De Explosión en las Sombras, pág. 59:
¿Hasta qué punto se manifestaba este «fantástico talento» y qué pensó de él, según su exagerada ética cristiana, Pamela Puckett? Probablemente nunca lo sabremos. Pero uno se siente inclinado a pensar que la reacción de Mrs. Puckett debió de ser extrema...
-No has probado la tarta, Sam -dijo la madre, levantando la vista del panfleto que había estado examinando mientras bebía su taza de té «Constant Comment»-. Está hecha en casa.
-Me hace salir granos, mamá.
-Tus granos son una manera que tiene el Señor de castigarte. Vamos, cómete la tarta.
-¿Mamá?
-¿Sí?
Sam se lanzó al vacío.
-Freddie Benson me ha invitado al baile de fin de año...
El panfleto quedó olvidado. Su madre la miraba con ojos desmesurados cuya expresión decía claramente: Mis oídos me engañan. Las ventanillas de la nariz se le dilataron como las de un caballo que ha oído el, seco castañeteo de una serpiente de cascabel.
Sam trató de tragar algo que le obstruía la garganta y sólo (no tengo miedo oh sí lo tengo) lo consiguió en parte.
-... y él es muy buen chico. Me prometió que pasaría a saludarte antes de irnos y...
-No.
-... traerme de vuelta a las once. Yo he...
-¡No, no, y no!
-... aceptado. Mamá, por favor, comprende que tengo que empezar a... a tratar de habérmelas con el mundo. Yo no soy como tú. Yo soy rara. Quiero decir que los chicos piensan así. No quiero serlo. Quiero tratar de ser persona antes de que sea demasiado tarde para...
Pam arrojó el té en la cara de Sam.
Sólo estaba tibio, pero no podría haber interrumpido las palabras de Sam con mayor rapidez si hubiese estado caliente. Se quedó petrificada mientras el liquido ambarino chorreaba por sus mejillas y el mentón, y caía sobre su blusa blanca formando manchas que se agrandaban. Era pegajoso y tenía olor a canela.
Mrs. Puckett temblaba. En su rostro paralizado sólo se movían las ventanillas dé la nariz.
Bruscamente echó la cabeza hacia atrás y gritó hacia el cielo:
-¡Dios! ¡Dios! ¡Dios!
Parecía morder ferozmente las sílabas. Sam permanecía inmóvil.
Pamela se levantó y se acercó, rodeando la mesa. Sus dedos se estremecían y se encorvaban formando garras. Su rostro mostraba una expresión de locura en la que la compasión se mezclaba con el odio.
-Al armario -dijo-. Vete al armario y reza.
-No, mamá.
-Chicos. Sí, eso es lo que viene después. Después de la sangre. vienen los chicos. Olfateando como perros, mostrando los dientes y babeando, tratando de descubrir de dónde viene el olor. ¡Ese... olor!
Alzó todo el brazo para dar la bofetada y el sonido de la palma de su mano contra el rostro de Sam (oh Dios tengo un miedo horrible) vibró como el chasquido de una correa. Sam permaneció sentada, aunque la parte superior de su cuerpo se tambaleó. La mancha sobre su mejilla fue primero blanca y luego rojo sangre.
-La marca -dijo Mrs. Puckett. Sus ojos eran enormes, pero sin expresión. Respiraba con movimientos rápidos y desesperados. Parecía hablar consigo misma mientras la garra bajaba hacia el hombro de Sam y la empujaba fueía de la silla-. La he visto, claro que la he visto. Oh, sí. Pero. Yo. Nunca. Lo hice. Sólo él. !Él!. Me obligó... -Se detuvo. Sus ojos se dirigían hacia el techo con una mirada vaga. Sam estaba aterrada. Su madre parecía en medio de la agonía de una gran revelación que podría destruirla.
-Mamá...
-En los coches. Oh, sé dónde te abrazan. Las afueras de la ciudad. Los albergues-de carretera. El whisky. Olfatean... ¡oh, lo huelen en ti! -exclamó y su voz se convirtió en un grito.
Los músculos se le hinchaban en el cuello y su cabeza giraba hacia arriba en una búsqueda.
-Mamá, es mejor que te calmes.
Eso pareció devolverla bruscamente a alguna difusa realidad. Sus labios temblaron con una especie de sorpresa rudimentaria y se detuvo, como si tratara de orientarse en un mundo desconocido.
-Al armario -murmuró-. Vete al armario y reza.
-No.
Su madre levantó la mano para golpearla.
-¡No!
La mano se detuvo en el aire. Mrs. Puckett levantó la vista para mirarla, como para comprobar si todavía la tenía.
El plato de la tarta se separó súbitamente de la bandeja, voló por la habitación y se fue a estrellar junto a la puerta del living.
-Voy a ir al baile, mamá.
La taza vacía se alzó, pasó junto a Mrs. Puckett y se hizo pedazos contra la cocina. Ella dio un chillido y cayó de rodillas con las manos sobre la cabeza.
-Hija del diablo -gimió-. Hija del diablo, engendró de Satán...
-Mamá levántate,
-Lascivia y libertinaje, los deseos de la carne...
-¡Levántate!
La voz desfalleció, pero ella se levantó manteniendo las manos sobre la cabeza, como- `un prisionero de guerra. Sus labios se movían. A Sam le pareció que estaba rezando el Padrenuestro.
-No quiero luchar contra ti, mamá -dijo, y pareció como si su voz estuviese a punto de disolverse. Se esforzó por recuperar el control-. Sólo deseo que me dejen vivir mi propia vida. Yo..., a mí no me gusta la tuya.
Se detuvo y no pudo dominar su sensación de horror; había lanzado la blasfemia capital, mil veces peor que la palabra con «p».
-Bruja -murmuró su madre-. El libro del Señor dice: «No permitirás que una bruja viva.» Tu padre continuó la obra del Señor...
-No quiero hablar de eso -la interrumpió Sam. Siempre se inquietaba cuando su madre se refería a él-. Sólo pretendo que entiendas que las cosas van a cambiar, mamá. -Sus ojos brillaron-. Será mejor que Ellos lo entiendan también.
Pero Mrs. Puckett volvía a hablar en un susurro, como consigo misma.
Insatisfecha, con una sensación de anticlímax en la garganta y una sorda cólera en el estómago, Sam bajó al sótano a buscar la tela de su vestido.
Se estaba mejor que en el armario. Eso era cierto. Cualquier cosa era mejor que el armario con su luz azul y el sofocante olor a transpiración y su propio pecado. Cualquier cosa. Todo. Permaneció de pie con el paquete apretado contra el pecho y cerró los ojos, excluyendo así el débil resplandor de la desnuda bombilla del sótano cubierta con telarañas. Benson no sentía nada por ella; lo sabía. Esa era alguna extraña expiación y podía comprenderla, podía responder a ella. Desde que tenía uso de razón había convivido con la idea de la penitencia.
Él había dicho que sería bueno, que se encargaría de ello. Bien, ella se encargaría de ello. Y que se cuiden de no hacer nada. Será mejor que no lo hagan. No sabía si su capacidad provenía del dios de la luz o del de las tinieblas y en ese momento, al descubrir finalmente que no le importaba, se sintió invadida por un alivio casi indescriptible, como si un peso enorme, arrastrado durante mucho tiempo, hubiese resbalado de sus hombros.
Arriba, Mrs. Puckett seguía susurrando. No rezaba el Padrenuestro; era el Exorcismo del Deuteronomio.
De Me llamo Carly Shay, pág. 23:
Y, por último, incluso hicieron la película.
La vi en el mes de abril. Cuando salí, sentí verdadero asco. Cada vez que sucede algo importante en los Estados Unidos tenemos que colorearlo y ponerlo en un marco. De ese modo, uno ya puede olvidarlo. Y olvidarse de Sam Puckett puede ser un error gravísimo; nadie parece darse cuenta...
Lunes por la mañana; el director Grayle y Mr. Péter Morton el subdirector, estaban bebiendo café en la oficina del primero.
-¿No se ha sabido nada de Hargensen todavía? -preguntó Morty. Sus labios se curvaron en una sonrisa maliciosa al estilo John Wayne, que parecía un poco asustada hacia los bordes.
-Nada. No ha dicho ni pío. Y Christine Hargensen ha dejado de presumir con eso de que su padre nos iba a poner de patitas en la calle -contestó Grayle con la cara larga, y sopló su café.
-No parece que estuvieras muy satisfecho.
-No; no lo estoy. ¿Sabías que Sam Puckett va a asistir al baile?
Morty parpadeó.
-¿Con quién? ¿Con la Urraca?
La Urraca era Freddy Holt, otro de los desplazados de la escuela. Empapado hasta los huesos, quizá llegara a pesar 45 kg, de los cuales el observador desprevenido adjudicaría la mitad a su nariz.
-No -respondió Grayle-. Con Freddie Benson.
Morty se atragantó con el café y sufrió un ataque de tos.
-Yo tuve la misma impresión -comentó Grayle.
-¿Y qué pasa con su novia, la chica Carly?
-Creo que ella lo metió en esto -dijo Grayle-. Ciertamente que parecía sentirse muy culpable por lo de Sam cuando hablé con ella. Ahora está trabajando con el comité de decoración, parece realizada, como si no asistir al baile de fin de curso de su último año de escuela no fuera nada.
-Oh -dijo Morty prudentemente.
-En cuanto a Hargensen... Creo que debe de haber hablado con algunas personas y descubierto que, en realidad, podíamos demandarlo en nombre de Sam Puckett si queríamos. Creo que decidió cortar por lo sano. La hija es lo que me preocupa.
-¿Crees que va a ocurrir algo el viernes por la noche?
-No lo sé. Lo que sé es que Chris tiene un montón de amigos que van a estar allí. Además, ella sale con Billy Nolan y ese chico ya es un lío; tiene amigos como para llenar un zoológico. De los que se especializan en asustar a señoras embarazadas. Por lo que he oído, Chris Hargensen lo tiene cogido por las narices.
-¿Temes algo en concreto?
Grayle hizo un gesto de inquietud.
-¿Concreto? No. Pero conozco demasiado este juego como para no darme cuenta de que la cosa se presenta mal. ¿Te acuerdas del partido con el equipo de Stadler en 2009? Morty asintió. Se necesitaban más de tres años para borrar el recuerdo del partido Ewen vs. Stadler. Bruce Trevor había sido un alumno regular, pero era un jugador de baloncesto realmente fantástico. Gaines, el entrenador, no le tenía simpatía, pero gracias a Trevor, «Ewen iba a ser seleccionado para el torneo del área por primera vez en diez años. Fue expulsado del equipo una semana antes del último partido que debía ganar «Ewen» para clasificarse. Una inspección rutinaria de los armarios había permitido descubrir un kilo de marihuana detrás de sus libros de educación cívica. «Ewen» perdió el partido y su participación en el torneo- por 104-48. Pero nadie se acordaba de todo eso; lo que todo el mundo recordaba era el motín que había interrumpido el juego en el cuarto tiempo. El tumulto, dirigido por Bruce Trevor, quien con toda razón afirmaba que le habían hecho una mala jugada, terminó, en definitiva, con cuatro personas en el hospital. Una de ellas fue el entrenador del equipo de Stadler, quien había sido golpeado en la cabeza con un botiquín. -Tengo esa sensación -dijo Grayle-. Un presentimiento. Alguien se va a presentar con un montón de manzanas podridas o algo parecido.
-A lo mejor tienes poderes extrasensoriales -dijo Morty.
De Explosión en las Sombras, págs. 92-93:
Actualmente, casi todo el mundo está de acuerdo con que el fenómeno de la telecinesia tiene caracteres genéticos recesivos. Pero es lo opuesto de una enfermedad como la hemofilia, que se hace manifiesta sólo en los varones. En esta enfermedad, llamada en un tiempo «el mal de los reyes, el gen tiene carácter recesivo en la mujer, y ella no sufre ningún daño. Los descendientes varones, en cambio, son «hemorrágicos». Esta enfermedad se propaga sólo si un hombre que la padece se casa con una mujer que sea portadora del gen recesivo. Si el vástago de esa unión es varón, será un niño hemofilico; si es mujer, será portadora del gen. Debemos insistir en que el gen de la hemofilia puede existir en forma recesiva en un hombre como parte de su constitución genética. Pero, si se casa con una mujer que porte el mismo gen proscrito, se puede producir un caso de hemofilia si el vástago es hombre.
En las familias reales, donde los matrimonios entre parientes eran comunes, existían muchas posibilidades de que el gen se propagara una vez que entraba en el árbol genealógico; de ahí el nombre «Mal de los reyes». La hemofilia se dio también, en proporción significativa, en los Apalaches, durante la primera parte del siglo, y se la advierte con frecuencia en aquellas culturas en las que el incesto y el matrimonio entre primos son corrientes.
En la telecinesia, el varón aparece como portador; el gen también puede encontrarse en forma recesiva en la mujer, pero el dominante se da sólo en las mujeres. Parece que Ralph Puckett era portador del gen. Pamela Brigham, por pura coincidencia, llevaba también el signo genético proscrito, pero podemos tener la seguridad de que era recesivo, puesto que no se ha encontrado ningún dato que indique que tenía poderes telecinéticos parecidos a los de su hija. Actualmente se están haciendo investigaciones sobre la vida de la abuela de Pamela Brigham, Sadie Cochran.
Porque si la pauta de genes dominantes y recesivos rige para la telecinesia en la misma forma que para la hemofilia, Mrs. Cochran debe de haber tenido el gen telecinético dominante.
Si el descendiente del matrimonio Puckett hubiese sido hombre, habríamos tenido otro portador. Existen grandes posibilidades de que la mutación hubiese desaparecido con él, puesto que ni Ralph Puckett ni Pamela Brigham tenían primos de una edad apropiada como para que se casara con el teórico hijo varón del matrimonio. Y las posibilidades de casarse al azar con una mujer que tuviese el gen son mínimas. Ninguno de los equipos que estudian este problema han podido aislar el gen.
No cabe duda de que, a la luz del holocausto de Maine, aislar el gen debe convertirse en la primera prioridad de la investigación médica. La hemofilia o gen H, produce un descendiente varón que padece una insuficiencia de plaquetas en la sangre. La telecinesia o gen TC, produce verdaderos tifones femeninos capaces de destruir casi a voluntad...
Miércoles por la tarde.
Carly y catorce alumnos más -el comité de decoración, nada menos- estaban trabajando en el enorme mural que sería colgado detrás de las dos plataformas idénticas instaladas para las orquestas. El tema era Primavera en Venecia. (Carly se preguntaba quién elegiría esos temas tan falsos y rebuscados. Hacía cuatro años que era alumna de «Ewen», había asistido a dos bailes y todavía no lo sabia. Y por último, ¿para qué necesitaban un maldito tema? ¿Por qué simplemente no hacer un baile sin tanta etiqueta y acabar de una vez?) George Chizmar, el alumno de más talento artístico de Ewen, había realizado un pequeño bosquejo con tiza, que mostraba unas góndolas en un canal al atardecer y un gondolero con un enorme sombrero de paja apoyado sobre la caña del timón, mientras un magnífico resplandor en tonos rojos, anaranjados y rosa brillaba en el cielo y en el agua. Era muy hermoso, sin duda. Había repetido el contorno del dibujo sobre un gran lienzo d numerado las distintas secciones correspondientes a los diversos matices de color. Y, en ese momento, el comité estaba pacientemente dedicado a colorearlo, como niños a gatas sobre una página enorme de un gigantesco libro para pintar. «Con todo -pensó Carly mientras se miraba las manos y los brazos cubiertos de tiza color rosa, iba a ser el más hermoso de los bailes que se habían realizado.»
Helen Shyres, que trabajaba a su lado, se sentó en cuclillas, se estiró y cuando su espalda produjo un leve crujido, lanzó un gemido. Se apartó un mechón de pelo de la frente con el dorso de la mano y se dejó una mancha rosa.
-No sé cómo diablos me convenciste para que me metiera en esto.
-Quieres que todo sea muy bonito, ¿verdad? -dijo Carly imitando a Miss Geer, la solterona que dirigía el comité de decoración (también conocida como la señorita Bigotes).
-Sí, pero ¿por qué no el comité de bebidas o el de festejos? Se usa más la mente y una no tiene que romperse las espaldas; la mente es mi especialidad. Además, tú ni siquiera vas a... -comenzó, pero se tragó las últimas palabras.
-¿Asistir? -completó Carly, y encogiéndose de hombros, volvió a coger la tiza. Sentía un monstruoso calambre en la mano-. No, pero, de todos modos, quiero que salga bien. -Añadió tímidamente-: Freddie va a asistir.
Siguieron trabajando en silencio durante un rato y luego Helen se detuvo nuevamente. No había nadie cerca de ellas; la próxima era Holly Marshall, que coloreaba la quilla de la góndola en el otro extremo del mural.
-¿Puedo preguntarte una cosa, Carly? preguntó finalmente Helen-. Santo Dios, todo el mundo habla de eso.
-Por supuesto -respondió Carly. Dejó de pintar y dobló la mano-. Quizá debería contárselo a alguien para que la historia quede clara. Yo le pedí a Freddie que llevara a Sam. Espero que eso la haga salir un poco de sí misma..., que eche abajo algunas de las barreras. Creo que se lo debo. '
-Después de eso, ¿dónde quedamos todas las demás? -preguntó Helen sin rencor.
Carly se encogió de hombros.
-Cada una tiene que decir qué actitud va a tomar respecto a lo que hicimos, Helen. Yo no puedo tirar piedras. Pero no quiero que la gente crea que me estoy, eh...
-¿Haciendo el mártir?
-Algo así.
-¿Y Freddie aceptó? -preguntó Helen. Ésa era la parte que más le fascinaba.
-Sí -respondió Carly sin dar más detalles. Después de una pausa, agregó-: Supongo que los otros chicos piensan que soy presumida.
Helen reflexionó un momento.
-Bueno..., todos hablan de eso. Pero la mayoría todavía piensa que no hay nada malo contigo. Como tú misma me decías, tomas tus propias decisiones. Sin embargo, existe una pequeña facción disidente. -Sonrió con tristeza.
-¿El grupo de Christine Hargensen?
-Y el de Billy Molan.
-No me tiene mucha simpatía -dijo Carly, y la afirmación era, al mismo tiempo, una pregunta.
-Carly, te odia a muerte.
Carly asintió, sorprendida al descubrir que la idea la angustiaba y la provocaba al mismo tiempo.
-Oí decir que su padre iba a poner un pleito a la escuela, y luego había cambiado de parecer -dijo.
Helen se encogió de hombros.
-No se ha hecho de muchos amigos con todo eso -comentó-. No sé qué nos pasó, no sé qué le pasó a cada una de nosotras. Ya no sé ni lo que quiero.
Siguieron trabajando en silencio. En el otro extremo de la sala, Don Barret instalaba una escalera y se preparaba para adornar con papel crepé las vigas de acero que cruzaban el techo.
-¡Mira! -exclamó Helen-. Ahí va Chris.
Carly levantó la vista justo a tiempo para verla entrar en. el cuchitril que servía de oficina, junto a la entrada del gimnasio. Llevaba unos ceñidos pantalones de terciopelo color vino y una blusa blanca que parecía de seda -sin sujetador, a juzgar por la manera en que las cosas se movían en la parte delantera-, el sueño de un viejo verde, pensó agriamente Carly, y luego se preguntó qué podría estar haciendo Chris en el lugar en que el comité del baile había instalado su tienda. Por supuesto que Tina Blake estaba en el comité y ambas eran uña y carne. Basta ya, se reprendió a sí misma. ¿Acaso quieres verla vestida de penitente y con cenizas en la cabeza? Reconoció que sí. Una parte de ella quería exactamente eso.
-¿Helen?
-¿Hummm?
-¿Estás planeando algo?
En el rostro de Helen apareció una máscara de reserva.
-No lo sé -dijo, y su voz sonó ligera, con una inocencia exagerada.
-Ah -dijo Carly con tono neutro. (sabes, sabes algo: reconócelo, maldita sea, y ten el valor de actuar por ti misma).
Siguieron pintando y ninguna volvió a hablar. Sabia que las cosas no andaban tan bien como Helen afirmaba. No podía ser; a los ojos de sus compañeros ya nunca volvería a ser la misma chica que admiraban. Había hecho algo irrefrenable y peligroso: había roto la apariencia y mostrado la cara.
El último sol de la tarde, tibio como aceite y dulce como la infancia, penetró oblicuo por las altas y brillantes ventanas del gimnasio.
De Me llamo Carly Shay, pág. 40.
Puedo comprender algunos de los elementos que deben de haber preparado la situación que se produjo en el baile. Aunque resulte horrible, comprendo que una persona como Billy Nolan, por ejemplo, haya podido entrar en el juego. Chris Hargensen lo tenía cogido de las narices -por lo menos la mayor parte del tiempo-. Y Billy arrastraba a sus amigos con la misma facilidad. Kenny Garson, que abandonó la escuela a los dieciocho años, tenía un nivel de lectura de tercer año de primaria, comprobado. En sentido clínico, Steve Deighan era un poco menos que un retrasado mental. Algunos de los otros estaban fichados por la Policía; uno de ellos, Jackie Talbot, fue detenido por primera vez a los nueve años por robar tapacubos de los coches: Si uno tiene la mentalidad de un asistente social, puede incluso considerar a esta gente como víctimas lamentables.
Pero, . ¿qué podemos decir de la actitud de Chris Hargensen?
Me parece que, en todo momento, su primer y único objetivo fue la destrucción completa y total de Samantha Puckett...
-No debo hacerlo -dijo Tina Blake sintiéndose incómoda. Era una chica pequeña, bonita, con una cascada de pelo rojizo. Un lápiz que llevaba metido entre el cabello le daba un aire de importancia-. Si Norma vuelve y se entera, se lo contará a las demás.
-Está en el aseo -dijo Chris-. Vamos.
Un poco sobresaltada, Tina no pudo controlar una risita. De todos modos, opuso una resistencia simbólica.
-En todo caso, ¿por qué quieres verlo? Tú no puedes asistir.
-Eso no te importa -replicó. Como siempre, parecía desbordante de mal humor.
-Ahí lo tienes -dijo Tina, y deslizó. por el escritorio una hoja envuelta en plásticos-. Voy a salir a beber una «Coca-Cola». Si la intrusa de Norma Watson vuelve y te sorprende, yo no te he visto.
-De acuerdo -murmuró Chris, ya absorta en el plano del gimnasio que contenía la distribución para la fiesta. No oyó cuando se cerró la puerta.
George Chizmar también había dibujado el plano, de modo que era perfecto. La pista de baile estaba claramente indicada. Dos plataformas. El estrado donde se coronaría al rey y a la reina,
(me gustaría coronar a esa maldita zorra de Sam también)
hacia el final de lá fiesta. Alineadas a los tres costados de la pista se encontraban las mesas de los asistentes. Mesas para jugar a las cartas en realidad, pero cubiertas de papel crepé y cintas; en cada una había recuerdos de la fiesta, programas de baile y votos para la elección de rey y reina.
Deslizó una aguzada uña barnizada por las mesas de la derecha, luego por las de la izquierda.
Allí estaban: Freddie B. y Sam P. De modo que estaban decididos a hacerlo. Apenas podía creerlo. La indignación la hizo estremecerse. ¿Creyeron, realmente, que iban a salirse con la suya?
Sus labios se pusieron tensos con un gesto duro.
Miró por encima del hombro. Norma Watson todavía no aparecía por ninguna parte.
Chris volvió a poner el plano en su lugar y examinó rápidamente el resto de los papeles que había sido la cubierta, llena de hoyos e iniciales, del escritorio. Facturas (la mayor parte por el papel crepé y los clavos), una lista de los padres que habían prestado las mesas, vales por gastos pequeños, una cuenta de «Star Printers», que había impreso los billetes para el baile, una muestra del voto que se emplearía en la elección de rey y reina.
¡Una papeleta! La cogió bruscamente.
Nadie debía ver la papeleta antes del viernes, cuando todos los alumnos escucharan los nombres de los candidatos anunciados por los altavoces. El rey y la reina serían elegidos por los que asistieran al baile, pero las papeletas en blanco para elegir candidatos habían circulado por la escuela con casi un mes de antelación. Se suponía que los resultados éran secretos de Estado. Existía entre los estudiantes un creciente movimiento que pretendía eliminar toda esa historia del rey y la reina -algunas de las chicas afirmaban que era degradante para la mujer, los chicos pensaban simplemente que era una idiotez y que, además, resultaba incómodo-. Había muchas posibilidades de que ése fuera el último año en que el baile seria de etiqueta y con todas sus características tradicionales.
Pero, para Chris, ése era el único año que le importaba. Miró fijamente la papeleta con ávida intensidad.
George y Frieda. - De ninguna manera. Frieda Jackson era judía.
Peter y Myra. - Tampoco. Myra pertenecía al grupo de mujeres ideal para suplantar a la raza caballar. No serviría ni aunque la elikieran. Además, era tan atractiva como el trasero de una yegua.
Frank y Jessica. -Muy posible. Frank había logrado participar en el equipo de fútbol «All New England» ese año, pero Jessica era otro de esos pedos de canario con más granos que seso.
Don y Helen. - Ni pensarlo. A Helen Shyres no la elegirían ni para sacar a pasear los perros.
Y la última pareja: Freddie y Carly. Sólo que, por supuesto, habían rayado el nombre de Carly y habían escrito el de Sam. ¡Esa era una pareja con la que se podía hacer algo! Una risa extraña la invadió y se puso la mano en la boca para que no se manifestara.
Tina entró a toda prisa.
-¿Demonios, Chris, todavía estás aquí? ¡Que ya viene¡
-No te acalores, chica -dijo Chris y volvió a poner los papeles sobre el escritorio. Todavía sonreía cuando salió y se detuvo a hacer un burlón saludo a Carly Shay, que movía su esquelético culo sobre ese estúpido mural.
En el vestíbulo exterior, revolvió en su bolso en busca de una moneda, la puso en el teléfono y llamó a Billy Nolan.
De Explosión en las Sombras, págs. 100-101:
Uno se preguntaba hasta qué punto se planificó la ruina de Sam Puckett: ¿hubo un plan cuidadosamente preparado, ensayado y revisado muchas veces, o fue sólo algo que ocurrió de un modo más bien improvisado?
... Me inclino por la segunda idea. Sospecho que Chris Hargensen era el cerebro del asunto, pero, al mismo tiempo, creo que tenia una idea muy nebulosa sobre cómo se podía cargar a una chica como Sam. Sospecho que fue ella quien sugirió a William Nolan y sus amigos que hicieran el viaje a la granja de Irwin Henty en North Chamberlain. La imagen del resultado de ese viaje debió de ser muy atractiva para una persona con un distorsionado sentido de la justicia poética, estoy seguro...
El coche subió chirriando por el Stack. End Road, en North Chamberlain, a una velocidad de 100 km por hora que resultaba sumamente peligrosa en ese resbaladizo camino sin pavimentar. De vez en cuando, una rama que colgaba muy baja, cubierta de hojas primaverales, rozaba el techo del Biscayne» que estaba oxidado, tenía los parachoques abollados, levantado en la parte trasera y equipado con .extraños amortiguadores. Uno de los faros no funcionaba y el otro parpadeaba en la oscuridad de la medianoche cada vez que el coche se encontraba con un bache muy hondo.
Billy Nolan iba al volante, recubierto con un forro de pelusa color rosa. Jackie Talbot, Henry Blacke, Steve Deighan y los hermanos. Garson, Kenny y Lou, también se apretujaban dentro. Tres cigarrillos de marihuana circulaban atravesando la oscuridad interior, como los lentos e incandescentes ojos de un cancerbero.
-¿Estás seguro de que Henty no está en la granja? -preguntó Henry-. No tengo ningún deseo de volver a la cárcel. Te hacen comer mierda.
Kenny Garson que estaba idiotizado hasta la quinta potencia, lo encontró indescriptiblemente divertido y lanzó una ráfaga de agudas risitas sofocadas.
-No está -dijo Billy. Incluso esas pocas palabras parecieron escapársele de mala gana, contra su, voluntad-. Funeral.
Chris había descubierto eso por casualidad. El viejo Henty trabajaba una de las pocas granjas florecientes en la comarca. A diferencia del granjero gruñón que tiene un corazón de oro, que es la materia prima de gran parte de la literatura pastoril, el viejo Henty era tan despreciable como un mojón de gato. No cargaba la carabina con sal gema en la época de las manzanas, sino con perdigones. También había hecho procesar a varios tipos por rateros. Uno de ellos había sido amigo de estos muchachos, un tío sin suerte que se llamaba Freddy Overlock. Freddy había sido sorprendido con las manos en la masa en el gallinero del viejo Henty y había recibido una doble dosis de perdigones del nº 6 allí donde la espalda pierde su nombre. Fred había pasado cuatro horas de bruces en una sala de urgencia maldiciendo como loco, mientras un jovial interno le arrancaba pequeños perdigones del trasero y los dejaba caer en un recipiente de acero. Para completar su desgracia se le impuso una multa de doscientos dólares por robo e intrusión ilegal. La pandilla de los mugrientos de Chamberlain no sentía ninguna simpatía por Irwin Henty.
-¿Y dónde está Red? -preguntó Steve.
-Está tratando de meterse en la cama con alguna de las nuevas camareras de «The Cavalier»
-dijo Billy. Hizo un rápido viraje y, con un estremecimiento de las ruedas de un lado, el «Biscayne» tomó veloz el camino que llevaba a la granja de Henty. Red Trelawney, el ayudante del viejo Henty, era un bebedor empedernido y manejaba los perdigones tan bien como su patrón-. No volverá antes de que cierren.
-Maldito riesgo el que corremos sólo por una broma -refunfuñó Jackie Talbot.
La expresión de Billy se endureció.
-Te puedes ir, si quieres.
-No, no -replicó Jackie apresuradamente. Billy había hecho aparecer una onza de marihuana para repartir entre los cinco; además, estaban a 14 kilómetros del pueblo-. Es una broma muy buena, Billy.
Kenny abrió la guantera, sacó un pequeño y adornado utensilio para sujetar colillas (de Chris) y colocó allí la de un cigarrillo de marihuana. Esta operación le pareció sumamente divertida y soltó una vez más su aguda risita.
Empezaba a pasar velozmente frente a cercos de alambres de púas, campos recién labrados y letreros que decían «Prohibido el paso» a ambos lados del camino. En el tibio aire de mayo, el olor de la tierra fresca se sentía intenso, grávido, dulce.
Al llegar a la cima de una colina, Billy apagó teas luces, puso la palanca de cambio en punto muerto y cerró el contacto. Rodaron, como un silencioso bulto de metal, hacia la entrada de la granja. Billy hizo un viraje sin ninguna dificultad, pero perdieron gran parte de la velocidad al pasar por una pequeña elevación frente a la casa oscura y vacía. Ya podían ver el enorme establo y, más allá, la luz de la luna, que brillaba soñadora en la charca para las vacas y el huerto de manzanos.
En la pocilga, dos puercos introducían sus aplastados hocicos entre los barrotes. En el establo, una vaca mugió suavemente, quizás en medio del sueño.
Billy detuvo el coche con el freno de mano -lo cual no era realmente necesario, puesto que el contacto estaba cerrado, pero le daba una adecuada apariencia de dominio- y se bajó.
Lou Gaxson se estiró por encima del hombro de Kenny y sacó algo de la guantera. Billy y Henry se dirigieron al portaequipajes y lo abrieron.
-Ese tío desgraciado se va a cagar en los pantalones cuando vuelva -dijo Steve con silencioso
regocijo.
-Por Freddy -dijo Henry mientras sacaba un martillo de lanzamiento.
Billy no dijo nada, pero por supuesto que no lo hacia por Freddy, que era un imbécil. Era por Chris Hargensen, tal como todo lo demás, y había sido desde el día en que ella había bajado majestuosamente del Olimpo de sus cursos preuniversitarios para acercarse a él y convertirse en una mujer vulnerable. Por ella habría sido capaz de asesinar.
Henry probaba el martillo de 5 kilos balanceándolo en una mano. La pesada masa redonda del extremo producía un sonido sibilante que tenía un eco siniestro en el aire de la noche. Los otros se reunieron alrededor de Billy, mientras éste levantaba la tapa de la nevera portátil y sacaba los dos baldes de acero galvanizado. Los dedos se entumecían al tocarlos y en algunas partes estaban cubiertos por una delgada capa de escarcha.
-Listos -dijo.
Los seis se acercaron rápidamente a la pocilga. Su respiración se hacía más corta con la excitación. Las puercas eran mansas y dóciles como gatitos y el puerco dormía tumbado en un extremo. Henry alzó una vez más el martillo, pero esta vea sin convicción. Se lo entregó a Billy..
-No puedo -dijo con repugnancia-. Hazlo tú.
Billy lo cogió y lanzó una mirada inquisidora a Lou, que tenía el ancho cuchillo carnicero que había sacado de la guantera.
-Tú tranquilo -dijo Lou y tocó el filo del cuchillo con la yema del pulgar.
-En el cogote -le recordó Billy.
-Lo sé.
Kenny canturreaba y sonreía mientras daba a los animales los restos de una arrugada bolsa de patatas fritas. .
-Tío se preocupen, cerditos, no se preocupen de nada. Bill les va a partir la cabeza y ya no tendrán que preocuparse por la bomba atómica.
Les rascó la erizada barbilla y los animales gruñeron y siguieron mascando contentos.
Aquí voy -advirtió Billy, y el martillo cayó veloz.
El sonido le recordó la vez en que él y Henry habían lanzado una calabaza desde el paso superior de Claridge Road, que cruza la carretera 495 al oeste de la ciudad. Una de las puercas cayó muerta con la lengua fuera, los ojos todavía abiertos y restos de patatas fritas en el hocico.
Kenny soltó una risita.
Ni siquiera alcanzó a eructar.
-Vamos, date prisa Lou -dijo Billy.
El hermano de Kenny se deslizó entre las tablas, levantó la cabeza de la puerca hacia la Luna -los vidriosos ojos le miraron con negra atención- y le hizo un tajo. El flujo de sangre fue inmediato y sorprendente; salpicó a varios de los muchachos y éstos saltaron hacia atrás dando gritos de repugnancia.
Billy se inclinó, introdujo uno de los baldes y lo colocó bajo el chorro: Una vez lleno, lo dejó a un lado. El segundo se había llenado hasta la mitad cuando el flujo disminuyó, goteó un momento y se extinguió.
-El otro -dijo.
-¡Hombre! -gimió.
-El otro -repitió Billy.
-Eeeeh, marrana -llamó Kenny, sonriendo mientras hacía sonar la bolsa de patatas vacía.
Después de un momento, la puerca volvió a la verja. El martillo relampagueó. Se llenó el segundo balde y el resto de la sangre se derramó por el suelo. Un olor cuproso, fétido, flotó en el aire, Billy descubrió que se había ensuciado hasta los codos con sangre de puerco.
Mientras llevaba los baldes hacia el portaequipajes, su mente hizo una vaga relación simbólica. Sangre de puerco. Eso estaba bien. Chris tenía razón. Era una buena idea. Todo adquiría cierta solidez.
-Sangre de puerco para los puercos.
Acomodó los baldes en el hielo picado y cerró la tapa de la nevera portátil.
-Vamos -dijo.
Billy se colocó al volante y soltó el freno de mano. Los cinco muchachos se reunieron detrás del coche, se apoyaron con el hombro y el vehícu lo giró en un estrecho y silencioso círculo; lo llevaron más allá del establo hacia la cima de la colina, frente a la casa de Henty.
Cuando, el coche comenzó a rodar solo, corrieron hacia las puertas y se subieron jadeantes.
El vehículo cogió bastante velocidad como para deslizarse un poco en el momento en que Billy lo sacaba de la entrada de la granja hacia el camino. En la base de la colina, puso tercera y soltó el embrague. El motor dio un tirón, hizo un ruido y empezó a funcionar.
(Sangre de puerco para los puercos.) Sí, eso estaba bien. Eso estaba muy bien. Sonrió y Lou Garson tuvo un sobresalto de sorpresa y temor. Ido recordaba haber visto nunca sonreír a Billy Nolan. Tampoco recordaba que hubiese habido rumores al respecto.
-¿De quién era el funeral al que fue el viejo? -preguntó Steve.
-De su madre -respondió Billy.
-¿Su madre? -preguntó sorprendido Jackie Talbot . Vaya, debía ser más vieja que Matusalén.
El agudo cacareo de Kenny quedó flotando en la perfumada oscuridad que temblaba al borde del verano.
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