En su interior, durante mucho tiempo estuvo agradecida al libro de Michael por haberle dado esa maravillosa idea.

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Aquella misma tarde, durante su hora libre, volvió a la biblioteca. No le fue demasiado difícil encontrar lo qué buscaba: un libro de pociones avanzadas.

Se sentó en una mesa alejada de el resto de alumnos en la biblioteca y, después de consultar el índice, abrió el libro más o menos por la mitad. Sus ojos se abrieron de par en par al ver una lista tan larga de ingredientes, muchos de los cuales costaría de conseguir. Y las instrucciones no parecían ser precisamente fáciles de seguir. Aún así, nada podría detenerla en su propósito. Iba a preparar la poción Amortentia aunque eso supusiera tener que desatender sus estudios.

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Tardó dos meses en recolectar todos los ingredientes, los cuales guardaba en su baúl, bajo unas viejas sábanas que no usaba. Cuando llegó la hora de empezar a preparar su poción, pensó en hacerlo en el lavabo de Myrtle, pues recordó que Harry, Ron y Hermione le habían contado que habían hecho la Poción Multijugos allí y nadie los había descubierto. Pero le daba miedo lo qué Myrtle pudiera contar sobre ella, así que prefirió ir a algún lugar donde absolutamente nadie pudiera verla.

Decidió ir a la Sala de los Menesteres. Andando ante la puerta, pidió un laboratorio donde hacer pociones sin ser molestada, lo cual le fue concedido. Era una sala más pequeña que el aula de Pociones, pero bastante más acogedora. Había algunos armarios, donde guardó los ingredientes bien clasificados. También había unas mesas con todos los utensilios necesarios para hacer las pociones más refinadas que pudiese imaginar. Al verlo, Ginny se alegró de haber elegido este sitio y no el lavabo para trabajar.

Aquel mismo día, empezó a preparar la poción.

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La Amortentia era muy lenta de hacer, y exigía atención casi diaria y mucha precisión. Por suerte, ella era una chica muy paciente. Día a día, aunque eso supusiera tener que saltarse algunas clases, iba a la Sala de Menesteres para cuidar de la poción.

Muchas veces, cuando terminaban las reuniones del ED, aprovechaba que se encontraba allí para, cuando todos se habían marchado, entrar en la Sala de Menesteres y seguir con su trabajo.

Sus notas empeoraron, y sus hermanos empezaron a preocuparse por ella.

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Era una noche de enero cuando, después de la cena, Ron y Hermione pidieron hablar con ella. Fueron a la Sala Común, donde había poca gente. Ginny estaba un poco asustada, pues los dos muchachos hacían unas caras muy serias, pero ella estaba dispuesta a defenderse de cualquier cosa que le dijeran.

- Ginny – empezó Hermione –, he estado hablando con Luna y me ha dicho que has suspendido más de un examen desde que empezó el año. Sabemos que eso no es propio de ti, así que dinos, ¿qué te ocurre?

- No es nada. He estado algo deprimida, pero ahora ya me pasó.

Dentro de una semana, pensó ella, habré terminado la poción y ya nada me preocupará.

- Bueno, si es eso... - hizo Ron, girándose para irse sin darle más importancia al asunto.

Ginny también hizo el gesto de irse, pero Hermione se lo impidió.

- Espera. No es sólo este mes, que estás rara. Ya hace más que te encuentras mal. Y cada vez peor. ¿Me dirás que te ocurre o no?

La pelirroja la miró, desafiante.

- Es por Harry, ¿verdad? - preguntó Hermione, con una voz suave y comprensiva. Ginny asintió, enrojeciendo – No debes dejar que te afecte tanto. Una mujer puede vivir sin un hombre. Y tú eres fuerte, Ginny, sé que lo eres.

Ella la escuchaba con atención, pero en su interior se burlaba de las palabras de su amiga, las cuales le entraban por una oreja y le salían por la otra sin influirla lo más mínimo.

- Tus notas no pueden resentirse de...

- ¡Hey! ¿Quién habla de malas notas?

Las dos muchachas se giraron para ver quien era el que había interrumpido el discurso de Hermione. Fred y George, que se encontraban en la sala, se acercaron a ellas con caras sonrientes.

- Oye, Ginny – dijo George –, si nosotros suspendemos da igual. Pero tú eres buena. Ni se te ocurra suspender, ¿eh?

Fred la despeinó enérgicamente, como tenía el costumbre de hacer.

- Que no me entere yo de qué tienes malas notas – le dijo, riéndose.

Hermione bufó con paciencia.

- Bueno, me voy, que tengo deberes que hacer – lanzó una última mirada cómplice a Ginny y se marchó escalas arriba.

George fue a sentarse en uno de los sofás para seguir trabajando en alguno de sus inventos. Ginny, al ver que se había quedado sola con Fred, se ruborizó. Bajó la mirada, dejando que los cabellos le cubrieran las mejillas para que su hermano no lo notara.

- Oye, Ginny... - habló él, en un tono confidencial.

Al alzar la mirada, se sorprendió de ver que Fred también tenía el rostro más rojo que el color de su pelo.

- ¿Recuerdas aquella chica que me enviaba cartas? Ya hace un tiempo que no me envía ninguna. ¿Sabes por qué es? ¿Acaso ya no le gusto?

- Oh – hizo ella, absolutamente pasmado por lo que oía –. Bueno, creo que está algo ocupada con sus exámenes.

Le pareció ver una leve sonrisa en los labios de su hermano.

El chico se puso una mano en el bolsillo de su uniforme y de él sacó un sobre blanco.

- ¿Puedes darle eso a la chica?

Ginny se mordió su labio inferior, tratando de contener la emoción. Cogió el sobre y se lo guardó en un bolsillo de su capa, muy cerca de su corazón.

- Ya se lo daré cuando la vea. ¿Qué dice en la carta? - de pronto, sentía como un flujo de energía continuo recorría todo su cuerpo y lo reactivaba.

- ¿Qué te importa? - los dos rieron de forma compulsiva, muy nerviosos.

- Está bien, voy a dormir – dijo Ginny, despidiéndose apresuradamente con un beso en la mejilla.

Corrió tan rápido como pudo hacia las escaleras y las subió a toda velocidad.

- ¡Y no la leas! - oyó que gritaba su hermano.

- ¡No! - dijo ella, riendo.

En su habitación no había nadie. Se lanzó sobre su cama y estuvo unos segundos así, asimilando todo lo ocurrido. Cuando su ritmo cardíaco había vuelto a la normalidad, se sentó en la cama y rompió el sobre sin reparos. Las manos le temblaban, no podía dejar de reír.

Miró dentro del sobre y lo primero que vio fue una cadena dorada. La sacó del sobre. Era un collar bastante sencillo, que consistía en una fina cadena al final de la cual había un colgante también dorado con una turquesa incrustada.

Abrió muchísimo la boca, sorprendida por el regalo. Lo dejó sobre las sábanas de la cama y revolvió el sobre buscando algo más. Encontró un pergamino doblado. Era una carta.

Querida muchacha,

no sabía muy bien como llamarte, pues nunca me dijiste tu nombre. Tampoco sabía muy bien como empezar esta carta. No soy muy bueno expresando mis sentimientos, así que seré breve.

Me has estado escribiendo durante más de medio año, pero nunca había contestado tus cartas. Aunque eso no significa que no me las haya leído todas o que no las conserve. La verdad es que no te tomaba demasiado enserio. No te ofendas por eso, por favor.

Ya hace tres semanas que no recibo ninguna carta. Ha sido entonces que me he dado cuenta de que me he acostumbrado a ellas, y que no quiero dejar de recibirlas. Las hecho de menos.

Sé que no me merezco que me escuches, pero por favor, si aún me quieres, aunque sólo sea un poco, dame una oportunidad. Por favor, sigue escribiéndome. Prometo que voy a responder todas tus cartas.

Alguien que te quiere,

Fred

Ginny empezó a reírse. Estaba exultante. Tanto, que ni siquiera se había dado cuenta que una de sus compañeras de habitación había llegado.

- ¿Qué ocurre? - le preguntó la chica.

La pelirroja la miró con el rostro lívido por el susto. La chica que había llegado era Tanya, una Gryffindor de su curso con la cual compartía una amistad superficial. A Ginny no le gustaba demasiado, pues era ruda y, a veces, incluso algo insensible.

- ¿Qué tienes ahí?

Antes que Ginny pudiera reaccionar, Tanya le arrebató el pergamino de sus manos.

- ¡NO! - gritó Ginny, levantándose de un salto y abalanzándose sobre su compañera.

Ella, sin inmutarse, la apartó con relativa facilidad y empezó a leer la carta con los ojos entrecerrados. Como el escrito era bastante corto, lo leyó rápidamente.

- Oye, ¿eso va dirigido a ti? - preguntó, alzando una ceja.

Al ver que había terminado de leer, Ginny dejó de luchar por la carta. Se sentía mareada. Sus ojos se nublaron. Se dejó caer sobre sus sábanas y puso su cabeza entre sus manos, sintiéndose demasiado débil para llorar siquiera.

- ¿Eso lo ha escrito tu hermano? - siguió hablando Tanya, fijándose en la signatura.

La pelirroja, sabiendo que debía actuar, asintió. Ya tenía un plan en mente.

- Sí, y era muy secreto, por dios.

- ¿Te lo ha escrito a ti?

Ginny alzó la vista hacia su compañera. Sus ojos marrones llameaban. Parecía realmente muy indignada.

- ¡Claro que no! ¿Cómo puedes plantearlo siquiera?

Ginny se sorprendió de lo bien que estaba actuando ante Tanya. Siempre había destacado por saber actuar, pero nunca pensó que podría hacerlo incluso bajo tanta presión.

- ¿Pues a quién la envía Fred?

- Esa carta se la debo dar a una chica, el nombre de la cual no te voy a decir – Tanya seguía mirándola interrogativamente – ¿Sabes lo qué es una admiradora secreta? Pues Fred tiene una.

Ella se rascó el pelo despreocupadamente. Parecía no estar prestando atención a las explicaciones de su amiga.

Tanya nunca se tomaba nada en serio, pues no era capaz de sentir interés por un mismo tema durante demasiado tiempo. Eso jugaba a favor de Ginny.

- ¡Tse! – hizo Tanya, acercándose a la ventana – Menudo culebrón. ¿Sabes dónde está Rachel?

Rachel era la segunda y última compañera de habitación de Ginny.

- Ni idea.

Tanya caminó hasta la puerta y la abrió.

- ¿Ya te vas?

- Mmm – fue lo que obtuvo Ginny como única respuesta.

Cuando la puerta se cerró, Ginny suspiró, aliviada. ¡Ojalá Tanya se olvidara rápido de todo aquello!

Para evitarse otro susto como aquel, decidió guardar todo lo qué le había dado Fred. Puso el collar dentro del sobre y, cuando iba a hacer lo propio con el pergamino, se dio cuenta de que no estaba encima de la cama.

Sin preocuparse aún, se levantó para ver si se había sentado sobre la carta, pero no. Miró a ambos lados, pensando donde podía estar. Entonces, el corazón se le paró por unos segundos, pues se dio cuenta de que Tanya se había quedado con esa carta.