Perdonad a todos (y en especial a Naty Celeste) si he dejado a Ian en el Limbo entre los vivos y los muertos. Aquí os pongo la primera mitad del capítulo, que espero que os guste mucho, para que no os impacientéis. Pongan Reviews por favor, que es el pan de todo fanfickero y sin ellos no dan muchas ganas de escribir :(
CAPÍTULO 4:
Enjaulado – Jailed (Ian)
Quise gritar con todas mis fuerzas, pero no pude. Algo grueso y desagradable oprimía mi boca de manera asfixiante. Una fría mordaza de cuero y acero estaba incrustada hasta casi el comienzo de mi garganta. No entendí porqué no me provocó unas terribles arcadas aquel artefacto.
Abrí los ojos y vi una pared blanca, no, era un techo. Me di cuenta de inmediato de que estaba tumbado sobre una superficie lisa y horizontal. Como un catre o más bien una camilla metálica, por la rigidez en mi espalda que percibía. Quise levantarme al notar cómo respondían de inmediato todos mis músculos a la adrenalina bombeada por mi corazón convulsionado. Pero unas gruesas correas de cuero me aferraban de pies, manos, torso y cabeza.
La luz de la habitación era tenue pero de origen natural. El resplandor del alba. Sin embargo apenas podía admirar nada más que el techo.
«¡¿Qué está pasando aquí?!», no me esperaba esto… encontrarme vivo. Acababa de vivir los que creía que eran los últimos momentos de mi vida, antes de que me abatieran a tiros como un animal furioso en esa casa abandonada. Nada de esto tenía sentido.
¿Cómo es que seguía con vida?
El disparo a bocajarro de la escopeta había sido brutal y desmedido. Un instante de dolor más allá de lo que había sentido en mi vida y después un shock instantáneo. Toda esa sangre y la sensación de vértigo, cayendo más y más abajo sin fin. Era imposible que me hubiesen curado a tiempo los buscadores, pero el sonido de mis latidos vertiginosos y rotundos en mis oídos refutaba esa simple verdad.
Me zarandeé furiosamente e hice tanta fuerza como pude con los brazos para intentar romper esos correajes, pero estaban hechos a mala conciencia. El recuerdo de un coyote del desierto cogido en una trampa de lazo, intentando arrancarse a mordiscos su propia pata, hizo aparición en mi mente y frené mis desesperados intentos de soltarme. Centré mi atención en las ligaduras que mantenían apresadas mis manos.
No podía aflojar las hebillas de acero con la fuerza, pero el cuero de las muñequeras estaba pasado y había cedido. Intenté escurrir la muñeca izquierda doblando los dedos como si tratara de sacar algo de una tubería estrecha. Me estaba lastimando con el áspero material del que estaba hecho pero ignoré esas magulladuras al percibir que mi mano empezaba a liberarse.
«¡Argh, por fin!», rugí de alivio cuando logré quitarme la primera correa. Rápidamente fui quitándome la de la mano derecha y luego el resto de ellas que me mantenían pegado como un sello a la camilla. Y por último arranqué de la boca la mordaza en forma de cuchara de sopa que tenía incrustada en la garganta. Me levanté a duras penas con los músculos del cuerpo completamente agarrotados y miré al alrededor con la vista desenfocada. La habitación estaba pintada de un verde apagado, las paredes eran lisas sin más adorno que un espejo circular en una esquina, un lavabo debajo y un taburete de metal para asearse. Reconocí aquel sitio como el cuarto de un hospital…
Pero ya no existían los hospitales, ahora se llamaban Servicios de Sanación, bajo el control de las almas. Ahí es donde curaban a los suyos de cualquier enfermedad o daño.
Y también donde hacían las inserciones.
«¡Me van a insertar un alma!», concluí asustado. Automáticamente me palpé la cicatriz falsa que Doc nos había hecho, imitando a la de Jared.
Al lado de la cama había un aparato para seguir las constantes vitales de los pacientes, que monitorizaba mi pulso a través de unos delgados cables que tenía pegados por los brazos. Un respirador bombeaba aire de manera regular a mis pulmones a través de una finísima sonda que me sobresalía de la nariz. Y además, cerca del catre había un soporte que sostenía una bandeja de metal, como las usadas en cirugía para el instrumental, que estaba vacía. Deduje por sus dimensiones que es ahí donde colocarían el criotanque para realizar la inserción. Cuando quise incorporarme casi me di de bruces en el suelo y tuve que apoyarme en el filo del colchón al no responderme los pies.
Era una sensación muy desagradable, como si acabara de correr un maratón, hubiera llegado el primero y fuera aplastado por el resto del pelotón de participantes como venganza.
Un escalofrío me recorrió por el cuerpo a pesar de la calefacción de esa habitación, el pijama azul unisex que llevaba apenas servía de abrigo, así me quedé sentado temblando de frío y de miedo. Miré en dirección hacia la puerta que estaba a tan sólo unos metros, pero sin mis pies era como si se encontrara a un kilómetro de distancia.
Me percaté de mi insólita soledad, ¿no debería de haber algún sanador o buscador vigilándome para que no escapara? En la habitación no había nadie más que yo y tampoco parecía que hubiera alguien tras la puerta. Acallé mi respiración fatigosa un momento, para escuchar con más atención, pero no alcancé a oír voces. Aún así seguía teniendo la sensación de que estaban vigilando mis movimientos, como si hubiera una cámara oculta o el pequeño espejo fuera falso.
Con mucho cuidado fui quitándome la sonda de oxígeno que recorría mi garganta hasta que pude respirar por mi cuenta. En el paladar tenía un sabor raro, como a metálico y también salado pero no desagradable. Poco a poco empecé a ver con claridad de nuevo. Cuando arranqué los electrodos de mi cuerpo el aparato empezó a pitar alarmado y rápidamente llevé mi mano hacia el interruptor para apagarlo. No hubo ni una señal de que alguien respondiera a ese incidente, seguía estando completamente a solas.
¿Es que acaso había sido capturado, atado y dejado en ese rincón como un regalo de Navidad listo para ser abierto? ¿Pero… para quién?
«Necesito agua», razoné, mirando el grifo del lavabo con esperanzas renovadas. No tenía sed, pero beber un poco mitigaría los efectos secundarios de la Paz. Podía sentir mis pies cosquilleando como si estuvieran dormidos y tanteé el suelo de linóleo con la punta de los dedos para comprobar si no se doblan debido a mi peso.
Conseguí levantarme del catre y dar un par de torpes pasos hasta el taburete de metal. Me agarré a él con la misma fuerza con la que me asiría a un chaleco salvavidas en un naufragio. No había ni un solo músculo de mi cuerpo que no estuviera tiritando o sufriendo espasmos por culpa de la intoxicación que estaba sufriendo.
Cuando alcancé a ver mi reflejo en el espejo observé que tenía los labios llenos de la sangre que había vomitado antes de derrumbarme, la cara completamente pálida, más de lo que era habitual en mí, como la de un cadáver o de un vampiro y unas ojeras pronunciadas que resaltaban de una manera nefasta mis ojos azules.
«Estoy para el arrastre», pensé con una pizca de ironía que aún me quedaba. Esbocé una sonrisa timorata, antes de abrir el grifo y beber del vigorizante chorro de gélida agua que surgió. Unos pasos de botas cruzaron por delante de la puerta y cerré la llave del grifo lo más rápido que pude al oírlo, pero pasaron de largo sin entrar.
Fue en ese momento que me di cuenta de que tenía una cosa pegada en el antebrazo, un parche pequeño del tamaño de un sello de correos y de un color tan semejante al de la carne que apenas se hubiera advertido en otra persona. Estaba adherido a mi piel tan bien que no lo había notado. Con la yema de los dedos fui tanteando hasta que pude encontrar un borde suelto y me lo quité de un tirón. No fue una idea muy inteligente, lo admito, porque de inmediato el sabor de la sangre que me abrasaba la garganta se intensificó, la habitación empezó a tambalearse como si fuera una lavadora y unas arcadas horribles me hicieron vomitar la poca agua que acababa de beber.
De golpe recordé de qué me sonaba ese parche, lo había visto en el hospital de Doc, junto a tantas otras medicinas de las que robábamos.
—Sin-náuseas —adiviné antes de recitar las dos breves palabras que había serigrafiadas en su superficie y volver a pegármelo en el dorso de la mano. El malestar desapareció al instante, pero todavía seguía con esa incómoda sensación de que me observaban atentamente.
Era un hormigueo en la nuca que no cesaba.
Otra vez el sonido de unas botas andando me alarmó al pasar demasiado cerca de la puerta, me quedé en completo silencio unos instantes, pero fuese quien fuese no entró y se marchó tan rápido como llegó.
A medida que fueron pasando los segundos y mi respiración se normalizó, empecé a notar que los efectos de la Paz se desvanecían con el torrente de adrenalina que se dispersaba en mis venas producto del miedo. Me iban a meter a un buscador en la cabeza porque habían logrado capturarme con vida, pero por alguna extraña razón se estaban demorando.
Dudé, dudé y dudé una y otra vez. Tenía que haber supuesto que mi plan sería un completo fracaso. No sé cómo pude creer en algún momento que podría lograrlo. Le había asegurado a Gail que sería más fácil si lo hacía yo, pero…
Un deseo abrumador de volver al Hogar me sacó de mis dudas. Era más fuerte que nunca.
—Tengo que huir —exclamé tiritando. Busqué a mi alrededor una vía de escape al darme cuenta de que el plan había fracasado. La vida de Wanda y la de todos los de las cuevas estarían en peligro mortal en cuanto me hicieran la inserción. Mi mente se quedaría encerrada, mi cuerpo y mis recuerdos acabarían convertidos en un instrumento de los buscadores.
«No hay escapatoria», pensé cuando llegué a la puerta e intenté abrirla. Las almas no eran tan confiadas después de todo, el cerrojo estaba echado desde fuera. Aquella habitación era en realidad una bonita celda para que disfrutara de las vistas hasta mi hora final.
Me encaminé al ventanal en una exhalación a la búsqueda de alguna manilla o una llave que abrir. Pero aquel trozo de vidrio que ocupaba toda la pared, no tenía marcos o bisagras visibles. Era tan etéreo que daba la impresión de que no me separara de la caída.
«No hay escapatoria», me hundí con ese funesto pensamiento al ver con los primeros rayos de sol que despuntaban que estaba en un décimo piso de una fachada sin barandillas ni escalera de incendios. Aunque lograra romper el cristal con la butaca no podría salir con vida de allí… No podía volver con Wanda, pero al menos la mantendría a salvo con mi muerte.
—Siempre hay una salida —exclamé intentando coger la butaca de metal, usarla de ariete y lanzar mi cuerpo al vacío, pero mis brazos no me respondieron. Otra sacudida me recorrió en forma de escalofrío por la columna vertebral y supe porqué no se tomaban muchas molestias en mantenerme muy vigilado, con esa medicación era tan inofensivo como un bebé.
Gruñí de rabia e impotencia cuando solté la butaca y me apoyé en el cristal temblando. Di un puñetazo con todas mis fuerzas pero no se notó el más mínimo rasguño en el ventanal. El sol brillaba sobre mi cara anunciando el nuevo día… ¿Era éste el último amanecer que vería? Si no podía evitarlo, la mía no sería la única muerte que habría. Imaginé mi cuerpo, ocupado por uno de esos parásitos, llegando hasta el desierto y conduciéndoles a nuestro refugio.
—No me tendrán, mi cuerpo, no — me giré en redondo y miré el espejo del baño con desesperación. Esta vez sí escuché el crujido de los cristales cuando estampé los nudillos en él. Empezó a sangrarme la mano pero no presté atención. Un gran trozo del espejo cayó en el lavabo, tenía el filo aserrado y atroz, una promesa de muerte rápida y definitiva.
«Te digo que no hay escapatoria», me dije a mí mismo, cuando fui a recoger esa sierra de vidrio con los dedos temblorosos de mi mano.
—¿Qué…? —me quedé helado en el sitio al oírlo, eso no lo había pensado yo.
«Deja ya de intentar huir», exclamó una voz en mi cabeza que sonaba exactamente como la mía. Miré el trozo de cristal manchado con mi sangre y vi mi reflejo en él… El reflejo de una estela de plata en el fondo de mis ojos azules.
No me había acordado de que a la caída del crepúsculo no era el único momento del día en el que un alma y un humano se pueden confundir el uno con el otro.
También al alba sucedía lo mismo.
—¡No puede ser! —proferí con la voz arrebatada por la sorpresa. Me apoyé en el filo del lavabo cuando noté que mis pies me fallaban de nuevo—. ¡Sigo estando vivo, sigo aquí!
«No, estás muerto, pero aún no te has enterado», comentó mi voz con un tono sarcástico y morboso, que yo nunca habría usado, desde el rincón más escondido de mi cerebro.
Recordé el parque al que había ido a dejar la nota. Pero, ¿cómo había llegado hasta allí? De pronto me di cuenta de que no había nada más antes. No tenía sentido, era como si fuera parte de un sueño del que despiertas. En ese sueño una voz me habló, pero yo la ignoré porque se parecía a la mía… Mel ya me había hablado de cuando rememoró en una pesadilla sus últimos momentos antes de arrojarse por el hueco del ascensor. Pero ella había podido ser consciente de que era un ensueño y habló con Wanda, yo no… ¡Oh mierda, soy un imbécil!
¡¿El coyote?! ¿Cómo no me había percatado antes? ¿Cuándo había visto en mi vida un coyote intentar arrancarse una pata a mordiscos? Ese recuerdo no era mío, era de ese intruso que me habían insertado en el cráneo.
Un buscador que ya estaba en mi mente.
¿Pero cómo es que todavía podía moverme y hablar? ¿Por qué seguía teniendo el control?
«No vas a tener mi cuerpo», repuse esta vez yo, impetuosamente. Pero la voz no respondió, parecía como si me ignorara adrede.
Me lancé a por el trozo de espejo, pero antes de que pudiera asirlo, mis dedos se frenaron en seco. Fue como si unas gruesas y fuertes cuerdas se me ciñeran en torno a los antebrazos y me paralizaran. Vi mis brazos y las yemas de mis dedos inútilmente extendidos delante de mí. Las cuerdas se fueron desplegando por toda mi espalda, hacia el resto de mis extremidades. Me quedé petrificado en el sitio. Atado de la cabeza a los pies con cuerdas intangibles y asfixiantes.
La sangre goteaba de mis nudillos, cálida y espesa sobre el lavabo, pero no me preocupaba. Intenté encontrar algún rincón de mi cuerpo que aún pudiera mover yo, un cabo suelto de ese nudo perfecto que poder desatar.
De alguna manera percibió mis intenciones y respondió haciendo más ceñido el lazo sobre mis músculos, era tan fuerte que incluso dolía. Noté una sensación de sorpresa, su sorpresa al ver que estaba plantándole batalla.
—Lo has intentado, Ian, pero ya es hora de que desistas —exclamaron mis labios, sin que yo se lo ordenara… ¡Era él, hablándome!
«¡No vas a ganarme!», volví a objetarle con el pensamiento ya que los labios no respondieron a mi voluntad. Imaginé unas afiladas tijeras haciendo añicos cada una de esas cuerdas. Mis dedos se acercaron una pulgada más y se volvieron a detener en el aire cuando aquellas cuerdas se transformaron en duras y frías cadenas de hierro. Estaba fatigado hasta la extenuación con ese esfuerzo, solté un jadeo grave desde mis pulmones que él oyó.
—Ummm… Interesante —murmuró en voz baja para sí mismo con mi boca—. Esto no lo había visto antes… ¿Cómo lo sabías?
Unas botas militares repiquetearon al fondo del pasillo junto al sonido de otros pasos, eran dos voces que hablaban a través de la puerta y se dirigían hacia esa habitación. Mi corazón se desbocó y su latido empezó a martillearme los oídos ahogando todo pensamiento coherente.
—Se acabó el juego —exclamó ese intruso, apartándome de un envite de la pila del lavabo y lanzando mi cuerpo sin fuerza, como si de un muñeco de trapo se tratara, a la pared contraria.
Unas llaves rozaron en la cerradura y deduje que alguien estaba abriendo la puerta, pero no pude comprobarlo porque mi mirada se había quedado prendida en el gran trozo de espejo que aún estaba sobre la pared.
Mi rostro ya no era mío.
Una media sonrisa extraña se quedó en esos labios ajenos. ¿Por qué estaba sonriendo?
Justo un segundo antes de que los visitantes llegaran a entrar, me hice añicos por completo. Fue una sensación muy espeluznante, como si cada fibra, músculo y órgano de mi cuerpo me fueran arrancados a lo vivo, desmontados y vueltos a colocar sobre algo que no era yo. No sentí dolor alguno, pero lo habría esperado de lo drástico que resultó. Mi cuerpo me resultaba completamente extraño, ajeno a mí mismo.
Supe que ya no era mío.
Melanie me había descrito esa experiencia, pero al parecer suavizó los detalles más escabrosos, supongo que por temor a que llegara a hablarle a Wanda de lo que ella tuvo que sufrir realmente… bajo su… ¿control? ¿Qué digo?
Mis pensamientos empezaron a deshacerse uno tras otro, deshilachándose inconexos en un sinfín de recuerdos que estaban escapándoseme de la mente… ¿Quién era ése que me miraba desde el espejo? Espera un momento, ¿era yo? ¿Pero cuál era mi nombre? «Ian O'Shea», oí pensarme. No, no era ese mi nombre. ¿Eley? Ese tampoco me sonaba bien. ¿Dónde estaba? ¿Pero qué es lo que estaba haciendo aquí? No debería de estar todavía en la Tierra, éste no era el destino que había escogido… ¿Por qué…? ¿Cómo era posi…? ¿Qué estaba…? No sé…
Todo se volvió cada vez más y más confuso.
Mi visión se fue haciendo borrosa y oscura.
Estaba desapareciendo, desvaneciéndome en la negrura del olvido, como un náufrago engullido a pocos metros de la playa por la marea.
Ya no quedaría nada de mí.
«¡Eh, vuelve en ti de una vez!», me sacudió esa voz, desde el fondo de mi mente. Resurgí a flote del recóndito rincón en el que casi acabo olvidado y contemplé el reflejo metálico de sus ojos mirándome a través del espejo quebrado.
La visión del brillo de otros ojos plateados me despertó. Me aferré a esa imagen que tenía de Wanda con fuerza y noté que el buscador respiró aliviado con mis pulmones. La presión sobre mis extremidades se deshizo y los latidos de mi corazón dejaron de martirizarme.
De sopetón volví a recordar quién era y qué estaba ocurriendo: Mi nombre era Ian O'Shea y me habían insertado un alma en la cabeza. La sonrisa divertida del buscador me pareció curiosa, era como si parte de mi labio superior se hubiera adormecido y el resto de la boca estuviera en proceso de dormirse. Nunca había tenido una expresión semejante en mi rostro.
El ruido de la llave correcta al encajar en la cerradura le sacó de su ensimismamiento. Mis ojos giraron sobre sus orbitas y enfocaron a los dos desconocidos que estaban en el umbral. No pude reconocerlos, ni tampoco pudo el buscador que estaba dentro de mi cabeza. Pude percibirlo claramente, su desconcierto invadiendo cada neurona de mi cerebro como un torrente de agua en el cauce seco de un río.
La primera persona que cruzó la puerta era una mujer mayor, de unos cincuenta años para arriba, tez aceitunada, de cabello largo negro y mechado de rojo en las puntas. En cuanto enfocó sus ojos en el lugar en el que me encontraba, levantó su brazo para detener a su compañero. Un movimiento que me recordó a una madre impidiendo que un hijo saliese lanzado de un frenazo involuntario con el coche.
Su escolta, por el contrario, se quedó quieto, echó los hombros hacia delante y dobló ligeramente las rodillas en una posición de combate. En un flash la silueta oscura del buscador recortada con la luz de un foco apareció en mi mente y reconocí a aquel tipo como el líder que había dirigido la patrulla de buscadores en el parque y me había tiroteado en la casa. Sus botas militares rechinaron sobre el suelo de linóleo al intentar dar un paso hacia mí, pero la mano de la mujer le frenó con presteza.
—Eley, ¿sabes quién soy? ¿Me recuerdas? —preguntó aquella desconocida. Mis ojos se desviaron sin ningún control mío hacia la cara de esa mujer y enfocaron sus ojos iluminados por los brillantes rayos de sol del amanecer.
Eran de un color rojo parecido a la sangre, fulguraban como rubíes con mil facetas a la luz. Miraban inquisitivamente mi mano malherida y el espejo quebrado de la pared.
No había visto en mi vida un alma con semejante tono de iris, pero pude distinguir una chispa de reconocimiento por parte del tal Eley. Su atención se desvió hacia las mechas de pelo rojo de su cabello. Eran de un tono más primario que el de sus ojos y tan fuerte que casi hacía daño a la vista, como un rótulo fluorescente de neón en la oscura noche.
El recuerdo de ese singular pelo negro y rojo, luciendo una miríada de peinados distintos, me golpeó como un ariete. Lo vi en un centenar de moños de diferentes alturas formando remolinos escarlatas, salvajemente ensortijado como si estuviera ardiendo, también con una trenza carmesí en la espalda y ondulado de mil maneras distintas con dos mechones de rojo abriéndose en la frente como las cortinas de un teatro.
Un rostro acompañó a esas imágenes que se sucedieron vertiginosamente, en un principio era joven, pero se fue volviendo cada vez más y más mayor, aunque no por ello menos bello, a medida que transcurrieron el largo paso de los años. Fui consciente del tiempo que llevaban conociéndose, aunque no supe cómo.
Un nombre se precipitó a mis labios.
—Seraph —pronunció Eley con voz trémula, miró a mi alrededor y asintió hacia ella—. Sí, ya te recuerdo, te llamas Seraphim of the Crimson Cloud, eres mi acomodadora.
Eley contempló de refilón la camilla y noté una emoción de disgusto rara, como reproche y ansiedad, cuando se fijó en las correas de cuero de las que me había liberado. Dejó de sonreír.
«¿Qué ha sido eso?», el ardor de las emociones de ese tal Eley era abrumador e inesperado, me aplastó de improviso su irritación.
Pero Seraph mantenía su mirada inquisitiva y volvió a preguntar con su voz, la cual ya no me parecía desconocida. Tenía un deje francés muy sutil en algunas consonantes:
—¿Cuándo nos vimos por primera vez y en qué circunstancias? —sus ojos se entornaron y sus labios se fruncieron en una mueca nerviosa, convirtiéndose en dos afiladas líneas rosas.
—¿Qué está sucediendo aquí? —preguntó el otro buscador, mirando confundido a Seraph.
—Cállese, por favor, y deje que él conteste —respondió sin girar la cabeza y manteniendo sus inverosímiles ojos puestos sobre mí.
Eley se aclaró mi garganta y la miró de fijo.
—En 1987, en la ciudad de Arecibo, Puerto Rico —indicó con la respiración serenándose por momentos, no vi ninguna imagen mental de dicho recuerdo como en el caso del coyote, pero supe que decía la verdad—. Me insertaron dentro de un periodista que investigaba los avistamientos de OVNI's cerca del complejo radiotransmisor de la isla. Impedí que publicara sus hallazgos en la revista paranormal en la que trabajaba y después destruí las fotografías de nuestros desembarcos. Cinco semanas después la conciencia del periodista abandonó la fase muda y empezó a interferir en mi control. Fui uno de los primeros casos de resistencia de este planeta. Tú viniste a investigar…
—¿Qué fue lo primero que me dijiste? —le interrumpió Seraph velozmente.
Eley volvió a mirar como quien no quiere la cosa la camilla y otra acometida me sacudió.
—Te confundí con una de las sirvientas del hotel en el que estaba y te pedí que arreglaras la habitación —exclamó ligeramente crispado. Su paciencia estaba agotándose por momentos.
—No me confundiste, tuve que infiltrarme en ese hotel para llegar a ti —repuso divertida Seraph, pero todavía recelosa. Su mano no se apartaba del otro buscador, que también contemplaba la escena con asombro como yo.
«¿Ella está comprobando que es quién dice ser realmente?», cavilé para mis adentros.
—Nunca arreglaste mi habitación —añadió Eley irguiéndose un poco, como mosqueado.
—¿Cómo se llamaba ese cuerpo anfitrión? —cambió de tema al verse contrariada.
—¡Oh, venga! ¿De verdad es necesario todo esto? —mis ojos se desviaron por tercera vez hacia la camilla y ya no pudo contenerse. La señaló con un dedo acusador de mi mano manchada de sangre—. ¿Y qué se supone que es esa cosa? ¡Te dejé claro que siempre me pusieras esposas o grilletes! —prorrumpió alterado.
El buscador que estaba en la puerta dio un respingo y se apartó un paso atrás. Yo también lo habría hecho si hubiera tenido mis piernas.
—Es él —sentenció Seraph, bajando la mano y soltando un suspiro contenido. Se había convencido de que no le estaba engañando—. Sólo tú, Eley, serías capaz de echarme en cara que no te atara bien fuerte a una cama —se río tapándose la boca y meneó la cabeza negando un pensamiento inoportuno—. Lo siento, pero ya no se fabrican esposas. Lo mejor que han podido encontrar fue esa camilla de electroshock que estaba abandonada en el almacén.
—Podría haber hecho daño a alguien —dijo Eley sacudiendo la cabeza, enfadado. Seraph le señaló con la mirada mi mano herida y enarcó una ceja—. No me mires así, he intentado suicidarme y por poco no lo he podido impedir… Esto, ¿cuánto tiempo ha pasado desde la última misión? No me oriento bien en este cuerpo, me parece que ha transcurrido mucho, pero no estoy seguro —miró una segunda vez a Seraph, fijándose en los cambios que había sufrido con la edad. Pero no tuvo intención de comentar que le encontraba un par de patas de gallo de más.
Seraph se acercó a Eley y le ofreció un pañuelo que llevaba en el bolsillito de su chaqueta de corte ejecutivo. Él contó con los dedos de mi mano sana, a una velocidad pasmosa. Podía oír un murmullo de chasquidos y golpeteos procedentes de él, como si hiciera música con los números en vez recitarlos.
—Estamos a sábado 19 de abril del séptimo año de la Paz —le informó ella rápidamente—. Has estado tres años y medio en hibernación.
«¡¿QUÉ?!», escuché su pensamiento atravesar mi cerebro hasta llegar a mí. Recogió el trozo de tela y se lo ató alrededor de mis nudillos en un solo movimiento, sin apenas fijarse en lo que hacía. Estaba habituado a tratar esa clase de heridas sin ayuda de las medicinas de las almas, era algo que había realizado tantas veces que no requería ni un segundo de duda.
Vislumbré momentáneamente un campo de batalla de la Tierra lleno de soldados vestidos con uniformes grises que estaban moribundos, el olor de la pólvora negra en el aire lo inundaba todo y los gritos se alzaban por encima del sonido de los cañones tronando a lo lejos…
En un parpadeo volví a encontrarme en la habitación del hospital, como si alguien hubiera cambiado de canal en una televisión.
—Disculpen, ¿hay algún problema que deba saber? —inquirió el otro buscador, entrando en la habitación al fin—. ¿Qué significa esa herida? ¿Por qué se la ha hecho?
Eley se percató de su presencia en ese momento, le había olvidado durante unos breves segundos. No le dio la más mínima importancia a ese tipejo que me había cosido a balazos. La suya no era una actitud despectiva pero no le agradaba volver a verlo tanto como yo.
Seraph se cruzó de brazos y se giró para encararle con una mirada desdeñosa, dándome la espalda. Intenté concentrarme en la sensación de dolor lacerante de mi mano para recuperarla, pero Eley advirtió mis intenciones y la sostuvo con la otra, frenándome en seco.
—Eso es la razón por la que insistí tanto en estar presente cuando despertara —respondió Seraph con un tono autoritario y severo—. No se puede realizar un salto así como así, sin un mínimo de preparación. Este mundo es muy diferente a los anteriores y estos cuerpos tienen otra manera de funcionar. Cuando la conciencia residual de un cuerpo choca con el control del alma, a veces hay un lapso de tiempo en el que el anfitrión cree estar vivo todavía.
«¡Que creo estar vivo!», me encrespé dentro de mi cabeza por aquellas palabras. Pero me di cuenta de que aquella ya no era mi mente y que no podía expresar mi frustración.
—Los saltos entre los anfitriones conscientes de nuestra existencia, como éste de aquí, son los más peligrosos —añadió Seraph descruzándose de brazos y señalándome con la mirada por encima de su hombro—, porque al trasladarse de un cuerpo a otro, las diferentes conciencias pueden llegar a manejar el cuerpo sin que podamos evitarlo durante el despertar. Sólo dura unos breves minutos, pero es tiempo más que suficiente para provocar una catástrofe.
—¿El cuerpo estaba sin ningún control? —profirió ese buscador, abriendo sus ojos oscuros de par en par.
—No, de hecho había tres mentes luchando por su control —puntualizó Seraph levantando un dedo en un ademán extraño—. La de mi paciente, Eley, la mente original de este cuerpo y el eco de su anterior anfitrión —el buscador frunció el entrecejo y tragó saliva como si estuviera a punto de hacer una pregunta—. No es más que un recuerdo que persiste en el tiempo más allá de su hora, como el de todas las conciencias residuales, al fin y al cabo.
Mi cuerpo se apoyó de espaldas en la pared como si estuviera aquejado de debilidad. Miró el pañuelo ensangrentado que había frenado la hemorragia y luego habló sin que fuese yo:
—Seraph, ¿cómo acabó la última misión?
Pude notar una angustia arrolladora brotando de alguna parte de ese parásito que tenía mi cuerpo controlado. Sentí como si mi garganta se hinchara hasta asfixiarme y se inundara de tristes lágrimas que no procedían de mí.
—Durante el asalto al refugio detonaron un artefacto explosivo —exclamó Seraph de manera imperturbable y aunque no se le quebró la voz, su mandíbula se contrajo con un temblor. Pude reconocer ese gesto alterado suyo, aunque era la primera vez que lo veía—. Todos ellos murieron y perdimos irremediablemente a tres de los buscadores en la operación.
—¿Todos? —exclamó Eley con un chirrido de mi voz. Una salva de imágenes irrumpió en mi mente, docenas de caras de desconocidos se sucedieron en una acelerada progresión que duró un latido. Sus rostros se desfiguraron en pálidas calaveras abrasadas bajo el calor de un inclemente sol—. ¿Los niños también?
—No, pudimos recuperar a los cinco gracias a la ruta de escape que nos revelaste —añadió rápidamente al ver que mi rostro se había descompuesto por la dureza de esa masacre—. Por suerte fueron insertados exitosamente.
«Aghh», tuve náuseas cuando una oleada de alivio recorrió por completo mi cuerpo y solté un suspiro. Fue muy chocante darme cuenta de que su desazón no era por la pérdida de las vidas humanas, sino por el desperdicio de los cuerpos que no habían podido rescatar.
Ya sabía que las almas no nos veían como otra cosa que recipientes para sus existencias, pero sentirlo desde su perspectiva fue repulsivo hasta más no poder. Pensó en aquellos niños con sus ojos plateados por las almas y se llenó de satisfacción por haberlo conseguido. Quise vomitar ante esa imagen mental, pero mi cuerpo no dio señales de ningún malestar.
Eley se sacudió las manos y un escalofrío de dolor me recorrió por todo el antebrazo hasta el hombro. Percibí cómo se hacía suyo ese dolor, arrebatándome también esa sensación y convirtiéndola en algo ajeno para mí.
—Bueno, pongámonos manos a la obra —exclamó observando a Seraph e inclinando la cabeza de manera interrogativa—. ¿Has traído algo para apuntar? ¿Un bloc o una grabadora?
Seraph se sacó del bolsillo de la chaqueta un móvil de última generación y lo alzó para que lo viera bien con mis ojos. A pesar de su edad parecía divertirse como una niña pequeña con un juguete nuevo. Sentí sus ganas de reírse de su actitud desvergonzada y meneó la cabeza.
«Llegó el momento», pensé al empezar a notar cómo Eley se adentró en mi memoria. Mel me había relatado sus primeros instantes con Wanda, cómo se había rebelado a su control. Me zambullí detrás de él siguiendo el rastro que dejaba por el interior de mi cerebro.
Vería unos segundos antes lo que quería recordar, pero yo debía detenerle oponiendo una resistencia a su voluntad. Algo que nos separara el uno del otro con claridad, podía ser un foso, una puerta o un muro como en el caso de Mel. Fuese lo que fuese, se convertiría de inmediato en una frontera entre nosotros dos. Un espacio baldío que no pertenecería a nadie…
Me di de bruces con un muro de oscuridad.
No lo había levantado yo, sino él.
—Me llamaba Ian O'Shea —comenzó a decir Eley sin que pudiera impedirlo—, nací en esta ciudad, Pórtland. He cumplido los veinticinco y tengo un hermano llamado Kyle 'nariz rota'…
—¿Nariz rota? —preguntó el buscador interrumpiéndole bruscamente.
—Es un mote cariñoso que le puse hace ya unos años —comentó Eley de pasada y luego le pidió silencio con un dedo en mis labios—. Necesito concentrarme, déjelo para después.
«¡¿Qué tú se lo pusiste?! ¡Fui yo!», me quejé intentando encontrar un resquicio en ese muro. Pero Eley no pareció darse cuenta de que estaba gritándole con mi pensamiento.
Pude ver el recuerdo de la primera vez que le rompí la nariz a Kyle a través de los ojos de Eley. Parecía que se había quedado trabado en él, intentando descifrar el porqué de aquella agresión, pero me dio un poco de tiempo para encontrar la manera de franquear esa barrera.
«Me enteré de la invasión por…», pude oír sus próximas palabras antes de pronunciarlas.
—Me enteré de la invasión por una llamada de mi padre —continuó relatando Eley—. Un grupo de amigos míos y yo nos escapamos de nuestras casas cuando nos dimos cuenta de que la gente actuaba de un modo extraño —cerró los párpados y se sumergió en esa oscuridad para concentrarse más profundamente—. Estuvimos vagando por las calles de Pórtland, escondiéndonos de las patrullas de los buscadores durante casi nueve meses, hasta que capturaron a uno de mis amigos en una redada. Su nombre es… irrelevante —exclamó sacudiendo la cabeza y apretando más los párpados. ¡Lo había logrado! Quitarle ese nombre de sus labios. Pero Eley siguió hablando sin descanso—. Mis amigos y yo nos dirigimos hacia el Sur huyendo de la invasión a medida que fue avanzando. Perdí a tres de ellos en un pueblecito en la frontera entre California y Oregón, los buscadores fingieron hacer un control de tráfico para detectar a conductores ebrios e hicieron inserciones a muchos incautos. Cuando llegamos a Sacramento la novia de Kyle se despistó en un… ¡Espera un momento! —aulló.
Otra vez sentí esa molesta sensación de que alguien me vigilaba, el cabello de mi nuca se erizó y noté unos ojos clavados en mi espalda, pero ese presentimiento no era mío, sino de él. Eley estaba percibiendo mi intromisión en mis recuerdos y había dado la vuelta sobre sus pasos para verme dentro de mí.
—¿Qué sucede? —preguntó Seraph.
—He tenido un escalofrío —exclamó nervioso Eley, abrió los párpados y contempló la mirada de su acomodadora—. Está despierto.
—Date prisa —le urgió ella.
—¿Qué es eso de un escalofrío? —preguntó curioso el buscador, desviando la atención de Eley de su tarea y desorientándolo. Arrugó el entrecejo e hizo como que no le había oído.
—Es una respuesta refleja que implantamos para detectar las conciencias —informó Seraph someramente, hizo un puchero con la boca al ver que la curiosidad de ese buscador era impertinente—. Un aviso psíquico de que se está siendo bloqueado. Es como atarse un lazo a un dedo para recordar algo que se ha olvidado.
«Eso ha sido interesante», exclamé divertido al ver que ya me tomaban en serio. «¡No te vas a llevar nada más de mí!», le chillé ganando confianza en mí mismo al ver que sí podía. Le arrebataría cada nombre que llegase a pronunciar de mis labios de la misma manera.
No reaccionó a mis pensamientos.
Entonces lo comprendí.
¡No me podía escuchar!
—Jodi era la novia de Kyle —Eley retomó su relato de mi vida con recelo. Aquella frase era cierta, pero escondía un significado que él no llegó a captar—. Mi hermano Kyle estuvo a punto de abandonarnos cuando le hicieron la inserción, pero le convencí de que siguiéramos hacia el Sur hasta Los Ángeles. Pensamos que les costaría tomar una ciudad tan grande y que podríamos hablar con la verdadera policía…
«Pero no ocurrió así», pensé al recordar que la ciudad fue una trampa mortal. Recordar ese día me llevó una sorpresa, una grieta del muro apareció y percibí a través de ella que él estuvo en aquellos tiempos en Los Ángeles.
—Mike y Jane murieron cuando intentamos pedir auxilio a un buscador —recitó sin que le pusiera impedimentos, sus nombres no eran lo más importante que debía proteger—. Consulta luego los registros de defunciones para ubicarlo, Seraph, necesitaré referencias temporales… Éramos cuatro cuando escapamos y decidimos separarnos, Kyle y yo fuimos hacia el Este —empezaba a acercarse al día en el que Jebediah nos encontró rateando detrás de un 7-Eleven—, mientras que los otros se fueron al Sur. No sé qué pudo haberles pasado en México, pero la invasión no se detuvo y siguió extendiéndose detrás de nosotros.
Noté su ansia creciendo.
Necesitaría algo más fuerte contra Eley que frenarle la lengua cuando llegara a su objetivo. Imaginé mi propio muro, un reflejo del suyo, y me escondí detrás de él, protegiendo ese día de mi vida que conocí al loco Tío de Melanie.
—Kyle y yo nos encontramos con un… —Eley se quedó en blanco durante un segundo, incapaz de terminar la frase, ya que había un enorme espacio vacío en mis memorias de ese día. Casi hubiera sonreído de poder hacerlo—. Nos encontramos con un superviviente. Él se llamaba… se llamaba…
Estaba haciendo esfuerzos para atravesar el muro, pero se daba una y otra vez contra él.
—Barba blanca… —murmuró entre dientes y la imagen de Jebediah apareció fugazmente retratado en medio de la oscuridad de mi muro para desvanecerse demasiado rápido.
—¿Barba blanca? ¿Qué clase de nombre es ese? —preguntó el buscador con su insidiosa voz, interrumpiendo por enésima vez a Eley.
—Ssshhhh —le chistó con un siseo furioso.
Apretó con fuerza el puño de mi mano herida y se contuvo las ganas de romperle la cara a ese tipo, manteniendo un control absoluto de cada uno de mis músculos. Su ira era desconcertante.
Usó ese dolor moldeándolo en algo más duro y resistente que aquel muro que había erigido. Algo que se aproximaba inexorablemente y a toda velocidad directo hacia mis recuerdos.
Una bola de demolición.
—Jebediah —logró emitir, cuando mi muro se hizo añicos tras el brutal impacto—. Jebediah nos llevó a un lugar seguro, su casa —su voz estaba agitada, pero el arrebato de furia se había desvanecido al instante. Rehice el muro tan rápido como pude—. Jebediah recogía a los vagabundos que pudo encontrar y a otros exiliados de sus hogares… que… ya no… ya no… No puedo acceder a más, Seraph.
Volvió a abrir los párpados para devolverme a la habitación y exhaló una bocanada de aire.
«¡¿Quién es este tipo?!», me había sorprendido la intensidad de su cólera. Nunca creí que un alma pudiera llegar a ser tan violenta.
Perdonadme por dejar a Ian todavía en el Limbo entre los vivos y los muertos (^_^)¡ pero ya lo avisé en la sinopsis. Por cierto, estas son las frases que él NO pensó en el Prólogo, por si queréis volver a leerlo y pillar el doble significado:
«No, no estarán en peligro, estarán muertos».
«Los humanos son de lo que no hay: Enseñan a sus hijos a matar».
«No son muy sutiles que digamos».
«Si comienzan los tiros, va a ser una masacre».
«¡No pienses, idiota, actúa!».
«¡Muy mala idea ponerse a disparar!».
«Éste es el fin».
«¡NO PUEDE SER!»
Y también en este capítulo:
«¡¿Qué está pasando aquí?!».
«Necesito agua».
¿Nadie notó nada raro cuando lo leyó la primera vez? Pensé que se vería a la legua de que se trataba del flashback de una alma.
Nota de Traducción:
Seraphim of the Crimson Cloud 'Seraph':Serafín de la Nube Carmesí (Origen)
