La sonrisa que tenían las dos Ravenclaws ese día podría haber acabado con su propósito de no acercarse a las alumnas, pero no solo eso, también con sus esperanzas: tenían el pelo suelto. Bufó. Era la tercera semana consecutiva que no se amarraba el cabello. ¿Cómo iba a conseguir descubrir su nombre, su existencia, si era incapaz de distinguirla?
— La clase ha terminado, chicos —para su asombro, algunos se quedaron. Lupin, las dos Ravenclaw, el Slytherin y un Gryffindor.
— Profesor, querríamos pedirle algo —ese, como siempre, era Lupin. Era el que más confianza tenía con Blaise Zabini, y lo demostraba con mucho una y otra vez, al hablarle de cosas privadas para poder estar con su recién estrenada novia.
— Ustedes dirán —simuló estar indiferente ante eso, pero en su fuero interno se moría de curiosidad.
Una característica que habían heredado todos los Slytherin, pues el chico de su antigua casa —creía que se llamaba Pucey, pero le extrañaba, por lo que sabía, el Pucey que conoció no se casó ni tuvo hijos— era exactamente igual. Excepto al sulfurarse.
Porque en ese preciso instante, todos los muchachos se encontraban nerviosos y algo emocionados, por un motivo que aún le era desconocido. Enarcó una ceja, al ver que pasaban los segundos y aún se miraban unos a otros, indecisos, sin saber quién iba a hablar primero.
— No tengo todo el jodido día —masculló, entre dientes, dirigiéndole una mirada a Lupin, dándole a entender que o hablaba ya, o se marchaban.
— Queríamos proponerle algo a la directora.
— ¿Me han visto con cara de McGonagall? Vayan a proponérselo a ella.
— Necesitamos que antes nos apoye alguien. Lo hemos comprobado, y esto no pasa desde hace tres siglos —musitó una de las Ravenclaw, que tenía los ojos color miel.
— Sigan hablando.
— Somos un grupo de música. Y queremos tocar en el Baile de la Victoria que hacen todos los años —comentó el Slytherin, con recelo, mirándole como si no pudiese confiar en él. Zabini entrecerró un poco los ojos, meditando para sí mismo durante un minuto que les pareció eterno.
— Les apoyaré —todos iluminaron sus rostros, ya fuese con una sonrisa o con una mirada alegre — si — contuvieron el aliento, temiendo algún imposible— me enseñan alguna canción. Y, por supuesto, me dedican alguna si llegan a resultar los elegidos.
— ¡Por supuesto! ¡Cuando y donde quiera, profesor! —El Gryffindor sonreía con tantas ganas que parecía que los músculos de su rostro le iban a estallar por la presión.
— Mañana. A medianoche, advertiré a los profesores de que tendremos una clase especial, puesto que 'la necesitan con urgencia'. Aquí. Les esperaré cinco minutos desde medianoche. Si para entonces falta alguno, me marcharé y no toleraré que vuelvan a hablar de este tema conmigo. ¿Ha quedado claro?
— Totalmente —al unísono, como un equipo, totalmente serios, pero sin olvidar ese ramalazo de felicidad que les había estallado por dentro.
— Bien. Ahora lárguense, tengo que dar clase a los de tercero —y los echó sin contemplaciones al pasillo con un movimiento de varita.
Una vez que nadie estuvo frente a él, sonrío. No como solía hacerlo, sino totalmente orgulloso. No habían acudido a Longbottom, sino a él. A él. No solo eso, sabía que les había costado semanas estar listos para ello, observó cómo se quedaban durante unas semanas totalmente cansados al llegar la noche.
Se moría de ganas de escucharles cantar y tocar. ¿Y quién sabe? A lo mejor incluso le gustaría cómo lo hiciesen.
