Leyó una y otra vez el papel, de verdad que debían encontrarse muy mal los pacientes pues esos medicamentos eran suministrados en cantidades pequeñas porque en el hospital no eran muy necesarios ya que no se habían presentado muchos casos que necesitaran de ellos. ¿No sería, acaso, todo un invento de Stevens? A saber.
Suspiró con pesadez una vez llegó a la farmacia de Tucker.
—Woah, miren quien regresó —nuevamente la burla adornó las palabras del farmacéutico. Stanley sonrió de lado y se acercó al hombre posando la receta en el mostrador. — ¿Necesitas algo más? ¿Qué es?
—Lo necesitan en el área de cuidados intensivos —dijo secamente, obviando el hecho de evitar preguntas fuera de lugar por parte del hombre. El farmacéutico leyó el papel y se giró para buscar los medicamentos marcados. Stanley tamborileó en el mostrador mirando los medicamentos que estaban acomodados de manera estética, comenzando por los más letales en la parte superior hasta terminar con los jarabes débiles para bebés.
—Oye, creo que olvidé darte las condolencias, ya pasó tiempo pero debió de ser bastante triste —dijo el farmacéutico algo monótono mientras buscaba los medicamentos restantes en la pequeña lista.
—Fue más inesperado, no hubo tiempo de hacer escenas —dictó desinteresado mientras seguía tamborileando en la madera.
—Ehh, debe ser por el hecho que ya estás acostumbrado a ver casos así ¿no? —se giró colocando los frascos, de diferentes tamaños y sustancias dentro, en la madera del mostrador.
—Tal vez —murmuró observando las sustancias.
—Hmm —algo parecido a un sonido amortiguado salió de su garganta mientras le miraba con una ceja alzada, algo desconcertado por su actitud, y procedió a meter los frascos en una pequeña caja para que su transporte no se viera con dificultades — bien, aquí tienes.
—Gracias —cogió como pudo el objeto, pues por la cantidad de material dentro se dificultaba sostenerlo. Se dirigió a la puerta incómodo por la caja que parecía que de un momento a otro se rompería, aunque estuviese más que reforzada para evitar que eso sucediera.
—Los medicamentos de la otra vez ¿ayudaron? —escuchó a sus espaldas, giró un poco la cabeza hacia el hombre recargado en el mostrador. Stanley alzó una ceja esperando encontrar dobles intenciones, pero el hombre le miraba con genuina curiosidad.
—Eh, sí —murmuró tanteando terreno, y entonces una idea cruzó por su mente de manera intermitente. Espera un minuto… — Acaso, Damien Thorn… ¿trabaja aquí?
—Pues, sí, me ayuda a veces y— detuvo su frase antes de terminar y le miró sorprendido. Bingo. — ¿conoces a Damien? —alzó las cejas y parpadeó como si hubiera visto algo de otro mundo.
—Podría decirse que sí, aunque es algo molesto —torció la boca y arrugó el entrecejo.
—A mí me agrada.
—Tal vez porque eres igual.
—Quizá, puede ser —Tucker alzó los hombros restándole importancia, entonces recordó. —Oh, justamente, el día que viniste por los medicamentos él estaba en la parte trasera, en el cuarto especial ordenando algunos de los nuevos medicamentos que llegaron —señaló mientras hablaba como si nada ignorando por completo la mirada perpleja que el médico le mandaba.
—B-Bien —titubeó despabilándose y parpadeando. —Ya me retiro, gracias de nuevo —abrió como pudo la puerta para después salir lentamente.
—No hay problema, nos vemos —escuchó al farmacéutico. Cerró la puerta a sus espaldas, y apretó la mandíbula junto con la caja que llevaba en manos.
—Ese bastardo —susurró para sí emprendiendo camino hacia el hospital. Llegó a conclusión del cómo había sido posible que Thorn le descubriera. Era más que obvio, pues en el tiempo que llevaba conociendo a Craig era imposible que él revelara algo a alguien de aquel día que fue a conseguir los somníferos, y sólo quedaba una respuesta para que Damien supiera de sus planes. Él claramente había estado ahí el día en que fue a la farmacia, y había escuchado todo, podía confirmarlo cien por ciento con el testimonio de Tucker, agradecía internamente el que Tucker le tuviese la suficiente confianza para revelarle eso que le ayudaría. Además de que el pelinegro parecía conocerle bastante bien, más que bien, había algo que no concordaba con ese hombre y lo supo desde el primer momento en que lo vio.
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Se dio la libertad de aflojarse la corbata mientras se disponía a preparar la cena. Toda la semana se la había pasado escribiendo miles de notas y archivando documentos que apenas hacía unos días llegaron a la oficina, y tenían meses que salieron a la luz.
Estaba acomodando los cubiertos en la mesa cuando escuchó la puerta ser golpeada bruscamente y sin consideración. Había únicamente una persona que se atrevía a golpear con semejante rudeza la puerta de su estancia. Soltó un suspiro con pesadez y apresuradamente se acercó a la puerta para evitar que el ruido tan molesto continuara.
— ¿Qué quieres, Cartman? —fue la primera frase que soltó al abrir la puerta encontrándose con la figura del mencionado observándole con incredibilidad y una pizca de irritación.
—Qué grosero McCormick, me ofendes —se llevó una mano al pecho fingiendo sentirse herido. El nombrado rodó los ojos por la acostumbrada exageración del otro. —Pero como sea, te manda esto el jefe —estiró el brazo mostrándole un sobre amarillo.
— ¿Qué es? —tomó el objeto de color amarillo mostaza analizándolo, no tenía escrito nada por fuera, lo cual mostraba que era algo de suma importancia.
—Un caso para ti, el jefe dijo que era lo mejor si tú lo hacías —le dijo el hombre que respondía al nombre de Cartman mientras se miraba las uñas como si fuere la cosa más interesante del mundo.
— ¿Y no pudo esperar a la próxima semana que llega para entregármelo personalmente? —contrariado, el joven McCormick indagó.
—No, quiere que comiences de inmediato —algo en esa frase llamó su atención. Entrecerró los ojos mirándole.
—Ya lo leíste ¿no es así? —murmuró sobresaltando al castaño. McCormick sabía que su jefe no era de esos que revelaran mucha información a la hora de entregar un caso importante, porque todo lo necesario yacía escrito en el interior del documento en una pequeña hoja apartada de las demás, puesta con sutileza entre los papeles queriendo pasar desapercibida.
— ¿Yo? ¿Crees que YO sería capaz de algo así? —Nuevamente hizo el gesto de llevarse una mano al pecho indignado —Bueno, quizá le di un vistazo, pero sólo fue algo superficial —le restó importancia con un movimiento de manos.
—No cambiarás nunca —negó ante la actitud poco profesional del castaño.
—Oye, no te enojes, era por el bien de la investigación —McCormick entrecerró nuevamente los ojos sin creerle. Sólo era un metiche más. — Y si algo se complica no te olvides de llamar a Eric Theodore Cartman, estaré a tus servicios, pero claro que toda ayuda tiene su costo —sonrió vivazmente mientras apuntaba hacia sí mismo y frotaba sus manos.
—Ya vete, Cartman —dijo con fastidio.
—Está bien, está bien, me retiro McCormick, hasta mañana —alzó ambas manos mientras se giraba en dirección a su vehículo.
—Nos vemos —murmuró entrando a la casa cerrando la puerta tranquilamente.
Así que, ahora tenía un caso que resolver, se dijo mientras observaba el sobre entre sus manos. Bueno, al menos no tendría que estar escribiendo cosas innecesarias, ni mucho menos tendría que archivar. Sonrió un poco y dejó el sobre de papel amarillo en la mesa de la cocina cerca de los cubiertos.
Era Kenneth McCormick, un detective privado, uno de los pocos que había en la ciudad, que junto con Eric Cartman (el hombre que había ido a llevarle el sobre) y Tweek Tweak, trabajaban asociados con la comisaría, pero con sus trabajos por un lado. Podrían llamarse una compañía independiente del gobierno, pero al mismo tiempo, si era necesario, trabajaban junto con los policías y los investigadores de las oficinas públicas. Kenneth era reconocido por hacer investigaciones pesadas, tipo de investigaciones que necesitaban del contacto frente a frente con el acusado, estaba especializado en investigar sobre asesinos seriales, casos que no se presentaron en mucho tiempo en la ciudad, hasta, al parecer, ahora. Era bastante mujeriego con anterioridad pero se dedicó más a su trabajo y familia, pues las mujeres le quitaban parte de sus ganancias, y para qué no alardear un poco más, se lo tenía bien merecido pues era tan bello como un ángel. Con el cabello tan dorado como el oro, y ojos despampanantemente azules, atraía mujeres por doquier, y alguno que otro varón. Rio ante sus pensamientos y salió de la cocina, donde quedó la cena preparada, para dirigirse a la habitación de su hermana. Vivía en una modesta casita con un cuarto de baño, dos habitaciones individuales, una cocina, una sala, un diminuto patio trasero y un ático, ubicada al norte de la ciudad.
—Karen, la cena está lista —parecía un padre, ya se lo había pensado miles de veces e inclusive su hermana se lo mencionó una vez, pero eso era lo que podría hacer pues sus padres ya no estaban y se fueron hacía tiempo. Su madre murió a causa de una sobre dosis cuando Kenneth tenía por lo menos diecinueve años, dejándole una hermana de ocho tiernos años. Su padre falleció por culpa de un accidente automovilístico, y a su hermano mayor lo asesinaron brutalmente. Todo esto le marcó lentamente hasta formar lo que era ahora, se dedicó proteger a su hermana sobre todas las cosas y vengar la muerte de su hermano, encerrando a toda persona enferma que pasara a ser parte de sus casos.
Cenaron el silencio, sólo haciendo varios comentarios sobre algunos asuntos que pasaron en el transcurso del día y una vez terminaron, se dirigieron a sus respectivas habitaciones. Kenneth llevaba consigo el sobre que le fue entregado con anterioridad. Dejó el objeto amarillo en la pequeña mesita que tenía en la habitación y procedió a desvestirse para estar más cómodo. Con la esperada comodidad, se dispuso a leer el contenido del sobre amarillo. Sacó varias hojas donde se desenvolvía el planteamiento del problema y comenzó a leerlas lentamente.
Con un total de cinco hojas leídas, su caso consistía en investigar al médico de urgencias Stanley Randall Marsh, pues se sospechaba por la repentina deserción de su esposa, Wendy Testaburger. Pero mencionaba que se mantuviese a distancia prudente pues no se sabía con exactitud si la muerte de la joven fue inducida o simplemente se dio por simple naturaleza del más poderoso de los cielos. Si llegaba a suceder algo que detonara sus sospechas como positivas podía proceder a tener un contacto más cercano con el hombre.
Alzó una ceja ante la nota de quien era su jefe. Era bastante corta pero simple. Una advertencia.
"Suele ser conocido como un manipulador de primera"
Se leía en la nota manuscrita, pero a qué venía eso, no sería tan torpe para dejarse manipular por nadie, mucho menos por un hombre, por favor, aquello no era más que absurdo.
Rio por la tontería de la nota haciéndola una bola de papel y lanzándola lejos. Observó en el interior del sobre encontrándose con un pequeño sobrecito blanco. Lo sacó con curiosidad y lo abrió encontrándose con una foto del médico antes mencionado. A pesar de ser una simple foto en blanco y negro, pudo sentir el frío mirar del hombre. Pasó saliva, quizá, sólo quizá sería algo difícil ese caso.
Quedó algo corto comparándolo con los demás, pero vamos, apareció Ken'! (?)
Bueno, aviso que la próxima actualización quizá me lleve más tiempo pues estoy en período de exámenes para terminar el semestre, y algunos son más pesados que otros, así que, mil disculpas, haré lo posible por no llevarme mucho tiempo.
Kami fuera ~
