¡Felices días! Al fin me digné a aparecer por aquí para traer el capítulo 7, más o menos cumpliendo lo previsto. Soy un perezoso y eso no tiene remedio, pero al fin y al cabo, suelo quedar medio contento con cómo me quedan las cosas.
Como se suele decir, la historia continúa, y tengo reservada para este capítulo una parte de... ¡no, leedlo mejor! ^^
Lo dicho, como ya respondí a los reviews (me acuerdo, ¿eh?), no me queda más que desear que os guste lo que ofrezco. Aunque el capítulo quedó poco más largo de lo habitual, creo que mereció la pena. ¡¡Sólo nos queda esperar al 8!! Aunque yo también tenga que esperar a que mi yo futuro me mande el capítulo, creo que valdrá la pena.
¡Abrazos y disfrutad! Ya sabéis que estoy abierto a críticas, sugerencias y demás. ¡Nos leemos!
Capítulo VII: Reminiscencia de dos noches trágicas
-Los errores que cometemos, muchacha, poco a poco nos van rompiendo las alas...
Marte sobre Melitón
La nieve caía azotada por ráfagas del viento embravecido. Apenas se veía más allá de las rocas y el blanco en aquel lugar tan alejado de Atenas. Bajo el presagio tormentoso del cielo gris y el horizonte neblinoso de los montes de Samaria, dos siluetas caminaban ataviadas en prendas de piel oscura y gruesa.
-¡Deberíamos estar cerca! –gritó un hombre de voz profunda mientras se tapaba el rostro con el antebrazo. De él destacaban las dos cajas de Pandora que a su espalda llevaba; una de color plata y otra dorada.
-¡No te oigo! –exclamó su acompañante, una joven delgada y aparentemente castaña, pues varios mechones de cabello que le revoloteaban por fuera de la capucha lo mostraron. Apenas si podía la pareja avanzar a ritmo normal.
Ante las dos siluetas peregrinas, una extensa explanada se dejó ver al fin. Si bien la niebla opacaba el alcance de sus vistas, no podían estar equivocados en que una pequeña ciudad se erigía allí, a apenas unos kilómetros de donde estaban, el comienzo de la meseta de Omalos.
Astrea y Therón se miraron entusiasmados. Casi en sincronía, se sonrieron a la vez y avanzaron enfrentando con más ganas al furioso viento. En apenas una hora de silencios, ráfagas de viento y nieve y agua y pasos forzados, llegaron a las afueras de aquel lugar, que debía ser Melitón según las indicaciones adjuntas en la carta del Santuario.
El imponente caballero de Perseo, alto y de edad media, dejó a sus pies ambas cajas de metal. Se giró para tocar el tronco de aquel gigantesco árbol que les resguardaba de la tormenta.
-Menos mal... –dijo.
Virgo arqueó el cuello dejando caer sobre su espalda la capucha del abrigo de piel que la había calentado todo el trayecto, mostrando al fin su rostro de radiante simetría y facciones curvas, su melena ondeante y castaña. Con una sincera sonrisa, Astrea reconoció a su amigo el esfuerzo:
-Gracias, Therón.
Agradecida, aunque algo agotada, no pudo evitar un bostezo a continuación. Rápido, se dio media vuelta provocando un salto juguetón de sus cabellos al ritmo de la inercia. Clavó su mirada marina sobre el arco de piedra que marcaba la entrada de la ciudad.
-Pues no parecen unas ruinas...
-Es una ciudad fantasma, al parecer. Me da mala espina, pero debemos ir a por ese hombre.
Therón volvió a cargar las cajas de Pandora sobre su espalda. Sin esperar, andó encabezando la marcha hacia el pueblo. Por su parte, Astrea le imitó. Eran muchas cosas las que hacer allí y demasiado cansancio tras un día de marcha continuada.
Tras los primeros pasos en Melitón, un pequeño temblor hizo que la grácil joven se agitara. No supo de dónde, pero acababa de percibir algo similar a una cosmoenergía.
-¿La ha sentido? –cuestionó el varón de pelo ceniciento.
-Debemos seguir... pero con cuidado.
La pareja andó hasta llegar a una de las calles principales de la ciudad, dejando tras de sí edificios abandonados y muros heridos por el tiempo, con el estigma de la inmaculada nieve y la erosión.
Los pasajes de Melitón eran más que aciagos, pues tanta calma había en ellos que el viento resoplaba como su único huésped entre los huecos de los ruinosos edificios, mutilados y esparcidos por el suelo de las calzadas, también deterioradas, quizá, comenzaron a sospechar, por batallas pasadas.
Tal y como habían pensado, toda la urbe estaba imbuida de una presencia mágica de indescriptible epicentro. No era cosmos lo que percibían, pues una sensación de inseguridad les hacía ir mirando a todos lados.
Al fin, tras un rato de marcha, llegaron al lugar que confirmó sus sospechas; la linde de lo urbanizado. Ante ellos, en el centro de Melitón, se expandía un inmenso cráter, más profundo y vasto que media ciudad, fruto, casi seguro, de una terrible explosión. Allí el aire ululaba, corriendo sin obstáculos y la nieve caía tiñendo el marrón de la tierra.
-Así que este es el motivo por que la ciudad está en ruinas... –comentó el hombre impresionado por la magnitud de la debacle. Giró el cuello para mirar a su compañera, pero ésta contemplaba todo con brillo escaso en sus ojos-. ¿Señorita Astrea?
Therón clavó sus ojos marrones en la muchacha, que parecía estar viendo algo impresionante. El caballero, siguiendo la trayectoria de su mirada, elevó la cabeza al cielo, en que en mitad de una noche improvisada, recién llegada de la nada, una esfera dorada del tamaño de una persona resplandecía.
-¿Cómo? ¿Quién es él? ¿Por qué es de noche? Es más... –el caballero alucinó al ver que no nevaba, y más aún, que el cráter había desaparecido y ahora ambos estaban en el extremo de una pequeña plaza cuadrada rodeada por casas anexas.
-Therón, mira al cielo... –susurró Astrea, ajena a que alrededor de ambos había gente mirando, igual de impresionados que ellos.
Un cosmos espantoso se desató cerca de la esfera dorada, también flotando. Tras manifestarse provocando un resplandor rojizo, liberó una corriente mágica que corrió hacia la otra fuente de poder.
Una explosión en mitad de la noche cegó a Virgo y Perseo, que se protegieron de la onda expansiva cubriéndose con los brazos en posición defensiva. Ese fue el momento en que vieron que no estaban solos.
-¿Gente? ¡No es posible!
-Therón, no temas. Es sólo una ilusión... –dijo Astrea tratando de calmarse a sí misma. A pesar de ser –o parecer- una mera fantasía, los cosmos pugnantes eran tan reales como que ellos dos estaban ahí.
Cuando el humo se disipó en el cielo, la esfera dorada ya no estaba. Tan sólo el cosmos rojo fulguró en una enorme masa de poder puro, que comenzó a agitarse adquiriendo forma de planeta ocre.
En el centro de la imagen, una persona levitaba con los brazos extendidos; su cuerpo estaba protegido por una armadura descomunal, de tonos púrpura y negro y brazales con protuberancias tan largas que se cruzaban sobre su cabeza en equis. Alas de metal que debían partir de su espalda no dejaban de mecerse con tranquilidad serena, y bajo la protección del yelmo de la prenda, una melena de oro danzaba gracias al balance de los halos de cosmos de su portadora.
-¿Quién demonios es, Astrea? –La guerrera de Virgo cayó de rodillas al suelo y se llevó la mano al corazón. Sentía cada fibra de cosmos como si estuviese cargada de puro sentimiento: ofuscación, odio, desprecio, y lo que es más grave, amor frustrado por negligencia, quizás.
-¡Therón... duele! –gritaba ella desconsolada.
Un horrible grito de hombre resonó en todo el ilusorio Melitón. Virgo lo sintió; no era la primera vez que alucinaba de esa forma. Supo que estaba a punto de presenciar el final de la ciudad cuando las gentes de la fantasía comenzaron a huir presas del pánico.
-¡Marte! –gritó el mismo de antes-. ¡¡Beatrice!! –exclamó casi al límite prolongando el nombre. Desde el suelo, en un lugar cercano, una ráfaga de cosmos subió al cielo, guiada por un camino trazado con furia.
-Yo... –dijo Astrea como hablando por aquella nombrada Beatrice-. No sé de que estás hablando. Desaparece, humano.
-¿Cómo? –se giró Therón. De repente, el cielo pareció hablar con voz femenina repitiendo exactamente las mismas palabras que acabó de proferir Astrea. Perseo lo vio todo claro-. ¡Escapemos!
Lenguas de fuego surgieron del aura de Marte, que empezaron a girar sobre el cuerpo de su portadaora. Cada vez más veloces y más numerosas, acabaron formando una esfera que opacó la imagen del planeta. Fugaz, explosionó.
Antes de que se pudiese oír el ensordecedor bramido de ira de la manifestación enérgica de Beatrice, Astrea arqueó sus brazos en posición paralela al suelo.
-¡Escudo del Juez! –gritó. De sus manos, una barrera traslúcida y semicircular les protegió a ambos, Therón y ella, de la masacre que Marte desencadenó.
Tras el resplandor cegador del cielo, todo desapareció alrededor siendo tragado por una esfera de luz explosiva, que a la vez que comía, generaba una gasa de polvo de dimensiones indescriptibles, que a modo de anillo, recorrió todo Melitón ahogando en ceniza y tierra a quienes no hubieran muerto por la onda expansiva o el propio estallido.
Virgo mantuvo el escudo hasta que la tormenta de polvo cesó. Cuando se hubo disipado por completo, todo había vuelto a la normalidad. El cráter, la ciudad medio sepultada e inclinada, y por supuesto, el cielo tormentoso, el fuerte viento y la nieve cayendo.
-¿Todo pasó? –Therón no daba crédito a lo presenciado. Su compañera, sin embargo, tenía las lágrimas saltadas. Era indudable el sufrimiento que había podido escuchar, ver, respirar y sentir en su propio corazón, sobre el cual volvió a poner su zurda.
-Así que esto... acabó con Melitón... –Astrea dijo meneando su cabeza rápido para salir del shock-. El Príncipe Desertor sobrevivió a esto...
-Así es, muchacha.
Cercano a la pareja y al borde del hoyo, un hombre de unos cuarenta años caminaba hacia ellos. Lo primero que llamó la atención de Perseo sobre él fueron los ojos grises y vidriosos que tenía.
Alto y fuerte sin duda, el desconocido se detuvo. Su gesto, impasible en contraposición a las lágrimas que parecían querer verter sus ojos, contrastó con las formadas facciones que mostraba. Vestía un abrigo del mismo color negro de su corta melena recogida.
-Yo soy ese al que te has referido. Baltsarós el Príncipe.
Astrea giró y andó rápido hacia el recién llegado. Sin preguntar, le abofeteó la mejilla con furia. Los desorbitados y grandes ojos de Astrea comenzaron a llorar con voluntad propia. De la misma forma que las lágrimas le resbalaron por la mejilla cayendo al suelo, ella desfalleció a los pies de Baltsarós.
El que fuera caballero de Leo sonrió con tristeza, y dándose media vuelta, señaló a Therón el cuerpo desmayado de su compañera mientras le instó a seguirle.
Donde caen las estrellas
Muchos secretos había sobre la llamada Colina Estrellada, mas nadie sabía que las rocas afiladas de aquella estructura montañosa circundaban un templo interior que ascendía cual enhiesta torre hasta la cima, coronada por una pequeña capilla, tras la que el Patriarca acudía a leer las estrellas.
Kishut y su discípulo llevaban un buen rato subiendo por la hilera de escalones de caracol que conducían al llamado el Palacio Estrellado. Tras caminar ante un sinfín de dorados candelabros de luz celeste, al fin entraron en la capilla cuya puerta les dejaba bajo el cielo.
El Pontífice, envuelto en una toga de negro infinito y detalles dorados, suspiró recobrando el aliento. Tras mirar al joven Elvashak, le sonrió.
-Ya hemos llegado, muchacho –dijo con cierta ironía revolviéndole su ya de por sí despeinado cabello castaño.
-Maestro, ¿me dirá qué era el resplandor azul de las velas? –contestó desde el último peldaño aún.
-No preguntes cosas estúpidas. Eres el único que ha subido aquí sin ser Patriarca en muchísimos años. ¡Deberías maravillarte con esta visión nocturna que tendrás del Santuario! –reprendió avanzando a la salida mientras señalaba con el brazo la inmensidad de la ciudad santa; todo el Santuario a los pies de ambos, desde los doce templos hasta la lejana aldea Rodorio, bañado todo por la tenue luz de la luna.
-Pero yo...
-¡Hazme el favor de salir aquí fuera! –el chiquillo asintió con la cabeza e hizo caso a su barbudo maestro-. Cierto, es magnífico, señor Kishut.
-Pensaba que te ibas a quedar ahí dentro… -rió adoptando de nuevo un tono de voz sensible.
Ambos varones, maestro y discípulo, caminaron hasta estar al borde de la colina. Al fin pudieron ver lo que les rodeaba sin estar cubiertos por ningún techo.
En el cielo, miles y miles de estrellas titilaban como luceros. El Patriarca apenas escuchó un murmullo del joven Elvashak, pues en verdad, seguía pensando en cómo un muchacho tan afortunado como él no podía olvidar las más absurdas nimiedades ante la inmensidad del cosmos.
-Cada uno de los candelabros que nos han iluminado hasta aquí representa una de las constelaciones que protegen a los santos de Atenea.
-¡Impresionante! ¡Las ochenta y ocho!
-Pero no debes decirlo a nadie. Es un secreto del Santuario… ¡No, es algo que sólo sabemos tú y yo ahora!
Elvashak se sintió contento y alegre ante las explicaciones de aquel hirsuto hombre, su mentor e ídolo, y volviendo a lo dicho antes, se dejó enamorar por la magnánima imagen del Santuario en la noche, bajo el resplandor de la luna y los astros.
-¿Comprendes ahora?
-Sí, maestro –alegó sobrecogido-. Es algo mágico. El cielo parece vibrar de una manera diferente a como lo hace desde cualquier otro sitio…
-A este lugar sólo podemos acceder la señorita Atenea y yo.
-¿Y entonces…?
-Tengo intenciones de que seas quien me sustituya dentro de unos años.
-¿¡Cómo!? –la manera tan ruda en que Kishut dijo aquello sobresaltó a Elvashak, quien se puso nervioso, clavándole la mirada. Sus piernas arqueadas y puños cerraros le delataron.
-No te alarmes, muchacho. Has demostrado tener un cosmos digno de un santo. Seguramente la armadura de Capricornio te reconocerá antes que a tu hermano.
-Así que…
-Un Sumo Sacerdote no tiene prohibido vestir una armadura de Atenea, mas la debe legar tan pronto como sea posible a un sucesor. Yo quiero que tú seas mi sucesor, y por la fecha de tu nacimiento, al igual que tu hermano, podrás serlo. Con el cosmos que tienes, es cuestión de un par de años, estimo- y prosiguió-. En el momento de mi muerte, mi deseo es que tú seas el Sumo Pontífice, pues si algo me has mostrado, es tu grandísimo interés por la sabiduría. Tu curiosidad te llevará de la mano a donde yo estoy hoy.
Kishut se separó de Elvashak y miró a las estrellas alzando su mentón. Tras cerrar los ojos, una pequeña parte de su cosmos ardió iluminándole en el dorado de los santos más poderosos.
Las estrellas en el oscuro firmamento se agitaron como tratando de hablar. Su resplandor era intermitente, y en torno a ellas, un halo de cosmos parecía girar y girar, y moverse como tejiendo una red de energía traslúcida.
-¿Qué es eso? –El maestro no respondió; estaba aún concentrado, con los párpados cerrados, en el flujo de cosmos que manaba de los astros.
-Astrea está en peligro… -susurró tras un par de minutos de trance.
-¿Astrea?
-Así es. La recién nombrada guerrera de Virgo. Al parecer, cinco cosmoenergías hostiles están o van hacia Melitón.
-¿¡Cinco!? –exclamó alarmado Elvashak-. ¿Qué hacemos? –Kishut suspiró esbozando media sonrisa.
-Esperar. Debemos confiar en que Astrea encontrará a Baltsarós y que ambos colaborarán. De no ser así…
El halo de cosmos tejedor cayó precipitándose con violencia hacia donde Kishut estaba, mas este fue lo suficientemente rápido como para esquivarlo mediante un presto salto hacia atrás.
-¡Maestro!
-¡Cuidado! ¡No te acerques! –Elvashak se sintió intimidado ante la manifestación de cosmos que había caído del cielo.
El Patriarca alzó el brazo izquierdo para comenzar a arremolinar su propio cosmos alrededor de sí. Su silueta entera brillaba ahora con tanta intensidad, que alumbraba la cúspide de la Colina Estrellada.
-Cuando el cosmos se agita tanto como para que su energía se descontrole de esta forma, sólo hay dos motivos: o bien yo me he distraído, o intenta advertirnos de algo realmente temible.
Un viento ensordecedor ululó alrededor de la figura de Kishut, cuya toga comenzó a rajarse por sus afilados asaltos.
-¡Ahora observa, Elvashak! ¡Este es el poder que te corresponderá algún día! ¡Shamsir!
El cosmos acumulado avanzó hacia la mano zurda del sumo sacerdote, donde explotó absorbiendo todo el viento acumulado alrededor de su figura. Tras un atronador alarido de poder, decenas de ráfagas volaron en trayectoria recta para hender grietas y grietas sobre la masa de cosmos resplandeciente que se había precipitado desde el cielo.
Como si fuese un ser vivo, el cosmos descontrolado pareció agonizar con un grito de espanto y dolor. Kishut, el ejecutor de su desgracia, interpretó aquel alarido como uno de los avisos que podía leer en el firmamento. ¡Tanto dolor había experimentado en él, que se sintió sin fuerza ni esperanza!
Tras caer de rodillas, bajó la cabeza. De sus ojos resbalaron sendas lágrimas que se precipitaron al suelo para cuando toda energía se hubo desvanecido del lugar.
-¡Ma- maestro! –Elvashak corrió hacia su mentor, arrodillándose para confirmar que estaba bien. Cuando vio las lágrimas que le resbalaban, sólo pudo tragar saliva para deshacer el amargo nudo que se había formado en su garganta.
-Marte… ¿es ese tu dolor, Baltsarós?
-¡Lo he visto todo!
Una muchacha de unos trece años de edad salió furibunda del palacete de la Colina Estrellada. Su cabello marrón oscuro y lacio ondeó al son de sus agitados pasos. El pontífice se inclinó raudo, gesto que Elvashak imitó.
-¿Qué hace él aquí? –inquirió con furia la niña señalando al aprendiz.
-Alisha… -pensó el aludido.
-Señorita Atenea, él es mi discípulo y consideré…
-¡Silencio! ¿Acaso no hay una orden que desde tiempos mitológicos sólo permite acceder a este lugar a personas autorizadas? ¿Acaso él es autorizado?
-Pensé que mi palabra bastaría… -comentó Kishut haciendo como que acataba la regañina de Alisha.
-¿Puedes decirme dónde está Astrea?
-Señorita Atenea, considero que deberíais mostrar un poco más de respeto a vuestros mayores.
-¡No me reproches! –gritó histérica, dejando entrever involuntariamente un deje de arrepentimiento en ella-. La has… enviado a una misión sin consultármelo, ¿verdad?
-Mis disculpas –Kishut alzó la cabeza para mirar directamente al pálido rostro de Alisha, que con claridad reflejaba algo parecido a tristeza en sus ojos miel-. La situación era crítica –mintió.
-Por favor, Elvashak, alza la cabeza –dijo la hermana de Éurito al ver cómo el muchacho, pocos años más pequeño que ella, no se atrevía a mirarla-. Puedo estar enfadada, pero no soy un ogro.
Kishut levantó y suspiró mirando al cielo. Sin dilación, se aproximó hasta Alisha y acarició su mejilla con cierto cariño.
-Como ya sabéis, Iskandar nos advirtió de que Némesis, la diosa de la Justicia, prepararía un juicio para emitir sentencia sobre nuestra élite de santos. He considerado oportuno enviar a alguien para que avisase a Baltsarós, caballero de Leo.
-Pero allí, por lo que has dicho… ¿hay cinco enemigos? ¿Acaso no me contaste que el mismo Leo era un desertor? –Alisha temió por la vida de Astrea unos segundos, mas Kishut negó con la cabeza. Por su parte, la muchacha respiró algo más aliviada.
-No os preocupéis. Como viejo miembro de los Cuatro Grandes, Baltsarós nunca aprovecharía una ocasión como esa para huir. Al menos, no lo haría sabiendo que Astrea es una guerrerra sin experiencia.
-¿Has mandado a Astrea a luchar sólo para que Baltsarós no escapase? –Kishut no contestó-. ¡¡Podría costarle la vida!!
Aunque por supuesto había más motivos, el gesto iracundo en la niña no le invitó a explicar todas y cada una de sus ideas.
-Kishut, voy a hacer como si él no hubiera estado aquí, pero ahora, por favor, dejadme sola. Quiero pensar.
Acatando las órdenes de la niña, Kishut instó a Elvashak a abandonar la cima de la Colina Estrellada. Cuando ambos hubieron desaparecido, Alisha caminó hasta estar a unos pasos del precipicio de la colina y miró fijamente la lejana torre del reloj del Santuario.
-La llama de Leo se acaba de encender… -susurró-. ¿Qué es lo que no hago bien? ¿Por qué siempre me ignoran? ¡Yo soy Atenea!
La muchacha postró la mano derecha sobre su incipiente pecho, para así notar los calmados y retumbantes latidos de su corazón.
-Así siempre me he tranquilizado, pero últimamente… –se dijo-. Por favor, Astrea… mi única amiga, vuelve sana. Te lo ruego…
Alisha agachó la cabeza para ver bajo sus pies cómo el precipicio de la Colina Estrellada se perdía en la penumbra de la noche. Comenzó a reír por lo bajo con las lágrimas saltadas. Cuando una fugaz y rápida ráfaga de aire la meció haciéndola trastabillar, sonrió ampliamente ante el peligro.
-Ellos no me necesitan, ¿no es así, Astrea?
La luna sobre el Santuario
Una ráfaga de aire dejó la habitación a oscuras. Pasaron unos segundos en silencio antes de que Baltsarós se levantara de su sillón para acercarse a la mesa que coronaba el centro de la casa. Tras chasquear sus dedos, una llamita apareció entre ellos. El hombre dirigió el fuego hacia la mecha del cirio rojo que había allí, provocando que el resplandor recorriese fugaz las cuatro paredes de la estancia.
La luz naranja que se desplegó, resultó ser algo más tenue que minutos antes, pero aún suficiente para alumbrar con timidez, mostrando entre áreas de penumbra lo deprimente del lugar, cuyas paredes, grises como la roca, sólo estaban decoradas por un único y destartalado reloj de péndulo y un par de ventanas con cortinas raídas y cristales agrietados y rotos. El viento no dejaba de silbar a través de ellos.
-Lo lamento. Suele pasar a menudo –se disculpó el anfitrión.
-Veo que ese es el motivo del frío que hace en su casa… -Therón apenas dio importancia al apagón.
-Yo no vivo en un palacio a diferencia de vosotros. Mi vida cambió hace mucho tiempo, caballero de Perseo –Baltsarós pareció entonar con ironía, pero la poca confianza que mostraba, contrapuesta a su hospitalidad, hicieron que Therón no le siguiese el juego.
El hombre de coleta negra se dejó caer sobre su pequeño sofá, de costuras sueltas y comodidad cuestionable. Sobre él, suspiró mirando la cercana cama, a apenas unos pasos de su invitado.
-¿Está enferma?
-¿Cómo? –preguntó el compañero de Astrea.
-Que si la niña está enferma. Me parece extraño que se desmayase –explicó Leo con tranquilidad.
Astrea yacía tapada con una manta verde sobre la cama de Baltsarós. Al parecer debía tener fiebre, pues se veía ruborizada y le resbalaba el sudor por la frente. Respiraba quejumbrosa, como si algo oprimiera su garganta.
-Si le digo la verdad, la conocí hace poco. Nos conocimos cuando… cuando le encomendaron la misión.
-¿La misión de llevarme al Santuario? –Baltsarós rió para sí mientras se sacaba de un bolsillo las órdenes que dieron a Astrea en el coliseo. Tras desplegar el arrugado papel, se dispuso a leerlo en voz alta.
-No es necesario. Sé lo que dice –replicó Therón.
-Niña estúpida. Mira que llevar las órdenes a simple vista… Si hubiese sido un enemigo, os habría matado a ambos hace rato.
Perseo fue incomodado por el comentario, pero no le dio importancia. Al fin y al cabo estaba ante el caballero de Leo, y le gustase o no, eran compañeros. Era absurdo pensar que les atacaría, y para quitarse la idea de la cabeza, se levantó de su silla para volver a sentarse en la orilla de la cama donde Astrea dormía. La miró, y usando la propia manga de su raída camisa caoba, secó el sudor de la joven no sin antes apartarle el cabello que le caía por la cara.
-Es verdad que tiene el cosmos de un caballero dorado –dijo Baltsarós-, mas es una niña. Su experiencia… No tiene experiencia alguna. Es evidente.
-Usted parece ir sobrado en ese campo –dijo Therón intentando adular a su anfitrión.
-Aunque tú tengas experiencia, eres un caballero de plata. La carga del combate iría hacia ella, y de no haber una buena compenetración, cosa que no parece haber, podría morir dejándote solo.
El silencio con el que respondió Perseo provocó una sonrisa en la faz de Baltsarós. Aunque era amable, la petulancia era uno de sus defectos, y para disimularla, rápido hizo una mueca graciosa con sus labios.
-Un error del Santuario. ¿Qué le vamos a hacer? Supongo que pensarían que accedería a regresar…
-¿Acaso no va… -Therón miró a Leo bajo la congoja de un sudor frío que le recorrió toda la espalda.
Baltsarós rió escandalosamente sin poder contenerse. Aunque debía ostentar unos cuarenta años, parecía una persona jovial y poco pragmática.
-Lo siento –se disculpó con el gesto divertido. Tras rascarse la nuca, señaló ambas cajas de Pandora, apoyadas contra la pared más cercana a la cama donde Virgo dormía.
-¿Qué ocurre? –Therón parecía perdido…
-Oh, nada. Esperaré un momento. Quiero preguntarte algo.
-¿Y bien?
-El poder de esta muchacha… ¿sabías tú que puede leer el cosmos de personas y lugares y reproducirlo en primera persona? –preguntó serio y directo.
-¿Ilusiones? No tenía ni idea. De hecho, en primer momento, pensé que habría sido obra de alguien cercano. Incluso llegué a pensar que podía estar pasando de verdad.
-Creo que esta muchacha tiene el don de desentrañar el cosmos ajeno, pero la maldición de no poder controlarlo. De ser así, podríamos estar en problemas, Therón.
-¿Problemas? –el santo de plata miró a su compañera algo extrañado.
-Así es. Debo ir a por mi armadura. Aunque esté muerta, podría ayudar…
-¡Un momento! –gritó Therón a Baltsarós, quien ya estaba a pocos metros de la puerta de salida-. ¿Piensas…
-No os voy a abandonar. Confía en mi palabra.
Momentos después de quedar en silencio la casa de Leo, Therón regresó a los pies de la cama de su compañera. Sin proferir palabra, cerró los ojos tratando de concentrarse. Si Baltsarós había salido a buscar su armadura, debía haber motivo. Desde lo más íntimo de su ser, Perseo elevó el cosmos para tratar de percibir alguna anomalía en las solitarias calles de Melitón. Recorriendo callejones, avenidas y plazas, y desde el gran cráter a la entrada, escudriñó cada centímetro de tierra buscando indicios de vida. Cuando respiró profundamente, abrió los párpados. Ahí estaba.
Ante la febril Astrea y sin perder tiempo, se deslizó en silencio para agarrar su caja de Pandora y cargarla. Justo antes de dejar la estancia, se giró para contemplar a su compañera.
-Descansa y no temas. Por eso estoy yo aquí…
En el momento antes de que la puerta se cerrase por completo, la vela de la mesa se apagó por otra traviesa ráfaga de aire. Astrea quedó sola en la oscuridad de aquella casa vieja y triste, y con los ojos entornados y en delirios, balbuceó algo.
-¿Maestro Evander… a dónde va? –le resbaló una lágrima por la mejilla.
-Descuida, Astrea. Volveré antes de la medianoche.
-¿A dónde va? –preguntó ella, ahora vestida con un traje blanco y largo.
En la oscuridad de un mundo vacío, agitado por un continuo vaivén sonoro parecido a las olas del mar, brillaba la figura de un hombre de melena de plata y aspecto fornido y alto. Su armadura imitaba la forma de un águila, cuyas alas le ataviaban los hombros. A cada uno de sus pasos, el eco reverberaba.
-No debes ser tan curiosa, pequeña.
-¿Pequeña? –preguntó ella levantando de la cama, único objeto en aquel mundo de negro infinito. ¡Volvía a tener el mismo cuerpo de niña que cuando estaba al lado de su querido maestro!
Evander siguió su camino, y aunque Astrea corrió tras él, cada vez se mostraba más y más lejos. Cada vez se oía más fuerte aquel oleaje hasta que llegó a retumbarle en los oídos. La pequeña gritó, pues tan fuerte llegó a hacerse, que sus oídos comenzaron a sangrar.
-No te asustes, niña –dijo una mujer a sus espaldas. La pequeña se giró para verse a sí misma en el futuro. En ese futuro, portaba una resplandeciente armadura dorada con manchas de óxido y sangre, y su cabello estaba enmarañado, mas igual de limpio y ondulado que en su dulce infancia.
-No me asustaré, pero si me dices por qué lloras… -dijo con su frágil vocecilla.
-Ser curiosa te hará daño, pequeña. Además, ¿quién dice que yo llore?
-¿Curiosidad? –se dijo Astrea. Debía estar soñando un sueño enredado, pero ¿quién querría despertar de tan agridulce encuentro con su yo futuro?
-Ese hombre no estará junto a ti toda la vida.
-¿Mi maestro Evander?
-¿De verdad quieres ver?
-¡Quiero verle!
La Astrea de armadura alzó su mano. Tras susurrar algo inaudible, sesgó el manto de oscuridad provocando que aquel mundo de tinieblas sangrase plumas inmaculadas. Las plumas fueron cayendo al suelo, que poco a poco se dejó identificar como un camino de la cercana aldea del Santuario, iluminada por la luz de la luna llena; la misma aldea Rodorio y la misma luna que recordaba ella con lucidez.
La niña se encontraba algo desorientada. Aun sin nubes, nevaba en el suelo de aquella aldea atrapada en el pasado. Los edificios marcaban el camino que debía tomar con flechas rojas, marcas carmesí de olor orgánico.
Sospechaba el origen de aquellas marcas, pero corrió por la aldea con una amplia sonrisa; ignoraba la suerte de males y casualidades que caen en la vida de los humanos.
-¡Ahí estará esperándome! ¡Le quiero!
Un espantoso grito cegó a Astrea unos instantes, suficientes como para que tropezase y cayera, mojándose con la inmaculada nieve. Un repentino cansancio azotó su cuerpo, con el que apenas pudo más que levantarse. ¿Qué era aquello? ¿La silueta de un hombre alto? ¿Aquel era… Maestro Evander?
El rojo de las vísceras de una mujer pálida tapizaba en escarlata la blancura de la nieve, en mitad de aquella plaza donde días antes su querido maestro se había desmayado.
-¿Una mujer muerta? ¡Qué horror! –musitó Astrea con lágrimas en sus ojos. Ante ella, y con las manos teñidas en el mismo líquido que vestía el suelo, Evander aguardaba. Éste se dio media vuelta y miró a la dulce niña con sus ojos dorados.
-La expiación, mi dulce niña… -El caballero de Águila cayó de rodillas al suelo, y Astrea, con la mirada llena de asco, caminó hacia él; caminó hasta poder colocar sus manitas alrededor del cuello de aquel a quien tanto quería y debía.
-Tú no eres mi maestro. Tú no eres mi maestro… –repetía incesante, apretando el cuello de Evander con más fuerza cada vez. El santo asesino la miró implorando por su vida, mas ella era una niña con fuerza descomunal que jamás entendió su petición; tan sólo se sentía defraudada y triste de aquella salvaje manera que destrozó su alma. Apenas un par de minutos después, Astrea soltó el ya yermo cuerpo de, a sus ojos, aquel cerdo vil y despiadado.
Tras aflojar las manos, el santo de Águila cayó al suelo. La niña preguntó por qué y por qué sin obtener respuestas, pero recordó cómo cada noche, Evander, en la cama, le apartaba su mechón de pelo travieso de la frente diciéndole lo mucho que la quería.
Una carcajada sorprendió a Astrea, que levantó tras haber acabado con la vida de Evander. Allí estaba Baltsarós, con su armadura de Leo, dando la espalda a la pequeña.
-¡Eso es! Él ha cometido el mismo pecado que yo… -pensó ella-. Baltsarós es…
-¿Quién es? –interrumpió alguien violando el pensamiento privado de Astrea.
-¡Marduk! –El caballero de Libra, de rostro asiático y cabello ébano y revoltoso, sonrió a la chiquilla.
-Debes saber que él sólo estaba cumpliendo una orden del Patriarca. Era su expiación.
-¿Una expiación?
-Él ha sido siempre la luz de tu corazón, pero al parecer, estaba cambiando, así que para purgarle de sus pecados, el Sumo Pontífice le ordenó matar a esa mujer, futura encarnación de una divinidad enemiga de Atenea.
-¿Cómo? –preguntó Astrea, rompiendo el llanto desconsolada.
-Así es. Le has matado sin haber un motivo real, pero no pasa nada –dijo él sin borrar su sonrisa-. Tu cosmos es más grande que las estrellas, así que yo seré quien le suplante. ¡Todos te ayudaremos para que seas una más entre la élite!
-¿Pero qué será de Evander?
-La armadura de Virgo te ha reconocido en este día de errores, pequeña. ¡Deja de llorar y abrázame!
La niña Astrea abrazó a aquel joven, portador de la armadura dorada de Libra. Todo se volvió oscuro en aquel abrazo interminable de dolor y culpa. Ya no quedaba nadie, ni la misma muchacha pecadora. Ahora que sentía el peso de un asesinato injusto, no podía encontrarse en aquel océano de negrura.
-Era una misión redentiva, Astrea –volvió a repetir el joven Marduk desde ningún sitio. Tan sólo su voz resonó allá donde estuviera, bajo la luz de una luna que nacía en aquel lugar vacío-. Al igual que pasó con "El Príncipe", se le mandó purgar sus pecados, y sólo sucedió lo que tenía que pasar. Algún día se te pedirá que alivies la carga de tu corazón, pero hasta ese momento, no podrás hacer más que luchar y vivir.
-La carga de mi corazón… ¡Baltsarós!
Astrea abrió los ojos inundada en el sinsabor de su vida pasada. Sus pecados recorrían la sangre cuyo corazón bombeaba. Ahora sabía a qué aludió Marduk el día en que ella acabó con la vida de Evander. Aun siendo culpable, ella fue apoyada. Era hora de devolver el favor a aquellos que tanto la habían querido y ayudado a pesar de ser una asesina; era hora de sincerarse con su corazón.
Una mujer de aspecto varonil meditaba, bajo la nieve, sentada en un muro de las ruinas de Melitón. Su armadura, de complejos grabados, formas medievales, y grandes hombreras blancas, brillaba decorada por varios pares de alas de metal en brazos, espalda y piernas. Lucía inexpugnable.
-Así que ella es Astrea… De no ser por nuestras metas, me encargaría de juzgarla personalmente… -espetó tras haber presenciado como parásito los íntimos sueños de la guerrera de Virgo.
-Así que juzgarla… En ese caso, tú debes ser uno de esos enemigos augurados por nuestro caballero de Escorpio.
La meditabunda mujer varonil abrió los ojos para buscar a quien había hablado. Ante ella, a poca distancia, un hombre alto y aparentemente fuerte se erguía con los brazos cruzados. El hecho de que portase una armadura de color plateado le hizo alzar la guardia.
-¿Un caballero de Atenea?
-Therón de Perseo, para ser más precisos –alegó mientras su cabello se agitaba a causa de las ráfagas de viento, que comenzaban a ser más fuertes.
-En ese caso –respondió ella en tono desafiante mientras bajaba de la pared ruinosa-, yo soy Ánfora de Mesembria, Hora sexta de Némesis.
-Yo lucharé en nombre de Astrea. Ella tiene cosas más importantes que hacer aquí.
Ánfora elevó su cosmoenergía mostrando un aura rojiza que evaporaba todo copo de nieve a su alrededor. Su sonrisa intimidó por un instante a Perseo, quien vio reflejada en ella una mueca de locura.
-¿Los amos mandan a los perros cuando tienen sueño? ¡Ridículo! –Therón no se inmuto ante la provocación-. ¡No tengo nada que ver contigo, así que muéstrame dónde duerme!
Un haz rojo recorrió la distancia entre la violenta mujer y Perseo. El golpe apenas pudo ser visto, pero el santo de plata se las arregló para no recibir todo el impacto; aunque saltó hacia atrás con presteza, no pudo evitar un roce en la cara, que le empezó a sangrar.
-Veo que voy a tener que protegerla con todas mis fuerzas…
-¡Me da igual que la protejas o no! Ya es tarde… ¡¡Voy a matarte!!
Ánfora dio un violento salto para llegar a donde Perseo, quien se vio sorprendido de nuevo. Fuera quien fuese aquella mujer, su velocidad no era algo a tomar en vano…
