música. De pronto, se hizo un silencio total.

Edward estaba mirando fijamente las manos que estaban puestas en la cintura de Bella.

El magnate no se dignó a contemplar al joven. Con un simple chasquido de dedos, le instó a que la soltara y desapareciera. Era como si el chico hubiese atentado contra su propiedad privada.

Edward se puso frente a Bella, le quitó la botella de champán de la mano y se la quedó mirando de un modo intimidante. Alguien tomó esa botella y se la lle vó.

—Podéis volver a la fiesta —anunció entonces Edward, sin dignarse a mirar a los demás a los ojos.

Ni siquiera a Bella que se quedó sola y abandonada ante él mientras los otros obedecían sin rechistar.

—Ya veo que eres muy sociable —sostuvo ella con ironía, rompiendo el silencio inexorable de Edward.

Pero él no contestó. La tomó por la mano buena y la obligó a caminar hacia la casa.

—¿Qué crees que estás haciendo? —se quejó Bella, tratando de soltarse.

—Estás bebida —repuso él—. Y eso no lo tolero. O sea que es mejor que guardes silencio.

— ¡No estoy bebida! —exclamó Bella, aunque te nía la ligera sensación de que a lo mejor era cierto—. ¿Dónde vamos?

Edward la estaba llevando al interior de sus habita ciones a través de la piscina cubierta en vez de ir por la entrada principal.

Él no contestó, pero la instó a que subiera las esca leras para acceder a la planta superior, lleno de furia.

Abrió la puerta de su dormitorio, que estaba ilumi nado únicamente por una lámpara en una esquina.

—Ahora vas a serenarte y te vas a poner decente para volver con nuestros invitados —le ordenó Edward a Bella.

—Yo estaba con nuestros invitados, y lo estába mos pasando en grande hasta que tú nos aguaste la fiesta.

—¿Quieres decir que te gustaba tener la zarpa de ese tipo en la cintura? —preguntó Edward.

—¿Y qué ocurre si digo que sí? —replicó Bella, desafiante—. Que yo recuerde no hemos hecho votos de castidad cuando planeamos toda esta farsa.

Él la miró a los ojos frunciendo el ceño.

—¿Qué quieres decir con eso? Bella quería mandarlo al infierno, pero aquella mi rada insondable la paralizó.

— ¡Suéltame! —le pidió ella.

Pero en vez de hacerlo, Edward insistió.

—Te he hecho una pregunta.

—¿Que qué quiero decir? —repitió Bella—. Si crees que voy a sentarme pacientemente a esperar que vuelvas de tus correrías amorosas y seguir adelante con esta boda, vas listo...

El ambiente se cargó de electricidad. Él sabía per fectamente a qué estaba haciendo referencia Bella.

El hombre frunció el ceño más aún. A Bella le pal pitaba fuertemente el corazón y tenía un nudo en el es tómago. Trató de soltarse con un golpe seco, pero Edward la tenía bien sujeta.

—No vas a tener un amante mientras estés casada conmigo —le advirtió él, de forma que a Bella se le puso la carne de gallina.

—No puedes imponerte de esa manera —protestó Bella mientras daba un paso hacia atrás, luego otro y otro hasta que topó con la cama—. Dijiste que podía hacer lo que quisiera. Me lo prometiste cuando acepté todo este engaño.

—Y lo que quieres es tener un amante —se repitió Edward sin poder creerlo.

—¿Acaso estás celoso? —le retó Bella, impru dentemente.

Edward la miró de un modo tan extraño que ella puso la muñeca ante su pecho, como defendiéndose de un posible ataque.

—No... No quise decir eso —continuó diciendo Bella en un susurro.

Edward no dijo nada pero su mirada era del todo reveladora.

Estaba mirando el busto de Bella como recordando las manos de su supuesto amante en la cintura. Ella en seguida supo que había desatado los demonios primi genios que existían en lo más recóndito de su ser.

Bella sabía que tenía que salir de esa habitación y huir de Edward hasta que se le pasara el ataque de ira.

Sin embargo, no se movió y permaneció allí, tem blorosa.

Se le escapó un pequeño gemido.

Fue lo suficiente para que los ojos de Edward sé unieran a los de Bella. Eran tan profundos y oscuros que ella se quedó sin respiración.

Pero Bella se dio cuenta de que a él no le había ido mejor. Su corazón estaba acelerado; Bella podía notar cómo le latía bajo su muñeca. Era abrumador sentir su calor y la fortaleza de su pecho tan masculino.

— ¡No! —exclamó ella tratando de empujarlo en vano.

Fue entonces, durante el forcejeo, cuando Bella notó que deseaba a aquel hombre, pero que también lo temía. Suponía para ella una tentación tremenda.

Pero lo peor era que podía sentir esa misma tenta ción dentro de él. Estaba inmóvil, tenso y vibrante de deseo. No lo podía negar.

Los ojos de Bella buscaron los de Edward y trata ron de leer lo que pensaba en su mirada.

—No —dijo ella—. Tú no me deseas.

Dejándola atónita, Edward lanzó una carcajada en un tono tan burlón que Bella no pudo evitar una mue ca de dolor. Él se estaba mofando de ella.

—Eres tonta —murmuró Edward.

Y deslizando una mano tras su espalda desnuda, el hombre le tomó la cabeza con la otra. Con un gesto brusco la impulsó contra él y la besó salvajemente.