Disclaimer: Los personajes pertenecen a Stephanie Meyer & la historia a Diana Palmer, yo solo modifique los nombres.
Summary:
Cinco años atrás, el ranger de Texas, Edward Cullen, se había impuesto como un reto personal meter entre rejas al padre de Isabella Swan, por las brutales palizas que daba a su hija. Además, no podía olvidar todo lo que compartía con Bella, entre otras cosas un rancho al borde de la ruina que los había llevado a casarse... pero sin dejarse llevar nunca por la increíble atracción que había entre ellos. Alguien que ponía su vida en peligro todos los días y que jamás se preocupaba por los asuntos del corazón no podría tener nada que ver con un alma cándida como Bella.
6
Isabella y Emmett estaban tan absortos que no vieron a Edward hasta que no causó un pequeño estrépito acercando una silla al reservado y sentándose a horcajadas entre ellos. Los dos lo miraron, sorprendidos.
A Isabella le dio un vuelco el corazón, pero trató de disimular. Estaba furioso, muy furioso.
—¿Qué he hecho ahora? —le preguntó con estudiada despreocupación. Edward la miraba encolerizado.
—¿Qué le has dicho a Rosalie? Estaba llorando cuando me fui.
Aquella pregunta directa la dejó turbada, y no pudo reaccionar. A Emmett, en cambio, le llameaban los ojos.
—Bella no le ha dicho nada. Se acercó y empezó a tontear conmigo, y le di un corte —dijo Emmett—. No me gustan las modelos. Si estaba disgustada, ha sido por mi culpa, así que no acuses a Bella.
Edward enarcó las cejas.
—¿Qué tienes en contra de ella?
—No es nada personal.
Se quedó mirando a Emmett con abierta curiosidad.
—He tenido que traerla de regreso a su hotel. No podía trabajar. El ayudante de dirección está furioso.
—Vaya, lo siento por él —dijo Emmett sin emoción en la voz—. Puedes decirle de mi parte que no inflo los egos de niñas mimadas de ninguna edad —se puso en pie—. Bella, te llevaré al rancho. Quiero investigar esa pista.
Bella se puso en pie, atrapada entre el enojo de Emmett y la agitación de Edward, sin ninguna salida a la vista. Lamentaba no haber viajado a Jacobsville en su camioneta.
—Puedes volver conmigo —dijo Edward—, y ahorrarle el viaje a Emmett.
«Estupendo», pensó. «No me quedarán pulmones cuando llegue. Se me inundarán con ese perfume caro de Rosalie». Seguramente, el vehículo de Edward apestaba a él.
—No me importa llevarla —insistió Emmett. Edward se aproximó un poco a él, sin pestañear. Llevaba su sombrero de ala ancha inclinado sobre la frente, y todas las líneas tensas de su cuerpo reflejaban agresividad. Estaba buscando pelea.
Emmett lo sabía, y tuvo suficiente sentido común para no permitir que la situación se les fuera de las manos.
—Está bien —dijo de buen grado—. Bella, te llamaré la próxima semana y alquilaremos una película en mi día libre.
—Estupendo —dijo, sonriéndole—. Gracias por el almuerzo.
Emmett se encogió de hombros.
—Me lo he pasado bien. Hasta pronto, Edward.
Edward asintió y Emmett lo rodeó con indiferencia, como si no percibiera la clara amenaza de la postura de Edward.
Bella sabía que estaba furioso. Imaginaba que se debía a lo que Emmett le había dicho a su modelo. Recogió su bolso y se lo echó al hombro.
Edward se volvió hacia ella y la miró con desaprobación.
—Podrías haberte cambiado de ropa en lugar de venir así a la ciudad.
—Si no te gusta cómo estoy, entonces, ve tú a mover el ganado, a recorrer la cerca, a revisar los abrevaderos, a echar heno, a limpiar los establos, a...
Edward levantó una mano y suspiró con enojo.
—Sé que necesitamos más mano de obra. No me gusta que tengas que trabajar.
—Soy la hija de un ranchero —le recordó—. No estoy haciendo nada que no haya hecho desde que papá me montó sobre un caballo por primera vez.
Edward contempló sus grandes ojos castaños y reparó en los círculos que los bordeaban, en las nuevas arrugas de tensión de su rostro.
—Te están poniendo de los nervios, ¿verdad? —le preguntó. Bella no tuvo que preguntarle a qué se refería.
—No he podido cambiarme de ropa porque tenían bloqueada la entrada de mi dormitorio —dijo con rotundidad—. Ya había puesto furioso al ayudante de dirección dejando mis libros sobre la mesa de la cocina. Tuve que guardarlos en la camioneta hasta que rodaron la escena. Es mi casa y tengo que pedir permiso para usar el cuarto de baño. ¡Por supuesto que me están poniendo de los nervios! —inspiró despacio—. Pero necesitamos el dinero, así que no importa.
Edward se dio la vuelta y salió del local. Ella lo siguió a su todoterreno negro. Esperó a que los dos estuvieran montados, con el cinturón abrochado, para arrancar y seguir hablando.
—Sí, necesitamos el dinero —reconoció en voz baja—. Detesto tener que recordarlo, pero es cierto. Quiero que termines tus estudios antes de que busques un trabajo —le lanzó una mirada elocuente—. Deberías estar yendo a fiestas, bailando y divirtiéndote, como otras jóvenes de tu edad, en lugar de hacer las tareas más sucias del rancho.
—Ya veo —asintió—. Me estás animando a que cometa adulterio para poder sacarme una pensión cuando te divorcies de mí.
Edward vaciló y, después, rompió a reír.
—Ya recuperaré el tiempo perdido cuando tengamos la anulación. Mientras tanto, saldré con Emmett en plan tranquilo.
—¿Lo es?
Volvió la cabeza hacia él.
—¿Qué es qué?
—Lo tuyo con Emmett. Tranquilo.
—Emmett es mi amigo, Edward —le dijo—. Sé que crees que estoy asquerosamente chapada a la antigua, pero hice una promesa y pienso guardarla hasta que ya no haga falta.
Edward detestaba el placer que le producía aquella afirmación. Debería darle igual que saliera con hombres. Él quería su libertad. Ni siquiera Rosalie era un riesgo en ese sentido. Isabella, en cambio, sí. Lo iluminaba por dentro. Cuando estaba sombrío, ella lograba animarlo con una pulla, una sonrisa, y ese humor extravagante que la caracterizaba. Nunca había conocido a nadie que lo hiciera sentirse... entero. La idea de perder todo aquello por culpa de otro hombre lo inquietaba. Seguía soñando con ella envuelta en un negligé rojo...
Se desembarazó de la idea. No pensaba abrir esa caja de Pandora. Recordó algo que había dicho Emmett antes de irse.
—¿Qué pista quería seguir Emmett?
—Ni idea —dijo Bella con resuelta despreocupación—, Sacó un bloc, anotó algo y dijo que tenía que seguir una pista.
—Ah.
-¿Sigues sin creer que envenenaron a nuestro novillo?
Edward asintió y la miró.
—Dile a Jasper que arranque esos tréboles que han causado el cólico. Si vamos a alimentar al ganado con hierba, tiene que ser solo eso, hierba.
—Lo haré —dijo Bella, y guardó silencio, deseando poder hablar con él como hablaba con Emmett, sin que desechara sus ideas como si fueran motas de polvo.
—¿Por qué crees que lo envenenaron? —preguntó
Edward de repente.
Bella quería contárselo todo: las cercas cortadas, las vacas preñadas que habían estado a punto de perderse, lo que Hob le había contado, lo que ella le había contado a Emmett, el toro muerto de Fred Brewster... Pero no tenía pruebas, y no quería sentirse vigilada cada vez que saliera a caballo sola por el rancho. Podía investigar ella sola aquellos incidentes, no eran nada del otro mundo. Además, Edward ya tenía demasiados problemas en la cabeza con ese asesinato brutal que estaba resolviendo. Sabía que había visto a la víctima, y eso debía de haberlo afectado.
—Por algo que oí, nada más —dijo pasado un minuto—. Seguramente, no eran más que rumores relacionados con los hermanos Clark. No caen muy bien por aquí.
—Y que lo digas —corroboró, distraído. Tomó la carretera del rancho levantando polvo—. Los han despedido de media docena de trabajos en este último año. No se quedan mucho tiempo en el mismo sitio.
—¿De dónde son? —preguntó Bella con curiosidad.
—No tengo ni idea.
Quizá pudiera comprobarlo ella misma. Jugó con el botón de la ventanilla.
—¿Todavía tienes esa pistola de imitación de calibre 45 que dispara balas del 22?
—Sí, ¿por qué?
—¿Qué tal si la limpias y me buscas un poco de munición? Tengo ganas de practicar el tiro al blanco.
—¿Porqué?
—Hoy estás lleno de preguntas.
—Y tú corta de respuestas.
—Emmett se ofreció a enseñarme.
—Podría enseñarte yo —replicó Edward, un poco tenso—. Tengo más puntería que él.
—Lo sé, pero últimamente estás tan ocupado... —lo vio frenar ante el enorme camión que bloqueaba la entrada y rodearlo por la hierba—. Yo no sé hacer eso —comentó, e hizo una mueca al ver la zanja que esquivaron por solo cuatro centímetros—. Me caería a la zanja si lo intentara.
—Con esa actitud, sin duda —dijo Edward, y detuvo la camioneta ante el porche delantero. Estaba desierto, para variar—. ¿Por qué odia Emmett a las modelos? —preguntó de pronto.
Bella vaciló, pero su lealtad a Edward era más fuerte que su lealtad a Emmett.
—Su madrastra era modelo —le dijo—. Y rompió a la familia.
—Un duro golpe.
Bella asintió.
—Tan duro como él —bromeó.
Edward no sonrió. Alargó la mano y tiró de un mechón de pelo castaño que había escapado de la trenza de Bella. Lo giró en tomo al pulgar y lo observó. Bella escrutó despacio sus ojos negros.
—Mi calidad de vida disminuiría sin ti —barbotó—. Aunque te casaras con una imponente modelo de fama mundial.
Edward enarcó las cejas.
—¿Casarme?
—Cierto, es una palabra sucia. Dios quiera que nunca te pongas un anillo que no esté unido a una granada o algo así —puso la mano en el tirador de la puerta, con intención de salir, pero Edward deslizó los dedos detrás de la nuca de Isabella y atrajo su rostro con suavidad, pero con firmeza, hacia él.
—Ya estoy casado —susurró, y unió sus labios firmes a los de ella con fiereza durante un momento fugaz. La soltó y se apeó del vehículo mientras ella todavía se estaba recuperando de la sorpresa.
Edward abrió la puerta de Bella y le puso las manos en la cintura para ayudarla a bajar. La sostuvo delante de él durante unos segundos cargados de intensidad.
—No te encapriches mucho con Mcarthy. No estaremos casados mucho más tiempo, pero seguiré sintiéndome responsable de ti. Mcarthy es un hombre difícil. Tiene un pasado turbio del que no puedo hablarte. Tendrías más oportunidades domesticando a un lobo.
La parte de que no seguirían casados mucho más tiempo era inquietante. Bella intentó no reaccionar. ¿Qué estaba diciendo? Algo sobre Mcarthy...
—Emmett es mi amigo —le dijo. Edward inspiró hondo.
—Y mío. Más o menos. Pero... no te acerques demasiado a él. No es lo que parece.
Bella le sonrió.
—De acuerdo.
Edward la miró a los ojos con vacilación, bajó la vista a sus labios y la desvió. La zarandeó con mucha suavidad, antes de soltarla.
—También me preocupa que estés sola en el rancho, con Sue y los chicos como única compañía. No estaría mal que Emmett te enseñara a tirar al blanco. Nadie sabe más de armas que él —elevó la barbilla—. Bueno, excepto yo —añadió con una voz grave y dulce que acarició la espalda de Bella como si fuera terciopelo. Su poderoso cuerpo se puso ligeramente rígido—. Isabella, ¿seguro que no quieres que te enseñe yo? —preguntó de improviso.
—No quiero robarte tu tiempo libre, Edward —dijo, sin darle importancia—. Trabajas bastante y te mereces un poco de relax.
—¿Intentas decirme algo? —inquirió con curiosidad.
—En realidad, no. Salvo que sé que te gusta pasar tus ratos libres con la señorita Hale.
La miró con ojos entornados.
—¿Estás celosa? —preguntó con voz suave, lenta, como si acabara de considerar esa posibilidad. Isabella contuvo el aliento. Tenía el corazón desbocado, y no podía arriesgarse a delatar sus sentimientos. No quería atraparlo haciéndolo sentir lástima por ella.
—Es un matrimonio de conveniencia, Edward, tú mismo lo has dicho. Puedes hacer lo que quieras —añadió con franqueza—. Deja que sea Emmett quien me enseñe a usar una pistola. Le gusta estar conmigo.
En aquel momento, la pausa fue larga e intensa. Edward no dijo nada más, pero respiraba de forma tan controlada que Isabella adivinó que estaba furioso. No entendía por qué. Era evidente que estaba colado por Rosalie Hale, ¿por qué le importaba que recibiera lecciones de Emmett? Quizá fuera un comportamiento típicamente varonil. Había tantos rituales masculinos que las mujeres nunca acababan de comprender...
—No voy a entrar —dijo Edward con aspereza—. Te veré la próxima semana.
—Claro. Gracias por traerme.
Bella no volvió la cabeza mientras subía al porche. Entró directamente por la puerta principal y tropezó con un cable, cayó de cabeza contra una silla y echó a perder una escena que estaban rodando.
—¡Genial! ¡Era la toma número dieciséis! —masculló, encolerizado, el ayudante de dirección, Gary Mays, mientras la estrella, Royce King y dos actores secundarios se lo quedaban mirando—. ¡Mujer torpe y estúpida!
Isabella se incorporó con la ayuda de un cámara y se enderezó enseguida. Se acercó con paso enérgico al ayudante de dirección y lo traspasó con la mirada.
—¡Escúcheme bien, tirano idiota e irascible! ¡Este es mi salón! Llevo días caminando con pies de plomo, tratando de no estorbar, y no es culpa mía que esta casa parezca un campo de minas con tanto cable. ¡No había ningún letrero que avisara que estaban rodando! Y hábleme con educación cuando se dirija a mí, ¿me ha entendido?
El ayudante de dirección profirió una exclamación y empezó a farfullar mientras los actores, el técnico de sonido, el cámara y los ayudantes reían de forma ruidosa. Bella oyó otra carcajada a su espalda, grave, lenta y apreciativa.
—Tiene temperamento, Gary —le dijo Edward al ayudante de dirección—. No conviene sacarla de sus casillas.
—Ya veo —Gary rió, pero sin humor—. Disculpe, señorita Swan —murmuró a regañadientes; ella asintió con rigidez—. La próxima vez pondremos un cartel — añadió, y se dio la vuelta.
Bella miró a Edward con curiosidad, porque la sorprendía que hubiera entrado en la casa. No sabía que la había visto caer y que había entrado corriendo para cerciorarse de que no se había hecho daño. En aquellos momentos la estaba mirando con un extraño fulgor en sus ojos negros.
—¿Estás bien? —le preguntó Edward en voz baja, y se acercó para observarla. Ella asintió, sintiéndose halagada por su preocupación.
—Un poco desconcertada, nada más. Tropecé con la luz.
Edward también asintió. Pero la manera en que la miraba en aquellos momentos era diferente. Nueva. En absoluto familiar.
Bella se quedó pensando en aquella mirada toda la noche, sin llegar a entenderla.
Rosalie Hale seguía furiosa y no era muy diplomática. A la mañana siguiente, estaba esperando a Bella antes de que encendieran los generadores.
—Dile a ese... a ese patético policía de pueblo que me pondré los zapatos que me apetezcan —masculló con mirada llameante. Bella abrió los ojos de par en par.
—¿Perdón?
—Por supuesto que sé andar con tacones —prosiguió Rosalie, sin arredrarse—. Y le prohíbo que me dirija la palabra a partir de este momento, nunca más. Solo estaba siendo amable con él. ¡A saber por qué!
Bella seguía demasiado sorprendida para contestar; la modelo estaba hecha una furia.
—¡Y no estaba tonteando con él! —continuó diciendo Rosalie Hale—. Solo intentaba ser educada. Hizo que me sintiera como un caso de sarampión. ¡Pues no estoy interesada en ningún poli paleto, cuando puedo tener al hombre que se me antoje! ¡Díselo!
La reacción de la mujer a la actitud de Emmett le resultaba curiosa, por decir algo.
—A Emmett no le gustan las mujeres —dijo Bella, tratando de suavizar el golpe. No podía explicarle la reacción de Emmett, no le correspondía a ella hacerlo.
—Tú le gustas —fue la áspera réplica de Roslaie, seguida de una mirada que decía claramente: «A saber por qué».
—Solo soy una ranchera —dijo Bella con suavidad—. No me pongo ropa bonita, ni coqueteo, ni lo amenazo de ninguna manera. Somos amigos.
La modelo seguía enojada.
—Apuesto a que de pequeña te malcriaron —masculló distraídamente—. Estaban pendientes de ti a todas horas y te daban todo lo que querías. La niña de papá — añadió con sarcasmo
Bella se puso tensa.
—En un rancho no se malcría a nadie, señorita Hale —replicó con frialdad—. No hay tiempo. Todo el mundo contribuye, o el negocio se va a la ruina.
—¿Por qué pasa Edward tanto tiempo aquí? —preguntó de improviso. Bella enarcó las cejas.
—Es el dueño de la mitad del rancho. Entre los dos lo dirigimos, y los únicos ingresos que entran son los de Edward... y lo que recibiremos por dejarlos rodar aquí la película.
—Entonces, es por eso... —murmuró Rosalie despacio, y se sonrojó—. Pensaba que los Rangers de Texas ganaban mucho dinero. Son especiales.
—Más de lo que se imagina —le espetó Bella, defendiendo a su marido— Pero no ganan sueldos de príncipe, y un rancho de ganado acarrea muchos gastos.
—¿Y por qué no vende su parte?
—Porque yo no puedo permitirme comprársela — respondió Bella con rotundidad—. Puede que esto no le parezca gran cosa, pero lleva en mi familia, y en la de Edward, más de un siglo. Ni él ni yo lo venderíamos a no ser que estuviéramos muriéndonos de hambre.
—No es más que un trozo de tierra con un poco de hierba encima.
Bella entornó los ojos con frialdad.
—La familia es importante; la tradición, también. El deber, el honor, y la responsabilidad. El dinero, no —añadió con rotundidad, y con desprecio inconfundible en la voz, mientras miraba a la modelo de arriba abajo de forma ofensiva. Rosalie levantó el mentón con altivez.
—¿Estás enamorada de Edward?
—Es mi socio —dijo Bella con aspereza.
—Me alegro. No te hagas ilusiones con Edward —añadió Rosalie—. Tengo planes para él.
—¿Para qué? ¿Para que haga de criado suyo? —preguntó Bella, demasiado enojada para escoger mejor las palabras—. ¿O solo colecciona a hombres y los valora por los regalos que le hacen? Supongo que una mujer como usted nunca podría conformarse con un solo hombre.
Rosalie se quedó helada, y se puso en jarras.
—¡No sabes nada de mí!
—¡Ni usted de mí! —fue la respuesta—. No vuelva a darme avisos sobre Edward. Nos conocemos desde que yo llevaba zapatos de charol. No crea que lo arrancará de mi vida por una amistad de unas cuentas semanas, señorita Hale. Puede que lo distraigan una cara y una figura bonitas, pero no es tonto. Puede ver la fealdad que se esconde tras el resplandor.
Rosalie se quedó sin aliento. Después, sonrió con frialdad.
—Si esto es un concurso, ya lo has perdido —le dijo con suavidad, pero lanzando fuego por sus ojos verdes—. Edward hará lo que yo quiera. Estáis apurados de dinero, ¿verdad? Entonces, ¿cómo ha podido comprarme esto?
La modelo levantó la mano y le enseñó un anillo de esmeralda que debía de costar cientos, si no miles, de dólares. Bella sintió náuseas. Edward no era dado a comprar regalos a las mujeres, salvo en Navidad, y siempre era algo útil, no frivolo. A Bella le había regalado una chaqueta de cuero el año anterior. Para comprar algo tan caro como aquel anillo debía de estar locamente enamorado.
Bella no dijo nada más. Tenía el corazón hecho añicos. Bajó los ojos y se dio la vuelta; regresó a la casa con la espalda bien recta.
Detrás de ella, la pelirroja hizo una mueca y apretó sus hermosos labios. En el fondo, le dolía ver a la joven alejarse con su acerado orgullo visible en su porte rígido.
Interrumpieron el rodaje al cabo de unos días para trasladar el equipo a la ciudad y filmar allí durante una semana. Isabella podía disfrutar de la casa temporalmente... salvo por los materiales que habían dejado y que tenía que sortear.
Edward no regresó hasta el miércoles siguiente, y lo hizo con Rosalie. Bella acababa de ensillar su yegua, y la estaba sacando del granero cuando detuvieron el coche delante del porche. Había guardado un rifle en la funda que colgaba de la perilla. Iba vestida con botas, chaqueta y pantalones vaqueros, y un Stetson negro viejo bien calado en lo alto de su rubia cabeza.
—¿Adonde vas? —le preguntó Edward, mientras ayudaba a Rosalie a bajar del todoterreno. La modelo llevaba un vestido verde de seda que parecía sencillo y debía de costar un riñón. Comparada con Isabella, parecía una reina. El vestido hacía juego con el anillo de esmeralda y diamantes que Edward le había comprado. Los destellos que despedía herían a Bella en el corazón.
—Voy a recorrer la cerca —le dijo con voz inexpresiva. No añadió que habían cortado otra alambrada. Jasper acababa de llamarla por el móvil para contárselo. La estaba esperando con dos de los vaqueros.
—¿En pleno día? —preguntó Edward, con el ceño fruncido—. Hemos venido a almorzar. Acompáñanos.
—Podéis almorzar con Sue —le dijo, y montó ágilmente sobre la silla— Tengo trabajo que hacer.
—¿Por qué no estás hoy en clase? —insistió Edward, molesto por su actitud sombría.
—Mi profesora de matemáticas tiene a su hijo enfermo, y el de inglés anuló la clase para ir a un funeral.
Edward reparó en el rifle y frunció el ceño.
—¿Y esa arma?
Bella tomó las riendas en sus manos enguantadas y lo miró con enojo. Rosalie estaba de pie junto a él, muy cerca.
—Siempre llevo un rifle —dijo—. Los hombres han visto un lobo —mintió.
—No puedes matarlo —dijo Edward con aspereza—. Va en contra de la ley.
—Lo sé —replicó con acritud—, pero puedo asustarlo con un par de tiros si amenaza al ganado.
—¿Has comido?
Dios, era insistente.
—He desayunado —le dijo—. De todas formas, no suelo almorzar. Tengo que irme.
Hizo girar a su caballo, sin saludar ni mirar a Rosalie, y se alejó antes de que Edward pudiera decir nada más.
—No me gusta —masculló—. Le pasa algo. La noto rara.
La modelo se colgó de su brazo y forzó una sonrisa.
—Me encantaría comer algo, Edward —le dijo—. Vamos. Las adolescentes son muy volubles. Yo lo era, a su edad.
—Isabella tiene veinte años. Casi veintiuno.
Aquello fue una sorpresa; Rosalie la había tomado por una jovencita. Vio a su rival con nuevos ojos. El anillo que llevaba la había hecho sufrir. Claro que a ella no debería importarle...
— Aún es muy joven — insistió —. Está en la edad en que se olvida con facilidad —añadió, más por su propio beneficio que el de él—. Vamos. Dame de comer.
Edward estaba viendo a Isabella alejarse a caballo, y se sentía vacío. No lo había mirado a los ojos. No le había sonreído. Y ¿por qué necesitaba un rifle? ¿Por qué iba a revisar la cerca ella sola?
Quería respuestas. En cuanto dejara a Rosalie en la localización de Jacobsville en la que estaban rodando, regresaría para sonsacárselas a Isabella.
Bella encontró a su capataz, Jasper, y a Brad, uno de sus tres hombres de media jornada, arrodillados junto a un toro en el pasto en que habían cortado la lo peor, desmontó y se arrodilló junto al animal. Era un toro Hereford, el mejor que tenía. Estaba muerto.
—¡Maldita sea!—masculló.
—Lo siento —le dijo Jasper—. Pensaba que estos toros estarían a salvo. Debería haberlo visto venir.
—No es culpa tuya, Jasper. Pero esta vez, quiero respuestas. Quiero que venga el veterinario enseguida, y que tome una muestra de sangre. Si ha sido envenenado, como los demás, quiero pruebas. Dejaré las clases y buscaré un trabajo para pagar sus honorarios, si hace falta.
—Lo llamaré ahora mismo —la tranquilizó Jasper.
Bella dio una palmadita al toro en la cabeza, sintiendo deseos de llorar. Había albergado tantos planes para él en su nuevo programa de cruces... Se lo veía tan indefenso, tan vulnerable...
Se levantó y se acercó a la alambrada. El método con que la habían cortado era el mismo que el de las dos cercas anteriores. La misma persona. Suspiró con furia e impotencia. Alguien intentaba retirarlos del negocio. Tenía que ser Jack Clark, pero ¿cómo podía demostrarlo?
Jasper se guardó el teléfono y se acercó a ella.
—El veterinario ha dicho que vendrá a eso de las cinco. Me llamará cuando salga para acá. Deberíamos sacar fotografías de la cerca cortada —añadió—. He guardado los otros alambres, como me pediste. Y deberías contárselo a Edward o, al menos, a la policía local —dijo con firmeza—. Es peligroso que cabalgues por aquí fuera tú sola, aunque lleves rifle.
Bella sabía que tenía razón, pero le dolía reconocerlo. Además, no iba a hacer lo que Jasper le pedía.
—A partir de ahora, revisaré la cerca con uno de los hombres —mintió con convicción.
—Bien —Jasper la acompañó a su yegua—. Traeré una película y usaré la cámara del barracón para sacar fotografías del cuerpo.
—Oye, Jasper. Edward ya tiene bastantes problemas con el caso que está resolviendo en Victoria. No quiero que lo preocupemos con esto.
—Es dueño de la mitad del rancho —le recordó el capataz con firmeza—. Tiene derecho a saber lo que está pasando.
—Se lo conté hace varias semanas, pero no quiso escucharme —replicó Bella—. Cree que me lo estoy inventando para llamar la atención. Además, está tan embelesado con esa modelo pelirroja que ni siquiera me oye... —tragó saliva—. Lo siento. Tiene muchas cosas en la cabeza. Yo, también.
Jasper la miró con compasión, pero estaba preocupado, y se notaba.
—Si me pregunta, Bella, tendré que decírselo.
Ella se encogió de hombros.
—Haz lo que debas, Jasper. Pero solo si te pregunta. ¿Trato hecho?
—Trato hecho—sonrió.
—Y quiero saber qué dice el veterinario.
—Por supuesto.
Hizo girar a su montura y cabalgó de regreso al rancho. Pero, a mitad de camino, desmontó bajo un nogal y se sentó al pie del árbol. No pensaba volver hasta que Edward y su novia no hubieran terminado el almuerzo y se hubieran ido. El día iba de mal en peor, pensó con desolación.
Edward hace que me den ganas de golpearlo e.e , tan ciego que es.
¡Feliz año nuevo! Un poquito adelantado, pero espero pasen una excelente noche & la disfruten mucho. Que este nuevo año sea mejor.
¡Gracias por los Reviews, Fav & Follow!
Espero hayan disfrutado del capitulo & esperen el siguiente. ¿Reviews?
StayGirl22
