Si hoy me preguntaras que recuerdo del día 30 de junio de 1997, diría que esa fecha está tatuada en mi mente casi tanto como la marca de mi brazo, pero la verdad es que todo es un caos tremendo hasta el momento de la ceremonia.

Yo no supe en lo que estaba participando, solo sabía que debía brillar, ser la mejor para ser alguien. No vi la marca tenebrosa en lo alto de la Torre de Astronomía, apenas escuché el jaleo que se había formado en otra parte del castillo, no supe que ocurrió hasta que no nos los contaron al mismo tiempo que el resto de los alumnos.

Apenas habían pasado dos noches desde que me volví… eso (y de ellas una la pasé completamente en vela y la otra completamente drogada) cuando los grandes cambios que había estado anunciando el Señor Tenebroso ocurrieron.

Me arreglé sin mucho esmero para la ceremonia, había pensado ir en un principio como si fuera un día normal pero Cally y Daphne me había sacado de esa idea, según ellas estúpida, de la cabeza.

—Lysandra, hace unos días una horda de repugnantes mortífagos entró en la escuela—No pude evitar sentir lástima por Theodore, si la estúpida de su novia supiera en donde se había metido mi amigo—y el jefe de nuestra casa ha sido acusado de la muerte del director.

—¿Qué me quieres decir con esto, Greengrass?

—Que la Casa Slytherin debe demostrar ahora más que nunca que no somos maléficos, que no estamos en contra de la escuela y el ministerio, que no todos nosotros estamos a favor del-que-no-debe-ser-nombrado.

Mi mirada se cruzó con la azul hielo de mi amiga, ninguna sentía remordimiento por ser parte de los que "estamos a favor del-que-no-debe-ser-nombrado".

—Puede que… nos convenga hacerles creer que no hay mortífagos en Hogwarts ¿no?—Dijo dudosa Cally.

Me encogí de hombros, no sabía el protocolo para "ir al funeral de la persona que tu pandilla ha conseguido matar", pero suponía que quedaría mejor ir formal antes de en vaqueros.

El vestido que me puse era negro, como casi toda mi ropa, y llevaba bordados en plata. Me coloqué unos pendientes de zafiro y los labios me los pinté de rojo carmín. Cally me miró con aprobación al verme salir del baño, una sonrisa más falsa que nuestra educación a los demás de formó en su rostro y cogiéndome de la mano salimos juntas a la ceremonia.

—Cara póker, hombros rectos, pecho fuera, y contoneo de caderas—Esa era una retahíla que mi amiga y yo habíamos ideado para cuando teníamos que hacer una puesta común.

Bajamos al Gran Comedor donde con caras largas, todos murmuraban en silencio. Fingí pesar poniendo la mirada en la antigua mesa de madera, Theodore a mi lado le hacía caricias suaves a Daphne en el antebrazo, y Cally con aburrimiento apoyó su cabeza en mi hombro. Estuvimos todos así hasta que Slughorn nos mando a levantarnos, la casa esmeralda estaba en completo silencio, las caras de póker se combinaban con las serias y las aburridas.

Aunque el Director Dumbledore había sido bueno en general, no lo fue con nosotros. Aunque se esmeró en agradar y contentar a todos, no nos contentó a nosotros. Aunque había protegido a todas las casas de las miradas maliciosas del exterior y del interior, nunca nos protegió a nosotros.

Nosotros habíamos tenido a otro defensor diferente, uno que ahora era visto con critica a los ojos de la sociedad, uno que por culpa de esos mismos ahora no podía defendernos. Severus Snape.

Con eso en mente, seguí al resto de la gente sintiéndome más idiota y extraña que nunca, no quería estar aquí, pero era mi deber. Había cientos de asientos preparados donde personas (y no personas) de todos los tipos, clases, y aspectos; yo como reflejo miré a la clase alta del Mundo Mágico, no me sorprendió ver a mi madre Lucretia hablando en susurros con Narccisa Malfoy y Úrsula Yaxley, un poco más lejos estaba el ministro de Magia y el resto de los importantes trabajadores.

Volví la vista al infinito pero algo grande, feo y molesto me la tapó. Hagrid trastabillaba con torpeza por el suelo mientras en sus rudas manos llevaba envuelto el cadáver de Dumbledore en una tela tan ridícula como todas las que vistió el anciano loco, llena de colores y estampados llamativos. Todo el mundo parecía tener el porte serio y se iban poniendo de pie cuando pasaba el medio gigante, todos menos Callidora, ella luchaba por ocultar su sonrisa de orgullo y satisfacción de los posibles magos que la mirasen.

No la miré con reproche, al contrario, cuando sus esferas de gélido hielo se posaron en mí, le guiñé un ojo divertida.

—Cara póker, hombros rectos, pecho fuera, y contoneo de caderas—Le susurré bajito, ella asintió comprendiendo el mensaje y volvió a ser toda una reina.

Apenas me inmute ante los homenajes de las sirenas y los centauros, cuando nos fuimos disipando una vez terminado el acto una mano en mi hombro detuvo mi paso, giré dispuesta a soltarle una palabra o dos pero grande fue mi sorpresa al saber que era mi madre.

Seguí a Lucretia hasta una zona un poco menos concurrida, Cally desde la distancia me miró preguntándome en silencio si se quedaba o se marchaba, le indique que se quedara por la zona y ella en respuesta me guiño un ojo. Tras ese intercambio fugaz mis cinco sentidos volvieron a estar puestos en la dama de cabello negro frente a mí.

—Hola madre—Saludé con toda la educción que me había dado.

—Tenemos que hablar muy seriamente Lysandra—Su tono de voz me puso alerta, esta no era la típica charla amable y superficial—¿Sabes quien vino a visitarme ayer a casa?

—Por supuesto que no lo sé.

—Antonin Dolohov—Al ver que no me inmuté aclaró—El mortífago que asesinó a tu difunto padre, Gideon Prewett.

—¿Y qué? Él pasa a menudo a visitarte—Respondí indiferente—No es como si lo hubiera torturado y asesinado en contra de tu voluntad.

—Me dijo que estaba muy orgulloso de la elección que habías tomado y se alegraba de los ideales con los que te he educado.

—No sé de qué estás hablando madre pero…—No me dejó seguir hablando, tomó mi brazo izquierdo y presionando ligeramente me preguntó:

—¿Segura que no sabes?—Su tono había bajado considerablemente, dándole un aspecto intimidante, toda una Black—Porque a mi parecer esta tono muy claro.

No levantó la manga del vestido, pero no hizo falta, acostumbrada a trabajar en las sombras y siendo una dama de la discreción, como todas las mujeres sangre limpia de su generación, solo me dedicó una mueca de desagrado.

—No te voy a desheredar por esto, porque créeme si te digo que vas a necesitar el dinero.

—Se donde me meto—Aseguré con firmeza, aunque las palabras de mi madre habían germinado la duda en mí.

—Oh cariño, te puedo asegurar que no tienes ni la más remota idea de dónde te metes. Solo te puedo recomendar que ten cuidado de con quién te juntas, pues son esas personas las que luego te darán tu ticket a la libertad.

—¿Por qué dices esto?

—¿Crees que la guerra va a durar para siempre? Te puedo asegurar que no, y cuando esto acabe te aconsejo que estés en el bando correcto.

—Estoy en el bando correcto, madre—Mi tono de pura soberbia no pareció afectarla, como si nada, continuó hablando.

—Solo te digo que un miembro de la Familia Potter está vivo, y parece lo suficientemente poderoso como para inquietar al Señor Tenebroso.

—Solo es un niñato llorón que intenta ser adulto—Odiaba lo pomposa que podía ser la fama de Potter.

—¿Y en qué se diferencia de lo que crees ser tú?

La miré con odio, pero me contuve de decirle algún comentario grosero, pues era mi madre. Lo que yo sentía por mi madre estaba más cerca del respeto que del cariño, y por supuesto a años luz del amor.

(Flashback)

Eran las seis de la mañana y estaba que me caía de sueño, mi madre me había despertado hacía unos instantes con un buen pellizco en mi antebrazo, este lo tenía ennegrecido de la cantidad de cardenales que me había provocado. Cuando le preguntaba por qué me pegaba de esa manera ella repetía: "la disciplina y la rectitud con las mayores armas de una dama".

Me levanté todavía con las legañas en la cara, arrastraba las babuchas que Lucretia a regañadientes había aceptado que usase, y llegué al comedor donde me esperaba seria y de brazos cruzados.

¡Lysandra!—Exclamó horrorizada al verme—A ver si aprendes a no arrastrar los pies y podemos tirar a la chimenea esas espantosas zapatillas de andar por casa—Se negaba a llamarlas por su nombre.

Disculpe, madre.

Intenté quitarme la cara de sueño disimuladamente, pero se dio cuenta y con una regla me pegó en la mano.

Tienes ya ocho años, va siendo hora de que aprendas por lo menos un poco de higiene—Volvió a darme otro reglazo (esta vez en la baja espalda) para que me pusiera recta, y asintió un poco más conforme—Empecemos con los ejercicios, antes de que venga el servicio.

Todas las mañanas desde que tenía cuatro años y aprendí a hablar con propiedad, mi madre me despertaba al alba para que aprendiera todo lo necesario para desenvolverme en la alta sociedad.

Ella me tendió cuatro enciclopedias, y yo, ya sabiendo lo que tenía que hacer, me las puse en la cabeza. Empecé a andar tambaleante por el pasillo, si se me caían los libros no desayunaría, y llevaba cuatro días sin poder comer tortitas con sirope por la mañana.

¡Vamos niña!—Me apresuró al ver el lento ritmo al que me movía—Una dama se debe hacer esperar, pero sobre todo no debe estorbar; y a este ritmo estarás molestando a los que te esperen.

Disculpe madre.

Cuando llegue al otro lado del pasillo, y con un poco de disgusto por parte de ella, tomé un tenedor de plata y degusté con placer el sabor dulce y acaramelado del desayuno. Pero eso no duró mucho, apenas diez minutos después ya estábamos de nuevo con las clases y las practicas.

(Fin del Flashback)

—Se diferencia en todo, madre—La repliqué sin argumentos, porque en el fondo no tenía.

Ella notó la sutil falta de escusas que con delicadeza traté de ocultar y encogiéndose de hombros se despidió marchándose.

Cally estuvo a mi lado unos instantes después, me miraba con curiosidad aunque no se molestó en preguntar, ya le respondería una vez a solas en nuestra habitación.

Muchas fueron las miradas largas que recibí mientras caminábamos a las mazmorras, pero habían sido demasiados años recibiendo esas mismas caras largas, esos mismos rechazos.

—¿Que hablasteis tu madre y tú, Lysa?

—Nada, tonterías sin sentido—Resté importancia—Me recriminaba por mi elección y me advertía de que tuviese las compañías adecuadas.

—¿Te ha desheredado?—A ninguna de las dos nos preocupaba el tema del dinero en potencia, pero que lo hiciera decía mucho de lo que mi madre pensaba sobre la situación y mi misma.

—No, ella no cree que el Señor Tenebroso gane la guerra y piensa que voy a necesitar el dinero, muy probablemente para sobornar y cosas así—Vuelvo a ocultar la inseguridad y finjo indiferencia.

—¿Si? Es una forma precavida de pensar—Opinó precavida, sin saber bien que decir. Como cuando cruzas un duelo o pasas por un campo de minas.

Dormí mal esa noche, parecía que últimamente eso de descansar era un privilegio. Gemí en la almohada y me pregunté si debería volver a ir a la habitación de Nott. Hacía un frio espantoso para ser junio y me acurruqué en las suaves mantas de seda.

—¿Qué te ocurre? ¿Estás bien?—Incluso recién despertada la voz de Dhapne no sonaba ronca o grave, era una cascada suave, alegre y tintineante—¿Quieres que te traiga una taza de leche caliente con miel?

Rodé los ojos molesta ¿enserio? Me pregunté internamente—Pues claro que NO quiero una tacita de leche calentita con miel.

—No sé qué problema tienes conmigo—Parecía que Dhapne no estaba de buen humor—He intentado ser agradable, te he ayudado cuando he visto que lo has necesitado, jamás te he faltado el respeto, y te empeñas en tratarme como una mierda.

Su tono de voz había ido subiendo poco a poco con cada palabra, casi podía ver sus ojos castaños brillar de ira en la oscuridad.

—Nada. Solo deseo que pases de mí— Ninguna de las dos parecía estar de humor a las tres de la madrugada tras aguantar un funeral ridículo.

—¿No será por Theo, verdad? Han pasado ya dos años desde que rompisteis de esa relación putrefacta y corrompida que teníais.

—Pues claro que no.

Paso olímpicamente de mí.

—¿Todavía lo quieres?—Ahora volvía a ser la niña dulce y dócil que todos creen que es—Porque te prometo que por las dos, seré la mejor novia que jamás pudo imaginar.

Y así, sintiendo que me había comido veinte terrones de azúcar a la vez, me dormí esa noche, por suerte poco me quedaba para despedirme de Greengrass y no volverla a ver a excepción de encuentros esporádicos.


Nota Autora

Pues aquí esta, un nuevo capítulo y como podéis ver siguen apareciendo personajes nuevos.

Daphne Greengrass… no la toméis por tonta, es Slytherin y como tal es más astuta de lo que aparenta. Si queréis un consejo, buscad en cada serpiente la máscara y la verdad, porque todos son avariciosos y todos tienen un objetivo.

Ok, ODIO a Dumbledore, llamadme rencorosa pero aunque soy capaz de ver sus aciertos, vivo cegada por sus errores. Si apreciáis mucho al anciano director, puede que os desagranden demasiado las cosas dichas aquí.

Lysa no suele pensar en Lucretia como piensa una hija de su madre. La palabra mamá por ejemplo implica demasiado "amor" para la relación que ellas tienen. Ella la llama "madre" porque la han enseñado a llamarla así, es un titulo, nada más.

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