Era una locura. Todo lo que había pasado para ella a partir de las cinco de la tarde lo había sido, pero esa situación, sin duda, ganaba a todas las demás con una gran ventaja. Estaba desesperada, había buscado una forma de huir a toda costa de ese árabe que parecía ser un asesino en serie en potencia, cualquier cadena mataría por tener una exclusiva así, más en Roma, más en el primer día de cónclave. Pero Claire no pensaba en la BBC, estaba demasiado ocupada pensando frenéticamente en cómo salvar el cuello.
Irrumpir en un grupo de creyentes con el fin de despistar al francotirador quizás no había sido la decisión más ética, pero la reportera estaba segura de que, fuera quien fuera ese tipo, no se arriesgaría a ponerse a disparar a lo loco, herir o matar a la persona equivocada y a que la gente se volviera loca. Oía los gritos y abucheos de protesta, pero eso ahora mismo tampoco le importaba. El corazón le latía a tal velocidad que creía que se le iba a salir del pecho, y temía con toda su alma lo que podría pasar cuando saliera de ese grupo de fieles.
Había muchos, pero no los suficientes como para llegar hasta la entrada del cuartel de la Guardia Suiza sin separarse de ellos. Tarde o temprano tendría que salir y entonces volvería a estar sola en el punto de mira, y estaba segura de que a ese psicópata no le habría hecho ninguna gracia adivinar lo que Claire pretendía hacer. La entrada estaba cerca, cerquísima, la reportera ya podía ver sin ningún problemas a dos oficiales haciendo guardia a ambos lados de la entrada con esos ridículos trajes a rayas, mitad amarillos, mitad azules, totalmente renacentistas. Había oído que fueron diseñados por Miguel Ángel… Debía haber tenido un mal día. Como el que estaba teniendo ella ahora, siglos después.
Y la hilera de fieles terminó. De nuevo, la reportera sentía el corazón latir violentamente, le rebotaba en los tímpanos, como si hubiera corrido una maratón. Pero ya estaba tan sumamente cerca que apenas tenía miedo, sólo tendría que dar un par de zancadas sola y ya estaría allí. Durante un segundo imperceptible, tomó aire y salió corriendo del grupo, de nuevo, entre protestas de los fieles. Ya estaba ahí, estaba prácticamente delante de la entrada, estaba delante de la entrada. Sin mediar palabra con los guardias suizos, atónitos, que guardaban la puerta que, por fortuna, se encontraba abierta, Claire se lanzó hacia la entrada, pero súbitamente, los guardias le cerraron el paso con las alabardas. Que le impidieran el paso era algo con lo que no había contado, pero la situación era crítica. Intentó colarse pero los soldados la sujetaron mientras ella forcejeaba, le decían no se qué en italiano.
- ¡Escúchenme, por favor! ¡Tienen que dejarme pasar, es…!
- Scusi, non può entrare qui
Entonces un silbido cortante en el aire hizo que el tiempo se parara por un instante, Claire sintió una quemadura en el cuello, se llevó la mano al lateral del mismo y cuando se miró la palma de la mano estaba llena de sangre. Ese psicópata había disparado, había fallado, apenas le había rozado el cuello, pero la herida sangraba bastante. Un instante después recibió un segundo disparo, éste último de lleno en el brazo izquierdo, haciendo que la reportera diera un breve sobresalto. Entonces uno de los guardias reaccionó, sujetó a Claire por debajo de los brazos y la metió rápidamente en el edificio:
- ¡Chiude la porta, imbecille! - ordenó el guardia que había ayudado a Claire al otro, que permanecía estupefacto en la puerta, que cerrara la misma.
Claire estaba apoyada en la pared de la entrada con gesto de dolor contenido mientras se llevaba la mano al brazo herido, sin atreverse a mirarlo. Las lágrimas caían veloces por su rostro y ni siquiera sabía si era por el miedo o por el dolor. Uno de los guardias le quitó la chaqueta para ver el alcance de la bala, la reportera apretó los dientes conteniendo un sollozo cuando tuvo que sacar el brazo malherido de la chaqueta. La camisa blanca que llevaba debajo estaba llena de sangre. Pero incluso en esa situación sintió alivio: había conseguido llegar al cuartel de la Guardia Suiza, que seguro sabrían qué hacer, y estaba viva, herida de bala, pero viva al fin y al cabo. Los buenos pillarían al malo, el malo iría a la cárcel y ella podría volver a Glasgow. Fin de la historia. O eso pensaba.
- Escúchenme, tengo que hablar sobre algo importante. Tengo que hablar con la persona que está al mando aquí, por favor. - suplicó ella.
Los guardias se miraron durante un par de segundos sin saber qué hacer, a Claire se le hicieron eternos, llegó a pensar que no la habían entendido. La situación no era normal, le habían disparado dos veces mientras ella trataba de entrar al cuartel de la Guardia Suiza, pero debía de haber algo más cuando uno de ellos tomó un walkie y empezó a hablar en italiano con algún superior. La joven había aprendido algo de italiano nuevo en los días que llevaba en Roma, gracias a Chinita, y entendió palabras sueltas de la conversación del guardia, lo suficiente para saber que no sabían qué hacer con ella. Lo normal sería llevarla a un hospital, pero visto lo que había pasado no era una buena idea sacarla fuera del edificio sin saber quién había disparado. En ese instante, el guardia que había estado hablando por el walkie se marchó sin mediar palabra con su otro compañero. Al rato volvió con lo que parecía que era un botiquín bajo el brazo. Le dijo algo a su compañero señalando a Claire, entonces el otro guardia señaló un banco de madera que había en la entrada y luego a la joven. Quería que sentara, no hacía falta ser un genio para darse cuenta de eso. Sin apartar la mano derecha de la herida sangrante del brazo, Claire se sentó en el banco, y a su lado se sentó el otro guardia. Comenzó a sacar del botiquín gasas, vendas, alcohol… y unas pinzas.
Eso dejó a Claire sin respiración: le iban a extraer la bala del brazo ahí mismo, y le iba a doler, le iba a doler mucho. La reportera tomó aire y contuvo un par de lágrimas antes de volverse de nuevo hacia el guardia, quien le tendía una pequeña toalla mientras se señalaba los dientes. Con el brazo derecho tembloroso, Claire tomó la toalla doblada y se la puso entre dientes, apretando con fuerza. El guardia tomó las pinzas y Claire miró hacia otro lado, cerrando los ojos. En unos segundos, la reportera se dio cuenta del bien que había hecho la anestesia al mundo. No había palabras para describir el dolor que sintió cuando notó las afiladas pinzas abriéndose paso a través de la herida, buscando la bala. Profirió un grito ahogado por la toalla y el otro guardia tuvo que sujetarla como pudo, mientras su compañero seguía buscando la bala. Tras unos instantes que le parecieron horas, el guardia extrajo la bala, pequeña y ensangrentada.
La joven se sentía tan dolorida que podría fácilmente haberse desmayado ahí mismo, pero tomó aire y murmuró señalando la chaqueta, mientras le curaban y vendaban la herida:
- Hay un… Un vídeo en el teléfono, tienen que verlo, por favor…
El guardia que sostenía la chaqueta ensangrentada de Claire, buscó en los bolsillos hasta sacar el teléfono móvil, y se lo tendió a la joven. Ella, aún temblorosa, buscó el archivo que le había enviado ese árabe demente hasta que lo encontró en la carpeta de archivos recibidos. Incapaz de verlo una segunda vez se lo tendió de vuelta al guardia, quien miraba el móvil como si no hubiera visto uno en su vida. Pasados unos instantes, la cara de pasmo del guardia suizo se convirtió en confusión y luego en terror, ella debía de haber puesto una cara parecida al ver el vídeo. Acto seguido, sin decir una palabra a ninguno de los dos, se llevó el teléfono y desapareció tras una puerta contigua. La reportera tomó aire y apoyó la cabeza en la pared, parecía que todo había acabado. Al menos eso le pareció hasta que minutos después, por la misma puerta por la que se había marchado instantes después, apareció el guardia suizo acompañado de dos hombres más. Uno de ellos era sesentón, rubio y más bien gordo; otro parecía estar situado en la mitad de la treintena, y ser de algún país de Oriente, hecho que sobresaltó a Claire.
- Por favor, acompáñenos - murmuró el sesentón con cara de pocos amigos cuando llegó hasta donde se encontraba ella.
Claire les miró a los dos sin poder disimular una expresión de desconcierto en su rostro, ¿a qué venía eso? Antes de que le diera tiempo a reaccionar, los dos guardias suizos que ya conocía la levantaron por los codos y la condujeron, siguiendo a los dos recién llegados, hasta una especie de oficina llena de pantallas con vídeos borrosos, como si hubieran sido grabados en la oscuridad, pero se adivinaban figuras en ellas. Temiendo que fueran más vídeos como el que ella había recibido, agachó la mirada y miró al suelo hasta que llegaron a una especie de despacho muy simple, apenas tenía el escritorio, un teléfono y un flexo. Sentaron a Claire en una silla y el sesentón se sentó tras el escritorio. Ese tío estaba empezando a caerle muy mal. También estaban allí el otro hombre que había venido con él y un chico rubio que parecía haber acabado de estrenar la veintena. Les miró a todos y murmuró:
- ¿Qué pasa?
- Soy el comandante Richter. Hemos encontrado en su teléfono móvil una grabación muy importante - dijo el tal Richter inclinándose en su asiento. - ¿Dónde la grabó?
La reportera abrió la boca de par en par:
- ¿Qué?
- Le estoy preguntando dónde grabó ese vídeo. - repitió Richter.
- ¡Yo no lo grabé! ¡Me lo han mandado al móvil! - protestó Claire indignada, ¿para eso había recibido dos disparos?
- Se lo han mandado al móvil… - murmuró el comandante haciendo que sonara una tontería - ¿Quién se lo ha mandado?
- Yo… No lo sé, por la voz parecía un hombre árabe, aunque puede haber usado un distorsionador, no sé, no sé quién me ha enviado… eso - dijo la reportera precipitadamente.
El comandante Richter intercambió una mirada con el chico rubio que se encontraba allí, el joven parecía creerla, pero ese tal Richter estaba visto que no.
- ¿Sabe? Últimamente el mundo musulmán está muy agitado: guerras, revoluciones, revueltas, atentados… Se producen hechos bárbaros en nombre de Alá, hechos producidos por musulmanes o por gente muy cruel que aprovecha la reputación de los musulmanes en estos días que nos toca vivir. - dijo en apenas un susurro el comandante Richter dando vueltas en torno a Claire y el escritorio, hasta detenerse de nuevo detrás de su propio asiento.
- ¿Está loco? ¡Yo no he matado a nadie! ¡Les he traído la prueba de un asesinato, me han pegado dos tiros por ello! ¿Y creen que he sido yo? - gritó Claire al comandante.
- ¿Ha oído hablar de la inmolación? Esos hombres están tan locos que están dispuestos a sacrificarse a sí mismos en nombre de lo que creen que está bien y que les conducirá a la gloria. - contestó Richter alzando el tono de voz él también.
- Sea sincero, ¿¡le parezco árabe!? - dijo Claire indignada, era rubia y de ojos azul claro, no parecía en absoluto una mujer musulmana - Soy reportera de la BBC, me enviaron a Roma para cubrir la muerte del Papa.
Richter guardó silencio ante este dato, pero no dejó de acusarla con la mirada. El chico joven parecía estar incómodo en esa situación, y no paraba de observar a su superior, buscando algún signo de rendición. Pero no lo había.
- ¿Dónde están los otros cardenales? - preguntó Richter.
- ¿¡Y ahora de qué puñetas me está hablando!? - exclamó la reportera - ¡Sí, yo maté a Kennedy, y también hundí las Torres Gemelas! ¿Contento?
El comandante sonrió de forma sarcástica y la estudió con la mirada una vez más. Pasados unos instantes, Richter dijo al joven rubio:
- Chartrand, me gustaría saber qué hace una reportera de la BBC con un vídeo en el que se muestra un asesinato, y sobre todo, ¿por qué nos lo trae a nosotros?
El tal Chartrand estaba confuso, no sabía qué decir o sí lo sabía pero no quería provocar la ira de su superior. Carraspeó y murmuró:
- Quizás deberíamos comprobar su versión.
- ¿Cómo se llama? - preguntó Richter, volviéndose hacia la reportera.
- Soy Claire Dilthey, reportera de la BBC, ya se lo he dicho.
- ¿Tiene algún tipo de acreditación que así lo demuestre? - preguntó Chartrand.
A Claire se le cayó el mundo a los pies: no, no la tenía. La había dejado en el hotel, después de todo no esperaba necesitarla hasta el día siguiente, no esperaba que el nuevo Papa fuera elegido en la primera jornada de cónclave.
- No, es decir sí, pero no la llevo conmigo. - admitió la reportera.
Eso pareció ser todo lo que Richter quería escuchar. Le hizo unas señas a Chartrand y abandonaron la sala para desaparecer por el pasillo por el que la habían llevado hasta ahí, dejando sola a Claire. La joven barajó sus posibilidades: no creía tener muchas, estaba visto que el comandante no se fiaba de ella un pelo y también que estaba pasando algo más, se había dado cuenta cuando le había preguntado por los otros cardenales, ¿qué otros? ¿El señor que habían matado era cardenal? Lo más probable es que dieran parte a la Policía Italiana, y entonces se habría metido en un gran lío. También recordó que el tío que la había disparado seguía por ahí fuera, seguramente haciendo más prácticas de tiro con palomitas y la joven no quería ni pisar la calle hasta que ese psicópata no estuviera entre rejas. Sólo le quedó una opción: tenía que esconderse. Se encontraba en el Palacio Apostólico Pontificio, era un edificio muy grande con un montón de salas, si no llamaba la atención… Sabía que era una locura, pero no podía dejar que la culparan a ella. Tomó la chaqueta y se puso con cuidado de no hacerse demasiado daño en el brazo herido: llamaría menos la atención si no se veía a primera vista esa manga blanca de la camisa llena de sangre.
Se puso en pie en silencio, giró el picaporte: estaba la puerta abierta. Se deslizó por ella y cerró tras de sí. Miró a su alrededor, Richter y Chartrand se habían marchado por un pasillo que se encontraba a la derecha y había unas escaleras a la izquierda. Claire recordó que en sus primeros años de adolescente se había colado en un teatro con Eddie, habían recorrido plantas esquivando a los trabajadores hasta llegar al mismo desván lleno de viejos decorados y disfraces sin que nadie se diera cuenta de que estaban allí. Bueno, el teatro de su ciudad no tenía la misma seguridad que el Palacio Apostólico, pero confiaba en tener la misma suerte que tuvo entonces. Oyó la voz de Chartrand decir a su superior que no había nadie acreditado con ese nombre y el pánico hizo presa de ella: tenía que actuar.
Tomó aire y subió escaleras arriba. Era consciente de que su escapada no duraría mucho, que pronto volvería a estar en el mismo lugar, pero tenía que intentarlo todo para que no la culparan de ser cómplice o algo de lo que había sugerido el comandante Richter. Cuando llegó a la primera planta se dio cuenta del lugar en que se encontraba: era un lugar realmente majestuoso, enorme… De repente recordó que en ese mismo complejo de edificios se hallaba la Capilla Sixtina, donde ahora mismo estarían los cardenales reunidos en Cónclave… Se había metido de lleno en la boca del lobo, debía de haber gente por todas partes entre guardias, sacerdotes, monjas… En un ataque de pánico, la reportera siguió corriendo escaleras arriba, pensando en encontrar algo parecido al desván donde se escondió con Eddie cuando su madre quería ver una obra que a ella no le gustaba nada. Estaba desesperada, sabía que tarde o temprano la iban a encontrar y sería peor, pero ¿qué podía hacer?
Oyó unas voces provenientes de la planta baja cuando ella ya se encontraba en la segunda y se asomó al hueco de la escalera: Richter y Chartrand ya habían advertido que había huido de esa sala de interrogación, y no parecían precisamente contentos, al menos Richter, cuya fuerte reconocía incluso dando órdenes a diestro y siniestro en italiano. La reportera retrocedió, pensando frenéticamente en la excusa que iba a dar cuando la encontraran. Se dispuso a salir disparada en dirección contraria a las voces, y cuando lo hizo se dio de bruces con otra persona. Claire se sobresaltó, miró a la persona con quien se había chocado y vio los cielos abiertos: era el camarlengo Patrick McKenna. La reportera se quedó sin palabras y el sacerdote también. La situación era demasiado extraña e inesperada para hacer otra que no fuera mirarse como si no hubieran visto otro ser humano en toda su vida. Claire apreció que los ojos azules del joven camarlengo parecían incluso más cansados que la última vez que lo vio, de lejos, en la capilla ardiente, parecían los ojos de alguien que está pasando los peores momentos de su existencia; Patrick no podía dejar de preguntarse qué hacía allí una joven con la chaqueta parcialmente cubierta de sangre y con esa expresión tan asustada. Entonces recordó:
- …¿Claire? ¿Claire Dilthey? - preguntó Patrick, perplejo.
La joven no pudo evitar sonreír de oreja a oreja, de puro alivio. Nunca antes se había sentido tan feliz al oír su nombre.
