5º Capítulo: Mi compañero de pupitre

Mis ojos (como los de todas las féminas que se encontraban en la sala) volaron rápidamente al cuerpo del joven, aunque de joven tenía poco, su cuerpo estaba casi formado.

Era alto, debía de rondar el 1´85 y 1´90, de espaldas anchas y cuerpo musculado. Tenía un andar peculiar, casi insolente, pero tenía su encanto.

Si el cuerpo era de infarto, la cara era la de un Dios. Su piel, blanca como el marfil, hacía que el cabello desordenado se hiciera más notorio por su extraño color bronce. De rasgos angulosos y ojos tan verdes como el corazón de la selva más densa.

¿Quién dijo que el hombre perfecto no existía?

Tendría que decirle que se equivocaba. Ahí estaba la perfección y, si no me equivocaba, se iba a sentar a mi lado, tan solo a unos veinte centímetros de distancia.

-Chicos, por favor, empezar a hacer los ejercicios de las páginas dos, tres y cuatro-la voz de Elizabeth me sacó de mi ensimismamiento del siglo-podéis comentar con vuestros compañeros pero en bajito, por favor, no quiero que se quejen las demás aulas.

Todos empezaron a hablar, bajito, como había pedido Elizabeth. Sin embargo, la mayoría de las chicas seguían mirando al nuevo, que se estaba sentando a mi lado con una cara muy rara, como si le fastidiara tener que sentarse al lado de alguien.

-Hola-saludé tímidamente, las manos me sudaban y casi veía borroso.-Espero que no te importe que me siente contigo... pero sólo...

-No, da igual-me cortó en tono seco y descortés. Mi cara tendría que ser un poema, ¿dónde estaba la personalidad de caballero que tendría que ir con el cuerpo perfecto?

-Ah... vale-murmuré, sin saber exáctamente que decir o qué hacer, me mantenía quieta, con la espalda rígida y a punto de echarme a llorar, siempre me pasaba cuando me ponía muy nerviosa o estaba muy enfadada.

-Edward-la voz de Elizabeth sonó poco agradable e interrumpió el incómodo silencio que había entre nosotros dos.

-¿Si?-preguntó, alzando una ceja. El mismo gesto que tenía la cara de Elizabeth.

-Creo haberte dicho que la educación es para emplearla, no para tirarla a la basura. Segundo, ¿me puedes decir por qué llegas tan tarde?-puso los brazos en jarra y miró fijamente a su hijo-me dijiste que llegarías entre cinco y diez minutos tarde, no veinte.

-Ya, bueno, es que me crucé con unas amigas... y amigos-se apresuró a decir, pero yo había captado la indirecta de la frase-y me entretuve un poco, lo siento madre, no volverá a ocurrir.

-Edward, de verdad, ¿qué voy a hacer contigo?-hizo una mueca,-más te vale que esos "amigos/as" no tengan derecho a roce, ya sabes que no me gusta eso.

-Lo sé madre, y lo siento. No hicimos nada malo-su voz parecía arrepentida, aunque bueno, teniendo una madre como Elizabeth, ya me dirás tú si te atreves a portarte mal.

-Venga, sé bueno y compénsame enseñándole a Isabella los primeros ejercicios. Es la primera vez que viene a clase y está un poco nerviosa-recalcó la última palabra, como una advertencia-y cuidado con tu vocabulario, jovencito, te estaré vigilando.

-Si madre-su voz se volvió realmente angelical. Sólo le faltaba las alas y una aureola en la cabeza para rematar el cuadro. Aunque su tono distaba mucho de ser el de un ser bondadoso, más bien todo lo contrario.

Abrí el libro tímidamente, casi temiendo que me riñera por no hacerlo en la posición correcta. Busqué los ejercicios que nos habían mandado.

-Yo... eh... creo que puedo hacerlos yo sola-musité mientras cogía la pluma y el tinte-los primeros son bastante fáciles.

-Claro que son fáciles, y sinceramente, espero que los hagas. No me gustaría llevarte al hospital por una deficiencia mental, estos ejercicios son para críos de seis años.

Mis ojos se abrieron de par en par y a punto estuve de pegarle, ¿pero quién se creía que era?

Me miró con suficiencia y me quitó el cuadernillo de las manos, y la pluma.

-Si, creo que tendré que llevarte al hospital, esto me parece demasiado para tí... ¿te ha comido la lengua el gato? ¿O es que en tu vida de niña rica nunca has oído una mala contestación?

Le quité la pluma y le amenacé con la punta.

-Vuelve a hablarme de ese modo y te arrancaré los ojos con esto, o mejor, abre las piernas y te dejaré sin posibilidad de tener hijos, cabrón egocéntrico.

Después de eso ya no hablamos más. Empecé a hacer los ejercicios intentando no mostrar debilidad ante la mirada asesina que me lanzaba cada vez que me movía.

Retiraba totalmente lo del hombre perfecto. Aquel chico era un auténtico capullo.

Caramba, pensé, el vocabulario de Emmet se me está pegando a mí también... bueno, mejor el vocabulario que su obsesión por las mujeres de pecho abundante.

-Chicos-pidió Elizabeth-hablar más bajo, por favor-pidió con voz extrañamente amable. Normalmente cualquier alumno que estuviera hablando en una clase con el profesor dentro de ella recibía la más grande de las collejas. Y eso con suerte.

Todos bajaron el volumen a un punto que casi no se escuchaba, apenas un murmullo agradable que hacía eco en la enorme cúpula que era el techo.

-Lo estás haciendo mal-su voz, hermosa pero teñida de sarcasmo me hizo estremecer-menos mal que son fáciles, ¿eh?-me quitó la pluma de golpe y corrigió el fallo que sólo él podía ver.-Mira, aquí tienes que poner DO, ¿no ves que si no las demás notas pierden el ritmo?...-se quedó callado unos segundos y luego empezó a reírse-ya entiendo, no sabes la escala, ¿me equivoco?-volvió a reírse haciendo que Elizabeth girara la cabeza de una manera poco agradable.-Creo, sinceramente, que esta clase no es para tí. Que tus papis tengan dinero y puedan pagarte la matrícula no significa que estés a la altura. Mi madre tiene mejores cosas que hacer que enseñarle a una mocosa mimada la escala musical.

-Déjame en paz-musité, como única y patética defensa. Los ojos se me empañaron pero evité con todas mis fuerzas que se desbordaran. Antes muertas que derramar una sóla lágrima delante de ese idiota, pero, ¿qué le pasaba? ¿Qué le había hecho para que se comportara de esa forma?

-Oh, parece que tu momento de niña mala no ha durado mucho...-levantó el pupitre para coger sus cosas, tirándome los ejercicios al suelo.-Ups, perdona, pero que torpe soy.

Cogí mis ejercicios sin una palabra e intenté ignorarle con todas mis fuerzas. Tantas ganas por ir a clases de piano... tantas ganas... y me lo estaba estropeando todo aquel imbécil.

¡No podía dejarme vencer tan facilmente!

-Tranquilo, Edward-mi voz se volvió inocente, de alguien que nunca ha hecho nada.-También yo soy muy patosa...-rápidamente le dí un manotazo al estuche abierto con las plumas y el tintero, manchándolo todo-ups... que torpe-intenté imitar su voz lo mejor que pude.

Se quedó parado unos momentos, sin saber qué hacer exáctamente. Las manos le temblaban y la furia en su rostro era incuestionable.

-¿Te das cuenta de lo que has hecho?-preguntó, cargado de ira.

-Si-soreí de oreja a oreja-dándole una lección moral al idiota prepotente que tengo al lado y que, por desgracia, tengo como compañero.

-Me las vas a pagar-rugió, intentando salvar algunas partituras.-La suerte está de tu parte esta vez, porque las composiciones tienen una copia, de no ser así, ahora mismo tu cabeza ya no estaría unida a tu flojucho cuerpo.

Me quedé callada, algo acobardada por ese grado de hostilidad. Sabía que, por ejemplo, si le hubiese dicho y hecho eso a un hombre como mi padrastro o incluso a Jacob Black, la paliza que me darían me dejaría en cama sin moverme durante semanas.

Decidí no tentar a la suerte. Por muy guapo que pudiera ser... ¿quién me decía que no era un maltratador que podría pegarme o incluso violarme en un callejón después de clases? ¿Quién me dice que ese muchacho no es como la mayoría de los granujas que piensan con su... bueno, con todo menos con el cerebro?

-Vaya, la señorita ya no sabe decir más, ¿no?-cogió sus folios y los dejó a secar en la esquina del pupitre mientras arreglaba las plumas.

-Sabes que si no digo es nada es para no dejarte en ridículo-fui incapaz de callarme-¿no ves que te estoy dando una paliza verbal? ¡Tienes la amenaza en el puño, no en la palabra!

Se rió siniestramente.

-¿Eso crees?-musitó, acercándose peligrosamente a mí-lo único por lo que no te contesto a la mayoría de tus estupideces es porque, o bien me parecen demasiado patéticas como para tenerlas en cuenta o bien porque, de haberte contestado aprenderías una cantidad de palabrotas que tus oídos de rica no han llegado a oír jamás.

No dijo nada más, y yo no intenté contestarle. Estaba muda. Aquel chico era peligroso y, aunque de momento no parecía tener un cuchillo en la cintura del pantalón lo mejor era andarse con cuidado e ignorarlo todo lo posible.