Capítulo 7

Usted es todo lo que me confunde

Era lunes. Anna estaba en la mesa comiendo el almuerzo, al lado de Kristoff y Olaf, cuando Elsa se plantó frente a ella con al menos cinco libros en los brazos. Los tres chicos sentados en la mesa la miraron anonadados aún con el bocado de espagueti en la boca, en cambio, Elsa no despegó la vista de la pelirroja que empezaba a ponerse nerviosa. Si de algo estaba segura, es que Elsa no se veía nada amigable ese día.

—¿Podemos hablar? —Elsa preguntó, y al ver que Kristoff abría la boca para hablar, continuó—. A solas.

Anna asintió ante todo, sabiendo de antemano a qué iba todo esto, antes de seguir a Elsa que caminó hacia la salida de la cafetería sin esperarla. Subieron hasta el segundo piso, la misma sala de música en la que Elsa ensayaba todos los días. Cuando Anna entró, Elsa cerró enseguida y se guardó la llave en uno de los bolsillos de su chaqueta negra. Enseguida le envió una mirada gélida a Anna que, ya de por sí nerviosa, retrocedió dos pasos hacia atrás hasta chocar con el escritorio del profesor de música. Estaban solas.

El día de la fiesta nada había terminado bien. La voz de Elsa lucía tan alterada, que Anna temió que la diera una crisis de pánico en ese instante, a pesar de que su cuerpo demostraba una tranquilidad casi mortal; eso antes de que Anna quisiera acercársele y, por consiguiente, ésta recibiera la frialdad de la reina de hielo en todo su esplendor. Elsa terminó por echar a Anna de la biblioteca antes de que fuera consciente de que nada de lo que había visto era normal. Los seres humanos normales no creaban nieve de la nada. Elsa había violado las leyes de la naturaleza, y Anna violó la intimidad de la rubia hasta límites extremos justo en ese instante. Ciertamente, Anna no sabía qué era más grave.

—Voy a ayudarte —sentenció Elsa. Anna no estaba segura de lo que había escuchado—. Voy a ayudarte en todo lo que necesites, pero por si algún motivo usted abre la boca, incluso con sus amigos, señorita Summers, debe saber que me encargaré de hacerle la vida imposible antes de que incluso alguna persona crea lo que dice de mí, ¿estamos de acuerdo?

Definitivamente eso era una amenaza. Tragó saliva.

—Yo… no, ¡sí! Es decir, sí, he entendido completamente pero…

Elsa levantó una ceja con expectación y su flequillo, que se había mantenido en orden hasta el momento, cayó serenamente en su ojo izquierdo. Anna notó unas pequeñas manchas oscuras bajo los ojos de la chica, como si no hubiera dormido en días.

—Pero… ¿Necesitas algo más, es eso? ¿Dinero?

—¿Qué? ¡No! —"No quiero tu dinero, Elsa"—. No… Yo no pensaba hablar. Sé que no me conoces y que no confías en mí porque soy una completa extraña, pero no pensaba decirle a nadie. No pienso decirle a nadie, ¿de acuerdo?

Suspiró derrotada, era verdad. Lo de aquel día había sido una locura. ¡Quién en su sano juicio creería que alguien podía crear bolas de nieve de la nada! Era tonto, irreal, cualquiera pensaría que había quedado loca. Ella misma pensaba que la locura al fin la había alcanzado en una etapa muy temprana. Pero… ver a Elsa hacerlo fue distinto. Como si aquello fuera lo más natural del mundo.

—No tienes que ayudarme —continuó—. No diré nada, puedes estar tranquila, Elsa. Si quisiera hacerte daño posiblemente ya lo habría hecho. —Elsa abrió los ojos y apretó los puños. Anna supo que lo había jodido todo—. ¡No es que lo vaya a hacer! ¿Entendido? Oye… jamás lo haría. No podría. Yo… no soy así.

—Usted me confunde, señorita Summers.

La voz de Elsa fue profunda y casi cansada, Anna no entendía el porqué de la tristeza reflejada en sus ojos.

—Bueno, mi hermano suele decir lo mismo —se rascó la nuca con nerviosismo—. Supongo que sólo puedo causar alborotos sin… sin siquiera pretenderlo. Nunca debí entrar a la biblioteca, nunca debí ir a la fiesta. Yo… —suspiró—. Lamento haberte causado cualquier malestar.

—Estuvo en el momento equivocado, en el lugar equivocado. Con la persona equivocada.

—¿Puedo decirte algo? Voy a guardar tu secreto. No sé si soy la persona correcta, pero sí sé que no soy la equivocada.

Anna sonrió por primera vez desde que entraron. Elsa bajó la mirada y negó.

—Realmente me confundes.

—Está bien, entonces… si me dejas salir de la sala, estaré totalmente agradecida y fingiré que no recuerdo todo lo que ha pasado el fin de semana. ¿Qué te parece?

Elsa sacó las llaves de su chaqueta y se las extendió a Anna. Elsa lleva de nuevo los guantes blancos que la hacían parecer parte de un cuadro de la realeza. Ahora Anna ya sabía el porqué de todo. Suspiró, regalándole media sonrisa a la rubia y tomó las llaves para dirigirse a abrir la puerta; pero antes de salir reiteró sus palabras anteriores.

—En serio, no tienes que ayudarme. No lo hagas… No por este incidente, me sentiría demasiado mal como para aceptar. De cualquier forma, gracias por la oferta. Supongo que gané nuestra apuesta no dicha, ¿no? Al final terminaste aceptando —Anna le guiñó un ojo a Elsa y, juró, que la mueca surrealista que le envió en respuesta era igual que una sonrisa.

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Anna se sumergió hasta el fondo de la piscina. Sus pulmones llenos de aire. La presión en su cuerpo y la vista reducida a un borrón. De nuevo intentando sacar todo de su mente, borrarlo, comprimirlo, desecharlo. Podía fingir que estaba loca por un segundo, pero no lo estaba. ¡Tenía tantas preguntas que quería hacerle a Elsa! ¡Tantas!

Había pasado dos días desde que hablaron en el salón de música. Dos días desde que se había puesto a trabajar en su guion teatral con Olaf, dos días intentando mantener todo al margen. Entonces llegó este día y sólo quería explotar y salir huyendo ante tanta presión. Vino a la piscina pública, se quitó la ropa, dejándose la interior y ahora yacía al fondo ahuyentando sus fantasmas. Tenía suerte que su madre tuviera la llave del lugar en esos instantes; había conseguido el trabajo hace un par de días y estaba encargándose de la administración del espacio. Por lo tanto, estaba sola en la piscina mientras su madre se encargaba de unos papeles en la oficina de administración. ¿Cuántos segundos había pasado exactamente desde que estaba sin oxígeno? El pie izquierdo impulsándola a la superficie y de pronto el silencio, reducido al sonido del agua moviéndose, llegó a sus oídos.

Se llevó las manos a los ojos para quitarse el resto de agua de las pestañas y, cuando al fin miró hacia las escaleras, se sorprendió al ver a la persona que la esperaba en la superficie con una toalla en el brazo izquierdo. Eran aproximadamente las ocho de la noche y una música tranquila empezó a sonar de las bocinas superiores, posiblemente era su madre tomándole el pelo ante la escena que se reproducía. Tal vez todo era una tomadura de pelo, después de todo.

—Por un momento creí que debía llamar a tu madre y decirle que su hija aún no salía de las profundidades.

—Sí, bueno. Es relajante, ya sabes, aguantar la respiración —Elsa levantó una ceja con escepticismo—. Es como si todo muriera después de eso. Es liberador y… angustioso, pero más liberador que lo segundo. Esto…

—¿Qué hago aquí?

Anna asintió desde el agua.

—Primero sal de ahí, y luego es mejor que te vayas a cambiar. Tu madre me ha dicho que cerrará en unos minutos, tal vez la música de fondo es una manera de decirte que tu tiempo se ha terminado, ya sabes, como cuando en una premiación el actor tarda un siglo con su discurso. Necesito hablar contigo.

Anna nadó hasta las escaleras con una sonrisa en el rostro y cuando al fin puso un pie en ellas, se detuvo completamente helada; fue consciente que estaba en ropa interior. No había llevado el traje de baño porque no había planeado meterse a la piscina, se supone que sólo había acompañado a su mamá a recoger unos documentos. Sus mejillas se llenaron de un denso rubor. Se sentía muy tonta.

—Elsa…

—Dime —dijo la chica, que no se había movido de su lugar.

—Sí, bueno, esto va a sonar muy raro… pero necesito que voltees hacia otro lado. Estoy en ropa interior.

Hubo silencio.

—Oh…

Anna no pudo ver el gesto de Elsa, pero esperó exactamente cinco segundos antes de atreverse a seguir subiendo. Cuando por fin puso un pie en la superficie, y el agua empezó a escurrir de su cuerpo, Elsa estaba de espaldas a ella extendiéndole la toalla. La tomó enseguida y se la enrolló por todo el cuerpo.

—Ya puedes mirar.

Elsa carraspeó y volteó hacia ella, sin verla realmente, ya que estaba enfocando un punto más allá de su cabeza. Anna se mordió el labio inferior, no era la mejor escena para darle la bienvenida a la reina de hielo.

—Me iré a cambiar, ¿quieres esperarme aquí?

—¿Con música de fondo y sillas de playa? Seguro.

Anna le sonrió y salió disparada hacia los vestidores, en donde había dejado toda su ropa.

No tenía idea de por qué Elsa estaba ahí, mucho menos sabía cómo había conseguido dar con ella justo a esa hora en ese lugar. Podía consistir en una serie de coincidencias, pero si lo fueran, Storm no tendría por qué haberle dicho que tenía que hablar con ella, ¿o sí? Además, ¿Elsa había bromeado con ella?

¡Oh, por Dios, ella ha estado bromeando conmigo desde que llegó! ¿Eres tonta o qué? Ella claramente hacía eso, ¿ella puede? ¿Quién es esta chica y qué le hizo a la bruja de hielo?

Anna terminó de secarse y se maldijo mentalmente cuando se dio cuenta que al ponerse la blusa esta se mojaría al contacto con su sostén. Tampoco es que pudiera quitárselo ahora, no ahora que estaba Elsa afuera.

Maldita, maldita sea. ¡Por qué hoy! Me has tenido en clases toda la semana y… ¿vienes a hablarme hoy? Jódete, Elsa, jódete. Dios mío, haré el ridículo, ¡ya hice el ridículo! Justo hoy se te ocurre ser un maldito pez, Anna Summers, definitivamente eres brillante. Eres patética.

Salió corriendo de los vestidores, con el cabello húmedo y con la toalla encima para que cubriera la mayor parte de su cuerpo. Se encontró a Elsa en el mismo sitio, mirando algún punto perdido de la piscina.

—Ya estoy aquí, ¿qué pasa?

La música se había detenido.

—Tu madre me ha dado las llaves, me ha dicho que cierres y que espera tenerte en casa para la cena.

Los ojos de Anna se abrieron de par en par.

—¿Ella me ha dejado? —Pánico.

—Oh, no, le hecho saber que te llevaría apenas salieras de los vestidores. No te preocupes, traje el auto de mi hermana, ¿podemos hablar camino a tu casa? Si quieres.

Estaba hiperventilando. No estaba preparada para todo esto, ¡menos que su madre la dejara con Elsa! Esa mujer definitivamente no sabía con quién la estaba dejando, ¿o sí?

—Sí, bueno, sí. Vamos, entonces…

Apagaron todas las luces y cerraron el lugar. Elsa caminaba al frente y Anna la siguió por detrás. El auto de la hermana de Elsa estaba estacionado en la parte más alejada del estacionamiento. Elsa le abrió la puerta del copiloto y Anna entró enseguida; dejó escapar el aire que había contenido desde hacía rato antes de que Elsa entrara al auto y acomodó un bucle de su cabello desordenado, como si aquello realmente sirviera en ese momento. Estaba hecha un desastre. Le dio su dirección a Elsa y se encaminaron a su casa. Por al menos medio camino no hablaron, a pesar de que el cerebro de Anna amenazaba con disparar todas las preguntas que había tratado de ahogar en la piscina.

—Quería disculparme.

—¿Disculparte? Al igual que… ¿Sentir algo? ¿Pedir perdón? —Anna miró a Elsa. Las manos en el volante, con los guantes de antes, u otros, pero igual de blancos.

—Me comporté como una idiota —Elsa al fin dijo—. Estoy… estoy tratando de hacer esto bien. No significa que empezaré a tratarte como…

—¿Un ser humano? —bromeó Anna. A Elsa no le hizo gracia.

—No significa que seamos amigas, ni nada de eso. Sólo quería disculparme por todo. ¿Entendido?

De nuevo la Elsa de hielo. La anterior era demasiado bizarra como para ser real.

—Entendido. Recuerda que no te he pedido nada —bufó, de pronto un poco dolida y molesta.

—Eso mismo. Y por eso te esperaré en el salón de música todos los días después de clases. No lo hago por ti —argumentó antes de que Anna hablara—. Lo hago para mejorar en el piano, sin embargo pienso que te puedo servir y está bien para mí eso, no es que me importen tus intereses.

—¿Entonces por qué lo haces? —preguntó con el ceño fruncido.

¿Tienes que ser horriblemente fría?

—Ya te lo dije… Y para tenerte en vigilancia —confesó al fin Elsa, dando vuelta hacia la derecha.

—Entonces no confías en mí después de todo.

—No confío en nadie, Summers. Espero que eso esté claro.

No podía decir que no. El tiempo estaba en su contra y, sea como sea, ya no quería desperdiciar otra oportunidad con Elsa. Así que aceptó.

—Espero que esto quede entre nosotras.

—¿Las clases?

—Sí, no quiero a nadie tras de mí pidiendo clases gratuitas por que sí. No soy un profesor.

—Vale, no diré nada. Ni siquiera a mi madre.

—Ella ya lo sabe, le he dicho hoy cuando me entregó las llaves. También tu hermano, y… creo que se llama Kristoff, ¿no es así? Él me proporcionó tu número de teléfono después de clases. Por si te preguntabas como te localicé, llamé y me ha contestado tu hermano, dijo que habías salido con tu mamá y que te podía encontrar en el salón de deportes. A lo que me refiero, sólo no quiero que divulgues en el colegio sobre… la ayuda. Sobre todo a los profesores.

—Está bien, entiendo. Gracias, supongo… Por tomarte todas las molestias de hoy.

—Te veo mañana, Summers.

Elsa estacionó justo al frente de su casa, que marcaba el número que le había dado antes a Elsa. Anna salió del auto, pero antes de meterse al hogar, se inclinó por la ventanilla del copiloto y habló.

—También usted me confunde, señorita Storm —Anna dijo, con el mismo tono que Elsa usaba con ella.

Le dio una última sonrisa y entró a su casa.