7
Aquellos que lo desafiarán tres veces
La humedad le había hecho arder las fosas nasales. El olor a la cera líquida de las velas le produjo un fuerte dolor de cabeza. La oscuridad hacía que no pudiera distinguir si tenía los ojos abiertos o cerrados. Sentía dolor en las extremidades y en el pecho. Estaba en completa oscuridad y silencio, no podía hablar aunque tratase, no sabía cómo, no sabía dónde estaba, ni quiénes estaban con él. Intentó abrir y cerrar los párpados, había perdido las gafas. Buscó desesperadamente a Lily, pero sus manos no podían moverse, las tenía atadas. La garganta se le había cerrado, trataba de gritar, pero era imposible. Desesperado, sacudió su cuerpo: tenía que encontrar a Lily. Pensó en Harry y tuvo miedo. Soltó un hilo de voz, lo que parecía un ahogo.
–¿Quién de ustedes ha despertado? –dijo la voz de Donovan Juk en las sombras.
James intentó volver a hablar, pero la garganta se lo impedía, hacía un esfuerzo descomunal.
–No te esfuerces –volvió a decir la voz parsimoniosa de Juk–, no recuperarás la voz ahora.
James volvió a sacudirse.
–Qué impaciente –rio Donovan–. ¿Quién eres?
Con un chasquido de dedos una luz emergió de las velas en los candiles. La habitación comenzó a aclararse poco a poco, hasta que se iluminó con una luz casi azul. James pudo divisar, a pesar de la ausencia de sus gafas, que no estaba solo. A su lado estaba Lily, sujetada a unos grilletes, parecía inconsciente. James la examinó rápido con la mirada y comprobó con alivio que aun respiraba. Giró rápidamente y vio a Remus, Sirius, Alice y Frank, también capturados.
–Así que eres tú, Potter.
Donovan Juk había cambiado mucho en los últimos años, no era tal cual lo recordaba. Parecía ser un hombre enfermo, con el semblante pálido y desmejorado. James lo miraba impotente, sin poder hablar, sin poder respirar bien.
–Tendría que haberte imaginado, haciéndote el valiente como siempre.
James observó que al fondo de la habitación, bajo el reflejo momentáneo de una vela, estaba Severus Snape, que sin expresión también le dirigía la mirada.
–Tienen mucha suerte de estar aquí –comenzó a decir Donovan, caminando frente a ellos–. Otros no habrían tenido esa fortuna. Verán al Señor Tenebroso antes de morir.
Un quejido se escuchó, Remus había despertado, miró conmocionado a su alrededor, vio a James y luego a Donovan, intentó hablar y moverse y se dio cuenta que tampoco podía hacerlo, estaba atado a algo invisible. James lo miró, pidiéndole que se tranquilizara.
–¡Ah, Lupin! –sonrió Donovan, cruzándose de brazos.
Y casi instantáneamente los demás comenzaron a despertar también. Confundidos, aturdidos y adoloridos. Miraban nerviosamente a Donovan y luego a Snape.
–Deberías matarlos ya –dijo Snape, con la voz fría–. Acaba de una vez por todas con ellos.
–No he pedido tu opinión.
–Mátalos y resuelve esto.
Snape salió de la habitación, girando su capa al aire, molesto, sin que Donovan pudiese decirle algo más. Sirius temblaba de ira, deseaba poder liberarse de aquello y molerle el rostro a golpes. Volvió a inquietarse y a forcejear contra los grilletes
–Black, me comienzas a molestar –dijo Donovan, sacando la varita–. ¿Cómo podría callarte?
Lanzó una potente descarga de cruciatus sobre Sirius, que comenzó a retorcerse de dolor, sin poder gritar. Los demás intentaron escapar de nuevo, sin oportunidad. Remus, que se encontraba al lado izquierdo de Sirius, intentó ayudarle, pero era inútil.
–¿Quisieras tú un poco de esto, Lupin? –dijo Donovan, acercándose a él, cerrando ligeramente los ojos y sonriendo socarronamente–. Ah, no… no. Yo sé qué es lo que a ti te sucede. ¿Acaso estás molesto por algo, Lupin? ¿o por alguien? –rio, cruzándose de brazos y apoyándose sobre un muro–. Sí, debes estarlo. No te culpo, mira que una mujer así te haya abandonado. Sí, deberías molestarte. Pero no te preocupes, yo la he cuidado muy bien y ella no se podrá negar, ha estado en las mejores manos.
Remus no se movió, no quería darle más oportunidad para que siguiera con ello.
–Y te aseguro que no te ha extrañado un solo momento –Donovan se acercó a Remus, sonrió cuando lo tuvo cara a cara–. Dime, ¿qué se siente, Lupin?, ¿qué se siente saber que la mujer que quieres está en brazos de otro?, ¿qué se siente saber que no te pertenece?
Remus temblaba de furia, en su mirada triste y abatida se reflejaba el repudio y el profundo e intenso amor que sentía por aquella mujer. Donovan pudo verlo.
–Lo sé –sonrió frente a Remus, se alejó con un paso brusco, caminó lánguidamente por aquella enmohecida habitación, los miraba de reojo–. Roosevelt es una mujer especial.
Los aurores tenían una expresión enfermiza, habían sido atacados con poderosos hechizos. James temía por la salud de Lily, pues ella aún amamantaba a Harry, se encontraba muy débil y pálida, aunque de pie atada a sus propios grilletes.
–Es una lástima que los mejores aurores tengan un final tan triste –siguió Donovan, con la mirada sobre ellos–. Aunque con la mejor de las suertes, no cualquiera ve al Señor Tenebroso antes de morir.
Sirius no paraba de forcejear, Donovan soltó una sonrisa que los perturbó. Él sabía perfectamente dónde estaban, adónde los llevaría, sabía qué hacer con ellos. No le temían, pero no querían cometer alguna tontería precipitada.
Unos pasos se escucharon, provenientes del exterior. Donovan sonrió con malicia. Detrás de él se abrió una puerta, crujiendo estruendosamente. Ninguno de ellos miró, la habitación casi estaba en penumbra.
–Malfoy ha pedido verte –dijo la voz de un chico.
Bartemius Crouch Jr. entró en la habitación, sin mirar a los prisioneros, se dirigió a Donovan y éste no le miró, pues no quería perderse ningún detalle de aquella escena, quería disfrutar de cada expresión, de cada rostro.
–¿Qué es lo que quiere? –dijo Donovan, todavía sin mirarle.
–Hablar contigo. Sobre ellos.
Donovan no dijo nada más. Crouch no había llegado solo. Ahí estaba ella. Entró en la habitación como una sombra. Su rostro se aclaró a la luz de las velas, un rostro ya olvidado, sus facciones se habían hecho borrosas con el paso del tiempo, pero ahora estaba ahí, más viva que nunca. Estaba ahí sin explicaciones, para al fin verlos frente a frente. Con pasos silenciosos, apareció Dian Roosevelt frente a ellos.
–¿Por qué esta habitación?
Su voz, se había hecho profunda y parecía distinta. Se había dirigido a Donovan. Pero ellos no pudieron mirarla de pronto: era cierto, ella se había unido a los mortífagos.
Dian también los miraba con un gesto que ella misma no hubiese podido reconocer; las cejas ligeramente plegadas y la profunda consternación que supo ocultar. El corazón le dio un vuelco, Remus no la miraba. Remus estaba ahí. Ella se quedó de pie en la habitación. Sirius, en cambio, le sostenía la mirada. Ella caminó hacia otro punto de la habitación, donde había una mesa vieja y polvosa. Pasó una mano sobre la superficie y disolvió el polvo que se había quedado en su dedo. Sin querer, su mirada se cruzó con la de Lily. Dian sintió un escalofrío en la nuca, ella se veía terrible.
–Fue la genial idea de Severus –respondió Donovan.
–Está esperándote –dijo la voz insistente de Crouch.
Donovan volvió la mirada hacia Dian. Ella por unos segundos lo hizo también. Él la tomó de la barbilla y le dijo con suavidad.
–Sé buena con ellos, por favor –sonrió.
Se acercó a sus labios, los rozó y giró el rostro hacia Remus. Salió de la habitación.
Crouch miró a Dian, esperando instrucciones, pero como pocas veces ella se había quedado petrificada sin saber qué hacer. Crouch le apartó la mirada, después de todo entre mortífagos todavía existían los favores.
Dian temblaba, aunque lo ocultaba. El peso de los años caía sobre sus hombros. Lily la observaba con sus grandes ojos esmeraldas: no podía reconocer a Dian, la notó mucho más delgada, pálida, con las mejillas casi hundidas, además en el antebrazo izquierdo llevaba la marca tenebrosa. El silencio reinó durante unos segundos. Hasta que la voz firme de una débil mujer se dio por vencida.
–Hazte cargo de ellos –dijo Dian de pronto a Crouch, dio vuelta y estaba dispuesta a salir sin ser notada.
–No huyas más.
La voz quebrada y recién recuperada de Sirius Black le había detenido. Dian lo miró. Algo dentro de sí la obligó a ir con él, a retarle, a hacerle saber con quién se estaba metiendo ahora. Las velas parecían intensificarse y el rostro aturdido de Dian se había envuelto en furia.
–Crouch, vete y que nadie entre.
Barty salió inmediatamente, asegurándose de que nadie interrumpiera cualquier cosa que sucediese ahí adentro.
La tintineante flama de las velas se escuchaba al rozar con el viento que se filtraba. Las miradas de Sirius y de Dian se desafiaban mutuamente. Ella se acercó, Sirius no quitaba los ojos de encima. Como si fuesen dos extraños que nunca en la vida se hubiesen conocido.
–No te ha bastado con traicionarnos –dijo Sirius, recobrando el grosor natural de su voz–. Sino que tampoco te atreves a mirarnos.
–Te has olvidado con quién tratas ahora –respondió ella, con la voz fría.
–¿Tú? –sonrió Sirius con sorna–. ¡Mírate! Eres una cobarde, sin poder siquiera darnos la cara.
Dian sacó la varita, sin apartar la vista de Sirius. Sus ojos y la punta del roble estaban encendidos. Tenía el rostro desencajado. Remus no la miraba, pese a que estaba a pocos centímetros de ella. Sirius no se inmutó, seguía desafiándola, aunque en el fondo tenía miedo de que ella hubiese cambiado lo suficiente como para matarlo ahí mismo.
–¿En qué te has convertido, Dian?
Lily también había recuperado la voz. Su debilidad apenas le permitía hablar. Dian instantáneamente la miró, con los ojos llenos de dolor, como queriendo decirle muchas cosas al mismo tiempo. Pero el orgullo le impidió desbaratarse en ese momento.
–Lamento informarte que esta es mi vida ahora –le respondió. Su varita se apagó, miró a Sirius y dio la vuelta.
Nadie volvió a decir nada. El silencio se hizo una vez más por unos segundos.
–He encontrado todo lo que necesitaba aquí –siguió Dian, sin que nadie la interrumpiera–. No podría pedir más.
–¿Por qué? –James le miraba también–. ¿Por qué lo hiciste?
–No te responderé ninguna pregunta, Potter –dijo ella, con firmeza-. Ustedes son prisioneros.
–¿Quién te ha dicho eso? –le dijo Sirius–. ¿Tu gran Señor Tenebroso?, ¿el tan temido Voldemort?
Dian guardó silencio, un prolongado silencio.
–Estás a tiempo –dijo Lily.
–¿A qué te refieres? –preguntó Dian, torciendo una sonrisa.
–Puedes volver. Volver con nosotros.
–Tuve una oportunidad. Y no lo hice. No tendría por qué hacerlo ahora.
–Tú no eres feliz aquí –siguió Lily, con firmeza–. ¿Qué te han hecho? No encontrarás nada que hayas buscado siempre, porque ya lo tenías antes.
Dian sabía perfectamente a qué se refería. Remus permanecía con la cabeza agachada. Dian lo miró de soslayo y regresó a Lily.
–No recuerdo nada de mi vida pasada. No tengo pasado, no tengo recuerdos.
–Mientes –dijo, Lily de tajo–. Lo sabes bien.
–¿Saben? Puedo ahorrarles ver al Señor Tenebroso. Si yo quisiera podría acabar con esto ahora mismo.
–Pero no lo has hecho –dijo la voz de Remus, al fin.
Ella no sabía lo mucho que había extrañado esa voz hasta que la volvió a escuchar.
–¿A cuántos inocentes has matado? –preguntó Sirius, enfurecido–. ¿Dónde están tus padres?, ¿hasta dónde has llegado?
Dian lo miró y luego sonrió, abiertamente. Por supuesto, no les diría nada.
–Buena suerte –dijo y se dirigió hacia la puerta de la habitación.
Los dejaría morir junto con sus recuerdos y con el pasado. Dejaría que Voldemort los matara y así ella consiguiera su objetivo. Pero, de pronto, el objetivo había desaparecido.
–Un mortífago vampiro, vaya cosa…
La voz de Sirius había soltado aquello. Dian se quedó paralizada. Ellos lo sabían. Los miró incrédula. Lily, pálida y débil, estaba a punto de perder el conocimiento. Dian le lanzó un hechizo. James horrorizado intentó desencadenarse, sin poder hacerlo, gritaba a su esposa. Lily sintió que un calor le recorría el cuerpo, como si una poderosa carga de energía se hubiese volcado sobre ella. Se sentía bien, viva, gracias a Dian, quien ya había desaparecido de la habitación.
–Siguen prisioneros –decía Donovan, ante la expresión de Lucius.
–¡No entiendes! –vociferaba éste, con un profundo miedo en la mirada–. ¡El Señor Tenebroso los quiere ya, ahora mismo!
–No puedo confiar en tu palabra, Malfoy –siguió Donovan–. Sabes que esta misión es mía. ¿Por qué habría de dejarte llevar mi crédito?
–¿Acaso no lo entiendes, estúpido? –gruñó Lucius–. ¡El Señor Tenebroso ha pedido ahora mismo que los lleves! ¿Cómo te atreves a desafiar sus órdenes?
–¡Porque estas órdenes no son de él, sino tuyas! –dijo Donovan, también encolerizado–. ¿Por qué no viene él mismo por ellos?
Lucius exasperado tomó su varita y lanzó un hechizo hacia Donovan, quien logró esquivarlo. Lucius volvió a lanzar uno tras otro. De pronto, Severus Snape apareció para poner fin a eso. Soltó un expelliarmus que desarmó a Malfoy y a Donovan.
–Par de idiotas –dijo con su arrastrada forma de hablar–. ¿Acaso quieren terminar muertos con los aurores?
–¡El Señor Tenebroso quiere tenerlos ahora! –gritó Malfoy, perturbado–. ¡Y si no cumples con sus órdenes irás a la horca Juk!
Malfoy salió como bólido. Donovan se quedó aturdido. Snape lo miró con un extraño gesto, como si pudiese leer sus pensamientos, como si adivinara lo que él estaba tramando.
–Iré por ellos –dijo al fin, apartando su vista de Snape–. Los llevaré con él.
Salió en busca de los aurores, pero mentía. No los llevaría con él, los mataría para que Lucius no tuviese oportunidad de robarle el mérito, después de todo sólo eran unos aurores, como todos. Snape también salió de la habitación, por supuesto, había leído los pensamientos de Donovan con la facilidad de la legeremancia. Rápidamente fue hacia donde se encontraban otros mortífagos más, entre ellos Bartemius Crouch.
–¿Dónde está Roosevelt? –preguntó Snape, apresurado.
–Estaba en la habitación de los prisioneros –dijo Crouch–. Pero ya habrá salido de ahí, supongo.
–Escucha muy bien –comenzó Snape, procurando no ser escuchado por nadie más–, avísale que Juk estará distraído. Ella sabrá.
–¿Distraído?
–Díselo.
–¿Distraído por qué?
–¡Sólo díselo, idiota!
Crouch salió en busca de Dian. Supuso que estaría cerca de la habitación donde los aurores estaban capturados. Fue hacia allí, rápidamente, mientras Snape se apartó por otro camino. Había leído los pensamientos de Donovan, sabía adónde se dirigía e iría por él.
Dian se había quedado fuera de la habitación, no había ido a ninguna parte, estaba apoyada sobre la puerta, con las manos detrás de su cadera, cerrando los ojos, pensando en la forma de regresar ahí adentro y decir lo que tenía que decir, lo que su corazón le estaba pidiendo a gritos. Era presa de su propia ansiedad, le costaba respirar y quería salir huyendo. Dio un salto cuando Crouch llegó de prisa, interrumpiéndola de sus pensamientos.
–¡Severus me ha pedido que te buscara! –dijo alterado–. ¡Ha dicho que Donovan estará distraído… que ya lo sabes!
Ella lo miró extrañada, ¿qué diablos quería Snape? No comprendió las palabras hasta que un estallido se escuchó a lo lejos, proveniente de alguna de las habitaciones. Dian comprendió todo. De pronto miró a Crouch, se mordió el labio inferior y frunció el ceño, como si dudara de algo.
–Dime, ¿te ha dicho algo más? –preguntó ella.
–No, nada más.
Dian asintió, aún ensimismada, miró nuevamente a Crouch que comenzaba a extrañarse con esa actitud y gestos de ella, parecía una niña pequeña e insegura. Dian se alejó de la puerta y se dirigió a él.
–Bien, vamos.
–¿A dónde? –preguntó el chico, extrañado.
–¡Imperio! –exclamó Dian y lanzó la maldición al cuerpo de Barty, quien quedó paralizado, sin control sobre sí mismo.
–¿A dónde? –preguntó Barty una vez más, con una voz casi monótona y muy débil, su voluntad ya no le pertenecía.
–Por los aurores –respondió Dian.
Los aurores se habían quedado de nuevo en la oscuridad, sin la luz de las velas. Habían recuperado la voz, pero no su movilidad. Estaban listos para cualquier cosa, menos para morir, sabían que ese día no sería. Lily estaba sorprendida, Dian le había ayudado; se quedó pensativa. Remus no podía ocultar su gran dolor, pues mientras los demás charlaban entre sí para saber cómo se encontraban, él apenas hablaba.
Un golpe se escuchó y la puerta fue abierta. Pensaban que Donovan había vuelto para entregarlos a lord Voldemort, pero las velas se volvieron a encender violentamente y no vieron el rostro de Donovan, sino el de Dian Roosevelt, que entraba rápidamente a la habitación seguida de Crouch.
–Primero a ella –le ordenó Dian.
Crouch sin titubear se dirigió a Lily, ella se estremeció de miedo, pero Crouch no la iba a lastimar. Lanzó un encantamiento que la liberó de los grilletes. Lily quedó libre. Al mismo tiempo Dian había liberado a Sirius, James y finalmente a Remus. Éste se miraba los brazos, adoloridos. Barty terminó por liberar a Alice y Frank.
Dian lanzó un hechizo más contra uno de los muros que se desmoronó en un instante. Los ladrillos se apartaron uno por uno. Ella se dirigió a Crouch.
–¿Qué fue lo último que hiciste hoy? –preguntó rápidamente.
–Hablar con Dian Roosevelt y liberar a los aurores –respondió él, con la vista perdida.
–¡Obliviate! –Dian lanzó un hechizo y Crouch pareció haberse golpeado con algo y siguió con la vista perdida–. ¿Qué fue lo último que hiciste hoy?
– Recibir órdenes de Severus Snape –respondió una vez más.
–¡Obliviate! –Dian volvió a atacarlo con aquel encantamiento–. ¿Qué fue lo último que hiciste hoy?
–Entrar en la habitación de mortífagos y… y… –respondió Crouch.
–Bien –dijo ella, resuelta–. Irás nuevamente a la habitación de los mortífagos. No recordarás nada de esto. Una vez que estés allí te harás un obliviate tú mismo y luego dormirás. ¿Entendido?
Crouch salió de la habitación, mientras los aurores observaban incrédulos, ¿adónde los llevaría?, ¿qué haría con ellos? Quizá la habían subestimado y estuvieron muy cerca de haber sido asesinados por ella.
Ella no les dirigió una sola palabra y salió por el muro abierto, ellos la siguieron por inercia. Entraron en un túnel oscuro y húmedo. Sirius sintió algo sobre su bolsillo y los demás también. James se dio cuenta que tenían nuevamente con ellos las varitas.
–No pueden usarlas aquí, Black –advirtió Dian.
Sirius dejó la varita en su bolsillo, sin saber por qué, confiaría esta vez en Dian por muy enloquecida que pareciese la idea. Caminaron sobre un piso rocoso y enmohecido. La varita de Dian era lo único que les dejaba ver sus pasos. Y poco a poco distinguieron un rayo de luz que se asomaba por esas paredes. Dian se detuvo. Habían llegado hasta el final de la cueva, al salir estaba el bosque. Se dieron cuenta que habían pasado todo un día dentro, ya estaba amaneciendo. Dian los miró.
–Síganme, no hagan nada que no haga yo, no hablen y caminen rápido.
Ella volvió a encabezar la marcha. Ellos la seguían como había dicho. Salieron de la cueva, sorteando ramas y espinas. Dian sabía que en esa zona había mortífagos también, ella los condujo entre los árboles, con extrema precaución, cuando estuvieron lo suficientemente alejados, Dian los detuvo. Se encontraban en una zona arbolada, a lo lejos se escuchaba el sonido del mar. Sentían el fresco viento correr por sus caras, lo cual los revitalizó. Dian les había dado la libertad. Ella rápidamente se dirigió a ellos.
–Esta zona está libre –sacó de su túnica un reloj de bolsillo–. Esto los llevará al callejón Diagon. Úsenlo una vez, no tendrá regreso. Lo demás ya les será de ustedes.
Sabían que se refería a delatarla o al clan de mortífagos, pero ni ellos mismos sabían dónde se encontraban. Dian le dio el reloj a Lily, quien la miró como esperando a que dijera algo más, pero Dian no lo hizo.
Todos tomaron el reloj para volver. Remus se quedó paralizado, absorto en sus recuerdos. Dian estaba a su lado, al fin, después de tanto tiempo, después de casi dos largos años. Tenía la respiración agitada, dio unos pasos para tomar el traslador, pero se detuvo en seco; miró a Dian y por primera vez ella le dirigió la mirada al mismo tiempo. Ella temblaba. Remus no pudo resistirse, tomó el rostro de Dian entre sus manos y la besó. La besó tan tierna y profundamente que ella cerró los ojos. La besó frenéticamente, como había deseado hacerlo todo ese tiempo. Los labios de los dos estaban entumecidos en el dolor y el deseo. Abrieron los ojos y Dian lo miró con las lágrimas a punto de brotar de ella.
–Toma el reloj –le insistió.
Remus la soltó, con una sonrisa en el rostro, se dirigió hacia el reloj.
–Todavía estás a tiempo –le dijo y tomó el traslador.
Desaparecieron en un segundo. Dian había quedado sola. Después de tantos años y de todo ese tiempo se sintió sola al fin. Se dio cuenta que lo estaba. Con el cuerpo temblándole se recargó sobre la corteza de un árbol. Dio un suspiro que se convirtió en sollozo, y el sollozo en llanto. Su espalda resbaló poco a poco por la superficie del árbol; lloraba desconsoladamente, como había querido hacerlo y como no había podido hacerlo. Lloró porque había descubierto que todavía había algo en ella que no había muerto como había creído. Lloró. Sentía que toda su existencia se le venía encima. Juntó sus rodillas sobre su cara empapada de lágrimas. Sentía de nuevo, aquel amor que le había sacudido las entrañas. Lloró. Lo quería a él, a Remus, en verdad lo quería y se sentía muy lejana. Lloró, Dian al fin lloró.
Los aurores de pronto aparecieron, sin ser vistos por nadie, en medio del callejón Diagon. Sin embargo, inmediatamente tomaron otro traslador para dirigirse al ministerio. Había muchas cosas qué explicar. Lily no dejaba de pronunciar el nombre de Harry y por mucho que James intentaba tranquilizarla, se dio cuenta de que él se sentía de la misma forma.
Pese a todo, no habían podido evitar sentirse desconcertados: Remus y Dian habían estado juntos otra vez.
Tendrían que encontrarse con Dumbledore, quien para entonces ya debería estar enterado de su desaparición. Lo único que Lily tenía en mente era ver a su hijo, sabía perfectamente que estuvieron a punto de ser asesinados. Que aquella vez pudo haber sido la última, pero por fortuna habían escapado por primera vez de lord Voldemort.
