07. Muslos

Kaworu era el emperador de mil reinos.

Era el rey absoluto de la melodía lastimera que hacía sonar en el olvidado piano de la estación; cada nota le respetaba y le proclamaba como su único superior. Shinji amaba la maestría con la que se adueñaba de cualquier melodía, Kaworu tan sólo lo hacía por ver esa expresión en su cara. Temía que aquella imagen se perdiera entre las sombras.

Era también el superior de la noche y el día, del pasar del tiempo y del detenerlo en el punto exacto. Sabía provocar que Shinji ansiara que llegara la hora correspondiente al único momento juntos, sabía hacer detener ambas vidas en la eternidad de la noche generada por el carmín de sus ojos. Era dueño de la alegría de vivir en la que Shinji estaba inmerso hasta las cejas.

Kaworu tenía imperios en la habitación de su pelinegro. Las olas de las sábanas se mecían por su simple pedido; el desierto del suelo desnudo no era tan árido si él sonreía desde su superficie, si era su sonrisa más allá de revistas esparcidas lo que Shinji tenía por primera visión al despertar cada mañana. Controlaba el aire que mecía sus cabellos en el exterior, y detenía la lluvia que manaba de los ojos del tercer niño.

Kaworu era el emperador de mil reinos. Pero era explorador, vasallo y criado de otros mil más.

Exploraba los recónditos pensamientos y emociones del pelinegro con el único fin de aprender de ellos. Amar y lo que esa palabra conllevaba; jamás había sido educado en sentir. Era un explorador atento a cada reacción, curioso por los "qué pasaría si…" que probaba una y otra vez en el cuerpo de su chico.

Era vasallo leal a su señor, y éste tenía su magnificencia repartida por cada destello de luz acoplada a la piel del pelinegro. Era fiel a su mirada, traidor si osaba desviar la suya de los ojos que atraparon su aliento desde el primero momento que los vio. Estaba a disposición única y exclusiva de cada uno de los escalofríos ajenos, de los parpadeos involuntarios, de los movimientos de rodilla que hacía Shinji al dormir.

Pero sobre todo, era un criado cuyo título de amo estaba disputado por gemidos en una batalla que era todo un concierto para los oídos del músico. Shinji era su instrumento, y sin embargo, las notas no le mostraban ese respeto que le infundían toda clase de melodías. Shinji era su sinfonía, y para conseguirla, debía saber qué era con exactitud lo que quería y ansiaba, lo que anhelaba y detestaba, los gustos que adoptaba cada día. Su humor con el primer rayo de Sol, cuántas veces escuchaba la Pista 26 de ese disco rayado, cómo quedaba pronunciado y adherido su nombre al viento del mediodía.

De todos los imperios que anhelaba Kaworu, Shinji era el más profundo que podría jamás visitar. El más salvaje y tierno, el más agradable y feroz, el más árido y hospitalario. El más todo y nada. Dependía de su clima, del grado de calidez o frialdad que le tocara sufrir en sus exploraciones. De las tormentas que guardaban sus cielos encapotados, de los dos soles que brillaban cada vez que sonreía. De las cascadas que generaba en su cuerpo cuando hacía caso a sus deseos más intensos.

Porque Kaworu jamás se daría por vencido en la conquista de un reino tan apetecible, jamás permitiría que tal cúmulo de placeres ocultos y sorpresas inesperadas se escapara junto con aquella promesa que estaba pronunciada en el aire. La promesa de que no se separaría del Tercer Niño hasta que no hubiera más remedio de ello. Y en ese momento, ya vería qué pasaría con él.

Había rincones inaccesibles para el explorador, había partes de su cuerpo que todavía le avergonzaba. Kaworu sabía que si observaba con detenimiento sus pies, acababa apartándolos; Shinji no soportaba que se los mirara. Kaworu sabía que si miraba intensamente su vientre, Shinji comenzaba a sonrojarse y a desviar la mirada al techo. Kaworu reía, Shinji cerraba los ojos. Tenía mucho que descubrir de aquel cielo.

Por eso aquella noche en especial sonrió. La noche en la que en su faceta de explorador se dedicó a recorrer los delicados senderos de los muslos de Shinji, las suaves explanadas profanadas de vello dispuesto al azar. Sus besos lograron acceder a su más oscuro secreto gracias a sobornos dedicados con labios y caricias. Shinji dio vía libre a los besos de Kaworu, el invasor poco a poco iba logrando un espacio en aquel último imperio que le tocaba gobernar.

Se satisfizo de cada uno de sus valles, su lengua los recorrió como una intrusa más dentro de aquel paraíso abierto para ellos. Probó ligeramente su más alta cumbre; la calidez del volcán les sorprendió a ambos. Y antes de llegar al abismo más completo, Shinji de nuevo reclamó que volviera a las fronteras, el permiso había concluído.

Kaworu levantó su mirada y observó sus facciones ahora teñidas de carmín. Los imperios, debían ser conquistados lentamente, y aquél en especial requería una calma extraordinaria. Sin embargo, la entrada quedaba entreabierta por los bellos pasajes de sus suaves muslos.

Kaworu sonrío. Aquella era la noche en la que las primeras fortalezas de aquel castillo utópico cayeron ante él.