Disclaimer: Los personajes y lugares le pertenecen al legendarium del gran maestro Tolkien, a quien admiro muchísimo. Las frases en cursiva representan el mundo interno de los personajes (según el POV).
HIJOS DE GONDOR
Pocas palabras
POV Faramir:
He pasado toda esta semana entrenando con Beregond y Boromir. Tal como lo prometió papá, empezaría a los ocho años… aunque el ritmo es un poco fuerte. Tomo mi espada como me enseñó mi hermano, pero acabo con ampollas en las manos. Es la tercera vez que voy a las Casas de Curación para que Ioreth me coloque un ungüento: duele, pero ella dice que me acostumbraré.
Desearía usar un arco. He visto que tienen uno pequeño en la armería: le pediré a Beregond que me lo preste mañana. Ahora quiero olvidarme de los ejercicios. Me acomodo en mi lecho y cojo el libro que me regaló Gandalf. ¡Sólo me faltan veinte páginas! De seguro lo termino hoy, no tengo nada que hacer hasta la noche.
—¿Faramir? —alguien tocó mi puerta.
—Aquí, Boromir. Pasa —reconocí la voz de mi hermano.
—¿Dónde estabas? Te busqué por toda la Ciudadela.
—Quería descansar un poco.
—¿Con un libro en la mano? —Boromir reía un poco— Típico de ti.
—¿Qué tiene? —fruncí mi ceño.
—Nada, nada… ¿en dónde vas?
—Casi termino —le señalé—. ¿Qué sucede?
—Papá nos solicita en el Salón. Dice que es importante.
—¿En serio? —cerré mi libro un momento— ¿Qué pasó?
—No lo sé. Beregond me dio la noticia y volvió rápido a la Torre. Pero algo escuché de una visita.
—¿Y tenemos que ir? —torcí mis labios, estaba muy cansado.
—¡Claro! Ya sabes cómo es papá —Boromir me tomó del brazo y me bajó de la cama, pero se detuvo repentinamente—. Por cierto, colócate el traje de ceremonia.
—¿También? Me está quedando pequeño. Quisiera uno como el tuyo —señalé su vestimenta, muy parecida a los Guardias de la Ciudadela.
—Eso es porque tengo la edad para usarlo. Cuando cumplas diez años…
—Está bien, ya entendí. Siempre debo esperar.
—Faramir… —Boromir se acercó a mí— ¿por qué estás así?
Es verdad. No es mi costumbre faltarle el respeto a nadie y esperaba un descanso. En realidad, no he estado muy cómodo con los entrenamientos: me ha quitado tiempo para mis lecturas. Pero Boromir no tiene la culpa.
—Ha sido un día largo. Sólo quería descansar —escuché a Boromir resoplar.
—Te prometo que si vas, haré los deberes por ti. ¿Te parece?
—Bueno… —sonreí, incapaz de negarme a su pedido.
Le pido a Boromir que me espere, mientras me visto. Una vez listos, ambos nos dirigimos hasta el Salón, donde Beregond nos espera en la puerta anexa del flanco derecho.
—Ya era hora —nos recibió.
—Lo siento —hice una reverencia—. Demoramos un poco.
—Descuide, mi señor Faramir —dijo Beregond—. Todavía están a tiempo.
—¿Para qué?
—Una delegación de Linhir vendrá al palacio. Su padre desea renovar alianzas comerciales con la región.
—Ya veo. Ahora entiendo lo del traje formal… —dijo Boromir, disgustado.
—Será mientras dure la reunión. No sea impaciente, joven Boromir —le replicó Beregond, al mismo tiempo que miró hacia la entrada del Salón.
Oigo el portón abrirse, con ayuda de los guardias.
—Recuerden su buen comportamiento —mencionó, en voz baja—. Vamos.
Beregond nos acompaña hasta el trono de papá y nos acomoda a ambos, en cada extremo. En ese instante, entra una pequeña corte: no más de diez hombres, pero todos con un aspecto elegante. Dos de ellos sostienen pergaminos en la mano y los demás siguen al que parece ser su líder.
Mi padre se endereza y sale de su asiento. El líder de Linhir se inclina ante él y besa el anillo que lleva puesto en su mano. Es el saludo de cortesía entre los nobles, pero a mí no me gusta mucho: me hace sentir que los demás son inferiores. Si algún día fuera Senescal, preferiría el estrechar de manos.
—¡Salve, Denethor, hijo de Ecthelion, Senescal de Gondor! —dijo el visitante, incorporándose–. Es un honor poder visitarlo, después de mucho tiempo.
—¡Halanor! Sea bienvenido. Me cuentan que su viaje ha sido difícil.
—Un poco. Hemos perdido mercancías en un ataque inadvertido. Espero que no nos perjudique ante usted.
—Lo que importa es que ha llegado a salvo, con su familia. Venga conmigo, por favor —mi padre apoyó una mano en su hombro—. Hay mucho que discutir…
—¿Sus hijos? —el líder llamado Halanor se detuvo ante nosotros
—Sí. Mi hijo Boromir —acarició la cabeza de mi hermano— y Faramir, el segundo.
—Son grandes, para su edad. Se habla muy bien de ellos, en mi región.
Nunca he visto a ese hombre, pero él sí nos conoce: ¡ni siquiera tuve idea de que éramos famosos, fuera de Minas Tirith! Mi hermano lo reverencia y yo debería hacer lo mismo… ¡pero la emoción de su visita me embarga como nunca!
—¡Nos place tenerlo aquí, señor Halanor! —extendí mi mano y le sonreí.
Un eco de sorpresa me detiene. El visitante de Linhir alza las cejas y Beregond se acerca a mí. Hasta Boromir ha volteado a verme. ¿Qué hice mal?
—Discúlpelo —papá me alejó con cierta brusquedad—. Todavía no sabe controlarse.
—No se angustie —Halanor me sonrió, recibiendo mi saludo—. No todos los días se ve a un niño tan desenvuelto con los extranjeros. Podría ser un digno Senescal.
—Para eso tengo al mayor —mencionó mi padre, con seriedad—. Ahora: ¿le apetece continuar nuestra reunión?
—Claro —Halanor hizo otra reverencia.
—Por aquí —papá hizo un ademán, hacia la Cámara del Consejo.
Halanor y sus ayudantes se adelantaron, mientras Beregond toma mi mano. Boromir va adelante con papá e ingresa a la reunión. No obstante, alguien impide mi paso. Beregond también se detiene, asombrado.
—Tú no.
—¿Por qué? —me entristecí.
—Ésta es una reunión de mayores —aseveró mi padre, en voz baja—. Cuando sepas actuar ante otros, podrás estar aquí. Beregond, llévatelo.
—Pero, padre…
Mi padre no se molesta en responder y cierra la puerta, dejándonos fuera a Beregond y a mí. Jamás me habían hecho eso, ni siquiera mamá.
—Se lo dije, joven Faramir.
—¿Por qué, Beregond? ¿Por qué lo hizo? —le pregunté, a punto de llorar.
—No cuestione a su padre, se lo ruego. Venga. Entrenemos un poco…
—No —me separé de él, apenado—. Quiero estar solo.
Paso por el costado de Beregond en silencio y salgo de la Ciudadela. El sol está cayendo y me dirijo al único lugar donde puedo relajarme: las Casas de Curación. Es extraño que no me haya cruzado con Ioreth o el Mayoral por ahí. Quizás el destino quiera que esté solo hoy… ¡pero no importa! Cuando anochezca, le preguntaré a Boromir qué tal estuvo la reunión.
De pronto, me detengo. Alguien más está aquí. No me lo esperaba: apenas Boromir y Beregond vienen a esta parte de los jardines. Antes de que pueda retroceder, piso una hoja seca y el desconocido voltea a verme.
Es una niña sentada en uno de los estanques, sosteniendo una flor. Tiene un velo azul en la cabeza, un traje del mismo color, cabellos castaños… y ojos verdes.
—Lo siento —habló—. ¿Vives aquí?
Nunca he visto unos ojos así. Tampoco a ella: ¿será una paciente de las Casas?
—¿Estás bien? —volvió a hablarme.
—¿Eh? —reaccioné— S-sí, lo estoy.
—Qué bueno. Me asustaste —sonrió.
—No fue mi intención —reí un poco, sentándome a una distancia prudente.
—¿Ésta es tu casa?
Miro hacia todos los rincones del jardín, como si no lo conociera. Esa niña me está haciendo una pregunta y lo único que hago es quedarme callado. ¿Qué me pasa?
—No, no es una casa.
—¿Entonces?
—Aquí atienden a los enfermos. Son las Casas de Curación.
—Dijiste que no era una casa.
—Sí. Bueno, no sé por qué la llaman así —me froté el cuello.
La niña me mira de forma extraña. Debo estar haciendo el ridículo.
—Dama Valarien. Su madre la busca —una señora vino al jardín.
—¡Ya voy! —dijo la niña, y luego me miró— Adiós.
Esa pequeña, a la que llamaron Valarien, deja el borde del estanque y alcanza a la mujer que la llamó, desapareciendo del lugar. No sé de dónde viene y tampoco le dije mi nombre. Aunque sé el suyo. Puedo empezar por ahí.
El tiempo pasa deprisa. Luego de comer algo y ver la puesta de sol en las Casas de Curación, vuelvo a la Ciudadela: por lo que oigo de los guardias, la reunión ha terminado y el comerciante de Linhir se quedará aquí con su familia.
—¡Faramir! Aquí estás —Boromir me sorprendió con un fuerte abrazo.
—¿Qué sucede?
—Papá dijo que estabas enfermo y te fuiste a tu habitación —Boromir se agachó y tocó mi frente—. ¿No tienes nada?
¿Mi padre mintió? Será mejor que mi hermano no lo sepa: no quiero que se moleste con él. Además, tengo la excusa del entrenamiento.
—Fue el cansancio, pero ya me siento mejor.
—Qué alivio. Debe ser por lo de la mañana. Le diré a Beregond que aplace las prácticas para la siguiente semana.
—Bien pensado, Boromir. ¿Cómo estuvo la reunión?
—Aburrida. Sólo hablaron de negocios —Boromir se encogió de hombros, desanimado—. Ni siquiera estabas tú para charlar un poco.
—Entonces no me perdí mucho.
—Tuviste suerte. Si te sientes mejor, puedes acompañarnos a cenar.
—No creo. Tengo un poco de sueño.
No puedo. No, después de lo que hizo papá, en la tarde. Todavía me da pena.
—Está bien —respondió mi hermano, triste—. Nos vemos mañana.
Me despido de Boromir y parto a mi cuarto. Es algo temprano y quiero aprovechar en terminar mi libro, pero no lo logro: tengo la mente distraída. ¿Qué me sucede? ¡Ni modo! Tendré que dormir… o intentarlo. ¡Pero tampoco puedo! Paso toda la noche desvelado, probando todas las posiciones para el sueño. Nada. Sé que han pasado muchas horas, porque no he pegado el ojo en ningún momento. Sólo me doy cuenta cuando veo unos finos rayos en mi ventana. Ya amaneció.
—Señor Faramir, no duerma.
—¿Eh? —oí la voz de Beregond, que sacudió mi brazo.
Ni siquiera me he percatado que ya me aseé y ocupo mi lugar en la mesa del Salón, para el desayuno.
—¿Qué te pasó? Tienes una cara de espanto —bromeó mi hermano.
—Ya, Boromir… —le respondí, malhumorado.
—Aún no toquen la comida. El señor Halanor y su familia nos acompañarán.
—¿En serio? —me alcé un poco.
Una campanada, ya conocida por nosotros, anuncia la venida de mi padre. A su lado está el señor Halanor, con una túnica verde más sencilla. También viene su esposa y una niña… ¡la niña! ¡Es Valarien, la niña del jardín!
—Buenos días, Senescal —Beregond se inclinó—. Mi señor Halanor.
—Buenos días —el comerciante le respondió de la misma manera.
—Tú.
De nuevo, soy el blanco de las miradas. Esta vez, por causa de Valarien. ¡Me ha reconocido! En eso, se parece a su padre.
—¿De qué hablas, cariño? —le preguntó su madre, con delicadeza.
—Es el niño del que te hablé, mamá.
—¿Faramir? —Beregond mencionó mi nombre, mirándome.
¿Es mi idea, o todo está congelado alrededor mío? No: ¡el que está así soy yo! Valarien me mira fijamente con esos ojos verdes y no puedo decir nada. Mis mejillas están calientes. ¿Estoy sonrojado? ¿Qué me pasa?
—Nos conocimos en las Casas de Curación —continuó la niña.
Boromir me lanza su típica mirada de sospecha. ¡Rayos, se ha percatado de mi mentira! El señor Halanor observa a todos y ríe.
—¡Curioso encuentro, entonces! —calmó los ánimos— Esto amerita un buen desayuno.
—Tiene razón —concluyó mi padre.
Todo pasa con normalidad, después de esa presentación. Papá no me quita la vista de encima, pero no está molesto como ayer. En cambio, Boromir sí: es él quien lo mira con ceño fruncido, aunque bien disimulado. La familia del señor Halanor no se da cuenta de lo que sucede. Y Valarien me está mirando de nuevo. Otra vez sonríe, como ayer. Sólo bajo la mirada, no sé por qué no puedo responderle.
Tal como dijo mi hermano, la delegación de Linhir pasea por la Ciudadela, después del desayuno. Yo estoy de nuevo en los jardines, mirando el paisaje del fondo. Ahí están esas montañas oscuras: me pregunto qué tan ciertas serán las historias tenebrosas que cuentan de ellas.
—Creí que estarías en la biblioteca —Boromir apareció, sentándose a mi derecha.
—Hoy no. Descansaré un poco.
—Pues… —alzó las cejas— ahora sí creo que estás enfermo.
Sólo atino a sonreírle, para luego observar el horizonte. El día está más nublado que de costumbre.
—¿Por qué no me lo dijiste? —volteé hacia Boromir, intrigado— Lo de ayer, cuando papá te retiró de la Cámara del Consejo.
—No hay necesidad —vi a mi hermano fruncir su ceño.
—Hablaré con él. Me estoy cansando del asunto.
—No, Boromir. No quiero que se enoje contigo.
—¿Y permitirás esto? —sentí su voz alzarse.
—Me comporté mal, fue mi castigo —igualé su tono—. ¡Sólo cállate y no digas más!
Me cruzo de brazos al igual que él, dándonos la espalda. Me da pena tener que hacer eso, pero no quiero que Boromir también sea castigado. Él no ha hecho nada y después dirán que es mi culpa. Yo… no quiero pelearme con mi hermano.
—Lo siento —dije, cabizbajo.
—Yo también. Sabes que no me gusta que te traten mal. Se lo prometí a mamá.
—Olvidémoslo. ¿Es un trato? —le extendí mi mano, estrechando la de Boromir.
—Es tu lugar favorito… ¿Faramir, cierto? —alguien nos interrumpe.
¡Valarien! Está aquí, como ayer. Y de nuevo, guardo silencio. ¡Me ruborizo!
—Pues… —mi hermano intercaló miradas entre los dos y me señaló— sí. Él es Faramir. Yo soy Boromir.
—Un placer, mis señores —hizo una breve reverencia—. Soy Valarien, hija de Halanor. Su ciudad es enorme. Mucho más que Linhir.
—Es verdad —Boromir se levantó, con una pose de orgullo—. ¡Minas Tirith es el mejor lugar de Gondor! Me alegra que te haya gustado.
—No dije que me gustara —corrigió—. Sólo que es muy grande… y blanca, por todos lados. Prefiero los colores de mi región. Espero que no les moleste —la niña nos dirigió una risa extraña.
Boromir guarda silencio y vuelve a sentarse, desconcertado por la sinceridad de Valarien. La verdad, yo también: ¿acaso dijo que Minas Tirith no le gustaba? Quiero contestarle, pero las palabras no me salen. ¿Por qué? ¡Debería estar defendiendo a mi pueblo!
Valarien vuelve a sonreír y se voltea a oler unas flores. Boromir aprovecha su distracción y me observa, aún confundido.
—Niña atrevida… —masculló mi hermano, molesto— ¿y tú?
—¿Qué?
—¿No vas a decirle nada?
—¿Cómo se llaman esas flores? —Valarien volvió a intervenir— Éstas. Jamás las he visto.
—Simbelmynë —al fin pude responderle—. Fue un regalo de Rohan.
—Ah, la tierra del Norte. Dicen que sus jinetes son muy fieros.
—No lo sé… —era verdad, no lo sabía.
—¿Eres muy tímido, no? —Valarien volvió a sonreír, mirándome.
Boromir vuelve a mirarnos por turnos y se levanta, rompiendo la conversación.
—¡Bien! Creo… que debemos regresar. Ahora que recuerdo, tenemos entrenamiento de espada. Ven, Faramir.
—Pero tú dijiste…
—Sólo sígueme —Boromir forzó su tono de voz y me hizo un gesto cómplice que entendí, para luego mirar a Valarien—. ¡Nos vemos después!
—Claro, hasta luego… —la niña de ojos verdes hizo una nueva reverencia.
Corrí tomado de la mano con Boromir. Está avanzando muy rápido: no lo había visto tan desesperado, excepto la vez que quiso salvarme de las olas en Dol Amroth. Llegamos a la Ciudadela, pero tomamos otro camino. ¿Y el entrenamiento del que tanto habló? No entiendo: ¿qué quiere hacer?
—¡Listo! —mi hermano se detuvo de pronto y soltó mi mano, recuperando el aliento— ¡Por los Valar, ya no la podía soportar! Está demente.
—¿Hablas de Valarien?
—¿De quién más, si no? "No me gusta Minas Tirith, es muy blanca, prefiero mi país" —dijo Boromir, haciendo una imitación de la voz de la niña—. ¡Por cosas como ésas, deberían ahorcarla!
—¡Boromir, basta! —me lancé a tapar su boca, pero él se soltó— Te van a oír.
—Es que no puedo evitarlo, me molestó mucho —Boromir se cruzó de brazos y me miró— ¿Y a ti qué te sucedió? ¿Te comieron la lengua?
—No es eso. Sólo que…
—¿Qué? Es una niña, nada más. Ni siquiera me defendiste.
—¡Ya lo sé! Pero… —bajé la mirada otra vez— no sé.
De acuerdo, lo admito. No puedo. No sé por qué… pero cuando veo a Valarien, me bloqueo por completo. Siempre he hablado con todas las personas que veo, pero ella… no sé, tiene algo diferente.
Sus ojos verdes me llaman la atención, también su voz suave. Y cuando usa ese velo en la cabeza, apenas dejando ver sus cabellos, se parece mucho a mamá. No sé, me siento distinto al verla. Nunca me ha pasado.
Creo que hasta recién me percato que Boromir está hablando. ¿Por qué?
—Y eso es lo que yo creo —finalizó su discurso—. ¿Tú qué opinas?
—¿Qué cosa?
—De que es una engreída.
—La verdad —torcí los labios, incómodo—, no parece mala persona.
—Bueno… —suspiró Boromir, resignado— ¿qué más puedo decirte? No tienes remedio. Vamos por ahí —mi hermano hizo un ademán con la cabeza y tomamos el mismo camino de regreso.
El día pasa normal, como siempre. De nuevo, almorzamos con la familia del señor Halanor; pero a diferencia de otros días, la mesa se vuelve un lugar de charla sin fin. Valarien conversa de muchas cosas, más de lo que yo esperaba. Papá la escucha con una expresión que no puedo descifrar y Boromir come sin mirarla: realmente le cae muy mal.
Halanor ríe un poco y la madre de la niña intenta controlarla, pero ella no se detiene. ¡Hasta le preguntó a papá si era joven, a pesar de sus canas! Boromir y yo nos atragantamos. Tal vez mi hermano tenga razón: es demasiado expresiva. Veo que la regañan un poco, pero a Valarien no le afecta. De nuevo, me sonríe y yo no hago más que callar. Esto me está cansando.
Antes de que acabara el almuerzo, el señor Halanor anunció que partiría esta tarde, después de la segunda y última reunión que tendría con papá.
¿Valarien se irá?
—Ya era hora… —masculló mi hermano, sólo para que yo lo escuchara.
—¡Señor Boromir! —escuché el regaño de Beregond hacia él.
Mi padre y el comerciante se encierran nuevamente en la Cámara del Consejo, pero esta vez Boromir no va. Conversa con Beregond a solas, en el balcón del séptimo nivel, a veces viéndome y otras muy misteriosos. Quisiera saber de qué tanto hablan, pero mi hermano dijo que no me acercara.
Solo de nuevo, como ayer. Bueno, puedo visitar las Casas de Curación.
—Mi señor Faramir —me llamó Ioreth, al verme—. Qué bueno que nos visita.
—Ayer no te vi, Ioreth.
—Estaba atendiendo a un soldado. Vino con heridas muy graves.
—¿Por qué?
—No sabría decírselo, pero está sucediendo mucho en estos días. Temo que la Sombra se está manifestando otra vez.
—No entiendo —oí a la curandera suspirar, tratando de calmarse.
—Ya no se preocupe, mi señor —me sonrió—. ¿Irá a los jardines?
—Sí.
—Lleve este frasco por mí. La joven dama de Linhir me lo ha pedido hace un rato.
Ioreth se va y me deja un vaso con agua. ¿Valarien está de nuevo allí? Por los Valar… ¿por qué me tiene que pasar esto?
—Ah, eres tú —me dijo Valarien, tras llegar a los jardines.
—Ioreth me dijo que te diera esto —le ofrecí el vaso con agua, viéndola recibirlo.
—La señora de traje gris. Se ve amable.
—Es una gran dama. Siempre se preocupa por Boromir y yo.
—¿Boromir? ¿El niño petulante que estaba contigo?
Un crujido llama nuestra atención: era un pajarillo posado en un arbusto. Retomo la conversación.
—No es petulante —fruncí el ceño.
—Lo siento. Es que habla demasiado.
¿Habla demasiado? Creo que Valarien no se ha escuchado jamás.
—Parecía molesto.
—Lo juzgas deprisa. Es muy bueno.
—Tú pareces mejor. Tímido y respetuoso.
Otra vez la misma sensación. Sus palabras me paralizan de nuevo, estoy sudando y mis mejillas enrojecen. No sé cómo reaccionar, sólo… esquivo la mirada. ¡Ni siquiera sonrío, me siento avergonzado! ¿Cómo tuvo el valor de decirme eso?
—¿Te pasa algo?
—No, sólo… —no sabía qué decirle y cambié de tema— ¿qué haces?
—Vine a ver las simbelmynë, antes de irme. Creo que extrañaré este lugar.
—Es muy hermoso —le dije, apretando mis puños contra mis rodillas.
—Pero Linhir es más bello.
Dejo de mirarla y ambos nos quedamos en silencio. A veces quiero apoyar a Boromir, por la forma tan directa como habla Valarien. Pero a la vez… algo me lo impide y me estremezco. No sé qué es, pero lo tengo acumulado en mi pecho y baja a mi estómago. Me marea un poco y me hace temblar.
Veo las simbelmynë que mamá cultivaba con tanto amor. Quisiera que estuviera aquí, ella sabría ayudarme.
—¿Quieres una, Valarien?
—¿Qué?
—Puedes llevarte una flor de aquí.
—Morirá en el camino.
—Es verdad —me entristecí un poco por su comentario—. Pero será un recuerdo de tu viaje.
No espero su respuesta y me levanto hacia el arbusto de las simbelmynë. Recuerdo qué ramas cortaba mamá, cuando deseaba mantenerlas en un tamaño apropiado. Prefiero darle varias, así no se marchitarán tan rápido.
—Lamento que no pueda darte más.
—Con éstas bastan, no quiero arruinar tu jardín —noté el brillo en los ojos de la niña—. Eres muy bueno, Faramir.
Por primera vez, desde su visita, le sonrío. No puedo evitarlo. ¡Me ha llamado por mi nombre! Algunos rayos de sol iluminan el jardín y también a ella. Sus ojos verdes combinan con el blanco de las simbelmynë. Se ve muy linda así.
—Tengo que irme.
—Lo sé. ¿Puedo acompañarte?
—Conozco el camino. Gracias por las flores. Adiós…
Valarien se levanta y hace una reverencia, para luego salir del jardín. Tres simbelmynë cayeron al suelo y recojo una de ellas. Estas flores son muy hermosas, de seguro le han gustado.
—Nada mal, Faramir —una voz me sorprendió.
—¡Boromir! —retrocedí un poco, sonrojado— ¡Y Beregond! —también lo reconocí, saliendo del mismo arbusto donde se posó el pajarillo— ¿Desde cuándo…?
—Fue idea de su hermano —Beregond señaló a Boromir—. Me dijo que tenía problemas.
—Sólo conversaba con Valarien.
—Ya lo sé. Lo escuchamos todo.
—No tiene de qué avergonzarse, mi señor. Ser galante no es un pecado.
—A menos que sea con ella.
—¡Joven Boromir! —lo regañó Beregond.
—Lo siento. Y gracias por defenderme, hermano —Boromir me acarició la cabeza, con una sonrisa.
—Así que… finalmente pudo hablarle —dijo Beregond, con una expresión divertida.
—Me hacía sentir extraño, es todo. Nunca sabré por qué…
Beregond me mira, sonriente. Parece que supiera de lo que le estoy hablando.
—Tal vez no sea tiempo de averiguarlo todavía. ¿Les parece si subimos? El comerciante y su familia partirán pronto.
—De acuerdo —dijo Boromir—. ¿Y sabes, Faramir? Es un alivio que no haya pasado nada más. No funcionaría…
—¿A qué te refieres? —le pregunté, sin saber de qué hablaba.
—¡Le dije que guardara silencio! —Beregond volvió a regañar a Boromir, esta vez con un leve golpe en su brazo.
—No entiendo. ¡Tienes que explicarme, Boromir! —empecé a perseguir a mi hermano, que corría a la salida de las Casas.
—¿Bromeas? ¡Tendrás que vencerme en una carrera para que lo haga!
—¡No es justo, ven aquí!
—¿Oigan, qué hacen? ¡Deténganse! ¿No escuchan? ¡Los acusaré con su padre, ya verán! —Beregond también nos siguió, sin poder contener la risa.
Llegamos a la Ciudadela para despedir a la delegación de Linhir, que por cierto logró renovar su alianza con Minas Tirith. El señor Halanor le obsequió un presente a mi padre y se marchó con el resto de su corte. Mientras tanto, Valarien estuvo al lado de su madre, llevándose las flores que le regalé.
No sé si la veré de nuevo, pero no olvidaré las pocas conversaciones que tuve con ella, en los jardines. Espero que las simbelmynë duren hasta la llegada a su pueblo. Espero que también me recuerde.
¿Qué fue todo lo que sentí? No lo sé. Tal vez jamás lo descubra.
N.A.:
¡De nuevo, con ustedes, trayéndoles un nuevo capítulo! Técnicamente, éste iba dirigido para el día de San Valentín, pero… bueno, surgieron algunas cosas y salió después de lo planeado. ¡Pero aquí está, para deleite de ustedes!
Sabemos que Faramir encuentra el amor verdadero con Éowyn (¡gracias a Tolkien, por esa maravillosa pareja!), pero eso no lo hace exento de otras ilusiones que pudo tener nuestro querido Senescal. Así que quise empezar con un fugaz y no correspondido "amor platónico" en su infancia… y viendo más o menos el carácter de Faramir, me imagino cómo le pudo haber costado, con lo detallista, sensible y tímido que es. ¡Cielos, no sé cómo no he muerto de ternura, al escribir el capítulo!
¡Espero que les agrade esta historia post-San Valentín! ¡Cuídense!
